Actions

Work Header

Ocasiones imaginadas

Chapter Text

«Yagami. Gracias».

Iori leyó las sílabas en los labios de Kyo, pero el sonido de su voz quedó perdido tras el murmullo que oía en su cabeza, como un enjambre de insectos que se alejaba y se acercaba, a veces susurrante, en otras gritándole palabras sin sentido con bramidos estrepitosos.

Siguió ignorando a las voces, como había estado haciendo por horas, ocupándose de la cama, retirando las sábanas blancas manchadas de sangre, yendo por unas limpias al armario.

En un corto lapso en que el murmullo se acalló, oyó un chapoteo de agua en el baño. En su mente imaginó a Kyo, completamente desnudo, entrando en la bañera, el agua lamiendo su pálida piel.

Iori se sobresaltó al oír una risa a su espalda.

Se volvió, pero no había nadie en el departamento.

La risa se repitió, provocándole una punzada en la sien.

Continuó con lo que hacía, extendiendo las sábanas y también un cobertor limpio, centrándose en aquella trivial tarea en un esfuerzo por silenciar a las voces.

Al terminar, empujó el montículo de sábanas sucias a un rincón, sin ganas de ocuparse de ellas debidamente, y tomó la guitarra acústica que estaba al lado de la cama para dirigirse hacia las escaleras. Se detuvo antes de bajar el primer peldaño, volviéndose a observar la puerta entreabierta del baño. Kyo estaba mejor, se dijo, podía dejar de preocuparse por él. Horas atrás había estado tan seguro de que Kyo iba a morir que le era difícil aceptar que el joven estaba fuera de peligro.

«¿Fuera de peligro?», repitió una voz.

En ocasiones, las voces adquirían claridad y le hablaban. Proporcionaban comentarios irrelevantes sobre sus acciones, pero eran fáciles de ignorar, y sólo se hacían molestas cuando no le permitían oír la voz de Kyo.

Iori bajó los escalones, yendo a su estudio. El soporte vacío de su bajo fue un recordatorio de la pelea contra Ash. Había dejado el instrumento en el parking y no sabía qué había sido de él. Tal vez los miembros de su banda lo habían encontrado. Debía contactarlos, pero no ahora. No tenía ganas de lidiar con ellos.

Se sentó en el banquillo del estudio. La guitarra casi cayó de sus manos cuando la cacofonía de voces se alzó inesperada, ensordecedora.

Imágenes fragmentadas de las últimas horas saturaron su mente, siempre en medio del estruendo de las bocas invisibles que pugnaban por hacerse oír unas sobre otras.

El murmullo había comenzado en el momento mismo del pacto. Ash Crimson había estado diciendo algo, pero él no había prestado atención porque nada de eso le había importado. Su mente afiebrada sólo podía enfocarse en que quería el fuego de Kyo, la promesa de que no habría ningún obstáculo que le impidiera devolvérselo al joven, y la garantía de que, al darle el fuego, no estaba entregando a Kyo a Orochi.

Limitado a aquellos tres términos, el acuerdo había sido hecho en unos minutos. No medió una ceremonia, no celebraron un ritual. Todo lo que hubo fue su aceptación en voz alta, la sonrisa satisfecha de Ash, y una intensa luz parpadeante, concentrada en un punto ante ellos.

Iori había vislumbrado las reliquias sagradas materializándose entre un parpadeo y otro, rodeadas de la luz blanca que era la presencia de Orochi: el delicado espejo negro de los Kagura, la espada de los Kusanagi envuelta en la energía dorada que pertenecía a Kyo, la magatama verde de su familia. La apariencia de la joya de su clan era insignificante en comparación con los otros dos objetos, pero no hubo tiempo para pensar en ello. La luz lo había cegado, el símbolo circular de Orochi brillando y ramificándose en el aire.

Salvaje ansias de matar a Kyo, y a todos los Kusanagi, lo habían embargado. Casi lo habían hecho perder de vista su propósito. Pensamientos ajenos se habían mezclado con los suyos, amenazando con extinguir su voluntad, coaccionándolo a entregar la potestad sobre sus actos, tentándolo a deleitarse en el deseo de matar a Kyo. 

Pero había conseguido resistirse.

Había sentido frustración y rabia, pero esas emociones no provenían de él. Era el dios, colérico al verse incapaz de controlarlo.

La sorpresa de descubrir que Orochi estaba debilitado hasta el extremo lo había hecho reír, incrédulo. Aquel dios era poderoso sólo en las palabras de Ash Crimson. Los siglos de aprisionamiento habían hecho mella en él, y había gastado sus limitadas energías dándole poderes a Ash, y regenerándolo repetidas veces. Orochi no tenía mayor influencia en el mundo físico. Ése era el motivo por el que había necesitado de Ash y de los otros dos peleadores para intentar vencer a Kyo. Tampoco estaba en condiciones de hacer prevalecer su voluntad sobre la de Iori. Al menos, no todavía.

Al concretarse el pacto, la expresión en el rostro de Ash había cambiado. Sonreía satisfecho y lo observaba con ojos llenos de curiosidad. La perpetua burla en su sonrisa estaba ausente. Él rubio guardó silencio mientras Iori sentía cómo la fiebre desaparecía y la piel de su cintura se curaba en un par de segundos, sin siquiera dejar una cicatriz. La debilidad de la pérdida de sangre se disipó y fue reemplazada por una intensa sensación de poder.

Al alzar su mano derecha y mirarla, no necesito esforzarse. Bastó con pensar en el fuego y éste se encendió púrpura alrededor de sus dedos, como si le hubiese pertenecido toda su vida.

—Finalmente —dijo Ash con una risita manteniendo su distancia, ya no por prudencia sino por respeto a su dios.

Iori no supo qué fue lo que pasaba por la mente de Ash en ese momento. ¿Creía que era Orochi quien estaba en control? No se lo preguntó al acercársele. No le dirigió ninguna palabra al probar el poder del fuego púrpura en él.

Al volver al departamento, Iori había estado en completo dominio de sí mismo, pero la presencia de Orochi estaba ahí, y eso era innegable.

La risa del dios había hecho eco en su cabeza cuando subió al segundo piso y posó sus ojos en Kyo. El dios no había necesitado que cruzara palabra con el Kusanagi para comprender por qué Iori estaba tan interesado en devolverle su fuego.

Más tarde, tras retornar el fuego y haber cumplido el pacto, Orochi había intentado obligarlo a hacerle daño a Kyo, y los esfuerzos por poseerlo se habían redoblado. Una vez más, de nada habían servido. Iori había oído la voz de Orochi gritando de rabia, alzándose por encima de una pregunta que Kyo estaba formulando. Tomar alcohol no solucionó nada, pero por unos minutos le permitió llevar una conversación medio normal con el Kusanagi.

En el baño, comprobó que si se concentraba lo suficiente, podía reducir esas voces a un mero murmullo.

Al salir del baño, descubrió que la presencia de Kyo lo hacía perder esa concentración.

Iori dejó la guitarra acústica a un lado, llevándose una mano a la cabeza, respirando profundamente.

Sólo era ruido. Mientras Orochi no tuviera el poder de hacerle perder el control, estaría bien.

No iba a permitir que Orochi matara a Kyo, mucho menos a través de él.

Le pareció que entre risas una voz lo llamaba iluso.


—Tanta tranquilidad da grima.

Kyo apareció en el umbral del estudio muy temprano en la mañana, sorprendido consigo mismo por haber llegado ahí por sus propios medios, sin tener que apoyarse en las paredes para no caer.

Iori dejó de tocar, volviéndose a mirarlo, preparándose mentalmente para mantener su concentración ante la presencia del Kusanagi, sin querer que el bullicio en su cabeza, que había conseguido acallar durante la noche a costa de no dormir, recomenzara.

—¿No te parece? —preguntó Kyo.

Iori no respondió. Kyo estaba apoyado en el marco de la puerta, su rostro ladeado observándolo con una sonrisa tenue, su aspecto mucho más saludable. Su cabello castaño estaba desordenado y le caía sobre los ojos. Se había vestido con unos holgados pantalones de deportes que estaban resbalando por su cadera, y una camisa blanca; su piel se veía pálida aún, pero no al extremo que había llegado horas atrás.

Kyo no se inmutó al no recibir contestación alguna.

—No viniste a la habitación anoche —apuntó el joven, una sombra de recriminación en su voz—. ¿Has dormido?

Iori negó con la cabeza.

—Cosas que hacer —dio como excusa antes de que Kyo intentara indagar.

—El café no estaba incluido en esas cosas, ¿no? —preguntó Kyo, con falsa molestia—. Iré a preparar un poco —agregó ante la mirada inexpresiva con que Iori respondió a su intento de broma, que quedaba fuera de lugar dada la tensión que pendía en el aire, ambos esperando que el otro fuera quien tocara el tema de Orochi y el pacto—. Te traeré una taza.

El Kusanagi desapareció en dirección a la cocina. Había una seguridad en sus pasos que Iori no había percibido antes. Se preguntó si ésa era la desenvoltura habitual de Kyo, cuando no estaba cubierto de heridas o sufriendo la falta de su fuego, o cuando se encontraba a gusto en compañía de alguien, actuando como si ésa fuera una mañana cualquiera, sin preocupaciones, evitando cuidadosamente abordar el asunto de Orochi.

Volvió a rasguear la guitarra. El murmullo de voces en su cabeza era un rumor lejano.


Kyo regresó con las dos tazas de café y depositó una en la mesa junto a Iori después de apartar algunos cables. El pelirrojo tocaba una melodía en la guitarra acústica y no se interrumpió, pero Kyo notó cómo lo seguía con la mirada mientras él volvía a apoyarse en el marco de la puerta.

No hubo vibraciones invasivas provenientes del instrumento, ni altos volúmenes exagerados. La canción era un rasgueo monótono, alternado en ocasiones por algunos arpegios. A pesar de su simplicidad, no se echaba en falta el acompañamiento de otros instrumentos.

Kyo escudriñó el rostro del Yagami. Para no haber dormido, Iori se veía descansado. O tal vez le daba esa impresión al compararlo con el recuerdo de Iori pálido y afiebrado que aún estaba fresco en su mente.

La noche anterior, después de darse un baño, había bajado a hablar con Iori. El pelirrojo había estado rasgueando su guitarra distraídamente, pero dejó de tocar para recriminarle el haber descendido las escaleras cuando aún estaba visiblemente debilitado.

Ver a Iori en el estudio, tocando una melodía como si se tratara de una noche cualquiera, lo había tentado a dejarse llevar por su ejemplo. Iori hacía que pareciera fácil ignorar a Orochi. Sin embargo, Kyo se había resistido y lo había acribillado a preguntas.

Yagami, para su asombro, le había respondido. Le contó lo que sabía. Cómo Ash había mentido sobre el poder de Orochi, haciendo parecer que el dios estaba listo para regresar y destruir al mundo, cuando en realidad su nivel de poder era tan bajo que lo único que conseguía era hacer un poco de ruido en sus pensamientos. Iori le había repetido que el único deseo claro que percibía en la presencia de Orochi era matar a los Kusanagi. No había nada más. Kyo no había creído que fuera así, pero él no era quien sentía los pensamientos de Orochi y no había podido discutir ante la mirada fría de Iori.

Al preguntar por Ash y sus compañeros, Kyo había recibido como respuesta un escueto «no molestarán más». Había esperado detalles, pero éstos no llegaron.

Insistir en lo que Orochi planeaba hacer, o tratar de averiguar más sobre las voces que Iori oía, los llevaba a dar vueltas en círculos.

Regresar a la habitación y dejar a Iori en el piso de abajo sin vigilancia no había sido una manera de proceder muy prudente, pero Kyo no había podido dominar sus impulsos conflictivos. Estaba preocupado y molesto con Iori tanto como estaba agradecido, y sentía que debía vigilarlo tanto como lo quería fuera de su vista, porque se le hacía difícil soportar su expresión indiferente, la tácita negativa del pelirrojo a admitir que había cometido una locura.

Por eso Kyo había pasado la noche a solas en el segundo piso, odiando cada segundo que Iori no estaba ahí, y sabiendo que también odiaría si el pelirrojo se atrevía a subir y a dormir como si nada pasara.

Pero la noche había sido larga, y Kyo había conseguido aplacar su molestia lo suficiente para saber que ésta no llevaba a nada.

Ahora, de mañana, al buscar señales de la posesión por Orochi mientras tomaban el café, no halló ninguna; ni brillos extraños en la mirada de Iori, ni sombras esquivas manteniéndose ocultas en el ángulo de su visión.

La mañana transcurrió pacífica. Iori no estaba interesado en hablar porque ya le había contado todo lo que sabía, y Kyo le dio un poco de espacio. La vida de Iori no iba a volver a la normalidad tras haber entrado en un pacto con un antiguo dios. Tenía que darle tiempo al pelirrojo para que pensara en eso.

Las horas se le hicieron eternas esperando que algo malo ocurriera. Tenía ganas incontenibles de ir donde Iori cada cinco minutos a preguntarle cómo estaba, si Orochi planeaba manifestarse, si no había cambiado de idea sobre lo de no destruir al mundo.

Sin embargo, se dominó y buscó modos de pasar el rato que no implicaran acosar al pelirrojo. Fue por la computadora portátil a la habitación y la llevó al primer piso, para usarla en la sala, desde donde podía oír a Iori componiendo en el estudio. A pesar de la sensación de desastre inminente que flotaba en el ambiente, sonrió para sus adentros cuando vio que la laptop ya no le pedía una contraseña para usarla.

Investigó tan a fondo como pudo sobre rituales de purificación y templos donde pudiera encontrar sacerdotisas que aún llevaran a cabo los viejos ritos. Guardó las fuentes de información que podían serle útiles más adelante. Confirmó que, para poder hacer algo, debían volver a Japón.

Con un suspiro de agobio, Kyo miró la ciudad por el ventanal, tan gris y tan poco atractiva. No tenía apuro por volver a Japón si era solo, pero si Yagami iba con él, no iba a extrañar a South Town en absoluto.

¿Qué respondería Iori a la sugerencia de un viaje? Aquélla era la primera de las complicaciones que debía solucionar. La segunda era cómo explicarle a las sacerdotisas que quería que exorcizaran a un dios, pero en lo posible dejaran la energía del fuego púrpura en Iori. Kyo rió con amargura ante la idea. Ese fuego había estado ligado a Orochi desde el inicio. ¿Hasta dónde podían llegar sus peticiones, antes de ser consideradas meras necedades?

La prioridad debía ser sellar a Orochi. Era el deber de sus clanes.

Pero era increíble lo fácil que se le hacía ignorar ese deber (por una temporada, al menos) al pensar en que Iori ahora tenía sus flamas. Era cierto que con cada minuto que pasaba esperaba ver a Orochi aparecer y hacer añicos el departamento, y con él a toda la ciudad, pero cuando miraba a Iori, no veía a ese maldito dios en él. Iori seguía siendo Iori. No había cambiado.

Kyo dejó la laptop a un lado y se acercó al ventanal. Le costaba hacerse la idea de que era libre de salir a la ciudad, por fin. Ya no había razón para estar encerrado, oculto de sus enemigos. Era irónico. Ese departamento, que se había convertido en sinónimo de protección en los días pasados, era ahora el lugar donde corría más riesgo.

Y, aun así, pensaba quedarse con Iori.

Con pequeñas, necesarias pausas, como en ese momento, que su estómago le decía que si Iori no pensaba alimentarlo hoy, él iba a tener que encargarse de encontrar sustento en uno de los restaurantes cercanos, porque no recordaba cuándo había sido la última vez que había comido.

Después de ir por su celular y billetera, y de usar la escalera para probar que sus piernas lo sostenían adecuadamente antes de intentar aventurarse por la calle, pasó por el estudio.

—Voy por algo de comer —anunció, hablándole a la espalda de Iori.

El pelirrojo no contestó, pero buscó entre los cables que cubrían la consola más cercana y lanzó un objeto por el aire sin voltearse a mirarlo.

Kyo lo recibió por reflejo. Era un juego de llaves del departamento. El castaño sonrió, notando que una emoción cálida se abría paso por entre su preocupación e incertidumbre.

Un gesto tan sencillo como lanzar unas llaves, cuando provenía de Iori, adquiría niveles de intrincado significado que Kyo estaba aprendiendo hábilmente a desentrañar. Que Iori no se opusiera a su salida sino que, por el contrario, la aprobara, quería decir que el pelirrojo consideraba que él ya estaba lo suficientemente recuperado para movilizarse por su cuenta. También reafirmaba lo que Iori había dicho sobre Ash; si el rubio hubiese seguido siendo un riesgo, Iori habría mencionado algo al respecto. Y, por último, aquellas llaves le decían que Iori ya tenía asumido que él volvería al departamento. Podía ser obvio, y simple, pero aquella comunicación sin palabras le aligeró un poco el pecho, porque le decía que Iori seguía siendo Iori.


Mientras vaciaba la bolsa impresa con el logo de un restaurant de comida china, Kyo pensó en qué diría su padre si se enteraba de que había usado los fondos de los Kusanagi para comprarle comida a un Yagami.

Distribuyó los recipientes de cartón blanco en la barra americana mientras Iori buscaba un par de cervezas en la nevera.

Cuando Iori se aproximó, Kyo ya estaba sentado y con los palillos en una mano, con la otra buscando su celular y poniéndolo sobre la superficie de la barra, apagado.

—¿Quieres apostar a que tengo más llamadas perdidas que tú? —dijo Kyo en son de broma mientras Iori apartaba otro de los taburetes y se sentaba. El castaño rió al ver que Iori aceptaba su desafío y sacaba su teléfono, pero su sonrisa se borró un poco al ver la pantalla rota y las manchas de sangre seca.

Sin embargo, Iori no dio muestras de que le importara. Ambos presionaron el botón de encendido.

Comenzaron a comer en silencio mientras los dispositivos cargaban y se conectaban a la red. De inmediato empezó a escucharse el sonido de decenas de notificaciones.

El de Kyo vibró escandaloso contra la superficie de granito al recibir una llamada entrante.

—Mala idea encenderlo... —gruñó el joven, suspirando y decidiéndose a contestar porque quien llamaba era K’, y le debía una explicación—. Hol...

«Eres idiota».

Kyo sintió los ojos de Yagami sobre él, la voz de K’ oyéndose claramente en la cocina a pesar de que no estaba usando el altavoz.

«Te largas con Yagami, no das señales de vida por dos días...».

—Un día —corrigió Kyo—. Y medio, si quieres ser exact...

«DOS días», repitió K’. «¿Y qué mierda de fuego es éste, Kyo? ¿Qué ha pasado?».

—Una solución temporal —dijo Kyo quitándole importancia al asunto, viendo confirmadas sus sospechas de que, al recuperar su fuego, los otros Kusanagi debían haberlo recuperado también.

«¿Temporal? Eso espero, porque este fuego es desagradable», K’ suspiró con fuerza en la línea. «Llama a tu padre. Y a Yuki. Tu madre mencionó que debieron darle ansiolíticos cuando pensaron que no te comunicabas porque estabas muerto. Ansiolíticos a Yuki, no a tu madre. O a tu madre también, quizá. En fin, llámalos, no soy tu recadero».

—Pero si lo haces tan bien —comentó Kyo sin poder contenerse, mirando de reojo a Iori, quien parecía estar esforzándose por no prestar atención a una conversación entre dos Kusanagi tontos. La llamada se cortó. Fue el turno de Kyo de suspirar—. Al menos eso evitó que preguntara por Orochi —murmuró para sí.

—¿Qué piensas decirles? —preguntó Iori.

—La verdad —dijo Kyo, apesadumbrado—. No sería prudente mentir sobre eso. Pero... no ahora.

Kyo volvió a apagar su celular del todo. Maldijo para sí porque había olvidado mirar el número de llamadas perdidas.


Iori pasó la tarde en el estudio. Kyo pasó la tarde asomándose repetidas veces por la puerta de dicho estudio, asegurándose de que todo estuviera bien con él. En todas esas oportunidades, el pelirrojo estaba tan enfrascado en la música que Kyo tuvo que descartar su idea inicial de que Iori lo estaba ignorando. Quizá era un trabajo urgente, y ni siquiera Orochi iba a evitar que cumpliera el plazo de entrega.

Durante el día, le había parecido que Iori estaba un poco distante, pero eso podía deberse a que era imposible que se la pasaran conversando sin interrupción hora tras hora. Como Ash Crimson ya no era una amenaza, no había mucho de lo que pudieran hablar. Quedaba Orochi, pero entre amargarse la tarde y evitar el tema, Kyo prefería lo segundo.