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Ocasiones imaginadas

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Su mente estaba nublada con pensamientos viscosos, como la sangre que corría entre sus dedos y empapaba las telas de su ropa. Caminaba arrastrando los pies, cada paso provocando punzadas de dolor que brotaban del desgarro en su cintura y se esparcían por todo su cuerpo. Tuvo que detenerse muchas veces, buscar un lugar donde apoyarse para no caer. La herida no era mortal, las quemaduras tampoco lo eran; pero la pérdida de sangre comenzaba a ser un problema, a pesar de que no le importaba.

Con el cuerpo encorvado y los ojos turbios, avanzaba por las calles sin rumbo determinado. Había dejado atrás el lugar de la pelea, siguiendo la dirección por donde se habían retirado los Kusanagi, esperando que fuera la dirección correcta en base a sus recuerdos fragmentados. Su memoria de la última hora estaba llena de vacíos, oscuras lagunas entre las cuales un atisbo de Kyo a su lado se convertía en una llamarada escarlata que por segunda vez lo protegía del ataque de Ash, y luego se tornaba en la imagen de Kyo suspendido en el estruendoso silencio, el brillo en sus ojos apagado de pronto, su rostro carente de expresión al comenzar a caer.

¿A quién atribuir la culpa de lo que había sucedido? ¿A Kyo, por no cumplir lo que había dicho, por no retirarse al ver que no podía invocar el fuego escarlata una segunda vez? (Pero lo había conseguido, maldito fuera, para protegerlo, dejándose completamente a merced de Ash). ¿A sí mismo, por haber perdido el control ante la mención del fuego púrpura y de su padre?

Era tarde para pensar en eso.

Se cubrió los ojos al llegar a una esquina, la callejuela por la que caminaba abriéndose en una avenida, los faros de los vehículos que circulaban deslumbrándolo. No tenía caso seguir adelante. Vagando de esa manera no iba a poder encontrar el rastro de Kyo.

Dio media vuelta, sus dedos aún haciendo presión en la herida, la otra hundiéndose en el bolsillo de su abrigo para buscar su teléfono. Se reclinó contra el muro más cercano para darle un respiro a su cuerpo. Minutos atrás, cuando había sido capaz de formular pensamientos coherentes, había probado llamar al número de Kyo, pero no había obtenido respuesta. Lo intentó de nuevo, sacando el aparato, que tampoco había salido ileso de la pelea, su dedo deslizándose sobre la pantalla trizada que apenas permitía distinguir las opciones, dejando nuevas marcas húmedas sobre manchas ya secas de sangre.

Nuevamente, nadie respondió del otro lado. Lanzar el teléfono con rabia contra el suelo no era una opción; se limitó a dejarlo caer dentro de su bolsillo y retomó su camino.


Despertó en su auto sin saber cómo había llegado ahí.

Estaba en el asiento del conductor, sus extremidades ateridas debido al frío. Al mirar hacia abajo, vio que su mano estaba sujetando su camisa blanca, hecha un revoltijo ensangrentado que presionaba contra su lado derecho. La herida había dejado de sangrar. Su gabardina estaba en el otro asiento, medio resbalando hacia el suelo del vehículo.

Observó por la ventanilla. Era de día. La calle se veía gris bajo los austeros rayos del sol que caían desde el cielo borrascoso. Una calle. No el estacionamiento. Las llaves del vehículo estaban en la ignición, pero no recordaba haber conducido.

Reconoció dónde estaba. Había aparcado en una de las entradas laterales de East Side Park. Alcanzaba a ver una pagoda alzándose por sobre las ramas desnudas de los árboles. Se pasó una mano por el rostro, sintiendo sus dedos ásperos debido a la sangre seca que los cubría. No quería volver a casa hasta hallar a Kyo. No sabía dónde empezar a buscarlo. Esa pagoda era el lugar donde Ash le había dicho que lo esperaría, cuando él decidiera entregar al Kusanagi. ¿Por qué había conducido hasta ahí?

Sabía que lo razonable era volver al departamento. Tratar sus heridas. Calmarse. Pero ¿volver? ¿A esas habitaciones vacías que no harían más que recordarle que debía estar en la calle buscando a Kyo?

Buscándolo, porque era lo único que le interesaba. Porque no podía pensar en otra cosa. Sus heridas, el mareo causado por la pérdida de sangre, las nuevas quemaduras que cubrían su piel y el dolor punzante de los golpes recibidos, todo eso le importaba un demonio. Kyo estaba arraigado en su mente y no permitía que pensara en nada más. Intentar enfocarse en otras cosas, como el bienestar de su banda —Rokku en particular—, era descartado de inmediato con un indiferente «deben estar bien». Intentar imaginar qué dirían sus compañeros cuando los viera de nuevo, cuando preguntaran qué había sido ese fuego verde, cuando pidieran explicaciones... todo aquello parecía irrelevante. En ese momento, sólo quería encontrar a Kyo.

Debía encontrarlo y luego decidir cómo conseguir que Ash devolviera el poder robado, cómo evitar que Orochi estuviera libre en ese mundo.

Iori apretó los dientes cuando un pensamiento huidizo le preguntó si realmente quería recuperar el fuego de Kyo. ¿No eran iguales, ahora?

Rechazó aquella insensatez con un movimiento de cabeza, una corta risa lóbrega escapando de su garganta. Por algún motivo, imaginar a Kyo sin fuego era incorrecto, pero imaginar al joven Kusanagi resignándose a no tener fuego era todavía peor.

Un corto sonido proveniente de su celular lo sacó de sus cavilaciones y tiró de su abrigo para buscar el aparato. Vio que se trataba de un mensaje de Rokku preguntándole dónde estaba y si se encontraba bien. En la maltratada pantalla también aparecía una notificación de decenas de llamadas perdidas, registradas durante las horas que había estado inconsciente. Con un rápido vistazo confirmó que los mensajes provenían de los miembros de Sviesulys, pero, en medio de ellos, vio uno que había sido enviado desde el celular de Kyo.

Al abrirlo, todo lo que éste contenía era el nombre de un motel.

Pero era suficiente.


 

K’ lanzó el fósforo al suelo del parking del motel después de encender su cigarrillo. Tras dar una larga y necesaria calada, se quedó observando la cartera de cerillos que tenía en la palma de su mano derecha, el nombre del alojamiento impreso en el cartón plastificado. Había intentado no ceder a aquel vicio, pero se le había hecho imposible. Su teléfono y el de Kyo no habían dejado de sonar durante toda la noche, distintos miembros del clan Kusanagi llamando para demandar saber qué había pasado, y él había respondido; de muy mala gana, pero lo había hecho. Se merecía esa pausa para fumar.

Al parecer, los Kusanagi habían sentido algo en el momento en que Ash había atacado a Kyo. Sin ir muy lejos, el padre de Kyo no necesitó preguntar sobre lo ocurrido. Había sabido de inmediato que Ash había conseguido robar el fuego de los Kusanagi y, con él, la reliquia sagrada que estaba bajo protección de la familia, albergada dentro de la energía de su actual heredero. K’ había tenido que hacer frente a la furia de Saisyu, soportando estoicamente los insultos y reclamos como si en él recayera la culpa de todo, porque Kyo había estado inconsciente durante las horas críticas y no había tenido que encarar los distintos niveles de ira o preocupación de sus familiares.

Lo que K’ había podido concluir en base a las numerosas llamadas era que los Kusanagi de menor rango, los que no entrenaban o no poseían habilidades particulares, actualmente no podían invocar el fuego. Los más poderosos, por el contrario, aún podían hacerlo, pero con gran dificultad.

K’ cerró su puño con fuerza alrededor de los cerillos para luego lanzarlos lejos, éstos perdiéndose en el cemento gris del estacionamiento. Observó sus dedos con fijeza. Se había sacado el guante rojo que solía utilizar para mantener a las flamas bajo control. Las había tentado con la libertad de arder descontroladas, pero éstas no se habían manifestado. Él tampoco podía hacer uso de su fuego, pero no le sorprendía. Su poder había sido implantado en su cuerpo usando medios artificiales y provenía directamente de los genes de Kyo. Ahora que ese fuego había sido robado, podía decirse que él había vuelto a ser la persona que era antes del experimento.

Era irónico. Durante años había arrastrado un profundo rencor por haber sido utilizado como un sujeto de pruebas y por llevar en la sangre un fuego que en cualquier momento podía volverse contra él. Sin embargo, en ese momento, quería el fuego de vuelta, porque era muy distinto odiarlo por decisión propia a que un idiota se lo arrebatara repentinamente.

Fumó por unos minutos, su espalda apoyada contra la puerta del cuarto que había alquilado en ese motel barato. Las otras habitaciones se alineaban unas tras otras a lo largo del pasillo, hasta que éste se unía con el siguiente pabellón, formando una L. No había ningún huésped a la vista, y el único movimiento provenía de los autos que surcaban raudos la carretera.

En el silencio del lugar, incluso a través de la puerta cerrada, K’ oyó a Kyo tosiendo en el baño. La cantidad de sangre que Kyo había estado tosiendo desde que recuperara la consciencia le preocupaba, pero ante su sugerencia de ir a un hospital, el castaño le había hecho un gesto para quitarle importancia, viéndose bastante calmado pese a todo, como si la situación no le fuera ajena.

K’ no entró a la habitación porque sabía que no serviría de nada, y siguió fumando, mientras pensaba en qué harían ahora. Kyo no había estado en condiciones de discutir ningún tipo de plan cuando despertó después de horas de inconsciencia. Había estado tan confundido que había querido atacarlo, incluso a pesar de lo débil que estaba. Cuando K’ consiguió hacerlo reaccionar, Kyo había mirado la pequeña habitación de dos camas como si buscara a alguien, y, cuando habló, fue para preguntar qué había pasado con Yagami.

Lo último que K’ había visto del pelirrojo había sido su silueta en medio del fuego verde de Ash Crimson, y así se lo hizo saber.

Kyo sólo había asentido con aire ausente. No preguntó sobre Ash Crimson, ni cómo había llegado ahí. En algún momento alzó una mano para probar invocar a su fuego, y había cerrado los ojos con fuerza al ver que nada ocurría. La tos había sobrevenido poco después.

K’ suspiró.

¿Qué cambiaría si no se hubiese separado de Kyo la noche anterior? No había creído que algo pasaría durante el tiempo que le tomó alejar al joven rubio que acompañaba a Yagami. Era necesario sacarlo de ahí si no querían que se convirtiera en una víctima. Mientras regresaba al parking, había visto al Yagami atacando a Ash y a Kyo cayendo al suelo. Pensó que Kyo había sido herido, y que el Yagami de alguna manera tenía la culpa, pero al llegar a su lado se dio cuenta de que el joven, pese a estar inconsciente, se encontraba ileso.

No había dudado en alejarlo del lugar, usando la distracción que les daba el pelirrojo.

¿Cuál era el siguiente paso? Buscar a Ash Crimson ¿y luego qué?

Un destello en la carretera llamó su atención, haciéndolo apartarse de la puerta mientras lanzaba la colilla del cigarrillo hacia un lado.

Un deportivo gris entró en el parking del hotel con un chirrido de neumáticos, enfilando hacia él sin bajar la velocidad. K’ no se movió, entrecerrando los ojos al reconocer al conductor, quedándose donde estaba sin siquiera parpadear cuando el vehículo se detuvo bruscamente a centímetros de sus piernas.

Vio a Yagami descender del automóvil con gestos resueltos, y se sorprendió al ver que su camiseta púrpura estaba desgarrada, dejando entrever una herida en su cintura. Sus ropas y sus manos estaban manchadas de sangre, pero el pelirrojo se movía como si no estuviera herido. Sus pasos fueron firmes al dirigirse hacia él, un brillo amenazante en sus irises rojos.

—¿Dónde está Kyo? —exigió saber Iori en un gruñido áspero y profundo.

K’, por puro instinto, se interpuso ante él, bloqueándole el camino, cerrando sus puños con fuerza, sabiendo que aquello podía acabar en una pelea, a pesar de que Kyo había insistido en que Yagami no era un enemigo.

—¿Qué quieres aquí, Yagami? —preguntó K’, su voz tan hosca como la del pelirrojo, el apellido sonando como un insulto.

Sin embargo, Iori no lo miraba. Sus ojos se habían dirigido a la puerta cerrada que K’ parecía querer defender.

Iori avanzó y K’ cometió el error de interrumpirle el paso poniéndole una mano en el pecho y empujando, olvidando por completo que no podía usar su fuego.

Su mano fue apartada por un movimiento semejante a un zarpazo, y al segundo siguiente, K’ se encontró siendo alzado del cuello, sus pies abandonando el suelo. Sintió más sorpresa que dolor cuando en ese mismo fluido movimiento Iori lo estrelló contra el cemento del parking. K’ no consiguió explicarse cómo Yagami podía atacar así si estaba herido.

Fue precisamente en esa herida donde K’ golpeó al pelirrojo con fuerza, apartándose de inmediato cuando, con un gruñido de dolor, Iori tuvo que apoyar una rodilla en el suelo. Algunas gotas de sangre fresca salpicaron el cemento.

K’ retrocedió unos pasos, decidiendo no obedecer el impulso que le decía que debía aprovechar su ventaja sobre el Yagami. Podía ver que el pelirrojo estaba pagando por el esfuerzo que el ataque anterior había exigido a su cuerpo, su respiración se había vuelto laboriosa y su rostro había palidecido, las gotas de sangre eran ahora un hilo continuo que caía entre sus dedos.

—¿A qué has venido? —preguntó K’ con impaciencia, deteniéndose junto a la puerta de la habitación.

Iori respiró profundamente un par de veces antes de ponerse de pie, volviéndose hacia él, sin perder su aire amenazante.

A K’ le pareció que Iori gruñía algo que podría haber sido el nombre de su primo, pero no estuvo completamente seguro.

—Cómo diablos diste con nosotros, maldito Yagami —murmuró K’, más un reclamo hastiado que una pregunta.

No hubo respuesta, porque lo que siguió fue él maldiciendo en voz alta cuando la puerta de la habitación se abrió y Kyo apareció en el umbral.

Incluso sabiendo que el castaño no se encontraba bien, K’ se sorprendió ante su palidez. Las manchas de sangre en sus labios contrastaban fuertemente con su piel. Sus ojos castaños se veían opacos, incluso a la luz del exterior.

—Yo le pedí que viniera —dijo Kyo como respuesta a su interrogante, su voz baja y cansada, casi carente de expresión.

Kyo observó a Iori, sus ojos deteniéndose en la herida sangrante, las magulladuras en su rostro, las quemaduras en sus manos. Sin embargo, no hizo ningún comentario. Dio un paso inestable y luego otro en dirección al auto de Iori.

—Vamos, Yagami —dijo Kyo, sin inflexión alguna en su voz, sólo ese profundo cansancio.

—Kyo, ¿qué diablos? —preguntó K’ ásperamente, sujetando a Kyo por el brazo para detenerlo. Kyo se volvió y le dirigió una extraña mirada indiferente.

—Esto ya no te incumbe, vuelve a casa.

—No digas idioteces, no puedo hacer eso —protestó K’ frunciendo el ceño.

—Entonces quédate aquí, da igual —replicó Kyo. Su tono no fue agresivo, solamente no tenía fuerzas para una confrontación con K’—. Que estés en la ciudad no soluciona nada —agregó—. No sirvió de nada. Deberías irte.

Kyo se desasió de K’. El Yagami se había dirigido hacia el vehículo y los observaba de pie junto a la puerta del lado del conductor. No hizo ningún comentario y entró al vehículo cuando K’ no intentó detener a Kyo por segunda vez.

El auto todavía no había abandonado el estacionamiento aún y K’ ya marcaba un número en su celular para poner a Saisyu al corriente de lo que estaba sucediendo. No intentó seguirlos. No comprendía lo que acababa de ocurrir, pero ver a Kyo yéndose con el Yagami no le había provocado la inquietud esperada. Es decir, ¿Yagami había acudido porque Kyo lo había pedido? ¿Y había obedecido en silencio ante un «vamos» de Kyo, la amenaza de sus ojos desaparecida? ¿Qué estaba pasando?


Kyo miró hacia Iori, sintiéndose un poco mareado por el esfuerzo que había requerido caminar los pocos pasos que lo separaban del auto, sin querer que K’ viera lo mal que se encontraba e hiciera alguna tontería para evitar dejarlo o ir, o, peor aun, para intentar ir con ellos.

Al bajar la mirada, vio que el interior del auto estaba manchado de sangre. Había marcas rojas en la puerta, el volante, en la gabardina de Iori que él tenía sobre las piernas. La camisa del Yagami estaba a sus pies, casi ningún centímetro de tela reteniendo su color blanco original.

—¿Estás bien? Esa herida... —murmuró Kyo débilmente, observando a Iori, cuyos ojos estaban fijos en el camino.

—No es nada —dijo Iori, su voz áspera debido a la sequedad de su garganta.

—Sí, ya veo que estás perfectam... —Kyo interrumpió su respuesta sarcástica ante un acceso de tos. Volvió su rostro hacia el lado opuesto, cubriéndose los labios con una mano, de inmediato sintiendo la tibia sangre salpicándolos. Iori no dijo nada, pero la velocidad a la que iban aumentó un poco más.

Kyo se reclinó contra el asiento cuando el acceso de tos pasó, cerrando los ojos con fuerza, sintiéndose mareado, pero negándose a perder el conocimiento. A pesar de que no hablaron durante el camino, estar cerca de Iori le procuraba cierto alivio, en especial porque había preguntado por el pelirrojo y había obtenido como respuesta un burlón «seguramente Ash lo incineró» de parte de K’.

Había esperado ver a Iori en peores condiciones. Incluso había llegado a considerar que podía estar muerto. Le había enviado el nombre del motel a su celular, y la falta de respuesta lo había torturado por horas. Pasarse la mitad del día recuperando y perdiendo la consciencia había sido como una bendición, porque cuando no estaba despierto podía dejar de pensar en Iori.

Se había sorprendido al ver el auto de Iori aparecer en el hotel, pero se encontraba demasiado débil y no había alcanzado a salir de la habitación lo suficientemente rápido para evitar la escaramuza con K’.

Le bastó cruzar una mirada con el pelirrojo para decidir lo que quería hacer, y esa decisión implicaba no volver a permitir que Iori se alejara de él. No intentó buscar el porqué. Solamente obedeció a ese impulso, y sintió alivio cuando Iori no pidió explicaciones ni le recriminó nada.

Kyo sabía que eso vendría después, probablemente, pero, por ahora, se conformaba con saber que, a pesar de que las cosas había salido mal, Iori aún estaba cerca.


Como en un sueño, Kyo avanzó entre las formas imprecisas del pasillo, las paredes y el suelo y el brillo de las luminarias enfocándose y desenfocándose, balanceándose ante sus ojos, su cerebro sobrecargado intentando apagarse una y otra vez, pero él resistiéndose, dando un paso tras otro hasta llegar al elevador, sintiendo el brazo de Iori sosteniéndolo.

Trastabillaron al entrar en la caja metálica, Kyo notando que Iori se apoyaba con fuerza en una de las paredes para no perder el equilibrio, un jadeo escapando de entre sus labios ante el mal movimiento, que hizo que Iori se encogiera debido al dolor en su herida. Kyo intentó sostenerlo por reflejo, sin saber cuál de los dos estaba peor, y sus esfuerzos fueron agradecidos con una baja risa sardónica de parte de Iori, que expresó bastante bien la opinión de ambos sobre esa patética situación.

Consiguieron llegar al departamento, Iori dejando un rastro de gotas de sangre a su paso, y de alguna manera, Kyo se encontró en el segundo piso, siendo guiado hacia la cama, agradeciendo el poder sentarse en el borde y descansar.

Iori estaba diciendo algo, pero no captó las palabras. El pelirrojo se dirigió al baño y Kyo oyó el agua correr. Se quedó sentado en la cama sin conseguir reaccionar. Aquella habitación que debía ser familiar le parecía extraña, descolorida y oscura a pesar de que entraba luz de día por las ventanas.

Por difícil que se le hiciera aceptarlo, había perdido su fuego. Había ocurrido. De un segundo a otro, sin que pudiera hacer nada.

Se había arriesgado a atacar a Ash a pesar de sentir que no tenía las fuerzas suficientes, porque no podía permitir que lastimara más a Iori, y porque quería castigar al rubio después de todo lo que había dicho sobre robar el fuego púrpura. Había sido consciente de lo que hacía y de que estaba dejándose abierto a un contraataque. Había sido su decisión.

No había perdido el fuego por un inadvertido descuido, pero eso no ofrecía gran consuelo.

Dirigió la vista hacia el baño, oyendo a Iori moviéndose, pero sin poder determinar qué estaba haciendo. Apretando los dientes, se cubrió medio rostro con una mano, maldiciéndose. Había perdido su fuego, pero la sensación que prevalecía era el alivio de ver que Iori seguía vivo. Aquello no tenía sentido.

No encontraba fuerzas para sentir nada más; ni para enfurecerse por la situación, ni para buscar una solución. Era como si Ash se hubiese llevado no sólo el fuego anaranjado, sino también una parte de su voluntad. Desde que despertó en el motel con K’, además del dolor y la opresión en su pecho, una extraña indiferencia se había apoderado de él, un cansancio extremo del cual no podía deshacerse.

Después de un largo rato, Kyo comenzó a sacarse la chaqueta con movimientos mecánicos. La dejó caer al suelo. Quería recostarse en la cama y dormir, pero no alcanzó a hacer nada más porque notó el sabor de la sangre intensificándose en su boca. Intentó controlarse, contenerse de toser, pero su cuerpo se sacudió con estertores dolorosos que le arrancaron un gemido involuntario. Lo siguiente que supo fue que Iori estaba ahí, una mano en su hombro para estabilizarlo, llevándose la sangre de sus labios con un paño húmedo. Kyo se lo quitó con un torpe ademán, viendo que el pelirrojo tenía su cintura a medio vendar.

—Estoy bien —dijo Kyo con tanta firmeza como fue capaz. Quiso agregar que Iori debía ocuparse de sí mismo primero, pero su voz falló.

Iori lo observó por más tiempo del necesario, claramente en desacuerdo, pero no dijo nada. Regresó al baño con pasos pesados.

Kyo ahogó sus tosidos contra la suave tela húmeda, entrecerrando sus ojos al ver cómo ésta se teñía de rojo con excesiva rapidez.

Sabía que era demasiada sangre.

Días atrás, el primer ataque de Ash, pese a que había estado incompleto, lo había afectado de forma considerable, por mucho que él había querido negarlo.

Esta vez, el ataque había tenido éxito y la sensación de algo desgarrándose en su interior se había convertido en la sensación de algo siendo arrancado a través de su pecho. Sabía que la piel de su torso estaba intacta, pero el dolor que lo agobiaba se asemejaba mucho a una herida abierta, que sangraba invisible y se llevaba sus fuerzas lenta pero inexorablemente.

Cuando el trozo de tela estuvo completamente cubierto de carmesí, la fuerza de la costumbre lo llevó a querer quemarlo. Ver que ninguna flama brotaba de sus dedos le causó una helada rabia, e hizo un intento obstinado por invocar al fuego anaranjado y luego el escarlata. No lo consiguió. Ninguna llama se encendió.

No hubo nada salvo una punzada atravesándole el pecho como una lanza afilada y cortándole el aliento.


Kyo salió de su profundo sopor al sentir un suave balanceo.

Era Iori, que se estaba dejando caer pesadamente en el espacio libre que Kyo había dejado en el lado derecho de la cama.

Volviéndose hacia él con esfuerzo, el castaño sintió el impulso de preguntarle cómo se encontraba, pero no llegó a decir palabra porque la respuesta era obvia con tan sólo mirar al pelirrojo.

Iori se tendió de espaldas, sus dientes apretados y sus ojos casi cerrados. Cada gesto denotaba un cansancio tan profundo como el de Kyo, un agotamiento que no se había hecho evidente hasta que habían llegado a la privacidad del departamento.

El Yagami estaba con el torso descubierto y, a pesar de que sus ojos no podían enfocarlo con total claridad, Kyo pudo ver las quemaduras y heridas que había recibido. Ya no era sólo su brazo derecho, ahora las magulladuras y cardenales estaban por toda su piel, incluso su rostro. El vendaje que tenía alrededor de la cintura ya había comenzado a mancharse de escarlata. Su respiración se oía trabajosa, y la palidez de su semblante le preocupó, porque hacía evidente que Iori no se encontraba bien, a pesar de que no lo estaba demostrando.

Kyo bajó la mirada con pesar al ver que se parecían un poco en eso. Él tampoco quería decirle a Yagami sobre la gravedad de su propio estado; no quería mencionar que cada gota de sangre que perdía se llevaba un poco más de sus fuerzas, ni que el mundo a su alrededor se hacía cada vez más brumoso y oscuro.

No, no iba a mencionarlo a menos que Iori lo preguntara, y el pelirrojo no estaba hablando. Sólo lo observaba en silencio a través de sus párpados entrecerrados.

A pesar del agotamiento que sentía y que su cuerpo estaba exigiéndole que volviera a dormirse, Kyo sabía que debían hablar; sobre lo que Ash había dicho de robarle su fuego antes de que naciera, la forma en que Iori había reaccionado con una rabia desmedida ante la mención de su padre. Sabía que Iori debía estar pensando en eso, y deseaba ofrecerle una oportunidad para desahogarse, si quería. Sin embargo, guardó silencio cuando sus ojos se encontraron con los de Iori. Un lento parpadeo del pelirrojo le dijo a Kyo que no había tiempo para conversaciones porque el cansancio también estaba venciéndolo, y que pronto se quedaría dormido.

Kyo se le acercó un poco, porque Iori no se había cubierto con las sábanas y, a pesar de la calefacción permanente del departamento, el aire se sentía frío. Sin fuerzas para preocuparse por lo que hacía, cruzó su brazo sobre el pecho del pelirrojo, procurando no rozar ninguna de sus heridas, notando la tensión que le causaba hacer ese simple gesto con Iori mirándolo de ese modo.

Se sorprendió cuando Iori aceptó su cercanía, sus cuerpos encontrando una posición adecuada con naturalidad. Oyó un suspiro de Iori y luego sintió su mano posándose entre sus cabellos, atrayéndolo un poco más hacia sí. Con un estremecimiento, Kyo se dejó llevar hasta que no quedó espacio entre ellos, acurrucándose contra el pelirrojo, haciendo más estrecho su medio abrazo cuando Iori hizo una suave caricia entre sus mechones castaños.

La fatiga los venció un poco después.