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Ocasiones imaginadas

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A pesar de que no había recibido una explicación de parte de Kyo, Iori comprendía.

Kyo había probado usar su fuego escarlata para tener una idea de qué sería capaz de hacer cuando estuviera frente a Ash Crimson. El joven no podía arriesgarse a que su poder le fallara en un momento tan crucial, y tampoco podía permitirse volver a desmayarse en presencia de un enemigo. Ahora al menos sabían que su cuerpo tenía un límite, y que su fuego podía llegar a hacerle daño.

Pero, ¿Kyo no podía esperar al menos un par de días para que su cuerpo estuviera recuperado y con suficientes fuerzas para ofrecer un buen desempeño? Si había descrito el problema como una herida que debía sanar, ¿qué idiotez era ésa de forzar sus heridas a volver a abrirse?

Sin embargo, a pesar de la molestia que le producía Kyo al no saber cuidarse, Iori dudaba. Si el joven Kusanagi hubiese esperado unos días antes de hacer la prueba, ¿algo habría cambiado? Quizá el resultado habría sido el mismo. Quizá no se trataba de algo similar a una herida, sino un daño permanente. Pero, ¿cómo podía saberlo si Kyo actuaba con tanta despreocupación?

En ese momento, el Kusanagi hacía que odiara profundamente el no conocer lo que era invocar el fuego. Le hubiera gustado tener al menos una vaga idea de lo que ocurría en el interior del joven cuando manifestaba su energía, para poder aconsejarle debidamente.

Resignado, Iori alzó a Kyo con cuidado, dejando que el joven inconsciente se apoyara contra su pecho mientras tiraba del cubrecama y de la primera sábana, que estaba manchada con sangre. Volvió a depositar a Kyo sobre el colchón, un suave gesto que ya se le hacía familiar, después de haber cuidado del castaño por varias horas, durante su primera tarde en el departamento.

Lo observó dormir por largo rato antes de ir al armario por una sábana limpia, para cubrirlo con ella.

Se sentó junto a Kyo, extendiendo una mano para apartar algunos mechones de cabello. ¿Cuántos días iba a durar esa situación? La recuperación de Kyo podía tomar semanas... o un par de minutos, si el joven despertaba y decidía que quería enfrentar a Ash ya. Él podía intentar disuadirlo, probar detenerlo, pero sabía que aún le faltaba ver un lado del joven que haría lo que le viniera en gana y que no cedería ante él, un aspecto de Kyo que aún no conocía: el Kyo que había destruido a los que habían experimentado con su poder, y que podía hablar de las pérdidas humanas de ese incidente sin que hubiera arrepentimiento en su voz.

Quería ver esa parte de Kyo, y al mismo tiempo no. A veces no estaba seguro de si Kyo era consciente de que podía acabar cualquier discusión con una llamarada de fuego, imponer su voluntad por la fuerza. Cuando Kyo hablaba de enfrentarse a él y su rostro se iluminaba ante la idea, ¿qué pretendía hacer? ¿No usar sus llamas para que la pelea fuera «justa»? Si usaba su truco de la prisión de fuego escarlata, todo terminaría en un segundo. Y si no usaba ese fuego, si no peleaba con todo su poder por deferencia hacia él, Iori sentía que no se lo iba a perdonar.

¿Pero qué podía hacer él para enfrentarse al poder del Kusanagi? Aunque le había dicho que con el entrenamiento que había recibido era capaz de vencerlo sin necesidad de usar fuego, ¿en verdad era así? Esa incertidumbre le desagradaba en extremo, pero no encontraba una salida satisfactoria. Obligar a Kyo a pelear con su nivel real llevaría a una derrota segura; ver al joven medir su poder para no hacerle tanto daño sería humillante.

Y aun así, aun así, ansiaba esa pelea. Quería esa oportunidad de lastimarlo, de sentir sus golpes, su fuego, y su piel desgarrándose bajo sus dedos. Quería cubrir el cuerpo del joven de heridas que borrarían las cicatrices que otros le habían causado. Quería saber cuál sería la expresión del joven cuando viera que había sido derrotado.

Iori miró su mano derecha, concentrándose, recordando las palabras de su padre diciéndole lo que tenía que visualizar para poder encender el fuego púrpura. Energía, odio, rabia. Odio hacia los Kusanagi, el deseo de destruirlos por razones que ya no importaban...

Maldijo para sí al ver que nada cambiaba. Ninguna flama se encendió. Maldijo nuevamente al darse cuenta de que había intentado invocar el fuego púrpura de su familia después de casi una década de resignación. Sintió que lo invadía una intensa frustración y una helada, familiar rabia. Se preguntó qué habría dicho su padre si mataba a un Kusanagi mientras éste dormía. ¿Sería ésa una muerte válida, según los estándares de la familia Yagami?

Cerró los ojos, esperando que la rabia pasara. Oyó la pausada respiración de Kyo a su lado.

Se encontró mirando al joven castaño. No su rostro dormido, sino su cuello totalmente expuesto. Cuando lo rozó con la punta de sus dedos, sintió el calor de la piel del joven y recordó el sabor que había impregnado sus labios al besarlo ahí.

El primer impulso que sintió fue de rodear el cuello de Kyo con ambas manos y hacer presión hasta romperlo, pero en vez de eso se limitó a acariciar la suave, cálida piel, sonriendo para sí ante su fragilidad.

Oyó un débil sonido de protesta de parte de Kyo, pero el joven no despertó. Continuó durmiendo, sus labios entreabiertos, su expresión una de completa calma, porque él le había dicho que estaba a salvo ahí, con él, y Kyo le había creído.

No se apartó, dejó su mano en el cuello del joven. Disfrutó de sentir el pulso de Kyo contra la palma de su mano.

Su tácita invitación a que Kyo permaneciera en la seguridad del apartamento hasta que se recuperara había sido bien recibida. Es más, el joven Kusanagi en ningún momento había mencionado que quería o debía marcharse, sino lo contrario: había parecido preocupado ante la posibilidad de tener que irse de ahí, no porque estaría expuesto a que Ash Crimson lo encontrara —a esas alturas Iori sabía bien que Kyo no pensaba en términos de su seguridad o bienestar— sino porque parecía no querer que aquella estadía acabara tan pronto.

Eso había tomado un poco por sorpresa a Iori, pero no lo había demostrado. Había permitido que su impaciencia ante la tendencia de Kyo de sacar las conclusiones equivocadas se impusiera, y le había respondido con un tono seco que, por algún extraño motivo, Kyo había confundido con amabilidad.

Kyo había entrado a la ducha después de eso y él se había quedado a solas, pensando en por qué Kyo se había visto tan seguro de que debía irse, deduciendo que la pregunta de Kyo sobre si lo iba a echar resultaba natural dentro de un contexto que le era muy familiar: Kyo no era ajeno a la dinámica de las parejas de una noche, donde las cosas solían acabar de forma bastante abrupta después del sexo. Él mismo había echado a más de alguno, sin darles tiempo a asearse siquiera, cuando éstos habían intentado arrancarle una promesa de volver a verse o sincerar unos «sentimientos» que supuestamente habían nacido a unas horas de conocerlo.

Se preguntó de cuántas personas habría tenido que deshacerse Kyo, cuántas malas experiencias habría tenido.

Si confiaba en la palabra del joven, sus parejas debían haber sido sólo mujeres, a pesar de que tenía una prometida de por medio. Eso le extrañó sólo por un segundo antes de recordar que Kyo se había acostado con él a minutos de mencionarle a su pareja. Reparos había tenido muchos, pero Iori estaba casi convencido de que su novia no había estado incluida en ellos.

Iori sintió que Kyo se agitaba un poco y vio con sorpresa que sus dedos se habían cerrado alrededor del cuello del joven. No hacía presión suficiente para interrumpir su respiración, pero sus uñas habían dejado marcas en su suave piel. Se obligó a relajarse. Rozó las marcas rojizas con una leve caricia, como si eso bastara para hacerlas desaparecer.

Sabía que Kyo no le había mentido al decirle que nunca había estado con un hombre antes. Su cuerpo se lo había confirmado, así como su inevitable expresión de dolor. Aquello le había producido una enorme satisfacción, pero ahora no podía evitar preguntarse cómo sería más adelante. Cuando se separan, cuando Kyo volviera a Japón, ¿permitiría que alguien más lo tomara de ese modo?

La mano de Iori se cerró con fuerza ante ese pensamiento, sus uñas clavándose más profundo esta vez, sus ojos brillando con rabia al imaginar a otra persona viendo las mismas expresiones que él había producido en el rostro de Kyo, las caricias de Kyo estando dirigidas a alguien que no era él.

Iori nunca había sentido algo semejante. Acostarse con alguien no significaba nada. Era como una regla que se había impuesto: sus ocasionales parejas no le importaban. Las elegía entre personas a las que muy probablemente no volvería a ver. A veces ni siquiera intercambiaban nombres. Con Kyo debería haber sido igual. Él mismo se lo había dicho, era sólo sexo.

¿Por qué, entonces, lo invadía ese impulso tan intenso de hacerle daño a Kyo pese a saber que el joven no tenía ninguna obligación de serle «fiel»?

Unos dedos se cerraron alrededor de su muñeca y Iori se encontró con los ojos castaños de Kyo entreabiertos. Aflojó la presión de inmediato, apartando su mano bruscamente, y esta vez en las pequeñas marcas en el cuello de Kyo brillaron diminutas gotas de sangre.

Kyo se llevó una mano al cuello, medio dormido.

—¿Iori? —murmuró, confuso, y Iori se preguntó si no se había dado cuenta de lo que había estado pasando, porque no había temor en su expresión, ni siquiera molestia—. ¿Qué...?

—Voy a matarte —susurró Iori sin dejarlo continuar.

El castaño parpadeó, ladeando su rostro ligeramente, una inexplicable sombra de sonrisa pasando por sus labios antes de que Kyo apartara la mano que tenía en el cuello y la extendiera hacia el rostro de Iori, sus dedos quedándose a unos centímetros de él, sin llegar a tocarlo.

Iori vio la sonrisa con que Kyo recibía sus palabras y no pudo evitar una risa baja en el fondo de su garganta ante esa respuesta que no tenía ningún sentido. Cerró los ojos, repentinamente harto de ver el rostro del castaño, y se inclinó hacia adelante, permitiendo que los dedos de Kyo lo alcanzaran, odiando la suavidad de la caricia, pensando que cumpliría su deber de matar a Kyo antes de que el joven pudiera tocar así a alguien más.


El cielo aún se veía oscuro a través de las ventanas, pero la débil iluminación grisácea dentro del departamento era propia de un amanecer invernal. Había movimiento en el piso, dos personas hablando en voz baja en el área de la cocina, un ligero aroma a café flotando en el ambiente.

Kyo no se movió, en parte porque sentía que una desagradable pesadez había invadido sus extremidades, y también porque no quería atraer la atención de los que hablaban, para poder observarlos en silencio desde la cama. Había estado soñando y el sueño le había dejado una sensación placentera, pese a que los detalles ya habían comenzado a hacerse difusos. Recordaba la voz de Iori diciéndole que iba a matarlo, y que su respuesta había sido una caricia, tranquila y feliz como sólo podía haberlo sido dentro de un sueño, donde sus acciones no estaban obligadas a tener sentido.

Sin embargo, ahora que estaba despierto el sueño le parecía lejano, y se borraba poco a poco, dejando sólo la realidad.

El concierge de Iori estaba ahí, preparando el desayuno con movimientos cuidadosos y medidos, su traje negro tan elegante y perfecto como el que le había visto el día anterior. Iori estaba con él y Kyo no alcanzaba a oír lo que estaba diciendo, pero el rumor de su voz sonaba imperativo. El concierge asentía de cuando en cuando.

Unos minutos después, aparentemente satisfecho de que todas sus órdenes hubiesen sido entendidas a la perfección, Iori se dirigió hacia la cama. Kyo se incorporó entonces, sentándose y bostezando. En la cocina, el concierge no se volvió hacia ellos, como si quisiera darles toda la privacidad posible en ese departamento sin paredes.

Kyo ocultó su sorpresa cuando Iori se sentó en el borde de la cama, dejando claro que no le importaba en lo más mínimo lo que el concierge pudiera pensar de esa situación.

El pelirrojo debía llevar despierto un buen rato, porque no había rastros de sueño en su semblante. Se había cambiado y sus movimientos denotaban cierta prisa, como si no tuviera mucho tiempo que perder.

Kyo se limitó a mirar la ropa que Iori llevaba esa mañana, pasando la vista por sus pantalones blancos, la camisa granate de ancho cuello y la ceñida chaqueta negra demasiado corta que dejaba al descubierto una franja de piel en su cintura que Kyo no pudo evitar quedarse mirando por más tiempo del necesario.

Cuando alzó la vista, supo que Iori lo había visto mirando. Por un instante, Kyo tuvo la loca idea de que el pelirrojo había elegido ese atuendo con el propósito de provocarlo, pero la descartó pronto. No había razón para que Iori hiciera eso. El pelirrojo debía estar increpándole sobre su intento de usar el fuego escarlata la noche anterior, su falta de prudencia, su incapacidad para cuidar de sí mismo, no vistiéndose para él.

—Hein estará aquí hasta que yo vuelva —fue todo lo que dijo Iori cuando finalmente habló, haciendo un leve gesto hacia la cocina y el concierge.

Kyo se extrañó de que no le reclamara nada, pero respondió automáticamente:

—Me siento bien. No necesito una niñera.

—Claro que sí.

El tono de Iori fue burlón. Kyo casi suspiró con alivio al ver que el pelirrojo no parecía estar molesto con él.

—¿Irás a ensayar? —adivinó Kyo y, aunque su voz fue desaprobadora, no insistió en sugerirle a Iori que postergara las actividades con su banda por precaución, porque esa conversación ya la habían tenido la tarde anterior y sabía cómo acababa.

—Después de lo de anoche, no estás en posición de pedirme que sea prudente —dijo Iori, mirándolo casi desafiante.

—Tú eres el que tiene sentido común, no debería necesitar pedírtelo —murmuró Kyo—. Sobre lo de anoche…  Necesitaba probar —se encontró diciendo, sintiendo que le debía una explicación a Iori pese a que el pelirrojo no la estaba exigiendo—. Si hubiera sabido que me haría daño, no habría…

—No vuelvas a intentarlo, al menos por unos días.

Kyo suspiró ante la interrupción, viendo que a Iori no le interesaban sus excusas. Se limitó a asentir en silencio.

—No hay prisa —agregó Iori en voz más baja, y pareció querer agregar algo más, pero negó para sí, levantándose de la cama y alejándose de Kyo.


A Kyo no le había agradado lo de la «niñera», pero Iori había ignorado sus protestas porque, en gran parte, Kyo se lo había buscado.

Lo que no le había explicado al Kusanagi era que la presencia de Hein no era para vigilarlo a él —aunque le había ordenado al concierge que lo llamara si veía que Kyo comenzaba a toser sangre— sino para que hubiese alguien cuidando el departamento en caso Ash Crimson decidiera aparecerse ahí, por implausible que eso fuera.

Iori condujo por las calles casi desiertas, más alerta que de costumbre, mirando continuamente por los espejos para asegurarse de que ningún vehículo lo estuviera siguiendo. Los pocos transeúntes que caminaban por las aceras no tenían aspecto de ser seguidores de Orochi, pero aun así los observó con sospecha. Cada cornisa de los edificios que se alzaban a ambos lados de la calzada le parecía un buen lugar para espiarlo; detrás de cada ventana podía haber alguien que luego le seguiría los pasos para poder encontrar a Kyo.

Cuando llegó al estacionamiento del edificio donde ensayaban, miró los espacios vacíos y oscuros, por si alguien los usaba de escondite. Descendió del vehículo riendo para sí ante su absurdo comportamiento. ¿Qué lo estaba llevando a ser tan paranoico? ¿Era el haber encontrado a Kyo inconsciente la noche anterior y haber pensado que estaba muerto por su culpa? No tenía sentido.

Tomó el ascensor y al llegar a la sala de ensayos se encontró con que Rokku ya estaba ahí, ajustando los platillos de la batería. Esa mañana su cabello rubio tenía algunos mechones teñidos de azul, y apenas Iori entró, Rokku alzó la vista y lo miró expectante, esperando algún comentario sobre su nuevo look.

Ninguno llegó y Rokku hizo un mohín, sentándose en el taburete de la batería.

—Buenos días a ti también, Iori —dijo.

Iori no respondió, porque después de tanto tiempo tocando juntos, esas fórmulas de cortesía habían quedado olvidadas. Cuando los miembros de la banda se comportaban educadamente, solía ser a modo de broma. Rokku lo sabía bien y acabó riendo para sí en el silencio, mientras Iori iba por el bajo y pulsaba las cuerdas, girando algunas de las clavijas para afinarlas.

Rokku lo miraba fijamente.

—Hey, sobre lo que me pediste anoche... —dijo el joven, consiguiendo por fin que Iori lo mirara—. Hablé con los encargados de la seguridad de mañana. Tu petición les extrañó tanto como a mí, pero dijeron que no habrá problema con enviar a algunos guardias más. El perímetro que cerrarán alrededor del bar también será unos metros más grande, de esquina a esquina. ¿Es lo que querías?

Iori asintió, sin poder asegurar qué bien haría el tener más guardias durante un inofensivo concierto para menos de doscientas personas, salvo el darle tranquilidad a cierto Kusanagi.

—¿Qué esperas que pase? —preguntó Rokku sin quitarle la vista de encima, atento al más mínimo cambio en su semblante—. No me digas, ¿tienes un stalker con tendencia a la violencia? ¿Es eso? —preguntó en una clara broma—. ¿Crees que estemos en peligro?

—Es sólo una precaución —dijo Iori con voz neutra, mirando a Rokku a los ojos, diciéndose que Kyo no le iba a contagiar más su paranoia. Ash Crimson no tenía por qué atacarlo a él, mucho menos a su banda. Había pedido que aumentaran la seguridad para que Kyo estuviera tranquilo, nada más.

La expresión de Rokku se convirtió en una de sospecha.

—¿Es porque él va a venir? —preguntó el baterista, sonando súbitamente animado.

Iori entrecerró los ojos sin saber de qué diablos estaba hablando el rubio ni por qué había comenzado a emocionarse.

—Él... —repitió en tono bajo y lento, pese a saber que iba a arrepentirse de darle alas a Rokku y sus tonterías.

—El japonés guapo del que nos prohibiste hablar —soltó Rokku viéndose muy divertido—. Tendría sentido. Especialmente si Kohi tiene razón y lo persigue la mafia china.

Iori cerró los ojos y contuvo un suspiro hastiado. Le dio la espalda al baterista para dar la conversación por terminada, pero Rokku no captó el mensaje.

—¿Arriesgará su integridad física para verte tocar? Eso es... es... —siguió diciendo el rubio, sin poder evitar echarse a reír ante la romántica escena que estaba viendo en su imaginación.

—No vendrá —dijo Iori con voz neutra sin volverse, sin entender el porqué de la fijación de Rokku con Kyo. Nunca antes había insistido tanto sobre alguno de sus one night stands.

El baterista pareció decepcionado medio segundo y luego volvió a la carga.

—No te llegaste a acostar con él, ¿no? —preguntó sin rodeos, cruzándose de brazos como si eso estuviera muy mal—. Por eso hoy estás vestido así.

Iori siguió ignorándolo.

—Llevaba tiempo sin ver ese conjunto —sonrió Rokku, dirigiendo su mirada a la piel de la espalda de Iori que su corta camisa y chaqueta no alcanzaban a cubrir—. Si te ve vestido así, al final del día lo tendrás a tu merced. Porque aún se están viendo, ¿no?

Rokku calló porque las puertas del ascensor se abrieron y los otros dos miembros de la banda aparecieron. Alfred llevaba una bandeja con cuatro vasos de café, pero en vez de repartirlos se quedó mirando a Rokku y a Iori con curiosidad, sintiendo que habían interrumpido una conversación importante con su llegada.

—¿Pasa algo? —preguntó Kohi, también notando el ambiente extraño que había en la sala.

Rokku negó con la cabeza con aire inocente.

—Hablábamos de las medidas de seguridad de mañana, es todo —dijo.

Sus compañeros no entendieron por qué había una sonrisa traviesa en sus labios, pero lo dejaron pasar, acostumbrados ya a la personalidad rara de su líder.


 

Durante el ensayo, Iori recordó por qué era capaz de ignorar las tonterías de Rokku en vez de abandonar Sviesulys y buscarse una banda con miembros menos molestos. Una vez que el rubio empezaba a tocar, su personalidad cambiaba y era todo profesionalismo y técnica impecable. Lo importante era mantenerlo ocupado tocando tanto como fuera posible, sin darle oportunidad para iniciar una conversación.

Además, era agradable tocar con Sviesulys. Después de tanto tiempo, cada uno se sentía perfectamente a gusto con los otros; sabían qué esperar de sus compañeros al tocar, los ocasionales cambios o improvisaciones durante las canciones eran fáciles de seguir.

Entre soportar a estos compañeros y probar buscar otros, Iori prefería lo primero. No por nada estaban celebrando el aniversario de la banda. Hacían buena música cuando estaban juntos.

Ensayaron todo el setlist del concierto, según lo acostumbrado, y luego se tomaron un momento para discutir las canciones que estaban preparando para el siguiente disco. Iori se encontró pensando en Kyo y en los demos que había escuchado sin permiso en su habitación. Parecía haber estado disfrutándolos bastante, y se preguntó qué opinaría Kyo de las versiones refinadas y acabadas, una vez que terminaran de grabar y mezclar. Eso lo llevó a pensar si Kyo aún estaría ahí cuando el nuevo disco estuviera finalizado. Al volver en sí, sus compañeros lo miraban, esperando la respuesta a una pregunta que él no había oído.

—Iori, ¿has dormido? —preguntó Alfred, el guitarrista, mirándolo con el ceño fruncido, extrañado de que Iori estuviera tan distraído, porque eso no era usual en él—. Te ves cansado.

Iori respondió con una media verdad, negando levemente, sin entrar en detalles. No pensaba decirles que se había pasado la noche en un permanente duermevela vigilando a Kyo. El joven había tosido sangre un par de veces más, aunque no había llegado a ser tan grave, y Iori se había encargado de ofrecerle agua a intervalos regulares. En algún momento, se había acostado en el espacio libre junto al joven, y se había dedicado a mirarlo por largo rato antes de quedarse dormido, sólo para ser despertado por cada mínimo movimiento que hacía Kyo.

No había descansado, y al final se había levantado algunos minutos más temprano de lo usual, buscando algo con qué distraerse, lo que fuera, para sacarse a Kyo de la mente por un rato.

Había acabado poniendo orden en el habitación, llevándose el cubrecama y las sábanas manchadas con sangre para que luego Hein se ocupara de dejarlas en la lavandería. Se había llevado las toallas de Kyo al baño y no se había sorprendido de encontrar algunas prendas del joven lanzadas muy al descuido sobre el cesto reservado para la ropa sucia en vez de dentro de él.

Descubrir que no pensar en Kyo era imposible porque había huellas de la presencia del joven por todo el piso lo puso de ligero mal humor, pero cuando volvió a la cama y miró al castaño durmiendo apaciblemente sólo le quedó suspirar para sus adentros y admitir que su presencia no era desagradable.

—¿Iori?

Sus compañeros de banda lo estaban mirando fijamente. Iori se dio cuenta de que se había distraído pensando en Kyo otra vez.

—Si hubiera sabido, te habría traído un vaso con dos shots de café —dijo Alfred con una sonrisa comprensiva, y luego le preguntó a los otros—: ¿Por qué no acabamos por hoy?

Rokku asintió cuando sus compañeros lo miraron.

—Sólo porque eres nuestro consentido —dijo el rubio, observando a Iori con expresión seria por un segundo completo antes de reír—. Ve a descansar. Y espero que duermas. No que te pongas a seducir gente en la calle con esa ropa que llevas.

Iori ignoró el comentario, sabiendo que el ensayo había acabado y que ahora venía la parte en que Rokku empezaba a hablar sin detenerse y que él quería evitar presenciar a toda costa. Sus compañeros ya empezaban a pedir una explicación por el comentario sobre su ropa.

Fue a dejar el bajo en su lugar, revisó su teléfono para asegurarse de que Hein no hubiese intentado comunicarse, se despidió de sus compañeros con un leve asentimiento y luego se dirigió al ascensor para salir de ahí, la voz de Rokku recordándole que la prueba de sonido del concierto empezaba a las ocho de la noche del día siguiente.

Era casi medio día y había considerablemente menos espacios vacíos en el parking. Iori miró entre los vehículos mientras se dirigía al GT-R, sin encontrar a nadie acechando en las sombras. Fue sólo cuando había llegado a su auto que una familiar figura vestida de rojo apareció, saliendo a su encuentro sin hacer ningún esfuerzo por ocultarse.

Iori vio el cabello rubio sujeto con un cintillo negro, los helados ojos celestes y la sonrisa amigable cargada de malignidad de Ash Crimson. Vio la piel de las mejillas del joven aún cubiertas de rastros de quemaduras, pero casi habiendo terminado de sanar. A pesar del daño que Kyo había conseguido hacerle, la regeneración de las heridas de Crimson había sido más rápida de lo esperado.

Iori no necesitó pensar. Apenas acabó de reconocer a Ash Crimson ya estaba ante él, su mano yendo a desgarrar su delicado rostro sin darle tiempo a nada. Vio sorpresa en los ojos celestes de Ash, éste sólo atinando a cubrirse con sus brazos, recibiendo toda la fuerza del golpe de Iori en ellos y permitiendo que esa misma fuerza lo hiciera salir despedido hacia atrás, alejándolo del pelirrojo.

—No he venido a pel... —empezó a decir Ash, o lo intentó, pero tuvo que interrumpirse para esquivar a Iori, que había cubierto los metros que los separaban en menos de un segundo y estaba lanzándole otro golpe.

Ash se hizo a un lado, dando pasos rápidos para mantenerse a distancia de Iori, sacudiendo sus manos al sentir que el primer golpe lo había dejado adolorido, sus nervios demasiado sensibles debido a la regeneración en curso.

Por cada paso que Iori dio, Ash retrocedió la misma cantidad. Había vehículos moviéndose por el estacionamiento, pero ninguno cerca de ellos. Mantener su distancia no fue difícil. El rubio sonrió con malicia al ver la mirada del pelirrojo fija en él, atento a todos sus movimientos, esperando el más mínimo error, el mejor momento para volver a atacarlo.

—No he venido a pelear, sólo quiero hablar contigo —dijo Ash sin dejar de moverse. El pelirrojo no dio señales de haberlo escuchado—. ¿Piensas que soy tu enemigo? —rió el rubio ante la amenazante expresión de Iori—. Tú y el Kusanagi han estado hablando, ¿no?

De nuevo, no hubo cambio en el semblante de Iori.

—No soy tu enemigo. Como dije, no quiero pelear. Simplemente vine a hacerte un ofrecimiento —explicó Ash con voz invitante, viéndose más confiado porque su estrategia de mantener su distancia para que Iori no atacara estaba funcionando—. Dime dónde está Kyo Kusanagi y yo te...

—No me interesa —interrumpió Iori, viéndose súbitamente furioso ante la mención de ese nombre, Ash observando cómo todo su cuerpo se tensaba para lanzarse al ataque.

—Oh, te interesa —se apresuró a decir para no tener que esquivar otro ataque porque en verdad no quería pelear—. Claro que te interesa, Yagami —aseguró, una sonrisa malévola torciéndole los labios al ver que el pelirrojo no conseguía ocultar un muy leve titubeo al oír su apellido.

Hubo unos segundos de silencio, y Ash vio complacido que había logrado su cometido: Iori estaba quieto, escuchándolo; ya no parecía listo para saltarle encima buscando matarlo. Su postura seguía siendo tensa, alerta, pero Ash podía sentir cómo el ambiente había cambiado. Y había logrado eso sólo usando el poder de un nombre.

—Te ves sorprendido —rió Ash, pese a que la expresión de Iori distaba mucho de ser una de sorpresa; había un aire peligroso y amenazante rodeándolo, pero el rubio no pensaba admitir eso en voz alta—. No sé por qué, la verdad. Tu familia ha llevado en su sangre el poder de mi señor durante tantos siglos... Es normal que Orochi sepa reconocer a los miembros del clan Yagami, incluso a uno que ha nacido sin el fuego púrpura.

—No me interesa lo que tengas que decir —dijo Iori con voz fría, como si no hubiera escuchado una palabra de Ash—. Deja de huir y pelea.

Ash hizo una mueca, porque Iori ni siquiera le había dejado explicar por qué estaba ahí.

—Dime dónde está Kyo —repitió Ash con voz paciente y ante el silencio que siguió, su rostro adoptó una expresión comprensiva—. No me lo quieres decir porque se supone que quien debe enfrentar al heredero del clan Kusanagi eres tú, ¿verdad? —El rubio hizo una pausa para ver cómo reaccionaba Iori ante la información que tenía sobre él, y se llevó una decepción porque el rostro de Iori no varió un ápice. —Lo entiendo —continuó—. Ustedes siempre le han dado demasiada importancia a los Kusanagi, ¿no te parece? Después de todo, tus ancestros hicieron el pacto con Orochi específicamente para enfrentarse a ellos. —Ash rió con suavidad. —Y dime, ¿Kyo ya se enteró de que no tienes fuego?, ¿corresponde tu interés? No creo que sea muy interesante para él tener como rival a un... ¿podemos usar la palabra «discapacitado» en este contexto? —Ash volvió a reír, un poco sorprendido de que Iori aún consiguiera mantener su rostro inexpresivo, como si nada de lo que él dijera le afectara.

Iori dio un paso hacia Ash cuando éste calló, la rabia ardiendo en su interior, pero consiguiendo controlarla lo suficiente para saber que podía intentar acabar con la amenaza del rubio en ese instante si evitaba caer en su juego y encontraba una manera de aprovechar la situación. Si Ash quería hablar, que hablara. La única ventaja que Iori tenía sobre el rubio era intentar un ataque sorpresa, buscar darle una muerte rápida. Si Ash conseguía lastimarlo en el proceso no importaba. No pensaba dejar que le pusiera las manos encima a Kyo.

—Traje algo para ti —dijo Ash siguiéndolo con la mirada, sin molestarse en retroceder. Cuando se aseguró de que tenía la atención de Iori, extendió su mano derecha cerrada en un puño hacia él. Vio cómo Iori esperaba un ataque ante ese gesto, y sonrió ante esa prudente muestra de desconfianza.

Ash abrió sus dedos despacio, mostrándole la palma de su mano, encendiendo una brillante e intensa flama púrpura que crepitó y lanzó destellos violentos en la mala iluminación del parking. Ash sonrió ampliamente al ver que, por fin, una expresión de sorpresa cruzaba el rostro del pelirrojo.

—Mi señor Orochi es generoso y te ofrece el fuego púrpura, como se lo ofreció a tus antepasados hace siglos, a cambio del Kusanagi. Me parece un trato justo, ¿qué opinas?

Ash esperó, disfrutando enormemente el haber conseguido quebrar la máscara inexpresiva del Yagami, cuyos ojos rojos parecían no poder dejar de mirar el fuego que mantenía encendido, las flamas violáceas ardiendo sin ningún esfuerzo.

Sin embargo, la respuesta afirmativa que Ash esperaba no llegó. Según lo que sabía de los Yagami y su historia (cómo no les había importado acortar sus vidas a cambio del fuego púrpura con el objetivo específico de vengarse de los Kusanagi, cómo habían mantenido ese odio encendido durante siglos), Iori debería estar aceptando aquel poder sin vacilar. Era inconcebible que no quisiera controlar el fuego, como todos los Yagami antes que él. Sólo debía entregar a un Kusanagi a cambio. ¿Por qué guardaba silencio? Sí, no se trataba de cualquier Kusanagi, sino del heredero del clan del sol, pero ¿eso realmente tenía tanta importancia como para que el pelirrojo dudara? Cuando estuviera en posesión del fuego podría ir donde los otros Kusanagi, podría matarlos a todos... ¿no veía que era un excelente ofrecimiento?

Ash sintió ganas de acabar con Iori dolorosamente al ver que le arruinaba sus planes. Había estado seguro de que le entregaría a Kyo sin dudar. Había llegado a fantasear con la idea de que ése sería el día en que su misión de traer a Orochi en su forma física al mundo de los mortales terminaría. Recibiría su recompensa y podría descansar, por fin.

Ash miró el fuego púrpura que ardía en su mano y sonrió para sí. Le pareció que quemar al Yagami con el fuego que simbolizaba a su familia era un castigo adecuado.

Sin embargo, antes de poder hacer nada, Ash ladeó su rostro, sintiendo que la voluntad de Orochi no le permitía moverse y le indicaba cómo proceder. Hizo una mueca porque las órdenes que recibió no le agradaron del todo. Orochi no quería a Iori muerto tan fácilmente. Los Yagami eran uno de los clanes que habían ayudado a vencerlo y atraparlo bajo un poderoso sello sagrado. Ahora que habían encontrado al último de su linaje, Orochi estaba muy interesado en entretenerse con él.

De pronto ya no se trataba solamente de darle una lección a los Kusanagi. ¿Para qué conformarse sólo con el heredero del clan del sol cuando podía atormentarlos a ambos?

Ash sintió con claridad que Orochi ansiaba controlar a Iori, pero eso no podría ocurrir si no había un pacto de por medio: Iori tenía que permitírselo, tal como sus ancestros habían hecho, y las órdenes de Ash eran tentarlo para que aceptara el fuego púrpura y permitiera que la voluntad de Orochi entrara en él.

El rubio hizo una mueca de desagrado, pero al final suspiró y volvió a sonreírle a Iori porque órdenes eran órdenes, y él sólo existía para servir a Orochi.

—¿Necesitas tiempo para pensarlo, Yagami? —preguntó Ash, cerrando su puño y ahogando las flamas púrpura con indiferencia—. Es comprensible, supongo. Orochi lo entiende, porque parece que la indecisión es una característica que compartes con tus antepasados. Lástima que no se puede decir lo mismo del fuego púrpura. —Ash rió ante su propia gracia. —Cuando te decidas, búscanos en la Bahía. La pagoda en East Side Park es un buen lugar para encontrarnos, a falta de templos japoneses propiamente dichos. Si traes a Kyo Kusanagi y me ahorras tener que ir por él, te estaré infinitamente agradecido. Pero decirnos su paradero también servirá. —Ash suspiró teatralmente. —Si fuera cosa mía, te exigiría una respuesta en este momento, pero Orochi ha esperado tantos años. ¿Qué son unos días más?

Ash hizo un movimiento para retirarse, pero miró a Iori de soslayo y sonrió de forma nada agradable. Su sonrisa le dijo a Iori lo que vendría, pero incluso sabiéndolo, los movimientos del pelirrojo no fueron lo suficientemente rápidos para alcanzar a cubrirse de la llamarada púrpura que Ash envió hacia él y del simultáneo ataque físico que el rubio ejecutó con una velocidad sobrehumana. La patada baja de Ash lo hizo perder pie, y aunque alcanzó a hacerse un lado, no pudo esquivar la serie de controladas explosiones púrpura que Ash le lanzó con un gesto perezoso de su mano.

Iori gruñó cuando el fuego le quemó el brazo derecho, el dolor sintiéndose familiar, recordándole al fuego que utilizaba su padre, pero ignoró la sensación para atacar al rubio, lanzándole un golpe con su brazo izquierdo, sólo para encontrarse con que Ash lo desviaba fácilmente, sus ojos celestes clavándose un momento en los suyos, desdeñosos.

—No entiendo por qué no aceptas en este instante, Yagami. Si tuvieras tu fuego esto no pasaría. No serías tan patético y débil —dijo el rubio, sin sonreír, comenzando a apartarse, dejando que el fuego que brillaba en su mano se convirtiera en su habitual energía verde antes de apagarlo—. No tardes mucho en tomar tu decisión. El fuego de los Kusanagi será mío, con tu ayuda o sin ella; al menos elige la opción que es más provechosa para ti.

De un momento a otro, Iori se encontró a solas, sin que quedara un rastro del joven rubio en el estacionamiento. Se levantó con lentitud, viendo la imagen remanente del fuego púrpura dondequiera que mirara, como si el brillo violeta hubiese quedado grabado en sus retinas. El brazo derecho le ardía, pero aquel dolor quedaba opacado por la rabia que sentía, hacia Ash y Orochi, hacia sí mismo e incluso hacia Kyo, porque era la presencia del joven la que había provocado todo esto.

Que Ash le ofreciera el fuego púrpura...

Que después de tantos años la posibilidad estuviera a su alcance...

Sujetándose el brazo herido, Iori fue hacia su auto. Se sentó tras el volante y se quedó ahí por largo rato, aún pudiendo ver las llamas púrpura contra sus párpados cerrados.