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Ocasiones imaginadas

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Kyo mantuvo la vista clavada en el techo, mirando cómo éste quedaba envuelto en sombras a medida que el día acababa. Las ventanas de ese piso no eran tan amplias como las de la planta baja, y la luz que se filtraba del exterior resultaba insuficiente para iluminar tan extenso espacio. Pronto se encontró yaciendo en una quieta semioscuridad, donde todo lo que se oía era el agua que aún corría en el baño.

Se llevó una mano a los labios al sentir una ligera molestia, y dio un respingo cuando sus dedos rozaron una pequeña herida. Al tocarla con la punta de la lengua, percibió el sabor cobrizo de la sangre y también un débil rastro del sabor de Iori. Suspiró para sí con algo de pesadumbre, sin conseguir recordar el momento exacto en que había recibido esa herida. ¿Había sido cuando Iori le increpó el haber estado acostándose con otros?

Kyo sintió un leve escalofrío al recordar la voz de Iori cuando había hecho esa inesperada pregunta. ¿Por qué se había oído tan amenazante? Él había conseguido responder algo que satisfizo a Iori, sin entrar en detalles porque no era el momento, pero ¿en verdad Yagami quería explicaciones al respecto? ¿Por qué le importaba?

Aunque... no era culpa de Iori, ¿no? El comportamiento de Kyo aquellos días habría confundido a cualquiera. Tal vez Iori había tomado su reticencia como una señal de que no estaba interesado en relaciones con personas de su mismo sexo, cuando eso no era del todo verdad. No podía culpar a Iori por eso. Él mismo no estaba orgulloso de cómo se había dado la situación.

Había sentido una inexplicable atracción hacia Iori desde el inicio, que no había hecho más que intensificarse conforme pasaban las horas. ¿Acaso no había intentando invitarle un trago en el bar la primera noche, cuando no sabía nada de él? Iori se había marchado, dejándolo en medio de la calle sintiéndose como un adolescente inexperimentado que no sabía ligar... pero no era así. Tenía experiencia. Era sólo que ésta consistía en acercarse a otros hombres e iniciar conversaciones que podrían haber terminado en una noche de sexo si lo hubiese querido... y nunca lo había querido. Llegado el momento, interrumpía la conversación, soltaba una excusa y se iba, porque imaginarse tocando o besando a cualquiera de esos hombres, por encantadores o atractivos que fueran, le producía una sensación desagradable.

¿Por qué seguía invitándole copas a extraños afuera de bares, entonces? Porque sabía lo que era estar con mujeres y, por alguna razón, eso más que satisfacerlo le dejaba una sensación de vacío. Tenía la impresión de que aquello podía cambiar si probaba lo que era estar con un hombre, pero cada vez que había creído encontrar al desconocido correcto para hacer la prueba, el menor intento de contacto físico le había producido un profundo rechazo.

Aquella tarde, después de la llamada de Yuki, había estado a un paso de comentarle eso a Iori. Había mencionado el acuerdo que tenía con ella, y luego se había interrumpido. No había llegado a explicar que, aunque estaban comprometidos, Yuki y él habían decidido aprovechar al máximo el tiempo que les quedaba antes de que sus familias fijaran la fecha para el matrimonio. Y con «aprovechar» se referían a tener tantas experiencias como pudieran, con las personas que quisieran.

El agobio que lo había embargado al darse cuenta de que el contacto con Iori no le desagradaba, sino que lo hacía ansiar sentir un poco más, se había debido en gran parte a que era Iori. ¿Por qué tenía que tratarse de él? Había intentado resistir, sabiendo que era una mala idea, una pésima idea, involucrarse así con un Yagami, y para colmo uno que estaba destinado a ser su rival. Había querido conformarse con esporádicos contactos, con las manos de Iori vendándolo, pero Iori había tenido otros planes.

Ahora que podía pensar con calma, Kyo tenía la impresión de que Iori lo habría tomado en cualquier momento, inclusive la primera noche que había pasado en ese departamento, si él se hubiera mostrado dispuesto. Era obvio que Iori no se hacía tantos problemas como él. No le importaba que sus familias tuvieran una historia. Kyo sintió que lo envidiaba, porque Iori no tenía que rendirle cuentas a nadie por sus acciones.

Los pensamientos de Kyo se acercaron demasiado al tema que quería evitar a toda costa: lo que diría su familia si se llegaban a enterar de lo que había pasado.

De por sí, la relación casi amical que estaba desarrollando con el Yagami provocaría una desaprobación absoluta en su clan. Si alguien llegaba a sospechar o sugerir que eso había dado pie a algo más...

Kyo maldijo en voz alta, intentando convencerse de que no había modo de que los Kusanagi se enteraran de nada, porque él estaba en un país extranjero, lejos de Japón y de las personas que podían conocerlo, en un departamento de un alto edificio donde la única persona que lo había visto con Iori era un concierge que ni siquiera sabía el verdadero nombre de su empleador.

Kyo se pasó las manos por el cabello, sintiéndolo húmedo aún, repitiéndose que no iba a pasar nada malo por lo que había hecho. Lo más grave con lo que tendría que lidiar sería su consciencia increpándole el haberse acostado con un miembro del clan rival. Eso era todo. Y ni siquiera dicha consciencia podría reprocharle el no haber intentando resistir. Es más, nadie iba a tener derecho de reprocharle nada, porque hasta había cumplido su deber como Kusanagi y había desafiado a Iori a un enfrentamiento apenas tuvo la oportunidad. El que aún quedara por decidir cuándo se enfrentarían no le quitaban valor a ese compromiso.

Inconscientemente, se llevó una mano al cuello, donde Iori lo había besado, y rozó la zona con sus dedos, pareciéndole sentir aún un leve cosquilleo. Había intentado resistir, se repitió, ¿pero cómo negarse a las caricias de Iori, que parecían venir en dosis pequeñas, siempre dejándolo con la necesidad de más?

Suspiró con fuerza y maldijo para sus adentros. ¿Por qué había tenido que tratarse de un Yagami, de entre tantas otras personas?

Sus pensamientos se interrumpieron cuando la puerta del baño se abrió y la luz del interior se esparció por el lugar. Kyo vio que Iori salía, cubierto apenas por una toalla blanca alrededor de su cintura mientras con otra se secaba el cabello.

El pelirrojo se detuvo en medio de un paso al ver que el departamento estaba a oscuras y que él no se había movido del sillón. Sin decir nada, se dirigió hacia los interruptores de la luz y activó uno de ellos.

Un cálido brillo amarillo brotó de los zócalos de las paredes en el área del dormitorio, bañando los muros y la cama con suaves haces de luz indirecta que no alcanzaban a iluminar todo el lugar y dejaban al resto del piso en una agradable penumbra. Kyo entrecerró los ojos, costándole un momento acostumbrarse a la iluminación. Se incorporó hasta quedar sentado y vio cómo Iori iba hacia la habitación sin encender ninguna luz más.

Como Iori no habló, Kyo también guardó silencio. Miró la espalda del pelirrojo mientras éste buscaba ropa en el armario, y sintió un poco de envidia al ver que Iori actuaba como si nada sucediera, casi como si él no estuviera ahí.

A él le sucedía lo contrario. La comodidad que había sentido en presencia de Iori apenas unas horas atrás se había desvanecido. Ahora le parecía que había un nudo en su estómago causado por una creciente necesidad de llenar el silencio diciendo algo. Tenía la fuerte impresión de que, de un momento a otro, Iori le diría que ya habían obtenido lo que podían darse el uno al otro y que debía irse.

Kyo recordó de golpe que había visto al concierge regresando la ropa de la habitación de invitados al armario de ese piso, y que él había tomado eso como una señal de que la hospitalidad del pelirrojo había acabado. Quizá Iori no había mencionado nada todavía porque antes había querido acostarse con él (y Kyo lo comprendía, es decir, algo tenía que obtener Iori a cambio de todas las molestias que se había tomado).

Siguieron en silencio mientras Iori se ponía una larga camisa blanca, sin importarle que la suave tela se humedeciera por las gotas de agua que aún caían de su cabello. Kyo continuó observando, viéndolo ponerse unos pantalones que alguna vez debieron ser negros, pero que por el desgaste eran ahora grises.

Kyo se tensó un poco cuando Iori se volvió hacia él a la distancia, sus ojos rojos indagadores.

El castaño no supo leer su mirada. Sentía que todo lo aprendido sobre Iori había quedado invalidado después de lo que habían hecho, que las cosas eran distintas. No tenía idea de qué esperar del pelirrojo ahora. Buscó desesperadamente algo que decir.

Sin embargo, Iori habló antes.

—Estás pensando demasiado —señaló el pelirrojo con tono indiscutible, sonando como si pensar fuera una mala costumbre que Kyo tenía—. ¿Vas a necesitar hablar de esto para calmarte?

La burla y el desdén con que pronunció aquellas palabras hicieron que Kyo se molestara un poco, pero alcanzó a darse cuenta de que Iori no estaba siendo cruel.

—No sé, eras tú el que parecía muy interesado en saber ciertas cosas sobre mí en un momento muy poco adecuado —consiguió responder con sarcasmo, la arrogancia tiñendo su voz con facilidad, haciéndolo sentir que tal vez las cosas no habían cambiado tanto como le había parecido.

Iori rió bajo.

—¿Sí? —fue todo lo que dijo, mientras echaba a andar hacia Kyo, sonriendo cuando el Kusanagi se apoyó con más fuerza contra el respaldo del sillón, sin lugar para mantenerse a distancia.

Iori llegó a él, Kyo teniendo que mirar hacia arriba, y luego el pelirrojo se inclinó sobre el castaño. Kyo se sobresaltó y ni siquiera alcanzó a reaccionar, pero el pelirrojo ya se había apartado con una sonrisa burlona, sosteniendo en su mano la caja de cigarrillos que había estado sobre la mesilla.

—Ve a asearte —le ordenó Iori sin más, mientras cruzaba el departamento para ir en busca del encendedor que había dejado en el escritorio.

Kyo parpadeó un par de veces con perplejidad sin saber qué estaba sintiendo después de esa inesperada cercanía. Yagami lo había hecho a modo de burla; él debía decir algo, recriminarle. ¿Por qué no lo estaba haciendo?

—¿Y luego qué? —se encontró preguntando, su voz burlona, pero internamente temiendo que ése fuera el momento en que Iori le indicara que debía irse. Ya no necesitaba de sus cuidados, después de todo. Ya le había dicho a Iori todo lo que había venido a decir. El que hubiesen decidido que iban a enfrentar a Ash juntos no implicaba que Iori tenía que aguantar su presencia ahí.

—¿De qué hablas? —fue la respuesta de Iori desde el escritorio, Kyo viendo una pequeña flama brillando anaranjada en la oscuridad antes de que el olor a humo llegara hasta él.

—La ropa que habías dejado en mi habitación, tu mayordomo la trajo de vuelta en la tarde —explicó Kyo. En la distancia, la pantalla de la computadora portátil de Iori se encendió.

—¿Y?

—Y eso sólo se puede entender como que ya no soy bienvenido aquí —concluyó Kyo con impaciencia, preguntándose si Iori se estaba haciendo el obtuso intencionalmente para exasperarlo, como si no tuviera suficiente con todo lo demás.

Hubo un silencio imposible de leer. Luego oyó un suspiro fastidiado de parte del pelirrojo.

—Dormirás aquí —oyó que decía Iori—. Subir y bajar escaleras no ayudará a que tu pierna sane.

Por segunda vez, Kyo se quedó perplejo, pensando en la molestia que había provocado en Iori cuando se burló de su nombre, en lo seguro que había estado de que había arruinado algo entre ellos. Iori había estado en todo su derecho de ordenarle que se fuera.

Pero... en vez de eso, ¿lo que había decidido horas atrás era que le permitiría quedarse y hasta había pensado en un detalle tan ínfimo como cambiar de lugar unas prendas para su comodidad? ¿O era que acababa de cambiar de opinión?

E, incluso si se trataba de una decisión reciente... ¿en verdad Iori estaba diciendo que podía quedarse con él en ese apartamento donde no había paredes ni privacidad?

¿Podía el comportamiento de Iori confundirlo más?

—Me pones nervioso cuando eres considerado —fue todo lo que pudo gruñir Kyo sin ocurrírsele una mejor respuesta, decidiendo ir a tomar una ducha para poder olvidarse de Iori y sus actitudes tan extrañas, al menos por unos minutos.

Se puso de pie con gesto resuelto y de inmediato lamentó esa decisión, una exclamación ahogada escapando de sus labios. No era su hombro esta vez, ni la herida en su pierna. Era una incomodidad recordándole todo lo que habían hecho.

—¿Necesitas ayuda? —oyó la voz de Iori a lo lejos, burlona, cargada de falsa amabilidad.

—No es gracioso, Yagami —le aseguró, remarcando cada palabra con irritación, apretando los dientes y los puños y dirigiéndose hacia el baño, maldiciendo con cada costoso paso que dio.


Varios minutos después, Kyo abrió la puerta del baño y se quedó de pie en el umbral al encontrarse con que el departamento estaba vacío. La única luz seguía siendo la del área de la habitación. La computadora portátil estaba sobre la cama, su pantalla encendida, pero no había señales de Iori.

Se quedó un momento donde estaba, frotándose el cabello mojado enérgicamente con una toalla, sintiendo gotas de agua aún bajando por su espalda y sus piernas desnudas. La toalla que tenía alrededor de la cintura no era precisamente grande, y se estremeció debido a la diferencia de temperatura entre el caliente cuarto de baño y la habitación. Sonrió para sí mismo al recordar que apenas unos minutos atrás le había parecido que la temperatura del piso era demasiado elevada. Todo por culpa de Iori, por supuesto.

Negó para sí, dejando la toalla sobre sus hombros, y se dirigió a la habitación con pasos lentos y cuidadosos, alegrándose al ver que ya no cojeaba tanto, pero también sintiéndose un poco ridículo por no poder moverse con normalidad debido a esa otra molestia que no terminaba de irse.

Iba a ir al armario a buscar un poco de ropa, pero cayó en la cuenta de que había un par de prendas sobre el cobertor oscuro de la cama. Reconoció que eran las mismas que había usado la noche anterior para dormir. Se quedó observándolas con desconfianza por un par de segundos, sabiendo que Iori las había dejado ahí para él, y preguntándose por qué el pelirrojo se tomaba esas atenciones. Por qué aún se tomaba esas atenciones, después de que él le dijera que no era necesario.

Se vistió rápidamente, echándole una mirada al corte en su pierna y decidiendo que ya no necesitaba vendarlo, porque el corte estaba limpio y, aunque había ardido como los mil demonios ante el contacto con el agua y el jabón, no había vuelto a sangrar.

Después de la ducha, Kyo se había tomado unos minutos para mirarse en el espejo de cuerpo entero que había en una de las paredes del baño. A pesar del vapor y su superficie empañada, había podido ver que no ofrecía un muy buen aspecto, cubierto de magulladuras como estaba, además de todas sus antiguas cicatrices. El raspón en su mejilla estaba ahora acompañado por la pequeña herida que le había hecho Yagami en el labio. El corte en su pecho era una línea roja intensa, que por suerte no molestaba. El dorso de sus manos estaba arañado, su rodilla magullada, su pierna cortada, y su espalda aún oscurecida por el golpe que había recibido de Ash.

El contraste con la piel perfecta y blanca de Iori era demasiado marcado. Había alcanzado a ver que, además del corte casi imperceptible sobre su ojo izquierdo, Iori apenas tenía una o dos huellas de viejas quemaduras. No sabía si tomarse eso como que Iori no se había visto involucrado en suficientes peleas durante su vida, o si cabía la remota posibilidad de que fuera mejor luchador que él.

Rió para sus adentros al pensar eso, diciéndose que era imposible, pero sintiendo ansias por probarse pronto contra el pelirrojo y corroborarlo.

Le echó una mirada a la escalera en penumbra, considerando si debía bajar a ver si Iori estaba en el piso inferior. Luego recordó lo que éste había dicho sobre que debía cuidarse y no estar descendiendo escaleras, y se contentó con sentarse en la cama a esperar, acercando la laptop hacia sí para entretenerse con ella mientras tanto, asumiendo que, si Iori la había dejado desprotegida, era porque tenía permiso de usarla.

Había una pantalla abierta. Kyo no conocía la interfaz pero no le costó trabajo saber que se trataba de un programa de grabación. Podía ver el gráfico del sonido de un instrumento y sólo le tomó un segundo encontrar el botón de play y hacerle clic. Era una pista de batería, nada más. Ningún otro instrumento acompañaba a los rítmicos golpes de los toms, el bombo y los platillos durante los casi tres minutos de duración. Kyo se preguntó si la desaparición de Iori tenía algo que ver con eso. Sospechó que el pelirrojo debía estar en su estudio y sintió una extraña calma al ver que Iori seguía dedicándose a sus asuntos personales a pesar de que él estaba ahí.

Empezó a revisar los contenidos de la computadora de la misma manera en que había husmeado en todo el departamento de Iori: con curiosidad y sólo una pizca de cargo de consciencia.

Vio muchos programas que no conocía, pero por los íconos era fácil adivinar que la mayoría servía para componer música. El navegador fue una decepción, porque tanto su historial como su índice de páginas favoritas estaban en blanco. Kyo había albergado una leve esperanza de que no fuera así.

El único programa que le dijo algo sobre los gustos de Iori fue el reproductor de música, que le mostró una larguísima lista de canciones de bandas que Kyo no conocía.

Eligió una al azar y la dejó correr, el sonido de guitarras eléctricas llenando el ambiente mientras él se entretenía entrando a leer noticias sobre lo que estaba pasando en Japón durante su ausencia.

Se aburrió pronto, sin conseguir concentrarse en lo que leía, y dejó la computadora a un lado, sin apagar la música.

Se acostó en la cama con un suspiro. Había pasado un día de ocio, casi sin moverse, y aún le parecía que podía cerrar los ojos y dormir por horas. No por cansancio ni como una secuela del ataque de Ash. Sólo sentía su cuerpo pesado, sus músculos relajados, y una apagada sensación en el fondo de su mente que le decía que mientras más pronto se durmiera, menos tiempo pasaría pensando en cómo debía tratar al pelirrojo de ahora en adelante. Dormir era olvidarse de todo. Llegada la mañana quizá las cosas volverían a la normalidad, su principal preocupación volvería a ser Ash, se ocuparían de él según lo que habían planeado, y luego él podría volver a Japón y… ¿a quién estaba engañando?

No iba a ganar nada ignorando la situación por unas horas. Su mente estaba inundada de dudas y de preguntas que no se atrevía a formular.

Cuando oyó el timbre de su celular casi agradeció en voz alta la interrupción. Fue por él a la mesilla de la sala y vio que su padre había cumplido su palabra y contactado a un pariente lejano de la familia Kusanagi que vivía en Estados Unidos para que ayudara con ese problema llamado Ash Crimson. La llamada provenía de él. El nombre que aparecía en la pantalla del celular era una simple «K’».

—Hola, Kei —saludó Kyo.

«¿Dónde estás?», fue la seca respuesta.

Fue en ese momento que Kyo se dio cuenta de que no sabía la dirección exacta del departamento de Iori, porque había estado inconsciente al llegar y no se había molestado en averiguar ni siquiera el nombre de la calle. Si lo hubiese tenido no se lo habría dado al joven del otro lado de la línea, pero se sorprendió un poco ante su descuido, su total desinterés por saber en dónde estaba. El paisaje que se veía desde las ventanas le decía que se encontraba en el centro de la ciudad, y había estado tan a gusto en ese lugar que aquella vaga información le había parecido suficiente.

—South Town aún. Aquí y allá —respondió con vaguedad.

«Llegaré mañana por la mañana», dijo el joven del otro lado, sonando bastante fastidiado por eso. «Saisyu me puso al tanto de lo que sucede. ¿Cómo van las cosas?».

—Bajo control. Es más, no tienes por qué venir.

Hubo una risa seca del otro lado.

«Claro que sí, es mi deber abandonar todo lo que hacía para servir a Kyo-sama. Tú sabes, lo usual».

Kyo suspiró.

—No tienes que venir —repitió despacio, sin saber cómo la presencia de un primo lejano que podía en cierta medida controlar el fuego anaranjado iba a ayudar. Al contrario, tener que lidiar con él iba a complicar las cosas. Y ni siquiera quería comenzar a pensar qué sucedería si Yagami y K’ se encontraban.

«Saisyu sonaba más interesado en que lo mantuviera al tanto de tus movimientos, que los de Ash Crimson. Mencionó que pasas días enteros sin llamarlo. Tu madre te da por muerto cada vez».

A pesar de que su voz fue áspera, Kyo oyó con claridad que a K’ eso le hacía bastante gracia.

«Te llamaré cuando aterrice», continuó su primo. «Ten cuidado con Yagami», agregó, haciendo eco de las palabras que Kyo había oído de su padre. «Sería muy interesante que acabara barriendo el suelo con tu cara, pero eso no resultaría conveniente».

Kyo frunció el ceño a pesar de saber que la última frase había sido una broma. K’ no había sido criado dentro de las tradiciones de la familia Kusanagi, pero había oído suficiente del clan Yagami para despreciarlos como haría un Kusanagi más.

—Estamos en tregua por el momento, hasta deshacernos de Ash —se encontró diciendo Kyo, esperando no haber sonado demasiado a la defensiva.

«¿Tregua?», repitió su primo, incrédulo. «¿Los Yagami conocen ese concepto?», preguntó burlón, pero no esperó respuesta y continuó: “Debo irme. Te llamaré mañana».

Kyo cortó la llamada sintiéndose extraño. ¿Ash Crimson? ¿Orochi? Qué importaban. En ese momento, todo lo que Kyo conseguía pensar era que aborrecía que Saisyu y K’ mencionaran a «Yagami» con toda naturalidad, como si lo conocieran. Admitía que hasta hacía unos días él se había referido a Iori de la misma forma, con burla o con desdén, pero ahora las cosas habían cambiado y le sorprendía cuánto lo enfurecía oír a otros expresándose con desprecio sobre el pelirrojo, cuando no sabían nada de él.   

Se quedó de una pieza al admitirse que comenzaba a albergar un sentimiento protector hacia Iori, y se maldijo interiormente. ¿Tanto había logrado el pelirrojo sólo con mostrarse amable, ponerse de su lado, unas pocas caricias y una tarde de...?

Kyo negó para sí, dejando de pensar en eso.

Ash Crimson. Tenía que centrarse en Ash Crimson.

Prefirió no sentarse en el sillón (ese sillón donde habían pasado cosas) y volvió a la cama, dejándose caer en ella y mirando el techo, la música de la lista de canciones de Iori aún sonando en la computadora portátil.

Se sentía aliviado de que Iori hubiera descartado la idea de intentar atacar a Ash con un arma. No había necesitado insistirle demasiado, porque sin duda Iori entendía por qué su familia consideraba poco honorable recurrir a ese tipo de opciones, pero Kyo comprendía que el pelirrojo no le diera la misma importancia que él a ese asunto. Si Iori hubiese tenido su fuego no habría dicho algo semejante. Aun así, a Kyo no le parecía que Iori hubiese hecho esa sugerencia porque se sentía incapaz de enfrentar a Ash, no. Mas bien, tenía la impresión de que Iori despreciaba en cierta medida su inclinación a cumplir las tradiciones, a pelear como lo dictaba el código de su familia.

Por fortuna, la idea de Iori de usar su fuego escarlata para protegerse de Ash había sido excelente. Podía pesarle admitirlo, pero Kyo sabía que, de no haber estado con Iori, esa idea jamás habría pasado por su cabeza. Si hubiese tenido que enfrentar a Ash solo, se habría lanzado al ataque, pensando que la única manera de vencerlo era tomando la ofensiva. Habría caído directamente en sus manos.

Kyo exhaló despacio, probando invocar su energía escarlata y permitiendo que ésta lo rodeara, concentrándose para que no quemara nada que no debiera (iba a ser gracioso si Iori subía y encontraba su cama hecha cenizas). Sintió un cosquilleo en su piel pero no permitió que las flamas llegaran a salir. Pudo contar hasta cincuenta antes de que la energía se desvaneciera, la ya familiar punzada de dolor arrancándole un siseo mientras se llevaba una mano al pecho, sujetando la tela de la camiseta con fuerza.

¿Qué diablos le había hecho Ash para dejarlo así?

Era cierto que nunca había conseguido dominar ese poder de forma satisfactoria. Invocar al fuego escarlata requería mucha concentración y esto causaba una considerable demora entre ordenarle que se encendiera y cuando éste se manifestaba. Y eso no era todo; si lo usaba extensivamente, los siguientes dos o tres días se sentía descompuesto y agotado. No al punto de quedarse «dormido» en medio de una pelea, por usar el término de Iori, pero sí sintiéndose lo suficientemente mal para saber que ese poder no se daba de forma natural en él.

Saisyu había intentando prohibirle usarlo, contándole de un Kusanagi que había despertado un poder similar, y que había acabado sufriendo algo parecido al disturbio de la sangre que afectaba a los Yagami. Kyo había respondido con su usual desinterés y arrogancia, y había continuado entrenándose para ver cuál era el límite de ese fuego. Había descubierto que podía hacer estallar objetos a la distancia, mientras éstos estuvieran dentro de su campo visual. Al escapar del laboratorio donde lo habían tenido prisionero años atrás, había comprobado que le tomaba poco más de un minuto convertir a un cuerpo humano en cenizas.

Sí, había experimentado bastante con ese fuego, y algo que había aprendido era que no solía producirle dolor.

Respiró profundo y volvió a intentarlo, la energía brillando dorada a su alrededor. Obligó a su cuerpo a relajarse, mirando un punto específico en el cielo raso para concentrarse mientras contaba los segundos. Estaba preparado para la punzada en su pecho y consiguió ignorarla, contando el tiempo en voz alta, sonriendo satisfecho al llegar casi a los dos minutos, pero perdiendo el ritmo de su respiración cuando sintió que su corazón empezaba a golpear con más fuerza, las punzadas haciéndose más intensas con cada latido.

Se detuvo a los tres minutos, jadeando, el pecho doliéndole, pero sin poder dejar de sonreír ante el progreso. Le faltaba un poco más, quizá duplicar ese tiempo, para que la estrategia fuera útil contra Ash. Unos segundos no servían de nada, pero varios minutos sí. Y todavía debía intentar encender un fuego lo suficientemente rápido e intenso para incinerar a ese bastardo.

Se pasó una mano distraídamente por los labios y frunció el ceño al sentir que sus dedos se humedecían. Al mirar, vio que éstos estaban manchados de rojo.

Sentándose de golpe, tosió al sentir sangre en el fondo de su garganta y un hilo del tibio líquido saliendo de su nariz, las gotas cayendo en su regazo.

—Mierd... —alcanzó a decir, antes de volver a toser, la palma de su mano quedando salpicada de rojo. Miró las pequeñas gotas como si no comprendiera por qué estaban ahí, y vio cómo sus dedos se volvían borrosos, todo comenzando a oscurecerse a su alrededor. Antes de perder la consciencia, se preguntó por qué en vez de temer por su vida estaba pensando en la reacción de Iori, en lo molesto que iba a estar.


 

Iori pasó algunos minutos en el estudio, grabando una composición en el bajo que había acordado entregar ese día y que había olvidado por completo por culpa del Kusanagi. No le tomó mucho tiempo sacar una línea melódica para la pista de batería que Shun’ei le había enviado por correo, pero tuvo que repetir partes de la grabación tres veces porque sus pensamientos volvían al joven castaño y cómo éste conseguía que hiciera cosas que no acostumbraba.

Como perder el ritmo al tocar, por ejemplo.

Cuando finalmente consiguió que su bajo sonara bien de manera consistente, se tomó un momento para revisar la pista, comprobar que estuviera sincronizada con la batería. Le dedicó más tiempo del necesario, consciente de que lo hacía para negar su impaciencia por volver al piso superior. No tenía por qué estar sintiendo eso. Había tomado a Kyo, había obtenido lo que llevaba queriendo desde hacía horas. Se había sacado de encima las ganas de probar al joven; ahora podía limitarse a ayudarlo a pelear contra Ash Crimson, y, cuando ese asunto también estuviera zanjado, podría satisfacer aquel otro deseo. El que lo hacía imaginar a Kyo siendo lastimado por él.

Envió la pista terminada por el correo de la laptop que tenía en el estudio, y metódicamente acomodó algunos cables y dejó su bajo en el soporte, intentando convencerse a sí mismo de que no tenía prisa por volver a la habitación.

Siguió repitiéndose eso mientras subía los escalones con calma, escuchando la música que salía de la computadora que había dejado para que Kyo se entretuviera. Unos segundos después, al acabar las escaleras, vio a Kyo acostado en la cama, tendido de lado, pareciendo dormir.

Su cerebro registró la sangre en sus manos y en sus labios medio segundo después.

Su primer impulso no fue ir hacia él. Sintió algo frío en su interior que lo hizo aminorar el paso, sus ojos recorriendo el piso e intentando escrutar las áreas que quedaban en penumbra, completamente seguro de que Ash Crimson había conseguido dar con el paradero de Kyo y que lo había atacado ahí, en su departamento, y que eso había ocurrido por su culpa, por confiarse en que el Kusanagi estaría a salvo, por no haber planeado una manera de asegurar el lugar.

Sin embargo, sabía que eso no tenía sentido. Ash no tenía su nombre e, incluso si lo tuviera, no podría encontrarlo porque todas sus propiedades estaban registradas a nombre de terceros. Sabía que nadie lo había seguido mientras conducía de vuelta al departamento porque había estado muy pendiente de eso. Y ninguno de sus compañeros de Sviesulys conocían su dirección.

Crimson no había estado ahí.

Continuó acercándose a la cama, sus pasos lentos, su rostro inexpresivo. Vio la mancha de sangre en el cobertor, el rojo casi imperceptible en la tela de color vino. Los labios de Kyo estaban entreabiertos. No alcanzaba a ver si el joven respiraba.

Aún así, no se apresuró a ir hacia él.

Cuando llegó junto a la cama se quedó observándolo, mirándolo desde lo alto, preguntándose por qué no estaba consiguiendo reaccionar. Todo lo que debía hacer era extender una mano, tocarle el hombro, quizá sacudirlo. Era tan simple, ¿por qué no lo hacía?

Se respondió a sí mismo unos segundos después: porque sabía lo que era hacer ese gesto y que la otra persona estuviera sin vida. Él había visto una escena así antes, pero en aquella ocasión había sido el cuerpo de un adulto pelirrojo derrumbado sobre el tatami, su padre en medio de un charco de sangre en el suelo, sangre en sus pálidos labios, en sus manos, sus ojos cerrados como si durmiera.

Esa vez, no obtener una reacción había sido un alivio, porque significaba liberación.

Pero ahora…

Se sentó en el borde de la cama, evadiendo el momento un poco más al tomarse un segundo para bajar la pantalla de la computadora bruscamente, deteniendo el sonido de la música, dejando la habitación en completo silencio.

Miró al joven y luego lo tomó por los hombros, volviéndolo hacia él. Entre los Yagami, a causa del daño provocado por el fuego púrpura, toser sangre era sinónimo de una dolorosa agonía y una inevitable muerte y, a pesar de los años que había pasado negándose a sí mismo que era parte del clan de la luna, aquella asociación entre la sangre y la muerte aún estaba muy arraigada en su interior. Lo comprendió cuando lo embargó un intenso alivio al ver que el castaño respiraba, porque no había podido evitar pensar que el joven estaba muerto, por ilógico que resultara.

—Kyo —llamó, su voz exigente, sus ojos fijos en su rostro.

Ver la sangre en los labios del Kusanagi no le produjo una sensación placentera. El placer era sólo cuando las heridas las provocaba él. Odiaba cualquier daño que sufriera el joven, incluso el que Kyo se producía a sí mismo.

Esperó un poco y vio que los ojos de Kyo se entreabrían, su mirada perdida, pero sus irises aún mostrando un tenue brillo dorado que hizo que Iori comprendiera perfectamente qué era lo que había pasado, sin necesidad de explicaciones. Furioso, sujetó al joven con más fuerza, queriendo recriminarle el que fuera tan estúpido, olvidando que uno de sus hombros aún estaba lastimado, oyendo un quejido de parte de Kyo pero viendo que el dolor ayudaba a que su mirada se aclarara.

Vio que los labios de Kyo se movían sin que ningún sonido saliera, pero le pareció reconocer las sílabas de su nombre. Esperó, mirando a Kyo a los ojos a pesar de que el joven no lo miraba a él.

—Lo siento... —fue lo que dijo Kyo cuando pudo hablar, tomándole dos o tres intentos; su voz fue débil y las palabras salieron roncas, con esfuerzo. No pudo decir más, pero la expresión en su rostro era tan apesadumbrada que Iori decidió dejar sus insultos para después.

—¿En qué diablos estabas pensando? —gruñó, tomando una de las toallas que Kyo había usado para salir de la ducha y que había abandonado sobre la cama, acercándola a los labios del joven para limpiar la sangre.

Kyo no respondió, sus ojos aún perdidos en la nada, sus párpados cerrándose por largos segundos antes de entreabrirse de nuevo. Iori rememoró el enfrentamiento con Ash. La mañana de la pelea, él había ayudado a Kyo por reflejo. El estado del joven no le había preocupado en lo más mínimo. Solamente había buscado alejarlo del lugar.

Ahora era distinto. Sentía que la rabia lo llenaba porque cabía la posibilidad de que algo estuviera muy mal con el Kusanagi. Y era absurdo. ¿Kyo había conseguido hacer que se preocupara por él? ¿A tan poco tiempo de conocerlo?

Acabó de limpiar la sangre de los labios de Kyo y luego pasó a sus manos, frotando su piel con demasiada fuerza, tal vez, sin saber si ésta quedaba enrojecida por el maltrato o a causa de la sangre.

Kyo se atrevió a mirarlo a los ojos cuando ningún reclamo llegó.

—No te preocupes —dijo el Kusanagi con suavidad, costándole pronunciar las palabras, Iori preguntándose con molestia si era el turno de Kyo de leerle los pensamientos. ¿Qué había visto Kyo en su rostro para sentir que debía tranquilizarlo?

—Esas palabras resultan bastante ridículas viniendo de alguien que se está desangrando —murmuró con sorna, aunque ¿hacia quién?, eso no lo podía decir.

Kyo sonrió débilmente y luego hizo una mueca de dolor.

—No me… estoy desangrando —protestó, pese a que hablar le costaba evidente trabajo. Respiró profundamente antes de seguir. —Tranquilo —pidió de nuevo, y luego la sonrisa estaba de vuelta, a pesar de que el dolor estaba claro en su expresión—. Hey… al menos… mi pierna está bien —ofreció en un intento de broma, porque Iori no debía pasar por alto que había cumplido su promesa de tener cuidado con esa herida.

—Eres un idiota, Kusanagi —respondió Iori con profundo fastidio.

Kyo asintió levemente, sin fuerzas para protestar más, antes de apartar la mirada y cerrar los ojos. El cansancio y la oscuridad que habían estado esperando por él reclamaron su presencia y se entregó a ellos sin resistirse. Sonrió para sí cuando le pareció que deslizarse en la inconsciencia se sentía como una suave caricia de Iori en su mejilla.