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Ocasiones imaginadas

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Ash Crimson estaba sentado con gesto indolente en el borde de la cama adoselada de una lujosa habitación de hotel. Sus ojos celestes miraban con fastidio la quemadura aún visible en el dorso de su mano que seguía por su antebrazo y se perdía bajo las holgadas mangas de la ligera camisa roja que vestía. En algunas partes, la tela estaba manchada con la humedad sanguinolenta que no dejaba de brotar de su piel lastimada.

Sus piernas estaban descubiertas y mirarlas también le producía fastidio; el ardor de su piel enrojecida no dejaba de recordarle al Kusanagi y el fuego escarlata que había usado para intentar atraparlo. Ese fuego que a esas alturas ya debería haber estado en su poder.

Ash quiso cruzar una pierna sobre la otra, pero un estremecimiento de dolor le recordó que eso no sería posible hasta dentro de unas horas, cuando Orochi terminara de curarlo.

—‘Tch.

Tuvo que conformarse con extender la larga camisa sobre sus muslos, alisando la tela y frunciendo el ceño al ver que el diseño de la pintura de sus uñas también había sido afectado por el calor. Suspiró hastiado, pasándose una mano por el rubio cabello y soltando una maldición porque los mechones aún no habían recuperado su largo natural, la textura de las puntas sintiéndose áspera y chamuscada.

Volvió a observar su mano. Si prestaba atención, alcanzaba a ver diminutos hilos azules que destellaban por una milésima de segundo en el tejido quemado, curando y regenerando, produciéndole un cosquilleo familiar. Cada vez que el Kusanagi había conseguido lastimarlo, por superficial que fuera la herida, esa energía se había manifestado sin necesidad de que Ash lo pidiera; era su dios velando por él.

El Kusanagi lo había herido demasiadas veces, lo admitía. Incluso llegó un momento en que Ash temió que Orochi perdiera la paciencia con él, negándole aquel poder regenerativo, pero su dios había sido paciente. No sólo lo curó, sino que le otorgó más habilidades, dentro de los límites de sus actuales capacidades. De nada le servía a Orochi tener un sirviente incapacitado por aquellas lesiones, después de todo, aunque secretamente a Ash le habría gustado que aquel poder regenerativo funcionara un poco más rápido.

Repetidas veces, Ash había buscado a Kyo, seguro de que obtendría una victoria, sólo para encontrarse con que el Kusanagi igualaba sus nuevas habilidades con increíble facilidad. Había sido humillante enterarse así de que el castaño se conformaba con aplicar la ley del mínimo esfuerzo, como si no lo considerara merecedor de nada más.

Priorizando el no defraudar a su dios, Ash había contratado los servicios de Shen Woo y Oswald, diciéndose que jugar limpio no importaba. Fue una decisión acertada. Trabajar con Oswald le proporcionó una amplia red de contactos que lo puso sobre alerta apenas el Kusanagi salió de Japón. Tener compañeros hizo más fácil encontrar y rastrear al Kusanagi en South Town. Y fue placentero ver cómo, después del ataque sorpresa en la carretera, por fin Kyo había tenido que retirarse en vez de pelear.

En su último enfrentamiento, Shen y Oswald habían cumplido su objetivo de mantener al Kusanagi ocupado mientras él buscaba el mejor momento para usar la más reciente habilidad que le había otorgado Orochi. Había sido sólo la inesperada participación del pelirrojo que acompañaba a Kyo lo que había tornado las situación a favor del castaño. Si Kyo no hubiera recibido aquella ayuda, el resultado de esa pelea habría sido muy distinto.

Sin embargo, pese a que había tenido que retirarse, Ash había visto el verdadero poder del Kusanagi. Por unos breves segundos lo había tenido en sus manos, intenso y pulsante, fundiéndose con sus sentidos; y luego lo había sentido a su alrededor, el fuego escarlata rodeándolo y ardiendo violento y salvaje, queriendo destruirlo.

Ash alzó la vista cuando la puerta de la habitación se abrió y sus compañeros entraron. Aquel era otro aspecto positivo de haberlos contratado: ellos podían encargarse de continuar la búsqueda mientras él se recuperaba de las quemaduras.

—¿Qué averiguaron? —preguntó Ash con voz plácida, sin moverse y sin molestarse en cubrirse. Oswald le dirigió una breve mirada a través de los cristales rojizos de sus gafas y luego apartó la vista, yendo a sentarse en uno de los sillones. Shen Woo no se vio afectado en lo más mínimo por lo ligero de sus ropas y le dedicó una sonrisa confiada. Se veía bastante animado pese a su triste desempeño en el enfrentamiento con el pelirrojo. Ni siquiera los vendajes que lo cubrían parecían desmoralizarlo. Horas atrás Ash incluso lo había oído mencionar que ansiaba enfrentarse al pelirrojo de nuevo.

—Buscar al dueño del automóvil fue infructuoso —respondió Oswald desde el sillón, sin volverse hacia Ash—. Está registrado a nombre de alguien que lleva muerto varias décadas. La dirección que aparece en el archivo hace referencia a una propiedad abandonada en las afueras de la ciudad.

Ash hizo un mohín.

—A mí me fue mejor —dijo Shen Woo, inclinado sobre el minibar de la habitación, eligiendo una cerveza antes de volverse hacia Ash, su sonrisa confiada sin desaparecer—. El pelirrojo se llama Iori, es músico. Es un nombre artístico, por cierto, y por más que pregunté, nadie conocía su nombre real. Él y su banda graban o ensayan cada mañana en un estudio de la zona donde lo vimos por última vez. Esto está confirmado porque algunos seguidores de la banda documentan los lugares y horarios de sus ensayos para poder reunirse a pedir autógrafos. —Shen tomó un sorbo de la cerveza, viéndose satisfecho—. Esos fans se esmeran bastante en conseguir información. Se siente bien cuando otros hacen la mitad del trabajo por ti —comentó.

Ash no se veía impresionado. Habría preferido que sus compañeros trajeran noticias del paradero del Kusanagi, no datos sobre un músico que podía o no tener información sobre Kyo y que, después de la pelea del día anterior, de seguro se mostraría reacio a contarles nada.

—Mañana hablaremos con este «Iori» —dijo Oswald ante el silencio de Ash.

El rubio hizo un gesto despectivo con su mano.

—No es necesario, me encargaré yo —dijo Ash, su voz cargada de tedio—. Ustedes no saben tratar con gente. Acabarían peleando.

—Mientras nos dé la información que queremos, ¿qué importa pelear un poco? —preguntó Shen, sin poder ocultar las ganas que tenía de devolverle algunos golpes al músico.

Ash lo miró con desdén pero apartó la mirada pronto, porque esa tarde el joven chino llevaba una camiseta fucsia adornada con dragones dorados y el color le lastimaba los ojos.

—¿Para qué pelear cuando se le puede convencer? —preguntó Ash, bajando la vista hacia sus uñas maltratadas.

—¿Cómo lo vas a convencer? —quiso saber Shen.

—Pues a golpes no —respondió Ash con su sonrisa plácida—. Todas las personas quieren algo. Es cuestión de preguntarle qué quiere a cambio, y luego ofrecérselo.

—¿Qué te hace pensar que entregará a su amigo tan fácilmente? —preguntó Shen Woo.

Ash parpadeó y luego soltó una risita.

—¿«Amigo»? —repitió cubriéndose los labios, divertido—. Es por eso que deben dejarme la parte de pensar a mí —señaló el rubio—. Cuando los encontramos no estaban siendo amistosos, ¿no lo notaron? —Ante las miradas en blanco que le dirigieron Oswald y Shen Woo, Ash suspiró—. Veo que no.

Shen Woo se encogió de hombros.

—Como sea. Si tu plan no funciona o si ese tal Iori no tiene información sobre él, será cuestión de volver a buscar a Kusanagi por la ciudad. Ya dimos con él dos veces, no creo que haya problema con encontrarlo una tercera vez, contemos con la ayuda de su no-amigo o no.

—Hmm. —Ash entrecerró los ojos y se llevó un dedo a los labios, pensativo. —Ahora que el Kusanagi sabe que estamos tras él, si tiene algo de cerebro, será más cuidadoso. Y si está malherido, no hará ningún movimiento por unos días. Debe estar escondiéndose en algún lugar, y la última persona que sabemos tuvo contacto con él fue ese pelirrojo.

—Kusanagi no fue admitido en ningún hospital, pese a que su estado parecía ser grave. Las chances de que el músico lo ayudó son altas —comentó Oswald, quien había visto cómo el pelirrojo se llevaba a un Kyo inconsciente en su vehículo.

Shen alzó sus manos.

—Está bien. Si prefieren usar un método diplomático no me opongo —dijo.

—Con este método te golpearán menos —señaló Ash, su voz afable.

Shen rió.

—Es justo por eso que tu plan no me atrae —recalcó, inmune a los comentarios mordaces de Ash.

—¿Qué hay de tus heridas? —intervino Oswald, dirigiéndose a Ash pero sin mirarlo para no tener que cruzarse con el panorama de sus largas piernas desnudas.

—Mañana estarán mucho mejor, y no pienso pelear —respondió Ash, haciendo hincapié en la segunda parte, porque sus compañeros no querían entender que sólo planeaba hablar con el pelirrojo.

—¿Y qué tal si él decide que prefiere golpearte antes que escucharte? —preguntó Oswald.

—¿Por qué habría de hacer eso?

—¿Porque te vio atacar a su no-amigo? —señaló Shen.

Ash lo pensó un momento y luego soltó una risita despectiva. Alzó su mano y dejó que una pequeña llama de energía verde se encendiera.

—Oh, vamos, ¿qué podría hacerme? —sonrió.


—De nada te servirá resistirte —estaba diciendo Kyo con una expresión casi traviesa en su rostro—. No podrás huir de mí. Si conseguí encontrarte una vez, podré hacerlo de nuevo —aseguró—. No importa si te mudas de país o de continente. Te volveré a encontrar. No permitiré que te alejes.

Iori recibió de buen grado la «amenaza» del Kusanagi, permitiéndose una corta risa desdeñosa antes de decir:

—No tendrás que volver a buscarme.

Kyo parpadeó ante eso y sonrió, complacido.

—Te tomaré la palabra, ten cuidado de no decepcionarme —ordenó con tono arrogante, pero al segundo siguiente rió para sí, divertido, y alzó su mirada hacia Iori sintiéndose aliviado. Había revelado más de lo que pretendía, contándole al pelirrojo sobre temas que ni siquiera había discutido con sus amigos más cercanos. Y se sentía bien, como si ahora fuera capaz de hablar con Iori sobre cualquier cosa; desde temas complicados como la historia de sus familias, hasta otros tan mundanos como por qué Iori llevaba tanto rato con un cigarrillo sin encender entre sus dedos—. Oye, ¿qué haces con eso? —preguntó con curiosidad, señalando la mano de Iori.

El pelirrojo observó sus dedos como si éstos le fueran ajenos. Había olvidado por completo el cigarrillo porque toda su atención había estado puesta en Kyo. Sin responder a la pregunta, buscó el encendedor en la mesilla y luego en sus bolsillos, sin encontrarlo. Al volverse hacia el escritorio en el extremo opuesto del departamento, le pareció ver que lo había dejado ahí, pero descubrió que no tenía ganas de alejarse del joven para ir por él. Miró el cigarrillo un momento, luego miró a Kyo, quien debió leer algo en su expresión porque se inclinó un poco hacia atrás, guardando su distancia.

—Dame fuego —pidió Iori con voz neutra, llevándose el cigarrillo a los labios.

—¿... Qué? —fue todo lo que consiguió decir Kyo, viéndose confuso y luego incómodo. Iori ladeó su rostro, intrigado ante esa reacción.

—Anoche encendiste un cigarrillo con tu fuego, se concluye que es un uso válido para tu poder —le recordó con sarcasmo, y luego cayó en la cuenta de que eso había ocurrido antes de que él le revelara a Kyo que no podía invocar al fuego púrpura, y también antes de que el joven le ofreciera aquel poder para intentar despertar el suyo—. ¿Tienes algún problema con ello?

Kyo estaba negando con la cabeza.

—Sólo... pensé que te molestaba verlo —admitió en voz baja, mirando sus manos un momento.

—¿No has pensado que podría molestarme aunque no lo esté viendo? —preguntó Iori burlón, fastidiándole un poco que Kyo hubiera creído necesario mostrarle esa consideración, pero al final restándole importancia.

Kyo sonrió con algo de pesar, sin saber si debía tomarse las palabras del pelirrojo como una verdad disfrazada, o solamente como una burla. Se encontró alzando su mano de todos modos, acercando la punta de su dedo índice al extremo del cigarrillo, una suave y dócil llama anaranjada encendiéndose.

—Ése no —dijo Iori, y Kyo se detuvo en seco, tomándole un segundo entero ver que Yagami no estaba bromeando—. Tu otro fuego —pidió Iori. Cuando él no reaccionó, el pelirrojo agregó—: Muéstrame —y su voz, de por sí profunda, fue extrañamente baja. Para Kyo, fue como si Iori le pidiera que compartiera con él algo más personal, más privado, y le pareció extraño que el pelirrojo hiciera esa diferencia entre el fuego anaranjado y el escarlata, porque para él ambos eran simplemente fuego, uno más intenso que el otro, nada más. Aquello lo hizo darse cuenta de cómo debía haber sido la vida de Iori, tan distinta de la suya.

Kyo ocultó la leve tristeza que lo embargó al pensar eso y se apresuró a asentir, visualizando el punto en el aire donde quería que se encendiera una pequeña flama escarlata.

Mientras tanto, Iori observó el rostro del Kusanagi a su gusto, viendo cómo éste quedaba inexpresivo debido a la concentración que requería invocar a ese «otro» fuego. Se centró en los ojos de Kyo, que observaban un punto neutro entre ellos. El color castaño de sus irises era uniforme y hasta habría podido decirse que resultaba poco atractivo de lo común que era, pero Iori sabía que detrás de aquel color había un brillo dorado esperando arder, como una brasa dormida que se enciende ante la más ligera brisa.

Y eso fue lo que vio segundos después, delicados filamentos dorados brillando en los ojos de Kyo antes de que una lengua de fuego rojo como la sangre se encendiera casi delante de su rostro.

Iori se inclinó hasta que la punta del cigarrillo tocó la pequeña flama, pero sus ojos no se apartaron de los del Kusanagi. Vio que Kyo le sonreía levemente mientras él daba una calada, el fuego ardiendo sin esfuerzo suspendido en el aire.

Iori miró la pequeña flama. Se veía inofensiva, como su dueño. Kyo actuaba como si no fuera la gran cosa, pero ahora que Iori lo tenía delante, sentía lo distinto que era de un fuego común. Aquella flama escarlata estaba invitándolo, llamándolo...

Se encontró alzando una mano hacia ella, sus dedos quedando a unos centímetros antes de detenerse debido al dolor que provocaba en su piel, pese a que no había ocurrido un contacto aún. El fuego lo llamaba y a la vez lo repelía, sin permitirle acercarse más. Era una sensación extraña.

—¿Iori? —murmuró Kyo al ver lo que hacía.

Iori volvió su atención hacia el joven una vez más, pero no alcanzó a decir nada porque vio cómo Kyo se encogía de pronto, víctima de un profundo dolor, cerrando sus ojos con fuerza, el fuego desapareciendo súbitamente mientras un quejido escapaba de sus labios.

—Kyo —dijo Iori, posando una mano en el brazo del joven. Kyo no respondió por unos segundos, respirando con fuerza entre sus labios, pero puso su mano sobre la de Iori e hizo presión, indicándole en silencio que no pasaba nada. Iori frunció el ceño, comprendiendo que el Kusanagi aún no se había recuperado por completo del ataque de Ash Crimson y se lo había ocultado.

—Estoy bien... —dijo Kyo apenas el dolor se calmó, abriendo sus ojos y mostrándole una sonrisa adolorida pero sincera, su mano sin dejar de sujetar la de Iori, sus ojos aún manteniendo el brillo dorado. Al ver la molestia en el rostro de Iori, insistió—: No es nada. Esto es una gran mejoría, en comparación a como estaba ayer.

—Debiste decir algo —lo amonestó Iori con un gruñido, el enojo filtrándose en su voz ante lo que ahora le parecía una tontería: de su parte por haber pedido ver el fuego escarlata, y de parte de Kyo por haber aceptado.

—Te lo estoy diciendo ahora: estoy mejor —repitió Kyo, viendo que ocultarle información al pelirrojo había resultado contraproducente—. La primera noche no pude siquiera invocarlo. Ahora he podido mantener el fuego encendido por unos segundos. Dentro de un par de días estaré completamente recuperado, ya lo verás.

La respuesta de Iori fue silencio desaprobador.

—No te preocupes por mí —dijo Kyo con voz suave, ladeando su rostro hasta encontrar la mirada de Iori, sonriéndole levemente en son de paz—. Es como si Ash me hubiera dejado una herida que en unos días sanará, es todo. —Y, al ver que Iori seguía sin decir nada, agregó—: ¿No me crees?

Iori entrecerró sus ojos.

—¿Qué otra opción queda salvo creerte? —gruñó con molestia—. Eres el que tiene autoridad en el tema.

—Hasta los dioses aceptan eso, por eso me persiguen —asintió Kyo con firmeza, volviendo a verse entretenido, queriendo convencer a Iori de que no había nada de qué preocuparse.

—Un dios —corrigió el pelirrojo, resignándose y cediendo ante la negativa del joven a tratar ese asunto con seriedad.

—Un dios —concedió Kyo, y vio que Iori alzaba su mano y observaba sus dedos, la piel un poco enrojecida después de la breve cercanía al fuego escarlata—. ¿Te hice daño? —preguntó.

Iori negó.

—Fue como si no pudiera tocarlo —comentó el pelirrojo, mostrándole su mano a Kyo para que viera que no había ninguna herida, salvo la leve irritación de su piel.

Tras eso Iori se quedó pensativo, dedicándose a fumar unos segundos, mirando sus dedos de tanto en tanto, recordando cómo Ash Crimson no había podido atravesar el fuego de Kyo cuando éste lo había rodeado. Había quedado atrapado, como si las flamas formaran una muralla física a su alrededor.

—¿Qué pasaría si usaras el fuego escarlata para defenderte? —preguntó Iori, volviéndose hacia Kyo, quien lo miró interrogante—. Si en vez de rodear a tu oponente con él lo usaras para protegerte a modo de barrera, ¿crees que Crimson podría hacerte algo desde la distancia?

Kyo reflexionó un momento.

—Es una buena idea —admitió, viéndose sorprendido—. No sé por qué no se me ocurrió antes.

En la mirada burlona que le dirigió Iori, Kyo pudo leer algo sobre su falta de sentido común, pero prefirió ignorarlo.

—Podría funcionar —dijo Kyo con un asentimiento—. Sólo lo podré confirmar cuando la ponga en práctica, pero creo... no, estoy casi seguro de que funcionará.

—Sería un problema menos, si no conseguimos acabar con Crimson lo suficientemente rápido.

—Espero que no sea necesario, pero... sí. Será un alivio ver que tengo una forma de contrarrestar... eso que hace —dijo Kyo, llevándose una mano distraídamente al pecho, donde había sentido el poder de Ash actuando—. Gracias por tu consejo —dijo con sinceridad.

Iori sólo asintió como toda respuesta y en los minutos siguientes Kyo se dedicó a disfrutar de la agradable sensación que le producía el tener al pelirrojo de su lado. El que estuvieran destinados a ser rivales había pasado a un segundo plano. Ahora tenían una causa en común y un objetivo claro. Kyo nunca había dependido de nadie antes, pero no se le hacía difícil aceptar la ayuda de Iori. Saber que esta vez no estaría solo era una situación nueva para él; le agradaba.

Cuando rió para sí y Iori se giró levemente hacia él, Kyo cayó en la cuenta de que llevaban un largo tiempo sentados así, tan cerca, la presencia del pelirrojo haciendo que aquel amplio sillón se sintiera estrecho. La distancia que los separaba era tan corta que Kyo podía ver detalles en los ojos de Iori que no había notado antes, como la manera en que la pigmentación roja de sus irises se oscurecía alrededor de las pupilas, recordándole al intenso color de sus propias flamas escarlata.

Kyo se encontró sin poder dejar de mirar al Yagami y, tras un titubeo, alzó su mano para apartar con suavidad los largos mechones rojos que siempre le cubrían medio rostro. No supo explicar de dónde venía ese impulso; todo lo que sabía era que estaban muy cerca, que Iori no había vuelto a tocarlo después de que él asegurara que estaba bien, y que su cuerpo echaba de menos esos breves contactos entre ellos.

Su gesto fue lento, dándole tiempo a Iori de apartarse o detenerlo, pero éste no hizo ninguna de las dos cosas. Kyo admiró las facciones del joven ahora que no estaban medio ocultas, pasando de sus ojos a sus finas y marcadas cejas, bajando hasta sus delgados labios, que formaban una línea un tanto severa —pero no desaprobadora— ante su tentativo gesto.

Volviendo a mirar los ojos rojos del joven, Kyo frunció el ceño al ver una tenue cicatriz vertical que cruzaba el ojo izquierdo de Iori de arriba abajo, y que había estado disimulada por su cabello hasta ese momento. Era una línea que empezaba bajo su ceja y acababa casi a la altura de su pómulo, tan suave que Kyo sabía que no la habría notado si no hubiera estado tan cerca del pelirrojo.

—¿Qué sucedió? —se encontró preguntando, encontrando el valor para rozar la mejilla de Iori con su pulgar a la altura de la tenue marca, mientras dejaba ir su cabello rojo y éste volvía a caer a su lugar, ocultando la cicatriz y rozándole suavemente el dorso de la mano.

Por unos segundos, Iori no respondió, deliberando sobre cuánta información debía compartir con Kyo. Sabía que no era prudente ser completamente sincero con el Kusanagi, ni con nadie en general, pero el roce de la mano de Kyo en su mejilla se había convertido en una caricia, un reflejo perfecto de la que minutos atrás él le había hecho al joven, y su capacidad para pensar con claridad se había visto afectada por aquella inesperada sensación.

—Entrenamiento. O quizá castigo. Fue hace tanto tiempo, ¿por qué te importa? —se encontró murmurando contra su voluntad, su voz teñida de indiferencia, su mirada fija en los ojos castaños de Kyo, viendo cómo por éstos pasaba un destello de molestia.

 —Importa —declaró Kyo con firmeza, y Iori se preguntó qué buscaba Kyo al enfatizar su punto inclinándose hacia él, acariciándole la mejilla de esa manera—. Todo esto es una consecuencia de lo que sucedió durante tu infancia, por supuesto que import...

Las palabras de Kyo quedaron interrumpidas cuando Iori se inclinó hacia adelante hasta cerrar el poco espacio que los separaba, rozando los labios del joven con los suyos, haciéndolo callar.

Fue tan sólo un breve roce, pero Iori sintió cómo la caricia se detenía. Al apartarse unos centímetros, vio que el joven Kusanagi lo miraba con sorpresa, inmóvil, como paralizado, pero en sus ojos Iori reconoció esa sombra de anhelo que ya había visto antes. Bajó su mirada hacia los labios entreabiertos de Kyo, notando que el joven estaba conteniendo la respiración, pero no se movió. Volvió a clavar su mirada en el Kusanagi, esperando, no, obligándolo a que se decidiera. El contacto de los dedos del joven en su mejilla se desvaneció, y Iori comenzó a pensar que tal vez el Kusanagi no estaba listo aún cuando sintió la mano de Kyo bajando a su pecho, cerrándose con fuerza en su camiseta para tirar de él. Kyo no necesitó decir nada, con ese gesto dejó claro que el conflicto que se desarrollaba en su interior dejaba de existir por unos segundos, y para Iori eso bastó.

Empujó a Kyo hacia atrás, obligándolo a recostarse, notando con agrado que Kyo se dejaba hacer pero no liberaba su camiseta y tiraba a su vez, trayéndolo consigo, manteniéndolo cerca, sus ojos castaños sin apartarse, sus labios entreabriéndose al sentirse atrapado cuando Iori se inclinó sobre él.

Iori tomó aquellos labios entre los suyos, sintiendo un último resquicio de duda de parte del joven antes de que Kyo se entregara al beso y lo correspondiera con una inesperada, ansiosa brusquedad que casi igualaba a la suya. Iori sintió que la sangre le golpeaba las sienes ante el deseo de dominar al joven, y se encontró ahondando el beso sin poder controlarse, invadiendo la boca de Kyo con su lengua y sintiendo que un estremecimiento de placer lo recorría al oír un gemido ahogado de parte del joven.

En el fondo de su mente, se preguntó por qué no había hecho eso antes, por qué no había traído a Kyo a casa la primera vez que lo vio fuera del bar. Esa noche, sus motivos para no hacerlo habían tenido sentido; pero ahora no podía dar con una razón válida porque sus pensamientos estaban volviéndose erráticos a medida que el beso continuaba y descubría que Kyo era mucho más exigente de lo que había imaginado.

No había esperado aquello, esa exigencia, la pasión del joven al corresponderle. Antes lo había visto entregarse a sus caricias, pero también dudar; había visto el anhelo en sus ojos, seguido de una marcada reticencia a tomar la iniciativa. Había pensado que, al besarlo, Kyo solamente se dejaría hacer, pero se había equivocado. Era como si el joven hubiese cruzado una línea y ahora, sabiendo que no había marcha atrás, ya no le importara perderse del todo.

Era una sorpresa ver eso. Una placentera, excitante sorpresa.

Gruñó en el beso cuando, como demostrándole que estaba en lo correcto, las manos de Kyo dejaron ir su ropa, deslizándose por su cintura hasta el punto donde acababa su camiseta gris, y luego pasando por debajo de la tela, los dedos del Kusanagi acariciando tentativamente su piel, Iori notando la clara satisfacción del castaño cuando aquel contacto lo hizo estremecer.

Respondió a su atrevimiento rompiendo el beso, sintiendo satisfacción al oír el sonido de protesta que hizo Kyo, al segundo siguiente hundiendo su rostro en el ángulo del cuello del joven, probando el sabor de su piel, notando lo caliente que estaba, besando ahí y sintiendo un escalofrío cuando Kyo reaccionó arqueando la espalda con un leve gemido de placer.

Sólo hubo un momento en que Iori se apartó, obligándose a mirar por unos segundos el rostro de Kyo. No supo a quién atormentaba más con esa corta interrupción, si a Kyo o a sí mismo, y la pregunta que iba a hacer no llegó a salir de sus labios, porque los ojos castaños de Kyo le dijeron todo lo que quería saber, sus irises mostrando un brillo que no había visto antes: un claro, inconfundible deseo.

Que el Kusanagi le pidiera, u ordenara, que no se detuviera, y el que Kyo acompañara esas palabras con un rudo beso, hizo que Iori sintiera de nuevo intensas ganas de mostrarle quién era el que tenía el control. Sabiendo que Kyo estaba dispuesto, esta vez no se contuvo, permitiendo que sus pensamientos se nublaran y dejándose llevar, correspondiendo el beso y luego yendo un poco más allá, bajando por el cuello de Kyo, tirando de su camiseta y casi arrancándosela cuando ésta se interpuso en su camino, oyendo el eco de la risa de Kyo a lo lejos, ligeramente nerviosa, expectante.

Debió darse cuenta de que no estaba pensando en lo que hacía cuando el vendaje que cubría el hombro lastimado de Kyo sufrió la misma suerte que la camiseta, reuniéndose con ella en el suelo, al pie del sillón, pero Kyo no protestó por eso, y Iori simplemente continuó, lamiendo el corte que antes había visto en su clavícula, acariciando con sus labios los marcados músculos del joven, bajando despacio hasta su vientre y llegando hasta el borde mismo de la cintura de sus pantalones, deteniéndose ahí, disfrutando del estremecimiento que recorrió a Kyo, el jadeo de anticipación que escapó de sus labios, el gruñido molesto que siguió cuando él fue cruel y decidió hacerlo esperar.

A ratos, cuando su mente se aclaraba lo suficiente para pensar, Iori se preguntaba cómo habría sido si hubiese traído a Kyo al departamento para pasar con él sólo una noche. ¿Lo habría besado como lo hacía? ¿El sabor de los labios del joven se habría sentido igual? Sus encuentros siempre se limitaban al sexo; dar y tomar lo suficiente para que ambas partes quedaran saciadas y satisfechas. Con Kyo era distinto, cada roce y cada beso buscaban causar una reacción en el joven. Cada caricia que se detenía súbitamente buscaba hacerlo desear más, y también frustrarlo, empujarlo a tomar la iniciativa por un momento, porque cuando el joven se ponía exigente había dos opciones: complacerlo en lo que pedía o negárselo, y ambas resultaban igual de excitantes, como cuando Iori había lamido y besado el bajo vientre de Kyo, sin pasar de ahí por un largo, largo rato, tomándose su tiempo para disfrutar de lo caliente que estaba la piel en esa zona, alzando la mirada de sus ojos rojos hacia el rostro del joven, para encontrarse con que éste lo miraba con el ceño fruncido y le lanzaba un insulto por entre sus labios entreabiertos, su respiración agitada y su voz ronca.

¿Qué tan distinto habría sido si hubiera hecho eso sin conocerlo? ¿Habría habido insultos provocándolo, excitándolo, o sólo los convencionales pedidos de «más» repetidos hasta que la palabra se convertía en un trivial ruido de fondo?

¿Lo habría complacido sin perder tiempo, como hacía ahora, tirando y deslizando los pantalones del joven hasta retirarlos del todo, o lo habría ignorado para poseerlo cuando mejor le pareciera?

Se preguntaba muchas cosas, pero algo que sí sabía era que su cuerpo no habría reaccionado como lo estaba haciendo al ver al joven, a Kyo Kusanagi, completamente desnudo y excitado ante él. No se habría inclinado para tomar aquella excitación entre sus labios, queriendo conocer el sabor del joven. Ésa no era su costumbre. Antes habría hecho que el joven lo tomara a él, pero ahora no había tenido tiempo de pensar en ello. Su cuerpo había actuado por voluntad propia, y cuando empezó a lamer en el lugar preciso, cuando Kyo gimió y arqueó su espalda y comenzó a mover sus caderas en un ritmo que seguía al de sus labios, supo que había sido lo correcto de hacer.

No le tomó demasiado llevar a Kyo hasta el límite, sabiendo exactamente qué hacer, rozando con sus labios los puntos que sabía sensibles, llevándose con su lengua las pequeñas gotas saladas que iban brotando de Kyo, y finalmente apartándose cuando sintió que el joven se tensaba con anticipación, los escalofríos recorriéndolo cada vez con mayor frecuencia, sin querer permitirle acabar.

Kyo siseó un insulto ante la brusca interrupción, sus mejillas sonrojadas y su cabello ligeramente húmedo, sus ojos castaños empañados por el placer. Toda su piel estaba cubierta de una fina película de sudor, y Iori lo recorrió con la mirada mientras se limpiaba la humedad de los labios.

Kyo debía estar con la mente tan nublada como él, porque no pareció estar pensando con claridad cuando se levantó para quedar sentado y se inclinó hacia él, sujetando su camiseta gris y comenzando a tirar de ella sin miramientos. Iori se lo permitió, y la prenda fue a parar al suelo, junto con las de Kyo, quien se tomó tan sólo un segundo para admirar su torso desnudo antes de ir a besar la base de su cuello, mientras sus manos acariciaban su estómago, bajando por los marcados abdominales hasta comenzar a forcejear con la correa de sus pantalones.

No pasaron ni un par de segundos después de que éstos cayeran al suelo y Iori ya sentía la mano de Kyo cerrándose alrededor de su excitación, el joven sin dejar de besar su cuello, Iori odiando oír que un gruñido de sorpresa escapaba de su garganta, encontrándose brevemente con la mirada de Kyo antes de que el castaño cerrara sus ojos, concentrándose en lo que hacía.

En ese momento que tuvo para observarlo, con el corazón golpeando contra su pecho y retumbándole en los oídos, Iori no pudo evitar preguntarse si el Kusanagi ya había hecho eso antes, y con quién, porque sus movimientos no le parecían los de alguien inexperto. ¿Quería decir eso que todas las dudas que había visto antes en el joven no eran porque ambos eran hombres, sino porque él era un Yagami?

Apretó los dientes cuando sintió que Kyo se inclinaba para tomarlo entre sus labios, tal como él lo había hecho. Lo detuvo poniéndole las manos en los hombros, sin poder deshacerse de la idea de Kyo haciendo eso antes con alguien más. El Kusanagi se vio confuso, pero no alcanzó a decir nada porque Iori prácticamente lo lanzó de vuelta al sillón, el joven cayendo de espaldas, Iori sobre él, poniendo todo su peso sobre Kyo.

Iori no fue consciente de cuáles fueron sus palabras exactas al interrogar a Kyo sobre aquella desenvoltura. No fue amable, y sintió unas intensas ganas de lastimar al joven si la respuesta no le satisfacía, que no hicieron más que aumentar su excitación, pero Kyo no se vio amedrentado por aquella súbita muestra de brusquedad. Sólo hubo una breve sombra de vergüenza al admitir que aquella era la primera vez que hacía algo con otro hombre, que fue rápidamente reemplazada por su usual sonrisa arrogante mientras señalaba que eso no quería decir que no supiera lo que debía hacer y acotaba que además aprendía rápido.

Aquella breve conversación fue dada por terminada cuando Kyo se movió ligeramente bajo él, sus entrepiernas rozándose, el Kusanagi soltando una maldición ante el escalofrío que lo recorrió ante el contacto y Iori apretando los dientes al darse cuenta de lo mal que lo ponía Kyo con cualquier cosa que hiciera.

Se encontró besándolo con fiereza al segundo siguiente, su peso aún sobre el joven, moviendo sus caderas contra las de Kyo haciendo que sus erecciones se rozaran y gruñendo ante la sensación, la creciente necesidad de más, mordiendo los labios de Kyo al imaginarse cómo sería estar en el interior del joven. Kyo gimió algo, sin resistirse, y Iori sintió el sabor metálico de la sangre, lamiendo la pequeña herida que le había hecho mientras pasaba una de sus manos por debajo de la espalda de Kyo, resiguiendo su columna y luego bajando un poco más, hasta que la punta de sus dedos rozaron su estrecha, caliente entrada.

Kyo se quedó inmóvil al sentirlo, tensándose sin poder evitarlo, Iori rompiendo el beso para mirarlo, sin apartar sus dedos, que comenzaban a acariciar lentamente, esperando que el joven se relajara. Si Kyo estaba teniendo reparos, no lo dijo. Sólo musitó un «sigue», muy bajo, y deslizó su mano derecha entre sus cuerpos, bajando hasta sus entrepiernas y sujetándolos a ambos, comenzando a acariciar, sus ojos entrecerrados clavados en los de Iori, atento a cualquier muestra de placer que pasara por el rostro del pelirrojo.

Iori dejó que Kyo hiciera, él encargándose de preparar al joven, teniendo que interrumpirse repetidas veces cuando el Kusanagi no parecía darse cuenta de lo que estaba haciendo y aceleraba el ritmo, Kyo murmurando un «se siente demasiado bien» como toda disculpa, y Iori conteniéndose de gruñirle que lo sabía, que quería tomarlo en ese instante y que Kyo no estaba haciendo más que complicarle las cosas.

Iori perdió la noción del tiempo poco después de eso. En un momento estaba preparando a Kyo, sintiendo lo estrecho que era, oyéndolo gemir cuando con un dedo empezó a forzar su entrada, obligándose a ir con cuidado cada vez que Kyo se tensaba por el inevitable dolor que eso le producía, y en el siguiente estaba conteniéndose de acabar en la mano del joven, sin saber cuántos minutos habían pasado, porque su dedo entraba y salía del joven con más facilidad ahora, arrancándole placenteros gemidos al Kusanagi, la tensión de su cuerpo desaparecida.

El atardecer lo encontró sentado en el sillón con Kyo arrodillado sobre él, el Kusanagi acariciándose con una mano, y acariciándolo a él con la otra, sus ojos cerrados y sus labios entreabiertos, dejando escapar un jadeo cada vez que los dedos de Iori —dos, ahora— entraban y salían y ensanchaban un poco más el angosto pasaje, Iori respirando pesadamente, su mirada puesta en el rostro de Kyo como si no existiera nada más, pensando en que nunca se había tomado tanto tiempo con nadie, sólo teniendo claro que quería poseer al joven sabiendo que Kyo lo disfrutaría tanto como él, y que para eso debía asegurarse de hacerle el menor daño posible, aunque eso contradijera a los otros pensamientos que pasaban ocasionalmente por su cabeza, donde todo lo que quería era tomarlo de inmediato, sin importarle lastimarlo.

Oyó la voz de Kyo como un murmullo lejano, y a Iori le tomó unos segundos darse cuenta de que había inclinado la cabeza hacia atrás contra el respaldo del sillón y cerrado los ojos. Kyo llevaba un buen rato moviendo su mano de arriba abajo a lo largo de su erección a un ritmo rápido, el mismo que seguía el joven al subir y bajar contra sus dedos, y había conseguido hacerlo perderse en el placer sin que él lo notara siquiera.

Escuchó las palabras del joven pidiéndole que lo tomara de una vez, y luego sintió los labios de Kyo cerca de su oído, mordiéndole el lóbulo un momento, su aliento sintiéndose ardiente cuando repitió el pedido.

Iori vio que todo el cuerpo de Kyo estaba cubierto de sudor, sus músculos marcándose con cada movimiento que hacía, los mechones castaños pegados a su frente húmeda, enmarcando unos ojos que se veían oscuros en la cada vez más débil luz del lugar.

Kyo no necesitó repetir su pedido otra vez. Iori lo alzó por la cintura y lo obligó a acostarse de espaldas en el sillón, poniéndose entre sus piernas y manteniendo sus caderas en alto, un gemido y un gruñido confundiéndose cuando la excitación de Iori rozó la entrada del joven.

Iori intentó contenerse, ir con lentitud, pero sentir el cuerpo de Kyo cediendo a él lo hizo perder de vista el mundo. Que Kyo empujara contra él en el mismo momento en que él entraba no ayudó en nada, y un sonido bajo escapó de su garganta cuando sintió el estrecho calor del joven envolviéndolo. Casi al mismo tiempo oyó que Kyo contenía una exclamación de dolor, todo su cuerpo tensándose ante aquella invasión. El pelirrojo tomó la excitación de Kyo entre sus dedos para distraerlo del dolor, acariciando rítmicamente como Kyo había estado haciendo con él segundos atrás, sintiendo un escalofrío cuando ya no pudo reconocer si los gemidos que salían de los labios de Kyo eran de placer, de dolor, o de ambos.

Empezó a moverse, sin dejar de acariciar, observando el rostro del Kusanagi y cómo su respiración iba haciéndose cada vez más rápida, sus ojos casi cerrándose por completo. No bajó el ritmo de su mano, yendo más rápido incluso, llevando a Kyo hasta el límite junto con él, esta vez sin detenerse cuando vio que el joven estaba próximo al clímax, oyendo un suave gruñido de parte de Kyo antes de que la humedad del joven se esparciera entre ellos, notando cómo el placer lo recorría en oleadas, las contracciones de su orgasmo haciendo que su interior pareciera incluso más estrecho que antes y cortándole el aliento, un profundo estremecimiento recorriendo a Iori antes de que él también terminara dentro del joven, su placer acrecentándose al oír el sonido que hizo Kyo al sentir su tibia esencia llenándolo.

Alargó el momento tanto como pudo, cerrando los ojos con fuerza para centrarse en las cada vez más débiles oleadas de placer, aún pareciéndole ver la expresión del rostro de Kyo incluso con los párpados cerrados. Respiró entre dientes cuando la tensión que se había apoderado de su cuerpo se disolvió para dar paso a una absoluta, satisfecha calma.

Salió del joven despacio, dejándose caer medio sobre él, medio en el espacio libre del sillón, sintiendo la piel del Kusanagi tan caliente como la suya. Kyo respiraba agitadamente por entre sus labios entreabiertos, observándolo en silencio como si tuviera miedo de moverse y enfrentar lo que acababa de pasar, pero cuando el rostro de Iori estuvo cerca del suyo, Kyo alzó una mano para pasarla por entre los húmedos cabellos rojos, con lentitud.

Iori se quedó donde estaba. Si se hubiera tratado de cualquier otra persona, éste habría sido el momento en que él se habría apartado, para evitar cualquier innecesaria muestra de afecto que luego podría ser malinterpretada. Sin embargo, a Kyo le permitió jugar con su cabello e incluso tocar su rostro. El Kusanagi lo miraba como si lo viera por primera vez, pero poco a poco sus ojos castaños se ensombrecieron. Los últimos vestigios del éxtasis se habían desvanecido y todo lo que quedaba era el duro golpe de la realidad. Kyo no necesitó decir nada. Iori leyó en su expresión que empezaba a cuestionarse lo que acababa de pasar y que sus pensamientos no iban por un buen camino.

Besó a Kyo rudamente, buscando interrumpir tales pensamientos, tomando por sorpresa al joven, sintiendo sólo un breve segundo de duda de su parte antes de que éste lo correspondiera con la misma pasión que Iori había sentido antes. No pudo evitar una leve sonrisa de satisfacción cuando se apartó y Kyo hizo un sonido de protesta. Al ver esa reacción, Iori tuvo la seguridad de que no había de qué preocuparse. Kyo podía cuestionarse todo lo que quisiera, pero, al final, estaba claro qué era lo que deseaba.

—No pienses demasiado. Es sólo sexo —le sugirió, comenzando a levantarse despacio.

—¿Ahora lees la mente o qué? —dijo Kyo con un gruñido, pero pareciendo querer aferrarse a esa recomendación.

Iori no respondió, reunió su ropa y se puso de pie para cruzar el apartamento y dirigirse al baño.

Kyo vio que Iori se alejaba en la penumbra como si no hubiera pasado nada fuera de lo común, viéndose perfectamente cómodo en su desnudez, y no pudo evitar recorrer la esbelta figura del joven con la mirada, sintiendo un agradable estremecimiento que lo recorrió por completo y se concentró en el área de su entrepierna.

Suspiró para sí con agobio, volviendo la vista hacia el techo y respirando profundamente. «No pienses demasiado», había dicho Iori, pero ¿era posible no pensar? Iori se veía muy familiarizado con ese tipo de situaciones —bastaba con ver su desenvoltura— pero Kyo no conseguía compartir esa comodidad. La decisión de permitir que todo eso pasara había sido tomada en una fracción de segundo; había sentido los labios de Iori en los suyos y el único pensamiento claro que quedó en su mente fue que quería más. No había alcanzado a considerar las consecuencias.

Un poco molesto consigo mismo, buscó sus pantalones en el suelo y se los puso. Descartó ponerse la camiseta de nuevo porque le parecía que en ese departamento hacía demasiado calor.

Volvió a tenderse en el sillón y se quedó acostado y quieto intentando poner en orden lo que sentía, mientras oía que dentro del baño el agua de la ducha comenzaba a correr. Tenía la sensación de haber hecho algo malo (con un Yagami, por dios), pero ¿se arrepentía? Pensó en eso unos segundos y descubrió que no, no se arrepentía.

Solamente sentía la tranquila calma de alguien que se sabía condenado.