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Ocasiones imaginadas

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Iori se levantó para ir por otra cerveza, Kyo lo siguió con la mirada.

—Yo también quiero una —le recordó en son de broma, sin sorprenderse cuando no recibió respuesta.

A solas en la sala, Kyo vio que Iori había dejado su encendedor junto al cenicero. Se quedó observándolo fijamente, dándose cuenta de que aún no podía creer por completo lo que Iori le había revelado. Iori era un Yagami que no podía usar fuego... Es decir... ¿era una persona común y corriente? Sabía pelear, y decía que lo habían entrenado, igual que a él, pero...

Negando para sí, Kyo se inclinó hacia adelante intentando alcanzar el encendedor. Al ver que estaba demasiado lejos, se deslizó del sillón hasta quedar sentado en el suelo, manteniendo sus piernas levemente flexionadas ante él para no tirar de su herida. Sus dedos se cerraron alrededor del pequeño objeto plateado y lo examinó con curiosidad. Se veía viejo y gastado, la superficie opaca y con algunas melladuras. ¿Cuál sería su historia?

Levantó la tapa, mirando el mecanismo y accionándolo con algo de torpeza, porque muy pocas veces en su vida había tenido necesidad de usar un mechero. Una tímida llama se encendió, mitad azul, mitad anaranjada.

—¿También te caes de sillones? —oyó que preguntaba Iori a su espalda cuando lo vio sentado en el suelo.

—No es gracioso, Yagami —aseguró Kyo con un ligero fastidio. Había mencionado la caída de la moto porque en su momento le pareció una excusa inofensiva, pero aparentemente con esa simple frase se había dejado como un inepto ante los ojos de Iori.

El pelirrojo volvió a tomar su lugar de espaldas al ventanal, y Kyo se quedó donde estaba, separado de él por unos centímetros. Esa posición era más cómoda para hablar, sin que uno de ellos tuviera que alzar la mirada.

Kyo miró las manos de Iori, pero éste no había cedido a su petición de alcohol. Sin embargo, parecía haberse apiadado un poco de él, y, en vez de una simple botella de agua, en esta ocasión le entregó una bebida rehidratante transparente. Kyo la aceptó sin protestar, aunque mirando la cerveza de Iori de reojo.

El alcohol, obviamente, debía ir acompañado de más tabaco, y cuando Iori buscó la cajetilla para sacar otro cigarro, Kyo se dio cuenta de que él aún tenía el encendedor plateado en la mano.

Vio que el otro joven se llevaba el cigarrillo a los labios y se inclinaba hacia él. Hubo un momento incómodo en que no supo si debía devolver el pequeño objeto u ofrecerle fuego, su fuego, a Iori.

Al final, se decidió por usar el mechero y acercar la débil llama hacia Iori. Se sintió sumamente extraño al hacerlo, pero decidió que era lo mejor. No quería encender sus flamas anaranjadas y que Iori pensara que se estaba burlando de él. No le había parecido que ésa sería su reacción —es decir, Iori se había mostrado bastante indiferente al revelar que no podía usar el fuego púrpura—, pero era mejor ir a lo seguro.

Yagami no dio señales de haber considerado extraño que Kyo le ofreciera ese fuego «artificial». Dejó que la llama acariciara la punta del cigarrillo y luego aspiró largamente. Antes de inclinarse hacia atrás para apoyarse contra el ventanal, le quitó el encendedor a Kyo con un gesto más bien brusco, y lo dejó en el suelo otra vez, lejos del alcance del castaño.

Kyo no supo si aquello había molestado a Iori. Bajó la mirada un momento, centrándose en abrir la bebida.

—Puedes preguntar —dijo Iori con voz queda tras exhalar el humo, sus ojos rojos fijos en Kyo.

Kyo sonrió y negó.

—¿Qué hay por saber? —respondió, restándole importancia al tema como, al parecer, hacía Iori.

Por supuesto, eran varias las preguntas que se contuvo de hacer a Iori, comenzando por cómo estaba tan seguro de que no podía acceder al fuego. Era una pregunta absurda, porque el fuego simplemente se manifestaba, pero seguía siendo más fácil formularla que aceptar que Iori no tenía aquel poder. A eso seguía la interrogante de si había alguna «cura», algún ritual u objeto místico que pudiera ayudarle a canalizar su energía hasta hacerla arder...

—Más bien... —dijo Kyo, interrumpiendo sus propios pensamientos y alzando su mirada hacia el pelirrojo, su rostro adoptando una expresión más seria—. Queda el asunto de cómo afecta esto los planes de Ash.

Mientras Iori fumaba, Kyo le contó lo que sabía de Ash Crimson; la forma en que había aparecido un día diciendo que quería traer de vuelta a Orochi y que para eso necesitaba su fuego. Iori estaba al tanto de la historia de los clanes, y por su rostro pasó una sombra de molestia cuando Kyo le dijo que Ash tenía el espejo sagrado en su poder.

Kyo explicó todo lo que había averiguado sobre los compañeros del rubio. Iori se mostró de acuerdo en que Oswald en particular era quien se hacía más problemático con sus ataques a distancia, y aseguró que Shen Woo no daría problemas a menos que se tratara de un ataque simultáneo entre los tres.

El castaño asintió, había visto cómo Iori atacaba a Shen hasta hacer brotar sangre sin necesidad de esforzarse demasiado. Recordó cómo Iori había mirado la sangre que manchaba sus dedos con una extraña expresión complacida.

Se contuvo de mirar las manos del pelirrojo y siguió hablando. Detalló que era posible que Ash estuviera adquiriendo poder gradualmente, y comentó que sospechaba que Orochi se hacía más fuerte con el pasar del tiempo.

—No puedo asegurarlo, pero creo que Ash no te reconoció durante la pelea esta mañana —dijo Kyo—. Y aún si llegara a enterarse de que eres un Yagami, no le serviría de mucho...

Kyo se detuvo en seco al ver que los ojos de Iori se entrecerraban ligeramente ante esa frase. No había querido decirla así, y en verdad se había oído mal. No supo cómo retractarse. Estaba seguro de que empeoraría las cosas si pedía disculpas por su descuido.

Esperó que Iori lo insultara.

Sin embargo, el pelirrojo no dijo nada. Aguardaba a que él prosiguiera.

Y, tras un leve suspiro de alivio, Kyo lo hizo, contándole cómo su clan había decidido que lo mejor era advertir a Iori sobre lo que Ash pretendía hacer, cómo lo habían subido a un avión en dirección a Estados Unidos, y cómo él había pasado días intentando dar con su paradero hasta que, por fin, lo había encontrado.

Y no terminó ahí. Hizo hincapié en que había sido capaz de ver a través de su mentira y reconocerlo como un Yagami (y Kyo no sonó exageradamente satisfecho consigo mismo al decir esa última parte, claro que no).

Iori guardó silencio cuando Kyo acabó su relato. Sin embargo, vio que el Kusanagi lo miraba con fijeza expectante, sus ojos castaños brillantes y entretenidos, esperando algo de él. Iori intentó leer su expresión, pero no tenía idea de qué pasaba por la mente del joven en ese momento.

—¿No vas a preguntarme cómo supe que eras un Yagami? —preguntó Kyo con impaciencia.

—No —ofreció Iori con sorna y se admitió a sí mismo que ver la expresión frustrada que puso el castaño fue casi entretenido.

Kyo se contuvo de mover su pierna para golpear la de Iori.

—El colgante —explicó Kyo de todos modos y sintió una enorme decepción al ver que el rostro del pelirrojo se mantenía invariable—. Con forma de luna creciente. El símbolo de tu clan. En la foto de tu banda.

Iori ladeó muy ligeramente su rostro, intentando saber de qué diablos estaba hablando el Kusanagi.

Kyo terminó de perder la paciencia y sacó su celular. Se tomó unos segundos para buscar imágenes de Sviesulys, y cuando encontró la foto donde Iori llevaba el collar de varias cadenas y dijes, agrandó la imagen y volvió la pequeña pantalla hacia el joven pelirrojo, mirándolo con fijeza, atento a cualquier sutil reacción.

No hubo ninguna. Iori miró la pantalla y luego alzó la vista hacia él.

—Kyo —dijo Iori, y su tono fue tan condescendiente que Kyo no pudo evitar tensarse por reflejo—. Es sólo un accesorio —explicó el pelirrojo—. Para la sesión de fotos.

Hubo un segundo de completo silencio.

—Pero es el símbolo de tu familia —insistió Kyo sonando ofendido, aunque, por el dejo derrotado que se filtró en su voz, estaba claro que ya había caído en la cuenta de que su conclusión estaba errada.

—Si hubiera notado que uno de los colgantes era una luna, lo habría arrancado, de eso puedes estar seguro —dijo Iori—. Pero mis prioridades ese día eran otras, no le presté atención.

Kyo dejó caer la cabeza dramáticamente hasta apoyar la frente contra sus rodillas . Había estado tan orgulloso de su deducción y de que ésta fuera acertada...

—¿En verdad crees que llevaría el símbolo del clan Yagami? —preguntó Iori.

—Es tu familia —murmuró Kyo sin alzar la cabeza.

—Una familia que se avergonzaba de mi existencia —dijo Iori con voz seca, y Kyo alzó el rostro, sorprendido.

Iori parecía molesto consigo mismo por haber hablado de más.

Kyo guardó silencio, sabiendo que no había nada que él pudiera decir ante eso. Ofrecer palabras de consuelo era impensable.

Al cabo de unos minutos, Iori se levantó. Kyo no se movió de donde estaba.

En el reflejo de la ventana, vio que el pelirrojo iba a la cocina, llevando la botella vacía de cerveza. Se oyeron algunos ruidos de cosas siendo movidas con brusquedad, y a continuación el sonido de la botella estrellándose contra algo y quebrándose en pedazos.

—¿Yagami? —preguntó Kyo, sobresaltado, levantándose con esfuerzo.

Iori salió de la cocina sin decir nada y se dirigió a la puerta de vidrio pavonado que antes Kyo había encontrado con pestillo. Hubo un suave chasquido y ésta se abrió. Kyo apenas alcanzó a ver las escaleras que llevaban al piso en la planta superior cuando la puerta ya se cerraba tras el pelirrojo.

—¿Iori? —llamó Kyo en voz más alta, sin estar seguro de qué estaba pasando.

Iori se detuvo en seco, como reaccionando ante el sonido de su voz. Respiró profundamente y exhaló con lentitud.

—Puedes pasar la noche aquí —dijo Iori, volviéndose a medias, Kyo apenas consiguiendo ver su rostro semioculto bajo el cabello rojo—. Continuemos esta conversación mañana.

Kyo asintió, un poco confundido, pero Iori ya había cerrado la puerta y desaparecido escaleras arriba.


Más dormido que despierto, Kyo vio una figura ante las puertas del armario de la habitación de invitados. Su cerebro se sentía como lleno de algodón y sólo procuró hacer una verificación básica en pos de su supervivencia: ¿la figura era rubia, o rubia bronceada, o vestía de negro?, ¿hacía movimientos amenazantes en su dirección?

No.

Entonces no era ninguno de los enemigos con que se había topado y podía seguir durmiendo.

Dejó que sus ojos volvieran a cerrarse.

Por precaución, entreabrió los párpados unos segundos después, y confirmó que sí había alguien en la habitación, enfundado en una larga gabardina color vino, de pie cerca de la cabecera de la cama. Cerca de él. Demasiado cerca de él.

Se incorporó con brusquedad, su corazón acelerado por el sobresalto.

Iori lo miró con perfecta calma, inclinado sobre el velador.

—Es temprano, puedes seguir durmiendo —dijo como si no pasara nada, volviendo su atención a los objetos que dejaba en la mesilla, junto a la lámpara.

Kyo sintió que el corazón le iba a estallar, y esta vez la sensación no tenía nada que ver con invocar al fuego escarlata. Se frotó los ojos con fuerza.

—¿Qué diablos haces aquí? ¿Qué hora es? —consiguió preguntar con voz ronca, por el sueño y también por la molestia de aquel brusco despertar.

—Las seis —dijo Iori, irguiéndose y mirándolo—. Hay café en la cocina —ofreció burlón porque Kyo seguía frotándose los ojos sin poder terminar de reaccionar.

—¿Quién diablos se levanta a las seis de la mañana? —gruñó Kyo.

—Está claro que tú no —comentó Iori.

Kyo murmuró algo ininteligible, y luego prestó atención a lo que Iori había dejado en la mesilla; su cerebro adormilado tenía problemas para dar sentido a lo que sus ojos estaban viendo.

—Llaves del departamento —señaló el pelirrojo con un dedo—. Vendajes. Mi número de teléfono.

Kyo contuvo un bostezo.

—¿Por qué?

—Debo ir a ensayar —dijo el pelirrojo, yendo hacia la puerta de la habitación.

La mente de Kyo se aclaró de súbito. Era de esperarse que Iori no cambiara su rutina diaria sólo porque él estaba ahí, pero no quería que Iori se expusiera al peligro innecesariamente.

—¿Es prudente...? Ash Crimson podría... —protestó.

Iori se volvió hacia él, una mano en el picaporte.

—Tú lo dijiste anoche, no le soy de utilidad. No gana nada intentando atacarme. Quien debe tener cuidado eres tú.

Kyo no pudo decir nada más porque Iori ya había salido de ahí. Un poco después escuchó la puerta del departamento abrirse y cerrarse.

Kyo se dejó caer contra el colchón, recordando el abrupto final de la conversación de la noche anterior. Iori había estado molesto, pero esa molestia no había estado dirigida hacia él. Y ahora el Yagami se había mostrado amable de nuevo, dejándolo en su departamento, en posesión de las llaves, en completa libertad para husmear a su antojo.

Extendió su mano, buscando su celular y la tarjeta con el teléfono de Iori. No le sorprendió que la tarjeta fuera minimalista en extremo. Sólo el nombre de Iori y un teléfono en letras negras sobre un fondo gris. No decía nada más.

Ingresó el número en su teléfono, ignorando las notificaciones que le advertían que la batería casi se había descargado. No sabía si al pelirrojo le servía de algo tener su número, pero le envió un mensaje de todos modos. Como no supo qué escribir, sólo puso un京, el kanji de su nombre.

A los pocos minutos se levantó y cojeó hacia la cocina en busca del café prometido.

Bastó dar una mirada al inmaculado lugar para concluir que Iori no lo usaba para preparar comida. No había una mancha de grasa en ninguna de las superficies, y Kyo se encontró pensando que era como mirar la cocina de un catálogo, tan impersonal como el resto del departamento. No le decía nada sobre Iori.

Rozó con una mano la pesada mesa de comedor de vidrio ahumado y luego pasó junto a la barra americana de granito oscuro. Las superficies vacías y sin adornos no daban muestras de haber sido utilizadas. Kyo supuso que la gente acaudalada podía darse el lujo de tener departamentos con enormes ambientes que no cumplían ningún propósito.

Sobre una de las encimeras vio la cafetera que Iori había mencionado y se pasó un buen rato buscando una taza en las alacenas. La vajilla era evidentemente costosa. Eso tampoco lo había imaginado. ¿Qué tan acomodado era Iori? Porque vivía como si tuviera mucho dinero. A diferencia de él, que no podía pagar una noche en un hotel decente sin que su padre le pidiera explicaciones y lo acusara de estar despilfarrando el dinero de la familia.

Cuando encontró una taza y el café finalmente estuvo servido, Kyo fue a investigar la nevera. No se sorprendió de encontrar sólo botellas y latas de cerveza, y ni rastros de algo comestible que pudiera llamarse desayuno salvo algunas frutas olvidadas en el cajón inferior.

Exploró un poco más, abriendo puertas de alacenas y cajones, sólo para encontrar que la mayoría estaban vacíos.

Tuvo que contentarse con robar una manzana y hacer notas mentales de todo lo que tenía que decirle a Iori sobre cómo alimentar a sus invitados.

Sentado a solas desayunando en esa enorme cocina, Kyo se permitió una sonrisa. En realidad, Iori no lo hacía tan mal. Eso de que vendara sus heridas había sido inesperado. El que se hubiera tomado el tiempo de dejarle las llaves y su número de teléfono, sin necesidad de que Kyo lo pidiera, había sido un gesto muy agradable también.

El que le dijera que estaba a salvo en su apartamento... En el hogar de un Yagami...

—Maldito Iori... —gruñó, la sonrisa sin terminar de irse.

Acabó el café pronto y luego volvió a la habitación a tomar una ducha. Se llevó otra sorpresa al ver que en el armario Iori había dejado toallas y ropa limpia. Eran prendas básicas, fáciles de combinar unas con otras; no nuevas, pero tampoco excesivamente gastadas.

Kyo se quedó sin saber qué pensar, una mano sobre la suave tela de aquellas prendas. ¿Iori estaba siendo amable por alguna razón? ¿O ésa era su forma de ser?

Y él mismo, ¿estaba teniendo consideraciones hacia el pelirrojo que no habría tenido bajo otras circunstancias? Quizá. Había evitado usar su fuego para no molestarlo, ¿no? Y procuraba tener cuidado al hablar del tema. No siempre tenía éxito, la conversación de anoche lo había demostrado, pero estaba haciendo el esfuerzo.

Al fin y al cabo, no buscaba enemistarse con él. Era agradable saber que tenía a Iori de su lado. 


Tras tomar la ducha, Kyo sintió que perdía media mañana batallando con los vendajes, que se negaban a quedarse en su lugar. Optó por abandonarlos sobre la cama y se vistió rápidamente, viendo que la ropa que Iori había dejado le quedaba bastante bien.

Probó ponerse de pie. Bajo la protección de las vendas, la herida en su pierna había dejado de sangrar por completo y comenzado a cicatrizar, pero ahora Kyo sintió con claridad que el corte amenazaba con volver a abrirse.

Bufando con fastidio, miró los vendajes. Él no era bueno para eso, nunca lo había sido. Le parecía más práctico no moverse demasiado durante el día para dejar que la herida sanara. Podía quedarse en la cama (dormir un poco más sonaba tentador) o ir a ver algo de televisión a la sala. Después de todo, no le quedaba otra cosa que hacer salvo esperar que Yagami volviera.

Aunque, ¿en verdad esperar a Iori era necesario? Al no tener el poder de su familia, Iori estaba a salvo de Ash Crimson, pero a la vez no poseía ninguna habilidad que pudiera hacerlo «útil» en una futura pelea.

De inmediato, Kyo se sintió culpable al pensar eso. No obstante, su razonamiento tenía lógica, por mucho que le pesara. Mientras buscaba a Yagami por toda la ciudad, la idea de que ambos se enfrentarían a Orochi juntos había sido una posibilidad, pero ahora la situación era distinta.

Si iba a enfrentar a alguien como Ash, que tenía el poder de Orochi de su lado, no podía llevar a Iori consigo, porque con eso sólo conseguiría hacer que el joven corriera un riesgo innecesario.

Y, además, Iori no le había ofrecido su «ayuda» en ningún momento.

Permitirle pasar la noche en su departamento era muy distinto a ofrecerle arriesgar su vida por una causa que no era suya.

Un suave sonido proveniente de su celular lo sacó de sus pensamientos. Al mirar la pantalla, vio que el dispositivo le anunciaba que la batería estaba a punto de agotarse.

Con un suspiro, Kyo se dirigió a la puerta, suponiendo que en el estudio de Iori encontraría algún cargador para el teléfono. Caminó despacio, maldiciendo cada vez que su pierna se negaba a sostener su peso como era debido, y fue gracias a la lentitud de sus pasos que, al pasar por la sala, se dio cuenta de que la puerta que llevaba a la planta superior no estaba cerrada del todo. Rió para sí. ¿Qué significaba eso? ¿Después de la conversación que habían tenido, Iori ya lo consideraba una persona confiable a la que no era necesario cerrarle puertas con llave?

Sintiéndose un poco animado por ese gesto, continuó por el pasillo hasta el estudio y entró despacio. Estaba tal como lo había visto la noche anterior, con la única diferencia de que las consolas se encontraban apagadas y el bajo de Iori estaba dispuesto en un soporte metálico junto a la pared.

Curioso, se inclinó hacia el instrumento para mirarlo de cerca. El logo de Rickenbacker ocupaba el espacio entre las clavijas plateadas y el mástil estaba desgastado a causa de tanto uso. El cuerpo del bajo era de color rojo oscuro y blanco, y Kyo no pudo resistir la tentación de pasar sus dedos sobre las gruesas cuerdas metálicas, mientras evocaba la imagen de Iori la noche anterior, sentado tocando de espaldas a él.

Se sobresaltó cuando, una vez más, su celular lanzó un quejido.

Recordando por qué estaba ahí, Kyo miró a su alrededor, pero todos los cables que vio tenían sólo terminaciones para audio. Se pasó una mano por el cabello, pensando. Si Iori tenía un celular, significaba que debía haber un cargador en algún lugar de ese departamento. Quizá...


De vuelta en la sala y sintiendo sólo la más vaga de las culpabilidades por estar invadiendo la propiedad privada del pelirrojo, Kyo abrió la puerta de vidrio que llevaba al piso superior y miró escaleras arriba. Después de cinco escalones de pulido granito negro, éstas se curvaban hacia la derecha y no alcanzaba a ver más.

Tras mirar cauteloso por sobre su hombro a pesar de saber que no había nadie con él en el apartamento, Kyo inició el ascenso, sujetándose de las barandas laterales con firmeza para no poner peso en su pierna herida.

Con cada peldaño, comenzó a cuestionarse el significado de la puerta sin seguro. Podía tomarse como una muestra de confianza, pero de ninguna manera una invitación. ¿A quién le gustaba tener a un desconocido fisgoneando por la casa? Tal vez Iori pensaba que él sabría comportarse y no subiría. O quizá sabía que subiría y sólo estaba comprobando el tipo de persona que Kyo era. De lo contrario, habría dejado la puerta asegurada o le habría prohibido subir (aunque, la verdad, no se imaginaba a Iori haciendo lo segundo).

Como fuera, si Iori descubría que había ido a la planta superior, él no planeaba negarlo. La necesidad que lo empujaba era genuina y mundana: debía cargar su teléfono y llamar a su padre, porque casi se habían cumplido veinticuatro horas desde su última comunicación, y no quería que los Kusanagi enviaran a alguien a buscarlo pensando que estaba en problemas. No era su culpa que Iori no contara con una línea fija en su apartamento, o al menos no una que él hubiera podido ver.

Una vez arriba, Kyo se tomó un segundo para procesar lo que veía. Estaba en una planta del mismo tamaño que el piso inferior, pero sin muros que delimitaran los espacios. No había ningún tipo de división. Ante él se extendía un piso abierto donde podía reconocer un dormitorio, una sala de estar, una kitchenette y hasta un pequeño gimnasio personal.

Comprendió que, efectivamente, nadie vivía en el piso inferior y que lo más probable era que el tiempo que Iori permanecía ahí, lo pasaba dentro del estudio de grabación. Cuando había pensado que la decoración era muy impersonal, se había debido a eso.

El pálido sol de aquella mañana invernal entraba por los ventanales y creaba un ambiente acogedor, remarcando aún más el contraste entre ambos pisos. Aquí, Kyo pudo ver que en la parte que hacía de alcoba había una guitarra acústica apoyada en la pared junto a la cama, y el velador estaba cubierto por una pila de revistas que, al aproximarse a examinarlas, resultaron ser de bandas musicales y colecciones de acordes.

La combinación acromática de las paredes y el suelo se mantenía, pero al menos había algunas manchas de color rompiendo la monotonía. El cobertor de la cama era de un rojo vino muy oscuro, y los sillones de la sala de suave color arena.

Kyo paseó por el lugar, olvidando por un momento que no debía estar ahí. Disfrutó de los pequeños detalles que le permitían hacerse una mejor idea de la forma de ser del pelirrojo, como una revista sobre autos costosos que encontró entre los libros de acordes y que le hizo sonreír. En el suelo junto a la guitarra, unos desperdigados papeles garabateados con apresuradas partituras le hicieron imaginar a Iori sentado en el borde de la cama, componiendo melodías con la guitarra acústica hasta altas horas de la noche.

Al pasar junto al área que hacía de gimnasio, no pudo contenerse y le dio un satisfactorio golpe a la bolsa de arena que colgaba del techo. El equipo para ejercitarse no era mucho, apenas un banco de pesas y una jaula de barras, pero el amplio espacio libre alrededor le dio a entender que Iori lo usaba para entrenar su técnica de pelea también.

Junto al gimnasio encontró la única área cerrada del piso, que antes no había notado porque era fácil confundirla con la continuación de la pared. Al asomarse por la puerta, se encontró en un cuarto de baño de amplias proporciones, que llamó su atención porque tampoco tenía divisiones, ni siquiera para la ducha, que estaba instalada en una pared y dejaba caer el agua directamente en el suelo de baldosas.

Kyo supuso que alguna imperceptible inclinación del suelo evitaba que el agua fuera por donde no debía, pero no terminó de entender cómo hacía Iori para no acabar salpicándolo todo cada vez.

Cerró la puerta con firmeza, alejándose del baño mientras se decía que no había imaginado al Yagami tomando una ducha, claro que no.

La sala de estar, con sus sillones y la mesilla de centro que tenía por único adorno un cenicero de cristal, no le ofreció nueva información sobre el pelirrojo. El mueble bar que estaba a un lado resultó ser más interesante.

Kyo se encontró mirando una variada colección de licores y vasos con distintas formas para beber cada uno. Sonrió para sí al ver que había una botella de sake, y sólo entonces cayó en la cuenta de que, hasta el momento, no había visto ninguna decoración japonesa en todo el departamento. Se preguntó si, así como hacía con su familia, Iori no le guardaba aprecio al Japón en general.

Aquello lo hizo pensar. El japonés con que Iori hablaba era perfecto, pero tenía una curiosa tendencia a sonar anticuado. ¿Llevaba mucho tiempo viviendo en América? Si era así, ¿cuánto tiempo llevaba sin visitar Japón?

El lamento de su celular en el bolsillo del pantalón le recordó, una vez más, por qué estaba ahí, y Kyo se apartó del mueble bar, dirigiéndose al área que hacía las veces de despacho. Un escritorio de grueso vidrio blanco estaba ubicado frente a una ventana desde donde se podía apreciar el paisaje matutino, y ahí, ¡finalmente!, encontró varios cables que salían de un tomacorriente. Buscó uno que coincidiera con la entrada de su teléfono y, al conectarlo, el pequeño aparato pareció agradecerle con un sonido de alivio, de inmediato cambiando su luz roja moribunda por el parpadeante verde de la esperanza.

Kyo se sentó ante el escritorio y curioseó sus cajones, dando tiempo a que el teléfono cargara un poco, pero no encontró gran cosa. Lo único interesante era una laptop negra ante él.

Levantó la tapa con cuidadosa lentitud, como si pudiera tratarse de una trampa que le estallaría en el rostro, y, cuando nada ocurrió, presionó una tecla al azar.

—No sé qué esperaba —murmuró al encontrarse cara a cara con un pequeño cuadro de diálogo que le pedía una contraseña.

Volvió su atención al teléfono y, sin muchas ganas, lo tomó y marcó el número de su padre. En Japón era de noche ya. Quizá su familia estaría terminando de cenar.

«Kyo», oyó en la línea, y forzó una sonrisa procurando ignorar la facilidad que tenía Saisyu Kusanagi para hacer que su nombre, pese a ser tan corto, sonara como un regaño.

—Padre —saludó, con exagerada animación.

«¿Encontraste a Yagami?». Ésa era la pregunta con que Saisyu empezaba cada conversación, y que siempre llevaba un implícito «seguramente no, porque mi hijo es un inútil».

Hai, hai —dijo Kyo, aún forzando su sonrisa para que ésta se filtrara en su voz.

El silencio del otro lado le indicó que su padre no había esperado esa respuesta.

—Encontré a Yagami. Y te gustará saber que Ash Crimson está en South Town y que ha conseguido una manera de absorber mi poder sin siquiera necesitar tocarme.

«Maldito hijo de perra».

Kyo no pudo más que mostrarse de acuerdo con eso.

«¿Pero está bajo control?»

—Claro que está bajo control, ¿por quién me tomas? —gruñó Kyo—. Podrías ser útil y averiguar alguna manera de contrarrestar ese poder. No es agradable estar en desventaja.

«Preguntaré en la familia», dijo Saisyu con tono grave. «¿Cuál es la situación con Yagami?».

—Hablamos. Lo puse al tanto de los planes de Ash. No hemos acordado nada aún, pero... creo que estará de nuestro lado.

«¿Averiguaste la razón por la que el heredero de los Yagami vive en esa ciudad de mala muerte?», preguntó Saisyu, con sorna ahora.

Kyo sujetó el teléfono con más fuerza.

—La escena musical en South Town parece interesante —respondió burlón.

«¿Qué?».

—No tengo más que decir por el momento. Te llamaré cuando haya novedades.

«Me pondré en contacto con Kei. Si Ash Crimson está en la ciudad, no estará de más contar con otro par de ojos».

A Kyo el involucrar a más personas le pareció innecesario, pero no tenía ganas de discutir.

—Como quieras.

«Ten cuidado con Yagami», agregó su padre. «Aunque acepte estar de nuestro lado esta vez, nunca bajes la guardia ante él. Sabes que los Yagami no son de confiar».

Kyo no consiguió conciliar esas palabras con la forma de ser de Iori, pero no dijo nada.

«Y deja de gastar dinero como si estuvieras de vacaciones».

—Necesitaba un lugar donde dormir —terció Kyo de inmediato.

«Duerme en un lugar más barato. Como si no fuera suficiente con el gasto de la motocicleta...».

Kyo se abstuvo de comentar, porque su padre aún no se enteraba de que aquella «inversión», que contaba con la aprobación oficial de la familia, era ahora una pila de chatarra.

«En fin, buen trabajo encontrando a Yagami», dijo Saisyu con un suspiro, y la inesperada felicitación hizo que Kyo recordara que su padre era un viejo tonto, pero no necesariamente una mala persona. Si había alguien en quien confiaba lo suficiente para intentar averiguar por qué Iori no podía usar su fuego, era él.

—Padre... —empezó, pero no consiguió formular la frase completa. Se dio cuenta de que no quería hablar sobre Iori ni contarle lo que Iori le había confiado. Sintió molestia al imaginar que luego todo el clan Kusanagi se enteraría de que el heredero de los Yagami había nacido sin el poder de las flamas púrpura.

«¿Qué?», preguntó Saisyu cuando él no continuó.

—Nada —se apresuró a decir Kyo—. Te llamaré cuando tenga algo que reportar.

Después de cortar la comunicación, Kyo se recostó contra el respaldo de la silla, mirando hacia el techo. ¿Qué pretendía? Había ocultado información crucial a su padre porque se estaba sintiendo protector hacia Iori, a quien acababa de conocer. ¿Era prudente hacer eso?

—¿Por qué, Yagami? —se quejó, hablándole al vacío, y sintió un poco de calor en las mejillas al rememorar esa primera noche fuera del bar, cuando, al ver que Iori decía que no era un Yagami, su mente había decidido intentar sacar el mejor provecho de esa situación decepcionante, y le había llevado a soltar una invitación impulsiva que no había sido pensada con detenimiento. No olvidaba la expresión de Iori antes de que éste diera media vuelta y lo dejara de pie en medio de la calle sintiéndose como un idiota. Por un breve instante, había creído ver interés en aquellos ojos rojos, pero luego eso no había significado nada porque el interés se había tornado en desdén y Iori había acabado yéndose de todos modos.

Ahora no podía saber qué le había molestado más cuando se enteró de que Iori sí era un Yagami. El que le mintiera sobre su apellido, o que supiera que él era Kyo Kusanagi y que se divirtiera ignorando su invitación.

Sin embargo, después de todo lo que Iori había hecho por él, sentía que no podía reclamarle nada.

Con un profundo suspiro, Kyo vio que a su celular aún le quedaba una hora para terminar de cargar y, como aún era temprano, fue a sentarse en la cama de Iori mientras esperaba.

Hojeó las revistas que estaban en el velador, encontrando algunas entrevistas a Sviesulys que dejó a medio leer al ver que Iori no respondía ninguna de las preguntas. Quien más hablaba era el baterista, un rubio llamado Rokku, que, para su sorpresa, resultó ser el líder de la banda. Al hacer memoria, recordó que había sido ese Rokku quien le preguntó si quería un autógrafo, confundiéndolo con un fan fuera del edificio de la sala de ensayos.

Miró las fotos del grupo detenidamente y concluyó que Iori estaba decidido a asumir un papel discreto dentro de la banda. En las fotos solía aparecer detrás de los otros músicos, evitando hacer poses exageradas como el resto.

Aún así, era imposible no prestarle atención, con ese cabello tan rojo como la sangre y el aire misterioso que lo rodeaba.

Kyo gruñó al darse cuenta de que llevaba un buen rato con sus pensamientos girando en torno a Iori.

Cerró los ojos, procurando pensar en otras cosas, como qué hacían sus amigos en Japón, o cómo se entretenía su novia en su ausencia (había olvidado responder a su mensaje, así que muy probablemente debía estar tramando la mejor forma de matarlo), y qué sería lo primero que haría cuando consiguiera acabar con la amenaza de Orochi. South Town no le agradaba, pero ya no tenía tantas ganas de irse como en los primeros días. ¿Quizá podría tomarse unas vacaciones?

Respiró hondo y sintió un vago aroma que le recordó al pelirrojo; sin embargo, en él percibía tenues notas de fuego y de sangre, y concluyó que sólo se trataba de su imaginación. 


 

El ensayo había terminado, pero Iori seguía sacándole algunas melodías al bajo y Rokku lo miraba sentado aún detrás de la batería, haciendo girar una de las baquetas distraídamente entre sus dedos.

—Entonces —dijo Rokku.

Iori lo observó sin dejar de tocar. Rokku era un joven rubio, menor que él, con tendencia a no saber cuándo callarse y a emocionarse por tonterías. El público lo adoraba a pesar de que durante los conciertos solía quedar empequeñecido y apenas visible entre las partes y platillos de la batería.

El primer recuerdo que Iori tenía de él era su expresión extasiada por haber encontrado a otra persona que también tenía irises rojos.

En ese momento los ojos rojos de Rokku estaba fijos en él, expectantes.

—Ese chico japonés de ayer. ¿Te acostaste con él?

Por un largo rato sólo se oyeron las notas del bajo. En la banda, ninguno de los miembros tenía reparos en comentar sobre la vida sexual de los otros, estaban al tanto de los one night stands de Iori, y se empeñaban en hacerle preguntas que nunca recibían respuesta.

El muchacho rubio accionó el pedal del bombo algunas veces, marcando el ritmo para Iori, pero lo dejó al cabo de unos segundos.

—Es extraño ver japoneses «de verdad» frecuentando esta parte de la ciudad. Bueno, aparte de ti, claro —insistió Rokku con una sonrisa—. Y ese chico estaba de buen ver. Mejor que los dos últimos, en mi opinión. Shun’ei nos contó que se llama Kyo ¿Y sabes qué le dijo Kyo cuando te buscaba? Que te necesitaba. ¿No es adorable?

Iori siguió tocando, como si no hubiera oído una palabra.

—Quieres que me calle, ¿verdad? —rió Rokku, levantándose y estirándose para relajar sus brazos después de aquella larga sesión en que habían ensayado todo el setlist para la siguiente presentación, que tendría lugar dentro de un par de días en Soterrani. Rokku tomó una toalla que colgaba de uno de los parantes de los micrófonos y se secó el rubio cabello—. Ayer nos preocupamos cuando oímos esa explosión en la dirección que ustedes habían tomado. ¿Estaban cerca?

Iori le concedió una suave negación de cabeza a modo de respuesta.

—Bien, porque no te podemos perder antes del concierto —sonrió el joven, haciendo un guiño y dirigiéndose al otro ambiente, donde sus compañeros esperaban.

A solas, Iori cerró los ojos mientras continuaba pulsando las cuerdas, el sonido volviéndose impaciente y deteniéndose con brusquedad. Cuando volvió a abrir sus ojos, en su rostro había una expresión molesta.

Dejó el instrumento en su estuche y se dirigió a sus compañeros, que lo miraron con leves sonrisas entretenidas, de seguro porque Rokku se había encargado de ponerlos al tanto sobre lo que él pensaba que había pasado con Kyo.

Iori no pretendía dar explicaciones sobre el Kusanagi, pero no podía tener a los miembros de su banda, y a Shun’ei, hablando con tanta ligereza sobre Kyo cuando Ash y sus compañeros debían estar intentando encontrarlo. Sabía que era poco probable que Ash Crimson diera con su apartamento, porque éste estaba registrado bajo un nombre ficticio que nada tenía que ver con él o la familia Yagami, pero no quería que sus compañeros terminaran involucrados en ese problema por estar hablando de más.

—El asunto con Kyo es complicado —dijo, optando por recurrir a medias verdades, mientras sus compañeros lo miraban sin dar crédito a lo que oían, de lo poco acostumbrados que estaban a que Iori compartiera información sobre sus asuntos personales—. No mencionen su nombre.

—¿Por qué? ¿Huyó de casa? —preguntó Rokku saltando felizmente a conclusiones erróneas y recordándole un poco al Kusanagi.

—¿Tiene problemas con la policía? —ofreció Alfred, el guitarrista de la banda, sus ojos castaños mirándolo con sincero interés.

El vocalista, Kohi, hizo su aporte entonces:

—¿Es un fugitivo que huyó de Japón y vino a Estados Unidos y te pidió ayuda porque lo persiguen las triadas?

Iori no corrigió ninguna de las hipótesis y tampoco se molestó en aclarar que las triadas eran chinas, no japonesas. Las ideas de sus compañeros, aunque erradas, servían para sus propósitos.

—Si alguien pregunta por Kyo estos días, no digan nada al respecto —dijo simplemente.

—¿Debemos avisarte si lo hacen? —preguntó Rokku.

Iori lo pensó un momento y asintió.

—¿Y si preguntan por ti? —inquirió Kohi, llevándose una mano a la barbilla con gesto pensativo—. Después de todo, si se enteran de que estás ayudando a un fugitivo...

—Pueden decirles que yo los encontraré —dijo Iori, sus compañeros extrañándose ante el tono amenazante que captaron en su voz.

—Esto es emocionante —dijo Rokku, mirando a los otros músicos—. Debemos acordar un nombre clave para Ky...

Iori no escuchó más. Fue por su gabardina y a los pocos segundos tomaba el elevador que lo llevaría al parking. Había decidido dejar que los otros músicos se encargaran de lidiar con los fans reunidos frente a la puerta del edificio ese día. La cantidad de fans que estaban al tanto de que ellos ensayaban ahí se mantenía relativamente baja, pero Iori sabía que llegaría un día en que la situación se haría insostenible y tendrían que cambiar de sala de ensayos otra vez. Aunque, viendo el lado positivo, eran esos fans y la información que compartían en foros y redes sociales los que habían permitido que Kyo lo encontrara. No le cabía duda de que el Kusanagi jamás lo habría hallado si hubiese seguido buscando a un Yagami, pero encontrar a «Iori» de Sviesulys era mucho más fácil.

No pudo evitar una risa de desprecio contra sí mismo al pensar que había sido delatado por un estúpido colgante que ni siquiera recordaba.

Al subir al GT-R, percibió el rastro del olor de la sangre de Kyo. A pesar de que había hecho limpiar el asiento del pasajero durante la tarde anterior, el aroma permanecía. Y, por algún motivo, no se le hacía un aroma desagradable.

Antes de encender el motor, hizo una breve llamada a Shun’ei. No necesitó entrar en detalles; bastó con decirle al DJ que dejara de hablar de Kyo, y que le informara si alguien iba a Soterrani preguntando por el castaño. Shun’ei, percibiendo la seriedad de su voz, prometió que haría ambas cosas, y eso fue todo.

El trayecto de vuelta al departamento le tomó apenas unos minutos. Se repitió varias veces que la excesiva velocidad a la que recorrió las calles y avenidas nada tenía que ver con el Kusanagi.


En la habitación de invitados, Iori encontró la cama sin hacer y los largos vendajes olvidados entre las sábanas. La ropa que Kyo había usando durante la noche estaba tirada al descuido dentro del armario, cuyas puertas seguían entreabiertas.

En la cocina, Iori encontró la taza de café sin lavar. Frunció el ceño, comenzando a reconocer un par de patrones bien definidos en el comportamiento de Kyo; primero, no sabía cuidarse a sí mismo, y, segundo, el Kusanagi debía haber tenido gente sirviéndole toda su vida.

Recorrió el apartamento sólo para confirmar que Kyo no estaba en esa planta. Se detuvo al pie de las escaleras preguntándose qué pasaría si subía a su habitación y el Kusanagi no estaba ahí tampoco. Siempre cabía la posibilidad de que el joven se hubiese marchado.

La segunda opción lo hizo sentir algo desagradable. Se vio a sí mismo yendo tras Kyo, buscándolo por toda la ciudad como Kyo había hecho con él. Y, en su imaginación, la molestia que sentía hacia Kyo era muy intensa.

Negó para sí, comenzando a subir los peldaños, y pronto se dio cuenta de que sus pensamientos de segundos atrás habían sido innecesarios.

El Kusanagi estaba acostado muy cómodo en su cama, sus ojos cerrados, los brazos cruzados detrás de la cabeza; se había posicionado para que los rayos del débil sol de invierno que entraban por la ventana cayeran justo sobre él. En sus oídos tenía puestos unos pequeños auriculares, y Iori vio que sobre su pecho descansaba el reproductor digital donde él guardaba los demos de Sviesulys. No necesitó mirar el velador para saber que Kyo había estado fisgoneando en los cajones.

En ese momento las piernas del joven colgaban por el borde de la cama y Kyo estaba marcando el compás de la música rítmicamente con el pie, dando suaves golpes contra el suelo. Estaba relajado y a gusto, y Iori se acercó despacio sin hacerle notar su presencia, echando una mirada al departamento por si algún objeto fuera de lugar hacía evidente que Kyo había pasado husmeando también por ahí.

La dotación de licores estaba intacta. Las revistas de música que mantenía en el velador ahora estaban repartidas sobre la cama. Los cables en su escritorio daban señales de haber sido manipulados, y pronto reconoció el teléfono de Kyo conectado en un extremo.

Volvió a mirar al Kusanagi. Sabía que aquella descarada intrusión debía molestarle. Si se hubiera tratado de cualquier persona, ya la habría echado. Pero, si se hubiese tratado de cualquier otra persona, no habría dejado la puerta sin asegurar. Sus motivos al hacerlo no habían estado claros. Ahora mismo tampoco podía decir qué había pretendido lograr.

Pasó un largo rato de pie observando a Kyo. El tiempo suficiente para ver que el joven sonreía cuando un pasaje en una canción le agradaba. Y también para notar que la herida en su pierna había sangrado un poco y dejado una mancha en los pantalones grises que el joven llevaba. Era de esperarse; después de todo, Kyo no sólo no había vendado la herida, sino que había subido un largo tramo de escaleras ignorando el hecho de que el corte era profundo y aún estaba demasiado fresco. ¿Qué pretendía teniendo tan poco cuidado? ¿Estar en desventaja la siguiente vez que tuviera que enfrentarse a Ash Crimson? ¿O acaso le gustaba estar cubierto de heridas? Porque al vendarlo la tarde anterior, Iori había visto cicatrices de viejas lesiones por toda su piel, demasiado numerosas para alguien que aseguraba ser muy bueno peleando.

Kyo se movió entonces, abriendo los ojos para tomar el reproductor de música y presionar un botón para repetir una canción. Se tardó medio segundo en notar que Iori estaba ahí, y cuando alzó la mirada y lo vio de pie ante él, de alguna manera consiguió mantener la calma. No hubo dramáticos sobresaltos ni exclamaciones de sorpresa. Concentrado en la música de Sviesulys, había perdido la noción del tiempo; no había nada que pudiera hacer al respecto, salvo encarar a Iori.

Kyo se sacó los audífonos, apagando el reproductor e incorporándose de inmediato, quedando sentado en el borde del colchón.

—Iori, lo siento, yo... —intentó disculparse, comenzando a ponerse de pie, sabiendo bien que estaba en falta.

—No te levantes —fue todo lo que dijo el pelirrojo, cortándolo en seco.

Kyo obedeció, confuso, sin entender por qué Iori no estaba diciéndole que se fuera de ahí. Siguió al pelirrojo con la mirada cuando éste se quitó la gabardina y fue a colgarla en el armario. Vio que la camiseta que Iori llevaba no era como la ropa simple que utilizaba cuando estaba en casa; la tela gris estaba decorada con patrones oscuros, y se ceñía estrechamente a su torso, remarcando sus hombros anchos y su cintura angosta.

—Sólo quería cargar mi teléfono y... me distraje en el camino... —dijo Kyo, y, a pesar de que era la verdad, aquello le sonó a excusa patética.

—Está bien.

Kyo parpadeó.

—¿No estás molesto? —se aventuró a preguntar.

Iori no respondió, pero Kyo tuvo la impresión de que cerraba las puertas del armario con demasiada fuerza.

Al ver que Iori desaparecía dentro del cuarto de baño, Kyo se apresuró a guardar el reproductor de música en el cajón de donde lo había sacado, y dejó las revistas tal como las había encontrado sobre el velador. Ya se había puesto de pie para ir por su celular y salir lo más pronto posible de ahí, cuando Iori volvió a aparecer, llevando en sus manos un botiquín transparente que a Kyo se le hizo familiar.

—Siéntate —ordenó Iori, con la voz de alguien que espera ser obedecido.

Viendo que en verdad el pelirrojo no estaba molesto por haberlo encontrado ahí y que, al contrario, iba a atender sus heridas de nuevo, Kyo tomó asiento en una de las esquinas de la cama. Sintió cómo el colchón se hundía cuando Iori se sentó detrás de él.

—Quítate la camiseta.

—El hombro ya está bien —se apresuró a decir Kyo, haciendo un movimiento circular con su brazo para demostrarlo, y sólo consiguiendo producirse una dolorosa punzada—. No es necesario vend... —Kyo calló cuando sintió los dedos de Iori examinando su hombro, aplicando una firme presión que hizo que el dolor se calmara un poco.

—La camiseta, Kyo —dijo Iori.

Kyo hizo lo que el Yagami pedía, pero no dejó de protestar.

—No pierdas tiempo con eso, de todos modos no pienso moverme mucho... —alcanzó a decir, antes de caer en el silencio de nuevo al sentir el contacto de aquellos dedos, tibios e increíblemente gentiles, esta vez sobre su piel, tanteando para comprobar que la inflamación hubiese disminuido.

Kyo apretó los dientes cuando Iori volvió a hacer presión. Y sintió un escalofrío cuando los dedos del pelirrojo bajaron por su espalda, siguiendo la línea de su columna, como en una caricia, deteniéndose a la altura de su cintura.

—¿Duele? —preguntó Iori, sus dedos apoyados en una marca purpúrea que cubría toda la espalda baja de Kyo, causada por el rodillazo de Ash.

—No —murmuró Kyo, sin sentir dolor, sólo la punta de los dedos de Iori rozando su piel. Clavó la mirada en el suelo, siendo muy consciente de que su corazón había decidido comenzar a latir con más fuerza, por alguna razón.

Kyo contuvo el aliento cuando sintió que Iori recorría unas viejas cicatrices que se extendían en perfecta línea recta a lo largo de su espalda, a espacios regulares.

—¿Quién te hizo esto? —preguntó Iori entonces.

Kyo suspiró, costándole encontrar las fuerzas para responder, de lo desagradable que había sido la experiencia que le había dejado aquellas cicatrices. Iori no insistió. Comenzó a vendarle el hombro con movimientos firmes y eficientes. De cuando en cuando, Kyo alcanzaba a sentir la respiración del joven cerca de su cuello.

—Hace algunos años una organización intentó encontrar la manera de inocular mi poder en otras personas —se encontró diciendo Kyo de pronto, su mirada aún fija en el suelo—. Eso requirió tenerme prisionero una temporada en un laboratorio mientras hacían... pruebas... Por eso las cicatrices. —Kyo se interrumpió porque no pudo evitar soltar un «ow» cuando Iori aplicó demasiada fuerza al vendaje.

—¿Permitiste que te tuvieran prisionero? —inquirió Iori, y hubo verdadera molestia en su voz, como si pensara que Kyo era idiota por dejarse atrapar.

A Kyo sólo le quedó sonreír con amargura.

—Perdón si te ofende que no sea inmune a los sedantes —dijo con sarcasmo.

Kyo se pasó una mano por el cuello, recordando el pinchazo de una aguja y cómo el mundo —la calle por la que andaba, la gente a su alrededor— se había vuelto brumoso a su alrededor y luego negrura absoluta. Horas, o días, después, había despertado en un lugar desconocido, rodeado de tubos y agujas que entraban a su organismo a través de incisiones hechas por todo su cuerpo.

Volvieron a quedar en silencio. Kyo no supo si era su imaginación, o si los movimientos de Iori estaban siendo un poco más bruscos. No se quejó. Se concentró en el ocasional roce de las manos de Iori contra su piel.

Su hombro pronto estuvo vendado y Kyo sintió una leve decepción cuando Iori se levantó de la cama, porque el contacto con el pelirrojo había sido agradable.

Pero Iori no se alejó. Sólo lo rodeó para sentarse en el suelo ante él y alzar la pernera de su pantalón, revelando el corte justo por encima de su rodilla, la piel cubierta de rastros de sangre seca.

—Al final los destruí —dijo Kyo con voz queda, y cuando Iori alzó la mirada hacia él le sonrió con falso orgullo—. A la organización, por completo. De su laboratorio sólo quedaron cenizas.

—¿Antes o después de que consiguieran lo que querían?

Kyo pensó su respuesta un momento. ¿Era una simple pregunta, o Yagami estaba sugiriendo que...?

—Los sujetos de pruebas no pudieron controlar el fuego y murieron. Sólo uno sobrevivió, porque estamos emparentados y su cuerpo no reaccionó tan mal.

Iori no dijo nada a eso, y Kyo lo observó mientras humedecía un trozo de algodón con desinfectante para luego limpiar el borde de la herida. Kyo aguantó el ardor, sin conseguir adivinar qué pasaba por la mente del pelirrojo.

—Si el método que usaron durante ese experimento hubiese sido conservado... Si hubiera manera de reproducirlo, ¿te... interesaría? —preguntó Kyo con cautela tras vacilar unos segundos, su voz baja, su mirada fija en el rostro de Iori.

Iori ni siquiera se tomó un momento para considerarlo; negó con firmeza, dejando el algodón ensangrentado a un lado.

—No quiero tu fuego —dijo con desprecio, buscando más vendajes.

—¿Pero querrías el tuyo?

Iori se quedó quieto al oír eso y entrecerró los ojos un poco fastidiado. Llevaba años sin pensar en el fuego púrpura, pero había bastado encontrarse a un Kusanagi una noche fuera de un bar para que eso cambiara por completo. Dejó que Kyo interpretara su silencio como le diera la gana.

Al terminar de vendar, Iori se levantó y fue a dejar el botiquín en el cuarto de baño. Kyo murmuró un «gracias» a la nada y aprovechó para volver a ponerse la camiseta e ir a buscar su celular. Encontró que había recibido más mensajes de su novia y, sintiéndose un poco culpable por estar pensando más en cierto Yagami que en ella, respondió con un corto texto y una carita feliz.

Cuando se volvió, Iori estaba en el mueble bar, sacando dos vasos de cristal. El pelirrojo le hizo un gesto para que tomara asiento en los sillones, y Kyo asintió, yendo hacia él y dejándose caer en el sofá de tres cuerpos, aliviado al ver que Iori iba a permitirle quedarse ahí.

Kyo observó a Iori mientras éste miraba detenidamente las botellas del mueble. Reflexionó sobre lo difícil que se le hacía mantener una conversación con el pelirrojo. La frase más inofensiva podía ser tomada a mal. A pesar de que intentaba tener cuidado, hablar con Iori era como moverse por un campo minado; ya más de una vez había visto cómo los ojos de Iori se entrecerraban por culpa de una palabra mal dicha. Era cierto que cuando la molestia se manifestaba no duraba mucho, o era rápidamente controlada, pero, de todos modos, Kyo tenía la permanente impresión de que llegaría un momento en que haría que Iori perdiera la paciencia por completo, aunque no fuera de forma intencional.

Yagami no le preguntó qué quería tomar. Sacó una botella dorada de etiqueta azul, y sirvió dos dedos de whisky para cada uno y luego un poco más. Kyo sintió que el intenso aroma de la bebida llegaba hasta él mucho antes de que Iori le entregara uno de los vasos.

Se sorprendió cuando Iori se sentó a su lado, y no en los sillones libres.

Iori tomó un corto sorbo de la bebida y luego sacó su teléfono del bolsillo.

—¿Qué quieres comer? —dijo, mirando la pantalla, descuadrando a Kyo por completo con aquella pregunta, cuya trivialidad la hacía sonar fuera de lugar.

Sin embargo, Kyo se recuperó con rapidez.

—¿Salmon shioyaki? —ofreció, en lo que era una clara broma, porque suponía que la idea de Iori era pedir comida rápida y poco complicada.

Iori sólo asintió, ingresando algo en la pantalla del móvil y luego dejando el aparato sobre la mesilla de centro.

Kyo se le quedó mirando. Acto seguido, se llevó el vaso de licor a los labios y tomó un muy largo sorbo. El licor le quemó la garganta, pero lo necesitaba. Tenía que estar un poco menos sobrio para poder lidiar con Yagami, porque, aunque se sentía a gusto en su compañía, relajarse se le hacía imposible. Cuando sus acciones eran amables o consideradas, Iori lo confundía demasiado y no sabía qué pensar ni cómo reaccionar.

Cerró los ojos, disfrutando del calor de la bebida invadiendo su interior. No tardó en notar que comenzaba a sentirse más tranquilo, e imaginó el alcohol pasando a su sangre a gran velocidad por estar bebiendo con el estómago vacío.

Cuando abrió los ojos, Iori encendía su infaltable cigarrillo. 

Kyo miró la llama azul-anaranjada del mechero.

—Anoche dijiste que podía preguntar... —dijo Kyo tras un titubeo.

Iori asintió sin mirarlo, exhalando una bocanada de humo. 

—¿Te... molesta? No tener fuego, quiero decir.

—Ya no —fue la respuesta.

—¿Has intentado...? —Kyo bajó la mirada un momento, buscando las palabras adecuadas.

—Hasta el día de su muerte, mi padre usó todos los medios y métodos disponibles para intentar rectificar este «problema», y nada dio resultado —habló Iori cuando Kyo no supo cómo continuar—. Si estuviera vivo, habría mostrado mucho interés en ese ofrecimiento tuyo.

—¿Pero tú no?

—No quiero tu fuego —repitió Iori con lentitud.

—Si no se tratara de darte mi fuego, sino de usarlo como un catalizador para manifestar el tuyo... —Kyo calló cuando Iori le lanzó una mirada molesta—. Dijiste que podía preguntar —le recordó.

—Especular no es preguntar.

Kyo frunció el ceño ante eso y bebió un poco más de whisky.

—Parece que se te hace muy difícil —comentó Iori, mirándolo beber.

—¿Qué?

—Entender que no me interesa. Que no me considero un Yagami. Que no te mentí cuando dije que no era quien buscabas.

—Sí, pero... Lo eres, ¿no? —preguntó Kyo—. De lo contrario no estaríamos aquí. Además, permito que digas que quieres matarme porque eres el único que tiene derecho a eso —señaló, una sonrisa arrogante asomando a sus labios—. Porque eres el Yagami al que yo debo enfrentar.

Por un buen rato, Kyo se vio bastante satisfecho consigo mismo por haber presentado tan sólido argumento.

—Sería lamentable que tú fueras lo que me define como un Yagami  —dijo Iori con desprecio.

Kyo no supo si debía tomarse eso como algo bueno o malo, pero las palabras de Iori lo hicieron sonreír.