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Ocasiones imaginadas

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Iori terminó de guardar su bajo, depositando el instrumento con cuidado en el fondo del estuche negro. Con lentitud, comenzó a enrollar el largo cable del instrumento, una rodilla apoyada en el polvoriento suelo del escenario. A su alrededor, iluminados por luces tenues, los otros miembros de la banda estaban en poses similares, guardando guitarras, desmontando la batería y llevando las piezas a la camioneta que esperaba por ellos fuera del bar.

El show de esa noche había acabado hacía unos minutos, y el público se había dispersado en ese pequeño sótano que funcionaba simultáneamente como bar y sala de conciertos, que ostentaba el poco inspirado nombre de Soterrani. No había demasiada gente porque la banda no era conocida, pero el rumor de las conversaciones mezclándose con la música electrónica que salía de los parlantes creaba una atmósfera agradable, adecuada para el lugar.

—Hey, Iori, gracias por la ayuda. Te debemos una —dijo el vocalista con una sonrisa amigable mientras pasaba por su lado, su bolso cruzado sobre el pecho. Hizo un gesto para despedirse de Iori con una palmada en el hombro, pero luego pareció pensarlo mejor y simplemente dijo adiós con la mano.

Iori se limitó responder con un leve asentimiento, que repitió una vez más cuando el baterista y el guitarrista se retiraron también, llevando consigo los instrumentos.

—¿Estás seguro de que no quieres venir con nosotros? Hay espacio de sobra —ofreció el guitarrista una última vez antes de dirigirse a la salida reservada para los músicos.

—No es necesario —dijo Iori sin alzar la vista.

—Está bien. Que te diviertas —sonrió el guitarrista, asumiendo equivocadamente que Iori planeaba quedarse en el bar a pasar un buen rato.

Iori no sabía sus nombres. Los había conocido aquella tarde, a través de un contacto en común. La banda necesitaba a un bajista de reemplazo que pudiera aprenderse las canciones del setlist en un par de horas, y Iori no había tenido planes para aquella noche. Había aceptado por pasar el rato, a pesar de que la paga era mínima.

Aprenderse las canciones había resultado más simple que intentar recordar los rebuscados sobrenombres de los miembros de la banda.

El joven se puso de pie, el estuche del bajo colgando de un hombro. Algunas miradas curiosas se posaron en él —de mujeres, principalmente, aunque más de un chico lo observó con interés. Tener el cabello rojo y llevar una vestimenta recargada no era inusual en el circuito de bares de South Town, y tampoco se podía decir que su metro ochenta de estatura estuviera demasiado por encima del promedio, pero Iori no dejaba de atraer miradas dondequiera que fuese porque los estadounidenses simplemente no estaban acostumbrados a ver esa combinación tan particular en una persona de rasgos asiáticos.

O, como aseguraba Shun’ei, el DJ de Soterrani, quizá las miradas se debían a que Iori tenía el aspecto de alguien que podía matarlos a todos con las manos desnudas, si lo provocaban lo suficiente.

Como invocado por sus pensamientos, mientras daba media vuelta para irse, Iori vio por el rabillo del ojo que dicho DJ hacía gestos desde su consola intentando llamar su atención.

Sabiendo que la estrategia más razonable era ignorarlo por completo, el pelirrojo se dirigió a las escaleras que llevaban a la puerta de salida, mientras buscaba una cajetilla de cigarros en el bolsillo de su largo abrigo color vino.

El DJ se materializó de la nada ante él, cortándole el camino con una enorme sonrisa satisfecha en los labios. Su cabello teñido de verde estaba un poco revuelto, y los grandes auriculares que usaba mientras pinchaba discos colgaban un poco torcidos de su cuello.

—Tienes un fan —anunció el joven e, ignorando la mirada fastidiada del pelirrojo, alzó una mano y señaló de manera nada discreta hacia un punto específico del bar.

Iori no se volvió para mirar a dónde señalaba, pero por el rabillo del ojo percibió que se trataba de un joven. Dio un paso para seguir su camino, y Shun’ei retrocedió un paso, la sonrisa sin irse.

—Parece que el pobre ha tenido un mal día, podrías invitarle algo de beber —insistió el DJ, que era inmune a las miradas amenazantes de Iori porque, según decía, hacía mucho tiempo había hecho las paces con la idea de que un día tenía que morir, y le daba igual si era por vejez o por hacerle perder la paciencia al pelirrojo.

Iori dio otro paso y Shun’ei admitió que, considerando que detrás de él había una escalera empinada, seguir cediendo terreno paso a paso iba a resultar bastante incómodo, así que suspiró e hizo un exagerado gesto de resignación.

—Te advierto que si no vas donde ese chico, iré yo y le diré que te alcance en la puerta trasera —amenazó.

—Haz lo que quieras —respondió Iori, avanzando un paso más, Shun’ei finalmente apartándose con un leve mohín.

El callejón al que desembocaba la puerta trasera del bar estaba húmedo y desierto. Aquel invierno había sido particularmente frío, pero el aire fresco de la calle fue bien recibido por el pelirrojo, en especial después de pasar tantas horas en el ambiente caliente y viciado del bar.

Sin apuro, sacó la arrugada y casi vacía cajetilla de cigarros y se llevó uno a los labios, prendiéndolo con un gastado encendedor plateado. Mientras daba las primeras caladas, se tomó un momento para acomodar la correa del estuche del bajo en su hombro, y luego, al mirar hacia la calle principal, se encontró gruñendo una maldición porque Shun’ei había cumplido su amenaza: una figura esperaba por él al final del callejón.

A pesar de la distancia que los separaba, y aunque la iluminación de los faroles de la calle no era muy intensa, reconoció a la persona que Shun’ei le había señalado en el bar: un joven castaño de rasgos orientales, casi con certeza japonés, que lo observaba con interés, pero también con cierta cautela.

Iori echó a andar hacia la calle principal y, por ende, hacia el joven. Dentro del bar lo había ignorado para no darle alas a Shun’ei en su empeño de buscarle «compañía», pero no se oponía en absoluto a la idea de los one night stand. Los bares eran un gran lugar para encontrar gente dispuesta a pasar la noche con él y ser olvidada al día siguiente.

A medida que se acercaba, comprendió a qué se había referido Shun’ei con lo de «tener un mal día». El joven castaño se veía como si hubiese sufrido un leve accidente de tránsito, o estado en una pelea callejera. No tenía heridas graves que pudiera ver, pero había un rasguño en su mejilla y un corte aún fresco a la altura de la clavícula. La chaqueta blanca que llevaba estaba manchada como si se hubiese (¿lo hubieran?) revolcado en el suelo, y sus jeans oscuros estaban desgarrados a la altura de la rodilla derecha, dejando a la vista una magulladura considerable.

Iori no pudo evitar mirar su rostro detenidamente. Se encontró con los ojos castaños del joven fijos en él, y en ellos había una curiosa mezcla de determinación y recelo, esperanza e incertidumbre. La esperanza y la incertidumbre podía entenderlas (es decir, si realmente se trataba de un «fan», como Shun’ei aseguraba). Pero el recelo que veía en el rostro del castaño era un poco desproporcionado para la situación. El joven parecía estar esperando algún tipo de agresión sólo por haberse atrevido a abordarlo. Hasta tenía los puños cerrados con fuerza, como si estuviera en guardia, aunque el resto de su postura pretendiera disimularlo.

Se observaron en silencio, pero ninguno habló, y Iori pasó delante del joven sin detenerse, decidiendo que esa noche no tenía ganas de lidiar con un japonés potencialmente problemático que no sabía mantener a raya, o al menos disimular, sus emociones.

No había terminado de alejarse ni tres pasos cuando oyó un: «Hey, espera. ¿Puedo hablar contigo un momento?» en un perfecto japonés cuyas partículas bordeaban la descortesía, pero que, debido al suave, profundo tono con que hablaba el joven, no resultaban tan agresivas como hubiera podido esperarse.

Iori se volvió despacio. El joven mantenía su distancia y seguía en guardia, pero la determinación en su rostro se había acentuado.

—Me llamo Kyo —dijo el joven manteniéndole la mirada sin esfuerzo, y, tras un momento de duda, continuó—: Kyo Kusanagi.

Iori no permitió que su rostro expresara ninguna emoción al oír y reconocer el nombre del joven.

—¿Bien por ti? —respondió con sarcasmo cuando el silencio se alargó y el castaño no siguió hablando.

Fue casi gracioso ver que el joven no sabía cómo reaccionar ante eso. ¿Debía molestarse por la burla? ¿Dejarla pasar? ¿Responder con algo ofensivo?

Al final, el castaño se decidió por la opción más prudente. Sonrió con leve molestia, pero aliviado de haber recibido una respuesta. Y, lo que era mejor aún, en japonés.

—Estoy buscando a alguien —dijo Kyo, y, tras un titubeo, dio un paso hacia Iori—. Se apellida Yagami.

Una vez más, el rostro de Iori continuó impasible incluso al oír su propio apellido en labios del joven. No dijo nada, esperando que Kyo continuara hablando. Se llevó el cigarrillo a los labios y fumó, mirando a Kyo con calculado desinterés, mientras el castaño lo recorría con la mirada también.

El nombre «Kusanagi» le había revelado muchas cosas sobre ese joven, a pesar de que era la primera vez que lo veía. Algunos recuerdos de su niñez que se había esforzado en olvidar vinieron a su mente; le pareció oír ecos de voces que le hablaban sobre la enemistad ancestral de los Kusanagi y los Yagami, y cómo él estaba destinado a matar al heredero enemigo, o morir en sus manos. Y poco a poco, alzándose por encima de todas las voces, oyó a su propio padre acusándolo de no ser digno de llevar el apellido Yagami y de ser una vergüenza para el nombre de la familia.

Iori exhaló una bocanada de humo, dominando sus pensamientos y extinguiéndolos sin esfuerzo, sabiendo que todo aquello estaba en el pasado y que había quedado atrás cuando había abandonado Japón, hacía años.

Vagamente, recordó que le habían enseñado a odiar la sola existencia del joven que tenía delante, pero descubrió que no era odio lo que sentía mientras lo miraba. Una creciente sensación de desagrado comenzaba a invadirlo, nada más. Eso, y una apagada rabia al recordar que el Kusanagi era capaz de invocar y controlar llamas de fuego a voluntad.

—... sé que fue visto en esta área de la ciudad —estaba diciendo Kyo en ese momento, sin haber notado la agitación interior que había embargado a Iori, ni el hecho de que lo había reconocido—. No tengo una descripción exacta, y ni siquiera he conseguido averiguar su nombre. Sé que su cabello es rojo y que debe tener alrededor de veintidós años. Pero, hasta el momento, tú eres el único pelirrojo japonés con el que me he cruzado y... tenía que preguntar.

Iori dio una calada a su cigarrillo mientras negaba lentamente. A través del humo, vio la expresión suspicaz y luego decepcionada de Kyo, pero ésta duró un par de segundos y luego su determinación estaba de vuelta. Iori tuvo la seguridad de que el joven era muy capaz de asegurarle que él era quien decía que no era, e insistirle hasta hacerlo entrar en razón. Eso, o anunciarle que no había creído su respuesta en absoluto.

Pero, para su sorpresa, Kyo no hizo ni lo uno ni lo otro. Simplemente asintió para sí.

—Lástima —dijo el joven, mirando a su alrededor, a la calle desierta, como si ahí fuera a encontrar mágicamente al Yagami que buscaba—. Una última cosa y te dejaré en paz, ¿podría ver tu mano? —pidió.

Iori sostuvo el cigarrillo con los labios y, sin poder explicarse del todo por qué lo hacía, le ofreció su mano derecha al joven, conociendo perfectamente bien las intenciones del castaño: confirmar su identidad haciendo resonar sus energías. En teoría, si él era un Yagami, debía tener el poder de controlar un fuego de color púrpura, así como Kyo podía invocar llamas anaranjadas. La naturaleza común y a la vez disímil de sus llamas causaría una sensación imposible de disimular en el momento en que ocurriera un contacto físico entre ellos.

Estaba claro que Kyo sospechaba que, a pesar de su negativa, él era la persona que buscaba. Si algo bueno iba a salir de ese encuentro, era que disfrutaría de la decepción que Kyo estaba a punto de llevarse.

Cuando Kyo alzó sus manos, Iori vio que una de las mangas de su chaqueta estaba rasgada y quemada. En su brazo tenía una herida propia de una caída violenta sobre concreto.

—Me caí de la moto viniendo hacia aquí, nada grave —dijo Kyo al verlo mirar sus heridas.

Iori iba a hacer un comentario sarcástico al respecto, pero calló porque en ese momento las manos de Kyo se cerraron alrededor de la suya. Su piel era suave y se sentía cálida en el frío de la noche.

Kyo frunció el ceño cuando nada ocurrió. Su rostro adoptó una expresión cercana a la acusación, como si sus manos y la de Iori estuvieran sufriendo un mal funcionamiento.

Iori admiró la absoluta confusión de Kyo por unos segundos, preguntándose por qué el joven Kusanagi había estado tan seguro de que él era quien buscaba.

Y, de nuevo sin poder explicar su propio comportamiento, siguió fingiendo ignorancia y miró a Kyo interrogante.

—¿Qué haces? —preguntó, las palabras un poco arrastradas por seguir sosteniendo el cigarrillo entre los labios.

—Costumbre japonesa —dijo Kyo como excusa finalmente, dejando ir su mano. La sonrisa ligera que le dedicó no consiguió ocultar su enorme decepción.

Bullshit —dijo Iori.

Kyo buscó alguna frase en inglés con la cual responder a eso, pero luego decidió que era mejor no dejarse en ridículo ante ese desconocido con sus limitados conocimientos del idioma.

—Lamento haberte hecho perder el tiempo —dijo finalmente manteniendo su sonrisa forzada.

Iori no respondió.

—¿Te invito un trago por las molestias? —preguntó Kyo entonces abruptamente, y ante eso Iori sonrió con tal desdén, que Kyo sintió que ése había sido el peor intento de ligue en toda la historia de la humanidad. 


Horas después, a solas en su apartamento en el centro de la ciudad, Iori cavilaba, entre cigarrillos y latas de cerveza.

Estaba sentado en el suelo junto al ventanal de la sala, con las luces apagadas, pero iluminado por el resplandor de la ciudad y los letreros de neón ubicados en los edificios vecinos. A su lado, su computadora portátil mostraba un artículo dedicado a Kyo Kusanagi, celebrado participante del torneo de peleas internacional The King of Fighters.

Iori bajó la pantalla, habiendo visto suficiente.

Podía decir que ya sabía todo lo que había por saber sobre el joven: heredero del clan Kusanagi, luchador consumado, pésimo estudiante. Tenían la misma edad, y eso demostraba que, efectivamente, él y Kyo habían estado destinados a enfrentarse.

Se pasó una mano por el cabello con gesto impaciente, la misma mano que el Kusanagi había sostenido entre las suyas. Iori se encontró observando sus dedos, pareciéndole sentir un cosquilleo ahí donde Kyo había hecho presión. Producto de su imaginación, sin lugar a dudas. Kyo no había conseguido provocar una reacción entre sus energías simplemente porque él no llevaba el fuego de su familia en su sangre.

Era inconcebible que un Yagami naciera sin poder usar el fuego púrpura, pero, por razones que nadie había sabido explicar, eso era lo que había sucedido. En completa negación, su padre había pasado años intentando obligarlo a invocar el fuego por la fuerza, en vano. No importaba que le gritara o insultara o que recurriera a castigos físicos, Iori sabía que el fuego jamás vendría a él.

Y mientras él se resignaba a esa realidad, la frustración de su padre no había hecho más que ir en aumento. El líder Yagami había llegado al extremo de mantenerlo oculto del resto del mundo y, en particular, del clan enemigo, porque, según sus palabras, su existencia era una vergüenza para el nombre Yagami.

Iori había cumplido los nueve años de edad sin jamás haber salido de la casa de su familia. Su madre había muerto al dar a luz, y su padre estaba tan obsesionado con obligarlo a despertar su poder, que había descuidado todos los otros aspectos de su vida.

Fueron los sirvientes los que se encargaron de criarlo. Fue por ellos que Iori se enteró de que no tenía más parientes porque todos los Yagami morían jóvenes debido al desgaste que el fuego púrpura provocaba en su organismo. La suerte que había corrido su madre, morir durante el parto, era también un acontecimiento muy común en esa familia, y, aunque no tenían pruebas tangibles, los sirvientes aseguraban que también se debía al poder antinatural que llevaban los Yagami en la sangre.

Ese poder acabó con la vida de su padre una noche, sin previo aviso. El último recuerdo que Iori tenía de él era su rostro pálido, sus labios manchados de rojo, y un charco de sangre oscura en el suelo de su habitación.

No había sentido nada al observarlo. Sólo se había preguntado con cierto alivio si eso significaba que ya nadie lo obligaría a intentar invocar al fuego púrpura nunca más.

Como no tenía parientes directos, Iori se había encontrado en manos del abogado de su padre, encargado de administrar la herencia de su familia hasta que Iori cumpliera la mayoría de edad.

Empeñado en mantenerlo oculto para no darle la satisfacción a los Kusanagi de ver a su clan rival reducido a un último heredero sin poderes, su padre había dejado órdenes de enviarlo a una provincia remota de Japón, o a cualquier otro país, y de no permitirle regresar a su ciudad natal hasta que consiguiera despertar su poder o cumpliera veinte años, lo que ocurriera primero.

Cuando el abogado sugirió enviarlo a South Town, en Norteamérica, donde los Yagami aún mantenían algunos contactos, Iori no se opuso. Después de todo, no había nada que lo atara a Japón. Al contrario, había preferido irse del país para no tener que volver a pensar en su padre.

Ahora, después del encuentro con Kyo, Iori había comprendido hasta qué punto su padre se había esmerado por ocultar su existencia y evitarse la humillación. El joven Kusanagi sabía que aún había un heredero Yagami en el mundo, pero no conocía su nombre, a pesar de que Iori nunca se había molestado en cambiarlo.

Podía concluir con certeza que Kyo tampoco sabía que él no podía invocar el fuego púrpura.

Pensar eso lo llevó a repetirse la pregunta que no había dejado de hacerse desde que se separara del Kusanagi en la esquina del bar. ¿Por qué diablos Kyo estaba en South Town, buscándolo?

Iori inclinó la cabeza hacia atrás hasta apoyarla contra la pared. Sabía que podría haberle hecho esa pregunta a Kyo directamente, y el joven habría dado una respuesta. Quizá no habría revelado toda la verdad, pero podría haberle dado una idea.

Había desperdiciado esa oportunidad, sin embargo, porque enterarse de la identidad del joven de forma tan sorpresiva no le había permitido pensar claro.

Había querido saber más de él con tanta intensidad como había querido alejarse, y la segunda opción había prevalecido.

¿Por qué...?

Iori rió para sí con un sonido seco.

Por el simple hecho de que Kyo, en esos segundos, había conseguido lo que los golpes y las palabras hirientes de su padre no habían logrado.

Kyo lo había hecho desear tener el poder de los Yagami, para poder responderle: «sí, soy el que buscas».

No podía saber qué habría ocurrido después. No estaba seguro de si habría escuchado lo que Kyo tenía que decir, o si lo habría desafiado a una de esas peleas predestinadas de las que tanto le habían hablado durante su niñez.

¿O era Kyo quien venía a desafiarlo? ¿Cómo saberlo?

Negó para sí, sintiéndose frustrado. Buscó a tientas la cajetilla de cigarros que estaba en el suelo a su lado, pero la encontró vacía y la arrugó con molestia.

Se dedicó a mirar el paisaje por unos minutos, dejando que el malhumor pasara.

Después de meditarlo un poco, concluyó que el Kusanagi debía tener un motivo importante, si había cruzado el océano para buscarlo personalmente. Las heridas que había visto podían estar relacionadas con él o no. Él las había descartado en un primer momento como un accidente —en moto, según Kyo—, pero al pensarlo detenidamente, algunas eran marcas de una pelea donde el fuego, anaranjado u otro, se había visto involucrado.

Iori miró los edificios que se alzaban frente a la ventana, y la avenida que se extendía varios pisos más abajo.

Tal vez Kyo seguía en algún lugar de esa ciudad, con sus motivos y sus respuestas, buscándolo. ¿Debía intentar encontrarlo?


Kyo estaba de pie en un balcón, en la habitación del hotel que había elegido para pasar la noche, no muy lejos del bar donde había hablado con el músico pelirrojo que, para su desilusión, había resultado no ser quien buscaba.

«Iori», recordó. El pelirrojo no le había dado su nombre, pero Kyo lo había averiguado antes, al hablar con el DJ del bar. ¿Nombre real o artístico? Eso no lo sabía aún.

Con los brazos apoyados en la baranda, respiró profundamente el aire frío de la noche. Corría una fuerte brisa ahí, a casi doce pisos sobre la calle, pero la baja temperatura no lo molestaba, incluso a pesar de que llevaba sólo una ligera camiseta negra de mangas cortas y un holgado pantalón deportivo.

Su idea inicial había sido buscar un motel pequeño y discreto, un poco alejado, para poder pensar con calma en cómo proceder con la búsqueda del último heredero de los Yagami. Sin embargo, el cansancio que arrastraba desde hacía varios días lo había vencido unos minutos después de separarse de Iori frente al bar. Las fuerzas sólo le habían alcanzado para caminar algunas cuadras y entrar a un hotel que no se viera demasiado caro. (Resultó que en realidad se trataba de un hotel de cinco estrellas con decoración minimalista, que cargó en la tarjeta de crédito de su padre sin hacerse demasiados problemas).

Ahora, después de cenar algo y tomar una larga ducha, sentía que volvía a ser él mismo, poco a poco. Hasta la vista desde el balcón comenzaba a hacérsele agradable, cuando minutos antes le había parecido que esa ciudad era demasiado gris y demasiado grande.

Y pequeña, a la vez.

Pensar eso era una contradicción, pero no podía evitarlo. Llevaba ocho días averiguando el paradero de Yagami, sin éxito, yendo de un extremo a otro de South Town y sus islas aledañas, siguiendo rumores y trabajando en base a pistas que no eran cien por ciento seguras. Cuando creía que ya había recorrido todos los barrios y distritos, alguien le sugería que podía mirar en el vecindario que estaba «un poco más allá». Y, para tratarse de una península, ese «más allá» se extendía demasiado.

Irónicamente, el amplio territorio de la ciudad no había conseguido evitar que Ash Crimson lo encontrara a él.

Apretó los dientes al pensar en el rostro burlón de ese pecoso joven rubio que llevaba siguiéndole los pasos desde hacía meses. Crimson le había dejado sus intenciones claras desde el comienzo: estaba detrás de su poder. Quería el fuego de los Kusanagi para él, porque pretendía devolverle su condición de deidad a Yamata-no-Orochi, un poderoso ser que los Kusanagi, Yagami, y una tercera familia, los Kagura, habían atrapado y sellado hacía siglos.

Al preguntar por qué pretendía hacer eso, Ash había respondido que era porque le gustaba el caos. Esas habían sido sus palabras. Y las había dicho sonriendo.

Kyo lo había enfrentado sin problemas la primera vez que lo encontró en Kioto, y no lo había tomado demasiado en serio. La segunda vez, se había sorprendido del aumento en el poder de Ash, y había descubierto que el joven podía usar un tipo de energía que a simple vista podía confundirse con llamas de fuego verde.

Ash no había tenido reparos en comentarle que su dios ya se encontraba en ese mundo. Su venida no era algo que Kyo pudiera evitar. Lo único que faltaba era llevar a cabo el ritual para que el dios recuperara su poder, y para eso Ash necesitaba obtener el fuego de los Kusanagi, y también el de los Yagami. Sólo eso, había anunciado, porque el espejo sagrado que había estado bajo la protección de la tercera familia, y que era pieza esencial para el ritual, lo había obtenido hacía mucho tiempo.

Esa vez, Kyo había tenido que esforzarse un poco más al enfrentar al sonriente rubio, quien se retiró sólo cuando el fuego de Kyo le chamuscó la mitad de sus largos y lacios cabellos.

Kyo no había tardado en confirmar que Ash decía la verdad. La sacerdotisa guardiana del espejo sagrado había muerto meses atrás bajo circunstancias misteriosas, y su familia no había notado que la reliquia había sido reemplazada por una muy bien trabajada imitación.

Cuando Kyo le comunicó la situación al resto de su familia, todos se mostraron de acuerdo en que no podían permitir que Ash Crimson llevara a cabo su plan. Y cuando alguien preguntó si debían poner a los Yagami sobre aviso, los Kusanagi comentaron que poco se sabía de ellos desde que el líder Yagami muriera, más de diez años atrás.

Kyo recordaba que, cuando él era pequeño, le habían dicho que los Yagami tenían un hijo que sería su enemigo a muerte, que lo enfrentaría usando llamas púrpura obtenidas mediante un pacto con Yamata-no-Orochi (sí, justamente el dios que Ash Crimson pretendía traer de vuelta al mundo). Cuando los años pasaron y ningún Yagami apareció, Kyo hasta había llegado a pensar que era un personaje inventado por sus padres para que él se esforzara más al entrenar.

Sin embargo, el heredero Yagami resultó ser alguien muy real. Entre conversaciones e indagaciones que bordeaban lo ilegal, los Kusanagi encontraron personas que conocían a personas que podían tener, quizá, información sobre el joven. Después de algunas semanas, Kyo tenía tres claves: el apellido Yagami, el cabello rojo, y el nombre de una ciudad en Estados Unidos: South Town.

Tal vez debido a lo de estar «predestinados», los otros Kusanagi decidieron que Kyo era la persona más adecuada para encargarse de la búsqueda. Con eso pretendían matar dos pájaros de un tiro: encontrar al Yagami, y alejar a Kyo de la amenaza de Ash Crimson, porque no debían olvidar que Kyo también era su objetivo.

La estrategia de su familia había sido sólida... hasta esa mañana, en que Kyo se había estrellado contra la barrera de seguridad de una carretera, porque su moto se había encendido en fuego verde de un momento a otro. Alcanzó a saltar y rodar por el asfalto sin hacerse más que unos rasguños, preguntándose entre maldiciones cómo había hecho Ash para rastrearlo hasta esa ciudad en el otro lado del mar, pero no había tenido tiempo de pensar en nada más porque el rubio venía acompañado de dos desconocidos, y Kyo se había encontrado peleando por su vida (o quizá no a tal extremo, pero los compañeros de Ash ciertamente parecían querer matarlo, especialmente cuando uno de ellos estuvo a punto de abrirle el cuello con un naipe).

Era difícil tomar la ofensiva cuando tres personas lo atacaban simultáneamente, y, al final, había efectuado una retirada (estratégica, se decía a sí mismo) y hecho buen uso de los laberínticos recovecos de la ciudad, agradeciendo la semana que había pasado recorriéndola de extremo a extremo buscando al Yagami.

Tras esperar un tiempo prudente y limpiar un poco las heridas que le habían dejado la estrepitosa caída de la moto y la posterior pelea, Kyo apenas había andado algunos pasos cuando se encontró con unos afiches de un concierto pegados en la pared de una calle estrecha.

No era la primera vez que los veía, pero sí la primera vez que les prestaba atención. El afiche mostraba la foto de una banda cuyo nombre estaba escrito en una tipografía ilegible, y se componía mayormente de músicos con cabello de color estrafalario y un dudoso sentido de la moda. Pero lo que llamó su atención fue que uno de ellos tenía el cabello intensamente rojo, y, a pesar de que éste caía hacia adelante casi cubriéndole medio rostro, sus rasgos eran definitivamente japoneses.

Tomó nota del lugar de la presentación, un bar llamado Soterrani, y, aunque la fecha del concierto ya había pasado y la siguiente presentación era dentro de algunos días, decidió ir ahí.

Tuvo que volver a cruzar la ciudad (cómo no), y luego esperar impaciente a que el bar abriera. Al preguntar sobre la banda del afiche, un empleado lo refirió al DJ que se encargaba de organizar las presentaciones en vivo del local, y Kyo se encontró hablando con un jovencito de cabello verde que sonreía divertido ante su mal inglés y su insistencia por saber más sobre el pelirrojo.

Fue así que Kyo se enteró de que el músico se llamaba Iori (el chico de pelo verde no sabía su apellido), que era un bajista, que tocaba en una banda llamada Sviesulys, y que el DJ no podía darle su número telefónico, ni su dirección, ni ningún dato personal. Lo único que podía decirle era que Sviesulys tenía programada una presentación para dentro de unos días.

«Pero... ¿por qué la urgencia?», había preguntado el DJ con sincera curiosidad.

Kyo había pensado cuidadosamente cómo responder a eso. No podía decir que necesitaba a Iori para evitar que un dios con afinidad hacia el caos destruyera medio planeta, pero su respuesta debía dejar claro que hablar con Yagami era de suma importancia.

Al final, en su limitado inglés, lo que salió fue algo como «I need him» y, aunque Kyo estuvo seguro de que ésa no era la frase correcta para el contexto de la pregunta, el otro joven, después de varios segundos de perplejidad, rió con ganas y alzó un dedo indicándole a Kyo que le diera un momento.

Kyo lo observó alejarse unos pasos y sacar su teléfono. La conversación fue rápida y corta y Kyo sólo captó palabras sueltas como help, bassist y tonight.

«Estás de suerte. La banda de esta noche necesitaba un bajista y no estaba seguro de si debía llamar a Iori, pero tomaré esto como una señal de que es lo correcto», había sonreído el joven, viéndose muy satisfecho consigo mismo. «Por cierto, mi nombre es Shun’ei. Conseguiré que puedas hablar un momento con Iori. Tú sólo disfruta de la música y déjame el resto a mí».

Kyo se había dedicado a hacer tiempo entonces, paseando por calles, entrando a centros comerciales, esperando que anocheciera y que llegara la hora de la presentación, siempre mirando sobre su hombro para asegurarse de que Ash Crimson no fuera a aparecer. Aprovechó el tiempo para pensar en qué palabras debía usar para minimizar el riesgo de que Yagami decidiera incinerarlo apenas escuchara su nombre. Sí, durante esas horas, había estado seguro de que su búsqueda había llegado a su fin.

De vuelta a la realidad, en el balcón de ese hotel cinco estrellas, Kyo no pudo evitar reír para sí por lo ridículo que se debía haber visto. ¿Qué habría pensado el pelirrojo de él? ¿Que era un fan suyo y que estaba mal de la cabeza? ¿Qué todo el asunto de que buscaba a alguien llamado Yagami había sido una excusa para poder tomarle la mano y luego invitarle un trago?

Aunque, viéndole el lado bueno al asunto, la situación no debía haber molestado demasiado a Iori, o nunca le habría tendido su mano cuando Kyo pidió verla. O tal vez sus fans solían ser raros y ya estaba acostumbrado.

Kyo miró sus dedos, recordando el contacto con la piel de Iori, la falta de reacción de parte del pelirrojo.

Había esperando con tantas ansias que él fuera Yagami, que no había podido disimular su decepción. Yagami era un completo desconocido, pero Kyo llevaba tantos días pensando en él, en encontrarlo, en advertirle sobre Ash Crimson, que no había podido evitar idealizarlo un poco, imaginando las distintas situaciones en que podría encontrarlo. En su mente, a veces peleaban, y otras veces solamente hablaban. Kyo quería preguntarle qué hacía en South Town, por qué nunca lo había buscado. Se veía a sí mismo respondiendo las preguntas que Yagami pudiera hacerle, y, a pesar de que se repetía que no serían amigos, sino todo lo contrario, visualizar ese encuentro nunca era desagradable.

Y, para empeorar las cosas, después de esa noche, el Yagami de su imaginación tenía el rostro de Iori.