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Serendipity

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—¿Cuál es el problema?

El general Hux cerró los ojos y se pellizcó el puente de la nariz como si la pregunta de Kylo Ren fuese la mayor estupidez que hubiera oído en su vida. Ren ya había perdido la cuenta de cuántas veces había tenido que aguantarse las ganas de estrangularle usando la Fuerza desde que comenzara esa reunión, pero acababa de añadir una más.

—El problema es que hemos sido humillados, ése es el problema —contestó Hux, con su estirado acento—. Cuando la Resistencia nos derrotó, destruyó algo más que la base Starkiller: arruinó nuestro prestigio. La escoria contrabandista que se encargaba de mover el mineral que extraemos nos ha perdido el miedo y se ha largado, ése es el problema. Nos hemos quedado sin nuestra red de distribución.

—¿Y por eso tanto alboroto? La galaxia está llena de contrabandistas —el desdén que reflejaba la voz de Kylo Ren, incluso modulada por la máscara, era evidente—. Seguro que podrás encontrar otros que estén dispuestos a hacer el trabajo.

—¿Y qué crees que he estado haciendo todo este tiempo? —replicó Hux con irritación—. Ya hemos entablado conversaciones con un jefe del crimen organizado que se hace llamar Natan Droma, aunque dudo que ése sea su verdadero nombre. Suele operar en el anillo exterior. Hemos comprobado sus credenciales, y sabemos que controla una red lo bastante amplia como para poder cubrir todo el territorio que necesitamos.

—¿Es leal a la Primera Orden?

Hux arqueó una ceja y le miró de reojo.

—Es leal a sí mismo —respondió—. Como todos los contrabandistas. Pero no le asusta la República, y en estos momentos eso es lo máximo a lo que podemos aspirar. Si el negocio le interesa, aceptará.

Kylo Ren asintió con la cabeza, pensativo. Se apartó de la mesa en la que Hux había proyectado un mapa estelar del sector por el que se estaban moviendo, caminando con las manos a la espalda, y se acercó hasta uno de los ventanales de transparicero para contemplar cómo las estrellas retrocedían tras la estela del Finalizer.

—¿Y qué es lo que quieres, que me encargue yo de convencerle?

—No, lo que quiero es que me dejes llevar la negociación a mí —explicó Hux con los ojos cerrados, llevándose los dedos al puente de la nariz como si estuviera luchando contra una incipiente jaqueca—. Sé que a lo mejor es mucho pedir, pero ¿crees que serás capaz de aguantar medio día sin montar una escena de las tuyas? Todavía están reparando la sala de comunicaciones auxiliar después de tu último  berrinche.

—Cuidado, Hux —le advirtió Ren, bajando el tono de su voz—. No vaya a ser que pierda la paciencia, pero contigo. La protección del líder supremo Snoke no te servirá de nada si sigues faltándome al respeto.

El general  le respondió con una mirada desdeñosa.

—Intentaré controlar mis temblores de pánico —respondió con sarcasmo—. Y ahora, si me disculpas, tengo otros asuntos que atender. Debo preparar el viaje a Pressylla.

Ren se volvió para mirarle por encima del hombro.

—¿Has dicho Pressylla?

Hux dejó escapar un suspiro de exasperación, elevando la mirada hacia el techo.

—Sí, he dicho Pressylla. ¿Por qué, es que echas de menos mortificar a tu juguetito? —el hombre soltó un bufido de desprecio y sonrió—. Probablemente estará muerto ya. ¿Cuánto lleva en las minas, un mes? Nadie sobrevive tanto tiempo allí.

—No está muerto —respondió Ren—. Di instrucciones precisas para que se le mantuviera con vida. Morirá cuando yo considere que ya ha sufrido lo suficiente, no antes.

Hux pulsó un botón en la consola de mandos que hizo desaparecer el mapa desplegado sobre la mesa.

—Como quieras —le dijo, encogiéndose de hombros—. Si eso va a servir para que dejes de estorbarme, entonces por favor, no dudes en contar con ello. Iremos a Pressylla y tú podrás regodearte viendo al piloto de la Resistencia trabajar en las minas, mientras yo cierro el trato con Droma. Todos contentos.

Diciendo eso, Hux se marchó y dejó solo a Kylo Ren con sus pensamientos. Éste se volvió de nuevo hacia el ventanal, contemplando el espacio sin verlo. Sonrió bajo la máscara y el gesto hizo que las cicatrices de su cara se tensaran, pero él aceptó el dolor con agrado. El dolor le daba fuerzas a su ira.

No sé de qué te quejas, ahora tienes una razón legítima para ponerte esa máscara. Llevarla sólo para parecerte a Darth Vader te hacía quedar como un completo gilipollas, ¿sabes? Deberías darle las gracias a Rey.

El recuerdo hizo nacer una nueva oleada de rabia en su pecho, y sintió cómo crecía el poder del lado oscuro de la Fuerza dentro de él; igual que lo había sentido entonces, al hacer callar al piloto de un puñetazo. El muy estúpido no parecía haber aprendido nada de la primera ocasión en que fue capturado, o tal vez su incapacidad para cerrar la boca era un defecto congénito. Ren podría haber hurgado en su mente, como la otra vez, para averiguar la localización de la nueva base rebelde, pero en realidad eso no habría servido de nada. Después del desastre de la Starkiller, la Orden no estaba en condiciones de poder lanzar un ataque efectivo, y para cuando se hubiera recuperado lo suficiente, la Resistencia ya se habría marchado a otro lugar.

Además, no tenía prisa. Sabía que antes o después encontraría a la chica, o la chica le encontraría a él. Era tan inevitable como el curso de los planetas por sus órbitas. Estaban destinados a enfrentarse, y la próxima vez, Ren estaría preparado.

Así pues, el piloto sólo le servía para una cosa: para vengarse. No sólo de él mismo, sino también de los suyos: de la chica y del traidor, sus amigos; y sobre todo de Leia, que depositaba en él la confianza que nunca había sido capaz de ofrecerle a su propio hijo. Matarle habría resultado demasiado rápido, y les habría privado a todos ellos de la angustia de no saber qué había sido de él, de buscarle sin éxito, de pasar las noches en vela temiendo por su suerte. Por eso le había enviado a pudrirse las minas de Pressylla.

Volvió a sonreír bajo la máscara, encontrando un perverso placer en la sensación de tirantez de su piel cicatrizada.

 

 

 

Natan Droma le desagradó al primer vistazo. De por sí, los contrabandistas le repugnaban tanto como los cazarrecompensas: eran gente que no creía en nada ni en nadie, más que en el dinero y en mantener a salvo su propio pellejo. Incluso la escoria de la Resistencia luchaba por algo, pero esta gente era el escalón más bajo en el que se podía caer. Aun así, Ren entendía que eran un mal necesario para la Orden, y por eso los toleraba.

Droma, sin embargo, le inspiró desprecio por méritos propios. La calidad de las ropas que vestía, el esmero con que llevaba recortados el bigote y la fina barba para que parecieran descuidados, y el aire de confianza en sí mismo con el que se movía, hablaban de un exceso de atención dedicada a su aspecto. Ren suponía que se le podía considerar apuesto, al menos según los cánones habituales para los humanos: era alto, aunque no tanto como el propio Ren; de hombros anchos, cabello castaño impecablemente cortado, piel bronceada… Su actitud, además, dejaba bien claro que el hombre conocía su atractivo. Sin embargo, había una inteligencia en sus ojos marrones que desmentía la superficialidad de su apariencia, y Ren supo que eso le hacía más peligroso de lo que Hux creía.

Había acudido solo a la negociación, sin escolta. Si eso no era arrogancia, Ren no sabía cómo llamarlo.

Llevaban apenas cinco minutos sentados alrededor de la mesa de reuniones, pero a Ren ya le habían bastado para darse cuenta de que Droma era un negociador implacable.

—Me temo que esas condiciones no son aceptables —respondió a una de las exigencias de Hux—. Si de verdad pretenden que mis naves entren y salgan del territorio de la República sin ser interceptadas, tiene que ser a través de rutas seguras. Las que la Orden protege.

—Ésa es información estratégica de carácter confidencial —replicó Ren, ganándose una mirada incómoda del general Hux—. Establecerá sus propias rutas, y se encargará usted mismo de garantizar su seguridad.

—¿Por el precio que me ofrecen? Creo que no, amigo. No vale la pena.

—Estoy empezando a cansarme de su insolencia.

Droma se repantingó en su asiento, con un gesto de apatía en el rostro  y un encogimiento de hombros.

—Como prefiera —replicó en tono irónico—. Si no le gustan mis condiciones, entiendo que prefiera tratar con otro distribuidor. Estoy seguro de que hay cientos de ellos con redes tan amplias como la mía que están dispuestos a trabajar para la Primera Orden.

Ya estaba empezando a convocar a la Fuerza a su alrededor para aplastar a ese insecto, cuando sintió en su antebrazo la mano del general Hux, sujetándole con insistencia. Se volvió hacia él y se encontró con una mirada severa que, más que pedirle calma, se la exigía.

—¿Qué le parece si damos un paseo por las instalaciones para que pueda inspeccionar personalmente el producto que le estamos ofreciendo? —dijo, dirigiéndose a Droma—. Estoy convencido de que, cuando vea su calidad y el ritmo de producción que mantenemos, se dará cuenta del enorme beneficio que puede obtener de este negocio y cambiará de opinión.

Droma levantó brevemente las manos, en un gesto que comunicaba más indiferencia que aceptación, pero asintió con la cabeza y los tres se pusieron en marcha, seguidos por varios soldados de asalto.

Las minas de Pressylla producían un material que se utilizaba en la fabricación de los generadores de escudos deflectores, por lo que su explotación resultaba muy lucrativa para la Orden. O lo había sido, hasta que se quedaron sin medios para distribuirlo. La producción se estaba acumulando en los almacenes hasta un punto que comenzaba a resultar preocupante, pero Droma no necesitaba saber eso todavía. Hux se alejó de la zona de reserva y les condujo hasta la mina en sí misma.

Se adentraron por un pasillo corto, al final del cual había un ascensor lo bastante grande para transportar a veinte personas a la vez. Bajaron hasta el primer nivel y, nada más salir del cubículo, llegó hasta sus oídos el tintineo de las herramientas que golpeaban la pared de roca para extraer de ella el preciado mineral. El calor que hacía allí abajo era insoportable, pero Droma no parecía molesto por ello. Ni siquiera mostró intención de quitarse la chaqueta de cuero azul que vestía sobre su camisa negra y pantalones del mismo color.

Ren le localizó en seguida, presintiéndole antes de verle. Por un momento se olvidó de la negociación, de Natan Droma y de la verdadera razón por la que estaba allí, para sumergirse en la perversa satisfacción de ver a su enemigo vencido. El hombre les daba la espalda, manejando un pico con movimientos contundentes y regulares. El color naranja de su traje de vuelo apenas resultaba reconocible bajo la capa de suciedad que lo cubría, y el piloto se lo había bajado hasta la cintura para poder soportar el calor, anudando las mangas alrededor de sus caderas. A pesar de ello estaba cubierto de sudor, que se mezclaba sobre su piel con la carbonilla que flotaba en el aire. La camiseta sin mangas que llevaba había sido blanca alguna vez, pero ahora sólo era un trapo grisáceo lleno de agujeros. Le habían crecido el pelo y la barba, aunque no tanto como para cubrir el aro electrificado que le rodeaba el cuello y garantizaba su docilidad. A Ren le complació comprobar que sus órdenes se habían cumplido y el hombre no se había deteriorado físicamente más allá de las secuelas del duro trabajo. Todavía tenía que sufrir allí durante mucho tiempo, antes de que él se diera por satisfecho.

No era el único que se había fijado en el piloto, por lo visto. Cuando pasaron por su lado, Droma se detuvo, le sujetó por la barbilla y le hizo volverse hacia él para estudiar su rostro. El piloto le dirigió una mirada desafiante, pero no pronunció palabra alguna.

Curioso. Tal vez sí que estaba aprendiendo algo, después de todo.

—Éste es demasiado guapo para hacerle trabajar en las minas, ¿es que no tienen imaginación?

Ren miró al contrabandista con una mueca de asco, que lamentablemente la máscara mantuvo oculta; le habría encantado hacerle saber lo que pensaba de él. Droma paseaba su mirada con lentitud por el cuerpo del piloto, de arriba abajo y vuelta al punto de origen, como si estuviera planeando incluirlo en el menú de su cena. Ren no aprobaba ese tipo de desviaciones, pero la expresión de furia contenida que apareció en el rostro del esclavo hizo que mereciera la pena.

—Para nosotros no tiene otra utilidad más que ésa —respondió Hux, dirigiéndole a Ren una mirada de advertencia para que mantuviera silencio—. En la Orden no se toleran ese tipo de prácticas.

—Hm. Pues ustedes se lo pierden —contestó Droma—. Aun así, es un auténtico desperdicio dejar que se pudra aquí. Adecentándole un poco, se podría sacar un buen precio por él en el mercado de Tatooine.

Soltó el rostro del piloto y se limpió la mano en los pantalones, dispuesto a seguir su camino. Ren y Hux, sin embargo, intercambiaron una mirada sin moverse del sitio. El general le hizo una muda pregunta con un arqueo de cejas, a la que Ren contestó con un breve gesto de asentimiento. La idea era repugnante, pero precisamente por eso resultaba tan perfecta.

La humillación máxima, el peor destino posible, la forma más retorcida de venganza que podría imaginar. Y la oportunidad le había caído en las manos como un regalo de la Fuerza, sin que él la buscara.

No podía esperar al momento de contarle a Leia cuál había sido el destino de su favorito, para ver su rostro demudarse de dolor y rabia.

—Droma —comenzó Hux, uniendo las manos a la espalda—. ¿Qué le parece si, como gesto de buena voluntad, añadimos este esclavo a la oferta que le hemos hecho?

Natan Droma los miró a ambos con una expresión especulativa. Después volvió a observar al piloto, que sujetaba el mango del pico con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos, una expresión de rabia pintada en el rostro y todos los músculos en tensión, como si estuviera pensando en intentar escapar.

—¿Como parte del precio? —preguntó.

Hux frunció los labios con aire displicente.

—Considérelo un regalo de parte de la Primera Orden, para marcar el inicio de una larga y satisfactoria relación comercial.

Droma esbozó una sonrisa de medio lado, le echó una nueva mirada apreciativa al piloto y asintió con la cabeza.

—Creo que ahora podemos empezar a hablar.

Hux se giró hacia los soldados que les escoltaban, señalando a dos de ellos.

—Llevadle a su nave.

Los dos soldados sujetaron al piloto por ambos brazos, mientras éste se retorcía y trataba de zafarse.

—¡No! ¡Soltadme! ¡Dejadme en paz!

Hux hizo una seña al capataz de la mina y éste sacó de su bolsillo un dispositivo. Presionó un botón del mismo y un chispazo azul surgió del collar de control que llevaba el esclavo. El hombre dio un grito y el pico cayó de sus manos, ahora laxas. Su cabeza quedó colgando hacia delante y sus piernas se doblaron, y sólo los dos soldados que lo agarraban impidieron que se desplomara del todo. Se lo llevaron a rastras de allí sin demasiadas contemplaciones, entre miradas de reojo mal disimuladas de los otros mineros. Ren se volvió hacia ellos y todos regresaron al trabajo de inmediato.

—Muy bien —dijo Hux—. Ahora que eso ya está resuelto, ¿continuamos con la visita?

 

 

 

 

Poe Dameron volvió en sí con un sobresalto, desorientado y confuso. El techo que tenía ante su vista no le resultaba familiar, pero en seguida recordó que le habían sacado de la mina y que, por lo tanto, era de esperar que no reconociera el lugar donde estaba. Al mismo tiempo, su cerebro registró tres cosas:

La primera, que tenía una jaqueca de proporciones épicas.

La segunda, que estaba tumbado bocarriba en una cama, con los brazos estirados por encima de su cabeza y las muñecas sujetas a un saliente de la pared mediante unas esposas.

Y la tercera, que su nuevo “dueño” le observaba desde la puerta del camarote con un brillo de diversión en sus ojos castaños.

—Encadenado a la cama —comentó, en cuanto vio que Poe estaba despierto—. Esta gente no es muy sutil, ¿verdad?

Poe levantó como pudo la cabeza para mirar de frente a su captor. El hombre estaba apoyado en el vano de la puerta con actitud indolente y los brazos cruzados por delante del pecho, y se le veía completamente relajado.

—No, no mucho —respondió Poe.

Se sostuvieron la mirada durante un par de segundos, y entonces el muy cabronazo se echó a reír a carcajadas.

Poe dejó caer la cabeza sobre la almohada con un gruñido.

—Vaya, me alegro de que al menos alguien le encuentre la gracia a todo esto —refunfuñó.

—¿Cómo demonios te las arreglas para meterte en estos líos, Poe? —preguntó el “contrabandista” mientras se adentraba en la habitación, sacando de su bolsillo una llave magnética y usándola para abrir las esposas.

—Es fácil, sólo hay que cabrear a Kylo Ren —replicó Poe con sarcasmo. Se agarró a la mano que el hombre le tendía para ayudarle a incorporarse.

—Pues has tenido que cabrearle un montón. Estoy orgulloso de ti, chaval.

—Es cosa de mi encanto natural, no tiene mérito —respondió Poe, frotándose las muñecas—. ¿Cómo me has encontrado, Kit?

—De pura casualidad —contestó el otro, sentándose en la cama junto a él—. No te estaba buscando. Ni siquiera sabía que te habían capturado. Oí decir que la general Organa estaba poniendo media galaxia patas arriba tratando de encontrar a alguien, pero no tenía ni idea de que fueras tú. Yo estaba aquí por una misión completamente distinta.

—La general Organa… Maldita sea, necesito enviarle un mensaje para que sepa que estoy vivo.

—Claro, en cuanto salgamos del hiperespacio —contestó Kit, mientras se rebuscaba en los bolsillos con aire distraído—. Todavía estamos demasiado cerca de Pressylla, no quiero arriesgarme a que la Primera Orden intercepte la transmisión. ¿Dónde diablos…? ¡Ah, aquí está!

Sacó la mano del bolsillo, con el dispositivo de control del collar de esclavo en ella, y señaló hacia el cuello de Poe.

—Anda, vamos a quitarte esa cosa.

—Por lo que más quieras, no te equivoques de interruptor. Ya me duele bastante la cabeza para todo el día de hoy.

—Eso te pasa por querer hacer tu papel demasiado creíble —replicó Kit sin mirarle, concentrado en la secuencia de botones que tenía que pulsar—. Por cierto, gracias por seguirme el rollo.

—Qué menos. Era un buen plan.

Kit soltó un resoplido. El aro de metal se abrió y cayó al suelo.

—Habría sido un buen plan si hubiera tenido tiempo de planearlo —dijo—. Llámalo improvisación inspirada si quieres, no era otra cosa. Agh, ese trasto te ha dejado una rozadura bastante fea en el cuello. Vas a necesitar un poco de bacta.

—Sí, supongo —contestó Poe, distraído. Su atención estaba centrada en la maravillosa sensación de poder respirar hondo otra vez. La jaqueca también empezaba a remitir por fin, poco a poco.

—Y una ducha —añadió Kit—. Sobre todo una ducha. Con urgencia. Es más, insisto. Ni te molestes con la sónica, ve a por la de verdad y no escatimes con el agua y el jabón. Apestas como la cuadra de un bantha, amigo.

Poe le dirigió una mirada de reojo.

—Es que se les había terminado el agua de rosas en la mina esta mañana—replicó con sarcasmo, a lo que Kit correspondió echándose a reír.

Poe todavía no podía creerlo. De todas las personas que podrían haberle encontrado en ese maldito agujero que era Pressylla, la Fuerza tenía que estar muy encariñada con él para haberle enviado precisamente a Kit Yavog: comandante del escuadrón Oro del ejército de la República, excelente piloto, y uno de los amigos más leales que Poe había tenido en su vida.

Le había conocido en su primer año en la academia militar. Como los dos procedían de Yavin IV, les habían puesto en la misma habitación, y desde el primer momento se habían hecho inseparables. De algún modo conseguían sacar lo mejor el uno del otro, en una mezcla de rivalidad y apoyo mutuo, lo que les había empujado a terminar los estudios como los dos mejores pilotos de su promoción. Habían llevado carreras paralelas en el ejército, ascendiendo al mismo rango casi a la vez.

Eso no era lo único que habían llevado en paralelo, aunque no lo supieron hasta que una misión fallida estuvo a punto de acabar con las vidas de ambos; la tensión, el miedo a perderse el uno al otro, la adrenalina y, al final, el alivio, les dieron el último empujón que necesitaban para terminar en la cama. Aquella noche pusieron fin a cinco años de mutuo anhelo silencioso y comenzaron la que sería la relación más sólida que Poe había tenido nunca. La más larga, además. Había llegado a creer que duraría para siempre, pero…

Hacía algo más de dos años que no veía aquel querido rostro; tanto tiempo, que ya casi había olvidado lo mucho que le echaba de menos. Pero ahora Kit estaba aquí, contra todo pronóstico. Le había sacado casi literalmente del infierno y, de algún modo, parecía como si el tiempo no hubiera pasado: no había tensión, ni rencor, ni siquiera distancia. Era como si hubiera estado intercambiando pullas y bromas con él la tarde anterior. Eso era algo que Poe no se había atrevido a esperar después de su separación, pero lo aceptaba con gusto.

Poe soltó un suspiro tembloroso. Sus emociones estaban montando una especie de festival que se le estaba subiendo a la cabeza como si fuera whisky corelliano del malo. Volver a ver a su viejo amigo le había provocado una inmensa alegría, pero su presencia le había hecho recordar lo mucho que dolió su ruptura; también se sentía abrumado de alivio por haber escapado de las minas, pero todavía no había podido sacudirse de encima el horror y la desesperación acumulados durante aquellas interminables semanas… Todo eso junto, todo a la vez. Inspiró profundamente, tratando de dejar que la aplastante sensación pasara. Sin embargo, en vez de desaparecer, se instaló en su pecho como una garra despiadada.

—Traté de localizarte después de la destrucción del sistema Hosnian —comenzó con dificultad, tratando de enfocar su mente en un tema de conversación para no dejarse arrastrar por la confusión—. Cuando no pude dar contigo, temí que hubieras muerto.

Kit negó con la cabeza, serio de repente.

—No, mi escuadrón y yo estábamos en una misión de reconocimiento cuando la Primera Orden lanzó el ataque. Nos enteramos de lo que había pasado al volver. Todo estaba sumido en el caos: el alto mando de la flota había desaparecido junto con el Senado, y los pocos escuadrones que nos habíamos librado del desastre estábamos desperdigados por diferentes sistemas. Quisimos unirnos a la general Organa, pero con Korr Sella muerta y sin tener la menor idea de cómo localizar al mayor Ematt, no nos quedaba ningún contacto de la Resistencia a quien acudir. En definitiva, no sabíamos dónde encontraros.

—¿Y qué hicisteis, entonces? Has dicho que tenías una misión.

Kit se pasó una mano por el pelo, negando con la cabeza.

—Lo único que podíamos hacer: reunir lo poco que quedaba del ejército de la República y tratar de fastidiar a la Primera Orden tanto como nos fuera posible. Pero por nuestra cuenta no somos más que un puñado de cachorros de varactyl arañándoles los tobillos, Poe. Lo de hoy era un intento de averiguar qué rutas emplean para transportar el mineral con el que se financian, a ver si al menos nos podemos cargar sus redes comerciales.

Su rostro dibujó un amago de sonrisa que se podría interpretar como de disculpa.

—Por cierto, tienes mi permiso para decirlo, si quieres. Creo que me lo merezco.

Poe frunció el ceño, sin entender a qué se refería.

—¿Decir el qué?

—El “te lo dije” que te estás guardando —respondió Kit.

Poe resopló, pero lo hizo con una sonrisa.

—Nah, no es mi estilo —contestó—. Pero si quieres ser tú el que admita que yo tenía razón, no voy a impedírtelo. Y sería mucho más elegante, ¿no crees?

Kit le devolvió la sonrisa despacio, deliberadamente. Un par de años atrás, esa sonrisa y esa mirada habrían bastado para que Poe se abalanzara sobre él y empezara a quitarle la ropa. Ahora no tenía el mismo efecto, pero no por falta de méritos. Si acaso, Kit estaba incluso más guapo que la última vez que le había visto.

—De acuerdo —respondió Kit, con suavidad y sin apartar la mirada de los ojos de Poe—. Tú tenías razón y yo no. El ejército estaba demasiado sometido al Senado, los políticos no querían ver el peligro que representaba la Primera Orden, y yo debería haberte hecho caso cuando intentaste convencerme para que me pasara a la Resistencia contigo.

Ojalá lo hubiera hecho, pensó Poe. Tal vez, de ser así, no habrían roto. Y si hubieran seguido juntos, a lo mejor él no se habría enamorado como un idiota de un chaval que sólo tenía ojos para su otra amiga.

Ahogó la punzada de dolor que sintió al pensar en Finn y se esforzó por apartarle de su mente, pero algo debió de reflejarse en su rostro de todas formas, porque Kit frunció el ceño con gesto de preocupación.

—¿Estás bien?

Poe asintió, y el movimiento le hizo llevarse una mano a la sien.

—Sí, es sólo este maldito dolor de cabeza. Creo que voy a darme esa ducha, que falta me hace. ¿Puedes prestarme algo de ropa?

—Claro. Coge lo que necesites de ese arcón —respondió Kit, señalando hacia los pies de la cama con un gesto de la barbilla.

Poe se levantó con dificultad. Además de la jaqueca, la descarga eléctrica le había dejado los músculos entumecidos, con lo que al erguirse se tambaleó un poco durante un momento. Kit se apresuró a acudir a su lado y sujetarle hasta que se le pasó.

—Hey, ¿todo en orden?

—Sí, gracias —respondió Poe con voz débil, apoyándose en su hombro. Levantó la mirada hasta encontrar la de Kit—. Y oye… Gracias también por rescatarme.

—No me las des. Tú habrías hecho lo mismo —contestó Kit, para después arrugar la nariz—. Y ahora en serio, por favor: dúchate. Y tira ese montón de trapos sucios al compactador.

Poe esbozó una débil sonrisa y se soltó de su amigo, encaminándose hacia el diminuto baño del que disponía la nave. Cuando llegó a la puerta del camarote se volvió hacia atrás, a tiempo de ver cómo Kit ponía una mueca de disgusto al ver las manchas que Poe había dejado en la ropa de cama.

—Eh, Kit…

Su amigo se detuvo en el acto de quitar las sábanas y levantó la mirada hacia él, arqueando las cejas en una muda pregunta.

—Me alegro mucho de volver a verte.

Kit le dedicó una sonrisa que le marcó un par de hoyuelos en las mejillas.

—Yo también a ti. Te he echado de menos, amigo mío.

Poe asintió con suavidad y salió del camarote, en dirección al baño.

Era la primera vez que podía ducharse desde que la Primera Orden le había capturado. En las minas, lo más que conseguía era lavarse por partes con el agua de un barreño que, en demasiadas ocasiones, no era el primero en usar. Se estremeció al sentir el agua caliente corriendo por su cuerpo y cerró los ojos, disfrutando de la sensación. Notó que las manos le temblaban cuando intentó agarrar el jabón, por lo que las apoyó en la pared, observándolas con una especie de fascinación morbosa. Apenas las reconocía como suyas, no se parecían en nada a las manos que, en sus recuerdos, gobernaban con destreza los mandos de su T-70. Tenía las uñas rotas y sucias, la piel agrietada, reseca y ennegrecida por la carbonilla.

Pero no eran sólo las manos. Cada una de las penurias pasadas en aquella mina había dejado huella en alguna parte de su cuerpo: en su cuello, donde el roce del metal le había raspado la piel; en su espalda y sus hombros, plagados de contracturas a causa del movimiento forzado y repetitivo del pico; en sus pies, llenos de ampollas tras un mes de no poder cambiarse las botas. Cuando empezó a enjabonarse, frotando con vigor para eliminar la capa de suciedad adherida a su piel, le sorprendió darse cuenta de lo pálido que estaba. Pero entonces recordó que llevaba semanas sin ver el sol, cualquier sol, y de repente se le llenaron los ojos de lágrimas.

Eran lágrimas de alivio y agradecimiento, pero también de dolor acumulado, de miedo y desesperación. No hizo nada por intentar retenerlas, porque no tenía por qué. Nadie le iba a ver de todas formas, e incluso si no hubiera estado solo, no se avergonzaba de ello. Había sobrevivido, y eso era lo único que importaba.

También eran lágrimas de culpabilidad, por toda la gente que había quedado atrás en aquel infierno, y por todos los que había visto morir durante el tiempo que había pasado allí. No había hecho amistad con nadie y nadie había intentado entablarla con él, porque los soldados de asalto no veían con buenos ojos que los trabajadores se relacionaran entre sí. Poe lo había aprendido el primer día. Sin embargo, eso no significaba que fuera a olvidar sus caras, demacradas y vacías de esperanza, en mucho tiempo.

Lloró como un niño, como no lo había hecho desde que murió su madre. En aquel momento sólo podía pensar en lo mucho que anhelaba volver a casa. No a la base de la Resistencia, sino a su verdadera casa: a Yavin IV, al hogar en el que había crecido. Quería volver a ver a su padre, y sentarse bajo el árbol favorito de su madre a contemplar cómo los rayos de sol se filtraban entre las hojas para dibujar extrañas formas en el suelo. Echaba de menos los vibrantes colores de la jungla que rodeaba los terrenos de la granja y su aire limpio y fresco, que con toda seguridad conseguiría quitarle de la boca ese maldito sabor metálico de la atmósfera de la mina.

Habría sido maravilloso poder visitar su hogar y escapar de todo durante unos días: de la Resistencia, de la Primera Orden… Incluso de Finn.

El recuerdo le golpeó como un puño de hierro en el centro del pecho. Les había estado buscando por toda la base, a él y a Rey, para despedirse de ellos antes de emprender aquella maldita misión. Alguien le había dicho que estaban en la cantina, y Poe se había dirigido hacia allí sin pensarlo dos veces. Y entonces, al asomar la cabeza por la puerta del comedor, les había visto: sentados en una mesa del rincón, besándose.

Poe había retrocedido como si hubiera chocado contra un muro invisible y se había apoyado de espaldas en la pared externa de la cantina, sintiendo que le faltaba el aire. Como le faltaba ahora, al recordarlo. Había salido de allí casi a la carrera, se había subido a su Ala-X y se había marchado, con el corazón roto y sin nadie a quien poder culpar por ello más que a sí mismo. Tendría que haberlo sabido, maldita sea. Tendría que haberse dado cuenta de que Finn no sentía lo mismo que él, y no haberse hecho ilusiones.

Lo peor de todo era que había sido lo bastante estúpido como para permitir que eso afectara a su concentración durante la misión y, como consecuencia, le habían capturado.

El agua estaba empezando a enfriarse y sus emociones parecían haberse calmado por fin, así que terminó de enjuagarse y cerró el grifo. Le habría gustado afeitarse, pero no quería usar los utensilios personales de Kit sin permiso, por lo que decidió dejar la barba como estaba de momento. Con el pelo tampoco podía hacer gran cosa hasta que regresara a la base; tendría que resignarse a que se le rizara. Pero estaba limpio, al menos. Eso ya suponía una inmensa diferencia.

Una vez seco y vestido, rebuscó en los cajones por si aquella nave era una de ésas que llevaban artículos de aseo de cortesía para viajeros inesperados. Casi dio un grito de alegría cuando encontró un cepillo de dientes sin estrenar, envuelto en su plástico.

En conjunto, cuando por fin salió del baño volvía a sentirse un ser humano.

No había rastro de Kit por ninguna parte, pero le había dejado unas raciones sobre la mesa de la zona común. Un astrodroide de clase R-4 pasó por delante de Poe mientras comía, rodando tranquilamente en dirección a la cabina, y el piloto imaginó que su amigo estaría allí. Recogió la mesa mientras se terminaba el último bocado y después fue a buscar a Kit. Éste se giró en su asiento al oírle entrar y le dirigió una mirada apreciativa.

—Esto ya es otra cosa —comentó con aire satisfecho—. ¿Te sientes mejor?

Poe asintió. La comida había contribuido a hacer desaparecer lo que quedaba de su dolor de cabeza y, en cuanto a todo lo demás, la ducha había obrado maravillas.

—Mucho mejor, gracias. ¿Y bien? ¿Puedes decirme a dónde vamos?

—Donde tú me digas —contestó Kit—. Supongo que querrás que te devuelva a la Resistencia, ¿no?

—Sería de agradecer, sí. La nueva base está en Ord Mantell, ¿puedes llevarme hasta allí?

—Hmm, estás de suerte, ya íbamos en esa dirección —asintió Kit—. Mi gente está en Dathomir, iba a reunirme con ellos.

Poe se cruzó de brazos y apoyó un hombro contra la pared.

—Genial, así no tendrán que recorrer mucha distancia cuando les llames. Es decir, si todavía queréis uniros a la Resistencia. Nunca sobran buenos pilotos, y la general Organa estaría encantada de poder contar con alguien como tú.

Kit le sonrió, echándole una mirada de medio lado.

—A lo mejor me interesa —dijo, con toda la intención.

Poe ignoró el tono a propósito. Flirtear siempre había sido una de sus formas de comunicación favoritas y, en siete años de relación, habían llegado a convertirlo en un arte. Era de esperar que a Kit le saliera de forma instintiva, como un reflejo, igual que también era previsible el cosquilleo de familiaridad que le despertó a Poe en el estómago.

—Pues si es así, sal de la velocidad luz para poder corregir el rumbo y, de paso, déjame decirle a la general que sigo con vida.

—Tus deseos son órdenes para mí—bromeó Kit, accionando los mandos que detendrían el hipermotor—. Pero que no se te suba a la cabeza, Dameron. Tengo una reputación que mantener.

—Tranquilo. Ahora mismo, lo único que quiero en mi cabeza son unas tijeras.

—Qué lástima, con la de utilidades que podría tener esa mata de rizos.

—Déjalo ya, Kit —rió Poe, sacudiendo la cabeza con afabilidad. El recuerdo de esas manos enterradas en su pelo era lo último que necesitaba en ese momento—. Ya no tenemos veinte años.

—Gracias a la Fuerza. ¿Te acuerdas del corte de pelo que llevaba yo con veinte años? —fingió un estremecimiento—. Eso sí que daba miedo.