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Ciudad de Oportunidades

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Recordaba el día que se fue de Beacon Hills como uno de momentos más dolorosos de su vida, pero también como uno de los más liberadores que ha experimentado. La carta de aceptación a la universidad había llegado tiempo antes de la graduación, pero nadie más allá de su padre sabía de ella hasta la cena que la manada organizó un par de días antes de su partida.

La sonrisa de Scott se desvaneció en un instante y un silencio mordaz se instaló en la habitación, Stiles sabía lo mal que sobrellevaban las separaciones los lobos, durante cuatro años fue testigo de muchas despedidas en ese pueblo. Pero las cosas son lo que son y Stiles tenía que admitir lo que estaba por hacer.

Estaba abandonando la manada.

No podía seguir en un lugar donde las cosas tristes que le habían pasado superaban a las felices. Estar en el pueblo ya no era saludable para su agonioso ser, así que, después de disculparse con sus amigos y de ver en sus ojos la inevitable aceptación, el dolor que les causaba, se fue.

Dejando atrás todos sus recuerdos, felices y dolorosos.

Ítalo Calvino decía que, al llegar a cada nueva ciudad el viajero encuentra un pasado suyo que ya no sabía que tenía: la extrañeza de lo que no eres o no posees más, te espera al paso en los lugares extraños y no poseídos.

Stiles tenía medio año en New York y comenzaba a recordar lo que se sentía ser una persona normal, o lo más normal que podía ser un joven adulto con TDAH. Estaba a mitad de su primer semestre en la universidad, llevaba una tranquila vida, común pero no corriente. Lejos de toda actividad paranormal para gusto de su padre, quien no puso ningún pero al enterarse de que su amado hijo se mudaría lo suficientemente lejos de Bacon Hills como para solo verse durante las vacaciones.

—Lo siento —mencionó Stiles de forma automática cuando chocó contra alguien en un cruce de camino a su departamento, hacía frio y lo único que deseaba era llegar lo más rápido que pudiera antes de perder la nariz.

— ¿Stiles?

Escucho decir apenas dar un par de pasos, volteo para ver quien le llamaba y el frio dejó de importarle.

De entre los 19 millones de habitantes en New York nunca pensó en encontrarlo a él. Tenía claro que durante mucho tiempo vivió en la ciudad que nunca duerme junto a su hermana, pero Stiles supuso que después de tanto tiempo de no saber nada de él se habría mudado.

Pero ahí estaba, devolviéndole la misma mirada de incredulidad que seguro mostraba el castaño y de no ser porque estaban deteniendo el tráfico a la hora pico jamás habrían interrumpido ese maravilloso momento.

Llegaron a la acera más cercana entre cláxones de coches y alguna que otra palabra no muy amable de sus conductores.

Ninguno decía nada, solo permanecían quietos mirándose todavía incrédulos, siendo Stiles el primero en despabilarse no pudo evitar las ganas que tenia de abrazar al otro con toda la fuerza que pudo reunir.

— ¡Derek! —Cuando sintió los brazos del otro apretarlo contra sí una oleada de calor lo inundo.s del otro apretarlo contra sí una oleada de calor lo inundo.