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En la experiencia de Finn, ser convocado ante la presencia de un superior nunca auguraba nada bueno. 

Intentaba no pensar en ello mientras caminaba por los pasillos de la base en dirección al despacho de la general Organa, pero la sensación de tener un puño enorme estrujándole el estómago no se iba. 

Venga, hombre, no seas idiota. Ahora no estás en la Primera Orden.

Se repetía mentalmente esa idea, una y otra vez, en un esfuerzo inútil por controlar sus nervios. Además, ni siquiera había tenido tiempo de meter la pata todavía. Había salido de la enfermería hacía sólo dos semanas, y hasta el día anterior no le habían dado el alta definitiva. 

No puede ser nada malo, ¿verdad? ¿Verdad?  

Dobló un recodo y se encontró en el pasillo que buscaba. El despacho de la general estaba más o menos hacia la mitad del corredor, y lo único que distinguía su puerta de las demás era la pequeña placa rectangular con el nombre "L. Organa" que había sobre el intercomunicador. Finn se retorció las manos una vez más, respiró hondo y pulsó el botón para llamar. 

La puerta se abrió de inmediato ante él, dejando ver al androide de protocolo dorado con el brazo rojo, cuyo nombre no recordaba en ese momento.  

—¡Oh! ¡Hola, señor Finn! —exclamó alegremente el droide—. Pase, por favor. La general Organa le está esperando.

Se hizo a un lado con su caminar lento y rígido de costumbre, extendiendo un brazo hacia el interior del despacho en un gesto de cortesía. Finn avanzó, pasando por delante del droide, y se encontró dentro de un despacho mucho más sencillo y pequeño de lo que esperaba. Pocos muebles y ningún lujo, salvo que se contara como tal la enorme ventana que dominaba la pared opuesta, y que ofrecía una preciosa vista de los bosques que rodeaban la base.

Sentada bajo ese mismo ventanal, la general Organa le miraba con rostro sereno desde detrás de su escritorio, y no era la única que lo hacía. Frente a ella, cómodamente instalado en una de las dos sillas situadas ante la mesa del despacho, estaba Poe Dameron.

El piloto le dirigió una pequeña sonrisa de complicidad y, cuando Finn llegó a su altura, alargó el puño para que le chocara los nudillos, a modo de saludo. Finn correspondió tanto al gesto como a la sonrisa, y se sentó junto a él en la otra silla frente al escritorio, ahora mucho más tranquilo.

El mero hecho de que Poe también estuviera allí había bastado para borrar de un plumazo su nerviosismo: fuera cual fuese la razón por la que ambos habían sido convocados, no podía ser para echarles la bronca. Al fin y al cabo, Poe era el ojito derecho de Leia.

No es que Finn pudiera culparla por ello, claro está. Poe era el ojito derecho de toda la Resistencia, de hecho. Finn había tenido ocasión de observar cómo se comportaban los otros pilotos alrededor de él, el respeto que subyacía bajo todas sus bromas. Incluso los mecánicos y los ingenieros de la base trataban de impresionarle. El día anterior, un asistente se había dedicado a retocar la pintura de su Ala-X para quitarle los arañazos recibidos en la última batalla, sin que nadie se lo pidiera. Cuando Poe se lo agradeció con una palmada en el hombro, el chico había estado a punto de desmayarse.

—Me alegro de ver que ya estás completamente recuperado, Finn —dijo Leia con amabilidad. Para un ojo poco observador, la general podría parecer la misma de siempre: no había variado en nada su ritmo de trabajo, ni la energía con que lo acometía, ni la consideración con que trataba a todo el mundo. Sin embargo, había sombras oscuras bajo sus ojos y su piel había adquirido un tono mortecino, apagado, casi sin vida. Parecía haber envejecido diez años desde la misión que había acabado con la mayor arma del enemigo y también, de un modo trágico, con la vida de Han Solo.

—Gracias, general —respondió él—. Esos droides médicos que tienen ustedes son increíbles, señora. Apenas me han quedado cicatrices, me han dejado como nuevo.

Por el rabillo del ojo pudo ver que Poe apretaba los labios y agachaba la cabeza por un momento. Era un gesto recurrente cada vez que se mencionaban las heridas de Finn, como si el recuerdo le trajese un sabor amargo a la boca. Poe había sido lo primero que Finn había visto al despertar en la enfermería, montando guardia junto a su cama como si estuviera convencido de que podía evitar que la muerte se lo llevara a base de fuerza de voluntad, y el alivio que transformó su rostro al verle abrir los ojos daba fe de lo cerca que Finn había estado de no contarlo.

Poe era un buen amigo. Finn se sentía muy afortunado de tenerle, sobre todo ahora que Rey se había marchado para encontrar a Luke Skywalker y convertirse en jedi. Todavía estaba intentando asimilar esa parte.

—Os he mandado llamar —continuó Leia, sacándole de su ensimismamiento— porque necesito encomendaros una misión un tanto especial.

—¿Una misión? —preguntó Poe, con tono preocupado— ¿Qué clase de misión? ¿No es demasiado pronto para Finn? Es decir, le acaban de dar el alta, ¿no?

—Estoy bien, Poe —le aseguró él; el piloto se volvió para mirarle, sin aspecto de estar muy convencido—. En serio, sea lo que sea, puedo hacerlo. En fin, eso creo. Eh… Quizá no debería haber dicho eso antes de saber de qué se trata, ¿verdad?

Terminó la frase volviéndose hacia Leia con los hombros caídos y de repente deseó poder hacerse más pequeño. Estaba seguro de que acababa de meter la pata, y bien metida. La general respondió con una sonrisa indulgente.

—Si te soy sincera, a Poe no le falta razón. Por mí, preferiría esperar un poco más antes de enviarte cerca del enemigo, pero me temo que eres la única persona que puede llevar a cabo este trabajo. Dime, Finn, ¿recuerdas algo de tus primeros años adiestrándote como soldado de asalto? En concreto, ¿recuerdas cómo llegaste allí?

La pregunta le tomó por sorpresa. Hacía mucho que no pensaba en el pasado. Intentó remontarse tanto como pudo en su memoria, pero no encontró ningún recuerdo de antes del centro de entrenamiento. Siempre le habían inculcado que aquella era toda su realidad: su pasado, su presente y su futuro. Que para él no había un antes de la Primera Orden, ni tampoco un después.

La idea de que no había un después había caído por su propio peso, y además de forma estrepitosa, en cuanto él y Poe se subieron a aquel caza TIE y huyeron del destructor estelar. Pero, por alguna razón, Finn no había llegado a plantearse si también lo del antes era mentira. Al menos, no hasta ahora.

—No recuerdo haber llegado —admitió, en voz baja—. Que yo sepa, estuve allí desde siempre.

Leia asintió con los labios apretados, como si la respuesta no le sorprendiera pero le contrariase de todas formas.

—Lo suponía —murmuró, en tono sombrío—. Veréis, la situación es ésta: hemos destruido un arma que a la Primera Orden le costó mucho tiempo y recursos construir, lo que significa que están muy debilitados ahora mismo. Aun así, eso no quiere decir que estén acabados. Siguen disponiendo de una importante flota de destructores estelares y, lo que es aún más preocupante, un ejército muy grande. De hecho, ésa ha sido siempre una de sus grandes ventajas: la superioridad numérica. Antes usaban clones y ahora adiestran niños desde la cuna, pero el resultado es el mismo. Sus fuerzas no parecen tener fin.

Alternaba la mirada entre uno y el otro mientras les contaba todo eso, como si quisiera asegurarse de que le prestaban atención, aunque en realidad no le hacía falta: tanto Finn como Poe estaban pendientes de cada palabra.

—Por eso necesito a Finn para esta misión —siguió diciendo Leia, centrándose en él—. La ubicación de los centros de entrenamiento es secreta, y hasta ahora ninguno de nuestros esfuerzos por descubrirla ha dado resultado. Pero tú conoces la situación de al menos uno de ellos, ¿no es así?

Finn asintió, despacio.

—La base donde yo me crié —dijo—. En el planeta Fondor.

—Exacto —confirmó la general—. Os contaré lo que sabemos hasta ahora: la Primera Orden lleva décadas capturando niños en planetas remotos o desprotegidos, para convertirlos en soldados ciegamente fieles a su causa. Realizan una sola incursión al año y nunca atacan dos veces seguidas en el mismo planeta, con lo que consiguen no causar el suficiente revuelo como para atraer la atención de las autoridades de la República. No tenemos ni idea de adónde les llevan después de eso, con la excepción del centro en el que Finn se entrenó, ni tampoco sabemos cómo se organizan.

Dirigió una mirada hacia Finn, y después a Poe, antes de continuar.

—Quiero que averigüéis todo lo que haya que saber sobre la red de captación y entrenamiento de la Primera Orden, porque vamos a desmantelarlo. Vamos a cortarles el suministro de soldados de una vez por todas.

Poe y Finn intercambiaron una larga mirada. La expresión del piloto reflejaba con bastante fidelidad lo mismo que Finn sentía: la responsabilidad de una misión tan importante, el orgullo de que se la hubieran encomendado precisamente a ellos, y la determinación de no defraudar a la general costara lo que costase.

—Cuente con nosotros, general —contestó Poe con decisión.

Leia asintió con el aire de quien no esperaba menos.

—Finn, ¿hay algo más que puedas contarnos sobre tu proceso de entrenamiento? Cualquier detalle es útil, aunque parezca trivial.

Finn suspiró, haciendo memoria.

—Estuve en el centro de adiestramiento hasta los dieciocho años —comenzó—. Además del entrenamiento en sí, también teníamos que trabajar en lo que nos ordenaran: limpieza, reparaciones… lo que tocara. Recuerdo que estuve un tiempo asignado a las cocinas, y cada semana nos llegaba un cargamento de suministros. A lo mejor podríamos empezar por ahí.

El rostro de la general Organa se iluminó.

—Ésa es una gran idea, Finn —le dijo con énfasis.

El muchacho sintió que se hinchaba de orgullo. Dirigió una mirada hacia Poe, como para asegurarse de que él también había oído a la gran Leia Organa, líder de la Resistencia y leyenda viviente, felicitarle por su idea. El piloto asintió con la cabeza y le guiñó un ojo, sonriente.

—Podríamos intentar colocar un localizador en la nave de transporte y seguirla hasta su punto de origen —propuso Poe.

—Creo que es la mejor opción que tenemos —convino la general Organa—. Pero quiero dejar una cosa muy clara: se trata de seguirles y espiarles, nada más, ¿de acuerdo? Bajo ningún concepto debéis entrar en contacto con el enemigo si podéis evitarlo.

Hizo una pausa, con la mirada fija en Poe, que pareció encogerse un poco bajo su escrutinio. Finn estuvo a punto de decirle a la general que no tenía de qué preocuparse, que no estaban tan locos como para querer enfrentarse ellos dos solos a la Primera Orden, pero algo en el lenguaje corporal de Poe, en su manera de moverse en el asiento como si le picara algo, y en la expresión afectuosa pero severa de la general, le dijo que tal vez estaría hablando de más.

—¿He hablado claro? —concluyó la mujer.

—Sí, señora —respondieron los dos a la vez.

—Muy bien. Saldréis en cuanto estéis listos.

 

 

Iba a ser la primera vez en mucho tiempo que Poe no viajara en su Ala-X, pero no había forma de que pudieran acomodarse en él dos personas. Leia les había asignado un carguero ligero de clase YT bautizado con el nombre de Moon Jumper. Era un poco más pequeño que el Halcón, pero equipado con todo lo necesario para viajes interestelares y con espacio más que suficiente para ellos dos.

Poe fue a su habitación para quitarse el mono naranja de piloto y cambiarlo por ropas civiles, más discretas y apropiadas para el trabajo que tenía por delante. Como el Jumper contaba con una unidad completa de limpieza, calculó que podría apañarse con lo que llevara encima más una muda de repuesto. Estaba acostumbrado a viajar con poco equipaje y lo prefería así.

Al sacar de su arcón las prendas que iba a llevarse, quedó a la vista un bulto envuelto en tela blanca que había al fondo. Poe se detuvo en seco, sintiendo que le faltaba el aire por un momento. La reacción no era nueva y, a pesar de todo, siempre le pillaba desprevenido ese vuelco en el corazón cada vez que algo se lo recordaba.

Se agachó para sacar el paquete y retiró con cuidado la tela blanca que lo envolvía, para dejar al descubierto los restos chamuscados y rotos de la chaqueta que primero había sido suya y luego de Finn.

Un centímetro. Eso le había dicho el droide médico. El tajo del sable de luz de Kylo Ren se había quedado a un centímetro de cercenar la columna vertebral de Finn. Un mísero centímetro que había supuesto la diferencia entre una horrible quemadura y un daño irreparable. Entre unos cuantos músculos desgarrados y la parálisis permanente. Quizás, incluso, entre la vida y la muerte.

Un centímetro de cuero y tejido que se había interpuesto entre la hoja de plasma y la espalda de su amigo. De no ser por aquel destrozado montón de harapos que tenía entre las manos, tal vez Finn no estaría en pie en aquel momento. Poe habría hecho enmarcar la estúpida chaqueta para colgarla en su habitación, si no hubiera resultado demasiado obvio.

Era muy pronto, maldita sea. Puede que Finn estuviera preparado para volver a la acción, pero desde luego Poe no lo estaba para verle otra vez en peligro. Al menos esta vez iría con él, pero ¿y si no podía protegerle? ¿Y si no era lo bastante rápido, o lo bastante listo, o lo bastante fuerte? Si al chaval le pasaba algo, Poe jamás se lo perdonaría. Por no mencionar que, emocionalmente, eso le destruiría.

Por el amor de la Fuerza, ¿hasta qué punto puedes llegar a ser patético, Dameron?

Se pasó una mano por el pelo, riéndose de sí mismo. Era ridículo. Apenas conocía a Finn en realidad, ¿cómo podía haberse colgado tan fuerte por él, en tan poco tiempo? Por muy bien que hubieran conectado nada más conocerse, no tenía sentido.

Pero sí que habían conectado bien, ¿verdad? Mejor que bien, había sido mágico. Se habían entendido a la perfección, confiando por instinto el uno en el otro, como si se conocieran de toda la vida. Su huida de la Primera Orden le había hecho sentirse más vivo de lo que recordaba haberse sentido en muchísimo tiempo, y desde entonces no había sido capaz de sacarse a aquel chico de la cabeza. Ni cuando se despertó en Jakku, ni cuando le buscó por todas partes sin éxito, ni mientras esperaba a que la Resistencia respondiera a su señal de socorro y viniera a buscarle.

Se dio cuenta de que estaba sonriendo como un idiota en la soledad de su cuarto y sacudió la cabeza, exasperado consigo mismo. Se llevó la chaqueta a los labios durante un segundo, antes de volver a cubrirla con la tela blanca y dejarla donde estaba, al fondo del arcón.

Cuando cerró la tapa, descubrió que le temblaban las manos. Respiró hondo y se sentó en su cama, tratando de recuperar la calma. Más le valía aprender a controlarse un poco, si quería sobrevivir a este viaje. Tenía por delante entre dos y siete días, como mínimo, de pasar cada hora de cada uno de ellos a solas con Finn. Eso eran muchas oportunidades para ponerse en ridículo, teniendo en cuenta que no tenía la más mínima esperanza con él.

No era el pesimismo lo que le hacía pensar así, era su sentido de la realidad. Desde que volvieron a encontrarse, el chaval no había sido capaz de hilvanar una frase completa sin incluir el nombre de Rey en ella. Estaba claro por dónde iban los tiros. Así que no, no sería muy buena idea pasarse la misión comportándose como un cachorrito enamorado alrededor de Finn.

Eso le recordó que aún tenía que terminar de hacer su equipaje y revisar la nave. Metió la ropa en su mochila y salió de la habitación para encaminarse a la zona de los hangares. De camino, pasó por el almacén de suministros y recogió las raciones que Leia ya había ordenado que les facilitaran para el viaje.

BB-8 le estaba esperando junto al Moon Jumper. El droide emitió un alegre pitido al verle llegar y le salió al encuentro, rodando con entusiasmo alrededor de sus pies hasta que Poe se agachó para saludarle.

—Hola, amigo —le dijo, mientras le daba una palmadita en la cabeza—. ¿Qué, todo listo?

BB-8 contestó con un sonido de aprobación. Después se inclinó hacia un lado, como si estuviera mirando algo que había detrás de Poe y, con otro alegre pitido, rodeó al piloto y salió disparado hacia lo que fuera que había llamado su atención. Poe se dio la vuelta para comprobar a dónde iba y vio a Finn esquivar con habilidad al pequeño droide cuando éste estaba a punto de hacerle tropezar.

—¡Eh, tranquilo, colega! —rió Finn, en dirección a BB-8. También se agachó para saludarle, acariciándole la carcasa con una sonrisa franca y contagiosa que a Poe se le clavó directamente debajo del esternón.

—¿Todo listo, Poe? —la voz de la general Organa, justo a su espalda, le hizo girarse con un sobresalto. No la había oído acercarse, y a juzgar por la mirada sabia con la que le estaba observando, la mujer llevaba ahí el tiempo suficiente como para haberle visto embobado con Finn como un adolescente en su primer enamoramiento.

Tragó saliva con dificultad. Genial, esto era justo lo que le faltaba.

—Sí, general, todo listo —carraspeó, pasando la mano por el costado de la nave como una caricia.

—Déjate de títulos, Poe, ahora no estamos en una reunión oficial —replicó ella, con una sonrisa maternal.

Poe bajó la mirada, dejando escapar un resoplido. Tenía una intuición más o menos clara de lo que vendría a continuación y no estaba seguro de poder escapar de ello con la dignidad intacta. Aun sin estar entrenada en el uso de la Fuerza, Leia tenía una habilidad innata para leer a la gente, y con él le resultaba especialmente fácil después de tantos años trabajando juntos. Intentar ocultarle algo a la general Organa habría sido tan inútil como intentar ocultárselo a su propia madre, cuando ésta aún vivía.

Leia avanzó hasta situarse frente a él y le puso una mano en un hombro.

—No hagas ninguna locura —le dijo cuando él levantó la vista de nuevo—. Sé que ya te lo he advertido antes, pero te lo voy a repetir porque te conozco: vuestra tarea es observar, ¿de acuerdo? No os metáis en líos.

—Sí, mi general —respondió él; Leia puso los ojos en blanco al oírle usar su título formal otra vez, pero el respeto que aquella mujer le inspiraba estaba grabado a fuego en su ADN y no sabía hablarle de otra forma—. Aun así, y en mi futura defensa, quiero hacer constar que la última vez que una misión salió según lo planeado, fue más o menos alrededor de… nunca.

—Más a mi favor, entonces —insistió ella. Su mirada se desplazó durante apenas un segundo hacia Finn, que seguía jugando con BB-8 a unos cuantos metros de distancia—. Si llegara el caso, ese muchacho sabe cuidar de sí mismo. No lo olvides, Poe. Si te preocupas más de protegerle a él que de mantener la cabeza fría durante un combate, eso no os beneficiará a ninguno de los dos. Prométeme que te cuidarás.

Poe asintió con la cabeza, sin saber muy bien qué decir. Se sentía desarmado, expuesto, con las emociones a flor de piel. Se preguntó si a todo el mundo le resultaba tan evidente lo que sentía por Finn, aunque en realidad no quería saber la respuesta.

Leia le dio un apretón en el hombro y Poe sintió el impulso curativo de la Fuerza como una corriente cálida, que irradiaba desde ese punto hacia el interior de su cuerpo y le calmaba los nervios. Se lo agradeció con un gesto de cabeza y ya no tuvieron tiempo de decirse nada más, porque Finn les alcanzó con su mochila colgada del hombro y BB-8 pisándole los talones.

—¿Nos vamos ya? —preguntó, después de saludarles a ambos. Prácticamente rebotaba sobre sus pies, y Poe no pudo evitar sonreír al ver la energía que acarreaba consigo: su impaciencia por ser útil, por salir del confinamiento de la base y hacer algo, lo que fuera.

Cierra la boca, Dameron, antes de que empieces a babear.

—Sí, claro —respondió, y extendió el brazo hacia la nave como una invitación—. Cuando quieras.

—Que la Fuerza os acompañe —les dijo Leia, mientras retrocedía para apartarse.

Subieron al Jumper y cada uno tomó posición en el lugar que le correspondía: Poe en el asiento del piloto, Finn a su lado en el del copiloto, y BB-8 en el hueco destinado al astrodroide. En cuanto el personal de la base le concedió vía libre, Poe encendió los motores y sacó el carguero del hangar con un suave arco ascendente. Poco después estaban fuera de la atmósfera, rodeados de estrellas y del vacío infinito del espacio.

—Muy bien —dijo Poe, mientras introducía en la computadora de la nave las coordenadas del sistema que Finn les había indicado—. Preparaos para alcanzar la velocidad de la luz. Nos vamos a Fondor.