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Una sombra en las calles de Londres

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A través de la ventana, Holmes contemplaba con expresión meditabunda las calles empedradas de Baker Street. Estaban a finales de enero, y aunque la mayor parte de la nieve invernal ya se había derretido, el ambiente aún era frío y gris, había una gélida humedad en el aire y un hielo traicionero bajo los pies. En todo el tiempo que había pasado en Europa durante su hiato, lo único que no había echado de menos era el frío del invierno.

El gran detective se apartó de la ventana y regresó junto a la chimenea, ajustándose la bata. Se sentó en su butaca, cogió su vaso de brandy vacío, lo examinó con atención y volvió a dejarlo en la mesa. Luego cogió su pipa, jugueteó con ella y la dejó también, sumiéndose, alicaído, en la contemplación del fuego.

Habían pasado ya tres días desde que él y Watson volvieran de Dartmoor, tras resolver el segundo caso en el que sir Henry Baskerville se había visto involucrado. Habían regresado triunfantes, desmontada la farsa del esqueleto que había estado acosando al pobre hombre. Holmes esperaba que Londres lo recibiera con los brazos abiertos y un buen montón de casos para escoger. Pero se había equivocado; no había nada, ni siquiera una opulenta solterona con un perro faldero perdido o un novio desolado abandonado por su prometida.

Holmes suspiró, hundiéndose aún más en la silla. Ya podía sentir cómo se clavaban en su nuca los colmillos del perro negro de la depresión. ¡Oh, cómo detestaba la inactividad!

El tiempo tenía la culpa, Holmes estaba seguro de ello. La niebla, húmeda, glacial y omnipresente, tenía a media ciudad temblando en la cama, presa de la gripe, el catarro, la bronquitis o cosas peores, mientras que la otra media apenas se dejaba ver. Eso incluía al elemento delictivo. Holmes lanzó otro suspiro desolado, que se apagó hasta convertirse en un gruñido sordo en el fondo de su garganta. Había pensado en dedicar su tiempo a un experimento químico diseñado para facilitar la detección de los restos de pólvora, pero carecía de cierto componente y no sentía el menor deseo de aventurarse fuera en un día tan desagradable.

Se oyó un suave clic y la mente de Holmes registró distraídamente que la puerta principal se había abierto y vuelto a cerrar. Esperó, por un breve instante, que se tratara de un cliente, pero unos pasos familiares, aunque cansados, en las escaleras le hicieron hundirse aún más en su butaca. Oyó que Watson se detenía ante la puerta, sofocando una tos. Holmes comprendió que el doctor intentaba decidir si entraba en la sala o subía a su habitación. También comprendió que, a menos que decidiera combatir la melancolía sumergiéndose prematuramente en el olvido con su solución al siete por ciento hasta que se presentara un nuevo caso, no quería estar solo.

—¡Watson! —gritó—. ¡Haga el favor de dejar de acechar detrás de la puerta y venga a calentarse junto al fuego!

Se oyó otra tos ahogada que bien podría haber sido una risotada, y la puerta de la sala se abrió. Watson la cerró enseguida, bloqueando el paso a la helada corriente que lo había seguido desde la calle. Dejó su maletín junto a la puerta y fue hacia su butaca cuidando sus andares, como hacía siempre que intentaba disimular su cojera. Tomó asiento, se permitió exhalar un leve suspiro y estiró las piernas, colocándolas sobre la banqueta.

—Veo que ha pasado junto al río —dijo Holmes con indiferencia tras echar un vistazo a las salpicaduras de barro en el dobladillo de sus pantalones—, seguramente para atender los males de los más pobres. Hoy ha tenido que arreglar una fractura; veo restos de yeso en sus uñas. Probablemente, algún desdichado resbaló en el hielo. No le han pagado bien por sus desvelos, puesto que no se ha detenido en ningún bar ni club de camino a casa, y se marchó tan temprano esta mañana que no me cabe duda de que también ha pasado parte del tiempo en el hospital.

—Ha acertado en todo, como de costumbre —sonrió Watson, aunque no había calidez en sus ojos—. Muchos miembros del personal del hospital son ahora sus pacientes. Hay una cepa de gripe especialmente virulenta este invierno…

—…que usted, mi querido amigo, va a pillar si no se cuida —lo reprendió Holmes—. En serio, ¡debe de haber otros médicos en la ciudad capaces de ayudar!

—¿En esta época del año? No los suficientes, Holmes. Ni por asomo… —suspiró Watson, cerrando los ojos y recostándose en la silla.

Holmes observó atentamente al doctor. Su estancia en Dartmoor había sido ardua para ambos, aunque a él no le había tocado pasar varias horas perdido en el páramo, en medio de la nieve, como al pobre Watson. El doctor había regresado a Londres con un persistente resfriado y un montón de trabajo que habría provocado la envidia de Holmes si se hubiera tratado de su especialidad.

Watson tosió, soñoliento, ya medio adormilado en su butaca. Holmes se levantó despacio y fue hacia el mueble-bar para coger un par de vasos. Acababa de comenzar a llenar el primero cuando oyó un fuerte golpe en la puerta principal. Vaciló un instante, escuchando a la señora Hudson acudir a la llamada, y siguió con su tarea, decidido a esperar para ver qué auspicios traería esa visita. ¡Tal vez un caso…!

Se dio la vuelta al oír abrirse la puerta de la sala. La señora Hudson entró a toda prisa.

—Siento molestarlo, señor —dijo con auténtico pesar—, pero hay un joven que desea ver al doctor Watson y está terriblemente alterado…

—Ya veo —dijo Holmes con voz serena, pese a sentir morir sus esperanzas—. ¿Watson?

El doctor lanzó un suspiro de cansancio, pero ya se estaba levantando.

—Hágalo pasar, por favor.

La señora Hudson asintió y se apartó, dejando paso a un hombre delgado y pálido, de metro ochenta, cabello trigueño y movimientos rápidos y furtivos. Sus ojos azules saltaban de Holmes a Watson sin parar, y parecía a punto de caer de rodillas en actitud suplicante, mientras extendía hacia ellos, sin llegar a tocarlos, sus sucias manos.

—Tranquilícese, Harry —dijo Watson con amabilidad—. Por dios, ¿qué le pasa? Holmes, éste es Harry Frederickson, un estibador que trabaja en el río.

—Señor —dijo Harry, saludando a Holmes con la cabeza antes de volver hacia Watson su mirada implorante—. Doctor, es Molly… mi esposa, señor… está mal otra vez, su pecho… se cayó y… y no podía levantarse y… y los niños…

Watson asintió con rapidez.

—Será mejor ir allí. Holmes, no sé cuánto…

—Tenga cuidado, Watson —respondió Holmes, sosteniendo con cuidado el brandy en una mano.

Watson asintió y le dedicó una breve sonrisa, cogió su sombrero, su abrigo, su maletín y su bastón y siguió rápidamente al estibador escaleras abajo.

A través de la ventana, Holmes vio cómo el doctor llamaba a un coche (cuya tarifa seguramente apenas podía permitirse) para llegar junto a su paciente lo antes posible. Holmes lanzó un suspiro. Por lo general, los pobres prescindían de los médicos hasta que era demasiado tarde, ante la imposibilidad de pagar sus servicios. En su opinión, debería haber algún tipo de disposición nacional para estas cosas. Tomó nota mental de mencionárselo a su hermano, el de la vocación política, en algún momento…

Se apartó de la ventana, aburrido. Quizá no estaría mal sumergirse en el olvido durante unas horas…