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Acquaforte

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1.

La laguna era un espejo húmedo y de un azul profundo al amanecer. Ningún rayo del sol, por muy afilado y luminoso que fuera, lograba atravesar la capa de hielo perenne. La luz, sin excepciones, rebotaba primero en la superficie de diamante y después en la fina película de agua que empezaba a cubrirla, antes de estrellarse y partirse en millones de pedazos contra los edificios relucientes y las molduras doradas de San Marco. Sobre la fachada del Palacio Regio otros espejos, estos creados por los artesanos de la ciudad, devolvían la luz y el calor a la orilla inmóvil. Alrededor de los muelles y sus deslizadores las hogueras de los vigías mantenían una parte derretida a medias incluso por la noche, en una barrera de una decena de metros. A medida que la luz se volvía púrpura primero y rosada después, los fuegos se fueron apagando y los espejos tomaron su lugar, haciendo señales a los peces.
La máquina se detuvo a observar. Al hacerlo pudo notar cómo las cuchillas de sus patines resbalaban apenas una milésima más del punto de control. Recuperó el equilibrio y los engranajes de la articulación que transmitía energía a las piernas chirriaron, poco acostumbrados a tener que improvisar un movimiento. Normalmente evitaba que el amanecer le sorprendiera en la laguna, pero de vez en cuando sucedía, sin más. Durante el día la extensión helada era un charco cristalino. Deslizarse se volvía difícil. Hacerlo con cierta velocidad y pericia era imposible. El agua helada oxidaba las cuchillas y las piezas con tanta facilidad que parecía algún ácido corrosivo y no simplemente hielo derretido. En los últimos meses, en los que los exploradores habían tenido que triplicarse, cinco máquinas habían quedado atrapadas en el plato en algún momento del amanecer. Habían ido demasiado lejos o se habían entretenido contemplando las luces de la ciudad, siguiendo a las sombras de los bailarines en las ventanas o estudiando a los pescadores que se arriesgaban a deslizarse por el hielo de noche, del mismo modo que las máquinas se arriesgaban al hacerlo de día. La noche siguiente encontraba a la máquina de turno atrapada hasta los tobillos en el nuevo hielo. Lo único que podía hacerse la mayor parte de las veces era fundir las partes más salvables, hacer un viaje a los almacenes y una renovación casi completa. Era una mala época para tener que solicitar un mecánico. Terriblemente inconveniente, perder a un operario cualificado durante horas porque un explorador necesitaba su atención. Al final no había más remedio que arreglarse con la primera pieza relativamente adecuada que se encontrasen.
Dio media vuelta, dándole la espalda a la ciudad que despertaba, y emprendió el camino de regreso con zancadas decididas. El movimiento de extensión derecho se desviaba ligeramente; trató de compensarlo con el peso del fardo. A la izquierda los puntos de presión suspiraban a un ritmo regular, perfecto, expulsando sus nubecillas de vapor sin problemas. Ahora que se había adecuado al estado del hielo no le era difícil imprimir el impulso necesario para recorrer tanta distancia como le era posible pero no tanto como para perder el equilibrio si necesitaba volver a ajustar su ritmo. Las válvulas de la máscara exhalaron un suspiro y aminoraron el bombeo del aire. No se había dado cuenta de en qué momento había entrado en hiperventilación. Igual, quizá, que los otros exploradores no se habían dado cuenta de que el hielo se debilitaba. No importaba para qué estaban allí; todas las máquinas que pasaban la noche en la tierra de nadie que rodeaba Venecia olvidaban en algún momento los registros y la música del vapor. Olvidaban su trabajo. A veces era sólo por unos segundos, un momento, hipnotizados por la vida de los humanos, allí a lo lejos. A veces eran horas, hasta que amanecía. Era en cierto modo sorprendente que las renovaciones fueran relativamente escasas.
Y sin embargo lo que temía no era perder sus piezas. No eran nada extraordinario, a excepción quizá del medidor de presión del vapor atornillado en su pecho, que tenía unas agujas tan finas como hilo de cobre, y que podía marcar diferencias que en otros radiales pasarían desapercibidas simplemente por tener piezas demasiado grandes. Pero podría vivir sin ello. Que sus piezas fueran sustituidas sería sólo una molestia. Cuando pensaba en ello se imaginaba algo similar a los primeros momentos después de ajustarse unas cuchillas nuevas, cuando parecía que cada surco sobre el hielo se hundía tan profundamente que tendría que detenerse y forzar para volver a salir de él. Necesitaría unas horas o quizá unos días hasta amoldarse a los nuevos ritmos del aire y el agua impulsando sus tuberías, a las nuevas articulaciones y a los nuevos pedazos de metal. Después seguiría haciendo lo mismo, igual que siempre, ni bien ni mal. Haciéndolo, sin más.
Temía el frío. Aunque no pudiera sentirlo. Aunque supiera sin asomo de duda, como una certeza absoluta, que no podía sentirlo. Podría lanzarse en uno de los agujeros de los pescadores, pensaba de vez en cuando, por poner un ejemplo. No era difícil imaginar qué pasaría después. Para empezar, se hundiría sin remedio en el agua, una masa de metal, y la temperatura descendería con él hasta alcanzar el fondo arenoso de la laguna. Los pies se le hundirían en el limo, posiblemente hasta los tobillos. La arena causaría otros daños irreparables, distintos a los del agua pero con las mismas consecuencias. La máscara le proporcionaría unos minutos más de oxígeno; no era una máscara especial. No conservaba una reserva ni sintetizaba el presente en el agua. Sólo respiraba por él mientras estuviera en la superficie. Las válvulas de vapor, sin embargo, seguirían haciendo su trabajo unas horas o puede que incluso días después de que cesara la actividad. En pocas semanas estaría cubierto de mejillones, de algas. En unos años sería sólo un pilar de seres acuáticos devorando plancton. En ningún momento de todo ese proceso sentiría frío. Pero incluso sin lanzarse al agua había una parte de su cerebro, una conexión que no debía funcionar bien del todo, que le recordaba que debería tener frío. Que tendría frío si se detenía durante unos momentos o si quedaba atrapado en el agua. Y era una conexión tan persistente, tan intensa en su convicción, que por momentos, si perdía la concentración un instante, le hacía creer que era real. Como si fuera humano y su piel conservara terminaciones nerviosas que transmitían la información, la necesidad primitiva de acercarse a un fuego y extender las manos sobre él para entrar en calor. Podía sentir el frío, aún sabiendo que era imposible. No era común pero tampoco era un caso único; algunas máquinas sin visión relacionaban el calor del sol, y la asociación de la temperatura con la luz estaba tan intrincada en sus procesos mentales que creían ver esa claridad aún estando ciegos.
Era tan ilógico como estar convencido de que el sol era negro o la lluvia caía hacia arriba. No podía sentir ni frío ni calor, para eso existían los termómetros, fiables y exactos. Treinta y dos grados bajo cero, frío. Doce grados y medio, templado. Trescientos cincuenta y ocho grados, caliente. Venecia se mantenía esforzadamente una docena de grados por encima del punto de congelación. La laguna no tenía hogueras. Entró en una zona sombría, bajo una de las nubes opacas que de vez en cuando casi llegaban hasta la ciudad, y su velocidad aumentó perceptiblemente sobre el hielo sólido. Apretó contra sí el fardo. Le había tomado la temperatura al bebé cuando lo encontró, aunque para entonces ya sabía que estaba muerto. Tenía los ojos abiertos, grandes, del mismo color azul cristalizado de la laguna. No había lágrimas congeladas atrapadas en las pestañas, como de costumbre; era inusual, un bebé de pocos días que había muerto tranquilo, mirando al cielo lleno de estrellas, a tantos metros del calor y de la ciudad como se había atrevido su madre, o su padre. Lo habían envuelto en una manta, sin ninguna clase de razón aparente teniendo en cuenta que después lo habían dejado abandonado en el hielo, pero aún así los tendones de aluminio de la máquina habían dejado marcas en la piel azulada cuando lo examinó. Sin disminuir la velocidad, mucho más seguro ahora que conocía el estado del hielo bajo las nubes, ladeó la cabeza y apartó la tela aterciopelada con sus bordados de animales y flores. Parecía que el niño le miraba. Sin embargo, sabía que era sólo una ilusión causada por los ojos abiertos y lo tranquilo de su expresión. Tal vez el bebé tampoco había sentido frío. Era imposible saberlo, pero tal vez por eso no había llorado. Sólo podía conjeturar.
Lo único seguro era que ya no lo sentiría más. La máquina dibujó un ocho perfecto sobre el hielo, despidiéndose de la ciudad por ese día, y desapareció en la niebla con su botín en brazos.