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La línea entre el amor y el odio.

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Todo el mundo sabía lo que se cocía en las mazmorras de Hogwarts, se sabía pero no se comentaba, aquel lugar no tenía la respetable fama de la Torre de Astronomía, allí no había parejas fundiéndose en un amor prohibido, porque para empezar en lo que se practicaba allí no había amor. Era una norma, y si caías en semejante cursilería lo único que ibas a conseguir era salir más jodido de lo que deberías. Aquel lugar no era para Gryffindors de amor inquebrantable ni Hufflepuff flotando en nubes rosas de azúcar, la advertencia era clara, por lo que no comprendía que hacía allí esa corbata roja sobre el cuerpo desnudo.

A pesar de todo era un apetecible cuerpo desnudo, si un intrépido e insensato Gryffindor había ido a parar allí no iba a desperdiciarlo. Se acercó predadoramente y alargó una mano depositándola sobre la nuca del otro y que hizo descender por la piel morena hasta detenerla sobre el hueso de la cadera, junto a la polla semidura, obteniendo un suave temblor. Levantó la vista hasta donde debía estar su rostro, pero que estaba oculto por una sombra mediante un hechizo. Colocó su otra mano donde había empezado su viaje su hermana y lo atrajo hasta que conectó sus bocas. Lo besó lentamente, delineando con su lengua los labios para evocar la imagen en su mente, mordiendo el grueso labio inferior y el fino superior, separándolos con su lengua, adentrándose en la boca, recorriendo los dientes ligeramente pequeños y acariciando el músculo excitante que habitaba allí. Como premio obtuvo un gemido y él acercó el resto del chico con la mano que aún descansaba en la cadera. Dejó la delicadeza para frotarse aún vestido contra ese cuerpo, devorar aquella boca, enredar su mano en el cabello duro, espeso y que antes de su ataque ya salía en todas direcciones, acarició la espalda, el pecho y abdomen con músculos suavemente definidos, las tetillas sensibles que le alimentaban con más gemidos cada vez que las rozaba y agarró una de las nalgas, redondas y firmes que ya estaba ansiando conquistar.

No recordaba que hubiese ningún Gryffindor tan pecaminoso como el que estaba a punto de profanar, pero dejó ese misterio para cuando no tuviese nada entre manos.

Las manos ligeramente temblorosas de su amante decidieron al fin entrar en acción y encontraron los botones de su camisa desabrochándolos con cierta dificultad. Por su parte, privó a una de sus manos del tacto de la adictiva piel y la llevó a su pantalón necesitando un mayor contacto con el otro cuerpo. Sacó su polla de la prisión de tela y la rodeó con su mano junto a la erección del otro. El otro gimió casi gritando ante el contacto y sus manos perdieron la poca habilidad que habían tenido desabrochando cinco de los botones de su camisa.

Tras unos momentos únicamente concentrado en el placer otorgado por su mano y el roce con la dureza del chico, llevó su otra mano a su bolsillo cogiendo su varita y agitándola una vez para que su ropa abandonase su cuerpo quedando doblada sobre uno de los pupitres apilados en el fondo del aula en desuso, y una segunda vez para que lubricante se extendiese por sus dedos, momento en que dejó caer la varita al suelo antes de que también quedase impregnada.

Llevó esa mano al culo del otro, tanteó su ano produciendo que el otro se tensara. No le dio importancia, y con suavidad presionó con un dedo introduciéndolo en la fruncida entrada. Un gemido no muy placentero resonó junto a su oído, Draco pasó su pulgar por la punta de la polla del otro como compensación y continuó adentrando el dedo en el culo, moviéndolo dentro y fuera y en círculo, despacio, asombrado por la excesiva estrechez. Aquel chico no podía ser virgen, ¿qué estúpido elegiría perderla en un lugar como ese, dársela a alguien que no conoce ni tu nombre? Desechó la idea por inverosímil y continuó con la tarea introduciendo un segundo dedo, y con fuerza de voluntad luchó contra los excitantes gemidos que rozaban su oído para añadir un tercero antes de sacarlos y ordenarle darse la vuelta.

El Gryffindor obedeció y apoyó sus manos en la pared de piedra. Observó las piernas torneadas pensando en la posibilidad de que aquel chico estuviese en el equipo de quidditch, desechando la idea junto al resto de datos obtenidos del joven para su posterior análisis. Acarició su miembro esparciendo el líquido pre-seminal por él y dio un paso posicionándolo en la sonrosada entrada. Agarrando con una mano la morena cadera se impulsó hacia delante, entrando lentamente, pero sin detenerse, arrancando entrecortados gimoteos del chico de la Casa rival. Se detuvo una vez estuvo enterrado hasta la base, por consideración por su amante y por sí mismo, nunca había probado un culo tan estrecho, necesitaba un momento para no correrse en ese instante y para aguantar hasta que lo hiciese el joven de piel morena, su orgullo no aceptaría otra cosa.

–Ya puedes –se oyó un susurro ronco irreconocible al poco tiempo.

Levantó la cabeza que había apoyado en el hombro del otro y depositó un húmedo beso en su nuca antes de salir despacio, casi por completo, tomando cierto ángulo antes de enterrarse totalmente de nuevo y obteniendo el profundo grito de placer que había esperado conseguir. Repitió el movimiento una y otra vez, cada vez haciéndolo más fuerte y poco a poco más rápido. Una mano permaneció en la cadera ayudándole a impulsarse, la otra vagaba acariciando y apretando todo el cuerpo a su disposición, mientras su boca besaba, lamía y mordía el cuello, oreja y hombros morenos.

Sentía que no aguantaría mucho más y afortunadamente el chico tuvo el acierto de llevar una mano a su propia polla y comenzar a bombearla, porque él, por una vez, dudaba que fuese capaz de coordinar ningún movimiento, más abrumado por las sensaciones. El Gryffindor se corrió poco después, gritando y apretando su recto aún más si es que aquello era posible y Draco se dejó ir en uno de los orgasmos más intensos de su corta vida.

El Slytherin estaba respirando acompasadamente intentando recuperarse, sabía que estaba aplastando al adolescente contra el que se apoyaba, pero no pudo moverse hasta unos segundos después y cuando lo hizo apenas tuvo tiempo de sujetar a su amante para que no colapsase contra el suelo. El moreno enterró sus dedos en las grietas entre las rocas y logró erguirse sobre sus piernas temblorosas.

–Gracias por... no dejarme caer –dijo con la voz aún inidentificable.

Draco asintió y lo observó un momento, los chupetones en su nuca, las marcas de sus manos en la cadera, la piel sonrojada y el semen escurriendo por sus muslos, antes de agachase para recuperar su varita y vestirse con un movimiento de ésta.

–Un placer –fue su despedida antes de salir del aula cerrando la puerta tras de sí y caminar por el pasillo hacia su Sala Común evocando los detalles del encuentro y deseando desvelar el misterio de su identidad queriendo asegurarse de que volvería a tenerlo bajo él.

Continúa...