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El caso del fantasma vengativo

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La sala de estar del 221-B de Baker Street tenía numerosas ventajas, entre las que destacaba la perfecta vista que ofrecía de las calles desde la ventana; eso proporcionaba al observador casual la oportunidad de contemplar todas las idas y venidas que se sucedían allá abajo pasando prácticamente desapercibido, puesto que poca gente mira hacia las alturas cuando realiza sus quehaceres diarios.

Sherlock Holmes, sin embargo, había decidido no hacer uso de este particular método de observación; en lugar de ello se acomodó en su butaca junto a la chimenea, con los ojos entrecerrados, y se dedicó a pellizcar con aire ausente las cuerdas de su violín. Después de todo, era una fría noche de enero y las ventiscas eran frecuentes. Además, se estaba haciendo ya muy tarde, y aquel tiempo inclemente, junto con la inminente llegada de la medianoche, hacía que hubiera poca gente deambulando por las calles.

Holmes interrumpió momentáneamente su música para quitarse la pipa de la boca. Era una de sus favoritas, y la estudió con atención. Estaba hecha de madera de cerezo, exquisitamente labrada. Se la había regalado Watson hacía unos años, en Navidad.

Hablando de Watson… Holmes oyó el chasquido del pestillo de la puerta principal y el característico chirrido de las bisagras. Hubo una ligera pausa. Holmes visualizó a Watson sacudiéndose la nieve de las botas y despojándose del abrigo y el sombrero. A continuación oyó sus pasos familiares en las escaleras. Holmes frunció ligeramente el ceño; el suave pero inconfundible golpeteo en cada peldaño le dijo que Watson estaba usando su bastón para subir las escaleras. Sin duda, su pierna herida se resentía a causa del frío. Contando los pasos, aguardó hasta que Watson llegó a la puerta.

—Adelante, mi querido doctor —invitó afablemente—. El fuego está encendido y seguro que un brandy medicinal le vendrá de perlas.

—Buenas noches, Holmes —dijo Watson, cruzando el umbral con una sonrisa cansada, sorprendido de encontrar aún despierto al detective—. Lo siento, viejo amigo. Espero no haberlo molestado.

—Tonterías —respondió Holmes, restándole importancia con un gesto de la mano—. Supongo que la gripe estacional sigue atacando. Deduzco por el aspecto extremadamente húmedo y embarrado de sus zapatos y pantalones que ha recorrido media ciudad en su ronda de esta tarde. ¡Pero eso no viene al caso!

Apoyó las manos en los brazos de su butaca y se impulsó hacia arriba. Watson, acostumbrado a los repentinos estallidos de energía de su compañero de apartamento, se limitó a quitarse del medio.

—Siéntese, Watson, siéntese —dijo Holmes, señalando la otra butaca con el reposapiés ya dispuesto frente al fuego—. Tengo aquí, en alguna parte… Ah, sí, aquí está. Esto llegó para usted esta mañana. Se marchó muy temprano; supongo que pasó la mañana en el consultorio.

—Sí —asintió Watson con expresión distante mientras se acomodaba en la butaca—. Varias heridas provocadas por caídas en el hielo, leves dolencias propias de la estación y un caso de hipotermia, nada demasiado serio… Ah, gracias.

Aceptó el brandy que Holmes le tendía y frunció el ceño al ver lo que lo acompañaba.

—¿Una carta?

—Dirigida a usted —asintió Holmes, volviendo a tomar asiento frente a la chimenea—. Dígame, Watson, antes de que la abra…, ¿qué puede deducir de ella?

Watson se removió ligeramente en su asiento, acomodando las piernas sobre el reposapiés mientras examinaba el sobre.

—Veamos —dijo a media voz—. Espero que me disculpe, tengo la vista cansada… El sobre es de un tipo bastante común, creo, disponible en cualquier papelería. La dirección muestra una caligrafía clara, educada, aunque ligeramente temblorosa; o el autor está enfermo o la escribió con mucha prisa o excitación. Lleva matasellos de Dartmoor, y por lo ajada que está se nota que ha recorrido cierta distancia. ¿Qué más?

—¿No tiene un… aroma peculiar? —preguntó Holmes. Una media sonrisa tiraba de sus labios.

Watson, siguiéndole el juego, consciente de que Holmes ya había deducido todo lo que podía sugerir el documento, se llevó el sobre a la nariz y lo olfateó lentamente. Cerró los ojos y volvió a olfatearlo.

—Tabaco —dijo con voz ligeramente distante—, mezclado con… hum… ¿qué? Aceite de alcanfor, creo, y… ¿láudano? Es de un médico, o al menos de un cirujano…, pero supongo que usted ya ha deducido todo esto.

Holmes no se hizo rogar y asintió con rapidez.

—Así es —dijo—. Por lo emborronada que está la filigrana del sobre, yo diría que la carta viajó metida en un bolsillo durante una temporada, con este borde ligeramente expuesto a las inclemencias del tiempo. Efectivamente, viene de Dartmoor, y su olor a tabaco me resulta conocido. Me atrevería a decir que la carta es de nuestro mutuo amigo, el doctor Mortimer. Como tiene una relación más abierta con usted, mi querido Watson, es natural que vaya dirigida a usted, aunque, por la excitación que se desprende de su caligrafía, apuesto a que tiene un caso que podría interesarnos a ambos.

—Si ya ha acabado, me gustaría abrirla —sonrió Watson.

Holmes le tendió el abrecartas que ocultaba en un bolsillo de su bata. Watson rasgó el sobre con cuidado y extrajo la carta. Le echó un rápido vistazo, y luego volvió a leerla con más atención. Cuando alzó la mirada, una leve arruga se había instalado en su ceño.

—Es, desde luego, del doctor Mortimer —dijo al fin— y, efectivamente, nos pide ayuda a ambos.

—Déjeme escucharlo con sus propias palabras, Watson —dijo Holmes con tono imperioso, tomando asiento. Se reclinó en la silla y entrelazó los dedos.

Watson se aclaró ligeramente la garganta y leyó la carta en voz alta:

—Mi querido doctor Watson: Ha pasado mucho tiempo desde nuestra última carta, y aún más desde aquel desagradable incidente con sir Charles Baskerville y el sabueso. Pero, a mi pesar, me temo que el motivo de mi carta no es el de evocar recuerdos. Espero que sepa disculparme por aprovecharme nuevamente de usted, pero ¿tendría la bondad de venir a pasar con nosotros unos días en la mansión Baskerville, cuando tenga tiempo? Sir Henry está desesperado, y temo que su salud y sus nervios acaben destrozados. Ya se había recuperado casi por completo del horrible mordisco del sabueso cuando comenzaron a suceder cosas de lo más inquietantes: aullidos y gritos nocturnos por toda la mansión y perturbadores augurios por todas partes. Mi querido Watson, quizá crea usted que estoy loco, ¡pero le aseguro que sir Henry está siendo acosado por el fantasma de Beryl Stapleton! Yo mismo he visto su espectro. El cura del pueblo ha sido incapaz de exorcizarlo y mi esposa lleva a cabo sesiones de espiritismo cada noche, suplicando a la criatura que hable con ella. Por favor, Watson, se lo imploro, y también al excelente señor Holmes: si les es posible, vengan y pongan fin a este disparate como hicieron con el del sabueso. Escribo a petición de sir Henry, y espero que una vez más acepten su hospitalidad. Quedamos, deudores y esperanzados, afectuosamente suyos. Doctor James Mortimer.

Holmes guardó silencio durante un rato, digiriendo la información. Watson tomó un sorbo de brandy y se recostó en la silla, contento de dejarle a Holmes la tarea de pensar. Sin decir palabra, el doctor le tendió la carta y Holmes se la arrebató. A decir verdad, no tenían casos que requirieran su atención en esos momentos, y aunque Watson solía tener la consulta llena, cualquiera de las consultas aledañas estaría encantada de encargarse de su cupo de pacientes. Era un favor que él devolvía bastante a menudo y con largueza.

—El doctor Mortimer escribe en un estado de extrema excitación —comentó Holmes con indiferencia—. La escritura es apresurada, con manchas de tinta, y carece incluso del mínimo decoro que uno esperaría en una carta dirigida a un amigo personal. No puedo culpar a la pluma, la tinta o el papel (que son todos comunes, de ninguna marca en especial) del temblor de sus manos. Se cree todo lo que dice: ¡que un fantasma acosa ahora a sir Henry Baskerville! Una idea ridícula, peor que la de un sabueso espectral.

—Usted demostró que el sabueso era de carne y hueso —señaló Watson, adormilado, apurando el resto del brandy de un trago.

—Y estoy seguro de que este espectro también lo es, o al menos quien lo provoca —se apresuró a aclarar Holmes. Era obvio que el caso había despertado su interés—. Watson, si no está muy cansado, le sugiero que haga su maleta antes de retirarse esta noche. Saldremos mañana temprano hacia el pueblo de Grimpen. Enviaré un telegrama al doctor Mortimer para que se reúna con nosotros en la estación. Sir Henry necesita nuestra ayuda, ¡y nosotros se la proporcionaremos!