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Desafío mortal

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—Bien, Thurston, parece que, por una vez, ha perdido —dijo el doctor Watson, sorprendido al ver entrar la bola ocho en la tronera de la esquina.

Thurston, un hombre alto de ralo cabello rubio y espesas cejas castañas, le dedicó una débil sonrisa.

—En efecto, la victoria es suya, mi buen amigo —dijo, carraspeando y frotándose la nuca—. Debería considerarme afortunado de que no hayamos estado jugando por dinero.

Watson lo miró, preocupado.

—No ha sido un torneo muy justo. Era obvio que ha tenido la cabeza en otra parte durante toda la partida. Por lo general, usted es mucho mejor que yo jugando al billar americano. ¿Qué le preocupa? ¿Hay algo que pueda hacer para ayudarlo?

Thurston se mordió el labio inferior y miró a su alrededor con expresión azorada. Se inclinó hacia Watson y susurró:

—¿Puedo hablar con usted? Quiero decir en privado.

Watson sonrió con gentileza.

—Claro. Déjeme coger mi abrigo y mi sombrero y nos iremos.

Se preguntó qué le pasaba a su compañero. Fuera lo que fuese, debía de ser bastante personal para que Thurston temiera que alguien los oyera.

Fuera, la noche estaba despejada, pero tremendamente fría. De vez en cuando, soplaba una helada ráfaga de viento que parecía traspasar la ropa de Watson y llegar hasta sus huesos. Se estremeció ligeramente y se ajustó el abrigo. Las calles estaban prácticamente desiertas, y eso pareció aliviar a Thurston.

—Vamos por aquí —susurró, tirando de Watson.

Cruzaron la calle, pasaron frente a dos edificios y finalmente se metieron en un callejón.

Watson echó un rápido vistazo a su alrededor. A su izquierda había un edificio destartalado, con las ventanas bloqueadas con tablas. Una escalera de madera conducía a una entrada lateral. El edificio de la derecha no tenía nada de especial, salvo una pila de basura que incluía varias tablas de madera en lo alto. Watson se apoyó en el pasamanos y se frotó la pierna. El frío le estaba causando un dolor atroz.

Thurston apoyó la espalda en el edificio opuesto y comenzó a hablar.

—Watson, yo… —Hizo una pausa—. Me encuentro en una posición terrible. —Otra pausa—. ¿Tiene una cerilla? Necesito fumarme un cigarrillo ahora mismo.

Watson suspiró y se metió una mano en el bolsillo.

—Tenga. No entiendo por qué no podemos tener esta conversación dentro.

Thurston intentó encender el cigarrillo, pero sus manos temblaban demasiado. Finalmente, Watson lo encendió por él.

—Bien, ¿cuál es esa situación tan terrible en la que se encuentra?

Thurston dio una larga calada al cigarrillo sin dejar de temblar. Watson no sabía si se debía al frío o a los nervios.

—Tengo un problema, Watson —dijo Thurston al fin—. Contraje una deuda muy seria tras una mala inversión y me vi obligado a pedirle dinero a un vecino. Me dio un plazo para devolvérselo, y me dijo que si no podía, le pagaría la deuda haciéndole ciertos favores.

Watson experimentó una sensación de miedo. La desesperación en la voz de Thurston le dijo que no había sido capaz de pagar el préstamo y que, probablemente, esos favores tenían que ver con algo ilegal. Cuando Watson expuso en voz alta sus sospechas, Thurston bajó los ojos y asintió.

—Por favor, Watson, estoy desesperado. ¡Tiene que ayudarme! ¡No puedo ir a la policía, me mataría, seguro!

Watson no sabía muy bien qué hacer. Si Thurston tenía tanto miedo de hablar con la policía, Watson sería incapaz de obligarlo. Quizá Holmes estuviera dispuesto a ayudar…

—¿Confiaría en mi amigo Sherlock Holmes?

Thurston tragó saliva.

—Quizá —dijo, inseguro.

—Pues vamos. Llamaré un coche.

Cuando Watson se volvió para salir del callejón, escuchó un ruido a su espalda. Antes de que pudiera darse la vuelta, algo lo golpeó en la cabeza y cayó al suelo despatarrado.

—¿Qué…? —intentó decir mientras luchaba por ponerse en pie, pero entonces recibió otro golpe y quedó inconsciente.

Thurston tiró la tabla e intentó tragarse la bilis que le subía por la garganta mientras se arrodillaba junto a Watson para asegurarse de que el doctor aún respiraba.

—Perdóneme —susurró.

—Bien hecho, Thurston —dijo una voz a su espalda—. Por un momento, temí que hubiera perdido el coraje.

Thurston miró por encima del hombro. Había un hombre en lo alto de las escaleras, con el rostro oscurecido por las sombras. Thurston se incorporó a toda prisa.

—He-he cumplido mi parte del trato —tartamudeó—. ¿C-cumplirá usted la suya?

El recién llegado soltó una risita.

—Claro —dijo, sacando de un bolsillo un rollo de billetes de libra y arrojándoselo a Thurston—. Un trato es un trato, después de todo.

Thurston cogió el dinero y se dio la vuelta para marcharse. Vaciló y se volvió para mirar a Watson.

—Oiga… No irá a hacerle daño, ¿verdad? —preguntó, consciente de lo estúpida que sonaba esa pregunta después de lo que acababa de hacer, pero incapaz de expresar en voz alta lo que en realidad tenía en la cabeza.

—Claro que no —dijo el hombre, con tono tranquilizador—. Ya le he dicho que lo necesito vivo, ¿recuerda?

Thurston asintió despacio y, tras echar un último vistazo a Watson, echó a correr y desapareció en la noche.

El caballero de las escaleras bajó y se arrodilló junto a Watson.

—Claro que —dijo lentamente, mientras lo cogía en brazos— es sencillamente asombroso lo que una persona puede soportar. ¿No está de acuerdo, doctor?