Actions

Work Header

Pedacitos de Ti

Chapter Text

Tenía el móvil encima de la pegajosa barra del bar, colocado boca arriba justo al lado de donde estaba su mano. Por tanto, era imposible no darse cuenta si le entraba una llamada o la notificación de recepción de un mensaje, sin contar que lo vería iluminarse si se daba el caso. Así que no, no le había entrado ninguna llamada ni llegado ningún mensaje en los sesenta segundos que habían transcurrido desde la última vez que lo había comprobado.

Aun así, no pudo evitar la tentación. Lo cogió y le dio al botón para que se iluminara la pantalla: ninguna llamada. Ningún mensaje. Suspiró.

Como había hecho las otras veces contempló durante unos segundos la foto que hacía de fondo de pantalla, y, también de nuevo, sintió sus labios curvarse hacia arriba. Era una instantánea de aquella vez que habían ido a pasar el fin de semana a Hot Springs, en Arkansas. Era temprano por la mañana y estaban en la terraza de su habitación de hotel, recién levantados, Steve sentado en una silla, Tony sentado sobre su regazo, besándose con despreocupación. Habían compartido aquella escapada con Bucky y con Natasha, y había sido ella la que les había fotografiado, sabiendo que sería un bonito recuerdo de un fin de semana que había resultado maravilloso para los cuatro. A Steve le encantaba aquella foto. Era una de sus favoritas, junto con otra de ese mismo viaje en la que salían los cuatro, en la granja de caimanes acariciando a uno de estos animales, y que colgaba enmarcada en una de las paredes de su habitación.

Pasó la yema de su pulgar por la pantalla algo nostálgico y esta vez decidió guardarse el móvil en el bolsillo. No creía que fuera a sonar, pero si lo hacía, sentiría la vibración.

Cogió su vaso, lo movió circularmente para ver girar el líquido ámbar que contenía y se preguntó por qué diablos estaba en aquel bar de mala muerte en vez de estar en casa. Echó un vistazo al recinto y comprobó que sí, el ambiente era igual de decadente que quince minutos antes, cuando había llegado. Estaba vacío excepto por un hombre con gorra y pelo largo y grasiento que bebía directamente de una botella sentado en una de las mesas del rincón, y el barman, un caballero que no parecía tener mucho interés en iniciar conversación con sus clientes, cosa que Steve agradeció.

En una esquina la tele estaba puesta en un canal de teletienda.

Volvió a clavar la mirada en su vaso y entonces oyó el tintineo que indicaba que la puerta se había abierto. No se giró a mirar. Quien fuera que hubiera entrado se entretuvo con algo y después se encaminó con paso decidido hacia la barra.

—¿Está libre este asiento? —preguntó el recién llegado, refiriéndose, cómo no, al taburete que estaba a la derecha de Steve. Por supuesto. El maldito bar estaba prácticamente vacío y tenía que querer sentarse justo a su lado. Se limitó a encogerse de hombros.

El desconocido se lo tomó como un sí. Se quitó la chaqueta, la dejó en uno de los taburetes libres y se sentó al lado de Steve, frotándose los brazos con brío.

—Madre mía la que está cayendo. Iba de camino hacia mi hotel tan tranquilo cuando de repente ha empezado a llover y me he empapado entero. Eso me pasa por no coger paraguas cuando la predicción meteorológica ya avisó que muy probablemente hoy caería la del pulpo. Tú ya estabas aquí cuando se ha puesto a llover, ¿no? Qué suerte. Yo me he metido en el primer bar que he encontrado para entrar en calor hasta que amaine un poco. Lo mismo que está tomando él —le pidió al barman. Steve apuró su copa—. Que sean dos —añadió.

Aquel hombre tenía ganas de cháchara y Steve no estaba de humor.

—Gracias, pero tengo que irme —le dijo, mostrándose cordial pese a todo, e hizo el amago de levantarse. El desconocido le puso una mano en el brazo para detenerle.

—No, hombre, quédate un ratito más. ¿No me has oído cuando te he dicho que está diluviando ahí fuera? No estoy exagerando, de verdad. Además, tienes cara de necesitar un poco de compañía.

Steve vaciló. Miró hacia las ventanas del bar: el exterior no estaba demasiado bien iluminado y no se veía gran cosa, pero podía oír las gotas de lluvia golpeando con fuerza el cristal. Él tampoco había traído paraguas, y aunque no es que se pudiera decir que corriera el riesgo de pillar un resfriado o una pulmonía, tenía un buen trecho hasta casa y no le apetecía mucho conducir la moto bajo una lluvia torrencial.

Supuso que no pasaba nada por quedarse unos minutos más. Tampoco es que le estuviera esperando nadie.

El barman le sirvió la copa al desconocido, se la rellenó a Steve, dejó un cuenco con cacahuetes entre los dos y, sin decir una palabra, se fue a secar los vasos recién sacados del lavavajillas con un trapo.

—Menudo antro —murmuró el forastero, tan bajito que solo Steve lo oyó. Le dio un trago a su whisky escocés—. ¿Vienes mucho por aquí? —le preguntó.

—No mucho —le contestó Steve con sequedad. Fue a coger un cacahuete del cuenco, solo que, en vez de alargar la mano derecha, que era la que tenía más cerca, utilizó la mano izquierda, de modo que su alianza quedó bien visible. Aplastó la cáscara con los dedos y se llevó los frutos a la boca.

—Ya veo —dijo el hombre, siguiendo todo el movimiento con la mirada. Steve se permitió echarle un vistazo entonces: era un hombre de cuarenta y tantos años, con el pelo corto castaño oscuro o negro, con el flequillo mojado aplastado sobre la frente. Sus ojos eran marrones, y una mirada inquisitiva se asomaba por debajo de unas gafas de montura negra. Una nariz ancha y unos labios finos terminaban por perfilar un rostro con mucha personalidad. Iba vestido con camisa y corbata, arrugados por la lluvia. Aun así, tenía un porte sumamente elegante y confiado, dando la impresión de ser la clase de hombre que sabe cómo navegar por la vida y que está acostumbrado a conseguir lo que quiere.

Es realmente atractivo, pensó Steve. Él también le dio un sorbo a su bebida al notar que se le había secado la boca.

—¿Y qué haces tan solito y con esa cara tan triste en un sitio como este? ¿Te has peleado con tu mujer y has venido a beberte las penas?

—Marido —le corrigió, aunque realmente no era de la incumbencia de aquel extraño. Vio cómo el interés afloraba en su rostro al conocer ese detalle. Steve llevó sus ojos hasta la mano de él y reprimió una mueca. También llevaba alianza.

El hombre se dio cuenta de lo que estaba mirando.

—Oh, no, yo no estoy casado. Bueno, técnicamente sí lo estoy todavía porque aún no hemos firmado los papeles del divorcio, pero ya hace meses que mi mujer y yo estamos separados, incluso vivimos en ciudades distintas y estoy bastante seguro de que ella ya está saliendo con alguien. La verdad es que debería quitarme el anillo para evitar confusiones, supongo que no lo he hecho porque estoy tan habituado a llevarlo que me notaría el dedo demasiado desnudo. Qué tontería, ¿verdad?

Steve se sintió incómodo.

—Oye… No hace falta que me des explicaciones, no te conozco de nada y…

—Larry —le cortó el hombre, alargando su mano derecha. Al ver la expresión de confusión de Steve, clarificó—: Me llamo Larry. Soy abogado, actualmente vivo en Boston, no tengo hermanos, tampoco hijos, pero tengo un perro que es la alegría de mi vida. Mi mayor vicio es el café, voy a clases de spinning todos los miércoles y viernes por la noche, y mi sabor preferido de helado es el de menta con trocitos de chocolate. Estoy en Nueva York asistiendo a una conferencia soporífera y tú eres lo más interesante que me ha pasado desde que he llegado. Con esto ya me conoces —concluyó después de soltar toda esa parrafada de carrerilla. Steve se lo quedó mirando asombrado, pero le estrechó la mano de todas formas—. ¿Y tú cómo te llamas? —quiso saber Larry.

—St… —Estuvo a punto de decir su nombre, pero se lo pensó mejor. Estaba claro que Larry no sabía quién era, así que pensó que sería mejor que siguiera sin saberlo y decidió inventarse otra identidad—. Jensen.

—Jensen —repitió Larry. Por un momento Steve pensó que era demasiado evidente que mentía, pero si era así, su acompañante no dijo nada—. Encantado de conocerte, Jensen. ¿Te puedo preguntar a qué te dedicas?

Steve pensó en una respuesta que resultara creíble. No podía decir “superhéroe y líder de los Vengadores”, claro.

—Soy el dueño de una galería de arte —se le ocurrió.

—Oh, qué interesante. ¿Expones tus propias obras o las de otros?

—Las dos cosas.

—¿Pintas?

—Dibujo, más bien.

—¿Eres bueno?

Steve no sabía muy bien qué responder a eso. Según Tony, Bucky y todos los demás que habían visto sus dibujos sí que lo era, pero no los había enseñado nunca al público ni los había vendido ni nada.

—El arte es muy subjetivo —dijo, al fin.

—Bueno, mientras no sean como esos cuadros de supuesto arte “moderno” —Hizo el gesto de comillas con los dedos— que luego los ves y alucinas porque no son más que un lienzo en blanco al que solo le han añadido una línea perpendicular negra o algo por el estilo, seguro que están lo suficientemente bien. Me gustaría mucho ver tus obras. Tienes pinta de tener un mundo interior muy rico, y ahora con eso de volver a vivir solo precisamente estaba buscando algo interesante con lo que decorar mi apartamento.

Era la segunda vez que Larry sentía la necesidad de aclararle que estaba separado. Pero ¿importaba eso acaso? Steve no lo estaba.

—¿Qué pasó? Con tu mujer, quiero decir —le preguntó.

Larry se medio encogió de hombros.

—Nada en particular. Nos casamos muy jovencitos, recién salidos de la universidad, novios desde el instituto. Con el pasar de los años nos fuimos transformando en personas diferentes que querían cosas distintas de la vida, y llegó un punto en el que ya no teníamos nada en común. Éramos más compañeros de piso que un matrimonio, los últimos tiempos. Como no teníamos hijos ni nada, al final los dos nos dimos cuenta que era mejor separarnos y empezar de nuevo cada uno por su cuenta.

—Lo siento.

Larry le quitó importancia con un gesto de la mano.

—Así es la vida, y en el fondo es lo mejor que nos podría haber pasado. Así ahora tengo la oportunidad de probar… cosas nuevas, ya sabes. —Por la mirada tan intensa que le echó no era muy difícil adivinar a qué se refería con esa afirmación—. ¿Y tú? ¿Llevas mucho tiempo casado?

Steve le dio otro trago a su whisky. Lo único que hizo fue calentarle la lengua y la garganta.

—Dos años —contestó, sin mirarle. Y añadió—: Hoy hace dos años exactos.

Larry le puso una mano en el hombro y se inclinó para poder mirarle a los ojos.

—¿Estás de coña? ¿Hoy es tu aniversario? —le preguntó con incredulidad. Steve hizo un gesto de asentimiento. Larry se quedó callado un momento, como si no supiera qué decir—. ¿Y qué estás haciendo bebiendo aquí tú solo? ¿Dónde está tu marido? —le preguntó al fin.

Steve rio con un deje de amargura.

—Estará ocupado. Trabajando. Yo qué sé.

—¿No sabes dónde está tu marido la noche de vuestro aniversario? Jensen…

—Es igual. Estamos pasando una mala racha, les pasa a todos los matrimonios, ¿no?

Larry negó lentamente con la cabeza.

—Solo lleváis dos años casados. Todavía deberíais estar en esa fase en la que no podéis dejar de tocaros el uno al otro. No deberías conformarte con menos.

Steve hizo girar su alianza con gesto ausente. ¿Por qué le estaba contando todo aquello a aquel extraño? Tal vez porque le transmitía confianza, pensó. Era fácil hablar con él.

—Hemos tenido una temporada… difícil —confesó—. Por eso quería que esta noche fuera especial. Pensé que un poco de tiempo para nosotros dos solos nos vendría bien, así que hice una reserva en su restaurante favorito y él me prometió que vendría. Y aunque últimamente ha estado muy distante, aunque lo único que haga sea encerrarse en su taller y trabajar sin parar, día y noche, le creí. Pensé que él también quería esforzarse por arreglar las cosas. —Volvió a coger el vaso y concentró allí su mirada, como si esperara encontrar respuestas en el fondo si miraba con la suficiente intensidad—. Pero no ha venido. Le he esperado dos horas de reloj, allí sentado solo en el restaurante como un imbécil, diciéndole una y otra vez al camarero que mi acompañante estaba a punto de llegar, aguantando la mirada compasiva de todo el mundo hasta que la humillación ha sido insoportable. Ni siquiera se ha dignado a cogerme el teléfono o contestar mis mensajes.

—Jensen… —Larry parecía apenado. Preocupado, incluso—. Perdona si me meto donde no me llaman, y aunque no te conozco mucho pareces un chico dulce y sensato. ¿Por qué te casaste con un hombre que te trata así?

—¡Es que no era así! —Subió la voz más de lo que pretendía, sorprendiendo a Larry y a sí mismo. Respiró hondo—. Es un hombre maravilloso, o lo era cuando me casé con él. Siempre se ha preocupado por hacerme feliz y lo éramos… Éramos realmente felices… —Sacudió la cabeza—. Pero ha cambiado. Ha cambiado y no sé por qué ni qué hacer para que las cosas vuelvan a ser como antes.

Se le hundieron ligeramente los hombros.

—No sé qué decir —admitió Larry. Steve le sonrió en gesto de disculpa.

—Perdóname. Acabamos de conocernos y aquí estoy lloriqueándote mis problemas. No creo que fuera eso lo que esperabas cuando te has acercado a hablar conmigo —le dijo.

—Precisamente me he acercado porque estaba claro que necesitabas hablar con alguien —le aseguró el abogado.

Steve giró la cabeza hacia las ventanas.

—Parece que ya no llueve tanto —declaró. Se miraron el uno al otro a los ojos unos segundos.

—Es hora de irme, pues. —Pero lo dijo como si fuera todo lo contrario de lo que quería hacer. Buscó en el bolsillo de su chaqueta hasta encontrar la cartera, de la que sacó unos dólares que dejó sobre la barra. Le pidió un bolígrafo al barman. De la cartera también extrajo una tarjeta y en su dorso garabateó unas letras y unos números. La deslizó hasta dejarla frente a Steve—. Este es mi hotel y mi número de habitación. Solo voy a estar esta noche en la ciudad, así que, si quieres seguir hablando, desahogarte, o lo que sea… —Se aclaró la garganta—. Me ha gustado mucho conocerte, Jensen.

Con eso, se bebió lo que le quedaba de la copa, cogió su chaqueta y salió del bar. Steve examinó largamente la tarjeta, la letra pulcra de Larry, el nombre y el número de habitación del hotel en el que se hospedaba. «Si quieres desahogarte o lo que sea». Estaba claro que sus expectativas no pasaban por que Steve se presentara allí a hablarle de Tony durante toda la noche.

Se sacó el móvil del bolsillo, que seguía obstinadamente mudo, y miró la foto de su fondo de pantalla una vez más. Se lo volvió a guardar, junto a la tarjeta, apuró lo que quedaba de su whisky, y se fue de allí sin molestarse en despedirse del barman. 


Se limpió las palmas de las manos sudadas en los pantalones antes de picar la puerta con los nudillos. Aguardó, expectante, y en pocos segundos se abrió la puerta.

En lo que había tardado en terminar de decidirse a venir a Larry le había dado tiempo de darse una ducha y de cambiarse la ropa mojada y arrugada. Ahora llevaba una camiseta negra sin mangas que le quedaba francamente bien y que dejaba al descubierto unos brazos de músculos firmes y definidos; también se había puesto unos vaqueros que tenía toda la pinta que estaban hechos a medida, y en los pies nada, iba descalzo. Ya no llevaba puestas las gafas.

Ahora que estaban de pie el uno frente al otro Steve pudo comprobar que Larry era un poco más bajito que él.

Larry sonrió como si no hubiera tenido ninguna duda de que Steve (Jensen, se recordó. Todavía era Jensen, el dueño de la galería de arte) aparecería frente a su puerta aquella noche, y Steve sintió una oleada de deseo tan intensa que por un momento se quedó clavado en el sitio, sin saber qué hacer o decir.

—Me alegro de verte —dijo Larry, y se pasó la lengua por el labio inferior en un gesto de anticipación que ni se molestó en disimular. Se apartó del umbral y Steve se obligó a entrar.

Era una habitación de buen tamaño, con muebles de primerísima calidad y que ofrecía una vista bastante decente de la ciudad, la típica habitación pensada para hombres y mujeres de negocios que estuvieran de paso y requirieran algo funcional y práctico. Steve no pudo evitar que sus ojos se dirigieran hacia la cama; no le sorprendió comprobar que era de matrimonio. Constaba de un gran cabezal de madera oscura, debía ser roble o nogal o algo así, y estaba cubierta con una bonita colcha de color crema, por el momento inmaculada.

Se forzó a despegar los ojos de la cama y miró de nuevo a Larry, quien le observaba con evidente curiosidad.

—¿Quieres algo para beber? El minibar está muy bien surtido —le ofreció.

Steve se dispuso a decirle que no quería nada, que estaba bien, pero cambió de idea al darse cuenta que su lengua parecía haberse multiplicado de tamaño en su boca.

—Un poco de agua, si eres tan amable —le pidió. Larry sacó una botella de agua fría del minibar y se la alcanzó. Sonrió al ver cómo Steve la vaciaba entera de un trago, pero al menos no le preguntó si estaba nervioso. Supuso que era evidente, de todas formas.

Le devolvió el envase de plástico vacío a Larry, quien lo tiró a la papelera. Steve trató de pensar en algo que decir, cualquier cosa que rompiera ese silencio que se le estaba empezando a hacer cargante. Tampoco ayudaba que sintiera que iba demasiado vestido, y más en comparación a la ropa casual que llevaba el otro hombre. Steve todavía llevaba puesto el atuendo que había escogido para la cena en el restaurante: una camisa color mostaza abrochada hasta arriba que le estaba dando una sensación más y más asfixiante por momentos, encima un ceñido jersey color arena de cuello de pico, unos pantalones de lino negros y unos zapatos marrón oscuro que eran todavía demasiado nuevos para resultar cómodos. Pasó un dedo por debajo del cuello de su camisa y tiró ligeramente para respirar un poco. La calefacción de la habitación también le estaba resultando sofocante.

—Al final se ha quedado buena noche —fue lo que se le ocurrió decir, y estuvo a punto de torcer el gesto al oírse a sí mismo y darse cuenta de lo patético que había sonado. A Larry pareció hacerle gracia, por eso.

—Eres adorable, ¿te lo habían dicho alguna vez? —Larry dio un paso hacia él. Steve, probablemente ruborizado, se mantuvo en su sitio, con los brazos como un peso muerto a ambos lados de su cuerpo. Tampoco se movió cuando Larry le puso una mano en la mejilla y acercó la cara a su cuello, aspirando—. Qué bien hueles —señaló.

Larry le acarició la otra mejilla con la punta de su nariz y después le besó suavemente, en la cara, en el cuello, en la barbilla. Steve cerró los ojos en cuanto sintió el primer contacto sobre sus labios, y pronto sus bocas estaban resbalando la una sobre la otra. Larry le lamió los labios; Steve los abrió y él le introdujo la lengua en la boca. Steve puso las manos torpemente sobre la cintura de él, para tener algún punto de apoyo, y tentativamente fue al encuentro de la lengua de Larry con la suya, pensando en lo extraño que se le hacía estar besando a un hombre y no sentir vello facial rozando su piel, tan acostumbrado como estaba a la barba de Tony.

No sabría decir cuánto tiempo estuvieron así, explorando la boca del otro minuciosamente, como si no tuvieran prisa en pasar de ahí. Fue Larry el que rompió el beso.

—Sensacional —declaró, casi sin aire. Bajó sus manos hasta el extremo del jersey de Steve, buscando permiso con la mirada. Steve asintió levemente y levantó los brazos para que Larry pudiera despojarle de la prenda—. Estás un poco tenso —observó este—. Déjame que te ayude a relajarte.

Se puso tras Steve y le masajeó los hombros con habilidad, presionando con los pulgares justo en el sitio preciso que hizo que a Steve le temblaran las rodillas. Un gemido se le escapó de los labios.

—¿Qué estamos haciendo? —se preguntó, en voz alta, porque la situación empezaba a hacérsele demasiado surrealista.

Larry bajó sus manos, deslizándolas por los brazos de Steve. Acercando la boca a su oído, su aliento húmedo y tentador, su voz ronca por el deseo, le contestó:

—Es tu aniversario de bodas, monada. Alguien tiene que hacerte el amor como necesitas que te lo hagan, y ese alguien voy a ser yo.

Steve reprimió un escalofrío y se dejó llevar hasta la cama.

Larry apartó la colcha. Todavía algo indeciso Steve se sentó, con la espalda pegada al cabecero de la cama, las piernas abiertas. Larry también se subió a la cama. Le quitó a Steve los zapatos, después los calcetines, cogió uno de sus pies y le besó delicadamente el tobillo. Después se arrodilló frente a él y volvió a besarlo con ahínco, mientras le sacaba la camisa de los pantalones y empezaba a desabrocharla desde abajo. Cuando ya se había ocupado de la mitad de los botones metió las manos por debajo de la prenda y rozó sus pezones con las yemas de los dedos; Steve sintió como si una descarga eléctrica le recorriera el cuerpo entero.

—Mmm, sensible al tacto, me encanta. —Larry dejó su boca para pasar la lengua por una de sus orejas—. Eres una auténtica preciosidad, ¿lo sabías? —Bajó hasta su cuello—. Creo que eres lo más bello que he visto en toda mi vida. En cuanto he entrado en ese bar y te he visto he sabido que haría lo que fuera por tenerte.

Steve, con la mente cada vez más nublada, pensó que debería decir algo, ni que fuera para reciprocar un poco.

—Tú también, um. Tú también estás muy bueno —dijo, y se sintió ridículo al instante. Iba a ser preferible que mantuviera la boca cerrada.

Sonriendo, Larry terminó de desabrocharle la camisa. Se la abrió y con pupilas dilatadas lo observó con apreciación que se transformó en curiosidad cuando sus ojos se detuvieron en el tatuaje, debajo de su pectoral derecho. Trazó el contorno con los dedos.

—Anthony —leyó—. ¿Es el nombre de tu marido? —Steve se limitó a hacer un gesto de asentimiento. Larry sacudió la cabeza—. Te juro que soy incapaz de entenderlo. Si yo fuera tu marido jamás te dejaría solo, jamás. Daría gracias al cielo cada día por tenerte y te trataría como el tesoro que eres.

Steve pensó en sus votos nupciales. No dijo nada.

Larry repartió besos por su pecho y por su vientre, le lamió los abdominales, siguió bajando. Sin embargo, una vez su cara estuvo a pocos centímetros del bulto en los pantalones de Steve, dudó. De repente se incorporó, se sentó sobre su regazo, le cogió de la cara y le dio un beso en la boca, dulce y casi se podría decir que casto, nada que ver con lo que habían estado haciendo hasta ese momento.

—Hey, Jensen. Mírame —le obligó a mirarlo a los ojos—. Estás temblando como una hoja. Me parece que no estás seguro de querer hacer esto, así que será mejor que lo dejemos aquí.

Larry hizo el gesto de apartarse.

—No —exclamó Steve, cogiéndole de la muñeca para que se quedara donde estaba.

—No pasa nada, de verdad —le aseguró Larry, sonriéndole alentadoramente.

—No, yo… Yo necesito… —Le embargó la frustración al no saber cómo expresar con palabras lo que quería transmitir—. Necesito dejar de pensar. Por favor —logró decir al fin. A Larry se le suavizó la mirada.

—¿Estás seguro?

—Sí, lo estoy, lo estoy. Puedes… Lo que ibas a hacer antes, ¿puedes…?

—Será un placer —le contestó, con un tono de voz tan dulce como el beso de antes. Le desnudó del todo y se posicionó entre sus piernas. Steve se mordió el labio tan fuerte que se le abrió la carne, aunque apenas registró el sabor metálico de la sangre, concentrado como estaba en el placer que estaba recibiendo. Tenía los dedos enterrados en el pelo oscuro de su amante, mientras este le martirizaba con sus labios, su lengua y sus dedos; para haberse separado recientemente de una mujer con la que llevaba desde que era un adolescente, se le daba increíblemente bien complacer a otro hombre, pensó. Era como si supiera exactamente lo que le gustaba a Steve.

Quería terminar en su boca, pero Larry paró antes de que pudiera hacerlo.

—No puedo esperar más, Jensen. —Su voz estaba cargada de urgencia. Steve le dio un beso en los labios.

—Estoy limpio —le dijo.

—Yo también —repuso Larry con alivio.

Steve se puso de rodillas, con la cara escondida en sus brazos, porque en esa postura le sería más fácil. Oyó a Larry rebuscar entre sus cosas y la exclamación victoriosa cuando encontró lo que buscaba. Le abrió con impaciencia y no demasiada finura, lo cual ya le estaba bien a Steve porque él tampoco podía esperar mucho más. Después oyó el sonido de una cremallera bajando, oyó a Larry terminarse de preparar; una mano se posó en su cadera y entonces sintió la familiar presión. Larry no tardó en estar dentro.

—Oh, Dios mío. Sabes todavía mejor de lo que esperaba —murmuró este entrecortadamente. Su otra mano bajó de la nuca de Steve por su espalda hasta la otra cadera y cogiéndole firmemente comenzó a moverse. Steve se mordió el dedo índice, se agarró a la almohada con fuerza. Se sentía tan y tan bien que hasta se le saltaron las lágrimas.

Durante unos minutos lo único que se oyeron fueron los jadeos de Larry, los gimoteos apagados de Steve, el ruido que hacía el vaquero de Larry al rozar su piel cada vez que este empujaba hacia delante, el sonido húmedo del rítmico entrar y salir allá donde sus cuerpos estaban conectados.

Steve estaba ya bastante cerca de perder la cordura cuando, para su sorpresa, su amante se detuvo por completo y salió de su cuerpo.

—¿Por qué…? —quiso protestar, pero no tuvo ocasión. Larry le cogió del hombro y tiró de él hasta tumbarlo de espaldas.

—Mucho mejor —dijo, sonriendo.

Colgó las piernas de Steve sobre sus caderas, se agarró a sus muslos y volvió a deslizarse dentro en un fluido movimiento. El contraste entre su cuerpo desnudo con el de Larry, que ni siquiera se había quitado la camiseta, le hizo sentirse expuesto y vulnerable. Con las mejillas ardiendo Steve giró la cara hacia un lado. No podía mirarle, porque si lo hacía, entonces…

Larry reanudó sus movimientos, más erráticos esta vez, tampoco le faltaba mucho.

—Quiero oírte, vamos, cariño. Llámame por mi nombre —le pidió.

—To… —Steve apretó los dientes—. Larry —dijo, con dificultad.

—Eso es, cariño, pero tú puedes hacerlo mejor, yo sé que puedes hacerlo mejor—. El ritmo era cada vez más frenético. La mano de él se deslizó entre sus piernas y sus dedos se cerraron entorno a su excitación. Steve emitió un grito ahogado. Era demasiado, se sentía a punto de estallar, como si su cuerpo fuera una olla a presión. Buscó la otra mano de su amante con la suya, y en cuanto vio el destello del anillo no pudo aguantar más.

—Ahhh, Tony, ¡te amo, te amo, te amo! —gritó antes de ser engullido por las llamas de su placer. Tony le siguió segundos después.

 

En cuanto recobró el aliento Tony se echó a reír.

—Madre del amor hermoso, Steve. Esto ha sido…

—¿Espectacular? —sugirió Steve. Si cerraba los ojos todavía veía estrellitas en sus párpados.

—Iba a decir que la leche, pero sí, espectacular es una buena definición.

—Mmm. —Murmurando su apreciación, Steve se levantó y fue a limpiarse al baño. Cogió un pantalón de estar por casa de su bolsa de viaje y se lo puso. Tony seguía estirado lánguidamente en la cama, el codo en la almohada y la cabeza apoyada en la mano, con una sonrisa de satisfacción en la cara.

—Bueno… —empezó, y Steve puso los ojos en blanco mientras se subía de nuevo a la cama, porque ya sabía lo que le iba a decir. En efecto—: Dijimos que el primero en salirse del personaje perdía y tenía que hacerle masajes en los pies al otro durante una semana, ¿no? —Estiró la pierna hacia Steve e hizo bailar su pie.

—Ya sabía yo que no ibas a tardar nada en vanagloriarte de tu victoria. Pero ¿estás seguro que has ganado tú? Me has llamado cariño como me lo llamas siempre… —protestó con poco convencimiento, porque sabía que no tenía ninguna opción: Tony había ganado limpiamente. Tony bajó el pie y le acarició la espinilla con él.

—Eso no cuenta como salirse del personaje y lo sabes. Y tú eres el que te has empeñado en quedarte callado en cuanto ha empezado la acción, tramposillo.

—Vale, tú ganas. Aun así, casi aguanto hasta el final, ¿eh? Para ser mi primera vez no está nada mal. —Steve estaba orgulloso de su logro.

—Sí, la verdad es que pensé que aguantarías mucho menos. Eres mejor actor de lo que me imaginaba.

—Hice películas en mi día, acuérdate —dijo Steve sonriendo abiertamente—. Pero sí, cuando lo propusiste yo tampoco tenía nada claro que fuera a ser capaz de hacer esto, ¡estaba como un flan!

—Me he dado cuenta, cuando antes te he dicho de parar era en serio. Aunque ese aire nervioso y tímido le ha dado un toque de lo más sexy a tu personaje. Has estado muy convincente, sí señor.

—Dicen que las mejores mentiras tienen parte de verdad, ¿no? Decidí incorporar cosas reales al personaje para que me fuera más fácil creérmelo —contestó. A Tony le cambió la cara al oírlo—. Oh, no, quiero decir detalles generales, como lo de que hoy es nuestro aniversario, lo de la reserva para cenar o lo de que dibujo, solo eso, de verdad —se apresuró a aclararle. Era cierto que Steve había reservado mesa en el restaurante favorito de Tony para celebrar su segundo aniversario de bodas, y también que habían pasado por algunas cosas difíciles (cosas que no tenían que ver con su relación, que era más sólida que nunca) pero ahí acababan las similitudes con su historia falsa. Ni Tony se había distanciado de él, ni le ignoraba para pasarse el día trabajando, ni le había dejado colgado en el restaurante. Habían ido juntos hacia allí, en realidad, y habían tenido una cena maravillosa.

Tony no se mostró demasiado convencido.

—No te sientes… desatendido, ¿no? —le preguntó, inseguro.

—¡Claro que no! Soy muy feliz contigo, Tony. Eres un marido fantástico.

—Ok —dijo, más tranquilo—. Tú también eres un marido aceptable.

—Aceptable, dice —repitió Steve, riendo. Le pasó el brazo por encima de la cintura para besarlo—. Todavía se me hace rarísimo verte sin barba.

Dos días antes, mientras trabajaba en su nueva armadura, Tony había sufrido un accidente en el taller que le había chamuscado media barba, por lo que no le había quedado más remedio que afeitársela entera. Steve nunca le había visto sin ella, a excepción de en fotos de cuando era joven, y aún se estaba acostumbrando a su nuevo look.

—Tranquilo, me volverá a crecer enseguida —le replicó su marido, pasándole los dedos por el bícep y por el antebrazo.

—Por mí no hay prisa, estás igual de guapo sin barba que con ella. Especialmente cuando te pones las gafas. —Sobre todo cuando se ponía las gafas. Era la debilidad de Steve.

—Hm, te gusta el look intelectual/empollón, ¿eh? Me parece que para la próxima yo voy a hacer de profesor universitario y tú de alumno con muchas ganas de aprobar, ya me entiendes.

A Steve ya le estaba gustando lo que había empezado a dibujar en su imaginación.

—Suena genial. Aunque en realidad mientras no me vuelva a tocar lo de hacer de marido infiel, que no me gusta nada, cualquier cosa ya me parecerá bien.

Tony se abrazó a él.

—Hazme un favor, Steve. Si algún día por lo que sea empiezo a comportarme como un gilipollas contigo y te aparto de mí, habla conmigo y hazme entrar en razón antes de llegar hasta el extremo de que quieras irte con el primer extraño que conozcas en un bar cutre.

—No pasará. Ni por una parte ni por la otra —le aseguró Steve con convencimiento.

Tony asintió.

—Te quiero, mi vida. Feliz aniversario.

—Y yo a ti, Tony. Feliz aniversario.

—¿Despiértame en dos o tres horas y hacemos el segundo asalto?

—Vale —le prometió Steve. Apagó la luz y Tony apoyó la cabeza en su pecho, encima de su corazón. Ahora casi todas las noches necesitaba esa postura para poder quedarse dormido. Steve le acarició el pelo con una mano, con la otra le frotó el brazo, arriba y abajo, con suavidad, hasta que la respiración de Tony se fue haciendo más profunda y regular.

A Steve todavía le iba a costar un buen rato conciliar el sueño. No dormía demasiado bien, últimamente. Pero no pasaba nada. Estaba allí, con Tony, que era lo importante, y se contentaba con poder escucharle respirar.

Cerró los ojos y se concentró únicamente en eso. 


A media mañana del día siguiente, de camino a Chicago, Steve detuvo la moto en un mirador a un lado de la carretera y se sentaron allí a hacer un tentempié.

Iban a cruzarse el país en moto, hasta llegar a California. Los dos necesitaban alejarse un poco de todo, tomarse un respiro, así que por fin se habían animado a hacer el viaje que hacía tanto tiempo que tenían pendiente. De ese modo celebraban no solo su segundo año de casados, sino también que estaban vivos para contarlo.

 

Mientras comían unos sándwiches y contemplaban la vista, Steve pensó que habían pasado muchas cosas aquellos dos años. Muchas buenas, otras no precisamente.

 

Peggy había fallecido no mucho después de que Tony y él volvieran de su luna de miel, recordó con tristeza. La última vez que fue a verla ella parecía estar bien: le había hablado de su vida como mujer casada, de sus hijos, de sus nietos y sus sobrinos. Había tenido una vida muy plena, le dijo, y estaba muy orgullosa de ello. Su única pena era el que ella y Steve se hubieran separado cuando lo hicieron, pero si el destino quería que ella conociera a Daniel y Steve a Tony, entonces es que así era como tenía que ser. Entonces ella le dijo que le iba a explicar a Daniel lo contenta que estaba de ver felices tanto a Steve como al hijo de Howard, y Steve pensó que ya le estaba fallando la memoria porque Peggy era viuda desde hacía muchos años, así que le siguió la corriente hasta que ella pareció recobrar la lucidez.

Steve recibió la llamada al día siguiente; de alguna manera, Peggy había sabido que ya le había llegado la hora.

Steve lloró su pérdida, y Tony lloró con él. Después del funeral ellos dos, Bucky y Sharon fueron a tomarse unas copas juntos y a compartir recuerdos y anécdotas sobre ella. Tuvo una buena y larga vida y se ha ido en paz, se dijeron los unos a los otros como consuelo.

La echaban de menos.

 

La vida había seguido adelante, y entre misiones, trabajo, y el ajetreo del día a día siempre estaban de lo más ocupados.

En casa tenían un nuevo habitante: Coulson. Finalmente había decidido que el puesto de Director era demasiado peso sobre sus hombros y, con la bendición de Fury, le había cedido el cargo a Maria. Todos le recibieron con los brazos abiertos, por supuesto. Ahora Phil actuaba como enlace entre Los Vengadores y S.H.I.E.L.D., que ya volvía a actuar 100% legítimamente. Era un rol mucho más parecido al que ocupaba antes del desastre con HYDRA e incluso él mismo ya volvía a parecerse más al hombre que era antes de la batalla de Nueva York, para alegría de sus amigos.

La antigua habitación de Bucky ahora la ocupaba Peter cuando venía de visita. Había sido toda una sorpresa descubrir que tenía una identidad secreta, pero en cuanto lo hicieron Tony se empeñó en que era demasiado joven como para ir por ahí haciéndose el héroe por su cuenta y se ofreció a ser su mentor, cosa que el chico aceptó encantado. Steve también era muy protector con él, especialmente desde que supo de sus orígenes humildes en Queens y cómo se metían con él en el instituto.

Así que Peter ya era un miembro más de la familia. Una vez los llamó a él y a Tony papá y mamá y sus compañeros todavía hacían bromas sobre ello.

Y también estaba Carol, que pasaba tanto por casa que prácticamente era como si viviera allí. Tal y como había predicho Tony ella y Steve se habían hecho muy amigos. Steve y Tony estaban de acuerdo en que Rhodey ya no iba a tardar en empezar a mirar anillos; y sospechaban que eso también era cierto en el caso de su otro James, viendo lo bien que iba su relación con Natasha.

 

Wanda estaba estudiando en la universidad y estaba muy ilusionada; la primera vez que Visión fue a visitarla al campus sus compañeros de clase se llevaron un susto monumental. Ella y su hermano iban a menudo a visitar a Connor y los otros chicos a los que secuestró Zeke. En unos meses Connor iba a empezar a estudiar para ser asistente social y ayudar a niños sin hogar como él.

Pietro ya parecía haber superado lo de Clint y no tenía intención de buscar pareja estable por el momento, dado lo mucho que se estaba divirtiendo conociendo a gente nueva. Se había propuesto disfrutar al máximo de su juventud, ahora que podía hacerlo.

 

Sam, también soltero y también sin prisa por comprometerse con nadie, seguía trabajando en el centro de veteranos, y muchas veces Bucky le acompañaba; era bueno para su terapia y de esa manera también podía ayudar a otros.

Bruce se había ido una temporada a Asgard con Thor y casi podría decirse que había vuelto una persona nueva. Hablaba maravillas del mundo del Dios del Trueno, profundamente impresionado con la magia que allí había visto (magia que, en Asgard, no dejaba de ser ciencia), y ya estaba intentando convencer a Tony (y, por extensión, a Steve) para que le acompañaran en su próximo viaje. Todavía se lo estaban pensando.

 

Pepper y Happy habían tenido una niña preciosa, Viola, la pequeña Vi, que era la viva imagen de su madre. Cada vez que venían de visita la niña se convertía en la princesita de la casa y a Tony especialmente se le caía la baba con ella (y a Steve se le caía la baba viendo a Tony con la pequeña en brazos). Pepper protestaba que Tony la mimaba demasiado, pero todos sabían que estaba encantada con todo el amor que recibía su niña de sus tíos. En cuanto llegaran a California lo primero que harían sería ir a verla.

 

Clint seguía compaginando su vida de padre de familia con algunas misiones en S.H.I.E.L.D. y con los Vengadores. A sus hijos mayores ya no les quedaba mucho para entrar en la adolescencia y tanto él como Laura ya estaban temiendo el momento. Menos mal que tenían a Nathaniel que todavía seguiría siendo un niño pequeño y adorable unos cuantos años más. También venían a menudo a casa, para que Nathaniel pudiera visitar, además de a sus tíos, a Gladstone, ya que se habían hecho grandes amigos desde Hawái.

 

Además de sus amigos, también contaban con cada vez más aliados, que les echaban una mano si ellos solos no daban abasto. Estaban sus compañeros en S.H.I.E.L.D., por supuesto, tanto los humanos como los inhumanos. Estaban Scott y Hope, y también Hank y Janet; Pym ya se mostraba mucho menos reacio a colaborar con un Stark desde que recuperó a su esposa. Estaba T’Challa, el rey de Wakanda, que resultó ser un guerrero formidable llamado Pantera Negra. Luego estaba Robbie, y también estaban Matt, Jessica, Luke y Danny (ellos se llamaban a sí mismos los Defensores, y hacían muy buen trabajo combatiendo el crimen en Nueva York). También podía contar a Peter Quill y sus variopintos compañeros, que les habían ayudado aquella vez, y lo mismo podía decir de los amigos de Thor e incluso Loki (pero por principios se negaban a llamarle aliado; como mucho, socio ocasional y solo bajo circunstancias muy extraordinarias). Tampoco podía olvidarse de Stephen al que le debían, literalmente, la vida.

 

Y por supuesto en esos dos años no habían faltado los encuentros con villanos de toda clase… Pero eso era algo en lo que prefería no pensar.

 

—¿Estás bien? —le preguntó Tony, sacándole de sus pensamientos. Steve le sonrió.

—Estoy bien. Solo pensaba que me alegro mucho de poder estar aquí contigo.

—Yo también. —Tony le devolvió la sonrisa.

Se acabaron los sándwiches, bebieron un poco de agua, se pusieron en pie para sacudirse las migas y se volvieron a subir a la moto (que era nueva, por cierto: el regalo de aniversario de Tony).

Tony le rodeó la cintura con los brazos y apoyó la cabeza en su espalda. Steve le dio un par de minutos antes de recordarle que tenía que ponerse el casco.

—No me sueltes, ¿vale? —le pidió a Tony, como aquella vez, hacía ya tanto tiempo. Su marido le contestó lo mismo que entonces.

—Nunca.

Los brazos de Tony se estrecharon un poco más fuerte alrededor de su cintura.

 

FIN.