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Lazos de sangre

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¿Dónde estás? – SH

Te lo he dicho hace diez minutos. Si no me escuchas no es culpa mía. – JW

Sí que te escucho. – SH

¿Y dónde estoy? – JW

Cinco minutos después…

Eso es irrelevante. Necesito que vuelvas de una vez. – SH

John suspiró y miró por la ventana del café de Speedy con una sonrisita tirando de las comisuras de sus labios. Centró nuevamente su atención en el teléfono y envió su respuesta:

No puedo. Ya te he dicho que estoy esperando a alguien. – JW

La réplica llegó treinta segundos después:

Ya le verás otro día. Ahora te necesito aquí. – SH

He dicho que no, Sherlock. Voy a apagar el móvil. – JW

John se guardó el aparato en el bolsillo con una risita, a sabiendas de que probablemente tendría que soportar a un detective resentido el resto del día. Quizá fuera mejor no volver a casa durante unas horas.

—¿John?

El doctor alzó la mirada hacia un hombre de uniforme militar y mochila de lona al hombro, y en su rostro se dibujó una amplia sonrisa. El hombre se la devolvió al cabo de unos segundos y tiró de John, levantándolo de su asiento.

—¡Nick! —exclamó John sonriendo mientras su viejo amigo lo estrechaba en un fiero abrazo. John se lo devolvió con ganas y rió mientras lo abrazaba con fuerza.

Al cabo de unos instantes se apartó y contempló al hombre al que no había visto durante cuatro años y medio. Su cabello castaño aún lucía el corte militar, y sus penetrantes ojos azules eran tan vivaces y brillantes como siempre. Era algo más bajo que Sherlock, pero aún así lo suficientemente alto para hacer que John tuviera que levantar la cabeza para mirarle a los ojos en lugar de a la barbilla, cubierta por una barba de varios días.

—Dios, cuánto tiempo ha pasado —murmuró John, volviendo a sentarse mientras Nick lo hacía frente a él—. ¿Cómo te ha ido?

—Genial, genial —sonrió Nick—. Bueno, a decir verdad, es un fastidio haber tenido que volver.

—Sí que es una pena —dijo John de corazón. Recordaba lo unido que Nick se había sentido siempre al ejército y a sus camaradas, y lo mucho que detestaba la vuelta a casa. Era un adicto a la adrenalina—. ¿Dónde te alojas?

—Oh, en un bloque de pisos del ejército, en Putney —respondió Nick—. Tengo un permiso de dos semanas.

Abrió la boca para decir algo más, pero volvió a cerrarla mientras se rascaba la nuca con gesto nervioso.

—¿Qué pasa? —le instó John.

Nick lo miró durante unos instantes y luego suspiró.

—La verdad es que me preguntaba si podría quedarme en tu casa unos días —musitó, con la mirada baja y las mejillas encendidas—. Es que la semana pasada decidieron remodelar el piso y todos tuvieron que irse, así que ahora no tengo ningún sitio a donde ir.

John frunció los labios.

—No tenemos habitación de invitados ni nada por el estilo…

—Oh, dormiría muy a gusto en el sofá, y como ya he dicho, me habré ido antes de que acabe la semana. Es sólo temporal.

John suspiró.

—No sé, Nick… Mi… compañero de piso no es muy sociable, y a veces puede ser un poco grosero.

Nick negó con la cabeza.

—No le estorbaré, lo prometo. Y no puede ser peor que todo lo que hemos vivido en el ejército, ¿verdad?

John asintió con aire ausente, recordando los días en que los horrores de la guerra hacían mella en los soldados, que se desfogaban con todo el mundo alegando malos tratos y provocaciones. Hizo una mueca y miró a Nick.

—Claro que puedes quedarte, Nick —dijo con voz suave. Luego sonrió—. ¿Cómo negarle algo al hombre que me salvó la vida?

Una enorme sonrisa de alivio se dibujó en el rostro de Nick.

—Gracias, John. No te arrepentirás.

John sonrió brevemente.

—Está bien. ¿Quieres ir a conocerle, entonces? —preguntó.

—Claro, ¿a qué esperamos?

Nick se levantó de un salto y recogió la mochila. John sonrió de nuevo ante su entusiasmo y lo siguió hasta la calle.

—Bueno, ¿y dónde vives ahora? —preguntó Nick.

—Eh… Pues la verdad es que aquí mismo —respondió John, deteniéndose al cabo de unos metros ante el 221-B.

—Muy bonito —comentó el soldado, contemplando el edificio.

—Sí, lo es. Entremos.

John abrió la puerta y condujo a su amigo escaleras arriba hasta su piso. Cuando Nick lo alcanzó, John abrió la puerta y se apartó para que el hombre más alto pudiera ver su hogar. Nick dejó su mochila en un rincón y entró en la estancia, echando un vistazo a la cocina y al salón.

—Es agradable y acogedor —dijo Nick.

John sonrió.

—¿John? Te dije que volvieras hace diez minutos. ¿Por qué has tardado tanto?

Sherlock Holmes salió de la cocina con su bata carmesí y unas gafas protectoras. Se detuvo en seco en el salón cuando sus gélidos ojos se encontraron con la cálida mirada de Nick.

—Eres el amigo militar de John —declaró.

—¿Qué me ha delatado? —sonrió Nick—. No habrá sido el uniforme, por casualidad…

Sherlock entornó los ojos y se volvió hacia John.

—¿Qué hace aquí?

John acabó de entrar.

—Necesita un lugar donde quedarse durante unos días. Le he dicho que podía quedarse aquí. No te molestará, no te preocupes.

Sherlock le lanzó al doctor una mirada furibunda y se volvió con la intención de regresar a la cocina.

Nick se adelantó y lo agarró del brazo.

—Espera, aún no me he presentado.

El detective asesor se soltó y lo miró con expectación. El soldado simuló una reverencia.

—Nicholas Harper, a tu servicio.

Sherlock lo miró con indiferencia.

—Sherlock Holmes —dijo, reanudando su camino.

—¿Sherlock Holmes? —Nick frunció el ceño y se volvió rápidamente hacia John—. Me dijiste que había muerto.

John abrió la boca para responder, pero Sherlock se le adelantó mientras se inclinaba sobre el microscopio.

—Bien, pues resulta que en realidad estoy vivo —dijo, y John se lo imaginó poniendo los ojos en blanco.

—Sí, algo por lo que todos estaremos eternamente agradecidos —dijo el doctor con una sonrisa indulgente—. ¿Té? —le preguntó a Nick.

—Por favor —respondió éste distraídamente, tomando asiento en el sofá.

John entró en la cocina y se dispuso a preparar dos tazas cuando sintió a Sherlock detrás de él.

—¿Qué hace aquí? —siseó.

—Ya te lo he dicho: se quedará unos días, hasta que hayan arreglado su piso —respondió John, volviéndose hacia su compañero—. Nunca ha sido problemático, y lo más probable es que ni siquiera pase mucho tiempo aquí. Estoy seguro de que habrá gente a la que quiera ver y todo eso, así que compórtate.

Sherlock frunció el ceño y regresó sigilosamente a su silla, centrándose otra vez en el microscopio.

—Aquí tienes —dijo John, tendiéndole el té a Nick y arrellanándose en su butaca ante el escritorio.

—Gracias —respondió Nick, tomando un sorbo—. Entonces, ¿has podido ver a Rachel últimamente? —le preguntó a John con cierto brillo de esperanza en los ojos.

John negó con la cabeza.

—Hace al menos dos años que no, lo siento. Ellen no me deja verla.

—Zorra —murmuró Nick tras su taza, como si ya supiera de antemano la respuesta—. ¿Quién se cree que es?

Sherlock apareció en el umbral de la puerta.

—Rachel es tu hija—afirmó.

Nick lo miró.

—Ni siquiera voy a preguntarte cómo lo has sabido, pero sí, Rachel es mi hija. Y John es su padrino.

Sherlock frunció el ceño y miró a John.

—No sabía que tuvieras una ahijada.

El doctor se encogió de hombros.

—Pues ahora ya lo sabes. ¿Cuántos años tiene ya? ¿Seis?

Nick asintió.

—Su cumpleaños fue el mes pasado. No puedo creer que Ellen no te deje verla. ¿Qué te ha dicho? —preguntó.

—Ellen es tu ex mujer —le interrumpió Sherlock.

—Sí, sí, lo es —lo cortó Nick con impaciencia, y miró a John con aire expectante—. ¿Y bien?

—Oh, bueno, lo típico, cada que voy a verla abre la puerta unas pulgadas y me dice que está ocupada, o que Rachel está con sus abuelos. No me deja ni entrar. Sólo me da excusas y me cierra la puerta en las narices.

—Encantadora —dijo Nick, acabándose el té—. Creo que será mejor que… hum… vaya a verlas yo. Volveré en un par de horas.

—Claro, hasta luego.

El soldado se levantó, dejó la taza sobre la mesa y fue hacia la puerta. Instantes más tarde, oyeron cómo cerraba la puerta de la calle.

—No me gusta —declaró Sherlock.

John sonrió a su pesar.

—¿Por qué será?

—Porque me ha interrumpido.

—Tú lo interrumpiste primero —replicó John, levantándose de la silla para llevar las dos tazas vacías al fregadero.

Sherlock lo siguió con expresión irritada.

El doctor suspiró.

—¿Qué otras razones hay para que no te guste? —preguntó con resignación.

—Oculta algo.

John puso los ojos en blanco.

—¿No lo hacemos todos? —replicó.

Sherlock parpadeó.

—Tú no, ¿verdad? —preguntó.

—¿Lo hago?

—¡Deja de responder a mis preguntas con preguntas!

John soltó una risita mientras abría el grifo y empezaba a lavar los platos.

—Lo siento, es que es divertido tocarte las pelotas.

—No me estás tocando las pelotas, John. Eso es estúpido.

—Es sólo una expresión. No me refería al acto físico de… No importa. Mira, si intentaras llevarte bien con Nick, el tiempo pasará mucho más rápido y se habrá ido antes de que te enteres.

—Sigo sin entender qué hace aquí, para empezar —rezongó Sherlock.

—¿Qué hay que entender? —inquirió John—. Necesitaba un lugar donde quedarse por un tiempo y le invité a venir aquí.

—¿Pero por qué?

—¿Por qué, qué? ¿Es tan difícil de entender? Era mi mejor amigo en el ejército y cuidábamos el uno del otro. Diablos, me salvó la vida cuando esa bala me alcanzó en el hombro. Así que si me pide un rincón donde dormir, ¿quién soy yo para negárselo? Te estás comportando como un niño, y no voy a echarlo sólo porque te haya interrumpido cuando intentaba averiguar por qué no he podido ver a una hija a la que él no ha visto desde Dios sabe cuándo. ¡Dale un respiro, por el amor de Dios!

Soltó un bufido y se volvió para fregotear otro de los útiles de laboratorio de Sherlock, que parecían aguardar permanentemente a que alguien los lavara.

—¿Sabes? No te morirás por lavar esto aunque sólo sea una vez —añadió en voz baja, colocando el matraz en el escurridor.

—¿Por qué no le dices a tu mejor amigo que lo haga? —dijo Sherlock dándose la vuelta.

John se volvió y se apoyó contra el fregadero.

—Oh, ¿ahora estás celoso?

Vio como Sherlock se detenía y se quedaba rígido. Luego giró sobre sus talones para mirar airadamente al doctor.

—No, no estoy celoso —respondió con una voz que delataba su rabia.

—Pues deja de actuar como si lo estuvieras —dijo John con dureza, tirando a un lado el paño con el que había secado la loza—. Estoy harto de estar a tu entera disposición y encima tener que aguantar tus pataletas cada vez que uno de mis amigos reclama mi atención. Es un comportamiento inmaduro y muy grosero, y no voy a tolerarlo, y menos cuando la víctima es un hombre que acaba de llegar de Afganistán prácticamente con lo puesto. Yo ya he pasado por lo mismo y sé lo que se siente, y lo que menos necesita ahora es sufrir tu frialdad.

—Yo no tengo pataletas —contraatacó Sherlock—, y te aseguro que me trae sin cuidado que salgas a jugar con tus otros amigos. No necesito que te ocupes constantemente de mí. Puedo hacerlo yo solito. Como te dije una vez, la soledad me protege.

No acababa de decirlo cuando supo que había ido demasiado lejos.

John apretó las mandíbulas, miró fríamente al detective y fue hacia la puerta.

—Ha sido un golpe bajo, Sherlock. Incluso para ti —dijo en voz baja mientras salía.