Work Text:
Tiene gracia que su relación comenzase por el odio que las camisetas que defendían enfrentaban entre ellos y que, ahora, solo un año después, y al mismo tiempo, ambos se hayan visto relegados de esos mismos equipos. Tiene gracia que cuando por fin ese odio irracional se había consumido por un sentimiento mucho más potente y abrumador, ya no tengan que enfrentarse a él. Tiene gracia que cuando por fin comenzó su relación sus caminos se separasen aún más.
Ni Bojan sigue en el Barcelona ni Sergio en el Real Madrid.
En realidad, no tiene gracia. En realidad, es una gran putada.
Las malas noticias, como lo fue la inminente separación y el abismo de la distancia, no vinieron solas. Pocos meses después de comenzar a jugar defendiendo la camiseta del Valencia, cuando comenzaba a brillar y a ganarse su puesto en el equipo che, Sergio se rompió el ligamento. Seis meses de baja. Seis meses fuera de los terrenos de juego. Seis meses sin tocar un balón, sin poder aumentar su potencial.
La lesión hunde a Sergio completamente. Vuelven a asolarle las dudas sobre sí mismo, sobre su futuro. Por momentos recuerda aquellos días cuando era jugador del Real Madrid y no sabía qué iba a ser de él, cuando se recriminaba a sí mismo no dar todo lo que podía. No ser, quizás, lo suficientemente bueno para ganarse la titularidad u oportunidades para alcanzar esa meta. Recordaba con amargura aquellos días en los que lo pasó realmente mal al pensar en todo aquello, esa realidad que le cegaba de poder disfrutar de esa inmensa oportunidad de demostrar todo lo que podía llegar a ser. Y recuerda, también, que sus pasos en el conjunto merengue habían comenzado de la mejor manera posible. En el primer partido de liga, el primero también con el míster José Mourinho al mando, había sido convocado y situado en el once inicial por su excelente trabajo en la pretemporada. Pero poco después, una lesión que le había apartado durante unos meses del Santiago Bernabéu le robó por completo las opciones de seguir aquel camino que el míster le ofreció al comienzo. Parecía que la misma historia se volvía a repetir, pero en aquella ocasión era mucho peor que antes. La lesión mucho más dura y larga. Además, tratándose de su cesión al Valencia, buscaba con todo su esmero demostrar en ese equipo que tenía la capacidad, la voluntad y el trabajo necesario para reclamar de nuevo su puesto en el Real Madrid.
El centrocampista se preguntaba cuántas cosas más le podían salir mal y no se atrevía a contestarse.
Porque las cosas no iban solo terriblemente mal en el mundo del fútbol, sino también en su vida sentimental. Con Bojan tan lejos, en Roma, la relación —apenas iniciada cuando el momento de la separación— se había visto completamente estancada. Hablaban por teléfono y por Skype, pero no era suficiente. El calor que emanaban juntos se había congelado como producto de los kilómetros y el frío que arrastraba el invierno consigo. Sergio le seguía queriendo, y no había dudado nunca de la naturaleza de sus sentimientos, pero las cosas no eran como antes, no eran como debían ser. Sergio sabía que era demasiado injusto que se hubieran tenido que ver vistos a estar separados de aquella manera. Además, con su lesión ni siquiera podrían verse en las concentraciones con la selección. Y, aunque, estaban acostumbrados a no compartir ciudad, a no poder verse demasiado a menudo, seguía siendo realmente duro para ellos. Porque aunque antes la distancia entre Barcelona y Madrid les había golpeado con dureza, no era nada comparable con el dolor que les causaba encontrarse en dos países distintos, y más lejanos de lo que a ambos les hubiera gustado.
Cuando Sergio descubrió el fichaje de Bojan por la Roma se le rompió el corazón. Ahora que él iba a estar en Valencia, iban a estar un poco más cerca. Pero estaba claro que su relación no estaba destinada a ser fácil y sencilla, sino todo lo contrario. Cada milímetro era una tortura, cada milímetro era pura desesperación.
Al menos, Sergio se podía consolar pensando que a Bojan las cosas le iban algo mejor. Era habitualmente titular en el equipo italiano, aunque hubiera ocasiones en las que jugase como suplente. Había marcado algún que otro gol y se estaba acoplando perfectamente al equipo. Quizás no resultase por ser el jugador revelación del año, pero estaba jugando y no lo estaba haciendo precisamente mal, que era más de lo que Sergio podía decir sobre sí mismo.
Sergio abandonó de inmediato sus pensamientos cuando escuchó el ruido del timbre. Con pereza, y ayudándose de las muletas, avanzó desde el sofá del salón donde estaba acostado hasta la puerta del piso donde vivía en Valencia, dispuesto a abrir la puerta.
La sorpresa no podía ser mayor. Bojan Krkić.
Ahora que las vacaciones de Navidad habían llegado también al mundo del fútbol, Bojan había querido aprovechar la ocasión para visitar a la persona a la que más había echado de menos en su estancia en Italia. Al chico rubio al que un día se había vanagloriado de odiar con todas sus fuerzas.
—¿Qué haces aquí, Bo? —preguntó Sergio notablemente sorprendido. No terminaba de creerse que después de todos esos horribles meses que habían pasado, estuvieran mirándole directamente a los ojos de nuevo y no a través de la pantalla de un ordenador.
Cuánto le había echado de menos. Eso era una cantidad incalculable.
—He venido a estar contigo ¿no es obvio? —sonrió el catalán, devolviendo esa pizca de calor que se les estaba escapando de las manos sin remedio, sin poder evitaro.
Le abrazó con fuerza, por todos esos abrazos que no se habían podido dar como consecuencia de la distancia, de estar tan separados. De todos esos largos días sin verse, sin tenerse. Sin ser ellos, sin estar juntos. Demasiado tiempo desperdiciado, demasiado tiempo separados. El abrazo era intenso y desgarrador. Sergio y Bojan se apretaban con tanta ansia y tanta fuerza el uno contra el otro que hasta creyeron posible romperse alguna costilla por el camino. Pero ya nada les importaba. Ya nada más importaba, en realidad.
Quizás solo fuesen unos días, quizás no fuera suficiente, pero era más que nada.
Tiene gracia que ahora cuando se encontraban se abrazasen como si esperasen el fin del mundo y que antes se mirasen tan mal como podían. Tiene gracia que lo que antes era un suplicio ahora sea algo parecido a una bendición. Tiene gracia que ahora el estar juntos sea el motivo para seguir adelante.
