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Época de cambios

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Las cosas no van demasiado mal para Mesut Özil. En realidad, pocas cosas han cambiado desde que llegó al Real Madrid en verano.

Bueno, han sido pocas cosas, pero de una increíble trascendencia tanto para su vida personal como para el ámbito profesional. Porque estar en el Real Madrid no se parece nada a estar en cualquier otro equipo. Todo tiene un toque épico, un constante aire de grandeza y siempre desemboca en unas profundas ganas de reconquistar la tierra prometida del fútbol mundial en sus jugadores.

Mesut Özil —«besugín» para los amigos— no necesita tener la nacionalidad española, ni haber crecido en Madrid para tener a su equipo actual metido de lleno en el corazón. Siempre le ha maravillado, siempre le ha gustado, pero quizás lo que ha provocado la aceleración y consolidación del enamoramiento al equipo blanco se deba, principalmente, a ese sentimiento de unidad debido al eterno «solos contra el mundo». Esa necesidad de constante superación. Esas ganas y ese rigor para callar la boca de todos. Estar, para bien o para mal, en boca del mundo entero.

Y eso exactamente fue lo mismo que le pasó con Cristiano Ronaldo. Ese jugador portugués considerado por muchos como el mejor del mundo, que es un egoísta desalmado, un prepotente sin corazón, que no ve más allá del reflejo del espejo y cuyos pensamientos se centran única y exclusivamente en sí mismo.

Porque con Cristiano Ronaldo pasa exactamente lo mismo que con el Real Madrid: están siempre en boca de aquellos que no tienen ni la menor idea de lo que hablan. Juzgar por juzgar. Criticar por criticar. Hablar por hablar. Y equivocarse. Una y otra vez.

Cristiano le ha enseñado mucho a Mesut sobre muchas cosas desde que están juntos en el equipo, pero sobre todo le ha transmitido el pensamiento de que la única opinión a la que deben hacer caso es a la del Santiago Bernabéu. Sus aplausos y sus cánticos son la señal de que todo está bien.

Eso les ha unido mucho. Incluso con las primeras dificultades de Mesut por expresarse correctamente en español. Y aunque al principio no se entendían mediante las palabras, siempre lo hicieron sobre el césped. Así comenzó su amistad. Cristiano corriendo para celebrar su gol con el alemán, y sacudiéndole el pelo agradeciéndole una de sus muchas asistencias magistrales. Uno de los muchos toques que anuncian a un futuro Balón de Oro. Y ese fue un detalle que se repitió durante un buen puñado de partidos, porque siempre se entendieron mejor entre ellos que con los demás miembros del equipo.

Pero no tardaron en darse cuenta de que lo suyo no era amistad. Amistad era lo que Cristiano y Marcelo tenían, que se pasaban el día juntos en los entrenamientos, que celebraban los goles con bailes que se sacaban de la manga en sus noches de parranda por la capital y que eran el oído confidente de los secretos del otro.

Por eso mismo fue al brasileño al primero al que Cristiano le dijo un buen día en los vestuarios, después de un entrenamiento con el equipo:

—¿Mesut tiene el culo muy buen puesto o es cosa mía?

Marcelo estaba bebiendo de una botella de agua en ese justo instante, y con la sorpresa no pudo menos que escupir todo el líquido al momento.

—¿Mesut? ¿Özil? —inquirió Marcelo.

—¿Por qué lo preguntas, acaso conoces a otra persona con ese nombre? —preguntó Cristiano, reduciendo al absurdo la duda de su mejor amigo, tanto dentro como fuera del campo.

—¿Porqué le llamas Mesut? Es besugín. No intentes cambiarle el mote.

—Es su nombre —respondió Ronaldo.

—No intentes cambiarle el mote —repitió Marcelo—. Y ¿qué clase de nombre es Mesut por el amor de dios? ¿Es que has estado viendo Pocoyo otra vez?

—¿Pero qué dices? —preguntó Cristiano, negando con la cabeza, sin entender nada de lo que su mejor amigo estaba diciendo.

—¿Qué dices tú? —Marcelo se quedó parado, mirando al portugués, como en posición defensiva.

—Digo que el culo de Mesut está bien puesto.

—Oh, dios mío. OH DIOS MIO. ¡¡OTRA VEZ NO!! —exclamó Marcelo levantándose del banquillo en el que estaba sentado y dejando sobre él apoyado su botellín de agua.

—Me gustaría saber cuál es la droga con la que te dopas para ser así las veinticuatro horas del día. Vale que a Pepe le den ataques de ira y a veces parezca bipolar, pero lo tuyo, tío… lo tuyo me está empezando a asustar.

—Te recuerdo que la última vez que hiciste ese mismo comentario sobre otro miembro de nuestro querido y devoto equipo, la cosa no acabó muy bien.

—Fueron unos inocentes polvos que no hicieron daño a nadie —se defendió Cristiano.

—Le hiciste una hernia discal. Y Gonzalo sigue lesionado y sin poder jugar desde entonces. El día en que le hagas daño a alguien, ¿qué es exactamente lo que le vas a hacer, eh? ¿Le vas a retorcer la cabeza lentamente, como una sutil caricia, hasta que se le salga del cuerpo o qué?

—Que no fue culpa mía, eres un exagerado, Marce. Además, ¿cómo vas a hacerle una hernia discal a alguien cuando estás echando un polvo? Es material y anatómicamente imposible.

—Pues si estás follando a lo león fiero recién sacado de la jungla encima de la mesa, y haces el cafre hasta cargarte la mesa y hacer que al otro sujeto en cuestión se le retuerza la espalda entera entre los restos de la mesa de madera. En la que, por cierto, yo solía comer, por el amor de dios. Un poco de higiene, gracias. Creo que podría pasar, sí. Es material y anatómicamente posible.

—No fue culpa mía. Es que Gonzalo se motiva.

—¿Y tú no, verdad? —le acusó el brasileño.

—Yo hago únicamente lo que Dios creador quiso que hiciéramos con esa parte del cuerpo —se defendió Cristiano.

—El caso es… —comenzó a decir Marcelo redirigiéndose al tema inicial de su conversación—. Es que paso mucho de tener que aguantarte si te lías con otro del club. Y paso pila de que Iker se nos ponga como una furia a soltar tacos como si fueran metralla cuando lesiones a besugín y nos hundas la vida. Piensa un poco en el equipo, macho. ¡PIENSA UN POCO!

—Marce, tú estás más paranoico de lo normal. A ver confiesa —dijo Cristiano acercándose lentamente hasta su amigo— ¿has vuelto mezclar Red Bull, con café y Monster? Ya sabes que cuando abusas de la cafeína la única solución posible para ti es la del manicomio.

—Ese comentario no ha tenido ninguna gracia —resopló Marcelo con gesto muy serio.

—Pues te pareció muy gracioso colarte en los vestuarios, robarnos toda la ropa a todos los del equipo, salirte al campo en Valdedebas y tirarla por el césped mientras gritabas: «SOY EL MANITAS DE ART ATTACK. ¡¡SOY EL MANITAS DE ART ATTACK!!».

—Le prometiste a mi psicólogo que no volverías a mencionar aquello —se enfurruñó el brasileño.

—Y luego te ataste una camiseta blanca al cuello a modo de capa, empezaste a correr por el campo y a dar saltos y a decir: «Jordi Cruz, te voy a mataaar».

—Siempre he dicho que Disney Channel ha hecho mucho daño a la humanidad. ¡Y aléjate de besugín, desalmado y salvaje pederasta! —le gritó Marcelo mientras se alejaba del portugués rumbo a las taquillas del vestuario.

—¿Y a dónde vas ahora? —inquirió Cristiano, que se lo estaba pasando en grande riéndose amistosamente de Marcelo y no quería parar por nada del mundo.

—A tomarme mis pastillas. Ya sabes que luego sino el Míster se enfada. Y vendrá junto con Iker y Pepe a echarme la bronca, y me da mucho miedito la versión ultra moderna y gore de los tres mosqueteros.

Cristiano se quedó completamente perplejo mientras observaba a su mejor amigo alejarse. Desde luego a veces estaba completamente loco, y le gustaba demasiado bromear —al igual que a él, que era inseparables compañeros de bromas, inocentadas y putadas— pero a veces le asustaba lo mucho que se metía en el papel. A parte de que realmente a veces se le iba completamente la pinza, como el día del trastorno de Art Attack, como era conocido por todos.

Y después de la pequeña y disparatada charla con Marcelo, lo que ambos tenían claro es que el portugués no estaba ni de lejos dispuesto a hacerle caso a su mejor amigo.

La amistad que mantenía con Özil no tardó en dar el paso siguiente. Dejaron atrás ese falso sentimiento de hermandad y se transportaron a aquello que realmente sentían cuando estaban juntos. Si bien nunca se habían preocupado por ponerme nombre o etiqueta a ese sentimiento y a esa relación, estando juntos estaban lo suficientemente bien y a gusto como para que no les importara lo más mínimo.

Y ahora, tantos meses después de que Mesut Özil haya llegado al Real Madrid, las cosas siguen más o menos igual. Cristiano continúa echando a Sergio Canales de la habitación en los hoteles de concentración que comparte con el alemán, para colarse en su cama y hacerle cosas sucias y depravadas. Mesut sigue ruborizándose cuando Cristiano le da un beso cariñoso en la mejilla cuando lo ha hecho bien en un partido y se siente orgulloso de poder decir: «yo me follo a ese tío». Marcelo permanece en el mismo estado que siempre, con sus idas de olla, intentando que el portugués no se descontrole e intentando no recaer en el abuso de la cafeína.

Todo sigue igual que siempre. Pero algo cambia. Alguien vuelve.

Gonzalo Higuaín se recupera de la lesión y el nueve de abril vuelve a ser titular del Real Madrid tras seis meses sin jugar.

Están todos en San Mamés. Mou experimentando con el once inicial, Cristiano, Marcelo y Mesut observando el partido desde el banquillo por primera vez en mucho tiempo. El alemán mira concentrado el partido, sin querer perderse un sólo detalle. Marcelo y Ronaldo comparten la clase de comentarios, chistes y bromas que en ellos son habituales.

El alemán no llega a jugar, pero ese chico por el que está desarrollando ciertos sentimientos sí lo hace. Cristiano entra en el minuto dieciséis de la segunda parte y lo hace por el Pipita, al que abraza durante el cambio.

Mesut lo ve claramente. Ve como abraza al argentino. Y no debería cabrearle que Cristiano abrace a un compañero, pues después de todo es eso, un compañero. Pero con Gonzalo es distinto, porque no es tan tonto como para ignorar lo que ha habido entre ellos, aunque haya sido sólo «unos cuántos polvos salvajes que no han significado nada más» como siempre dice el portugués.

No es que desconfíe de él pero… joder. Es que a Cristiano sólo le abraza así él y no hay nada más que decir.

Cuando se acaba el partido, los jugadores blancos están eufóricos celebrando la victoria en los vestuarios. Cristiano de los que más, ya que llegaba demasiado tiempo sin marcar y él no está a acostumbrado a no mojar.

El alemán observa cómo pasa de estar dando saltos completamente exaltado por su gol y haber ganado a estar sentado al lado de Gonzalo en uno de los banquillos, consolándole porque el argentino está deprimiendo porque no está pudiendo dar de sí todo lo que a él le gustaría. Mesut no dice nada y se queda espiándoles desde la distancia, con ojos acusatorios. Sólo necesita mirar a Cristiano para saber cuándo saca su lado sentimental, y sólo necesita echarle un ojo a Higuaín para darse cuenta de lo bien que sabe el portugués consolarle.

Y otro abrazo. Pero diferente. Son cuerpos más pegados, cuerpos que se conocen muy bien.

La mente de Özil piensa: «Hasta aquí hemos llegado». Y se aleja del resto de sus compañeros, se quita la camiseta de la equipación y se mete en la primera ducha libre que encuentra. Deja caer el agua tibia sobre su pálida bien, se frota el pelo negro y largo pero sobre todas las cosas, intenta no pensar en que Cristiano probablemente se la esté pegando con Gonzalo. En que si eso es cierto tendrá que mandar a Sergio —que es su mejor amigo dentro del equipo, incluso por encima de Sami— pegar a uno de los dos, y sabe que el rubio acabará mal parado en cualquier de los casos. Rechaza esa idea de su cabeza. No puede mandar a Canales a pegar a Ronaldo o a Higuaín —porque sabe que le zurrarían a él en todo caso, no porque no le apetezca que le caigan un par de hostias a los dos en este momento mismo.

—¿Mesut?

Reconoce perfectamente la voz que le llama buscándole. Es Cristiano. Ese tío prepotente al que está empezando a odiar por momentos.

—Hijo de puta —susurra Mesut por lo bajo, pero lo suficientemente alto como para que Ronaldo reconozca el insulto del alemán por encima del ruido del agua de la ducha que cae y decide colarse con él.

—Ah, estás aquí —dice cuando abre la puerta de la ducha y se adentra con él.

—¡A ducharte te vas con otro, gorrón!

—Oye, ¿pero a ti que mosca te ha picado? ¿Estás depre por no haber jugado? ¿Quieres mimos de Cris? —contesta Cristiano cariñosamente acercándose a Mesut para darle un beso en los labios, pero Özil se aparta y le mira con asco.

—¿Por qué no vas a darle más mimos de Cris a Gonzalo? Igual no se ha quedado satisfecho con el polvo que le has echado con la mirada.

—¿Estás celoso? —Ronaldo sonríe con ese gesto tan característico suyo que hace que todo el mundo crea que es un canalla y un chulo. Que a veces lo es, pero sólo a veces.

—Estoy molesto. Estoy molesto porque si te tiras a Gonzalo de nuevo no puedo decirte nada. No me puedo enfadar ni echártelo en cara porque no estamos juntos. No tenemos nada en realidad.

Cristiano esconde su sonrisa y se muestra serio al escuchar lo que Mesut le está diciendo. Nunca habían hablado claramente sobre su relación, sobre los límites de la misma y sobre temas serios en general.

—¿Te preocupa eso? Nunca me habías dicho nada.

—No sé si me preocupa… Es que… no sé, tampoco me había parado a pensarlo nunca. Ni hablamos mucho tampoco, hace nada no sabía juntar más de tres palabras en español.

—Y las recuerdo muy bien. «Hijos de puta». Fue divertido —rió Cristiano.

—Me da mucho miedo esto, Cris. No quiero ser uno más para ti y ahora mismo tengo la sensación de que sólo soy un número más en una larga lista de conquistas sexuales. Es que ahora lo pienso y si sólo voy a ser eso, aunque en parte me duela, prefiero no tener nada más ¿sabes? No seguir con esto si no va a ninguna parte más que a que follemos durante un tiempo, luego veas un culo que te ponga más y me dejes tirado. No sé si debería decirte eso… a mí me cuesta mucho decir las cosas en claro.

—Eres un hombrecillo de pocas palabras, ya me he dado cuenta —confirma Ronaldo.

—Mira, si lo que quieres es follarte a Gonzalo, vete con él y adiós muy buenas. Sin rencores y sin mierdas.

—¿Cuándo te has vuelto tan fluido hablando español y desde cuando dices tantos tacos seguidos? ¿Has estando hablando más de la cuenta con Iker? Mira que yo le tengo mucho respeto, pero a Dios creador no le gustaría oírte utilizando esos calificativos.

Mesut le mira sin saber a qué viene su comentario, si es que está haciendo una gracia o qué pero decide ignorarle.

—Si no te importa, me gustaría ducharme.

—Pero no seas tonto. ¿No te has dado cuenta ya? ¿De verdad te crees que yo me cuelo en las duchas de todo para celebrar una victoria tan especial como ésta? ¡¡No!! Jolina, Mesu, ¿no te das cuenta de que contigo siempre es diferente? ¿No te das cuenta de que tú me haces mejor persona?

—¿De verdad? —pregunta Özil incrédulo.

—Claro, Mesu, joder. Que yo te quiero mucho.

—¿Y qué es lo que quieres ahora?

—Que te quedes conmigo.

Mesut sonríe. Le invade una alegría que apenas puede controlar en su cuerpo. No puede controlarse ni él mismo y se abalanza contra el cuerpo de Cristiano y empieza a comerle a besos.

Ya nada es igual a cuando Mesut Özil llegó al Real Madrid en verano. Ha encontrado a alguien. Ha encontrado a Cristiano Ronaldo. Y piensa apretarle tan fuerte contra sí mismo para no dejarle escapar como al escudo merengue contra su corazón.