Work Text:
Mary Margaret Blanchard
Llamó su atención desde el primer día. Fue algo inevitable, supuso, que el único paciente de identidad desconocida de aquellos a los que atendía en el hospital como voluntaria sobresaliese entre el resto.
Cada día que iba al hospital y le observaba —él en la cama, con los ojos siempre cerrados, desconocedor de todo aquello que pasaba a su alrededor— se preguntaba cómo habría llegado a ese estado. Quién sería y quién le hubiera gustado ser. Si algún día despertaría y qué pasaría si ese día terminaba por llegar.
Mary Margaret Blanchard fantaseaba cada día con diferentes posibles identidades para John Doe, el eterno desconocido. Llevaba tanto tiempo trabajando como voluntaria en el hospital, tantos días visitándole y cambiando las flores sobre su mesita que ya ni siquiera recordaba cuándo había empezado. Casi parecía una eternidad, o se lo hubiera parecido si no fuera porque cada visita se convertía en el mejor momento del día.
Trabajaba en el colegio como profesora y, aunque eso era algo que le encantaba y le entusiasmaba, la incipiente curiosidad que John Doe despertaba en ella superaba cualquier otra cosa.
Y luego estaba el pequeño Henry, con su imaginación desbordante. De todos los niños a los que enseñaba era, desde luego, al que más cariño le había cogido. Despertaba una ternura en ella propia de una madre. Por eso le había dado el libro de cuentos que conservaba desde que tenía memoria, porque estaba plenamente convencida de que lo disfrutaría más que nadie.
Aunque lo cierto era que el resultado obtenido había sido bastante diferente del que podría haber esperado. Desde que le había dado el libro, Henry había comenzado a creer que todos los habitantes de Storybrook estaban presos de una maldición formulada por la bruja mala de Blancanieves. Y estaba convencido de que cada uno de ellos era el personaje de uno de los cuentos de su libro. Lo más gracioso de todo era que estaba seguro de que ella era la mismísima Blancanieves, con la piel blanca, las sonrojadas mejillas y labios como la sangre y el pelo negro como el azabache.
Era imposible no querer a Henry, incluso si decía tonterías.
Pero entonces, en la visita al hospital, el pequeño Henry había visto a John Doe y se había dado cuenta de que tenía que ser su Príncipe Encantador. A Mary le hubiera maravillado esa posibilidad si no fuera porque sabía que aquello era imposible, solo el juego producto de la imaginación de un niño de diez años.
Fue por muchas razones por las que Mary aceptó la propuesta de Henry. Por una parte porque le gustaba ayudarle en todo lo que pudiera. También porque había sido ella quién le había dado el libro. Pero sobre todas las cosas porque esa alma soñadora de la que siempre hacía gala Henry la recordaba demasiado a ella misma. A todos sus sueños embotellados en la ciudad de Storybrook.
Había ido al hospital como hacía casi cada día. Había cogido una silla y se había sentado a una escasa distancia del misterioso John Doe. Entonces había comenzado a leerle el libro de cuentos que le había dado a Henry. Y algo curioso había pasado: se había movido.
Después se había despertado.
Mary no quería hacerse ideas que no eran, pero la abrumaba la posibilidad de que pudiera haberse despertado de su largo sueño gracias a ella. Por ella.
Y hacía mucho tiempo que Mary no se preocupaba tanto por alguien como cuando tuvo que buscarle por el bosque, después de que desapareciese del hospital. Y hacía mucho tiempo que no se ilusionaba tanto como cuando Henry le dijo que él la estaba buscando.
Pero nada le rompió más el corazón como conocer la identidad de John Doe: David Nolan, hombre casado.
Blancanieves
Sabía que el momento de la separación llegaría, pero lo que no esperaba era que despedirse de él, mirarle por última vez, le fuera a costar tanto. La mirada previa al adiós parecía capaz de cortar el tiempo y pararlo. Fue tan larga como intensa, pero, al final, la hora de que cada uno se fuera por su lado llegó. No había dejado de verle y ya sentía una especie de melancólica nostalgia por los momentos que habían vivido juntos en el bosque.
Había ocasiones en que era incapaz de comprenderse a sí misma. Y aquella era una de ellas.
Era cierto que James, mundialmente conocido como el Príncipe Encantador, había resultado por ser muy diferente de la idea estereotipada que tenía de él. Le había sorprendido para bien cuando, estando juntos en el bosque, en busca de recuperar el anillo de la prometida de él, le había ido conociendo un poco. Pequeños rasgos y manías que definían la persona que era.
En un principio le había preocupado poco que James no pudiera recuperar el anillo para la estirada de su prometida, pero fue después, cuando se lo probó que sintió una envidia en su interior que no habría imaginado posible. Nunca antes habría querido lo que el mundo ofrecía a chicas como la prometida del Príncipe, no necesitaba esos lujos, ni vestidos pomposos, ni castillos. No, desde luego, desde lo que le había pasado antes de terminar en el bosque, robando a gente como James para poder sobrevivir. Pero parecía que su perspectiva de las cosas estaba cambiando completamente.
Y estaba claro que James había tenido mucho que ver. De hecho, había tenido todo que ver.
Por eso, a pesar de que desde que su opinión sobre él y su mundo habían cambiado significativamente sabía que, tarde o temprano, James tendría que volver al castillo que le llamaba —con la chica de pelo rubio que le aguardaba para desposarse con él— le dolía tanto la separación. Saber que no le volvería a ver, que ella nunca encajaría en el mundo de adornos al que él pertenecía. Saber, también, que por mucho que le gustase, no podrían refugiarse entre los árboles del bosque para siempre. Por mucho que en su interior quisiese, no volverían a estar juntos.
Le hubiera gustado decirle muchas cosas pero no tuvo el valor para hacerlo, incluso si ya había demostrado que había pocas cosas a las que le tenía miedo. Las palabras se quedaron atrancadas en su garganta, deseosas de salir, mientras le observaba caminar en la dirección opuesta, alejándose de ella.
Para siempre.
David Nolan
John Doe era el nombre que se les ponía a los pacientes cuya identidad era completamente desconocida. Durante mucho tiempo era lo que él había sido para el mundo. Un nombre falso, para una persona desconocida, sin pasado, casi sin presente.
Pero había despertado y con su vuelta a la realidad se había encontrado con Kathryn, su mujer, la que llevaba tanto tiempo esperando su vuelta.
David era incapaz de recordar nada anterior a despertarse, terriblemente confuso, en la cama de un hospital. Kathryn iba a visitarle todos los días, enseñándole fotos de ellos, de su pasado y vida en común. Él asentía y fingía recordar y reconocer las fotos, las historias y hazañas que su mujer siempre disponía ante él. Pero no recordaba nada, era incapaz de hacerlo. Nada de aquello parecía real, nada parecía tener sentido para él. Tenía claro que Kathryn era una chica estupenda, y por lo que conocía de ella le resultaba improbable que le estuviera mintiendo y no era capaz de negar la rotundidad de aquellas fotos, pero aún así, aún a todo, había algo que en su cabeza no terminaba de encajar. Algo que no cuadraba.
Había descubierto su identidad, había dejado de ser John Doe ante la sociedad, pero en su interior, David seguía sintiéndose así. Sentía que no se conocía a sí mismo, ni a su vida, ni a su pasado, ni a su mujer.
Pero luego estaba ella. Sus visitas eran la mejor parte del día. Ese momento clave que esperaba ansioso el resto de las horas que pasaban separados. Los ratos con Kathryn no eran desagradables pero resultaba frustrante ser incapaz de recordar nada de lo que le estaba contando o enseñando, sentir que todo era un sin sentido sin final aparente. Pero con ella era completamente diferente. Entre todo el caos de su vida, entre todo aquello que desconocía y temía haber olvidado para siempre, estaba ella. Ella era como una vela consumiéndose ante la creciente oscuridad, como lo único capaz de iluminar su confusión y sus miedos. Ella era lo único que le parecía real entre todo lo demás. La única cosa en el mundo en la que era capaz de creer.
Los momentos que pasaban juntos en el hospital, jugando al ahorcado, conversando tranquilamente o paseando por los alrededores le daban sentido a todo lo demás. Porque ella le daba sentido al caos.
Y aunque estaba casado, aunque sabía que no debía dejar que esos sentimientos se instalasen y creciesen en su interior, le resultaba imposible luchar contra ellos. Porque no quería ni podía hacerlo. Kathryn era estupenda pero Mary era… simplemente Mary. La voluntaria cuya voz le había guiado de vuelta a casa.
Príncipe James
Cuando salió corriendo con su caballo a perseguir a quién había robado a su prometido lo que menos esperaba ver era una mujer. Y menos a una tan guapa, con la piel blanca como la nieve, las mejillas y los labios rojos como la sangre y el pelo largo y negro como el azabache.
Siendo quién era él, el Príncipe Encantador, no le había costado demasiado averiguar quién era ella y dónde encontrarla para obligarla a que le devolviese su anillo, aquel que le había sido un regalo a su prometida para su futura boda.
Le resultaba extraño que alguien que le hubiera robado hubiese conseguido en tan poco tiempo juntos en el bosque hacerse sentir más cercano que su fría y distante prometida.
Blancanieves había resultado por ser una persona muy diferente de la que se había imaginado cuando descubrió que era buscada por la Reina, y teniendo en cuenta el hecho de que le había robado, sin ningún rastro de culpa en la mirada cuando había huido de él. Era tan diferente a su prometida que asustaba. Era fuerte y valiente, como si llevase toda su vida acostumbrada a luchar con fiereza por aquello que quería y necesitaba. Parecía la clase de persona que era incapaz de rendirse nunca, que nunca agotaba sus energías. Que siempre estaba dispuesta.
Tras recuperar el anillo, cuando la miró por última vez antes de despedirse y alejarse el uno del otro, James se atrevió a desear que esa personalidad únicamente inherente a ella saliese a relucir para luchar por él y arrastrarle con ella. Porque se hubiera dejado llevar de muy buen gana, no hubiera sido capaz de oponer resistencia. Pero sabía que aquello no pasaría, que él tenía funciones que cumplir como el príncipe que era, que tenía que volver a casa y casarse portando ese anillo que tan bien le quedaba a Blancanieves en sus pálidos dedos.
—Si necesitas algo… —le había dicho él, pero ella había cortado sus palabras.
—Me encontrarás —respondió ella con una sonrisa, completando por él la frase.
—Siempre —dijo James con rotundidad.
Tenía que seguir adelante y olvidarse de ella, de lo que esos momentos en el bosque —salvándose la vida el uno al otro, luchando contra trolls, sacrificando algo que ella tanto tiempo llevaba guardando para una única persona en especial— pero, aún así, se permitió mientras caminaba de vuelta a su castillo mirar hacia atrás, con la vana esperanza de que ella también le estuviera buscando con la mirada. Pero el corazón se le encogió por completo cuando la vio de espaldas a él, avanzando por su camino, uno que probablemente no se volvería a cruzar con el suyo.
Suspiró resignado y volvió a mirar hacia adelante.
Nunca partir le había costado tanto como en aquella ocasión. Nunca despedirse de alguien le había parecido tan sumamente complicado y doloroso. Nunca nadie había conseguido sorprenderle de una manera similar, nunca nadie le había llamado tanto la atención y le había robado la concentración de esa forma. Nunca había deseado tanto perderse con alguien entre los árboles de aquel bosque, lleno de peligros, historias y encantamientos.
Pero es que James nunca había conocido a Blancanieves hasta ese momento.
Mary & David
Hacía sol y calor aquel día en Storybrook. Mary, como hacía todos los días, había ido al hospital a cumplir sus funciones como voluntaria. Y así como hacía todos los días, le dedicaba un tiempo extra a su enfermo favorito: David.
Él le había pedido que fueran a dar un paso por los alrededores, necesitaba respirar el aire puro arrastrado por el viento, sentir el sol contra su piel, dejar de sentirse como un pájaro enjaulado. Odiaba estar encerrado en el hospital y, de vez en cuando, necesitaba salir y extender las alas. Mary, comprensiva, había estado completamente de acuerdo.
—¿Cómo va tu memoria? —se había interesado la chica.
David había negado con la cabeza soltando un largo y profundo suspiro.
—Los recuerdos no vuelven. Todo parece… irreal.
Mary asintió, sin entender exactamente lo que él quería decirle con eso, mientras por un momento la teoría de Henry se le pasaba por la cabeza.
—Volverá. No te preocupes —contestó ella con su característica sonrisa llena de dulzura y apoyó una mano en su hombro, enfundándole ánimos, para que no se diese por vencido. Porque era muy pronto para hacerlo.
Él asintió y le devolvió la sonrisa. Mary vio a Kathryn acercarse y supo que era momento de desaparecer de la escena y de acortar el cruce de miradas y sonrisas entre ellos.
—Es hora de que me vaya —dijo—. Si necesitas algo… —empezó a decir pero David la cortó.
—Te encontraré. Siempre te encontraré.
Mary volvió a sonreír, le dedicó una última mirada y mientras se le rompía de nuevo el corazón al verle de nuevo con su mujer, desapareció.
