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Necesidad

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Las cosas no van nada bien en el equipo. La derrota contra el Stoke City ha sido sólo una más de las inexplicables (y lamentables) actuaciones de los gunners, contra otro de los muchos rivales que deberían haber ganado sin demasiada dificultad, pero sin conseguir cumplir su objetivo.

Ya son seis años sin ganar nada, y quieran o no, intenten evitarlo o no, hace mella en cada uno de los jugadores del equipo londinense. Aparecen las dudas, se desvanece la ilusión, pesa el dolor de cada derrota, la sensación de que el año que viene todo será igual y el miedo a que así sea.

Incluso Samir que siempre tiene una sonrisa y un chiste malo preparado para animar a sus compañeros se siente impotente, se siente disconforme, asqueado por todo lo que pasa a su alrededor, consciente de que no pueden seguir así, pero sin saber cuál es la respuesta a los problemas del equipo —sí es que acaso realmente hay una para ello.

Y si incluso a él, el de las bromas y las tonterías las veinticuatro horas del día, le afecta increíblemente todo por lo que está pasando el Arsenal, es difícil hacerse una idea de lo hundido que está Theo, que tanto tiempo lleva en el equipo y que tan metido lo tiene en el corazón.

Es por eso por lo que, como siempre que se trata del inglés, Nasri deja de pensar en sí mismo como la prioridad absoluta de su propio universo —contemplación que no tienen con nadie más—, y se da cuenta de todo lo que debe estar pensando Walcott. Deja a un lado su propio dolor, sus cavilaciones y sus pensamientos y se dirige a Theo nada más que le ve entrenando en el vestuario de los gunners.

Al francés lo de las palabras no se le da especialmente bien, eso se lo deja a Van Persie, que sabe que le gusta el rollo de marcarse discursos, así que decide no intentar buscar unas palabras que sabe de sobra que no encontrará para intentar animarle.

Además, también sabe que en situaciones así, cuando se acumulan tantas cosas, después de tanto tiempo, de tantas veces de sudar la camiseta roja y blanca con orgullo y devoción, de tantos sueños, objetivos e ideales frustrados, que las palabras ya han perdido todo el significado que podían tener.

Y quizás no sea suficiente mirarle a los ojos y ver toda esa tristeza que reflejan sus ojos, que miran al infinito, perdidos, medio ausentes, y rodear el cuerpo del inglés con sus brazos, empujarle contra él, apretarle con fuerza y arañarle la espalda para sentirle bien cerca, pegadito a él. Para que Theo también le sienta tan cerca que el latir de sus corazones se pueda confundir entre el silencio sepulcral que reina en los vestuarios y entre todos los jugadores.

El inglés tiene la cabeza tan perdida en las imágenes del partido —sobre todo en los errores que él ha protagonizado— que tarda en darse cuenta de que tiene a Sam apretándole de tal manera que le cuesta respirar. Pero Theo le devuelve el abrazo con ganas. El respirar le sobra si puede hacerlo con el aroma que el cuello del francés desprende. La fragancia de una colonia que no consigue reconocer pero que le resulta embriagadora para los sentidos. Siempre le ha encantado como huele el francés.

A Sam le encanta ver cómo el inglés le devuelve el abrazo porque es síntoma claro de que lo acepta, de que, al menos, no le disgusta ese gesto y se siente profundamente aliviado.

No, quizás no sea suficiente que Sam vaya a abrazarle cuando las cosas van tan mal como están ahora, pero Theo no podría negar que es justamente lo que necesitaba para sentirse mejor.

Porque, en realidad, lo único que necesita Theo para sentirse mejor es tenerle a él.