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All this time all over again

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Day 1: Beginning

 

Es estúpido, no tiene otra definición mejor en el vocabulario ahora mismo. Estúpido, y puede que infantil, que tu cuerpo reaccione como si tuviera dieciséis años otra vez. Y vale, tiene veinte y hace no tanto desde los dieciséis. Pero uno, con veinte años, ya no piensa en que su estómago está lleno de mariposas cuando ve a la persona que le gusta. O puede que sí, quién sabe. Nadie le ha dicho cuáles son las reglas de sentirte atraído hacia una persona, y mucho menos hacia alguien del mismo sexo (sabe que es una estupidez porque a) no hay reglas, b) si las hubiera serían iguales para todas y cada una de las orientaciones sexuales).

Mucho menos para que Dylan, cuando está acostado a media mañana en la cama, porque hoy ruedan por la noche (es lo que más le gusta de la serie, que casi todas las escenas son nocturnas y puede aprovechar el día para hacer algo productivo como ver la televisión-eso es ser productivo-o leer un libro), piense en la sonrisa de mil voltios de esa montaña llamada Tyler Hoechlin, que hace que su estómago se encoja. No. No solo son las malditas y estúpidas mariposas. Su estómago, su corazón y su cuerpo se hacen más pequeños, tiemblan y palpitan, a la vez. Ese es el efecto que tiene. Y el muy maldito lo sabe. Por supuesto que lo sabe porque no deja de rozarle, sonreír por cualquier cosa que Dylan diga, mirarle cuando cree que no se da cuenta.

Tyler Hoechlin le ha arruinado la vida.

Sobre todo, y esto es lo mejor-cuidado-, cuando después de rodar durante dieciséis malditas horas en una puta piscina, mojados, irritados y con frío, Tyler le coge de los hombros, le sacude un poco y le dice “eh, has estado genial, pero eso ya lo sabes” y su Stiles interior hace una pequeña danza de la victoria. Mojado o no, las mariposas son lo puto peor en cualquier situación. O, cuando van a desayunar a esa pequeña cafetería, a cinco minutos del piso (pero están tan cansados que no tienen ni fuerzas en pensar en meterse en la cocina), a las tres y media de la mañana, Tyler pide por él porque sabe lo que Dylan quiere, y sus pies se rozan. La camarera les suele mirar como si le hubiera crecido otro ovario y muchas veces les dice “sois adorables” y Tyler, con esa mega sonrisa del mundo, no se corta ni un pelo.

-Gracias.

Y la verdad, es que lo son. Porque son graciosos, se gastan continuamente bromas entre ellos y cuando no pueden dormir porque están reventados, ven partidos de beisbol repetidos en la televisión. Es, en esos momentos, cuando Dylan sabe que está demasiado pillado por Tyler. Ni siquiera cuando las mariposas le comen el estomago o cuando quiere encerrarse en el cuarto, tirarse en la cama y revivir lo que Tyler le ha dicho una y otra vez, como si fuera una quinceañera.

Es estúpido, porque cuando comenzaron a robarse besos, magrearse y compartir chistes y sonrisas que nadie más podía entender, no se sentía como si pudiera alcanzar la luna. Es justamente ahora, tras que Dylan se haya acostumbrado a ver la silueta de Tyler entrar silenciosamente por la habitación, haciendo un gesto con la mano para que se mantengan en silencio “no quiero despertar a Posey” y Dylan tenga que reírse todas las veces.

-No se despertaría aunque destrozáramos la casa.

Pero aún así lo hacen casi sosteniendo la respiración, más íntimo, más intenso que las otras veces cuando están a solas durante horas y pueden gemir y gritar todo lo que quieran y más. Dylan, entonces, tiene que aguantar todas esas cosas que quiere decir, como que no es justo que sienta tanto y que sus mariposas sean tan hijas de puta que decidan arruinar ese momento para arañarle el estómago porque están felices de ver a Tyler, desnudo, sudado y encima de él, sin dejar de sonreír.

Cuando empezaron esto, Dylan no quería ponerle nombre a todo lo que sentía y ahora es jodidamente estúpido e infantil temer que Tyler no sienta lo mismo cuando sabe que si lo hace, porque se corre soltando un gemido en su nuca, le acaricia y no se marcha hasta que la luz de la mañana entra por la ventana. A veces ni siquiera lo hace. A veces, Dylan se despierta y Tyler le está mirando. Le dice “joder” y Dylan quiere morirse, alcanzar la luna y arrastrarla hasta Plutón, porque Tyler le hace sentir, no solo como si tuviera dieciséis años y quisiera hacer videos de youtube hablando de lo mucho y lo tanto que le quiere (y si, esa es la palabra pero no la quiere decir en voz alta, es algo que quiere atesorar hasta que sepa cómo manejar todo esto, sin que se les vaya de las manos esos sentimientos), si no como lo mejor que le ha pasado en la vida.

Y, eso, es jodidamente estúpido e infantil e idiota por su parte, porque hasta hace unos meses, antes de que Tyler le besara en el camerino, casi con miedo de ser rechazado y Dylan le cogiese de la solapa de la chaqueta “nos matan en maquillaje pero al carajo”, lo mejor que le había pasado a Dylan era ser Stiles.