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Continuar caminando en círculos por la sala de estar para no continuar mirando la bandeja de entrada vacía empezaba a cansar. Frustrada, Ziva apagó el ordenador y gruñó un furioso “ahora te esperas, Ray”. Ser la esposa del guerrero era tan distinto a ser la aventurera en tierras exóticas.
Aburrida de sus lamentos vacíos e inútiles, agarró su chaqueta, se montó en el coche y zigzagueó entre el tráfico buscando una ferretería y un supermercado. Poco después llamaba a la puerta de Gibbs con unas cervezas y unas leznas de carpintero. Tal vez lijando madera con él mitigaría la añoranza.
