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Mundo B: ¿Nos conocemos?

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Tom hubiese podido arrancarse una a una de sus trenzas con sus propias manos, así de frustrado e irritado estaba. Nada salía como quería desde hacía semanas, tal vez meses.

El nuevo álbum estaba tomando forma de manera satisfactoria poco a poco, pero los productores no hacían que el trabajo fluyese como debía. Ni los productores ni el hecho de que Georg y Gustav viviesen en un continente cruzando el Atlántico.

Ni Bill, con quien se había vuelto algo cotidiano el cruce de palabras y las discusiones. Desde que eran unos niños habían compartido una idea bastante clara de a donde querían dirigir sus vidas, incluido el camino musical; las discordias habían existido, claro que sí, sin embargo, ponerse de acuerdo nunca había sido tan difícil como lo era en la actualidad.

—¡Ese solo de guitarra no encaja bien!

—Excepto que sí. —La pelea sobre el mismo tema ya se iba prolongando por más de quince minutos, era exasperante. Ninguno quería ceder y pedir la opinión de un tercero estaba descontado—. ¡Lo tuyo con las letras, no los instrumentos! Ese es mi campo —añadió Tom cuando Bill bufó.

—Pero tengo oídos y te digo que no va. Le quita un poco de peso al coro y…

Así como siempre que se exaltaba, Bill hablaba rápido, batiendo una mano en el aire, la misma que tenía un cigarrillo encendido. Por un instante, Tom se preguntó qué pensaría de ellos el resto de gente que estaba en el estudio de grabación escuchándolos discutir con tanta intensidad en alemán.

—No vamos a llegar a ningún lado —dictaminó cuando notó que sus mejillas estaban encendidas y se veía no solo muy capaz de arrancarse las trenzas sino también de hacer lo mismo con las expansiones en sus orejas y los diversos piercings que adornaban el rostro de Bill.

—Bien, como quieras.

—Luego terminaremos de hablar de esto —dijo tratando de alivianar el ambiente tenso.

Tom respiró profundo, viendo cómo Bill encendía otro cigarrillo del que aspiraba hondamente. Estar encerrado con su gemelo en las cuatro paredes del cuarto de los sintetizadores de pronto se le hizo demasiado. Necesitaba aire.

—Iré por un café. ¿Quieres uno?

—Sí, pero no de la máquina, son repugnantes —contestó Bill con indiferencia. Eso indicaba que tendría que ir en auto al Starbucks que había a cinco calles de ahí.

Diez de ida, diez de vuelta, eso daba un total de veinte minutos para que ambos se relajasen.

—Ya vuelvo.

Avanzó uno, dos pasos antes de mirar de soslayo a Bill que estaba oyendo otra de las nuevas canciones y descartó el pensamiento de acercarse a besarlo. Podría lucir tranquilo, pero por dentro todavía era como un volcán dispuesto a hacer erupción, y es que no era solo esa discrepancia en cuanto al control creativo, últimamente los días pasaban lentos en compañía uno del otro. Las riñas abundaban sobre cosas insignificantes y sobre otras que no lo eran tanto, como la tarea de lucir a Ria frente a la lente de paparazis como un adorno, o sobre los chistes sin gracia y las indirectas dichas en la BTKApp.

Bill había estado tan furioso con la publicación del dibujo del cactus-pene y la mención de Georg.

Tom recibió los vasos llenos de café humeante y regresó a su auto.

¿Desde cuándo todo se había vuelto tan complicado? Todavía recordaba cuando tenía nueve y su máxima aspiración era pasar correctamente de Do mayor a Fa en su guitarra. O cuando tenía diecisiete y su cabeza estaba llena de música, la agenda de las giras y estar ahí para Bill cuando era requerido como hermano mayor.

Apagó el motor cuando aparcó en el sótano del edificio de estudio de grabación y resolvió tomarse unos segundos más, disfrutar del sabor de la cafeína y tal vez fumar.

—Toma —dijo tendiendo el café frío cuando ingresó.

—Gracias.

Bill no bebió ni un sorbo del líquido. Tom no podía culparlo.

De lo que sí le culpó fue el agregar ecos a una pista sin su consentimiento, así como haber cambiado palabras a la lírica a la que los productores le habían dado el visto bueno. La disputa que siguió fue igual de vibrante que la anterior, si no más, y los dejó desgastados. Bill fue ahora el que abandonó la estancia, aunque no pacíficamente como había hecho Tom, sino estampando su pie en el piso y gruñendo que se iba a dormir y que no, gracias, no te muevas porque pediría un taxi para irse por su cuenta.

Tom quedó atrás y quiso trabajar un poco en otras canciones pero no tenía el humor.

Cuando comprobó que Bill había llegado bien en una llamada de monosílabos y ladridos de perro de fondo, condujo sin dirección por un rato, deteniéndose en un apartado de la carretera a West Hollywood. Había escaso tránsito a esas horas y el frío era moderado, así que salió de su Audi y se apoyó contra el capó, sintiéndose absorbido por la oscuridad.

El cielo estaba estrellado y la luna en cuarto creciente.

Principalmente, había paz.

A pesar de que pasaban de las tres de la mañana, sabía que Bill no se quejaría de que demorase: compartían ese sentimiento de no querer tenerse cerca, el cual era muy similar a la imposibilidad de mantenerse alejados uno del otro. A eso se había transformado su amor desde la mudanza a L.A. y la mentira y deslealtad llegando a sus vidas, las memorias de cuando habían comenzado a experimentar con traspasar las líneas de hermanos a algo más, difusas y lejanas.

Amaba a Bill, pero a veces sospechaba que el amor no era suficiente.

—Mierda —gruñó.

Revisó sus bolsillos en busca de su cajetilla y no la encontró, maldiciendo de nuevo. Estaba por meterse en su auto y manejar hasta encontrar un supermercado abierto las veinticuatro horas cuando vio una estrella fugaz.

«Por qué no», pensó con una mueca.

Desearía dejar de ser yo —murmuró a la nada—. Tal vez, no sé —elaboró, animado por el eco de su voz en el silencio en vez de sentirse intimidado—, tener diecisiete de nuevo o ser un don nadie, o… o no tener a Bill de hermano.

Ni bien lo pronunció, las implicancias colosales de tan simples oraciones lo golpearon con fuerza, plantando en su cabeza y corazón la sensación de estar traicionando a Bill.

Con su mano bien puesta en el manubrio y alumbrado por las luces de los faros, contempló el tatuaje que decía 0620. Su estómago se revolvió. Eso era para siempre, más que tenerlo en la piel, lo tenía tatuado en el corazón y chasqueó la lengua, sintiéndose realmente tonto por haberle pedido un deseo a una estrella fugaz.

Esa noche, Tom durmió en la cama apenas utilizada de la habitación que de suya no tenía nada, teniendo como única compañía su perro preferido.

Fue su nombre siendo llamado insistentemente lo que le despertó de golpe un poco después. Bostezando y sintiendo como si su cerebro hubiese sido acribillada sin piedad, abrió los ojos y frunció el ceño cuando encontró que algo iba mal ahí.

Ese no era su dormitorio. Las paredes de un azul marino estaban llenas de afiches de películas y uno que otro póster de Samy Deluxe y otros raperos, había ropa encima de cada uno de los muebles y… ¿Dónde infierno estaba? Se levantó y se obligó a calmarse, algo que fue imposible cuando la puerta se abrió y por ella pasó una mujer de mediana edad con las manos en las caderas y mirándolo con desaprobación.

—¿Qué se supone que haces? Vas a llegar tarde a la escuela.

—¿Mamá? —preguntó Tom sin creérselo.

Era su madre, pero a la vez no. Era como una versión distinta de la misma persona: su cabello lucía otro estilo y color, y sus facciones eran más lozanas.

—No, soy un reno de Santa —ironizó rodando los ojos en un gesto que Tom conocía muy bien—. Que te cambies, jovencito, ni creas que vas a faltar otra vez.

«¿Jovencito?», se cuestionó. No lo creyó hasta que llegó al baño y se vio en el espejo. Simone no era la única que era ella misma sin serlo: sus rastas habían regresado, de su barba, el tatuaje que tenía en la mano y las expansiones en sus orejas no había rastro, así como tampoco de sus músculos por los que tantas horas había pasado en el gimnasio.

El chico que le devolvía la mirada en el espejo era como él lucía a los diecisiete.

—Esto es un sueño —musitó, tentado a darse un buen pellizco.

Bajó al primer nivel después de varios minutos mirando los alrededores y llegando a la conclusión de que, en efecto, era su casa materna. Simone estaba sentada con hot cakes y una taza de té dispuestos en la mesa.

—¿Por qué sigues con pijamas? —inquirió con una ceja enarcada, otro gesto que Tom conocía bien.

—¿Dónde está Bill?

—¿Quién? —El desconcierto en la fisonomía de su mamá era palpable.

—Bill, mi hermano gemelo. Tu preferido, ya sabes, aunque siempre lo negaste —contestó impaciente.

—Eres hijo único, Tom —afirmó. Su paciencia se estaba colmando, era obvio por cómo tenía el ceño arrugado—. No sé qué pretendes, lo que sí sé es que no me causa gracia. Vas a ir a clases así como te llamas Thomas Trümper.

Ese no era su nombre, nunca lo había sido.

—Pero…

—No.

Sin añadir más, se dio media vuelta y regresó a la habitación, no sin volver a revisar cada rincón del lugar y no encontrar vestigios de la presencia de su hermano. Se sentó en la cama y hundió la cabeza en las manos, permaneciendo en esa posición hasta que súbitamente la imagen de sí mismo pidiendo un deseo a una estrella fugaz inundó su mente.

Había deseado no ser él, tener diecisiete y que Bill no fuera su hermano. Y eso era precisamente lo que estaba ocurriendo.

El pecho se le contrajo y la garganta se le cerró.

¿Qué se supone que debía hacer?

Solo tenía ganas de ponerse en posición fetal, derrotado, y así esperar a que la pesadilla llegase a su fin. Pero Simone no se lo toleraría, se lo demostró siendo una mosca en su oreja que no dejó de zumbarle hasta que se vistió y emprendió el camino a la escuela.

«Bill, ¿dónde estás?»

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«Bill, ¿dónde estás?», pensó Tom, descargándose en una piedrecilla que se le atravesó. El sabor de irrealidad se negaba a abandonar su paladar, incluso si estaba vestido con la ropa tres tallas mayor que había dejado de usar hacía un tiempo, tenía su bandana y gorra en la cabeza cubriendo el nacimiento de sus rastas, y llevaba una mochila llena de malditos libros y apuntes. Curiosamente, la respuesta a su pregunta le vino en forma de una rubia con largo cabello en bucles y ojos verdes que, al llegar a la estación de buses a donde se había dirigido por inercia, se le pegó al abrazo como si fuera una especie de molusco.

—Ayer no me llamaste, ¡eres tan malo! —se quejó en tono agudo.

Tom la miró enarcando una ceja. Esa era Annette algo, se acordaba con vaguedad de ella de sus años escolares como una de las chicas más bonitas y superficiales de su pueblo. Bill había tenido algunos roces con ella porque ninguno de los dos se mordía la lengua y en alguna fiesta donde él había terminado ebrio se habían besado.  Todo eso no le daba ninguna pista de por qué la tenía colgando de él y mirándolo con reproche.

Pesadas pestañas llenas de rímel bajaron y subieron, Annette le miró con aprensión por su falta de contestación. Debía decirle algo… Sí, ¿pero qué?

—¿Conoces a Bill?

La aprensión se transformó al segundo en desprecio y confusión. Annette se soltó y cruzó sus brazos, golpeando su zapato de tacón contra el pavimento en un gesto de impaciencia.

—¿Bill Kaulitz? ¿Te refieres a la mariposita esa? —Tom afiló los ojos pero aguardó a que siguiera—. Sabes bien que está de gira con su banda esa que avergüenza a toda Alemania.

—¿Banda? ¿Qué banda? —inquirió ansioso—. ¿Tokio Hotel?

Bill existía. El miedo de que no fuese así había sido tan intenso que ni siquiera había tenido el atrevimiento de aceptarlo como una posibilidad. Su vientre se volvió un menjunje de emociones revueltas. No sabía nada, absolutamente nada de lo que sucedía, sin embargo, la mera seguridad de que poder ver a Bill, en la forma que fuese, bastaba para añadir algo positivo a la mezcla desesperación y desbarajuste que sentía.

—¿A qué viene todo esto? —dijo Annette—. No sé a qué estás jugando pero no me gusta, ¡ese no es modo de tratar a tu novia!

Ante el chillido, algunas personas que estaban alrededor también esperando el transporte, se apartaron. Al parecer, tenía novia y esa era Annette. Sin poderlo evitar, rió, causando que la chica le mirase irritada, gritándole algunos insultos que dejaban claro de manera dramática que a menos que se arrastrase en disculpas no le volviera a hablar.

—Vaya demente —murmuró Tom, preguntándose distraídamente qué otras sorpresas le tendría preparado ese mundo alterno.

Barajó regresar a casa y averiguar lo que pudiese del paradero Bill y lo desechó, recordando que Simone estaba ahí y le regañaría como si realmente fuese un adolescente evadiendo el ir a estudiar, no un adulto de veintidós atrapado en el cuerpo de alguien de diecisiete que no tenía ni sospechas de cómo un deseo infantil se había vuelto realidad.

Interrogar a cualquier desconocido era aventurarse demasiado, pero qué más le quedaba. Examinó a los que estaban esperando el bus y se acercó a una muchacha con gafas.

—Hola —saludó, llamando su atención—. ¿Bill Kaulitz? ¿Lo conoces? Te puede parecer raro que te pregunte así de la nada, pero en verdad necesito saber.

La chica lo estudió de arriba abajo hasta que se encogió de hombros.

—Pues sí, Tokio Hotel ha puesto el nombre del pueblo en el mapa internacional —dijo—. Varios los odian.

Ella no era uno de esos, afortunadamente, lo supo los siguientes minutos en los que se volvió un ávido inquisidor hambriento de detalles de Bill y la banda.

La historia de cómo había surgido Tokio Hotel era la misma que conocía, pieza a pieza de información le ayudó a formar un rompecabezas en el que la única ficha que hacía falta era su existencia. Y ni tanta falta, en realidad. Bill había fundado Devilish siendo un niño con sus amigos Andreas y Kenny, agrupación a la que después se unió Georg y Gustav.

El contrato discográfico con Sony, luego con Universal, el lanzamiento de Schrei, el boom comercial, el éxito, las giras. Todo estaba ahí, todo excepto él.

—¿Andreas toca la guitarra? —quiso saber, una ceja alzada mostrando su incredulidad. Ya estaban en el bus, no había visto mejor elección que subir también para seguir con su cuestionario.

La muchacha, que a esas alturas sabía que se llamaba Linda, respondió que sí.

—Sí, es bastante bueno. Es casi un hermano para Bill, ambos siempre lo afirman en las entrevistas.

Ridículo, el corazón le dolió un poquito ante eso. Hizo una mueca.

—Están en gira, ¿no? ¿Hasta cuándo estarán fuera?

—Un par de meses más… Sabes, te he visto en la escuela, siempre con Annette y tus amigos esos, se me hace extraño que repentinamente me vengas con tanta pregunta y en particular sobre Tokio Hotel.

Ese era un muy explícito: «¿Por qué rayos tanta curiosidad?». Tom resopló.

—Digamos que hoy me desperté y no era el mismo de siempre. —Linda arrugó la nariz, como razonando su réplica. El bus se detuvo y los estudiantes empezaron a bajar. Ellos hicieron lo mismo y Tom, antes de entrar al edificio en el que tantas travesuras y regaños tenía protagonizados, añadió—: A ti te gusta la banda, y Bill, ¿eh?

Las mejillas de Linda se tiñeron de rosado.

La ratificación de lo que sabía de antemano, logró que Tom se rascara la mejilla. No era bobo, sabía bien que no cualquiera hubiese tolerado ser interrogado sobre un tema tan al azar sin estar interesado.

Linda le llegaba al hombro y con su aspecto general era fácil perderla en los corredores atiborrados de escolares, sin embargo, cuando Tom estaba dispuesto a darse media vuelta y planear cómo llevar a cabo su reencuentro con Bill, advirtió que una mano estaba en su brazo.

—Este, hm… —El timbre tocaría y él no quería ingresar a clases ni bajo amenaza de tortura; ya había pasado esa etapa hacía mucho, no quería volver a lo mismo. Vio a la chica impaciente—. ¿Cuál es tu canción favorita de Devilish?

—¿Qué?

El timbre resonó y la estampida de alumnos los hizo apegarse a una de las paredes de pasillo.

—Es que tengo entradas VIP al concierto de Bercy —reveló Linda—. Me las consiguió una tía que vive allá pero… —La comprensión fue inmediata. Uno no iba gritando por ahí que le gustaba Tokio Hotel, no sin querer ser menoscabado—. Es para dentro de unos días, justo para el final de los exámenes. Por eso, ¿cuál es tu canción favorita de Devilish?

Era hasta cómico.

Tom tuvo que recordarse que solamente su memoria y mentalidad no eran las de un chico ordinario. Quién podía saber si contaba con el dinero necesario para trasladarse en la búsqueda de Bill, o comprar entradas o lo que sea. No tenía ninguna clase de facilidad. No tenía nada.

—Leb Die Sekunde —masculló, y tuvo que repetirlo porque por el ruido Linda no lo escuchó—. ¿Pasé el test de fan?

Un dedo pulgar arriba.

Así como irreal, lo que ocurría era cierto.

Había pedido un deseo, se le había cumplido y ahora estaba arruinado.

«No entiendo cómo no estoy atentando suicidio o volviéndome loco», reflexionó depresivo cuando fue arrastrado a un salón en el que rindió un examen de lengua con no más conocimientos previos que los obtenidos más de cinco años atrás. Seguía sin saber nada, sin embargo, siquiera tenía una meta a la cual llegar: Bill.

—¿Cómo te fue en la prueba? —preguntó su madre cuando arribó a casa.

—Bien. —«Supongamos», añadió sin pronunciarlo—. ¿Y a ti en la galería?

—Fui a supervisar algo. —Simone movió la mano en el aire, restándole relevancia—. Tom, sé que no te gusta que me involucre en tus asuntos, pero Annette me llamó. Sonaba muy preocupada.

—¿Y no histérica? —ofreció, cavilando su viaje a Francia.

—Es tu novia, no puedes…

—Mamá —interrumpió.

—Está bien, está bien, no me meteré. Para tranquilizarla la convencí de que te comunicarías con ella esta noche, no le falles. La pobre está inquieta por ti, dice que estás extraño.

Simone desconocía lo que ocurría y Annette podía irse a cazar monos en lo que a él competía.

Cuando llegó a su habitación después de una cena que se le antojó demasiado normal para la situación anormal en la que estaba metido, y más con Gordon haciéndola de su padre biológico, se sumergió a la búsqueda de datos útiles sobre Bill y compañía vía Internet.

Así como en su caso, su hermano lucía igual a su yo de los diecisiete, facciones suavizadas y femeninas con maquillaje intenso, cabello a medio largo y una sonrisa dulce derrite-icebergs.

No era ni un día que estaba allí y sentía que una parte muy importante de su ser estaba extraviada.

¿Bill sentiría lo mismo?

—Somos parte de un todo, ¿por qué no? —vocalizó con el ceño fruncido. En la pantalla transcurría un vídeo de una entrevista a Tokio Hotel, Bill hablaba hasta por los codos, Gustav se mimetizaba con los sillones y Georg intervenía ocasionalmente—. Andi.

Andreas representaba el papel que antes era suyo, el de hacer bromas tontas y comentarios con subtexto sexual.

De nuevo, el corazón se le encogió como un puño. Estaba perdido en un mundo B que no era el suyo y si su esperanza anclada en Bill se desvanecía, no sabría qué sería de él. No iba a continuar adelante con recuerdos de otra vida y con elementos vitales de los que iba a carecer en esta.

—¿No vas a salir esta noche? —preguntó Simone, ingresando a su habitación después de tocar la puerta con los nudillos—. Es viernes y es raro que te quedes en casa, no que me queje.

—¿Por qué dices que es raro?

—Desde que tienes catorce pocos han sido los fines de semanas en los que has estado tranquilito, además… No te fastidies, Annette volvió a llamar —expuso, haciéndole resoplar—. Mañana es su aniversario, cumplen un mes más, e iban a salir a celebrar a no sé qué sitio, pero parece correcto, si hasta tu motocicleta puliste ayer, ¿recuerdas?

—¿Tengo una moto? —Alzó una ceja, muy interesado.

Simone lo siguió confundida hasta el garaje, confusión que incrementó cuando le hizo contarle cómo se mató trabajando para pagar la parte que Gordon le indicó si es que quería tener su propio auto, y cómo al final se inclinó por una moto en segundo uso a la que le hizo todos los arreglos y cambios. Era un modelo moderno, pistera, y toda suya.

Tom había querido tener una moto por años pero nunca había llegado a un acuerdo con Bill, quien por una vez se mostraba como el gemelo preocupado por la seguridad y la alta incidencia de accidentes en motocicletas.

—Cambié de parecer, iré a dar un paseo —dijo. Estaba emocionado y quería poner en práctica todas las lecciones que había recibido.

—¿Irás por Annette?

Mamá.

—Como quieras —respondió Simone a su reclamo no dicho. Tom abrió la puerta de la cochera y empujó la moto—. Espérate aquí, voy por un sweater y una bufanda que todavía el invierno no ha cedido.

Antes se había sentido así, el frío colándose entre los pliegues de su ropa, las manos congeladas a pesar de los guantes, la ineludible sensación de libertad mientras las personas en las aceras y los edificios no eran más que sombras vagas a sus costados. Tom, por esos instantes, disfrutó olvidándose de todo.

Los siguientes días fueron como hundidos en bruma difusa entre exámenes que rendía con notas mediocres aunque increíblemente aprobadas, conversaciones eventuales con Linda si es que se cruzaba con ella y ensoñaciones que lo mantenían despierto recordando lo que era estar en su propio pellejo y no ser una gran equis desconocida hasta para él. Eso y los paseos en moto que hacía todas las noches hasta los límites del pueblo, a veces hasta aventurándose por la autobahn, representaban su única vía de escape y fuente de total sosiego.

Porque Tom no solo se encontró extrañando enfermizamente a Bill, sino las conversaciones con Gustav y Georg por Skype, y tener la mente enfocada en la producción del álbum esperado con ansias; también a sus perros, el cariño en lametazos y una cola movida enérgicamente de lado a lado de su bebé.

Suspiró, dándole un sorbo a su lata de jugo de manzana.

—Me has estado evadiendo, y Dios mío, Thomas, ¿acaso estos cuatro meses no han significado nada para ti? Estuve esperando a que vieneses a mí pero me cansé.

Para ser justos, Tom no había estado evadiendo a Annette, sino ignorándola. Levantó la vista de la horrorosa comida de cafetería a la que se había resignado a comer durante los recesos.

Rubias, ojos azules y curvas en los lugares correctos podrían haber sido el paquete completo antes, mucho antes, cuando ni había definido su gusto por las mujeres castañas y semblante más exótico que el típico de etnia aria.

—Lo siento —ofreció más por compromiso que por sentirlo—. No va a funcionar entre nosotros.

Bueno, cuatro meses eran más que un respiro, pero Tom no se esperó lo que ocurrió, las lágrimas y los reclamos que lo dejaron anonadado y siendo el centro del escándalo.

Internamente, se felicitó a sí mismo con sarcasmo por el excelente tino de escoger semejante chica.

—Supe lo que pasó con Annette.

—Tú y medio Loitsche. —Linda lanzó una pequeña carcajada, sin dejar de caminar a su lado.

Fue al segundo o tercer día que Tom recién había caído en cuenta que esa Linda era la misma Linda de Bill, la que había sido su enamoradita por una temporada cuando tenía trece o catorce. El descubrimiento había implicado verificar las cosas podían ser distintas a lo que conocía en más de un factor, y también plantar cierto recelo y culpa hacia la chica, la que sin duda estaba enamorada de Bill.

Ambos iban con el mismo objetivo a Bercy, pero mientras Linda se contentaría con ver al objeto de su afecto a la distancia, lo suyo era abismalmente distinto.

Tenía que estar frente a frente con su gemelo, mirarse a los ojos.

Bill tenía que reconocerlo. O algo. Después vería.

—¿Eres gay? —La pregunta se había materializado del aire. Tom sonrió y negó—. Es que pensé… por… —Linda estaba sonrojada, algo frecuente en ella.

—No —negó con serenidad. Lo suyo no era hombres en general, era un hombre. Nunca se había visto a sí mismo como homosexual.

—Oh, está bien.

Linda era agraciada, no tenía una belleza obvia y plástica como Annette, sino era a lo sutil. Encima era una muchacha agradable.

Y Tom la estaba utilizando.

A Simone no le fue entretenido que le saliera con la noticia de que viajaría a Francia y que requería su apoyo financiero. Tenía todos los cursos salvados por algún milagro, sin embargo, a su parecer no se había ganado ninguna recompensa. Tom no se enardeció, sin actuar como el chiquillo encaprichado que no era, lo cual posteriormente le ayudó a convencer a su madre y a Gordon.

—¿Así que al concierto de una banda, uh? ¿Cuál?

Conocía a Gordon bien, así que elevó un hombro y siguió removiendo los guisantes de su plato. La noticia de su “súbito” vegetarianismo había acarreado un par de altercados, y en escarmiento Simone se había empecinado en cocinar siempre las verduras que menos le gustaban.

—Tokio Hotel.

—¿En serio? Nunca antes me dijiste que te gustaban, creí que irías a ver a Bushido o algo así.

—¿Bushido? —dijo con un gesto.

—Te gusta Bushido, vaya a saber uno por qué —argumentó Simone regresando de la cocina con más tazones de ensaladas y monótona comida verde para torturarlo—. ¿Qué? ¿Eso también ha cambiado? Primero la pobrecilla Annette, ahora este viaje.

—Basta, mujer, deja que el muchacho viva su juventud —intervino Gordon—, y tú, hijo, deja de jugar con los cubiertos como si fueras un nene gigante.

Tom obedeció después de reconsiderarlo.

El ambiente era cómodo. Gordon era el mismo, a pesar de tomarse más confianzas y con muestras de cariño que antes, siendo solo el padrastro, no le había dado. ¿Cómo estaría Bill? Si él tenía a Simone y a Gordon, en ese mundo B, a Bill debía de haberle tocado Jörg, quien había demostrado no ser el mejor padre del mundo. Pero tampoco el peor.

Jörg y todas sus mascotas, ya que aparentemente no había tenido ninguna desde que un cachorro se le murió en su niñez.

—¿Qué sabes de la familia de Bill? —fue lo siguiente que le preguntó a Linda.

—Sus padres se divorciaron hace varios años, y ahora vive con su papá cuando no está de giras o en el estudio de grabación en Hamburgo. De su mamá poco se sabe, hay quienes especulan que se mudó a una ciudad vecina y formó otra familia pero nadie sabe.

Tanto detalle personal dicho de paporreta y con convicción.

Así era ser famoso, no tener muchos secretos, y los pocos que sí, tenerlos encerrados bajo siete llaves.

—Gracias.

—A veces pareces muy triste —Linda sacó a colación inesperadamente. Tom encendió un cigarrillo y le echó un vistazo distraído al parque desolado—. Estás bien y entonces te quedas pensativo como si algo estuviera mal.

«Estoy partido en dos, no más, no te alarmes». No lo expresó.

—¿Crees en pedir deseos a las estrellas fugaces? —dijo, esquivo al comentario sobre su estado de ánimo.

—No sé, principalmente porque ni estrellas son. Son meteoritos o fragmentos de…

Tom la dejó seguir y deseó que llegase el fin de semana. Cuando se despidió de Linda, regresó a su habitación, cogió la guitarra acústica a la que parecía que no le habían dado tanto uso como se debía por el tiempo que requirió afinarla, y tocó el estribillo de In Die Nacht hasta que sus manos se acalambraron.

Su ida obligatoria a la escuela finalizaría y vería a Bill. No deseaba más.

«Bill, ¿qué estarás haciendo ahora mismo?»

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Ladridos de perros y un lengüetazo en la mejilla que le hizo manotear en el aire para alejarlo.

—Basta, Princesa, o Blackie, o quien sea.

—Soy tu príncipe azul, no quien sea. —La voz de Bill dicha directamente contra su oído fue como una caricia—. Has dormido mucho, es hora de que despiertes, dormilón.

Abrió un ojo, luego el otro. Tom miró a Bill, a su perro preferido y otra vez a Bill, reconociendo su cabello rubio platinado teñido recientemente, sus perforaciones y su barba. Comprobado que era él, se apresuró a besarlo con entrega, agarrando sus mejillas como si temiese que se desvaneciera.

—Tuve un sueño horroroso —jadeó cuando rompió el beso.

—¿Sí?

—El peor. Estaba encerrado en mi yo de diecisiete, y tú estabas lejos, no éramos hermanos, y…

Las palabras, explicaciones confusas siguieron saliendo de su boca atropelladas por más que el sonido desapareció como si alguien hubiese puesto mute en el mando a distancia. La sonrisa mostrada por Bill instante a instante se hizo cada vez más etérea hasta que desapareció junto a sus perros y la habitación, dejándolo a solas despierto en medio de la noche con la respiración irregular y ganas de vociferar hasta que le ardiera la garganta.

La pesadilla seguía.

—¿Por qué el mal humor? ¡Es la graduación! —Linda estaba feliz, toda la escuela se hallaba en ese estado menos él.

Tom asintió, dejándose llevar por los pasillos hasta el anfiteatro donde se llevaría a cabo el evento.

Debía elegir qué hacer con su vida porque, a diferencia de la otra, el mundo que había denominado como A, en este no tenía nada que lo obligase a seguir un cronograma y estar reventándose el hígado tratando de sacar un álbum que los contentase a ellos mismos, a sus productores, y a sus fans.

Era libre, por ponerlo de algún modo. A excepción de que carecía de Bill, y nada tenía maldito sentido.

La ceremonia se le hizo aburrida, igual que el discurso motivacional del director de la escuela y la alumna representante del curso por haber obtenido las notas más altas. Era tan ajeno a todo que nadie se sorprendió cuando rechazó asistir a alguna fiesta de fin de época escolar o cuando la sonrisa que mostró en las fotos para el recuerdo salía fue una forzada.

—Tenía en mente contarte con tu papá presente pero está demorando mucho, la comida se enfría y no puedo mantenerme más la noticia para mí misma —le dijo su madre el día siguiente durante la cena.

Tom alzó una ceja, separando la vista del plato. —¿Qué pasa?

—¿No has notado que solo estamos comiendo cosas verdes y pescado?

—Pensé que era porque soy vegetariano.

—Pescado —resaltó Simone—. He tenido mañanas en las que me sentía con náuseas por lo que saqué cita con el médico, y ni te atrevas a decirme que ni cuenta te has dado o que no te lo comenté porque mentirías.

Determinada comida, náuseas. Tom supo  de inmediato a qué se refería.

—¿Estás embarazada? —preguntó sin poderlo asimilar de buenas a primeras. Simone asintió.

—Sí, me enteré ayer. Sé que estoy medio vieja para estos trotes pero se ha dado, y bueno, tu padre y yo no podríamos estar más felices.

En el mundo A tenía una hermanita, una preciosa hermana a la que no estaba viendo crecer por haberse mudado al otro lado del océano. Aquí también pasaría la existencia de su hermana y considerando lo radiante que había visto a Gordon y a su madre por su hija, no pudo más que sentirse igual por ellos. Abandonó su silla y se acercó a Simone, abrazándola.

—¿Cuánto tiempo tienes?

—Cinco semanas.

—Va a ser una niña encantadora —dijo sonriendo.

—¿Una niña? —cuestionó.

—Yo sé lo que te digo.

—Está bien, tomaré tu palabra —contestó Simone riendo, mostrando que no se lo tomaba en serio—. Es muy pronto para saber pero tu padre no cabrá en sí mismo del regocijo si es así. Ha querido una hija desde que naciste, y no es que se haya quejado de ti, cariño.

Tom miró a su madre, y por un segundo no creyó lo que veía.

Recién advertía que los cambios iban poco más allá de físicos y en juventud, Simone en esa realidad parecía más… relajada. Era una mujer de edad media con un esposo al que amaba y en un trabajo al que disfrutaba ir. No era la madre de unos gemelos revoltosos que más de una vez la habían llevado a las lágrimas y al desconcierto en su estado más legítimo, y no solo por su carácter y que se encerrasen en ellos solos como si se tratase de una fortaleza inviolable, sino porque no era acosada por fans a las que les faltaba un tornillo. No tenía que tener precauciones al salir de su casa ni nadie nunca le había mandado a su mail personal fotos manipuladas de sus hijos envueltos en posiciones indecorosas.

Un suspiro imperceptible salió de sus labios mientras retornaba a su asiento.

—Esta noche viajaré, no lo has olvidado, ¿verdad?

—No, no —negó Simone, que estaba echándose una cantidad insulsa de mayonesa en la ensalada—. No me mires así, jovencito, tengo antojos.

—Linda pasará por mí.

—Linda, esa chica, uh.

—Sé lo que piensas, que es mi nueva Annette o algo así de ilógico. No lo hagas. Es una buena… —¿Buena qué? Tom soltó el único término que le pareció apropiado, aunque le provocó un sabor extraño en la punta de la lengua—: Amiga.

—Luce como una buena muchacha y es agradable, le doy mi aprobación.

—Es mi amiga, te lo he dicho muchas veces.

—Le doy mi aprobación para eso, para que sea tu amiga. Eso es, ¿cierto?

Esta Simone era más entrometida. Tom largó una risotada breve, meneando la cabeza.

En al avión a Bercy respondió con monosílabos la conversación animada de Linda, quien no pareció ofenderse o amilanarse ante su mutismo. A pesar de ser la persona con la que forzadamente más había compartido en aquellos días, no podía más que verla como una fangirl, una chica que soñaba con algo que nunca sucedería. Y sentía cierta lástima. Ese sentimiento había sido reforzado cuando comenzó a notar que el interés de Linda por él crecía en una dirección romántica.

«Solo unas horas más», se animó al escuchar el aviso de la sobrecargo de que estaban por llegar a su destino.

Se registraron en un hotel cerca de la arena de la presentación, cenaron algo muy ligero, y cuarenta minutos después estaban formando cola junto a chicas bulliciosas. Numerosas fans habían acampado por días para estar en la parte de adelante, por lo que les tocó estar en la parte casi final de la masa de gente.

¿Así se sentía su fanaticada cuando esperaba por ellos?, se preguntó Tom vagamente siendo empujado, codeado, pisoteado, y escuchando un pitillo desagradable en los oídos por las vociferaciones descontroladas que se emitieron sin tregua cuando el escenario se iluminó y Gustav hizo aparición.

—Es casi como si nunca hubieses ido a un concierto —gritó Linda en su oído en algún momento.

De alguna manera, así era.

Tom ni había soñado con ser un espectador de un concierto de Tokio Hotel en vivo por ser absurdo. Obviamente, él faltaba, sin embargo, con tres cuartos de la banda original ahí, las mismas canciones que había interpretado tantas veces, y siendo parte de la energía que vibraba en el recinto pero desde la parte del público, resultó ser una experiencia única en su género. Gracias a las entradas VIP de Linda, tenían un lugar preferencial, sin embargo, eso no había impedido que la zona estuviese repleta y que para todo lugar al que girase viese a féminas gritando con todo lo que daba sus pulmones y en sus ojos un brillo de delirio y entusiasmo inconfundible. Era espectacular.

Bill era espectacular. Tenía un brío que seguramente, así como lo atraía a él, lo hacía con el resto como una resplandeciente luz de miles de colores en contraste con un fondo negro. De un lado al otro, corriendo por la pasarela, cantando al lado de Georg o de Andreas, regalando unas cuantas palabras en francés, en alemán, sonriendo, siendo él.

Para su sorpresa, Andreas también hacía un buen trabajo, y confirmar en vivo y en directo que su ausencia no se notaba, le aguijoneó el corazón tanto como la honda melancolía de ver a su hermano desde la lejanía.

Para cuando el setlist estaba por finalizar, las entrañas las tenías revueltas de ansiedad, ganas de estar ahí en el escenario y de que a su vez el concierto se alargase para siempre.

—Lucías maravillado —le molestó Linda cuando estaban en procesión hacia la salida.

—Algo —sonrió sin ánimo.

No había podido ver a Bill de cerca o buscar cómo sobresalir entre el mar de gente para ser vislumbrado, y no tenía ni idea de cómo podría haber cambiado eso.

Empezaba a sentirse más desolado que nunca cuando Linda le apresuró, diciéndole solo a mitad de camino del taxi que estaban yendo hacia el hotel donde se hospedaba la banda con esperanzas de que les diesen autógrafos o tomar alguna foto. Cuando llegaron la aglomeración no era poca, sin embargo, lograron encontrar buenos sitios que tuvieron que esforzarse para mantener a medida que llegaron más y más fans.

La espera pareció eterna y el frío se le colaba en los huesos mientras el nerviosismo hacía mella en sus pensamientos desordenados.

Era una segunda oportunidad que el destino le brindaba cuando en realidad ni siquiera había tenido la primera aprovechada o asimilada. ¿Qué esperaba, precisamente? No tenía ni idea, y eso era muy atemorizante.

—¡Ahí están! —fue el grito que intrrumpió sus divagaciones.

Un par de vans se estacionaron y de la primera descendieron unos pocos gorilas que mantuvieron a raya a la multitud. La comitiva de bienvenida al hotel no era inesperada pero no podían predecir qué decidirían los miembros de la banda, si pasar de largo flanqueados por sus guardaespaldas o dedicarles unos minutos a firmar y regalar sonrisas a sus seguidoras. Por eso mismo, cuando Andreas, luego Gustav, Bill, y por último, Georg, hicieron acto de aparición después de unos minutos con plumones en mano y sonriendo, Tom exhaló una bocanada de aire frío.

Aguardó su turno en la fila, desconectándose del ruido ensordecedor y los clics de la cámara. A cámara lenta, Bill se iba acercando hacia él en la procesión, obsequiando sonrisas y frases cortas. Cuando al fin llegó a su altura, ignoró el chillido ahogado de Linda y simplemente se le quedó mirado… La conexión fue instantánea. Sus ojos quedaron pegados como si tuviesen un aditamento especial y no se separaron hasta que Georg, que seguía en la fila al costado de Bill, le dio un codazo gentil en las costillas para que siguiese avanzando.

—Sería bueno ingresar hoy al hotel y dormir —escuchó que decía en alemán.

Bill le masculló algo que no logró escuchar. El momento estaba roto.

—¿No sabes quién soy? —preguntó Tom mientras Linda conseguía la foto que tanto deseaba.

—¿Acaso debería saberlo?

No, no debía. Esas dos palabras fueron como el baldazo de agua gélida que con tanto pánico había esperado. Y no quedaba más: categórica y positivamente, estaba jodido. El Bill que había representado su alumbrado en esa realidad de repeticiones mal hechas y relaciones que estaban todas erróneas dejó de existir en un segundo.

—No, supongo que no —susurró. No se dio medio vuelta únicamente porque las chicas que estaban detrás se lo hacían impedían apretujándose y chillando.

Linda, quien era una fangirl más como podía confirmarlo por enésima vez, estaba tan ida en el estupor de encontrarse tan cerca de su hombre soñado que ni cuenta se dio de cuando en la retirada en masa, una mano grande se posó en el hombro de Tom. Al girar vio a uno de los guardaespaldas de la agrupación que le hizo un gesto discreto hacia el hotel.

—Entra. Sigue directo y alguien te guiará.

Tobi era bastante intimidante si es que estás al otro lado de la cinta de seguridad, era algo sabido, pero recién lo comprobaba en carne y hueso. “Del otro lado”, a esa parte pertenecía ahora, pensó con una mueca, sin embargo, el pensamiento no logró sofocar su mezcla de sentimientos y curiosidad. Aunque no sabía bien qué sucedía, tampoco era ningún tonto. Natalie era la que le esperaba cerca del elevador y le saludó con una sonrisa escueta antes de apretar el botón que cerró las puertas. Cuando llegaron al piso ocupado por el staff, ella se bajó y le indicó que subiera al siguiente nivel.

—Es la habitación 710 —especificó, a vistas tratando de no prestarle atención.

Tom temió y ansió encontrarse con Andreas, Gustav o Georg en su camino al cuarto de Bill pero no fue así. Llenó los pulmones de oxígeno cuando estuvo ante la puerta señalada y tocó firmemente con los nudillos.

—Hola, ven, pasa, no te quedes en el corredor.

Bill estaba ahí, Bill estaba ahí, a un brazo de distancia sin estar rodeados de fanaticada loca. Pero nada era claro o como debía ser, ese era el mundo B, y no compartía ADN con su alma gemela; no era más que… «Mierda, ¿seré un groupie?», caviló confuso dándole una mirada rápida a la suite y sin saber qué hacer con sus manos ni con el escozor que tenía en la piel por entrar en contacto con Bill y romper la incomodidad que flotaba en el aire.

Jugó con el piercing de su labio, sonrió y desechó la idea de deshacerse en sentimientos no procesados.

—Umh, este, uh —Bill estaba azorado, era obvio—, en sí no sabría si vendrías. Es la primera vez que me atrevo a esto, es decir, pedir que se hagan arreglos y hacer pasar a alguien. Los otros lo hacen todo el tiempo pero yo no, y, bueno —aclaró vacilante. Estaba con la misma ropa del concierto, su maquillaje un poco corrido y Tom no deseaba más que abrazarlo—. ¿Cuál es tu nombre?

—Tom.

—Tom —asintió, como aprobándolo. Cambió su peso de un pie a otro—. Supongo que eres fan de la banda y todo; no es tan común tener seguidores hombres pero hay… ¿Te molesta esperar mientras tomo una ducha rápida? Estoy hecho una ruina. —Tom negó con la cabeza, sentándose en uno de los sofás y buscando en sus bolsillos su encendedor y su paquete de cigarrillos—. Entro y salgo.

—Tómate lo que desees de tiempo, no me moveré de aquí —se forzó a sonreír de nuevo a través del shock y Bill desapareció camino al baño.

La puerta que conectaba a la habitación de, podía apostar, Andi, estaba con el seguro echado; el desastre que usualmente proliferaba por donde su hermano hubiese pasado sin él estar detrás ordenando su caos, era mínimo.

Y Tom no sabía cómo debía actuar.

Desde que Tobi le había detenido y hecho traspasar la barrera hacia hotel, había sabido casi a ciencia cierta qué era lo que Bill quería, y se hallaba dispuesto, incluso necesitado, pero… Era más que un chico hormonal, era alguien perdido en un universo en donde carecía de la persona que más amaba. ¿Aquello sería engañar a su Bill? Una sonrisita venenosa se posó en su boca. Esperó un cuarto de hora y dejó tres colillas en el cenicero, barajando sin determinación la posibilidad de romper alguno de los ventanales sellados y lanzarse del séptimo piso en el que estaba.

—Ya estoy. —Observó los pijamas azules de Bill e imperceptiblemente tomó aire—. Esto no es nada motivador —añadió Bill riéndose.

—Puedo trabajar con eso —siguió la broma—. Debes tener hambre y sed. ¿Por qué no pides servicio a la habitación?

Bill siempre tenía eso después de un concierto, sobre todo cuando pasaban de las diez y su comida del día no había consistido en más que una hamburguesa fría con papas fritas y un licuado.

—Las cocinas deben estar cerradas —indicó, aunque ya estaba dirigiéndose al teléfono.

—Si insistes te consiguen lo que quieres.

Bill lo escrutó palmo a palmo a la vez que hablaba con recepción. Se estaba excediendo en la confianza y frescura, pero ¿cómo no hacerlo?, si tenía enfrente a alguien que conocía centímetro a centímetro de piel, defectos y virtudes, costumbres, gestos. Todo.

—¿Nos conocemos? Digo, de otro sitio —Bill preguntó bajo, tapando el teléfono.

—Quizá de otra realidad. —Tom curvó los labios en su quinta sonrisa fingida de la noche y el corazón se le partió en dos. Bill correspondió su sonrisa, preguntándole si quería que pidiese algo para él—. Así que es la primera vez que le pides a alguien que te haga compañía —dijo cuando la orden estuvo hecha y no quiso que el silencio se extendiera.

—Es raro, ¿no?

—¿Qué? ¿Que yo sea chico o que nunca lo hayas hecho antes?

—Ambos —aclaró Bill sentándose en otro de los sofás y secándose el cabello con una toalla.

—Mientras te sientas cómodo, no importa.

—Tú… ¿tú te sientes cómodo? —Tom asintió y Bill cruzó sus piernas, frunciendo el ceño—. Sé que no soy lo más convencional, que debería haberme lanzado encima de ti de inmediato, y pensar que hasta ni te he besado, pero…

Pero nada.

Pero todo.

Tom dejó que Bill hablase, dejó que tomase la iniciativa y lo besara. Disfrutó de esos labios que tanto extrañaba y no refutó nada. La comida arribó quince minutos después. Ninguno de los dos probó demasiado de la ensalada que Tom había pedido ni de las papas francesas y el filete de pollo de Bill. Eso era fácil de atribuir al nerviosismo que compartían, por lo que en mutuo acuerdo dejaron los platos de lado.

Un pequeño tubo de lubricante y un condón fueron sacados de la gaveta superior de la mesa de noche cuando fue innegable que la cena había concluido.

—Estás preparado —estableció con asombro cuando los objetos quedaron en la cama. Bill hesitó sobre contarle algo, y Tom le hizo mímicas con las manos, como animándole.

—He estado pensando en hacer esto por un tiempo —reveló con las mejillas un poco calientes—. No soy casto, he dormido con chicas, pero esto es diferente.

—No te arrepentirás.

—Lo sé. ¿Y tú? ¿Tú te arrepentirás? —Bill quiso saber, como súbitamente interesado—. ¿Alguna vez lo has hecho con otro chico?

Tom contorsionó ligeramente el rostro. Sí, sí lo había hecho con otro hombre, con Bill. ¿Eso era válido? Su estupor fue tomado por otra cosa y el otro chico se intentó reducir en su sitio.

—Creo que no debería hablar tanto —suspiró dirigiéndose hacia la cama—. Si Andreas supiera que charlé tanto con mi ligue se burlaría de mí hasta tener una embolia.

«Ligue, soy un jodido ligue», pensó Tom enarcando las cejas, controlando su leve náusea y tratando de concentrarse solo en el momento. Después ya vería.

—Puedes hablar lo que quieras —dijo tranquilo.

—Me gusta hablar, qué puedo hacer —aceptó Bill—, pero ahora te confieso que quisiera hacer algo más. Uh, uh, espera, en realidad sí quiero que me contestes si has dormido con un chico, para así saber si…

—¿Si tendré cuidado contigo? Tengo experiencia —aseguró también llegando a la cama.

Bill pareció contrariado. —Yo tendré cuidado contigo.

—¿Quieres ser el que…? Oh. —Tom se sintió más desubicado todavía por un microsegundo. Había asumido demasiado rápido. Antes de que Bill se extendiera en el tema, encogió los hombros—. Nos las arreglaremos.

Lo había hecho sí, pero no en ese cuerpo, y  lo novato que era ese Bill no le daba confianza. Sin embargo, se había metido en un tipo de aventura que no buscaba, tenía que seguir adelante porque quién sabía y quizá eso era lo único que podría obtener de este Bill que no era su Bill pero seguía siendo Bill. Solo sexo, nada más, tal vez. Otra vez sintió náuseas.

—Mierda. ¿Son mis fachas, verdad? Que todos asuman que soy gay, y encima de gay, que me gusta abrir las piernas.

Tom no quería tener esa conversación. Bill era joven, volátil como el adolescente que todavía era. Aprendería con el paso de los años a que realmente no le importase lo que el resto pensara o no, a aceptar que la idea preconcebida de uno no era más que eso, que lo que en verdad ocurría tras puertas cerradas era diferente y lo relevante.

—Oye, oye —interrumpió cuando siguió desafiándolo con la mirada—. Basta. Me gustas, te gusto, ¿eso no es suficiente ahora mismo?

Desatendiendo la náusea, no dejó que Bill respondiera, besándolo con calor hasta que fue correspondido y perdieron sus manos en la investigación del cuerpo del otro.

«Bill… Allá o aquí».

Chapter Text

Bill estaba desnudo. Su cintura era estrecha, su piel blanca con uno que otro diminuto lunar, y sus brazos y piernas largos y dolorosamente delgados. Sin querer, estaba haciendo comparaciones de la masa muscular adquirida con largas horas en el gimnasio que el Bill de veintidós años tenía con la estructura esquelética del adolescente que tenía enfrente. Tom meneó la cabeza. No debía olvidar que detrás de ese aspecto endeble, Bill era un chico fuerte, de huesos duros y un metabolismo envidiable que lo mantenía flaco por más comida que engullese.

—Somos parecidos —observó Bill con fascinación, sumido en su propia observación—, solo que el mío es ligeramente doblado a la derecha y es un poquito más ancho.

—Quién diría —expresó Tom con leve sarcasmo, sin que su erección vacilara a pesar del escrutinio del que era presa y que estuviera echado, una pierna a cada lado—. ¿Seguro que no eres virgen? —preguntó por molestar.

—Cien por ciento —respondió Bill, sin caer en la provocación. Ruborizado y todo, abrió el lubricante y lo esparció directamente en Tom, quien se remeció—. No me digas que eso te dolió.

Tom rió suave.

—No. Muéstreme lo que tiene, señorito no-casto.

—Te dije que solo con chicas —dijo, muy atento introduciendo un dedo. Tom se obligó a relajarse, respirando rítmicamente, recordando cómo había sido su primera vez así con Bill.

Fue una sorpresa, una verdadera sorpresa cuando su hermano había anunciado que tenían que cambiar de posiciones. Se sintió perplejo, ya que siempre había pensado que de esa forma funcionaban tan perfectamente que no había necesidad de intercambiar papeles. Una discusión en murmullos porque Gustav y Georg roncaban no más allá de unos metros en sus propias literas del tourbus fue lo único que requirió para hacerse bien a la idea y prometer que lo intentarían cuando tuvieran la oportunidad.

—Esto es entretenido y fácil —declaró Bill con la respiración agitada y el ceño fruncido, concentrado en lo que hacía. Ahora eran tres dedos los que tenía dentro de su cuerpo, saliendo y entrando.

Fácil lo hacía la experiencia previa de Tom, sino…

—Ve con calma —aconsejó jadeando.

—¿Lo estoy haciendo mal? —inquirió el otro chico paralizándose.

Bill Kaulitz, con su personalidad efervescente e irreverente, y sus elecciones de vestimenta, parecía alguien con excesiva confianza en sí mismo. Pero detrás de la fachada era un poquito distinto; Tom sabía, él había tenido que ser el apoyo y parchar las grietas como pudiera para que su hermano no se desmoronase cuando en esas pocas ocasiones en las que ser juzgado con ojo crítico lo derrotaba. Ver vestigios de eso le hizo sentirse en casa, aunque solo fuese por unos instantes que pasaron de inmediato.

—No. Solo ve más pausado, nadie te está persiguiendo.

—Está bien.

«Te extraño tanto», pensó Tom, y cerró los ojos. La imagen de Bill, con mechones de cabello que se habían escapado de su coleta en su cara, la atención y entrega a lo que estaba haciendo, era demasiado.

—Creo que ya, ya puedo… Hm…

—Sí —murmuró Tom—. Más lubricante.

Sin querer perderse lo que estaba por suceder, abrió los ojos. Manos levemente trémulas luchando con la envoltura del preservativo, la expresión placentera de Bill al resbalar el látex en su pene y aplicarse más lubricante, y por fin fijar su mirada en él. «Haré esto», indicaba esa mirada.

—Bésame —dijo Tom intempestivamente.

—¿Eh?

—Bésame —repitió. Agarró un brazo y tiró, haciendo que Bill perdiese balance y se inclinara lo suficiente para acercar su rostro.

—¿Qué haces?

Esto debía ser más que un “acostón”. Esa mirada le había indicado nuevamente lo que había escuchado antes: Bill no lo veía más que un sujeto al que había visto por primera vez entre una hilera de fanáticas enloquecidas queriendo obtener migajas de su tiempo y atención, alguien con quien ahora iba a satisfacer una fantasía o saciar un hambre. Así que había decidido que si estaba reducido a un nivel tan primitivo, al menos lo haría inolvidable.

Rodeó con sus piernas las caderas de Bill, obligándolo a depositar su peso encima del suyo y que sus entrepiernas hicieran fricción a la vez que lo besaba. Pero no fue como los besos que habían compartido hasta el momento, masajeó su lengua y la mordisqueó, chupó su labio inferior como sabía que le gustaba y enredó sus dedos en su cabello.

—Si seguimos así voy a correrme —Bill logró formular con voz sofocada, sin dejar de restregarse.

—Hazlo —murmuró.

—Pero…

—Tenemos toda la noche.

Tenían justo diecisiete cuando Bill y él habían comenzado a tener sexo ‘completo’. Habían buscado de mil y una formas las oportunidades en las que podían dejar libres las hormonas alborotadas y el deseo con una fuente de nunca acabar, y si no las encontraban, recurrieron a volverse expertos en crearlas. Cuando posteriormente se mudaron a su propio hogar, la locura se desató; había sido querer bautizar cada ambiente, probar todo y disfrutar del albedrío hasta quedar sin una gota de energía o semen.

Esa libido había sido motor de muchas cosas, no tendría por qué ser diferente ahora.

En su propio deleite, percibió cuando Bill se puso rígido y liberó un gruñido grave. Esperó sentir algo tibio entre sus estómago pero recordó que tenía puesto el condón, y no se quejó cuando quedó atrapado bajo el cuerpo del otro que luchaba por recuperarse de su clímax.

—Eso fue… Wow…

—¿Mejor que cualquier chica con la que hayas estado? —preguntó en broma, secretamente aliviado cuando Bill se dejó caer a su costado en la cama. Tener cero músculos en el pecho tenía sus contras.

—Mucho mejor —balbuceó Bill con una mueca por estar descartando el preservativo usado. Tom sonrió, sorprendido por la conformidad en sus palabras—. No te corriste. ¿Estuviste cerca?

—Sí —mintió.

—Lo siento —dijo sonrojado—. Creo que yo necesito un rato para recuperarme.

—Eso no fue más que la entrada, ahora viene el plato fuerte.

Tom se enderezó, consideró unos segundos cómo hacer lo que planeaba, y se arrodilló, encorvándose para depositar un beso seco en el ombligo de Bill.

—¿Vas a…?

—Traerte a la vida —interrumpió, pasando la mano por el muslo de Bill y de ahí recorriendo con sus uñas cortas el camino hacia el hueso de la cadera.

¿De dónde sacaba tal brío para comportarse si como para él también esta no fuese más que una noche loca de pasión y ya? No lo sabía, sin embargo, no quiso complicarse. El miembro de Bill empezaba a mostrar señales de dureza, debía ir con tranquilidad para no provocar dolor en el sensitivo sexo que recién había llegado al orgasmo. Llevó el recorrido de sus uñas al vientre bajo, arañando con suavidad, regresó a los muslos y volvió a subir en dirección al tatuaje de estrella.

—Sexy —murmuró.

—¿En serio? —La inocencia de Bill era fingida y Tom largó una pequeña risotada.

—Sí, me da ganas de masturbarme y tomarlo como blanco —exteriorizó a tiempo que volvía a arquearse y lamía el tatuaje. Había hecho eso, muchas ocasiones, satisfecho de tener acceso a muchas partes con las que otros solo soñaban con poseer.

Si Bill quiso formular una respuesta, no lo supo debido a que el camino húmedo que trazó desde la estrella hasta la base de la erección y de ahí a la cabeza mutó cualquier sonido coherente a siseos ahogados. Tom sabía cómo hacerlo, qué técnica usar si es que quería lograr que Bill explotara en su boca o si únicamente arrastrarlo a su límite. Era poderosa, esa sensación de saber de antemano qué sucedería si es que pasaba la lengua por aquí o si usaba sus dientes para raspar con mucha gentileza por allá.

—Dios mío, joder, joder…

Ese cántico y el sabor preseminal se le hicieron tan familiares que tragó lo más que podía, lo cual era bastante gracias a sus juegos de “garganta profunda”, una ocurrencia con la que su hermano había salido cuando tenían veinte. Se transportó lejos, relegando a segundo plano que Bill no supiera de su existencia, y hubiese seguido dando muestra de su destreza si no fuese porque jalaron de sus rastas, deteniéndolo.

—Creí que sería mejor si tuviésemos sexo —dijo Bill respirando desfallecidamente.

—Estamos teniendo sexo —anunció Tom, limpiándose el mentón con el hombro y reparando que la falta de atención en su propia dureza empezaba a doler.

—Me refiero a todo, ya sabes, alguien insertando algo dentro del otro.

—Eres tan directo —sonrió Tom. Eso era tan Bill, pronunciar algo sucio o vulgar con una cara y tono que gritaba ingenuidad.

—Y tú eres demasiado… hm, hábil —dijo, haciendo ademanes. No acusaba, no alababa, simplemente establecía.

Como Tom sintió que no era idóneo exponer que era labor de años, se  limitó a seguir sonriendo. Bill pretendió incorporarse pero lo detuvo.

—Déjame a mí. ¿Tienes más protección? —Bill señaló una gaveta y Tom se estiró, abriendo el cajón y sacando lo que necesitaba—. Bien, ahí vamos —masculló poniéndole el preservativo al otro.

Lo que estaba por realizar se le hacía un poco penoso y consciente de sí mismo, y sentía que podría quebrar la figura tan delgada de Bill pero… Ubicó el tubo perdido entre el cobertor y las sábanas revueltas y echó el lubricante.

—Busca distraerte hasta que estés adentro sino acabarás muy rápido —aconsejó.

Bill lo miraba absorto, y similar a un parapléjico, se quedó estático cuando Tom se infundió valentía y se sentó a la altura de su glande, guiándolo a su interior. La preparación había sido decente pero no evitó que una combinación de incomodidad y ramalazos de dolor le provocaran que su rostro se frunciera.

—¿Estás bien? ¿Tom?

No se molestó en contestar pero sí, sí estaba bien. Se balanceó ligero, acostumbrándose a la invasión, y poco a poco incrementó la cadencia de sus movimientos. La expresión de Bill, sus ojos brillosos y cómo, por instinto, intentó darle encuentro empujando sus caderas hacia arriba, le hizo elevarse un poquito. Era sexo con Bill, quién sabe si la última oportunidad que iba a tener en su vida, e iba a disfrutarlo lo más que podía.

—Estoy por llegar.

Bill. Acabamos de empezar.

—Es tu culpa por chupármelo tan bien —gruñó el mencionado, y Tom sonrió. A pesar de la advertencia, Bill se mantuvo a su par, obviamente esforzándose para no quedar en ridículo.

Era placentero, y desde ya podía sentir cómo su cuerpo acabaría resentido. Aceleró el ritmo, haciendo las embestidas más profundas y rápidas, y llevó sus manos a su erección, estimulándose para esta vez llegar al orgasmo con rapidez. Tenía la conciencia tan nublada cuando logró su cometido que no reparó lo sucedía hasta que demasiado tarde: en un arranque de pasión, justo en el momento cumbre, Bill enredó sus dedos en sus rastas y lo hizo doblarse para clavar sus dientes en su hombro. Los últimos vestigios de satisfacción se entretejieron con dolor proveniente de su hombro atacado y su cuero cabelludo.

—¿Estás bien? —fue él ahora quien hizo esa pregunta.

Bill dijo una serie de incoherencias y se quedó inmóvil hasta que Tom se retiró con cuidado. Cruzó las piernas, masajeándose la cabeza y evaluando qué tan profundo había sido mordido.

—Eso fue tan intenso —masculló Bill cuando pareció recuperar el habla. Con el cejo arrugado, se quitó el preservativo y descuidadamente se limpió el esperma que tenía en el pecho y el vientre—. ¿Te hice daño?

Más o menos acostumbrado a esas muestras de desenfreno con ‘su’ Bill, Tom negó. Antes de que pudiera pensar en qué añadir, un sonido irrumpió en el ambiente. No lo reconoció de inmediato pero cuando cayó en cuenta de que era su celular, miró sus jeans en el suelo al lado del condón usado e hizo una mueca, desestimando la relevancia de la llamada.

—Podría ser importante, ¿no? —Bill, cuan largo era, se estiró para alcanzar los pantalones y pasárselos. El teléfono cayó a la cama, dejando la pantalla a su vista—. ¿Linda? ¿Tu novia? —preguntó con una vocecilla curiosa

—No.

—¿No?

—Si tuviera novia no estaría aquí. Soy tan fiel como vienen de la fábrica —dijo con seriedad, apagando el aparato.

Era fiel. No podía negar que había tenido un desliz aislado cuando era un chico en plena adolescencia y con las hormonas alborotadas, pero eso era cosa del pasado, un pasado muy distante, igual que las chiquilladas. No… no podía decir lo mismo de Bill. El dolor le atravesó el alma pero se obligó a respirar profundo. Eso era algo del pasado, lo habían superado.

—¿Qué pasa?

—Me acordé de algo —murmuró. «Cambio de tema, cambio de tema ahora mismo», se dijo—. Tengo que preguntarte, ¿qué te animó a hacer tan rápido los arreglos para que me guiasen aquí?

—Siempre había visto hacer lo mismo a los otros —replicó Bill pensativo—. Te miré y… quise tenerte. Simple como eso.

Tom quiso reír pero recordó la desazón que le había recorrido cuando Bill estableció que no, no lo conocía.

—Sentiste una conexión, ¿no? —se atrevió a decir. Hubo un desconcierto que no le amedrentó—. Fue real, también la sentí yo.

—Es una locura —rió Bill con suavidad. No lo estaba negando.

—Sí, sí…

Hubo unos instantes de silencio un poco incómodos en los que, de nuevo, Tom sintió náusea, pero ahora no sola, sino en mixtura con muchos más sentimientos. La hora de partida iba acercándose. Bill quedó de costado hacia él, y le dirigió una mirada de disculpa.

—Tengo que pedirte algo, que firmes el acuerdo de confidencialidad. Debo guardar las apariencias, y no es que no confíe en ti, pero si es que David, uno de los productores, o Dunja se enteran, me matan —agregó como si tuviese que explicarse.

«Lo sé, lo sé», pensó agriamente.

Bill sacó el documento de la misma gaveta de la que había obtenido los preservativos. A Tom la mano le temblaba ligeramente al sujetar el lapicero y hacer el garabato que tantas, tantísimas veces había hecho y añadiéndole un “T” por si acaso.

—Es como un autógrafo —comentó Bill.

—Y ahora tú tienes el mío —dijo Tom con humor amargado, lo cual Bill no se dio cuenta ya que rió ante el aparente chiste. Ambos se levantaron, recogiendo cada quien su respectiva ropa.

—¿Me das tu número? —preguntó después de dudarlo mucho cuando estuvieron vestidos y, al parecer, no quedaba más temas que tratar.

—¿Me llamarás?

—Claro. —Tom podía leer a Bill,  y su gesto fue de “probablemente, no lo sé”.

Se volvieron a besar, esta vez con más calma, sin apresuramientos. Y eso fue, o al menos creyó eso Tom, porque cuando estaba por llegar al ascensor, escuchó su nombre.

—Hey, Tom.

—Bill —sonrió. Sus ojos se humedecieron.

—Sonará idiota, pero este, hm, ¿estás seguro de que no nos conocemos?

Una pequeña y estúpida llamarada de esperanza había nacido en su pecho, pero así de rápido fue apagada.

… No, no se conocían. Su Bill, propiamente, estaba en otro lado, quién sabía dónde.

—No —contestó—, aunque me gustaría. Cuídate —añadió cuando las puertas del ascensor se abrieron y supo que si no huía en ese preciso segundo, terminaría hecho un manojo de lágrimas y mocos. Antes de que ingresara, asombrándole, Bill lo rodeó con sus brazos. Era un abrazo fuerte, pegando todo su cuerpo al suyo.

—Igualmente —susurró Bill en su oído al separarse.

Sin buscarlo con precisión, había estado de manera íntima con Bill, pero no había tocado más que su piel. Su corazón no lo reconocía y ahora no tenía más opción de alejarse de la persona que más amaba. Eso era derrota, una rotunda.

«¿Ahora qué?»