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Mundo B: ¿Nos conocemos?

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Tom hubiese podido arrancarse una a una de sus trenzas con sus propias manos, así de frustrado e irritado estaba. Nada salía como quería desde hacía semanas, tal vez meses.

El nuevo álbum estaba tomando forma de manera satisfactoria poco a poco, pero los productores no hacían que el trabajo fluyese como debía. Ni los productores ni el hecho de que Georg y Gustav viviesen en un continente cruzando el Atlántico.

Ni Bill, con quien se había vuelto algo cotidiano el cruce de palabras y las discusiones. Desde que eran unos niños habían compartido una idea bastante clara de a donde querían dirigir sus vidas, incluido el camino musical; las discordias habían existido, claro que sí, sin embargo, ponerse de acuerdo nunca había sido tan difícil como lo era en la actualidad.

—¡Ese solo de guitarra no encaja bien!

—Excepto que sí. —La pelea sobre el mismo tema ya se iba prolongando por más de quince minutos, era exasperante. Ninguno quería ceder y pedir la opinión de un tercero estaba descontado—. ¡Lo tuyo con las letras, no los instrumentos! Ese es mi campo —añadió Tom cuando Bill bufó.

—Pero tengo oídos y te digo que no va. Le quita un poco de peso al coro y…

Así como siempre que se exaltaba, Bill hablaba rápido, batiendo una mano en el aire, la misma que tenía un cigarrillo encendido. Por un instante, Tom se preguntó qué pensaría de ellos el resto de gente que estaba en el estudio de grabación escuchándolos discutir con tanta intensidad en alemán.

—No vamos a llegar a ningún lado —dictaminó cuando notó que sus mejillas estaban encendidas y se veía no solo muy capaz de arrancarse las trenzas sino también de hacer lo mismo con las expansiones en sus orejas y los diversos piercings que adornaban el rostro de Bill.

—Bien, como quieras.

—Luego terminaremos de hablar de esto —dijo tratando de alivianar el ambiente tenso.

Tom respiró profundo, viendo cómo Bill encendía otro cigarrillo del que aspiraba hondamente. Estar encerrado con su gemelo en las cuatro paredes del cuarto de los sintetizadores de pronto se le hizo demasiado. Necesitaba aire.

—Iré por un café. ¿Quieres uno?

—Sí, pero no de la máquina, son repugnantes —contestó Bill con indiferencia. Eso indicaba que tendría que ir en auto al Starbucks que había a cinco calles de ahí.

Diez de ida, diez de vuelta, eso daba un total de veinte minutos para que ambos se relajasen.

—Ya vuelvo.

Avanzó uno, dos pasos antes de mirar de soslayo a Bill que estaba oyendo otra de las nuevas canciones y descartó el pensamiento de acercarse a besarlo. Podría lucir tranquilo, pero por dentro todavía era como un volcán dispuesto a hacer erupción, y es que no era solo esa discrepancia en cuanto al control creativo, últimamente los días pasaban lentos en compañía uno del otro. Las riñas abundaban sobre cosas insignificantes y sobre otras que no lo eran tanto, como la tarea de lucir a Ria frente a la lente de paparazis como un adorno, o sobre los chistes sin gracia y las indirectas dichas en la BTKApp.

Bill había estado tan furioso con la publicación del dibujo del cactus-pene y la mención de Georg.

Tom recibió los vasos llenos de café humeante y regresó a su auto.

¿Desde cuándo todo se había vuelto tan complicado? Todavía recordaba cuando tenía nueve y su máxima aspiración era pasar correctamente de Do mayor a Fa en su guitarra. O cuando tenía diecisiete y su cabeza estaba llena de música, la agenda de las giras y estar ahí para Bill cuando era requerido como hermano mayor.

Apagó el motor cuando aparcó en el sótano del edificio de estudio de grabación y resolvió tomarse unos segundos más, disfrutar del sabor de la cafeína y tal vez fumar.

—Toma —dijo tendiendo el café frío cuando ingresó.

—Gracias.

Bill no bebió ni un sorbo del líquido. Tom no podía culparlo.

De lo que sí le culpó fue el agregar ecos a una pista sin su consentimiento, así como haber cambiado palabras a la lírica a la que los productores le habían dado el visto bueno. La disputa que siguió fue igual de vibrante que la anterior, si no más, y los dejó desgastados. Bill fue ahora el que abandonó la estancia, aunque no pacíficamente como había hecho Tom, sino estampando su pie en el piso y gruñendo que se iba a dormir y que no, gracias, no te muevas porque pediría un taxi para irse por su cuenta.

Tom quedó atrás y quiso trabajar un poco en otras canciones pero no tenía el humor.

Cuando comprobó que Bill había llegado bien en una llamada de monosílabos y ladridos de perro de fondo, condujo sin dirección por un rato, deteniéndose en un apartado de la carretera a West Hollywood. Había escaso tránsito a esas horas y el frío era moderado, así que salió de su Audi y se apoyó contra el capó, sintiéndose absorbido por la oscuridad.

El cielo estaba estrellado y la luna en cuarto creciente.

Principalmente, había paz.

A pesar de que pasaban de las tres de la mañana, sabía que Bill no se quejaría de que demorase: compartían ese sentimiento de no querer tenerse cerca, el cual era muy similar a la imposibilidad de mantenerse alejados uno del otro. A eso se había transformado su amor desde la mudanza a L.A. y la mentira y deslealtad llegando a sus vidas, las memorias de cuando habían comenzado a experimentar con traspasar las líneas de hermanos a algo más, difusas y lejanas.

Amaba a Bill, pero a veces sospechaba que el amor no era suficiente.

—Mierda —gruñó.

Revisó sus bolsillos en busca de su cajetilla y no la encontró, maldiciendo de nuevo. Estaba por meterse en su auto y manejar hasta encontrar un supermercado abierto las veinticuatro horas cuando vio una estrella fugaz.

«Por qué no», pensó con una mueca.

Desearía dejar de ser yo —murmuró a la nada—. Tal vez, no sé —elaboró, animado por el eco de su voz en el silencio en vez de sentirse intimidado—, tener diecisiete de nuevo o ser un don nadie, o… o no tener a Bill de hermano.

Ni bien lo pronunció, las implicancias colosales de tan simples oraciones lo golpearon con fuerza, plantando en su cabeza y corazón la sensación de estar traicionando a Bill.

Con su mano bien puesta en el manubrio y alumbrado por las luces de los faros, contempló el tatuaje que decía 0620. Su estómago se revolvió. Eso era para siempre, más que tenerlo en la piel, lo tenía tatuado en el corazón y chasqueó la lengua, sintiéndose realmente tonto por haberle pedido un deseo a una estrella fugaz.

Esa noche, Tom durmió en la cama apenas utilizada de la habitación que de suya no tenía nada, teniendo como única compañía su perro preferido.

Fue su nombre siendo llamado insistentemente lo que le despertó de golpe un poco después. Bostezando y sintiendo como si su cerebro hubiese sido acribillada sin piedad, abrió los ojos y frunció el ceño cuando encontró que algo iba mal ahí.

Ese no era su dormitorio. Las paredes de un azul marino estaban llenas de afiches de películas y uno que otro póster de Samy Deluxe y otros raperos, había ropa encima de cada uno de los muebles y… ¿Dónde infierno estaba? Se levantó y se obligó a calmarse, algo que fue imposible cuando la puerta se abrió y por ella pasó una mujer de mediana edad con las manos en las caderas y mirándolo con desaprobación.

—¿Qué se supone que haces? Vas a llegar tarde a la escuela.

—¿Mamá? —preguntó Tom sin creérselo.

Era su madre, pero a la vez no. Era como una versión distinta de la misma persona: su cabello lucía otro estilo y color, y sus facciones eran más lozanas.

—No, soy un reno de Santa —ironizó rodando los ojos en un gesto que Tom conocía muy bien—. Que te cambies, jovencito, ni creas que vas a faltar otra vez.

«¿Jovencito?», se cuestionó. No lo creyó hasta que llegó al baño y se vio en el espejo. Simone no era la única que era ella misma sin serlo: sus rastas habían regresado, de su barba, el tatuaje que tenía en la mano y las expansiones en sus orejas no había rastro, así como tampoco de sus músculos por los que tantas horas había pasado en el gimnasio.

El chico que le devolvía la mirada en el espejo era como él lucía a los diecisiete.

—Esto es un sueño —musitó, tentado a darse un buen pellizco.

Bajó al primer nivel después de varios minutos mirando los alrededores y llegando a la conclusión de que, en efecto, era su casa materna. Simone estaba sentada con hot cakes y una taza de té dispuestos en la mesa.

—¿Por qué sigues con pijamas? —inquirió con una ceja enarcada, otro gesto que Tom conocía bien.

—¿Dónde está Bill?

—¿Quién? —El desconcierto en la fisonomía de su mamá era palpable.

—Bill, mi hermano gemelo. Tu preferido, ya sabes, aunque siempre lo negaste —contestó impaciente.

—Eres hijo único, Tom —afirmó. Su paciencia se estaba colmando, era obvio por cómo tenía el ceño arrugado—. No sé qué pretendes, lo que sí sé es que no me causa gracia. Vas a ir a clases así como te llamas Thomas Trümper.

Ese no era su nombre, nunca lo había sido.

—Pero…

—No.

Sin añadir más, se dio media vuelta y regresó a la habitación, no sin volver a revisar cada rincón del lugar y no encontrar vestigios de la presencia de su hermano. Se sentó en la cama y hundió la cabeza en las manos, permaneciendo en esa posición hasta que súbitamente la imagen de sí mismo pidiendo un deseo a una estrella fugaz inundó su mente.

Había deseado no ser él, tener diecisiete y que Bill no fuera su hermano. Y eso era precisamente lo que estaba ocurriendo.

El pecho se le contrajo y la garganta se le cerró.

¿Qué se supone que debía hacer?

Solo tenía ganas de ponerse en posición fetal, derrotado, y así esperar a que la pesadilla llegase a su fin. Pero Simone no se lo toleraría, se lo demostró siendo una mosca en su oreja que no dejó de zumbarle hasta que se vistió y emprendió el camino a la escuela.

«Bill, ¿dónde estás?»