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Bring me to life

Chapter Text

How can you see into my eyes like open doors?
Leading you down into my core where I've become so numb
Without a soul, my spirit sleeping somewhere cold
Until you find it there and lead it back home

 


I guess it's time I run far, far away, find comfort in pain.
A ll pleasure's the same: it just keeps me from trouble,
hides my true shape, like Dorian Gray.
I've heard what they say, but I'm not here for trouble.
It's more than just words: it's just tears and rain.

 

Lo último que faltaba por guardar, la fotografía de Claire, siempre su fotografía, le observaba aún desde lo alto del escritorio como un resto obsoleto del pasado, como esas pocas paredes y vigas que componen el cadáver de una casa cuando el resto ha ardido por completo. Mac se resistía a meterla con todo lo demás en la caja, no solo porque no osase poner los dedos sobre el marco, sino porque hacerlo supondría admitir al fin la derrota. Y nadie, se dijo, nadie derrotaba a Mac Taylor.

Al menos así había sido hasta hacía unos días, hasta la fatídica llamada informándole de aquel positivo. Los cabellos del cepillo de Claire que había entregado a los responsables del laboratorio al cargo de la investigación concordaban a la perfección y sin lugar a dudas con el ADN de aquel amasijo de carne y huesos que poco después le entregaron en una caja. Era ella, lo poco que quedaba de ella. Claire Taylor estaba muerta.

Con un suspiro resignado tomó la fotografía como quien le cierra los ojos a quien ya no vive, como quien casi le pide perdón al arrancar trocitos de tejido aquí y allá para analizarlos. Él sabía tanto de eso. Y ahora se le antojaba tan macabro que sabía que no podía continuar haciéndolo. Era hora de marcharse, de cerrar por fin el libro y echar a andar, quizá a correr, cruzar los dedos y rezar porque el dolor y la pena no corrieran más que uno.

Su último gramo de rebeldía le asaltó de pronto. Le gritó que era un cobarde, que estaba huyendo y que el cuerpo entero de Marines se reiría de él en su cara si pudiera verle poner tierra de por medio y luchar como el hombre valiente que se suponía que era. Mac sacudió la cabeza. Eso ya lo había probado, pero ya no le valía. Era tarde para seguir esperando de brazos cruzados mientras la desesperanza se cernía sobre él como una sombra asfixiante.

Hasta hacía poco quedarse había funcionado razonablemente bien, era fácil mentirse a sí mismo con la esperanza de recibir una llamada algún día, una que le informase de que Claire era una de tantas víctimas heridas sin identificar que se hacinaban en las unidades de cuidados intensivos de los hospitales neoyorquinos. Y entonces Mac habría corrido hasta allí, la habría acompañado, no se habría movido de su lado ni un solo momento. Sin embargo, no fue esa la llamada que le hicieron. El disparo recibido en Beirut le parecía ahora un rasguño indoloro en comparación con el tormento de aquella conversación telefónica breve y aséptica.

Según introducía al fin la imagen de la malograda Claire en la caja junto con el resto de sus escasas pertenencias, un toque de nudillos le alertó. La puerta estaba abierta para que todos los que pasaban por allí fueran testigos de su fracaso. Aun así, había alguien que parecía seguir considerando aquello su santuario. Mac depositó la fotografía y alzó la vista. Se trataba de Stella Bonasera. Stella, su amiga, su mano derecha. "La gran beneficiada con tu marcha", pensó e inmediatamente se reprochó a sí mismo lo injusto de su pensamiento. Stella no quería ni oír hablar del tema. Desde el momento en que Mac había anunciado su decisión de dejarlo, Stella no había hecho más que presionarle para intentar hacerle cambiar de idea.

—¿Sí?—preguntó por romper el silencio. Stella se encontraba nerviosa. El modo de juguetear con la tela de su ajustado jersey no se le escapó a Mac.

—¿Hay alguna posibilidad, por pequeña que sea, de que te lo pienses?

—Stella, ya está pensado.

—Pues piénsatelo otra vez.

—¿Por qué?

—Por favor.

—Stella, escucha…

—No, escúchame tú a mí, Mac. No puedes irte, te necesitamos aquí. La ciudad te necesita—"Y yo también", pensó, pero supo callarlo a tiempo. Ya tenía experiencia más que sobrada en guardar silencio—. Mira, sé que ahora mismo estás hecho polvo, que crees que la vida ya no tiene sentido y que ya no puedes seguir adelante, pero sí que puedes. Eres un hombre fuerte, sé que sabrás reponerte, que…

Tragó saliva y sacudió la cabeza. No se le ocurría cómo seguir sin descubrirse y sin que los ojos se le llenasen de lágrimas a ella, a quien llegaba allí supuestamente a consolar. Respiró hondo, se armó de valor y decidió jugarse la baza de esa maldita amistad con la que se conformaba y a la que se había acomodado a sabiendas de que eran migajas, pues nunca obtendría nada más. Ahora ni siquiera lo deseaba, le bastaba con tenerle allí, con ver su cara todos los días y saber que lo daría todo y más para conseguir que Mac saliera adelante.

—No estás solo, Mac. Puedes contar conmigo para lo que sea. Estoy aquí, somos amigos, no tienes por qué afrontar esto tú s…

—Stella—la cortó abruptamente. No podía seguir escuchándola, corría el riesgo de dejarse convencer—, te lo agradezco, pero no insistas. La decisión ya está tomada. Lo mejor es que me vaya.

—Está bien…—concedió con la vista baja porque no veía más salida que dejarle marchar o esposarle al escritorio y lo veía poco factible, sabía que Mac se resistiría. Tras una pausa, levantó la mirada y buscó lo ojos de Mac—. ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Dónde vas a ir?

—No lo sé. Improvisaré, supongo.

Stella asintió con gravedad mientras las alarmas resonaban a todo volumen en su fuero interno. Mac Taylor nunca salía de casa sin un plan establecido y estudiado al milímetro, la espontaneidad no era precisamente su fuerte. Que no tuviera más que pensado su futuro no resultaba en absoluto un buen presagio. Se fuera o se quedase, Stella se prometió a sí misma que no le perdería la pista. No podía consentir que la vida de Mac fuese a la deriva.

Mac tomó el rollo de cinta aislante y selló la caja y su destino. Le estaba de veras agradecido, pero permanecer al mando del laboratorio no podía ser su modo de demostrarle a Stella su gratitud. Necesitaba alejarse, tomar perspectiva y decidir entonces qué hacer. Sus siguientes pasos, fueran cuales fuesen, resultarían irrelevantes. Su corazón ya estaba muerto y enterrado en el World Trade Center.

Stella fue hasta él. Se resistía a dejarle marchar aunque supiera que era lo que debía hacer. Cautelosa, le abrazó y se mordió literalmente la lengua para no hablar. Le quería, quería estar a su lado y ayudarle a pasar todo, borrarle el dolor, sacarle brillo a su sonrisa… Ojalá Mac se dejase. Ojalá pudiera ella hacer más por él que darle un estúpido beso de despedida en la mejilla.

—Cuida del laboratorio por mí, ¿de acuerdo?

—Claro. Te prometo que cuando vuelvas, estará igual o mejor que lo dejaste.

—No voy a volver.

—Tiempo al tiempo.

"Volverás", le aseguró mentalmente Stella. "Y yo te estaré esperando".