Chapter Text
I
Cuando tenía seis años leí en un libro la historia de un hombre que salvaba pueblos enteros. El libro se titulaba “Superhéroes reales” y hablaba de las hazañas de ese magnífico hombre y muchos más.
El libro afirmaba: “Un héroe se sacrifica por causas justas y siempre hace el bien. Casi siempre a los héroes no se les reconoce porque pueden parecer personas ordinarias, pero tienen un gran corazón.”
Ese libro me hizo reflexionar bastante. Y entonces decidí convertirme en un superhéroe real y eso fue lo que le dije a mis padres:
-Un niño no puede ser un superhéroe- me respondieron.
Luego pensé que no podía ser un héroe porque todavía iba en pijama y porque me faltaba una causa justa y seguramente también una capa. Entonces tomé un pedazo de tela y me la até al cuello y decidí pelear por los bosques de las amazonas.
Pero mis padres me aconsejaron abandonar esas fantasías y dedicarme a la biología, la gramática y la geografía. Así abandoné, a los seis años, mi determinación de convertirme en un superhéroe. Había quedado muy decepcionado y triste al saber que jamás podría defender los bosques de las amazonas. Mis padres eran dos adultos muy comunes. Las personas ordinarias siempre encuentran difícil entender cosas así y muchas veces para un niño es igual de difícil explicar una y otra vez cosas tan sencillas.
Así que tuve que elegir otro empleo y fui a la escuela de medicina. Hubiera tenido yo un gran y bonito consultorio si no hubiera sido por la guerra. Fui designado a Afganistán y me convertí en capitán. En efecto, estudiar biología y geografía me ayudó en mi desempeño como médico militar.
Cuando me encontraba con algún soldado lo bastante lúcido, le contaba del hombre que salvaba pueblos enteros. Quería saber cuál era su concepto de héroe. Pero siempre contestaban lo mismo: “Lo importante es sobrevivir y llegar a casa entero”. Entonces me abstenía de hablarles de superhéroes, capas y bosques en Sudamérica. Comenzaba a hablar de política, del clima y de la comida que irían a servir. Mi interlocutor siempre quedaba muy contento de conocer a un hombre tan amable.
II
Sufrí una terrible lesión en la guerra y fui enviado a casa inmediatamente. Mi pierna había quedado bastante mal después de la herida en la guerra y tenía que descansar antes de decidir qué hacer para curarla. Tenía que encontrar un lugar donde quedarme antes de que la pensión del ejército, que pagaba mi pequeña habitación, se me acabara. Fue cuando hace tres años, sin saber a dónde ir, me perdí en la gran ciudad de Londres.
El primer día de búsqueda fue muy duro para mí. Me sentía solo y desconectado, a pesar de que la gran ciudad estaba repleta de gente. Estaba incluso más aislado que cuando estaba en el desierto, en la guerra. Y cuando estaba a punto de considerar ese día una pérdida de tiempo, una vocecita me sacó de mis pensamientos:
-Necesito un teléfono.-
-¿Disculpa?-
-¡Qué necesito un teléfono!-
Volteé a mí alrededor. Estaba yo en el laboratorio en el que aprendí a ser médico y justo delante de mí un niño extraordinario, que me miraba con seriedad. Incluso ahora, tres años después de su partida, puedo recordar perfectamente cómo iba vestido. Llevaba un abrigo largo de lana oscura que le rozaba los talones, debajo un trajecito que se le ajustaba a la perfección. Para rematar su vestimenta, llevaba enredada en el cuello una bufanda color azul. Tomé con fuerza el bastón, un poco confuso y admirado.
Me encontraba en un espacio en el que no era usual encontrar a niños y menos con una apariencia tan imponente. Porque a pesar de no contar con más de diez años, no parecía asustado o fascinado por todo el material químico que nos rodeaba. A decir verdad, no tenía apariencia de niño en absoluto. Su mirada era la mirada de una persona con más edad. Por fin logré articular palabra y le dije:
-¿Qué haces tú por aquí?-
Y él frunció el ceño con impaciencia. Sin decir una palabra, tendió una blanca y pequeña mano hacia mí.
Recordé que me había pedido un teléfono. Supuse que se refería a un teléfono móvil pero yo no tenía ninguno en ese momento. Cuando ocurre algo sorprendente, a veces es imposible actuar correctamente o pensar correctamente. Mire a mi alrededor en busca de algún teléfono.
-Aquí hay uno- dije señalándole un teléfono fijo. Pero el niño puso los ojos en blanco.
-No, no. Un teléfono móvil. Prefiero mandar mensajes-
Cuando le dije que no tenía uno, el chico (bastante malhumorado ya) me respondió:
-¡No importa! Dibújame uno entonces.-
Saqué de uno de los cajones del laboratorio un pedazo de papel y una pluma y recordando que lo único que había dibujado en mi vida eran huesos, tripas y otras partes del cuerpo humano, hice un intento de teléfono móvil.

El niño lo observó durante un segundo y me sorprendí bastante cuando dijo:
-¡No, no! No quiero el teléfono de un doctor. Ese teléfono es muy práctico y sólo puedes llamar y recibir mensajes. Necesito algo con GPS. Necesito un teléfono de verdad útil. Dibújame un teléfono- ordenó y yo obedecí sin decir palabra.
Luego recordé que además del cuerpo humano, también había dibujado mapas y direcciones cuando había estado en el ejército. Así que me esforcé por hacer algo mejor.

Pero la respuesta volvió a ser negativa:
-No. Este móvil es para un hombre de acción física. Un soldado, diría yo. Yo actuó desde la cabeza, ¿sabes? Haz otro.
Y dibujé otra vez otro teléfono esperando que este fuera el que necesitara.
El chiquillo me miró con una media sonrisa.

-Este no es un teléfono móvil, es una computadora portátil.-
Rehice el dibujo nuevamente: pero fue rechazado como los demás.

-Como todos los demás, este teléfono no es el correcto. Este pertenece a una persona que ha sufrido una herida y que sufre constantemente por eso.-
Bastante cansado y con ganas de ir a descansar al piso de la pensión del ejército, dibuje un rectángulo y se lo tendí.

-Este es la funda de tu móvil. Tu teléfono está adentro.-
Para mi sorpresa, la cara del niño se iluminó y asintió bastante conforme con lo que yo le había dado.
-Esto es lo que necesitaba. Un gran teléfono con montones de funciones. Adecuado para mi profesión.
-¿Tu profesión?
-Así es. Soy un detective consultor. El único en el mundo.
Se inclinó hacia el dibujo y murmuró:
-Me pregunto si podré consultar el clima de Cardiff desde este móvil.
Y así fue como conocí a Sherlock Holmes.
