Chapter 1: Prefacio
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—¡¿Qué sucedió?! —chilló Edie Lehnsher mientras prendía las luces de la casa y corría de un lado a otro, buscando algodón y alcohol—. ¡Jakob!, ¿dónde estaban?, ¿qué le pasó a Erik? Ven aquí, Erik, siéntate.
Jakob Lehnsherr se masajeó el puente de la nariz, sus ojos azules reflejaban una mezcla de impotencia y frustración. Su esposa lo había notado apenas los recibió, pero no se atrevió a preguntarle, primero porque el corte bajo el ojo de su hijo la preocupó más; segundo, porque sabía que Jakob le contaría todo a su debido momento.
—¡Mamá! —replicó el muchacho haciendo la cabeza hacia atrás y cerrando el ojo.
—Deja que tu madre arregle eso, no seas terco —dijo Jakob nervioso—. Mañana no irás al colegio y no quiero que llames ni hables con nadie hasta que yo lo diga, ¿entendido?
Erik era demasiado terco para decir que sí sin preguntar antes. Sin embargo, aquella fue de las pocas veces en las que se limitó a morderse la lengua y asentir
Una vez que su madre terminó de arreglar sus heridas, subió las escaleras, dejó su ropa en un rincón de la habitación y, quedando sólo en ropa interior, se metió bajo las sábanas, con la oreja atenta a lo que hablaba sus padres.
—¿Qué está sucediendo?
—No estoy seguro. Cerramos el negocio tarde, uno de los clientes llegó un minuto antes de la hora. Luego regresamos a casa y nos cruzamos con un grupo del partido. Comenzaron a burlarse, a golpearnos… no estaban ebrios.
—Mañana iremos a la policía, Jakob, no podemos dejar que hagan lo que se les plazca.
—No, Edie… Estábamos a una calle de la policía y no hicieron nada. Nosotros ya no estamos a salvo en nuestro propio país.
* * *
Las leyes de Núremberg ya habían atravesado las fronteras junto con los alemanes. La gente pasaba a ser pura, medio judía, un cuarto judía y, obviamente, la parte mala de todo eso era la judía.
A Edie no le gustaba tocar el tema porque le afectaba demasiado. Bastante había tenido cuando dejaron Alemania desconociendo si Jakob había sobrevivido o no al bombardeo que hubo en Inglaterra cuando estaba de viaje.
Para enfrentar toda la situación, Edie se tomaba un tiempo para orar, en cambio Erik sólo lo hacía para acompañarla porque era una manera de conectarse más aún con ella. Hacía un par de años que Erik se encontraba en una especie de crisis interna en la que no podía comprender por qué estaba sucediéndole todo aquello a él y a los demás judíos. ¿Cuál era en verdad ese mal tan grande que habían hecho y por el que estaba pagando?
Hubo una noche en la que él había olvidado el toque de queda: estaba a media calle de su casa y se cruzó con un grupo de la juventud de Hitler. No dudaron un solo segundo en abalanzarse sobre él para romperle la nariz a patadas.
Erik era un judío que en secreto ya no creía en ninguna entidad justa que le pusiera fin a todo aquello ni por la que valía la pena padecer de esa forma.
Mudarse fue lo mejor que pudieron haber hecho, pero sólo funcionó bien durante un tiempo. Después las cosas comenzaron a ser como antes: prohibido el uso del transporte público, compras permitidas en locales judíos, estrella de David obligatoria en todas las prendas.
El miedo de Edie se acrecentó cuando uno de sus vecinos recibió una citación de la SS. Fue hace casi dos semanas y todavía no tenían señales de él.
—¿Crees que podríamos volver a mudarnos? Quizá a Estados Unidos —propuso Erik una noche, interrumpiendo con el lúgubre silencio que se formabas todas las noches durante la cena.
—Ya es tarde —sentenció ella—. Es casi imposible entrar o salir del país. No podemos usar el tranvía, ¡¿y quieres ir a comprar un par de boletos para salir de aquí como si nada?!
Aquello último sonó con sorna e histeria tales, que Erik permaneció boquiabierto unos segundos y luego bajó la mirada, avergonzado de sus propias palabras.
Su madre suspiró y fue hasta él para abrazarlo.
—Lo siento —dijo en un susurro. Siempre hablaba en susurros, siempre parecía tener miedo—. No quise decirlo así, hijo. Estoy asustada y necesito a tu padre aquí conmigo…
—Pero no está, mamá —cortó, intentando no sonar apático—. Así que tenemos que pensar en algo nosotros dos.
—Nuestro vecino aún no ha regresado…
—Creí que asumimos que no la hará.
—Lo sé hijo. —Su mirada parecía haberse perdido en las últimas palabras que Erik pronunció.
Se decían cosas que daba escalofríos: campos de trabajo en el cual los hacían trabajar de forma inhumana. Los hacían llevar sus pertenencias para crear la falsa idea de que era sólo un campo de trabajo, pero les arrebataban todo en la estación. Eran metidos a vagones de carga, amontonados como animales, algunos morían durante el viaje, aplastados por los otros. Nadie sabía que más sucedía porque nadie había regresado con vida de esos lugares. Erik escuchó acerca de hornos y cámaras de gas, de soldados que disparaban por placer, de la muerte.
—No —dijo finalmente Edie—. No vamos a ir.
—¿Ir a dónde?
—No lo sé, pero no vamos a averiguarlo.
Dejó de abrazarlo y fue a buscar la libreta de números telefónicos, arrimó una silla al lado del teléfono y ordenó a Erik que fuera a dormir.
—No entiendo qué quieres hacer, mamá.—Te lo explicaré bien cuando las cosas se acomoden definitivamente.
Sabiendo que insistir no le traería más respuestas, Erik le dio el beso de las buenas noches y subió a su habitación. Sobre su mesa de noche estaba un ejemplar de El Golem, libro que le había encontrado entre las pertenencias de su padre cuando ayudaba a Edie con la mudanza. Aunque la lectura no era de las grandes pasiones de Erik, El Golem era lo único que lo conectaba con Jakob, por eso retrasaba la lectura lo más que podía.
Pasó la mitad de la noche con la vista clava al techo, tratando de escuchar lo que su madre cuchicheaba, mas no consiguió nada útil. Estuvo a punto de encender la radio y cuando recordó que estaba por comenzar el noticiero de la media noche, descartó la idea.
Las noches de insomnio lo hacían reflexionar acerca de lo breve que es la existencia de todos los humanos, acerca de su maldad. Detestaba a todos y no creía en los héroes. Inglaterra, Francia… no entraron a la guerra más que por la seguridad de sus propios culos amenazados, es más, Francia había prohibido el ingreso de judíos alemanes. Al menos así veía él las cosas.
Edie lo despertó para ir al colegio y, al igual que su padre aquella noche, le dijo que no hablara con nadie de todo lo sucedido anoche. A diferencia de otras veces, Erik pudo notar que ella estaba sonriendo de una forma distinta, no forzada.
—¿Buenas noticias? —preguntó luego de dar un par de sorbos a su café de la mañana.
—Buenas noticias —afirmó—. ¿Recuerdas a los Xavier?
El muchacho arqueó una ceja sin entender.
—Vamos, fuiste a la escuela primaria con su hijo Charles.
—Pues no lo recuerdo —insistió él—. Al menos dime cómo eran o algo.
—El señor Xavier fue socio de tu padre en la empresa donde trabajaba antes. Esa que quebró en con la crisis en los años treinta, ¿ya te acuerdas? Tu padre lo ayudó a empezar de nuevo aunque sin ser socio directo.
—Ya recuerdo. Pero su hijo no iba conmigo a la escuela, iba a dos cursos menos que yo.
—Creí que fueron juntos… Olvida eso ahora, no es lo importante.
Edie miró a ambos lados y Erik cayó en la cuenta de que todas las ventanas estaban cerradas y con las cortinas corridas.
—Escúchame bien, hijo. —Erik sintió que se le estrujaba el corazón con cada susurro de su madre. —No vamos a sentarnos a esperar a que llegue una citación para nosotros. Buscaremos un lugar seguro donde nadie nos encuentre, tendremos que escondernos y creo que el señor Xavier puede ser una gran ayuda.
—Mamá, hace tiempo que no hablas con él, ¿cómo sabes que podemos confiar? No puedes ponerlo a cargo de… nuestras vidas, lo meterías en problemas también.
Porque en tiempos de guerra cada uno cuida lo suyo y el miedo obligaba a abrir la boca y dar nombres, direcciones, todo. Erik apenas recordaba los rostros de la familia Xavier, no estaba seguro de poder confiarles la seguridad de su madre y la suya como si nada.
—Los conozco desde hace más tiempo del que crees —explicó la mujer—. No voy a dejarle tu seguridad a cualquiera, Erik. Por el momento es sólo un plan a medias, cuando el señor Xavier me confirme un par de cosas te contaré todo con detalles. Por el momento quédate al margen y disfruta como puedas, ¿de acuerdo?
Aunque estaba pidiéndole algo prácticamente imposible en ese momento, Erik asintió con la cabeza, forzando una sonrisa.
Continuó con su rutina yendo a clases, participando del club de ajedrez (porque tenían prohibido usar las canchas deportivas) y tratando de evitar al grupo de la juventud que parecía andar ensañado con él. No, no podía disfrutar nada de eso. No tenía con quien compartir algo de lo que pasaba por su cabeza, ni su crisis de fe, ni de cuánto extrañaba a su padre. Sentía que en cualquier momento iba a ser devorado por su propio caos.
Se llevaba relativamente bien con sus compañeros, pero se trataba de una especie de relación diplomática. No le apetecía reunirse para estudiar en grupo, ni salir a tomar un helado en la única tienda judía cercana.
Estaba asustado y eso lo ponía agresivo, pero al mismo tiempo se justificaba, diciéndose que era lo mejor pues cuando todos fuesen enviados a los campos de trabajo, no sentiría nostalgia por nada ni nadie.
* * *
Fue un domingo a la madruga. Edie entró a su habitación con una maleta y le dijo que se pusiera a organizar sus cosas. Las más importantes por un lado, las útiles por otro y que se olvidara del resto.
—¿Qué sucede? —murmuró semidormido.
—Haz lo que te dije —ordenó seria—, te iré explicando, pero ya no tenemos tiempo que perder.
Erik se frotó los ojos y comenzó a revolver sus cosas.
—¿Qué es exactamente lo que tengo que tomar como importante o útil?
—Ropa, hijo. Ropa de invierno, de verano. Imagina que no volveremos aquí en mucho tiempo.
Puso por un lado sus camisas y camisetas mas nuevas, pantalones, calcetines, ropa interior, un par de zapatillas nuevas. Por otro lado, juntó algunos objetos personales, como el libro de Jakob, algunas fotografías y postales que había recibido, un cuaderno de hojas en blanco, pluma, etcétera.
—Alguien ya le ha consultado al señor Xavier la misma idea —fue explicando Edie mientras lo ayudaba a acomodar todo en la maleta—. Una pareja que ha escapado de Alemania por ideas políticas pero que también ha recibido una citación aquí. Xavier está en deuda con ellos y hace un mes arreglaron un escondite en el viejo sótano del edificio de su empresa.
¿Así que de verdad estaba dejando todo allí? Erik tragó despacio, sin saber cómo sentirse. Edie continuó.
—Estaremos allí hasta que… hasta que podamos. Tendremos que privarnos de muchas cosas, pero será mejor que estar aquí, a la espera de que venga la Gestapo o nos entregue alguien. No voy a quedarme aquí a esperar a que vengan por ti, hijo.
Erik vistió todas las prendas que pudo o no le quedaría espacio en la maleta. Edie le dijo que siguiera durmiendo un rato más hasta que llegara el señor Xavier en su auto y los llevara hasta el edificio. Le preguntó qué iba a pasar con los muebles de la casa y ella respondió que ya había dicho a los vecinos que había recibido una citación y estaba muy preocupada, así que cuando vieran que la casa seguía intacta y sin ellos, no habría nada que sospechar.
Claro, Erik no durmió nada. Su cerebro maquinaba todo tipo de situaciones y de riesgos. No podía imaginarse cómo iba a ser su nuevo estilo de vida en un sótano, cómo sería esa pareja. No podía imaginar que alguien de la zona segura como aparentemente era el señor Xavier, se arriesgara a ayudarlos.
A las nueve de la mañana dejaron la casa.
Para siempre.
Chapter 2: Mocoso
Notes:
(See the end of the chapter for notes.)
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El edificio Xavier & Co tenía un gran depósito en el subsuelo, tras una torre de cajas había una puerta bien escondido, treinta centímetros de pared y unas escaleras que llevaban a un piso por encima del subsuelo y por debajo de la planta baja. Todo aquello fue planeado por el padre del señor Xavier que había quedado muy trastornado después de la primera guerra.
Erik no había vivido una vida con excesivos lujos, pero su “nuevo hogar” era evidentemente muy distinto del anterior: humedad, olor a cosas viejas, posibles encuentros con ratas, el irritante sonido de la gente que bajaba al depósito, el griterío de la recepción arriba. Además tenían una serie de prohibiciones y reglas, por ejemplo, el único baño disponible era el que estaba afuera en el depósito y sólo se podía ir durante la hora del almuerzo o por la tarde. Si alguien llegaba a indigestarse en mal horario… Erik no quería siquiera imaginarlo.
El matrimonio Shaw era irritante o mejor dicho, el señor Shaw lo era: notablemente antisemita, cada vez que tenía la posibilidad de decir que la culpa de todo era de los judíos, lo hacía. Su mujer, Emma, parecía aburrirse de todo, todo el tiempo y se la pasaba hojeando revistas o escuchando la radio en un tono casi inaudible, permanecía ajena a Shaw.
Afortunadamente, el señor Xavier era tan amable como Edie le había hecho creer a Erik. Llo recibió como si se tratara de un sobrino muy querido al que no había visto desde hace años e incluso le contó un par de anécdotas de su infancia que ni el mismo Erik recordaba. Le mandó saludos de parte de Charles (no le mencionó haber olvidado quién demonios era Charles) y después los ayudó a instalarse en el piso.
Los primeros días fueron acomodar las cosas de cada uno y descansar. Erik se entretenía leyendo algunos libros del colegio que había llevado consigo, sin embargo a la hora de querer distraerse con una partida de ajedrez, se daba cuenta de que las cosas no iban a ser tan fáciles como supuso. Había llevado un reloj incluso, mas al darse cuenta de lo lento que pasaba el tiempo dejó de darle cuerda; pensar en que no volvería a ver la luz del día en mucho tiempo y que ese tiempo no estaba avanzando nada, lo hacía sentirse miserable.
Cada tanto pasaba Raven Darkholme, la secretaria personal del señor Xavier, por si necesitaban algo. Cuando los veía después del trabajo, se quedaba charlando animadamente con Edie. Ella era mayor que Erik y tal vez por eso y porque era mujer, Erik notaba que ambas tenían bastante afinidad. Perfecto, al menos alguien allí había encontrado cómo matar el tiempo.
Al cumplirse un mes desde que los Lehnsherr y los Shaw comenzaron su vida conjunta, Erik sintió que iba a volverse loco. La radio la manejaba Shaw y siempre, siempre, sintonizaba una estación diferente a la que Erik quería incluso cuando este elegía la que Shaw escuchó la noche anterior. En términos simples: se enseñaba infantilmente con él y no tenía demasiadas pruebas como para comentárselo a su madre, además no quería ser ningún bebé incapaz de lidiar con sus problemas de convivencia. Los días que él y Shaw tenían que cocinar, se la pasaba dándole órdenes como si fuera una especie de esclavo, pero lo hacía de una forma tan extraña que si Erik se atrevía a mandarlo al demonio, quedaría él como un mocoso malhablado.
Tampoco podía comentárselo al señor Xavier, pese a que él mismo le había dicho que los Shaw eran un hueso complicado de roer. Reclamar sería ser ingrato y después de que Raven les comentó que nadie en la manzana donde vivían había hecho comentarios raros y la huida fue todo un éxito, Erik no se sentía con derecho a quejarse de nada.
—Estás sentado sobre mi sillón, muchachito.
Rodó los ojos y respiró profundo.
—Señor Shaw, usted dijo que su hora de lectura empezaba a las seis de la tarde —respondió lo más educadamente que pudo.
—Cinco y media, seis, no hay diferencia porque sigue siendo mi sillón de lectura. Lo traje desde mi casa —retrucó el hombre sonriendo.
—Señor Shaw, a veces se comporta tan-
Fue interrumpido por los golpes en clave de Raven. Shaw ladeó la cabeza divertido y Erik se mordió el labio.
—Debe ser Darkholme con las provisiones de la semana, ¿por qué no vas a ayudar a las mujeres, Erik-,ah?
Lo detestaba tanto. Quería darle un puñetazo en la cara y…
Dio un resoplido y fue esta la puerta. Corrió la madera con cuidado y se fijó por la mirilla, en efecto se trataba de Raven cargando una gran saco de patatas y con otros sacos sobre el suelo. Erik quitó todos los pestillos para dejarla pasar y entró los otros costales.
—No está bien que traigas tantas cosas tú sola, ¿no sería sospechoso? —preguntó cargando con el mal humor que le dejó Shaw.
Raven no respondió y a Erik se le detuvo el corazón cuando volvió a fijarse y se dio cuenta que estaba llevando pantalones de varón, que ni siquiera era Raven, sino un chico lleno de pecas, con dos claros ojos azules y labios notablemente rojos. Erik tomó el bate que estaba cerca de la puerta y se dispuso a golpear al intruso, cuando este retrocedió asustado, cubriéndose la cabeza con ambos brazos.
—¡Charles! —gritó—. ¡Charles Xavier! ¡Raven estaba muy ocupada hoy, así que he venido yo-!
—Charles, sí que has crecido —comentó Edie, saliendo al rescate del muchacho—. No deberías estar haciendo esto, si llegaran a verte… Erik, siento no haberte avisado, él es Charles, ¿recuerdas? El hijo del señor Xavier.
Suspiró aliviado y recuperó el pulso normal. No, no se acordaba nada de ese chico, pero asintió y le estrechó la mano.
—Tendrás que disculparme, Charles, pero no me siento bien hoy. Erik, ¿podrías acompañarlo hasta la cocina y guardar las provisiones? Recuerden no hacer mucho ruido.
—Descanse, señora Lehnsherr —saludó Charles mientras Edie se despedía haciendo un gesto con la cabeza.
Los dos muchachos tomaron los costales y los llevaron lo más silenciosamente posible hasta la cocina, donde había un pequeño depósito para guardar frutas y verduras. Erik reprimió una sonrisa al ver a ese chico algo bajo, vistiendo un cárdigan azul y camisa, arrastrando aquellos sacos pesados con esfuerzo. Obviamente no estaba acostumbrado a ese tipo de cosas y quizá hasta vivía demasiado ensimismado en sus libros como para saber que otras personas vivían de forma totalmente distinta.
—Ni siquiera recuerdas mi nombre —dijo Charles de repente.
—¿Disculpa?
—Que no me recuerdas, Erik, de lo contrario no habrías intentado partirme la cabeza con ese bate. No tienes que mentirme ahora que estamos solos.
Erik se sentó en el suelo y Charles lo imitó. Al menos podía dejar de fingir.
—No, no te recuerdo Charles —admitió algo avergonzado—. ¿Éramos muy amigos?
Charles sonrió incómodo, encogiéndose de hombros.
—N-no… en realidad, creo que yo era más amigo tuyo que al revés. Ya sabes, esos mocosos que te consideran una especie de chico genial y no te dejan en paz. —Sus mejillas se sonrojaron apenas mientras contaba todo aquello.
Erik se sintió un completo imbécil. Ahora sí se acordaba de Charles, ese mocoso (como le había dicho literalmente una vez) que lo esperaba a la salida de la escuela y lo iba a ver su casa cuando el señor Xavier pasaba a visitar a su padre.
Ese mocoso se encontraba frente a él, ayudándolo con las provisiones que comía mientras estaba escondido en el piso del edificio de la compañía de su padre.
—No te disculpes, son cosas que ya pasaron —agregó enseguida—. Si hubiera rencores no estaría ayudando a papá con todo esto.
Y para hacerlo sentir peor, no le guardaba rencor aparente.
—No se trata de eso, nadie en su sano juicio haría este tipo de cosas, Charles —dijo serio.
—Ustedes son grandes amigos de mis padres y ellos están seguros de que harían lo mismo por nosotros —respondió sonriendo más tranquilo.
Se miraron fijamente durante unos segundos. Hacía semanas que Erik no hablaba con alguien de casi su misma edad, sin tener que decir que todo estaba de maravilla o ser forzadamente educado. Le causaba una satisfacción indescriptible aunque no estaba seguro de si en verdad se merecía todo aquello.
—Y… ¿cómo estás? Me refiero, cómo llevas todo aquí.
Erik ladeó la cabeza y se fijó que no hubiera nadie dando vueltas cerca.
—Pues… —murmuró de mala gana— es horrible. Y no me refiero a estar aquí escondido, sino a los demás, sobre todo el señor Shaw. Es un jodido antisemita aunque trate de disimularlo y se aprovecha de mí porque soy el más joven. Las veces que le respondí, la señora Shaw me trató como si fuera un niño maleducado, así que ya no intento nada. No quiero meter a mi mamá en todo esto, supongo que con el tiempo… todo va a ponerse mejor.
—Ni tú mismo te crees eso, Erik —comentó apenado—. De verdad lo lamento. ¿Sabes?, puedo prestarte algunos libros para pasar el rato. Lo bueno de leer es que puedes hacerlo solo y si son buenos libros no es aburrido.
Su rostro se iluminó al pronunciar la palabra “libros” y Erik confirmó que se trataba de una ratita de biblioteca. Al menos era miles de veces más agradable que cualquiera de los que convivían con él y no era que tuviera problemas con Raven, sólo que ella tenía más cosas en común con Edie que con él.
—Ahora estoy leyendo El Golem.
—¿Y lo has terminado? Yo quería comprar un ejemplar, pero al tratarse de mitología judía… Papá dice que lo mejor es desligarse de cualquier cosa. ¿Podrías prestármelo luego, Erik?
—Puedo prestártelo ahora si quieres, no pienso terminarlo pronto —dijo cabizbajo.
—¿Por qué?
—No importa, espérame aquí y lo traeré.
Fue hasta la pequeña pieza que ocupaba y sacó el libro bajo su almohada. Cuando regresó, Charles estaba de pie, apoyado sobre el marco de la puerta de la cocina. Erik se detuvo frente a él y le dio el libro.
—Cuídalo.
—Más que a nada, es un libro y me lo estás prestando —respondió asintiendo con la cabeza. Luego volvió a encogerse de hombros y señaló hacia el reloj que estaba sobre la mesada—. Ya me tengo que ir. Mañana seguramente vendrá Raven. Déjale mis saludos a tu madre, ¿sí?
—Lo haré. —Extendió, algo dubitativo, la mano hacia el muchacho—. Un placer, Charles.
—Es bueno verte de nuevo, Erik —correspondió al saludo.
Erik lo acompañó hasta la puerta y con mucha precaución lo dejó salir, cerrando tras de sí todos los cerrojos.
En otro momento, recibir visitas no hubiera significado demasiada adrenalina. Sin embargo, en esas circunstancias, Erik podría decir que ese había sido uno de los días más emocionantes hasta el momento, a pesar el infarto que casi tenía cuando lo vio pro primera vez. No quería siquiera pensar en qué sucedería si algún día delante suyo se encontraba a un oficial de la Gestapo o de la SS, y no se trataba de su vida, sino de la de su madre, lo que pasara con él no importaba.
* * *
Por la noche se saltó la cena y permaneció recostado, hojeando el libro de su padre, pensando en Charles, en que estaba más alto que la última vez que hablaron y que se veía bastante contento teniendo en cuenta que el país estaba en plena guerra mundial.
¿Por qué permanecía allí si tranquilamente podría haber regresado a Inglaterra?, ¿por qué se había portado tan bien con él aunque no lo merecía?
Se sintió un tonto por no pedirle que volviera de nuevo. Sólo había hecho un reemplazo a Raven. Quizá fue amable porque sabía que vería a Erik una sola vez y luego continuaría con la vida en el exterior, sin judíos ni prohibiciones, sin tener que ir al baño a ciertos horarios y todo a lo que él estaba condenado.
¿Por qué volvería?, ¿para hablar con él?
Rió con sarcasmo y, sin darse cuenta, se quedó dormido.
* * *
—Oh, mira quién ha venido a buscarte, Erik. No sea cosa que te pierdas camino a casa.
—Cállate, no viene buscarme, sólo… volvemos juntos, porque nuestros padres lo quieren así.
Charles fue corriendo hacia él, vistiendo pantalones cortos hasta la rodilla, su camisa blanca, siempre planchada y arriba un suéter finito, color azul claro, medias blancas y zapatos negros, el bolso del colegio sobre el hombro, sacudiéndose a medida que corría. Erik se mordió el labio, incómodo.
—¡Erik! Estuve aquí hace un momento pero no te vi, así que di una vuelta, ¿dónde estabas? Siempre estás llegando tarde, ¿qué sucede?, ¿todo está bien?
Erik escuchó a sus amigos riendo por lo bajo ante ese acto controlador por parte del muchachito. Los despidió y se alejó lo más rápido posible con Charles. Tenían que hablar, tenía que dejarle en claro que no eran siameses, ni que él era su mascota, ni nada por el estilo, incuso usar la palabra “mejores amigos”, como le gustaba a Charles, era demasiado, porque allí los amigos de verdad eran su padre y el señor Xavier.
—¿Crees que podríamos ir al teatro este fin de semana?
—Charles —comenzó. El chico se detuvo, clavando los ojos sobre él—. ¿Por qué vienes a buscarme siempre?, ¿no tienes amigos en tu curso?
Charles ladeó la cabeza, pensativo.
—Creo que tengo que irme a casa —murmuró.
—No, escúchame, deja de actuar como si fuera la única persona que conoces. Me irrita, vienes todo el tiempo a verme y por un momento está bien, pero tengo otros amigos y no puedo hacer las mismas cosas con ellos que con un mocoso molesto y-
Se detuvo allí, las últimas palabras fueron demasiado. Los grandes ojos del chico anegándose en lágrimas se lo dijeron. Tal vez se había pasado de la raya, pero si era la única forma de hacérselo entender. Al fin y al cabo era un chico simpático, ¿por qué tendría dificultad para hacerse amigos?
—Creo que tengo que irme a casa… —repitió con un hilo de voz.
—Charles, escúchame —dijo Erik acercándosele—. Lo que quiero decir…
—¡Se me está haciendo tarde! —chilló con fingida euforia—. ¡Nos vemos luego, Erik. Adiós!
Se dio la vuelta y mientras corría a toda velocidad hacia si casa, Erik vio que levantaba el brazo izquierda y se llevaba la mano hacia el rostro. Probablemente para secarse las lágrimas.
Erik despertó y segundos después el ruido de un bombardeo a lo lejos se escuchó. Sin embargo, su mente estaba demasiado mortificada para temer por su propia vida. Nunca se había sentido así por nadie.
Notes:
Gracias por leer, comentar o dejar kudo. Todo es bien recibido.
Chapter 3: Quedarse (primera parte)
Notes:
Se pide disculpas por la tardanza. Entiéndase que dependo mucho de la inspiración y antes que entregar cosas mal hechas o escritas a los apuros, prefiero retrasarme. Lidio además con el cambio de fandom (oh, Avengers, cuánto te detesto), pero no olvidar nunca, que Erik/Charles son mi OTP y creo que no podría dejar ninguna de sus historias inconclusas.
Se les agradece su paciencia, su lectura y cualquier señal de que la hayan disfrutado.Un saludo enrome a Bereweillschmidt, que ya me dijo un par de veces lo mucho que le gustó este trabajillo y que como presente de cumpleaños, sólo pidió la continuación. En verdad, Bere, me alegro que te haya gustado y espero que te guste el capítulo~
Chapter Text
“Entonces, lentamente, empieza a apoderarse de mí
una insoportable sensación de desamparo.”
(Gustav Meyrink – El Golem)
Allí cada uno tenía lo suyo según la cantidad de dinero que podía aportar, por eso los Shaw conseguían más yogurt, la carne más sabrosa y otro tipo de lujos de tiempos de guerra. A Emma en realidad todo eso la tenía sin cuidado, no le molestaba ceder su ración de manteca a Erik, o mejor dicho, como todo parecía serle indiferente, en el fondo no le molestaba nada, se aburría y ya. En cambio el señor Shaw siempre hacía todo más complicado.
La situación “afuera” también parecía estar jodiéndose cada vez más: la invasión se tornaba más violenta y muchos judíos estaban siendo deportados a trabajos forzados o a Polonia.
¿Por qué Polonia?, ¿qué diablos había allí? Ese tipo de preguntas se hacían a veces los empleados que trabajaban en el depósito, Edie solía tener la oreja pegada a la puerta para pescar noticias que sólo terminaban causándole mal estar. Erik le prohibió seguir pensando en aquello.
Sin embargo, eso no consiguió demasiado: su madre había perdido demasiado peso y Erik ya no sabía qué hacer para tranquilizarla. Incluso la acompañó más en sus oraciones y lecturas, pero terminó comentándoselo al señor Xavier y afortunadamente, Raven comenzó a quedarse más tiempo en el piso para hacerle compañía y distenderla.
A raíz de eso, decidió dejar de agobiar a su madre y la dejó en compañía de Raven.
* * *
El pesimismo era como el agua: se filtraba por todas partes hasta llegar a él y empaparlo por completo.
Erik permanecía varias horas del día acostado boca arriba en la cama. Miserables horas en las que pensaba que ya sabía que tarde o temprano la Gestapo los encontrarían y llevarían a Polonia o a donde fuera o les darían un tiro en la cabeza para ahorrarse el viaje. Tenía los días contados, sólo estaba prologando lo obvio.
Cuando recién llegó al piso, creyó que viviría muerto de miedo con todo lo que oía en la radio o le contaba Raven, pero para su propia sorpresa, nada de todo eso lo afectó demasiado. Fue esa indiferencia lo que lo hacía sentirse tan poco humano.
También ayudaba el hecho de no emitir palabra alguna, de no interesarse en las ideas de su madre para matar el tiempo como encargarle a Raven alguna revista o volúmenes para aprender equis actividad (ahora los roles de afectado-preocupado se habían invertido). Estaba olvidándose de cómo era ser joven y hablar con otros jóvenes.
Ni siquiera era judío, ni siquiera tenía ese soporte religiosa en el cual refugiarse.
No pertenecía a nada.
Necesitaba hablar con alguien de todo aquello sin que le juzgaran de fatalista o pesimista, necesitaba ser libre de por lo menos expresarse, y allí, a pesar de tener el amor de su madre, no podía.
Siempre tenía que estar subordinado a los adultos, a lo que dijeran y lo que quisieran oír.
—¿Me estoy perdiendo de la fiesta? —susurró una vocecita en la habitación.
Erik dormitaba y Charles se acercó con cuidado, para no asustarlo.
—Erik… Despierta, dice tu madre que no es bueno que duermas todo el día —volvió a intentar.
Abrió un ojo y giró la cabeza, bostezando.
—Charles, ¿qué estás haciendo aquí?
—Raven necesitaba ayuda y me ofrecí. ¿Tú cómo te sientes?, se te nota algo deprimido.
—Pues la guerra es para estar deprimido, Charles —aclaró malhumorado.
Charles se mordió el labio, incómodo y Erik sintió que estaba sucediendo lo mismo que en su sueño-flashback.
—Quiero decir, no encuentro la manera de sentirme mejor, ¿entiendes? —intentó suavizar, cambiando el tono de voz.
—No creo que puedas encontrarla con el señor Shaw cerca. Me han invitado una taza de té hace un momento y… el hombre sigue tan irritante. Pero no puedes dejar que él gane, tienes que sobrevivir; a esta guerra, a esta situación. Piensa que no todos pueden conseguir un escondite.
—¿En verdad crees que estamos a salvo y no nos encontrarán? —cuestionó al borde de la risa.
La mirada del chico se tornó seria y frunció el labio.
—Pues todos los involucrados nos estamos esforzando para que estén bien, así que me gustaría que hicieras el intento y no te muestres así —reprochó.
Resultó extraño ver ese tipo de expresión en Charles o quizá Erik ya no recordaba cómo lucía de niño cuando se enfadaba. Si bien debería mostrarse arrepentido o reflexivo, sólo pudo sonreír a medias porque si había algo que no iba en el rostro de Charles, era el reproche.
—No sé donde viste lo gracioso, Erik, pero es bueno verte sonreí —comentó, luego miró la hora en su reloj y agregó— mira la hora, no me he dado cuenta. Tengo que volver a casa, nos vemos luego, Erik.
Fue hasta la puerta y lo despidió haciendo un movimiento de cabeza.
Erik quedó solo en la habitación. De nuevo y seguiría así hasta que Raven volviera a necesitar de la ayuda de Charles.
Quién sabe cuándo volvería a ser eso.
Suspiró y dio un par de vueltas por la habitación, pensando en las pocas palabras que cruzó con el muchacho.
Tenía razón acerca de todo el trabajo que se tomaron el señor Xavier, Raven y el mismo Charles, que probablemente dejaba de lado cosas mucho más entretenidas e importantes para bajar a ese piso deprimente. Los tres estaban prácticamente arriesgando sus vidas al ocultarlos y en ningún momento Erik vio en sus ojos alguna señal de duda o rencor.
La ingratitud era algo que él detestaba. No debería mostrarse ingrato.
Despertó la mañana del domingo por las risas provenientes de la cocina. Reconoció la voz de su madre, Raven y cuando lo hizo con la de charles, no pudo evitar ponerse de pie de un salto, con el corazón casi latiendo con fuerza.
—Ha sido todo un gusto, señora Lehnsherr —lo escuchó decir con su tono siempre respetuoso, pero dulcemente amigable, como si llevaran de platicar desde siempre—. Nos veremos pronto.
¡¿Ya te vas?!
Aunque en su último encuentro, Erik terminó con un pequeño reproche, le había sentado muy bien. Hacía semanas que no sostenía un diálogo con alguien que no fuera Edie o Raven. Además, el hecho de que Charles no pensara como él le daba dinamismo a las cosas, no era como hablar con uno mismo, no era sentirse casi un demente.
¿Cómo pudo haberlo tratado tan mal antes?
Gruño, más descontento que nunca. Algo no estaba cerrando del todo y no quería perder tiempo en averiguar qué era. A veces parecía que sobraba, pero cuando volvía a caer en la cuenta de la delgada línea entre la seguridad del escondite y el ser descubierto y deportado, Erik estaba seguro de que el tiempo escaseaba demasiado como para desperdiciarlo en divagaciones.
Dio un par de zancadas fuera de su cuarto y cuando quiso darse cuenta ya estaba sujetando a Charles con fuerza, estirando su suéter azul, casi tirándolo al suelo. Las miradas de ambos se cruzaron.
Sus ojos, los de Charles, tan extraños y tan… tan que se clavaban con fuerza sobre Erik. ¿Querían decir algo o todo lo estaba imaginando él?
Charles entreabrió la boca para protestar o preguntar, pero el otro lo interrumpió abruptamente:
—¿Volverás pronto?
Tuvo la sensación de haberlo dicho tan fuerte, que hasta la gente de arriba podría haberlo escuchado. Incluso le causó un imperceptible sonrojo, que se hizo notable cuando los labios del otro se curvaron en una sonrisa triunfal, estilo “ya supuse” mientras entrecerraba un poco los ojos.
—¿Eso te gustaría? —preguntó Charles con un deje tiernamente amistoso.
—No puedes dejarme aquí —respondió Erik evitando la súplica en tono de voz.
Charles se encogió de hombros, dubitativo. Pasaron dos minutos interminables, destructivos.
—Olvídalo —se retractó Erik, sintiéndose humillado ante el futuro rechazo a su patética invitación—. Ni siquiera es que va a ser mejor, sólo es venir a ver a un montón de ratitas escondidas. Olvídalo, ¿bien?
—¿“Ratitas”? —repitió arqueando una ceja—. Erik, voy a venir más seguido, ¿bien? No actúes así o voy a pensar que de vedad eres un chiquillo sin modales.
El muchacho tragó despacio, sintiendo una sensación cálida, que le pareció haber olvidado desde hace meses.
Esta vez sonrió completamente y vio la satisfacción reflejada en los ojos de Charles cuando le dijo:
—Gracias.
