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Never let me go

Chapter Text

 

 

 

 

 

Título: Never let me go

Capitulo: 1/9

Estado: terminado

Número de palabras: 56.806 palabras

Autora: Taolee

Beta: sin betear

Pairing: Dean/Castiel

Personajes secundarios: Sam Winchester, Jessica Moore, Anna Milton, Chuck...

Fandom: SPN. AU

Rating: nc-17

Warnings: ninguno de gran importancia. Lo normal en mí si has leídos fics míos antes.

Disclaimer: Nada me pertenece. Este fic no tiene ánimo de lucro.

Arts: @Persefono

Unas palabras de parte de la autora: Primero de todo, quiero agradecer a Persefono por esos maravillosos arts que ha hecho. He confiado en ella y le he dado libertad para que se dejara llevar por su instinto y el resultado ha sido mil veces mejor de lo que me esperaba. ¡Mil gracias nena, eres la mejor! Segundo; como siempre, os recomiendo que escuchéis la canción que da título a este fanfic porque va a gustaros, y como ya sabéis por mis fic anteriores, me suelo documentar para intentar escribir respetando siempre que lo escrito sea verídico y cierto. Creo que lo he conseguido, no obstante y como ya he dicho antes, no soy historiadora y hace mucho que estudié la revolución industrial en el colegio, así que cualquier error que pueda haber, asumo la culpa y espero podáis perdonarme.

Resumen: En el Londres Victoriano, Lord Dean, duque de Winchester, parece llevar una vida idílica junto a su joven prometida Lady Anna Milton. Lo que nadie sabe, ni siquiera su hermano menor, es que Dean no es tan feliz como intenta hacer creer a todo el mundo. Una serie de acontecimientos en su vida y tras conocer a una persona que posiblemente le haya cambiado la existencia para siempre, Dean tiene que hacer frente a lo que supone en esa sociedad ser un hombre distinto a los demás.

 

 

 

CAPITULO 1

 

 

Los cascos de los caballos repiqueteaban sobre el húmedo pavimento de la calles. Las ruedas del carruaje hacían un pequeño chirrido que estaba poniendo a Dean de los nervios. Miró varias veces por la ventanilla apartando la cortina, intentando ver por dónde iban y si les quedaba mucho.

- Estas nervioso -Anna, su prometida, iba sentada a su lado. Distraídamente le acariciaba la mano intentando infundirle algo de tranquilidad. Ambos llevaban guantes, por lo que pasó más desapercibido que otra cosa, pero el gesto estaba ahí-. Todo va a salir bien, ya verás.

- Lo sé -ladró frunciendo el ceño y mirando de nuevo por la ventana. Si hubiera llevado su pistola consigo, le habría disparado a la rueda para que dejara de hacer ese molesto ruido.

- Eres increíble, Dean -Anna se recostó a su lado y lo tomó del brazo quedándose así el resto del viaje.

- ¿Por qué? -él se volvió para mirarla ya que ella no había seguido con la explicación. Odiaba que lo dejaran a medias. El ostentoso nudo de su corbatín le impidió volver la cabeza como el hubiera querido y gruñó por lo bajo intentando controlar su malestar.

- Has asistido a miles de reuniones importantes. Has conocido a personas célebres y reputadas. Has recibido cientos de conmemoraciones y premios, y siempre te he visto mantener la compostura y el aguante -sonrió-. Menos hoy.

Dean bufó. No estaba de humor para explicarlo, pero Anna estaba siendo muy paciente con él.

- Es la boda de mi hermano pequeño, Anna. Es normal estar nervioso, creo yo. Todo tiene que salir bien.

- Y saldrá bien, Dean. No te preocupes.

Dean asintió con la cabeza intentando creerla. Sam era su único hermano y siempre habían estado muy unidos. Desde que murieron sus padres, Sam era lo único que tenía. Debido a que no se llevaban muchos años de diferencia, ambos habían tenido los mismo tutores cuando eran pequeños y cuando fueron a su primer colegio para jóvenes estudiantes, ambos estuvieron muchos años estudiando juntos. Los cuatro años que se llevaban de diferencia no parecían serlo realmente, porque Sam, desde bien pequeño, siempre había mostrado signos de ser un niño ansioso por aprender cosas nuevas, por eso entró antes en el colegio y en la academia. Cosa que le vino de perlas a Dean porque su hermano era su gran aliado en todos los líos que se metía. Ahora, su pequeñín de casi dos metros iba a casarse y él iba a ser el padrino. Dean no había estado más emocionado en la vida.

- Lo sé -respondió al rato, después de estar un rato divagando. Volvió la cara hacia su prometida y le sonrió-. Todo saldrá bien.

- ¿Sabes? Al principio me ofusqué un poco cuando me pediste que cambiáramos la fecha de nuestra boda con tu hermano, pero me alegro de haberlo hecho. Sam y Jessica se lo merecen.

Dean se volvió a perder en sus pensamientos. Ese día tendría que ser el de su boda. Llevaba meses con la fecha reservada y todo preparado, pero una noche llegó Sam a su casa y le dijo que Jessica estaba embarazada. La alegría no le cabía en el cuerpo a su hermano, pero temía que la sociedad comenzara a hablar mal de ellos, así que Dean les ofreció la fecha de su boda. A ella aún no se le notaría su estado de buena esperanza, y él y Anna podrían esperar unos meses más. Al principio su prometida se enfadó con él porque estaba ansiosa por casarse, pero ese margen de tiempo de cuatro meses le dio la oportunidad a su prometida de poder localizar a algunos de sus hermanos que viajaban por el mundo para que asistieran a su boda, así que todos salían ganando con el cambio.

Ahora había llegado ese momento y le costase admitirlo o no, Dean estaba muy nervioso por todo. Ojalá el día de su boda no tuviera los mismos nervios.

 

 

 

Sam estaba inusualmente tranquilo y Jessica resplandecía de felicidad. Fue una boda sencilla y bonita. Al menos todo lo sencilla que el hermano menor del Duque de Winchester se merecía. La celebración duró horas y durante todo el convite, el vino más caro de la región y el champán más glamuroso traído de Francia corrió a raudales hasta que el último de los invitados pudo abandonar la sala de festejos por su propio pie.

Como la celebración se llevó a cabo en la casa de campo del duque a las afueras de Londres, la mayoría de los invitados se quedaron a pasar la noche. A pesar de ser su propia casa, Dean y su prometida dormirían en habitaciones separadas. No quería ninguna clase de escándalos el día de la boda de su hermano, pero a media noche, cuando fue a acompañar a su mujer a su habitación, ésta lo retuvo.

- Dean -Anna tuvo que ponerse de puntillas para susurrarle al oído y aún así no llegó ni por asomo a su hombro-, pasa la noche conmigo.

- Anna -Dean la abrazó intentando contenerla y que no perdiera el equilibrio-, estás algo achispada y no sabes lo que dices.

Ella lo miró con ojos vidriosos y una sonrisa pecadora en la cara.

- ¿No quieres pasar la noche conmigo?

- No es lo que yo quiera, sino lo que debo hacer -la corrigió.

- Esta noche tendría que haber sido nuestra noche, Dean -volvió a echarle los brazos al cuello para apoyarse sobre ellos-. Quiero hacerlo contigo.

Dean la miró preocupado porque su prometida siempre había sido una mujer recatada y pura. Nunca le había hablado de manera soez ni le había propuesto nada fuera de lo estrictamente debido. Hasta ahora.

- Anna. Estás borracha.

- Quizás -ella le guiñó un ojo-, pero nos vamos a casar en pocas semanas. ¿Qué más dará un poco antes? Yo ya no puedo esperar más.

- Anna, por favor...

- Dean -gimió ella-. Por favor.

Dean se lamió los labios, la cogió de golpe en brazos y abrió al puerta de una patada. Tras él, cerró de nuevo dando un portazo. Si eso era lo que ella quería, él iba a dárselo.

 

 

 

Aterrizaron sobre la cama hechos un ovillo. El pomposo vestido de Anna se arrugó inmediatamente y perdió gran parte de su glamour. Dean estaba sobre ella, con una mano en la espalda intentando desabrocharle el corsé del traje. Quitar tantas capas de tela podía ser agotador, pero él estaba dispuesto a satisfacerla tal y como se lo había pedido. Nunca habían pasado de castos besos e inocentes caricias sobre la tela del guante, eso sí. Ahora era la primera vez que Anna le había pedido semejante cosa y Dean siempre había sido un caballero.

Las enaguas volaron por un lado de la cama y tras él la camisola y las medias. Anna estaba ahora completamente desnuda y a su merced, pero ella no parecía asustada en absoluto. Lo miró a la cara osadamente, mientras lo ayudaba a quitarse la chaqueta y el corbatín, que ya estaba más que torcido. El chaleco y la camisa fueron fáciles de quitar y acabaron revoleados a los pies de la cama. Se maravilló de lo increíblemente bien formado que estaba su prometido, lo fuerte que era y las extrañas sensaciones que le provocaban.

Cuando Dean se quitó las botas y luego el pantalón, quedándose así completamente desnudo, Anna se sonrojó levemente. Nunca había visto a ningún hombre en tales circunstancias y el pudor pudo durante unos segundos con ella, pero lo superó. Ese momento era suyo, Dean iba a ser su marido y eso que estaban haciendo estaba perfectamente aceptado en la sociedad.

Con un renovado descaro, lo miró de arriba abajo y se deleitó con la cintura marcada y fuerte de Dean y con una erección que desafiaba a la gravedad.

Él sonrió para sí al notar que ella había detenido la mirada más de la cuenta en cierta zona vetada para toda mujer honrada.

- ¿Aún quieres seguir, Anna? -Dean estaba de rodillas en la cama. Apenas la rozaba y le estaba dando tiempo a que decidiera en el caso de que hubiera cambiado de opinión.

Anna no abrió la boca. No le hizo falta. Tumbada boca arriba como estaba, sólo tuvo que separar ligeramente las piernas para hacer claro su propósito. No podía haber invitación más clara que esa. Dean sonrió de medio lado y sin esperar más, se tumbó sobre ella. Hacía tanto tiempo que no dormía en la cama con nadie, que por un segundo se sintió un poco nervioso. Esperaba no haber perdido su buena mano.

Hubo un sin fin de besos y caricias y Dean se tomó su tiempo hasta que Anna estuvo preparada. La meció y la besó como si fuera el objeto más delicado y precioso de la tierra. Llevó su mano a la entrepierna de ella y la comenzó a acariciar suavemente, dándole tiempo para que se acostumbrara a esa nueva sensación de intimidad. El cuerpo de Anna comenzó a temblar por la excitación mientras despeinaba a Dean hundiendo los dedos en su cabello. Tenía el cuello echado hacia atrás y se contraía al ritmo de la mano de ese hombre que le estaba enseñando sin duda placeres prohibidos y a la vez increíblemente apetecibles.

Dean supo que ese era el momento. Trepó sobre el cuerpo de Anna hasta colocarse entre sus piernas, obligándola a que le envolviera las caderas con ellas. Con cuidado, se guió entre sus suave pliegues hasta ir deslizándose poco a poco por su estrecho canal. Encontró la barrera que sabía que encontraría, pero eso no le echó para atrás. Respiró hondo para intentar controlarse, y volvió a besarla. Ésta vez fueron besos dados a traición, dispuestos a dejarla totalmente sin sentido y extasiada. Y lo consiguió; Anna se retorcía debajo de él completamente extasiada y deseosa de que ocurriera algo que no sabía qué era. Cuando pensó que jamás lograría lo que buscaba, Dean movió las caderas en un golpe certero, y se abrió paso a través de ella.

Un pinchazo agudo y rítmico la dejó congelada en el sitió. Le clavó las uñas en las espalda mientras pugnaba por respirar. Él la tranquilizó.

- Shhhhh, tranquila -la meció-. En un momento volverás a sentirte como antes.

Anna lo dudaba. Había desaparecido toda esa sensación placentera y apenas era capaz de respirar, no obstante, confiaba en Dean. Él siempre había sido bueno con ella, jamás la había obligado a hacer nada que ella no quisiera y siempre la había respetado y cuidado. Ahora, que era tan importante que conservara la calma y se tranquilizase, ella le haría caso. Y dio resultado; pasados varios minutos, ese malestar pasó, dejando sólo una creciente necesidad que no sabía cómo aplacar. Era absurdo, porque jamás había estado tan cerca de Dean, pero sin embargo ella necesitaba tenerle aún más y más cerca. Movió las caderas intentando hallar alguna explicación a cómo se sentía provocando que Dean resbalara de nuevo dentro de ella.

Los dientes del duque rechinaron por la sensación, y aunque todo su cuerpo quiso seguir adelante, él no lo haría hasta que Anna se lo pidiera, hasta que ella no estuviera completamente segura. Gracias al cielo, la mujer parecía estarlo.

- Dean -jadeó recorriéndole los hombros y los fuertes brazos con las manos abiertas y los dedos estirados y en tensión-. Por favor.

- ¿Quieres que siga? -su voz grave apenas fue un susurro sobre su oído.

- Sí -movió la cabeza apoyándose en ese gesto-. Sí.

Dean la complació. Comenzó a mecerse dentro lentamente, esperando que ella se adaptara totalmente a su grosor y a su tamaño. Cuando notó que todo estaba marchando bien y que Anna cada vez le exigía más y más, Dean hundió la cabeza en el hueco de su hombro y acrecentó el ritmo.

La respiración de ambos se podía oír por toda la habitación, pero sólo fue el gemido de Anna el que se escuchó en medio de la quietud de la noche. Dean intentó acallarla con sus besos, pero fue prácticamente imposible; ella le clavaba las uñas en la espalda haciendo que él perdiera el control. Cuando sintió que Anna se abandonaba a su orgasmo, Dean arremetió con fuerza por última vez dejándose llevar él también por el placer.

 

 

 

La luz de la chimenea confería a la habitación suaves tonos anaranjados.

Dean llevaba prácticamente toda la noche con la mirada perdida en el techo. Desde que Anna había caído inerte entre sus brazos, completamente feliz y saciada, él no se había movido de allí. Podía haberlo hecho, pero quería analizar la situación. No se sentía mal porque en pocos meses se casarían y todo eso estaría permitido, pero no podía abandonar esa sensación de ahogo en el pecho.

Despacio para no despertarla, Dean salió de la cama. Se puso sus pantalones oscuros y la camisola blanca abierta casi sin abrochar. Cogió un candelabro y lo encendió. Sin ponerse las botas ni nada más que lo tapase, caminó obscenamente hacia su despacho donde sabía que Sam guardaba el whisky que le habían regalado por su boda. Cuando llegó, dejó la luz sobre el escritorio y caminó hacia el mueble bar.

La primera de las copas se la tomó allí mismo, sin sentarse y sin esperar a saborear ese increíble sabor. La segunda copa corrió el mismo camino y apenas duró un par de segundos en sus manos, al igual que la tercera. La cuarta no tuvo mejor suerte y también, cuando se la terminó de beber, se quedó mirando el finísimo cristal entre sus manos grandes y toscas. Abandonó el vaso a un lado y cogió directamente la botella. Con ella en una mano caminó hacia el sofá que daba a la gran cristalera del jardín y se sentó para beber a gusto sin que un simple vaso de cristal le recordarse cuántas llevaba.

Pensaba que todo eso había quedado atrás, que había podido acallar y matar los fantasmas del pasado, pero no fue así. Esa noche, cuando había estado haciéndole el amor a Anna, habían vuelto y esta vez más fuertes que nunca. Sentimientos que hacía años que no sentía se instalaron de nuevo en él. Desde que era pequeño había estado luchando contra esa sensación y se auto convenció de que sólo era un capricho de su mente hastiada, pero cuando creció y empezó a conocer mundo, pensó que estaba enfermo, porque comenzó a sentir cosas que estaban prohibidas, que no podían estar sucediéndole a él. Había luchado contra eso toda su vida, y había logrado controlarse la mayoría de las veces. Hasta ahora. Yacer de nuevo en la cama, dejarse llevar por la pasión, sólo había servido para recordarle que por mucho que lo intentase, a él jamás le gustaría las mujeres. Las amaba, sí. Las quería, las admiraba, las entendía, pero jamás lograría sentir por ellas lo que sentía por los hombres.

Estaba enfermo, sí. Al menos eso pensaba él. Nunca se lo había dicho a nadie. Ni siquiera a su hermano. Y la sociedad londinense tampoco podía sospechar si quiera lo que le pasaba, porque ellos jamás perdonaban, porque su familia y su título caerían en una tremenda desgracia de la que jamás se recuperarían. Por eso, cuando había sido más joven, había salido obligatoriamente con los jóvenes lores del momento a los sitios de moda para acallar sospechas. Disfrutó de los servicios de las cortesanas lo justo y necesario para que todo el mundo pensase que era como los demás.

Cuando conoció a Anna, muchos años atrás, supo que ahí estaba su salvación. Ella, tan discreta y femenina, tan educada y noble, jamás le pediría nada hasta que no fuera el momento oportuno para ello. Por eso su noviazgo había sido tan largo. El duque de Winchester era la envidia de todas las madres casaderas de la sociedad, porque ante los demás, era el marido perfecto, paciente y comprensivo, que toda madre quiere para su hija debutante. Ahora había llegado el momento. Si no se casaban pronto, la gente comenzaría a sospechar y Anna comenzaba a impacientarse. Además, necesitaba un heredero que heredara su título y sus propiedades. Ya tenía treinta y cuatro años y quería ver crecer a su hijo antes de ser un viejo decrépito y amargado.

Sí, había llegado el momento y había pensado que ya estaba preparado tras llevar años y años centrándose en su deber de novio, pero no había sido así; en cuanto probó de nuevo lo que era esa indescriptible sensación, imágenes que no debía de tener volvieron a su cabeza. No podía evitarlo, y sabía que estaba maldito. Sólo esperaba que con los años y tras casarse, todo eso desapareciese. Tenía que hacerlo, porque no podía seguir luchando más contra ello.

Sin ser consciente de que se había bebido la botella entera, Dean cayó profundamente dormido sobre el sofá mirando al ventanal. No podía hacer otra cosa. No podía librarse de eso y ojalá pudiese porque sabía que su vida acabaría mal tarde o temprano.

 

 

 

La mañana amaneció soleada y brillante. Algunos invitados ya habían vuelto a sus casas, pero otros muchos se quedarían para terminar de pasar el fin de semana en la casa de campo de los Winchester aprovechando su generosa hospitalidad. Justo antes de la comida, varios grupos de mujeres paseaban por los jardines de la casa mientras los hombres charlaban y fumaban en la terraza. Dean pasaba de esas charlas porque sabían que tarde o temprano acabaría en política, le preguntarían por qué había abandonado su puesto en la cámara de los lores, y Dean no tenía ganas de hablar de ese tema. Paseó por el jardín buscando a su prometida. Intentó protegerse de los rayos del sol que le taladraban las pupilas y le proferían un terrible dolor de cabeza, gran parte de culpa era sin duda por el alcohol ingerido la noche anterior.

Localizó a Anna al fondo del jardín, mientras disfrutaba de su paseo mañanero con su cuñada Jessica. Dean caminó hacia ellas.

- Pensé que sería imposible verte más hermosa que ayer, Jessica -Dean llegó hasta ella y le besó la mano-, pero hoy estás más bonita que el día de tu boda. Compadezco al pobre de mi hermano porque podrás hacer con él cualquier cosa.

Ambas mujeres sonrieron encantadas.

- Eres un zalamero -Jessica no podía dejar de sonreír por las palabras de su cuñado-, pero te acepto el cumplido.

Dean se inclinó cortésmente para aceptarlo y luego se volvió hacia su prometida cogiéndole la mano y besándosela.

- Querida -se irguió volviendo a su postura original-. Al igual que a mi querida cuñada, tu belleza no tienen parangón y me dejaré hacer cualquier cosa que digas.

Anna enrojeció y Jessica rió complacida sabiendo las dobles intenciones de Dean. Los hermanos Winchester era así y al principio a ella misma le había costado acostumbrarse a esa franqueza, pero ahora mismo no la cambiaría por nada del mundo.

- Dean... -susurró ella escandalizada.

- Os dejaré hablar a solas -Jessica tomó el cesto de las manos de Anna y desapareció al fondo del jardín-. Búscame cuando acabes, Anna.

Ambos la vieron desaparecer a lo lejos, entonces Dean se volvió hacia ella.

- Quería preguntarte si estás bien -la voz de Dean dejó de ser tan jovial como antes, señal de que estaba preocupado.

Anna enrojeció y apartó la mirada desviándola hacia la lejanía.

- ¡Dean! -lo regañó-. No debemos hablar de estas cosas en público.

- Nadie va a oírnos -zanjó él-. Sólo quiero cerciorarme de que todo va bien.

Ella asintió azorada. A pesar del alcohol, recordaba perfectamente todo lo acontecido la noche anterior y se ruborizaba por ello porque se había dejado llevar por sus más bajos instintos.

- Estoy bien -acabó respondiendo-. Gracias por tu preocupación.

Dean apretó la mandíbula. Sabía que a las mujeres de buena familia les costaba hablar de esos temas, pero veía estúpido ese comportamiento. Se despidió de ella con una reverencia y caminó por el jardín de vuelta a la casa. A mitad de camino su hermano lo asaltó.

- Imagino que has sido tú el que se ha bebido sin piedad la botella del mejor whisky que me habían regalado.

Dean no detuvo el paso, ni siquiera le respondió. Tenía ganas de volver al despacho y seguir bebiendo.

- Dean -Sam lo detuvo agarrándole del brazo-. ¿Estás bien?

- Estoy bien -respondió cuando no pudo seguir caminando. No quería montar una escena allí en medio del jardín y el día después de su boda. Además, ¿qué iba a decirle? ¿Que no tenía que haber hecho el amor con su futura esposa? ¿Que parecía que ella lo odiaba? ¿Que era homosexual? Decidió intentar una conversación que distrajera a su hermano-. ¿Qué tal tú? ¿Vais a iros al final de luna de miel?

- Jess está de casi cinco meses y creemos que no es bueno que se canse sin necesidad, así que nos quedaremos aquí en la casa de campo si te parece bien.

- Claro, Sam. No tienes que preguntarme, ya lo sabes.

Sam asintió no esperando menos de Dean. Él, a diferencia de su hermano, no tenía títulos ni nada destacable. Era el segundo varón de una familia que había delegado todos sus poderes y bienes al primogénito de la familia. Pero lo entendía porque era así como tenía que hacerse. No obstante, siempre que quería disfrutar de la casa de campo, le pedía permiso a Dean puesto que por herencia, era más suya que de él.

- Gracias.

- No las des. Voy a estar muy ocupado con los preparativos de la boda, y eso que de todo se está encargando Anna. Yo sólo tengo que darle mi visto bueno, y me parece agotador.

Sam asintió comprendiendo el estado de su hermano.

- Tienes que tomártelo con calma, Dean. Ya queda muy poco para vuestra boda. Ya verás lo felices que vais a ser. Lo sé.

Dean quiso sonreírle, pero el gesto se le quedó atascado en la cara. Se despidió de él con la primera excusa que encontró y caminó rápido de nuevo hacia la casa. Una vez allí se encerró en el despacho y siguió bebiendo. Bebería hasta que cayera redondo o hasta que su cuerpo no pudiera soportarlo más. No quería saber nada del mundo ni de él mismo.

 

 

 

Los preparativos de la boda y los imprevistos de última hora mantuvieron al duque de Winchester y a su prometida ocupados durante los siguientes meses. Jessica dio a luz una niña preciosa a la que llamaron Diana, como la abuela de Sam y Dean y todo parecía marchar según lo previsto.

- Anna -Dean se sentó a la mesa donde su prometida lo esperaba para cenar. Estaban en uno de los restaurantes más caros de la ciudad y había quedado con ella para ultimar las cosas antes de la ceremonia. Al siguiente fin de semana tendría lugar el enlace y querían que todo estuviera más que revisado-. He repasado tu lista de invitados.

- Ahá -ella le sonrió mientras aceptaba el plato que le traía el camarero-. ¿Hay algún error? ¿Me he olvidado de alguien?

Dean levantó la vista de la hoja que tenía delante y sonrió.

- Querida, según este papel, te has olvidado del noventa por ciento de tu familia.

- Ah, eso -ella le restó importancia con la mano y hundió su cuchara en la sopa para empezar a comer-. No hay ningún error. Sólo vendrán un par de tías carnales que tengo en Cornualles y un primo lejano mío por parte de madre.

- ¿Y tus hermanos? Me dijiste que tenías muchos hermanos.

- Y así es, pero es imposible dar con ellos -se limpió los labios con delicadeza con la carísima servilleta y miró a su marido-. Mi hermano mayor, Lucien, tiene una ruta comercial que va desde el sur de Inglaterra hasta Asia. Su barco “Lucifer” es muy temido en muchos mares y ¿te digo la verdad? Me lo creo. Hace años que no le veo, pero le recuerdo de cuando era pequeña y créeme, daba mucho miedo.

- Vale -Dean le agradeció a su esposa su buen criterio-. ¿Y el resto?

- Michael, el siguiente en la lista, murió cuando yo era una niña y no le recuerdo bien. Mi nana siempre pensó que lo mató mi hermano mayor, pero nunca pudieron demostrar nada. Desde entonces comenzaron a llamar a Lucien por el nombre que le puso a su barco, Lucifer. Es curioso, ¿verdad?

Dean sólo pudo parpadear ante las palabras de ella. Empezaba a tener miedo y eso en él era raro, habiendo servido a la patria siendo un muchacho y haberse enfrentado a muchas cosas, pero jamás iba a estar preparado para aceptar que la familia de su mujer parecía haber salido de la boca del infierno.

- Anna -atinó a decir-, dime que el resto son normales, por favor.

Ella sonrió encantadora.

- Lo son. Gabriel es actor y trabaja en una prestigiosa compañía de teatro de París. Recuerdo cuando le dijo a mis padres que quería dedicarse a eso.

Con la mala fama que tenían los actores y el tipo de vida que llevaban, se podía esperar lo peor.

- ¿Qué pasó? -preguntó curioso.

- Pues imagínatelo. Se enfadaron muchísimo con él y no volvieron a hablarle en la vida. Y no lo hicieron. Mis padres murieron en aquel accidente sin perdonar a su hijo.

Dean aún no había empezado a cenar pero ya le estaba empezando a sentar mal.

- ¿Y no viene Gabriel a la boda, entonces?

- Le mandé una carta, pero tiene una gira muy importante que no puede aplazar -ella comenzó a comer de nuevo-. Me ha dicho que nos hará una visita en cuanto tenga un hueco.

- Bien -Dean apuntó mentalmente estar lejos esos días por si acaso-. ¿Nada más?

- Y me queda mi hermano Castiel. Es un devoto que ha consagrado su vida acciones de buena fe.

Dean levantó una ceja.

- ¿Es cura?

Anna se encogió de hombros.

- No sabría decirte, hace mucho que no le veo. Para mí de todas formas siempre lo ha sido. Cuando éramos pequeños era el único que ponía paz entre mis hermanos.

Dean tragó la saliva que se le había acumulado en la boca pensando que no debió de hacerlo tan bien cuando se rumoreaba que Lucien, alias Lucifer, había matado a su hermano Michael.

- ¿Y va a venir?

- Le mandé una carta a la última dirección que me dejó escrita, que es un convento en Inverness, pero sé que solía salir de peregrinación y a hacer retiros espirituales, así que no sé si le va a dar tiempo de leer mi carta cuando regrese.

Dean dobló el papel y lo dejó a un lado para hincarle el diente a la comida a pesar de que ya no tenía tanta hambre.

- Debo admitir, Anna, que siempre logras sorprenderme.

Ella sonrió, levantó su copa y ambos brindaron por la vida que les esperaba juntos.

 

 

 

Apenas cuarenta y ocho horas antes de la boda, la casa del duque de Winchester era un hervidero de movimientos y arreglos de última hora. Todo tenía que estar perfecto y para ello se había contratado más servicio para ese fin de semana con el fin de que no quedara nada al descubierto.

Dean se había levantado pronto esa mañana. No estaba especialmente nervioso con los preparativos porque sabía que su prometida se estaba ocupando de ellos con la ayuda de un centenar de mujeres más. El evento no podía estar en mejores manos. La razón por la que se había levantado tan pronto a pesar del ruido fue su maldita cabeza. Sus pensamientos le había despertado de madruga y ya no había podido volver a dormirse. Había permanecido en la cama intentando acallar esa amarga sensación de su cuerpo. Llevaba tanto tiempo controlando sus deseos... y una sola vez que se acuesta con su prometida valió para que el dique se rompiera y diera paso a un montón de sentimientos insatisfechos y de recuerdos agridulces.

Recordó cuando estuvo en la academia para jóvenes lores con quince años. Con esa edad ya sospechaba que algo no andaba bien en él porque no se sentía igual que los demás chicos de su colegio, y para más inri, comenzó a gustarle un muchacho de su clase de matemáticas. Nunca se lo confesó a nadie, ni siquiera al chico en cuestión. Dean se limitó a pensar en él de maneras que no lo había hecho con ninguna otra persona antes. Y tenía sus razones; él no era un suicida. Sabía cómo trataban a los chicos que eran “raritos”. Se metían con ellos en el colegio y les hacían fechorías de todo tipo. Incluso uno de ellos del primer año intentó suicidarse. Eso le sirvió a Dean para no confesar su secreto jamás a nadie. Si su padre se llegara a enterar, el ex militar y nuevo duque de Winchester, era muy probable que lo matara a palos. John no se andaba con chiquitas y Dean sabía de sobra que su padre haría cualquier cosa para mantener el buen nombre de la familia.

Cuando comenzó a cursar sus estudios superiores, Dean ya estaba acostumbrado a no mirar a nadie, no fijarse en ningún otro chico que pudiera hacer tambalear la frágil urna donde había escondido lo que realmente era. Pero ésta vez un chico se fijo en él. Era casi tan alto como él, con el cabello rubio y los ojos negros. Estuvieron tonteando un par de veces, pero entonces se dio cuenta que las intenciones de ese chico no eran otras que la de ridiculizarle en público, así que esa noche en el patio del colegio, ante la mirada de sus compañeros de clase, Dean le dio una paliza bajo la lluvia mientra le gritaba que había estado jugando con él para descubrir sus pensamientos inmorales. Tuvo que insultarle y reírse de él por ser homosexual. Lo llamó desviado y enfermo y con cada palabra que salía de su boca, más se hundía él en la miseria. Tuvo que hacer eso que hizo por cuestión de supervivencia. Era él o el otro, y Dean no estaba dispuesto a dejarse hundir así. Siempre había sido un luchador en todo menos en sus sentimientos. Y desde esa noche en que sus compañeros de clase lo vitorearon y lo sacaron en volandas del patio por haber puesto en su lugar a un invertido, Dean decidió esconder sus sentimientos y no dejarles salir nunca.

Hasta ahora.

Anna era su salvación. Era joven, atractiva e inteligente. Le daría hijos sanos y hermosos que heredarían su título y Dean se volcaría en darles lo mejor y prepararles un buen futuro.

Con esa visión en su cabeza, se levantó de la cama, se aseó y se vistió sin su ayuda de cámara, ansioso como estaba de llegar a su club y evadirse un rato de los recuerdos que había tenido la pasada madrugada.

Cuando salió de su dormitorio, vio a un grupo de doncellas pasar junto a él todas cargadas con sábanas limpias para las habitaciones de invitados. Él las saludó cortésmente y ellas respondieron con torpes reverencias y más de una se ruborizó. Dean sonrió y caminó hacia la escalera mientras se terminaba de poner bien el corbatín. Esa horrible prenda le amargaba todos los días y ojalá esa infame moda de ese pañuelo grande y apretado al cuello pasase ya de moda.

Al llegar a la escalera se detuvo antes de bajar. Se paró y bajó la vista para divisar desde el piso superior todo el ajetreo de la planta baja. Entonces le vio. En la entrada, parado al lado de la puerta, un hombre con los ojos más azules del mundo entero lo miraba fijamente. Dean sólo pudo devolverle la mirada casi extasiado. No supo cuánto tiempo estuvo así, perdido en esa mirada. Al otro parecía sucederle lo mismo, porque no podía apartar los ojos de él. A pesar de haber más de veinte personas alrededor vociferando y armando jaleo, para ellos dos de pronto sólo quedó el silencio y ambos ojos mirándose detenidamente.

- ¡Dean! -la voz de Anna sobresalió del ruido del ambiente y captó la atención de Dean-. Baja, tengo que darte una buena noticia.

Dean no había localizado a su prometida. Pequeñita como era, podía estar oculta detrás de un jarrón que no la vería ni buscándola. A regañadientes, comenzó a bajar por la escalera. Sólo esperaba que al llegar abajo el extraño no se hubiera evaporado. Tenía que saber quién era, cómo se llamaba, qué hacía allí. Por lo poco que pudo apreciar de su indumentaria, parecía ser uno de los camareros que servirían las mesas de la ceremonia. Temeroso por perderle el rastro, Dean bajó de tres en tres los escalones hasta llegar abajo.

- Cariño -Anna llegó hasta él abriéndose paso entre la gente-. Quiero presentarte a mi hermano Castiel.

Dean giró la cabeza hacia donde le señalaba Anna. A su lado estaba el misterioso hombre de ojos azules. No, no podía ser.

- Castiel, éste es mi prometido, el duque de Winchester.

Castiel parecía igual de sorprendido que Dean, incluso algo más. Anna tuvo que llamarle la atención a ambos cuando vio que ninguno respondía.

- ¿Hola? -agitó las manos delante de las caras de los dos hombres-. ¿Estáis bien?

Dean fue el primero en reaccionar.

- Lo siento -se disculpó volviéndose y sonriendo hacia su prometida. Luego se giró hacia Castiel-. Castiel, es un honor que puedas asistir a nuestra boda y me alegra mucho que hayas podido llegar a tiempo. Tu presencia significa mucho para mi prometida.

Castiel tardó en responder. Se aclaró la garganta y finalmente aceptó la mano que le tendía el Duque.

- El placer el mío y quiero daros las gracias, milord, por aceptar mi presencia en vuestra ceremonia -la voz del hombre era grave y sensual, y destrozó todos los muros que Dean había estado construyendo en su mente durante años.

- Oh, qué formal eres. Puedes llamarle Dean -Anna se enganchó al brazo de su hermano y lo zarandeó para que reaccionara. Luego se volvió hacia su prometido-. Dean, ¿podrías acompañar a mi hermano a comprarse algo de ropa? Lleva tanto tiempo viviendo en el campo que no sabe que lo que lleva puesto aquí en Londres no se usa ni para limpiar los arneses de los caballos.

- No sé si tendremos tiempo, Anna -Dean la miró mucho más serio que antes.

- Oh, lo siento. ¿Tenías planes?

- Anna -Castiel decidió intervenir porque no quería que se pelearan por su culpa-. El duque tendrá que hacer mil cosas. No te preocupes, me las apañaré. Buscaré...

- No -Dean no le dejó terminar-. Me habéis interpretado mal. Quiero decir, que en menos de cuarenta y ocho horas no se puede hacer un traje de caballero, Anna. Y mucho menos sin que el sastre haya trabajado con él antes.

- Oh, vaya -Anna no había caído en ello-. ¿Crees que le podría servir uno tuyo?

Ambos hombres la miraron casi sin pestañear, pero ella siguió hablando ilusionada sin darse cuenta de la cara de ambos.

- Sé que tú eres más ancho de espalda, Dean, pero estoy segura de que tendrás algún traje que te esté algo más estrecho de lo normal.

- Tendré que preguntarle a mi valet -fue todo lo que Dean atinó a decir.

- Perfecto -Anna se volvió hacia su hermano-. Me voy a revisar que el pedido de flores esté como yo lo encargué. Te dejo en buenas manos -luego se volvió hacia su prometido-. Cuida de él. Os veré en la cena.

Anna se alejó de ellos perdiéndose entre la gente que abarrotaba la entrada y que parecían ir a todas partes a la vez. Ellos dos se quedaron solos entre esa marabunta que se movía frenética alrededor. Dean fue el primero en reaccionar.

- Vamos a buscar a mi ayuda de cámara. Tiene que estar en mis aposentos.

Castiel asintió y lo siguió mientras Dean comenzaba a subir la lujosa escalera de mármol que conducía la piso superior. Al llegar a la segunda planta, ambos fueron a la par hablando.

- No tiene que hacer nada de esto por mí, milord -Castiel miraba las paredes mientras hablaba-. Estoy seguro de que está muy ocupado y yo puedo buscar a otra...

Dean se paró en seco, lo agarró del brazo y lo obligó a detenerse a su lado. Durante un par de segundos ambos mantuvieron las miradas sin decir nada. Castiel era bien consciente de esa mano que le apretaba el brazo sin llegar a hacerle daño. Dean le transmitía un calor que le estaba invadiendo el cuerpo.

- Llámame Dean -respondió con aspereza-. Y no es ninguna molestia. Ahora ya eres parte de mi familia.

Castiel asintió inmediatamente. El tono de Dean había sido demasiado autoritario para su gusto y, aunque no lo conocía de nada, sabía por experiencia que los hombres de clase alta con títulos nobiliarios a su cargo solían tener un carácter tosco e impredecible.

Cuando llegaron al vestidor del duque, Castiel no pudo evitar mirar la habitación con admiración. Jamás había visto tantos trajes juntos. Y no trajes cualquiera, sino trajes de excelentísima calidad.

El ayudante de cámara apareció en seguida por la puerta que comunicaba con la habitación del duque.

- ¿Me buscaba, milord?

- Sí -Dean se quedó mirando los hombros de Castiel y luego miró a su ayuda de cámara-. Necesito que me busques ese traje que me hice a principio de años y que me quedaba demasiado estrecho y no me lo he podido poner nunca.

- Sí, milord.

Pensando que el hombre tardaría años, Castiel se echó a un lado apoyándose casi en la pared para dejarle hacer su trabajo, pero el ayudante de cámara no necesitó ni cinco segundos para localizar la prenda deseada. Con una elegancia estudiada durante años, descolgó la percha de su sitio y se la enseñó al duque.

- ¿Ésta, milord?

Dean asintió complacido.

- Sí, gracias, Chuck. Siempre tan eficiente cuando se te necesita.

El ayudante sonrió, complacido por las palabras del duque.

- ¿Puedo ayudarle en alguna otra cosa?

- Sí; necesito que busques complementos para este traje. Todo lo que vaya a necesitar mi cuñado para la boda. Nosotros estaremos aquí mientras.

- Volveré lo antes posible, milord -el hombre hizo una pequeña reverencia y tras dejar el traje sobre un diván, salió de la habitación cerrando lentamente tras él.

Dean se acercó hacia el traje, lo cogió y se lo tendió a Castiel.

- Pruébatelo.

Castiel miró el brazo extendido y tardo varios segundos en aceptar el traje. Luego localizó un biombo con la mirada y se refugió detrás. Dean sonrió, se sentó en el diván y esperó.

- ¿Por qué te compraste un traje que te estaba pequeño? -Castiel intentó darle conversación mientras se quitaba la ropa. Se sentía incómodo en esa situación e intentó relajarse.

- Me lo hizo un sastre nuevo que me aseguró que esa sería la nueva moda y que me quedaría como un guante.

- Y se equivocó.

- En realidad no; el traje me quedaba como un guante en el sentido más literal -bromeó-, pero no podía ni respirar con él. No he vuelto a encargarle más trajes.

Castiel ya se había quitado su ropa y cogía con cuidado esa carísima tela.

- ¿Y por qué no le pediste que te lo arreglara? -teniendo la vida que tenía, no se podía imaginar derrochando tanto dinero así como así.

- Porque iba a gastar más dinero y tiempo haciendo eso que empezar con un traje nuevo -Dean se levantó del diván. Empezaba a impacientarse-. ¿Cómo vas? ¿Necesitas ayuda?

Sin poderlo evitar, el corazón de Castiel comenzó a bombear más rápido. Se imaginó al duque entrando ahí y... tenía que deshacerse de esos pensamientos cuanto antes.

- Sí, sí. Voy -se abrochó el último botón de la camisa y se puso la chaqueta a toda prisa para salir de detrás del biombo.

Dean lo vio salir y se lo quedó mirando, analizando cómo le quedaba la prenda. Unos golpes en la puerta anunciaron la llegada de Chuck, que traía en las manos todo lo que Castiel iba a necesitar para el nuevo traje.

- ¿Quiere que me encargue yo de ayudarle, milord?

- No. Puedes irte. Gracias, Chuck.

El hombre hizo otra reverencia y se fue por donde había venido. Dean se volvió hacia el diván donde su ayuda de cámara había dejado las cosas. Cogió un pañuelo y se acercó para colocárselo. Tuvo que acercarse demasiado para hacerlo y pasarle los brazos alrededor del cuello. Cuando se lo ató en un engolado nudo, dio dos pasos hacia atrás para ver el resultado.

- No me gusta cómo queda el color del pañuelo con el traje -se echó a un lado para que Castiel se viera en un espejo que había al otro lado de la pared-. ¿Cómo te ves tú?

Castiel no se veía, sencillamente. Jamás había llevado nada tan caro sobre su cuerpo y se sentía extraño y acartonado.

- No... no estoy acostumbrado a llevar nada de esto -admitió.

Dean sonrió.

- No te preocupes. En cuanto lleves dos copas encimas, no notarás que apenas puedes mover el cuello -entonces hizo un gesto con la cara y se quedó mirándole la mandíbula-. Creo que mi pañuelo te vendría mejor a ti.

Y sin decir nada más, comenzó a quitarse el pañuelo del cuello y se lo puso a Castiel. En seguida, el aroma de Dean lo envolvió todo. Castiel hizo un gesto con la boca, intentando respirar a través de ella para no olerle.

- ¿Aprieto demasiado?

Castiel negó rápidamente con la cabeza.

- No. Está bien. Es que nunca he llevado nada encima tan valioso.

Cuando acabó, se echó hacia atrás para ver el resultado.

- Mucho mejor este color, sí. Ahora los guantes.

Castiel pensó que se los tendería y él mismo se los pondría, pero no; el duque parecía ser el ayudante de cámara perfecto. Le cogió una mano y lentamente comenzó a deslizar la carísima tela sobre sus dedos. Castiel sólo pudo dejarse hacer. No quería decirle que no al duque por temor a que se lo tomara como una ofensa. Ciertamente ese no era su trabajo y sin embargo lo estaba haciendo, así que guardó silencio mientras duró todo el proceso.

Para Dean fue un suplicio tocar esas manos. Jamás había visto unos dedos tan largos y elegantes. Se notaba que había trabajado con ellas porque tenían algunas cicatrices y estaban morenas y curtidas, aunque perfectamente pulcras con la uñas limpias y cortas.

El segundo guante le costó la misma vida ponérselo porque ya le temblaba la mano. Su mente había empezado a jugarle malas pasadas y había comenzado a temblarle el pulso. Cuando terminó, el segundo guante no había quedado tan bien colocado como el primero, pero podía valer.

- Creo que estás perfecto -Dean lo miró desde el espejo para observar el conjunto final-. Te valdrán unas botas mías, y tengo sombreros y bastones para aburrir. Podrás elegir el que quieras.

Castiel no se veía con un bastón y mucho menos con un sombrero, pero no le dijo nada. Se limitó a asentir, aún mareado por el olor del pañuelo de Dean.

- Pues ya está. ¿Quieres que te enseñe algo más?

- No -esa respuesta tan rotunda hizo que Castiel se mordiera el labio. Ya estaba detrás del biombo y las manos le temblaban intentando desatarse el pañuelo. Se aclaró la voz e intentó explicarse lo mejor que pudo-. Quiero decir; tengo que orar. Cumplo una plegaria y rezo varias veces al día.

Esa respuesta fue como un jarro de agua fría para Dean. Entonces era cierto; Castiel era religioso. Apretó la mandíbula y asintió aún sabiendo que Castiel no podía verle.

- Bien. Te veré en la cena, entonces -y sin decir nada más, abrió la puerta y la cerró de un portazo.

Castiel oyó el golpe y sabiendo que estaba solo, dejó de caer la cabeza sobre la tela del biombo. Éste se bamboleó un poco pero no se cayó. Una sensación de ahogo le impedía respirar con normalidad y nada tenía que ver con el pañuelo del cuello.

Se desnudó a toda prisa, dejó la ropa bien puesta sobre el diván y buscó a alguien que lo pudiera guiar a su habitación. Una vez allí, se encontró su pequeña maleta sobre un baúl a los pies de la cama. La abrió, sacó un rosario y tras ponerse de rodillas delante de la ventana, comenzó a rezar. Tenía que apartar esos pensamientos de su cabeza cuanto antes.