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Un problema de faldas

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No es algo en lo que Kageyama piense demasiado.

A veces, es Hinata quien la espera a la salida del aula, si tuvo la suerte de tener clase con Nishimoto, siempre ansioso por deshacerse de sus alumnos. Constantemente cambiando el peso del cuerpo de un pie a otro, como si estuviera a punto de saltar para golpear la pelota y cómo te tardas, Kageyama, hace tres horas que estoy acá. Otras veces es Kageyama quien espera ante la puerta del aula de Hinata, mientras ésta es retenida por algún profesor que la reprende por estar otra vez distraída en clase o, en ocasiones, por tal o cual compañera que se muere por contarle algo súper importante que no puede esperar hasta después del almuerzo. Si es lo último, al menos Kageyama sabe que en cuanto la chica en cuestión la vea esperando fuera, con el ceño fruncido y los brazos cruzados, súbitamente recordará que no era tan urgente después de todo y dejará ir a Hinata en paz.

—Kageyama, realmente la asustaste a Mito con esa cara que le pusiste. Ella sólo quería contarme del nuevo CD que le regalaron.

Nací con esta cara —replica invariablemente, para diversión de Hinata —. No es mi culpa si tus compañeras son todas cabeza-huecas como tú.

Hinata suelta un bufido de gato enojado (Kageyama tiene conocimiento de causa: siempre provoca esa reacción en los gatos) pero se distrae de su indignación muy fácil para discutir sobre una nueva jugada que podrían probar en el próximo entrenamiento o para meter las narices a ver qué trae el bento de Kageyama, como si no comiera casi todos los días más o menos lo mismo.

De vez en cuando, sin embargo, lo primero que ve Kageyama al salir del aula no es una pelambre naranja indomesticable perteneciente a una chica incapaz de estarse quieta y que empieza a disparar setecientas palabras por minuto apenas la ve.

De vez en cuando, es un chico.

El tipo varía. Generalmente son altos, aunque una vez hubo uno más bajito que Noya y Hinata, la muy caradura, se rió por semanas.

Algunos están serios y callados, con cara de susto; otros la esperan con una sonrisita de suficiencia y guiñándole un ojo. Las más de las veces hay un grupo de sus amigos unos pasos más lejos, cuchicheando y codeándose sin que ella entienda por qué. Es para darle apoyo moral le explicó Noya una vez. Las chicas también lo hacen cuando van a encarar un chico.

Y quién puede culparlos por necesitar el apoyo moral con la cara que les pones, ¿verdad? agregó Tanaka, siempre tan servicial.

Kageyama nunca ha ido a encarar a un chico y sinceramente, le gustaría ahorrarse la experiencia de que la vayan a encarar a ella.

Total, que siempre sale más o menos igual:

—Kageyama-san, pensaba que tal vez… Que a lo mejor querrías… eh, ¿sentarte con nosotros para almorzar? ¿Te gustaría?

—No, no particularmente.

O bien:

—Kageyama-san, esos libros se ven muy pesados…

—…para algo hago pesas.

O si no:

—¿Sabes, Kageyama? En el cine de la galería están dando la segunda parte de Panda Warrior, a ti te había gustado la primera, ¿verdad?—Un asentimiento leve por parte de Kageyama provoca una sonrisa que casi le parte al chico la cara en dos —. ¿Te gustaría ir a verla este fin de semana?

Kageyama inclina la cabeza a un lado, pensativa.

—Bueno… sí, me gustaría. Hinata —La chica, como siempre en estos casos, está parada a unos pocos pasos de ellos para hacer de cuenta que les está dando algo de privacidad pero sin perderse palabra. Al escuchar su nombre da un respingo y finge muy mal no enterarse de qué va la cosa —, ¿quieres ir al cine este sábado después del entrenamiento?

Más tarde, cuando el chico en cuestión se aleja cabizbajo para que sus amigos le palmeen la espalda, Hinata chasquea la lengua con desaprobación, como si fuera su tía abuela de ochenta y cinco años.

—Kageyama, eres tan cruel con los chicos que te invitan.

Ella se encoge de hombros.

—¿Preferirías que me vaya a almorzar con alguno de ellos en vez de entrenar contigo? ¿O quieres ir a ver Panda Warrior sola con Natsu?

—Bueno… no, claro que no. Pero, no sé, aunque sea podrías dejarles que te llevaran los libros…

—¿Para qué? Seguro que yo hago más ejercicio de pesas que ellos.

Hinata resopla, sacudiendo la cabeza en un gesto que es casi de cuerpo entero, y su pelo, cuando no está constreñido por las dos colitas y la media docena de hebillas que usa para entrenar, sale disparado en todas direcciones.

—¡Ése no es el punto, Kageyama-idiota!

(Siempre lo dice así, como una palabra compuesta, como ella la llama cabeza-hueca-Hinata).

—¿Y cuál es el punto, oh genio?

—¡Que lo hacen porque quieren ser amables contigo! Es, no sé, ¿algo lindo? Que un chico te esté esperando a la puerta del aula, que se ofrezca a acompañarte y te lleve los libros… Es como en las películas. Significa que les gustas.

—Pero ellos no me gustan a mí así que, ¿qué importa?

Hinata suelta un suspiro trágico como cuando la entrenadora Ukai les dice que se quedaron sin bollitos de carne en la tienda.

—Sólo sé que sería lindo si alguien se ofreciera a llevar mis libros aunque sea una vez. Necesito más ayuda que tú, mira lo que es mi bolso, va a estallar.

—Eso porque eres una idiota que nunca se acuerda qué libros tiene que llevar y qué no y se los trae todos siempre.

—¡Me pusieron una detención la última vez que me olvidé los libros y llegué tarde a entrenar, y Daichi casi me mata!

—Si no tuvieras memoria de pescado, tal vez entonces…

—Oh, miren quién fue a hablar…

Al final, sin saber muy bien cómo ni porqué, Kageyama termina manoteando el bolso de Hinata y colgándoselo al hombro que tiene libre. Ante su cara boquiabierta le espeta:

—Si vas a ser tan bebé de quejarte por esto, ya te lo llevo yo. A que hago más rápido con los dos bolsos que tú con uno.

—¡A que no!

(Gana Hinata, pero Kageyama insiste en que fue sólo porque se le resbaló la tira de uno de los bolsos y tuvo que detenerse a acomodársela).

Al día siguiente, es Hinata quien le arrebata el bolso para llevárselo nomás salir de clase.

—¡No vas a ganarme en esto tampoco, Kageyama! —grita por sobre el hombro, mientras se aleja corriendo con los dos bolsos bamboleándose. Kageyama pone los ojos en blanco.

—Cabeza-hueca —murmura, antes de empezar a correr tras ella.

 

***

Es bastante malo cuando estas cosas le pasan delante de Hinata, pero no hay nada tan horrible como todo el equipo de Karasuno colgado de las rejas de las ventanas o asomado por el intersticio de la puerta entreabierta mientras un chico sacude un ramo de flores coloridas delante de la nariz de Kageyama. A sus oídos llegan silbidos estridentes que sólo pueden provenir de Noya y Tanaka, y está segura aun sin darse vuelta que ésas que se ríen a sus espaldas son Tsukishima y Yamaguchi, quizá también Ennoshita.

Ni siquiera escucha lo que el chico está tartamudeando, prefiere dar un paso atrás para evitar que las flores se le metan en el ojo y cruzar los brazos detrás de la espalda.

—No, gracias. Puedes quedártelas.

—¡Ey, Kageyama, no seas tan cruel!

—¡Cállate y deja que ella lo maneje como quiera, es su decisión!

—¡Pero no es como si las flores la fueran a morder!

—SILENCIO, O VAN A DAR VUELTAS A LA CANCHA HASTA QUE SE LES CAIGAN LAS PIERNAS.

Cae uno de esos silencios en que podrías escuchar un alfiler golpeándose contra el suelo, si alguien llevase alfileres a los entrenamientos de vóley. En este caso, se escucha una tosecita ahogada, probablemente Asahi que estuvo resfriada toda la semana, seguida de un golpe que bien podría ser un codazo y un “¡ay!” muy quedo.

Kageyama siente que la cara le arde, pero seguro no tanto como al chico delante de ella, quien traga saliva un par de veces antes de volver a hablar.

—Eh, mira, yo… Yo sólo quería darte esto y ehhh, decirte que… bueno, eres muy bonita.

—AWWWW, ¿NO ES ADORABLE?

—¡QUE TE CALLES, TE DIJE!

Kageyama aprieta los dientes y clava las uñas en sus antebrazos. El equipo es importante, no se puede ganar un partido de vóley jugando sola, no puede asesinarlas a todas.

—Pero no tienes que sentirte obligada a nada —se apresura a añadir él, quizá porque finalmente percibe el aura asesina gestándose alrededor de ella —No quería incomodarte ni nada…

Podría haber pensado en eso antes de caer con un ramo de flores a la salida del gimnasio, delante de todas sus compañeras de equipo.

Los chicos pueden ser muy idiotas.

—¡Kageyama, no lo hagas seguir sufriendo que le va a dar una apoplejía!

—Uau, no sabía que pudieras pronunciar una palabra tan larga de corrido, ¿estás segura que no te herniaste diciéndola?

—¿En serio, chicas? ¿En serio?

La sonrisa de él empieza a temblarle en los labios, casi tanto como la mano que sostiene las flores, cuyos pétalos empiezan a caerse con las sacudidas.

Kageyama no tiene que darse la vuelta para saber que por la hendija de luz dorada de la puerta entreabierta se asoman los rostros de todas sus compañeras. Bueno, a excepción de Noya y Tanaka: ellas se colgaron de la reja de la ventana para ver mejor.

Suga-san una vez le dijo que en situaciones así, quizá le convenía cerrar los ojos y contar hasta diez.

Cuenta hasta cincuenta, por las dudas.

—Si acepto las flores, ¿me dejarás en paz?

A él se le cae la mandíbula. Ella sigue apretando los dientes, pero descruza los brazos y los estira: ya se le estaban por dormir.

—¡Ésa no es manera de aceptar un—AY, SUGA, ESO ME DOLIÓ!

Él mira más allá de Kageyama, donde deben estar todas las demás mirándolo fijo como a un pez en una pecera, y traga saliva. Parece estar replanteándose unas cuantas cosas.

Haber nacido, tal vez.

—Bueno, si es lo que tú quieres…

Antes de que pueda cambiar de opinión, ella le arrebata el ramo de la mano.

—Gracias —masculla, pero hace una inclinación. Él abre y cierra la boca un par de veces, mirándola con los ojos muy abiertos, y al final se inclina a su vez.

—Gr-gracias… Digo, de nada… Digo… ehhh… ¡Hasta luego, Kageyama!

Tiene dos, quizá tres segundos de alivio entre el momento en que el chirriar de las zapatillas sobre el cemento señala la huida del chico y el momento en que siente a alguien tirándole de la manga y una voz familiar casi gritándole en la oreja:

—Kageyama, eres horrible. Pensé que se iba a poner a llorar y todo. ¿Tanto te cuesta aceptar unas flores? ¡Ni que fueran carnívoras!

Hinata pone los brazos en jarras y la mira frunciendo el ceño. Con las dos colitas con bolitas y las hebillas de colores que usa para los entrenamientos, las mejillas rojas por la carrera y su corta estatura, es tan intimidante como un gatito mojado.

Kageyama pone los ojos en blanco.

—Si tanto te gustan, quédatelas.

Hinata pestañea unas cuantas veces, mirando con los ojos bizcos al ramo que Kageyama le ha puesto bajo la nariz.

—Pero… te las dieron a ti.

—Yo no las quiero. Tú fuiste la que dijo que tenía que aceptarlas, así que te toca quedártelas.

—Oh, Kageyama-idiota, no es así como funciona.

Pero toma el ramo, algo maltrecho por las sacudidas, y se lo lleva a la nariz para olerlo.

Inmediatamente estornuda sobre él.

—Awww, nuestra jovencita está creciendo —dice una voz ridículamente melosa, y al mirar hacia abajo Kageyama ve a Noya tomándola del brazo, con la sonrisa de una madre orgullosa, y a los dos segundos tiene a Tanaka del otro lado.

—Ya tiene festejantes y todo. Tan sólo ayer le volaba el peluquín al vicedirector…

—¡Que no vuelvan a mencionar eso! —grita Daichi desde los escalones de entrada al gimnasio, donde sigue agrupado el resto del equipo. Suga se tapa la boca con la mano, pero el resto no se molesta en disimular sus risas.

A excepción de Tsukishima, asomada detrás de las demás, que mantiene su expresión habitual de superioridad moral.

—A Su Majestad no le gusta recibir atención de plebeyos como estos, se ve.

—¡No es como si fueras mucho más amable!

—No, claro que no —responde, mirándose las uñas con estudiada indiferencia —Pero al menos yo sé ahorrarme estos bochornos.

Lamentablemente, es cierto: por lo que les ha dicho Yamaguchi, Tsukishima también cuenta con una extraña popularidad entre la población masculina de Karasuno y sin embargo, ella nunca sufre este tipo de humillación pública.

Hinata una vez sugirió que es porque se asegura de enterrar los cadáveres donde nadie los encuentre.

Suga interviene antes de que las cosas pasen a mayores, pero Noya y Tanaka siguen haciendo tonterías como revolverle el pelo y decirle que ya es una niña mayor, dándole “consejos” para hablar con los chicos que no piensa poner en práctica jamás.

Escapa de su equipo echando una carrera con Hinata hasta donde estacionó la bicicleta. Gana Kageyama, y la otra chica frunce el ceño y hace un puchero. El ramo de flores está más maltrecho que nunca y ahora hasta Hinata parece fastidiada con él.

—No sé por qué tus admiradores no pueden regalarte algo mejor que flores. Como chocolates, o galletitas caseras. ¿Qué se puede hacer con un ramo?

Cuando Kageyama le sugiere que lo tire y ya, niega con la cabeza, indignada.

—Me lo diste tú, y no se tiran las cosas que te regalan.

Embute el ramo en el canasto de la bicicleta y Kageyama duda mucho de sus posibilidades de supervivencia, sabiendo a la velocidad que le gusta pedalear a su amiga.

Cuando al despedirse Hinata le dedica una sonrisa más radiante de lo habitual, sin embargo, por primera vez piensa que quizá los ramos de flores no sean tan estúpidos, siempre y cuando se los des a alguien que le importe.

 

***

Es una sesión de entrenamiento más brutal de lo normal o al menos así le parece a Kageyama, que al terminar siente sus brazos y piernas de plomo. Se deja caer junto a Asahi, quien se sentó arriba de una pila de colchonetas y toma agua casi con desgana.

Se supone que deberían estar acomodando el gimnasio, pero la entrenadora salió para atender una llamada y en cambio, están todas remoloneando. Se forma un grupo alrededor de Noya y Tanaka, quienes como de costumbre están gesticulando mucho y enseñándole algo a las demás. Kageyama no puede enterarse de mucho desde donde está, pero sea lo que sea hace que Tsukishima se aleje de ellas, seguida como siempre de Yamaguchi.

—Eh, chicas, no sean así —les grita Noya —¿No ven que estamos tratando enseñarles lecciones valiosas para la vida?

Sacude algo en su mano – una revista de colores brillantes. Kageyama se incorpora con interés, ¿es el último número de Vóley Mensual…?

Para su decepción, lo que alcanza a leer le hace echarse hacia atrás: Cosmopolitan.

(Una vez pasó una tarde de verano con sus primas, quienes insistieron en que dejara de practicar un rato para ir a tomar sol con ellas, y se la pasaron hojeando esa revista. Lo conserva en su Top Ten de recuerdos traumáticos).

—No, gracias —responde Tsukishima —Está comprobado que meramente pasar las hojas de esa revista aniquila tu capacidad neuronal.

Yamaguchi se acomoda al otro lado de Asahi, quizá porque así entre las dos chicas más altas del equipo se sienta segura contra los posibles ataques de Noya y Tanaka.

Tendría que haber sabido que no habría escapatoria: empiezan a leer en voz lo bastante alta para que retumbe en todo el gimnasio.

Cómo hacer para que ese chico se fije en ti: los sí y los no de una seducción exitosa.

—Tanaka, ¿de dónde sacaste esta mierda? Dime que no pagaste por esto.

—Qué va. Se la dejó la novia de mi hermano en mi casa. Bueno, la ex en realidad.

—…no me sorprende que sea la ex.

Noya sigue leyendo a voz en cuello, impertérrita.

¿Alguna vez te preguntaste por qué algunas chicas cuando salen consiguen toda la atención que quieren y otras por más que lo intenten se quedan siempre con las manos vacías? Cosmo está aquí para decirte cuáles son los pasos a tomar para convertirte en la mayor seductora y cuáles las cosas a evitar a toda costa.. Eh, Tanaka, tú lee la columna de las cosas que sí y yo leo las que no.

Kageyama levanta la vista de sus cordones. ¿Es posible que en una Cosmopolitan encuentre la manera de sacarse de encima de una vez a los chicos que van a encararla?

Suena demasiado bueno para ser cierto.

Lo que sí: haz una pose seductora, con el pecho un poco salido hacia delante pero de modo sutil.

Lo que no: ¡No le pongas tus pechos en la cara!

Hay una carcajada general que hace que Daichi y Suga, hasta el momento demasiado inmersas en su charla en la otra punta del gimnasio, levanten la vista y la fijen en el grupo. Al parecer comprobar que nadie está prendiendo fuego nada es suficiente para que vuelvan a su conversación y se desatiendan del resto.

Lo que sí: anota tu número en una servilleta y pásasela con disimulo..

Lo que no: escribirle tu número de teléfono en el muslo.

No, definitivamente esa revista no va a ayudar a Kageyama.

—¿Pero quién carajo haría eso? ¿Para quién escriben estas cosas?

Tanaka y Noya se ríen ante la cara indignada de Ennoshita.

—Una chica hace lo que tiene que hacer para atraer la atención del chico que le gusta, Ennoshita, por favor.

Hinata las mira confundida.

—Pero, ¿no es precisamente lo que no hay que hacer…?

—Oh, por Dios —murmura Tsukishima de manera perfectamente audible —. Van a terminar de calcinarle las pocas neuronas que todavía le funcionan.

Kageyama la fulmina con la mirada, pero para sus adentros teme que pueda ser cierto: Hinata suele pensar que todo lo que hacen Tanaka y Noya es cool y tiende a imitarlas.

Lo que sí: —retoma Tanaka, todavía ahogándose por la risa —. Mirarlo fijo con los ojos entornados mientras bebes tu trago seductoramente.

Noya se inclina para seguir leyendo pero sea lo que sea provoca que empiece a reírse histéricamente y pronto se le une Tanaka, a la que empiezan a rodarle las lágrimas por las mejillas. Ennoshita las mira con los brazos cruzados, como juzgando todas y cada una de las decisiones de sus vidas.

Lo q-que n-no —lee Noya, entre carcajadas e hipidos — Mirarlo fijo con los ojos entornados mi-mientras t-te… ¡te refriegas un cubito de hielo por el escote!

Terminan rodando por el suelo, sacudiéndose entre risas, la revista olvidada en el piso. Tsukishima niega con la cabeza y Yamaguchi las mira con los ojos como platos. Hasta Hinata da un paso atrás.

La escena podría durar un rato largo porque Daichi, murmurando algo al oído de Suga, no parece inclinada a intervenir todavía, pero entonces se abre la puerta del gimnasio y las chicas se ponen de pie en un salto, sus caras súbitamente serias.

No es Ukai, sin embargo, con lo que se siente una corriente de alivio general, sino Shimizu. Se queda un poco cortado cuando todo el mundo parece mirarlo fijo, pero a estas alturas ya deber estar acostumbrado a las rarezas del equipo de Karasuno porque se recupera rápido y las ignora a todas.

Shimizu es uno de los pocos chicos con los que Kageyama tiene relación que le caen bien, probablemente porque casi no le habla y siempre que lo hace es por algo referido al vóley.

Tanaka y Noya intercambian una mirada y sendos codazos en las costillas. Kageyama sabe que no es la persona más perceptiva del mundo, pero a hasta ella le da algo de mala espina. Su mal presentimiento se ve confirmado por el ay, no que deja escapar Asahi al ver cómo las dos enfilan directo hacia Shimizu, distraído acomodando su bolso.

—Shimizu-kun, qué alegría para los ojos que te ven —exclama Tanaka, en una voz que tal vez intenta sonar melosa pero resulta algo espeluznante. Cuando Shimizu levanta la vista para mirarla con el ceño fruncido, pone las manos en sus caderas y saca exageradamente el pecho hacia delante y el trasero un poco hacia atrás, dándole aspecto de pato.

Noya por su parte ladea la cabeza, una amplia sonrisa en su rostro. Entrecierra los ojos y empieza a retorcerse un mechón. Mejor dicho, lo intenta: tiene tal cantidad de gel en el pelo que no resulta demasiado maleable y tiene que desistir.

—Estás cada vez más guapo, ¿sabes?

Daichi y Suga finalmente han vuelto su atención a las idioteces del resto de su equipo. La primera frunce el ceño, lo cual siempre es mala señal, mientras Suga niega con la cabeza, como si estuviera perdiendo poco a poco su fe en la humanidad. Hinata, puede comprobar con alivio, parece más desconcertada que admirada. Ennoshita se cubre el rostro con las manos cuando Tanaka agarra una botella de bebida energética y empieza a tomar haciendo una pose como de publicidad de cerveza, mirando fijo a Shimizu todo el rato. El chico tiene una expresión indescifrable y Kageyama, que se acuerda todavía con horror del episodio de las flores, siente suficiente lástima de él para apartar la vista. A su lado, Asahi tiene el rostro como un tomate, pero no parece ser capaz de apartar la mirada del horror que son los intentos de seducción de Noya y Tanaka.

La mirada de Yamaguchi va de las chicas a Asahi y de vuelta a ellas un par de veces, sus ojos muy abiertos. Kageyama piensa que su cara se parece a cómo ella se siente por lo general cuando el profesor de matemática llena el pizarrón de fórmulas que bien podrían ser griego antiguo.

—¿No te molesta?

Asahi da un respingo, y mira a Yamaguchi con los ojos abiertos de par en par. La chica parece arrepentirse de inmediato de haber abierto la boca, porque alza las manos como para defenderse.

—D-digo, no es asunto mío ni nada, obvio, pero… —Lanza una mirada a Tsukishima, como esperando que la rescate. Puedes esperar sentada piensa Kageyama: la otra chica parece fascinada por su larga trenza rubia, mientras su amiga se ahoga en su propio tartamudeo —. Es sólo que, bueno, justo adelante tuyo, y eso, y nada, olvida que dije nada. Eso. Por favor, no te enfades.

Asahi parece igual de incómoda que Yamaguchi y se pone más roja si cabe.

—N-no, no me enfado. Y no, no… Es decir, sé que no lo hace… —Señala vagamente en dirección a Noya, Tanaka y Shimizu —. Es una broma, ¿sabes? Y sí, me da vergüenza ajena porque, bueno, cómo no va a dármela, pero no es… No es así. ¿Sabes?

Quizá sea Kageyama, pero entre los sonrojos y los tartamudeos de Asahi y Yamaguchi le da la impresión que esa conversación tiene más espacios en blanco que su última prueba de inglés.

La propia Yamaguchi no parece entender mucho más que Kageyama, pero a lo mejor sea ésa su expresión habitual.

—Chicas, dejen a Shimizu en paz y empiecen a limpiar antes de que Ukai vuelva para cerrar.

Todo el equipo se apresura a obedecer a Daichi, porque en cierto modo la capitana asusta mucho más que la entrenadora. Están muy lejos de terminar cuando vuelve Ukai y empieza a gritarles ¿se puede saber qué estuvieron haciendo todo este rato? y Noya muy seria responde enseñando importantes lecciones de vida y Tanaka casi se ahoga.

Kageyama y Hinata compiten a ver quién es capaz de pasar la mopa más rápido y juntar la mayor cantidad de pelotas, así que son las últimas en entrar al vestuario. Casi todas ya se han ido, salvo Asahi, todavía con el uniforme de vóley puesto. Ni levanta la cabeza cuando entran: está concentrada restregándose la pierna con un pedazo de papel higiénico mojado. Hinata y ella intercambian una mirada y de mutuo acuerdo se acercan a ver qué le pasa.

—¿Te lastimaste o algo?

Pero no es un corte ni un moretón lo que Asahi tiene en el muslo, sino tres palabras garrapateadas con tinta negra:

Tienes mi Nº.

—La voy a matar —gime, mientras se restriega con desesperación creciente —Usó tinta indeleble la muy tarada.

—Prueba con quitaesmalte —sugiere Hinata —La vez que me hice un machete para Historia y después no me lo podía borrar del brazo, mamá usó eso para sacármelo. Y me castigó por un mes, claro.

Kageyama le da un golpe en la nuca, porque no se puede ser más estúpida ni queriéndolo.