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Consecuencia inconsecuente

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Gino tiene cicatriz sobre cicatriz y reconstrucciones de tratamientos para disimularlas, manteniéndose funcional. Es impaciente y cree en los cuentos de hadas, donde un príncipe o caballero valiente salva a la damisela en apuros. Así fue como recibió disparos de armas láser, aturdidoras y cargadas con balas, también se ha quemado las manos al intentar sacar a alguna camarada atrapada en la cápsula sin expulsar de un guerrero mecánico en llamas. Estaría desfigurado sin los múltiples cirujanos plásticos al servicio de la familia Weinberg y probablemente también muerto sin los médicos especiales que pertenecen a la extinta corte del Rey Charles.
Quizás por eso pensó que no era imposible salvar la vida de Mónica al sacar lo que quedaba de ella -y que por desgracia aún respiraba y abría uno de sus ojos, mientras que el otro se había fundido con su piel derretida, no llegando a carbonizarse como la de Dorothea o a ser cenizas como la de Bismarck, pero sin duda grave, lo suficiente como para perder la más disparatada esperanza de un adulto- del Lamorak destrozado, envolviéndose las palmas en jirones del uniforme. Su optimismo no conocía los límites de la realidad en semejante desesperación.
(Hubiera muerto de considerarse tan inútil. Casi no veía ni sentía dolor al arriesgarse)
Mónica lo mira con su único ojo demente.
-Primo...estás aquí.
(es lo primero que dice con coherencia, luego de que Gino la sacara, reprimiendo gritos y tratando de desabrocharle los botones de la chaqueta, solo para retirarle una capa de piel con la tela fundida)
Es de noche y la oscuridad cae sobre ellos, poderosa como su Imperio, solo un día atrás. La brisa del desierto contra los oídos asemeja terriblemente los motores del Lancelot, pero la guardia de Lelouch no ha caído sobre ellos. Sin duda los dan muertos.
(Sin duda lo estarán si siguen caminando sin rumbo, pero Gino insiste con que va hacia el norte y que encontrará refugio en el medio de la nada, con Mónica en los brazos, gimiente y llorando como la gacela a la que hirió de muerte, yendo de caza con su padre y a la que Sir Weinberg I tuvo que dar el golpe de gracia, ya que su hijo menor acababa de desmayarse ante el espectáculo de la grácil bestia perdiendo sangre con luz en las pupilas inocentes)
-Primo...¿me llevarás a ver las estrellas...por favor?
(En los bailes que organizaban los adultos, aunque él midiera medio metro menos que ella, recibía esa petición suave, dulce y juguetona a ir al observatorio privado, escabulliéndose durante la danza que no les interesaba. Ya entonces se encendía de satisfacción Gino. Como si fuese más que un niño, el único lo bastante valiente como para rescatar a Mónica de la abulia)
-Por favor...-su único brazo sano apretándole el de Gino, repentinamente tan endeble, que casi la deja caer.-...de cerca...primo.
(ella llora sangre, él escucha que gimen y se da cuenta de que es su boca abierta con horror al comprender cuál es el único rescate que puede dar o que al menos, ella está dispuesta a recibir y el que también se precia de anhelar)