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Monta un pegaso

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Parte I

Draco reconocía que había algunas cosas que había heredado de su padre que merecían la pena. Para empezar la Mansión, tan espléndida y grande que cuando veía aproximarse lluvias por la linde más lejana de los terrenos tardaba diez largos minutos en llegar a la grandiosa vivienda. Su exquisito gusto en la decoración y cuidado opacaba el del mismísimo Palacio de Buckingham; aunque era cierto que la apreciaría mucho más si pudiese caminar por ella con libertad, sin cuidar cada uno de sus movimientos a fin de no caer en el embrujo de uno de los muchos objetos de Artes Oscuras existentes en la casa. Además de que en ausencia de dichos objetos no tendría que lidiar con la horda de aurores que con frecuencia invadía su hogar desde hacía cuatro años.

También apreciaba su amplia fortuna, que si bien estaba diezmada por las multas impuestas en los juicios tras la guerra a cambio de su libertad y la de su madre, continuaba estando entre las diez mayores del mundo.

Tampoco podía despreciar su apariencia. Si bien su respingona nariz y la forma de su rostro eran de su madre, sus cabellos rubio platino, sus fríos ojos color tormenta y su alto y firme porte los había heredado de su padre. Era ese aspecto el que hacía caer a sus pies y en su cama a magos y brujas con apenas dos palabras susurradas al oído. Sin embargo, cuando se trataba de hormonadas brujas adolescentes su irresistible apariencia se convertía en su condena. Por suerte, otra herencia le permitía esquivar ese fallo con facilidad. Su carácter Malfoy y su máscara de frialdad le libraban de indeseables atenciones y además le convertía en un magnífico empresario. Pronto llegaría a ser mejor que su padre a su misma edad.

Pero sobre todas las cosas valoraba la afición que le había legado. Una afición que nadie que no fuese un Malfoy conocía y a la que debía su cordura: la caza.

Si alguien lo supiera seguramente pensaría que su familia disfrutaba matando criaturitas, desde hipogrifos a crías de unicornio, nada sorprendentemente para un cruel Malfoy. Nunca sabrían cuán lejos estaban de la realidad, pues la verdad era que nunca había visto a su abuelo ni a su padre quitar la vida a ningún ser en esas escapadas al bosque. La caza para ellos era un momento de paz, su oportunidad de olvidarse de los negocios, fiestas con la aristocracia y emociones veladas. Draco siempre amó los días de cacería pues era en esos días cuando veía reír a su padre y abuelo, escuchaba historias de cuando eran más jóvenes y podía conocer los seres humanos que había tras esas máscaras de hielo.

La razón por la que a aquello le llamaban cacería era porque si en sus largas caminatas en lo profundo del bosque encontraban alguna excepcional criatura la capturaban para posteriormente estudiarla o venderla por una gran suma de galeones. La diversión estaba en poner a prueba su sigilo y destreza para atraparla antes de que sintiese su presencia y sin provocarle el menor daño. Esto era lo que quedaba de las cacerías que organizaban en el siglo XIV cuando comenzó la tradición.

Precisamente era esa tradición la que Draco estaba poniendo en práctica aquella mañana de mayo en los bosques de Noruega. Aunque su abuelo y su padre hubiesen fallecido seguía siendo su válvula de escape.

Mientras caminaba distraídamente entre los abedules de Jostedalsbreen, recordó el artículo de El Profeta que había leído el día anterior. Como cada año en el aniversario de la derrota de Voldemort, se escribía un extenso artículo en memoria de Harry Potter, así como era también costumbre que en los días previos se publicaran múltiples cartas en las que adivinos predecían el regreso del Salvador del Mundo Mágico y hubiera un mayor número de cartas que el resto del año en las que magos de distintas partes del continente decían haberle visto.

Oficialmente, con cadáver o sin él, Potter estaba muerto. Nadie le había visto desde que en la Batalla Final se internase en el Bosque Prohibido con Voldemort para su duelo individual. Lo único que se encontró en el bosque fue un claro sin una brizna de hierba, las varitas de los dos magos y unas pocas cenizas esparcidas por el viento, que más tarde se descubrió que eran los restos del hasta entonces Innombrable. Nada indicaba que el chico que sobrevivió no hubiese muerto esta vez y sus cenizas se las hubiera llevado el viento como había hecho con la mayoría de las del Señor Oscuro.

Pese a estos hechos, había gente que pensaba que el Chico Dorado simplemente se había tomado unas vacaciones, era normal que necesitase un respiro, pero que volvería.

“¡Ilusos! Si quieres saber si el héroe está vivo sólo tienes que mencionar su nombre delante de alguna comadreja o de la sabelotodo y ver cómo se derrumban” pensó Draco con una pérfida sonrisa ante el recuerdo de una de sus visitas al Callejón Diagon. “Si Potter estuviese por ahí dándose a la buena vida, ellos lo sabrían” reflexionó.

Escuchó crujir una rama a doscientos metros gracias al hechizo amplificador que se había aplicado y se detuvo en seco. Puso atención a las seguras pisadas de cascos alejándose de él y decidió que era hora de poner sus habilidades de caza en práctica y seguir al cuadrúpedo.

Con sumo sigilo siguió el sonido hasta que lo escuchó mezclarse con el ruido de un río hasta detenerse. Pensó que había perdido el rastro hasta que escuchó el sonido característico de un animal bebiendo.

“Perfecto. Ahora que está entretenido podré llegar a él sin problemas” pensó antes de continuar avanzando.

Cuando llegó a unos metros del río quedó paralizado por la sorpresa al ver que se trataba de un magnífico pegaso de color azabache. Nunca había visto un pegaso, mucho menos uno negro, era más común que fuesen de color blanco como sus parientes los unicornios. Los negros eran más valiosos debido a su escasez, su gran poder mágico y su fama de indomables. Entre los círculos de cazadores y apasionados de las criaturas mágicas se decía que si habías visto un pegaso negro ya podías morir en paz con la certeza de que no habías desperdiciado tu vida y que quien domase uno obtendría la gloria eterna. Hasta el momento no se conocía a nadie que lo hubiese logrado y Draco encontraba el reto irresistible.

Recuperó la compostura y se ocultó tras uno de los anchos robles. Con cuidado para no hacer ruido abrió la mochila, buscó unas cuerdas y un collar retenedor de magia y los devolvió a su tamaño original sin una palabra. Tomó con su mano derecha una de las cuerdas que unió al collar extensible que se cerraría en cuanto consiguiese rodear con él el cuello o las patas del animal, y en su mano izquierda llevaba su varita por si surgía cualquier imprevisto. Cogió dos cuerdas más y se las colgó al hombro una vez que les hubo hecho un lazo. Dejó su mochila junto al árbol y avanzó hacia su objetivo sin prisa pero sin pausa ocultándose en árboles y setos de la ribera del río.

Estando a cinco metros de la criatura, se levantó de detrás de un arbusto y lanzó la cuerda con el collar con precisión.

El pegaso movió las orejas ante el sonido de la cuerda rasgando el aire, levantó la cabeza y cuando el collar comenzaba a pasar por ella agitó sus alas provocando una ráfaga de viento cargada de magia que desvió la cuerda e hizo tambalear a Draco hasta casi caer.

Sin perder un segundo, el rubio lanzó otra cuerda previendo el siguiente movimiento del equino que se alzó en sus patas traseras para lanzar otra ráfaga de viento más potente. Sin embargo, la cuerda agarró una de sus patas delanteras y con un fuerte tirón ayudado por su magia, logró que se desestabilizara y cayera de costado. Lanzó la otra cuerda y ató las patas traseras. El corcel intentó liberarse sin éxito mientras él recogía la cuerda con el collar.

Al no lograr soltarse, batió el ala que no estaba atrapada bajo su cuerpo al tiempo que relinchaba. El sonido pareció resonar saltando de árbol en árbol haciendo que las puntiagudas hojas de robles y hayas se unieran a la disminuida ráfaga de viento que con su ala había lanzado hacia Draco. Las hojas rasgaron su rostro y su túnica, pero no soltó las cuerdas.

La criatura volvió a relinchar. Esta vez el joven mago pudo sentir la magia en estado puro extenderse por los alrededores y poco después pequeñas aves, ardillas y ratones se abalanzaban sobre él mordiéndole y picoteándole como si estuvieran poseídos. Con su varita realizó un desesperado escudo al que siguió un hechizo que mediante un campo de fuerza lanzó a todos los animales lejos de él. Sin dar tiempo a una nueva ofensiva lanzó el collar al cuello del animal el cual se cerró con rapidez en torno al oscuro pelaje. El pegaso volvió a batir su ala, pero esta vez la ráfaga que levantó no contenía magia. Se agitó con más fuerza contra las cuerdas y al no obtener resultado alguno comenzó a morder y a tirar de la cuerda que llegaba a su cuello.

Draco aseguró las cuerdas al suelo y se acercó a su captura. Cuando llegó a un metro de él, el pegaso dejó de morder la cuerda y le miró. El mago casi podía asegurar que había visto sorpresa pasar por los ojos verdes del animal antes de que cambiasen a furia y sintiese un ligero mareo. Había sido como un suave Desmaius y había salido del equino a sus pies. No debería ser capaz de manifestar la más mínima magia con el collar puesto y desconocía que los de su especie pudiesen hacer algo tan específico como desmayar a las personas. Decidió que sería mejor que lo sedase y volviese a casa donde poder reflexionar e investigar al respecto.

Convocó su mochila e hizo que una potente poción sedante se deslizara por la garganta de su trofeo antes de sacar un traslador para regresar a la Mansión Malfoy.

*****

Harry Potter abrió los ojos desorientado. Observó aliviado que sus manos seguían transformadas en cascos. Al menos todo su entrenamiento para conservar su forma animaga estando inconsciente había servido de algo. Miró a su alrededor. El suelo estaba cubierto de paja y el espacio de no más de tres metros cuadrados estaba delimitado por una pared de madera. Estaba en una cuadra. Advirtió que a su espalda había una puerta. Se levantó y fue hasta allí. Agrupó su magia en su interior y la lanzó hacia la puerta pensando en el hechizo “Alohomora”, pero no surtió efecto alguno. Parecía que ni siquiera había salido magia de su cuerpo.

Resopló y golpeó el suelo con una de sus patas delanteras frustrado, intentando recordar cómo había llegado allí.

El rostro del culpable de su confinamiento llegó a su mente “¡Malfoy! Maldita mi suerte” se lamentó. Seguidamente lo hicieron el resto de acontecimientos: las cuerdas, el viento, el bosque acudiendo en su ayuda y el collar… que seguía llevando puesto. Era un retenedor de magia. Su gran poder mágico unido al del pegaso lograba saturarlo escapando un poco. Con ello había logrado marear a Malfoy ligeramente, pero no era suficiente para abrir la puerta y escapar.

“¿Por qué todo me pasa a mí? Y de todas las personas ha tenido que ser Malfoy quien me atrape” continuó mortificándose.

Levantó la cabeza y miró la puerta insidiosamente. “Por probar” se dijo encogiéndose de hombros mentalmente. Se alzó sobre sus patas traseras, golpeó la puerta y, contra todo pronóstico, se salió de los goznes viniéndose abajo con un gran estrépito.

Caminó con precaución hacia el exterior y miró de un lado a otro del pasillo franqueado por más cuadras desde las que los caballos le saludaban agitando la cabeza al pasar ante ellos. Llegó hasta unas puertas dobles y repitió la acción, pero esta vez no se abrieron. Observó los bordes de las puertas en busca de un punto débil y lo encontró: sobre ellas había una ventana de la misma anchura y parecía estar entreabierta.

Estiró sus alas. Se dijo que era su única oportunidad. No le gustaba volar en su forma animaga, no era tan rápido y ágil como sobre una escoba y le recordaba cuánto añoraba montar en una.

Tomó un par de pasos como impulso y se elevó cuatro metros. Comprobó que, en efecto, no estaba cerrada y se abrió paso hacia el exterior.

El sol comenzaba a ocultarse tras las montañas, debía de haber estado mucho tiempo inconsciente. Continuó volando hacia los límites de las tierras de los Malfoy, de ese modo no llamaría tanto la atención como si comenzaba a trotar por todo el terreno.

Estaba llegando al límite, no podía creer que fuese tan fácil obtener la libertad… e hizo bien en no creerlo, pues sorpresivamente chocó contra una barrera mágica que le desestabilizó e hizo que cayera varios metros en picado hasta que logró recuperarse del impacto. Decidió aterrizar, a fin de evitar mayores males.

Extendió su magia, o al menos lo poco que escapaba del collar, esforzándose por identificar los hechizos que formaban la barrera. Era tan difícil con tan poca magia… A los pocos minutos golpeó la barrera con las patas delanteras en un acto impulsivo de pura desesperación. Respiró hondo obligándose a tranquilizarse y tener paciencia.

Iba a comenzar de nuevo, cuando una cuerda le rodeó el cuello. Se giró y vio a Malfoy, de cuya varita salía la soga.

–Eres más listo de lo que pensaba, pero no voy a dejarte escapar –dijo Malfoy al tiempo que con un movimiento de varita hacía que la cuerda se acortase atrayendo el pegaso hacia él.

Harry sintió llegar su paciencia a su límite. No iba a volver a entrar ahí. Tiró en dirección opuesta reculando. La soga le ahogaba, pero no pensaba ceder. Tiró y tiró hasta que no soportó más la falta de aire y se detuvo. Miró al rubio y decidió cambiar de táctica lanzándose hacia él, para defenderse tendría que soltar el hechizo de la cuerda.

Draco abrió los ojos como platos sorprendido y rápidamente soltó la cuerda mágica que se desvaneció en el acto y lanzó un Petrificus Totalus. El hechizo funcionó y él soltó el aire que había contenido agradeciendo a Merlín la existencia de los collares retenedores, pues de otro modo no le hubiese afectado. “¡Este pegaso está loco!” pensó.

Repasó lo que había leído desde que llegó a la Mansión al mediodía hasta que las barreras le habían dado la alarma. Los caballos voladores eran animales poderosos independientemente de su especie. Los pegasos diferían de los abraxan que habían acompañado a Beauxbatons a Hogwarts en el tamaño, eran de un tamaño normal para un caballo, y en que mientras que para estos últimos su poder mágico sólo les protegía contra la mayoría de hechizos, ellos además podían usarlo como ataque lanzando magia en las ráfagas de viento que creaban con sus alas. En el caso de los negros la situación se complicaba todavía más. Se decía que solían ser los líderes dentro de su manada, que la defendían por encima de todo y contaban con el favor del espíritu del bosque. Muchos discrepaban en esto último, asegurando que no era más que un mito. Sin embargo, él había podido comprobar cómo la flora y fauna del bosque había acudido a ayudar al caballo. No quería pensar qué otras criaturas habrían aparecido si hubiese tardado más tiempo en ponerle el collar. Lo que más le extrañaba de todo era que no había hallado ninguna explicación a ese mareo que le había producido.

Se acercó al petrificado animal que parecía estar matándole con la mirada. Acarició la larga crin que llegaba hasta la mitad del muslo de la pata delantera. Decidió que necesitaba un lavado, no deseaba tener que cortársela.

Contempló la idea de quitar el hechizo, pero la desechó rápidamente y con un Mobilicorpus lo llevó hasta la cuadra y esta vez la cerró con magia.

Caminó de vuelta a su casa pensando en que domarlo iba a ser más difícil de lo que había pensado en un primer momento, siendo un animal tan testarudo y agresivo. Sería una ardua tarea, pero lo conseguiría. Nadie había montado un pegaso negro, ese corcel era el mejor y como Malfoy no merecía menos que eso. No importaba cuánto tiempo tardase o los métodos a los que tuviese que recurrir. Sea como fuere lo montaría.

Mientras tanto, en el confinamiento de la cuadra, Harry caminaba de un lado a otro del reducido lugar, pateando el suelo con los cascos. Ese hurón se había atrevido a petrificarle –“¡Otra vez!” se dijo recordando su sexto año de colegio– y a transportarlo como si fuese un baúl de camino a Hogwarts. Y le había acariciado como si… bufó ante el pensamiento. “¿Qué se cree que soy, su mascota?”

Sabía lo que el Slytherin quería, conocía las leyendas que hablaban de su forma animaga, y no iba a ceder. “No voy a permitir que me… monte” pensó decidido aunque un tanto descolocado por cómo había sonado al final. “Haré lo que sea para impedírselo. Me transformaría antes que permitírselo”.

Tanto Harry como Draco pasaron mucho tiempo dando vueltas, uno en el establo y el otro en la cama, ambos pensando el modo de lograr su objetivo: vencer.

*****

Una semana más tarde, Draco se disponía a intentar montarlo de nuevo. Tras aplicar al pegaso un Immobilus, le había puesto las riendas y la montura. Enfundado en su traje de montar con sus botas con espuelas, se montó como cada día. Se sentía tan bien poder hacerlo con tranquilidad por unos instantes. Tomó una profunda respiración y quitó el hechizo. Al instante, el pegaso comenzó a correr, cocear, revolcarse, volar de lado y boca abajo intentando hacerle caer, incluso lanzando mordiscos, y finalmente lo consiguió.

Draco se levantó por séptima vez en una hora y se sacudió el polvo que le cubría. Iba progresando, esta vez había aguantado diez minutos; el primer día apenas conseguía resistir un minuto.

Accio botella de agua –dijo jadeante.

Atrapó la botella, la llevó cerca de sus labios, el agua fresca cayó en su boca y un poco escurrió por su barbilla hasta su pecho combatiendo el calor de su piel. Por el rabillo del ojo vio al pegaso que abría y cerraba su reseca boca deseando el líquido. Él dejó de beber y le observó directamente. El corcel agitó un poco la cabeza y miró para otro lado.

Levantó su varita y transformó una piedra en un abrevadero que llenó con un Aguamenti.

El caballo resopló despectivamente y fue a beber agua.

Draco soltó una risita. “Ya sé que esto no significa que me vayas a dar tregua” pensó. A veces parecía que le hablase.

Le dolían todos y cada uno de los huesos del cuerpo, pero aunque nadie que le conociera le creyese, hacía tiempo que no lo pasaba tan bien.

El animal se enderezó tras haber saciado su sed, él desapareció su botella y volvió a inmovilizarle: el juego debía continuar.

*****

Harry se acomodó en la paja de la cuadra en cuanto Malfoy le dejó allí. La idea de socializar con los otros caballos no le atraía en absoluto. Lo había intentado los primeros días y la conclusión a la que había llegado era que todos eran presumidos y estúpidos, sin nada interesante que decir. En los cuatro años que llevaba viviendo en los bosques no se había encontrado con ningún equino y acababa de descubrir que no era como hablar con serpientes para nada.

Echaba de menos hablar con alguien. Las serpientes eran buenas conversadoras, había aprendido mucho de ellas. Y cuando la añoranza por sus seres queridos en Navidad y en el aniversario de la Batalla de Hogwarts era insoportable, desenterraba la bolsa con sus gafas y algo de ropa y se iba de fiesta al Mundo Muggle, buscando un poco de calidez humana.

“Malfoy parece ser más cálido ahora” pensó.

La verdad era que había cambiado mucho desde la última vez que le vio en el fulgor de la batalla. Era más alto y había ganado mucha musculatura si lo comparaba con el escuálido chico ojeroso de entonces. Y además estaba su actitud. No sabía si sería porque no había nadie observándole o si era así siempre, pero le gustaba el cambio. A menudo se encontraba pensando que si se hubiese mostrado así la primera vez que le vio, hubiese aceptado su oferta de amistad gustoso.

Recorrió la cuadra con la vista y soltó un lánguido suspiro. Odiaba estar encerrado allí. Se había acostumbrado a los espacios abiertos y en ese momento aquel lugar le parecía tan claustrofóbico como la alacena bajo la escalera de Privet Drive. Cada día se negaba a entrar allí y cada día Malfoy acababa inmovilizándole y levitándole hasta el interior. Era tan humillante.

Se acurrucó un poco más. Lo mejor sería concentrarse en dormir y no en cuán asfixiante era estar allí.

*****

Las semanas pasaban y Harry se sentía cada vez más cansado y adolorido por tantos golpes que se daba con tal de tirar a Malfoy de su lomo. Estaba tentado a ceder, a ignorar su magullado orgullo a cambio de un día de descanso. Se notaba que el Slytherin contaba con pociones para los moratones y contra el dolor a diferencia de él.

Aquel día terminaron su particular duelo cuando el Sol ya se había ocultado. Malfoy le quitó la montura y en cuanto se giró para desaparecerla en los establos, Harry se tumbó agotado dispuesto a dormirse en ese instante y lugar.

Draco miró al pegaso con una ceja levantada. Había tenido fuerza para lanzarle por los aires hacía cinco minutos y en ese momento no podía ni andar unos pasos para dormir en los establos.

Lo contempló unos minutos, visto así parecía totalmente inofensivo. Se dio el lujo de acariciarlo, el caballo ni se inmutó. Sonrió, los libros tenían razón: esos seres eran increíbles.

Realizó un hechizo delimitante que comenzaba y terminaba en la barrera formando un semicírculo. Por esa vez lo dejaría allí, pero tenía que asegurarse de que no se pasearía por el jardín de su madre o ésta los mataría a ambos. Conforme, se marchó a por su merecido descanso y las benditas pociones que aliviarían su dolor.

*****

Harry despertó horas después. Miró a su alrededor desconcertado por no encontrarse en el establo, sino bajo un limpio cielo cubierto de estrellas. Cerró los ojos sin ánimo de levantarse: le dolían hasta músculos que no sabía que tenía.

No iba a poder soportarlo mucho más tiempo. Muy a su pesar iba a tener que ceder y dejar que lo montase, convertirse en la mascota de Malfoy. Quizás debería cambiar de plan: dejar que el hurón se confiara y cuando le quitase el maldito collar y saliesen a dar una vuelta, escapar.

Abrió los ojos y negó con la cabeza espantado ante sus propios pensamientos. No podía estar considerando someterse a Malfoy de esa manera, sería como rendirse.

Miró hacia donde sabía que estaba la barrera y luchando contra el dolor, se levantó y caminó hasta llegar a ella.

No, si debía perder al menos lo haría con la convicción de que había hecho todo lo posible por escapar. Aunque drenase toda su magia y descubriese su tapadera, lo haría.

“Paso a paso se hace el camino” se dijo al tiempo que lanzaba sobre la barrera el pequeño flujo de magia que escapaba del collar. “Sólo necesito una grieta y una gota de mi sangre como pegaso para que termine de abrirse”.

*****

Las alarmas sonaron en la Mansión. Draco despertó sobresaltado. Con un hechizo las protecciones identificaron al atacante. Era el pegaso.

“Debe estar golpeando las protecciones como el loco que es” pensó Draco despreocupado. “Es imposible que desactive las protecciones” se dijo acallando las alarmas con otro hechizo y volviendo a acurrucarse bajo las sábanas sin la menor intención de levantarse.

Acababa de quedarse dormido cuando su madre lo despertó.

–Draco, ¿por qué no has ido a comprobar las protecciones? –inquirió preocupada.

–Mhh… –Draco se incorporó frotándose los ojos–. Es sólo el pegaso, madre, no hay de qué preocuparse.

–¿Volvió a escapar?– preguntó con un tono de incredulidad en la voz.

–No, lo dejé dormido fuera –respondió–. No te preocupes, tu jardín está a salvo.

–Ese animal está dando muchos problemas –protestó–. Deberías de ir a meterlo en el establo, es demasiado impredecible.

Draco abrió la boca para contradecirla, pero la mirada de su madre le decía que no aceptaría ninguna objeción y no le dejaría dormir hasta que atendiese sus demandas. A veces le trataba como si fuese un niño en vez de un hombre de veintidós años.

Suspiró resignado, apartó las mantas con desgana y se vistió con parsimonia.

Caminó lentamente mirando al suelo, pensando en la actitud de su madre que al día siguiente marchaba con su tía Andrómeda a visitar Praga, en cómo habían reconstruido los lazos a la menor oportunidad. Era increíble cómo la guerra había cambiado a tantas personas. Tanto como para que por los cumpleaños de su sobrino Teddy y otros importantes eventos familiares tuviese que tragarse su desagrado y soportar a la sabelotodo, a la comadreja y otros miembros de la Orden del Fénix. Al menos si los Gryffindor se ponían muy amigables con él o si Granger lograba que se enzarzase en una apasionada discusión sobre cualquier tema con ella y para su posterior vergüenza no se daba cuenta de ello hasta que era demasiado tarde, con preguntar si se sabía algo de Potter a todos les cambiaba la cara y le dejaban tranquilo.

Ya estaba cerca de la linde de sus terrenos y extrañamente estaba todo demasiado silencioso. Levantó la vista y no vio al pegaso coceando la barrera como había esperado. Avanzó a paso ligero preocupado hasta que divisó un bulto en el suelo. Amplificó su Lumos y se detuvo al identificar lo que había sobre la hierba: ¡era una persona!

Se acercó más y observó el largo cabello negro que cubría toda su espalda terminando en desordenadas puntas donde ésta perdía su nombre y daba paso a unas redondas y deseables nalgas. Sus piernas torneadas estaban ligeramente dobladas. La rodeó por los pies y su mirada ascendió por las piernas, pasando por las huesudas rodillas, hasta la prueba inequívoca de que era un chico. Vio los marcados músculos de su abdomen y pecho entre los mechones de pelo que lo cubrían y el collar retenedor en su cuello. Ese chico era su pegaso, era un animago. “¡Tanto tiempo desperdiciado!” pensó consternado antes de seguir con su inspección. Bajo el manto negro pudo distinguir los jugosos labios entreabiertos por el hierro de las riendas que aun llevaba puestas, la pequeña nariz, las largas pestañas entremezcladas con el cabello y, aunque apenas distinguible entre la maraña, la cicatriz en forma de rayo en su frente.

Dio un paso atrás desconcertado por el descubrimiento. Cerró los ojos y volvió a mirar, se pellizcó el brazo: estaba despierto y la cicatriz no había desaparecido.

“Pero Potter está muerto. Tiene que estar muerto” se dijo. Se puso en cuclillas junto al chico y apartó el pelo de su rostro, eliminando la remota posibilidad de que fuese otra persona con la misma cicatriz.

Se frotó los brazos al sentir frío y al estar tan cerca del cuerpo observó que éste tenía la piel de gallina, pero no temblaba. Debía de estar inconsciente.

Intentó un Reennervate, pero no funcionó. Extrañado, realizó unos sencillos hechizos de diagnóstico que le indicaron que la inconsciencia de Potter se debía a un agotamiento mágico.

No podía dejarlo ahí, él mismo se estaba helando. Finalmente, lo levitó hasta una de las habitaciones de invitados. Lo metió en la cama y no pudo evitar recorrer con los ojos la desnuda piel canela una vez más. “Potter ha cambiado, ha cambiado mucho” pensó lamiéndose los labios.

Se obligó a taparle y dirigirse a su propia habitación a paso ligero, o tan rápido como la incomodidad que sentía entre sus piernas se lo permitiese.