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Sexo, dinero y pesadillas

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Parte I

Él no debería estar circulando por esas calles, pero su estúpido GPS se había vuelto loco y le había mandado a esos barrios de mala muerte. Frenó en seco cuando le vio, incapaz de creerlo. Aparcó y se acercó para asegurarse: pelo negro desordenado caía sobre su frente ocultando parcialmente la cicatriz en forma de rayo, sus ojos llamaban la atención tras las gafas redondas por su color verde intenso; seguía siendo tan bajito como la última vez que le vio y su ropa en vez de ser larga y ancha era corta y estrecha. En efecto era él, aunque estuviese tan delgado que podía confundirse con un fantasma. A pesar de todo era un bello fantasma, decidió Draco recorriendo con la mirada toda la piel expuesta.

Se acercó y Potter elevó la mirada sorprendido de verle ante él. El chico intentó marcharse, pero Draco le detuvo y logró que le dijese su precio. Era ridículamente barato y por unas libras más de esa cantidad le tuvo de rodillas haciéndole una mamada en un callejón. “Hay que ver cómo caen los poderosos”.

Aun así no quedó satisfecho, quería más del héroe venido a menos. La noche siguiente volvió a buscarle y le llevó a un motel cercano. Había estado caliente todo el día pensando en tenerle.

Entraron en la habitación, lo desnudó con un movimiento de varita y le ordenó ponerse a cuatro patas sobre la cama. Lanzó un hechizo lubricante y se adentró en la estrecha entrada obteniendo un grito de Potter. Apenas se detuvo unos segundos antes de empezar a moverse fuera y dentro, metiéndosela hasta la base. Potter gritaba y gemía sin restricción con la cabeza apoyada en la almohada y las manos apretando fuertemente las sábanas.

–Tócate –ordenó Draco y el moreno obedeció masturbándose al ritmo que marcaban las embestidas a su culo hasta correrse y arrastrar con él al rubio ante el placentero estrechamiento de su recto.

Tras recuperar el aliento, Draco salió de él y convocó su cartera.

–Lárgate –ordenó lanzando el dinero acordado hacia los pies de la cama.

Potter se levantó sin decir nada. Recogió el dinero ofreciéndole a Draco tan buena vista de sus apetecibles nalgas de entre las cuales salía su propio semen y se escurría por sus piernas que le hizo desear levantarse y volver a follarle. Se vistió rápidamente y se fue.

El deseo no se desvaneció de Draco y al día siguiente le tenía apoyado en una mesa, con las manos atadas a las patas del lado contrario y las piernas separadas ofreciendo su perfecto culo. No se resistió y le dio dos fuertes nalgadas dejando la marca rojiza de su mano.

–¡¿Qué haces?! –inquirió Potter tirando de las cuerdas tras los gritos de dolor que acompañaron a cada golpe.

–No pude resistirme –contestó con voz ronca–. No te preocupes, ya voy a follarte.

Sujetó sus caderas y se enterró por completo en el estrecho canal. Esa vez fue fuerte y rápido, casi animal, mordiendo la piel de su nuca y espalda y apretando tan fuerte su cintura que dejó moratones.

Finalmente se descargó en su interior. No así Potter ya que el rubio lo impidió oprimiendo la base de su pene.

–Todavía no he terminado contigo –susurró Draco con voz rasposa.

Desvaneció las cuerdas que le apresaban a la mesa y Potter se levantó pasando un brazo por su cara. Draco supuso que era para quitar el sudor de su frente. Le hizo tumbarse de espaldas en la cama y se puso sobre él. Comenzó a lamer y mordisquear la piel de su cuello, descendiendo por su sobresaliente clavícula, el pecho, los sensibles pezones, el cóncavo abdomen, el sugerente ombligo desde el que salía una fina línea de vello negro que le guiaba a la polla roja que tenía en su mano y apretaba las pocas veces que con las acciones de su boca no obtenía un gemido. Acarició sus largas y delgadas piernas y elevó la vista a su rostro que estaba oculto por uno de sus brazos. Le dio la vuelta y con su renovada erección volvió a follarle, un poco más lento que la vez anterior pero igual de fuerte.

Cuando terminó, esta vez permitiendo que el moreno también lo hiciera, lanzó el dinero al suelo como la noche anterior y del mismo modo Potter lo recogió y se marchó rápidamente.

Draco apoyó la cabeza en la almohada y satisfecho puso las manos tras ella para al instante incorporarse al sentir la humedad contra ellas. La almohada estaba empapada y no era de sudor, sino de múltiples lágrimas derramadas. Potter había estado llorando mientras lo follaba, se preguntó si había sido sólo esa vez o siempre había sido así. Pensando en ello se dio cuenta que lo más probable es que fuese la segunda opción y la finalidad de sus desinhibidos gritos y gemidos no fuese otra que la de ocultar sus sollozos. De cualquier forma lo descubriría.

Estuvo una semana fuera por negocios y en cuanto regresó fue a buscarlo; lo deseaba más que a nada. Sin embargo, no lo encontró en el barrio donde solía estar. Esa noche registró media ciudad sin éxito, dos noches más tarde el resto y entonces le vio en un callejón con la misma camiseta roja que dejaba al descubierto su abdomen y los mismos pantalones vaqueros que sólo cubrían la mitad de sus muslos. Debía llevar un hechizo calentador para no tiritar con tal escasez de ropa en la fría noche londinense de mediados de octubre.

Aparcó su Lamborghini Aventador gris metalizado y caminó a paso ligero hasta el chico moreno. Éste en cuando le vio comenzó a andar en la dirección contraria, adentrándose más en el callejón. Pero Draco ya estaba demasiado cerca para permitirle huir.

–¿Desde cuándo los Gryffindors huyen? –preguntó Draco cogiéndole del brazo.

–¿Por qué no me dejas en paz? ¿No me has tenido lo suficiente ya? –preguntó a su vez Potter.

–En absoluto. Sube al coche, Potter. –El moreno le miró reticente–. Te pagaré el doble, vamos –le sobornó consiguiendo que caminara hasta el vehículo sin mucha convicción.

Llegaron al hotel, una lechuza picó en su ventana y le ordenó desvestirse y prepararse para él mientras la atendía.

Era una carta de una corporativa de empresas griegas, le comunicaban que aceptaban su oferta de absorción. En dos días debería ir para firmar los contratos. La transacción le llevaría un par de semanas.

Fue a la habitación y en la cama encontró a Potter desnudo de rodillas en la cama, con la cabeza apoyada en la almohada y ofreciendo su lubricada y dilatada entrada.

Se desnudó y caminó lentamente hasta él. Se sentó a su lado, recostándose en el respaldo y tomándole del pelo le guió a su semi-erección. Potter comenzó a lamer y chupar su polla, desviándose de vez en cuando a sus testículos.

“Su boca vale mucho más de lo que pide” pensó Draco sumergido en el placer y en su garganta.

Sintió que le faltaba poco para correrse y le detuvo tirando de su negro cabello hasta que su rostro quedó frente al suyo. Bajó la mano de su cabeza a su cadera y con la otra tomó su propia polla para dirigirla a la fruncida entrada.

–¿No prefieres de espaldas? –tanteó Potter con una nota de temor en su voz que no pudo ocultar por completo.

–Quiero ver tu cara de placer cuando gimes por tenerme dentro –respondió con toda intención.

Con la mano en su cadera le hizo descender por su anhelante miembro hasta que quedó sentado sobre sus piernas y Potter arqueó su espalda soltando un grito.

–Muévete –ordenó pasados unos segundos.

El moreno comenzó a subir y bajar por su erección, gimiendo como siempre. Tenía la cabeza gacha y los ojos fuertemente cerrados. Draco, con ambas manos en sus caderas, controlaba la velocidad y fuerza con que se empalaba una y otra vez.

Potter llevó una mano a su rostro, pero el rubio le detuvo. Unas lágrimas habían logrado escapar de sus apretados párpados y descendían por su rostro.

–Mírame –dijo Draco. Potter negó suavemente con la cabeza –. Abre los ojos –volvió a ordenar tocando su rostro.

El chico los abrió un poco sorprendido por el contacto y en los aguados ojos esmeralda se podía observar el más profundo dolor. Gruesas lágrimas cayeron por sus mejillas y apartó la mirada. Se movió más rápido y apretó el culo deseando que Draco terminase pronto para que pudiera marcharse de una vez.

Cuando el placer superó al shock en que Malfoy había entrado al ver su mirada y éste se corrió, Harry se separó rápidamente y se vistió. Necesitaba irse de allí con o sin el dinero. Caminó veloz hacia la puerta y Malfoy corrió hasta él, impidiéndole salir de allí, abrazándole por la espalda. Se agitó en sus brazos intentando soltarse pero el rubio era más fuerte que él.

–Para quieto de una vez –dijo Malfoy.

–¡Suéltame! Ya tienes lo que querías, ¿no? –gritó Harry con lágrimas cerrando su garganta.

–Te suelto si prometes esperar un momento. Te daré tu dinero.

Harry detuvo su lucha y Malfoy le soltó lentamente. El rubio dio un paso atrás y esperó por si volvía a intentar huir. Harry se dio la vuelta y esperó sujetando el picaporte de la puerta.

Draco convocó su varita y con ella su cartera. Le tendió el dinero acordado y Potter lo cogió rápidamente a la vez que giraba el picaporte de la puerta, sin embargo, ésta no se abrió. Se dio la vuelta y le miró con ira en sus ojos y su magia palpitando a su alrededor.

–Tengo una proposición que hacerte. Sólo quiero que me escuches antes de dejarte marchar –dijo Draco en tono conciliador.

Potter hizo aparecer su varita en su mano para deshacer el bloqueo de la puerta ignorando sus palabras.

–Sé que odias tener que hacer esto. Con un trabajito más tendrías la oportunidad de dejarlo –expuso Draco mientras Potter seguía intentando abrir la puerta–. Pasado mañana tengo que ir por un par de semanas a Atenas para unos asuntos de negocios –continuó explicando tomando asiento en un sofá. El hechizo que había puesto sólo podría levantarlo un Malfoy–. Te ofrezco mil libras por día, comida y una cama tan cómoda como ésta, a cambio de que estés a mi entera disposición. Además mientras esté en las reuniones pues salir del hotel, ¿nunca soñaste con conocer la antigua Atenas?

–¡Abre la puta puerta, Malfoy! –gritó con un punto de desesperación en su voz y apuntándole con la varita.

–Te espero pasado mañana en la puerta de este hotel a las diez de la mañana –continuó diciendo sin alterarse mientras levantaba el bloqueo–. Sé puntual si decides aceptar mi propuesta.

Harry abrió la puerta de un tirón y salió como alma que lleva el diablo. Entró en el ascensor y mientras éste bajaba se recostó en la pared y respiró profundamente. Dos personas entraron en el décimo piso y le observaron de arriba abajo con censura. Él se abrazó a sí mismo intentando ocultar lo que la escasa camiseta no cubría y miró a sus pies.

Salió del ascensor, atravesó el vestíbulo a paso ligero y se colocó un hechizo calentador cuando el frío nocturno tocó su piel.

En los últimos días parecía que le había mirado un tuerto, primero unos homófobos de mierda le daban una paliza y le robaban las gafas, por lo que desde entonces no podía estar seguro de que le pagasen lo acordado y llevaba tres días sin comer para ahorrar para unas gafas nuevas, aunque fuese unas de segunda mano, con tal de ver algo mejor… Y por si fuese poco, Malfoy había vuelto a encontrarle, y aunque pensó que con su oferta de ganar el doble la suerte le sonreía un poquito, acababa de darse cuenta de que no había sido así, ya que sólo había conseguido una mayor humillación mostrando su debilidad.

Llegó a la casa abandonada que ocupaba junto a otros chicos prostitutos como él, drogadictos, alcohólicos y algunos que simplemente habían huido de casa y mendigaban en la calle hasta que consiguiesen un trabajo. Caminó hasta una esquina en el segundo piso donde estaban apilados sus cartones y mantas que le servían de cama.

Se aovilló bajo las mantas, con la varita bajo la ropa que le servía de almohada y un cuchillo en una mano. Si alguien le atacaba era preferible intentarlo primero con el arma blanca que exponerse a tener que lanzar un Obliviate para el que dudaba que tuviese fuerzas con lo poco que comía a fin de ahorrar.

El suelo crujió con el ruido de unos pasos. Abrió los ojos y miró a su alrededor. Era un chico rubio. “¿Será John, el trancas o alguien nuevo?" se preguntó. Realmente necesitaba esas gafas con urgencia. Dependiendo de quien fuese sabría si podía seguir durmiendo tranquilo o no.

“Quizás debería aceptar la oferta de Malfoy. Al menos es limpio y a la vuelta ya tendría mis gafas y quizás pueda salir de este agujero” se cuestionó.

Se tapó la cara y gimió de frustración. En realidad no quería hacerlo, no deseaba soportar a Malfoy un día más. Verle le recordaba todo lo que había perdido tan estúpidamente. Se habían aprovechado de su depresión y de su buena fe. Le habían pedido dinero de todas partes para reconstruir el Londres Mágico y él había dado todo lo que tenía. No necesitaba vivir con lujos y además se obligaría a salir de casa. Pero nadie le quería trabajando en su negocio alegando que atraería a mortífagos prófugos y otros problemas, sólo los Aurores le había abierto sus puertas, pero para eso debería de estar tres años estudiando sin ganar un knut, y además no deseaba seguir persiguiendo asesinos y delincuentes. Su fortuna se había ido reduciendo hasta que se había visto obligado a cerrar Grimmauld Place al no poder venderla para no tener que seguir pagando impuestos.

En el Mundo Muggle, sin estudios, tampoco había tenido más suerte. Y así había acabado haciendo mamadas, abriéndose de piernas y viviendo en aquella comuna.

La idea de pedir ayuda a sus amigos que llevaba meses evitando nunca pasó por su mente. Desde que la guerra terminó no había sido capaz de mirar a la cara a los Weasley sin pensar en George ni a Hermione sin recordar aquella vez que les atraparon…

Agitó la cabeza evitando que su mente se dirigiese por esos derroteros. Se obligó a volver a la cuestión inicial: “¿Qué tan malo sería aceptar esa oferta?” Dudaba que Malfoy pudiese humillarle más de lo que ya lo había hecho, ni tratarle con mayor desprecio, no podría ser peor de lo que lo había sido ya. Además no estaría todo el día con él, había dicho que el viaje era por negocios, así que estaría al menos toda la mañana ocupado. Y él comería bien y dormiría sobre una cómoda cama.

Decidió que sería mejor dormir y consultarlo con la almohada… si la tuviese. Reacomodó la ropas bajo su cabeza y se dejó caer en brazos de Morfeo pensando en una mullida cama.

*****

Draco detuvo su limusina frente a la puerta del hotel a las diez en punto de la mañana. Potter ya estaba esperando en la puerta. Llevaba la misma camiseta y pantalones de siempre bajo una roída gabardina marrón camino. La gente le miraba con desaprobación, mientras él miraba a la punta de sus pies.

Le lanzó un hechizo que le daría un pequeño pellizco, de ese modo consiguió que levantase la vista y viese su mano saliendo por la ventanilla invitándole a entrar.

Potter caminó rápidamente hasta ahí, sobándose un poco el culo donde había recibido el daño, abrió la puerta y se sentó sin decir nada.

–Buenos días, Potter –saludó Draco–. ¿Ya olvidaste hasta ese mínimo de modales?

–B-buenos días, Malfoy– respondió el otro.

Draco dio dos golpecitos al cristal que les separaba del chófer y el coche se puso en marcha.

–¿No tienes otro atuendo? –inquirió volviendo a repasarle con la mirada.

–No –contestó secamente.

–Habrá que hacer algo para remediarlo –dijo volviendo a llamar a la ventanilla–. Para en la primera tienda de ropa decente que veas, Anthony –indicó cuando el cristal bajó unos centímetros.

–Por supuesto, señor Malfoy –respondió la voz grave del conductor.

–Bien, Potter. Necesito que te asegures de que todo está correcto, es un regalo, podrás quedártelo cuando finalice nuestro trato –dijo tendiéndole un pasaporte.

Potter lo cogió, lo abrió y se mordió el labio en un claro gesto nervioso.

–Yo… supongo que está bien. N-no puedo leerlo –dijo avergonzado.

–¿Cómo que no…? –Draco se interrumpió al darse cuenta de que no llevaba sus horribles gafas. Ahora que lo pensaba tampoco las había llevado la última vez que le vio–. ¿Dónde están tus gafas?

–Las perdí.

–¿Cómo que las perdiste? Por lo que sé no ves tres en un hipogrifo sin ellas.

–¡Bueno, pues las perdí, ¿vale?! Sí, soy así de inútil, ríete, poco me importa –por nada del mundo le diría que unos muggles le habían dado una paliza, eso sería razón de mayor mofa para Malfoy.

–Tendré que solucionar eso también –dijo tras mirarle atónito unos segundos por su arrebato.

–No necesito tu caridad, Malfoy –replicó Potter.

–¿Piensas que es por caridad? –preguntó burlón–. Lo que quiero es asegurarme de que puedes verme cómo te follo, que te concentres en mí. Te quiero todo para mí, Potter. No estoy pagando por menos que eso.

Potter tragó duro y desvió la mirada, y Draco sonrió con suficiencia.

Pocos minutos después el coche se detuvo frente a una tienda de Giorgio Armani y, gracias a Merlín, había una óptica un par de establecimientos a su izquierda.

Arrastró a Potter al interior y en seguida fue atendido por un dependiente. El hombre tenía más pluma que todos los pavos albinos de su padre juntos, pero era educado, evitó hacer ningún comentario sobre el prostituto, y tenía buen gusto. No tardaron mucho en elegir cuatro trajes, que le irían bien al moreno. Hizo que éste se los probara, observando cómo se cambiaba con la cortina entreabierta. No llevaba nada bajo los pantalones y por muy tentadora que fuese la imagen para el traje sería conveniente que los llevase.

Compró dos de trajes negros de distinto corte, una camisa verde botella y otra añil, y se dirigieron a una tienda de todo que el dependiente les indicó que había en la calle de enfrente. Los trajes estarían bien para la recepción que le darían cuando llegaran y si decidía llevarlo como acompañante a alguna cena, pero el resto del tiempo lo prefería embutido en unos ajustados pantalones vaqueros y camisetas de cuellos anchos que dejasen al descubierto su sexy clavícula, además necesitaba unos zapatos y unos calzoncillos que sólo utilizaría con la ropa formal.

No tardaron mucho en ir a la óptica, ya que Draco elegía la ropa que quería, Potter se la probaba rápidamente sin rechistar y él compraba lo que más le convencía.

Un soborno y unas protestas del Gryffindor porque era muy incómodo para él usar lentillas después, estaban de vuelta en la limusina y en cuanto ésta arrancó veloz camino del aeropuerto, guió la cabeza morena a su entrepierna; verle cambiarse tantas veces había hecho estragos en él.

Potter comenzó a chupársela con entusiasmo y él echó la cabeza para atrás y separó más las piernas para facilitarle la tarea. No sabía quién había enseñado al moreno a hacer semejantes mamadas, pero si se encontrarse con esa persona, sería un honor estrecharle la mano y felicitarlo por tan buenos resultados.

*****

El avión sobrevolaba Europa entre las nubes. Había sido un reto para su paciencia soportar los nervios de Potter antes y durante el despegue por ser la primera vez que subía a un avión. El vuelo duraría tres horas y cuarto, habían pasado dos y comenzaba a estar aburrido, el moreno no había hecho otra cosa que mirar por la ventanilla con una nostálgica sonrisa.

Draco puso una mano sobre el muslo del chico y éste giró su cabeza para mirarle rápidamente, pero él siguió mirando al frente como si su mano no estuviese subiendo cada vez más por esa pierna hasta llegar a su ingle.

–Malfoy, ¿qué haces? Aquí n... –protestó Potter, pero el rubio le chistó indicándole que guardara silencio.

–No querrás que nos descubran –susurró.

Harry cerró los ojos, apoyó la cabeza en el respaldo de su cómodo asiento de clase preferente, respiró profundamente por la nariz y se mordió los labios para no gemir cuando el pulgar de Malfoy comenzó a moverse a lo largo de su pene deteniéndose eventualmente en la punta.

No sabía cuánto había pasado cuando la mano abandonó su pierna y llegó a sus oídos la voz de una azafata.

–Señor, ¿se encuentra usted bien? –preguntó la mujer.

Harry la miró, debía contestar, pero las palabras no aparecían en su mente.

–Es su primera vez sobre las nubes, debe de estar un poco mareado –contestó Malfoy en su lugar–. Creo que sólo necesita refrescarse un poco. –La azafata asintió conforme–. Lo acompañaré al baño.

–Sí, será lo mejor. Si necesita algo no dude en llamarme –dijo la joven antes de alejarse.

Malfoy tiró de él haciendo que le siguiera, abrió la puerta del aseo y tras mirar a derecha e izquierda se metió allí con él. Instantáneamente fue empujado quedando apoyado con las manos en la pared tras el váter y sus pantalones fueron bajados junto a sus calzoncillos quedando éstos últimos enrollados en sus rodillas.

–No, nos descubrirán –protestó.

–Le dijimos que era tu primera vez volando y no quiero quedar como un mentiroso. Además, el trato es que estuvieras a mi entera disposición –le recordó.

Harry sintió un hechizo lubricante recorrer el interior de su culo, la polla de Malfoy presionando en su entrada para seguidamente ser empalado por ella de un solo empujón. Mordió su brazo para no gritar. El rubio embestía fuerte y rápido, una de sus manos estaba fija en su cadera y la otra vagaba bajo la camisa azul, mientras su boca torturaba el cuello de piel canela.

El moreno bajó una mano hasta su erección comenzando a masturbarse, sabía que terminarían pronto, manteniéndose en precario equilibro con el apoyo de su otra mano en la pared.

El rubio mordió fuerte su nuca cuando se corrió y él le siguió segundos después.

Malfoy quedó apoyado sobre su espalda, respirando entrecortadamente. Salió de él y se abrochó los pantalones, y él se agachó haciendo lo mismo tras un hechizo de limpieza.

El Slytherin estiró sus ropas y salió como si nada hubiese pasado con su cara de póker y él le siguió poco después más despeinado que antes, con la ropa no tan lisa como había conseguido el rubio que quedara la suya y sus mejillas rojas como la grana. Antes de sentarse vio a la azafata al final del pasillo que les miraba suspicaz con una extraña sonrisa y Harry quiso que se lo tragara la tierra.