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It's christmas

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A Castiel le encanta su trabajo. Principalmente por dos motivos: el primero porque es lo único que tiene en su rutinaria vida y el segundo porque le da la excusa perfecta para ir a su cafetería preferida.

Aunque la realidad es que así tiene la excusa perfecta para ver a su camarero preferido.

No es consciente de en qué momento ver a Dean cada tarde al salir de la oficina se ha convertido en la mejor parte del día. Tal vez fue la primera tarde que entró en el Black Coffee y fue recibido por una gran sonrisa y unos ojos verdes arrebatadores. O tal vez cuando Dean le dio el capuchino sin necesidad de pedírselo. O puede que fuese la primera vez que lo llamó “Cas”.

Castiel sabe lo patético que resulta la situación en la que se ha metido él solito. A sus veintisiete años no es normal haberse enamorado —después de meses de auto negación ya lo ha asumido— de una persona que sólo ve durante cinco minutos al día, de lunes a viernes. Cada fin de semana se repite en la soledad de su apartamento que el lunes no ira a la cafetería al salir del trabajo, que cambiará de sitio y dejará de ver a Dean. Pero es débil y siempre, siempre, siempre, acaba entrando al local deseoso de ver la sonrisa que le dedica el camarero.

Por desgracia para él, quedan tres días para Navidad y eso no sólo significa que haya luces en las calles; también que la oficina en la que trabaja cierra durante dos semanas. Así que no tendrá ninguna necesidad de coger el metro y recorrer quince paradas para tomarse un café. Aunque si fuese por él, Castiel iría hasta el mismo infierno con tal de pasar un rato con Dean. Y esa es una frase que nunca, jamás, saldrá de su cabeza.

Además, la Navidad significa estar en familia y él lo único que tiene es un hermano con el que se comunica por e-mail. Es plenamente consciente de que está solo, y la mayor parte del tiempo no es algo que le preocupe ni le quite el sueño. Sin embargo, últimamente se pregunta a sí mismo cómo sería pasar unas fiestas con gente alrededor, cómo sería despertar y encontrar regalos debajo de un árbol, cómo sería recibir un beso debajo del muérdago. Cómo sería recibirlo de Dean.

La realidad es que es bastante probable que esa Navidad la pase acompañado de una botella de whisky.

A las cinco de la tarde, se coloca su gabardina y sale de la oficina despidiéndose hasta el día siguiente de sus compañeros. Pocos se dan cuenta de su presencia, o le hacen caso, pero eso es algo que no le importa. Está acostumbrado a ser casi invisible. Excepto para una persona.

Camina dos calles y se queda delante de la cafetería, pudiendo observar a Dean a través de una gran cristalera. Sin darse cuenta se queda durante cinco minutos viendo como atiende a los clientes sonriendo, hablando, riéndose, sirviéndoles una taza de café y despidiéndose. Y es entonces cuando se da cuenta de que ha estado viviendo en una ilusión, de lo desesperado que estaba por sentir que estaba enamorado de alguien, de lo solo que está. Parpadea, siente como la vista se le nubla por unas lágrimas que pugnan por salir y se marcha de inmediato al ver su cara reflejada en el cristal.

Nunca ha sido una persona de beber entre semana, pero nunca es tarde para empezar a hacerlo.

 


 

Las consecuencias de ir a trabajar el día veintitrés con resaca son que el día después, tiene el doble de trabajo y está obligado a terminar toda la facturación pendiente antes de marcharse. Es por eso que hasta las ocho de la tarde no sale de la oficina, con el pelo alborotado y completamente exhausto. Lo único que desea hacer es meterse en la cama y no despertarse hasta el dos de enero.

 Cansado como está y sin levantar los ojos del suelo, no recuerda que ha cambiado su ruta habitual y evitar así pasar delante del Black coffee.

—¡Ey, Cas!

 Castiel escucha esa voz, esa voz que conoce a la perfección tras tantos meses, y se gira resignado. Lo que menos desea es encontrarse con Dean en ese momento. No después de la gran revelación que ha tenido y sobretodo cuando ha sufrido los dos peores días de su vida. Por su culpa. Aunque Dean ni lo sepa. Sin embargo, una pequeña parte de él piensa que tal vez es su oportunidad para despedirse y así dar por finalizada esa etapa.

—Hola, Dean.

—¿Te encuentras bien? Tienes una cara horrible.

Castiel hace una mueca sin poder evitarlo. Como si no supiese la cara que tiene, piensa con ironía.

—Entra, te pondré un café —continua mientras le agarra del brazo y al instante Castiel siente el olor a café y un calor reconfortante.

 —No hace falta, Dean. Sólo necesito llegar a casa y dormir —replica de inmediato, notando que la mano del camarero no se ha movido de su brazo.

—Ayer no viniste.

 —No.

 —Ni antes de ayer.

 —Lo sé.

Intenta no sorprenderse porque Dean se ha dado cuenta de que ha faltado durante dos días seguidos. Es un cliente habitual y supone que es normal. Porque Dean no ha podido echarlo de menos. No.

—Te vi mirándome desde fuera —prosigue sin moverse y Castiel desea que en ese instante se lo trague la tierra. No sabe si dar las gracias a que se encuentren solos o, por el contrario, que alguien los interrumpa para así poder huir—. No me gustó lo que vi.

 —L-lo siento —tartamudea mientras intenta soltarse del agarre. ¿Y si quiere denunciarlo por acosador? O peor, ¿pegarle?—. Te prometo que no volveré a venir, Dean, por favor.

 —Shhh, Cas, no estás entendiendo nada —susurra cogiéndolo ahora por las mejillas—. No me gustó verte triste.

 —¿Qué? —consigue preguntar, embelesado por poder mirar directamente los ojos verdes del camarero y las pecas que adornan su nariz.

 —La primera vez que te vi tenías esa misma cara, con los ojos apagados, es por eso que siempre que venías intentaba hacerte sonreír. ¡Oh, Cas!, cuando de verdad me enseñaste tu sonrisa, cuando me permitiste empezar a conocerte...

 —Pero... tú sonríes a todo el mundo... no me conoces...

 Castiel niega con la cabeza, negándose a creer las palabras que está escuchando. Esas cosas no le pasan a personas como él, es impensable.

 —Te aseguro que eso no es verdad.

 Es entonces cuando Dean le sonríe como ha hecho durante todo ese tiempo y, con una distancia tan corta, Castiel se da cuenta que es verdad, que es diferente. Que es una sonrisa sincera, que sale del corazón, que hace que sus ojos brillen y los labios se le curven hacia el infinito. Castiel le corresponde sin dudarlo y Dean sonríe aún más.

 —Tenía pensado recorrer todas las oficinas hasta encontrarte. No vuelvas a abandonarme, Cas —asegura mientras deja de tocarle la cara y le agarra ambas manos—, no te imaginas lo importante que te has convertido en mi vida.

 Castiel suspira, sintiendo el corazón latiendo desbocado e intentando por todos los medios no ponerse a llorar de felicidad por todo lo que Dean le está diciendo.

 —Y tú en la mía —musita al final entrelazando los dedos, abrumado por lo que está pasando.

 —Escucha, sé que estás cansado, pero te propongo un plan. Me quedan dos horas para poder cerrar la cafetería y no tenía planes para esta noche, así que... ¿qué te parece si pasamos la Navidad juntos? A no ser que hayas quedado, claro.

 —Me encantaría —responde de inmediato sin pensarlo ni un segundo.

 —Genial.

Los dos se quedan mirándose uno al otro sin dejar de sonreír hasta que Cas se da cuenta que Dean no sabe dónde vive, así que le da su número de teléfono y su dirección. Es todo tan surrealista que no sabe si está en un sueño del que nunca quiere despertarse.

—Entonces, nos vemos en un rato —dice Castiel mientras se dirige a la puerta para marcharse.

—Espera, Cas.

 —¿Sí? —pregunta girándose.

El camarero lo observa apuntando al techo con un dedo y cuando Castiel levanta la cabeza, descubre que hay colgando una rama de muérdago.

—Oh...

—Oh sí...

Nota una mano tocándole el cuello y a continuación los labios de Dean rozan los suyos con suavidad. Es un beso corto, delicado, dulce y sobretodo prometedor. Es el beso con el que tantas veces ha soñado y ahora no quiere que termine nunca. Castiel le coge de la cintura y es él quien comienza a besarlo, esta vez con la boca abierta, deleitándose en la lengua de Dean, saboreando sus labios, sintiéndose feliz y completo.

—Te espero en mi casa —musita con la boca pegada a la del camarero.

—Allí estaré —contesta dándole un último beso.

 Y sale de la cafetería sin perder en ningún momento la sonrisa.

 


 

 

A las doce de la noche el apartamento de Castiel está en silencio y una luz tenue ilumina el comedor. Están sentados uno al lado del otro en un cómodo sofá. Dean tiene un brazo rodeando la cintura de Cas y éste no deja de acariciarle una mano, disfrutando del calor que emana del cuerpo del camarero.

No tenía nada preparado para cenar, así que han comido una pizza y una tarta que ha traído su invitado. Se ha disculpado un montón de veces por una cena de Navidad tan desastrosa pero Dean le ha asegurado que es perfecta. Después se han sentado en el sofá y han empezado a hablar, sobretodo Dean. Castiel le hace infinidad de preguntas y es así como se entera que Dean normalmente pasa las fiestas con su hermano menor y su mujer pero este año no les ha sido posible. También que está ahorrando para montar su propio negocio y dejar la cafetería; ahora que no necesita estar allí para ver a Castiel, la idea cobra más fuerza.

 Castiel, por el contrario, no tiene grandes cosas que explicarle; su vida es muy simple y solitaria.

 —No soy una persona muy sociable. No tengo amigos, nunca conocí a mis padres y sólo hablo con uno de mis hermanos —Aún le cuesta entender qué ha podido ver Dean en él, en cómo de todas las personas que ve a diario, lo ha elegido a él—. Es probable que te aburras de mí —confiesa con una pequeña sonrisa.

—He conocido a muchas personas, Cas, pero nunca nadie ha conseguido que sienta algo parecido a lo que me pasa cuando te miro. Estaba perdido hasta que entraste una tarde en mi vida —musita acariciándole una mejilla mientras lo mira con intensidad—. Has estado muchos años solo y, si me lo permites, voy a hacer que eso nunca más vuelva a pasar.

Castiel sonríe y le besa con ternura.

—Por supuesto —susurra abrazándose a él con fuerza.

Quiere creer que a partir de ahora no volverá a pasar unas Navidades solo, que tendrá regalos debajo de un árbol y personas a las que llamar familia, que habrá besos debajo del muérdago y besos perezosos al despertarse.

Y, por primera vez en su vida, Castiel está convencido de que va a tenerlo. Sólo ha tenido que esperar a la persona adecuada.