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Y bailar un poco más

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Esa noche, Itzel salió de su habitación con el abrigo colgando de un brazo y el bolso del otro. Su cabello normalmente trenzado caía libremente por sus hombros, enmarcando su rostro. También había añadido un poco de maquillaje en su rostro: algo sencillo, casual, muy natural. Guardó la llave del cuarto dentro del bolso y caminó hasta el elevador. Presionó el botón y afortunadamente sólo esperó un par de segundos antes de poder entrar.

Eran las nueve de la noche y saldría con Martín. Su hermano no sabía y ella no se había preocupado por decírselo, pues éste había decidido que aquella tarde (y seguramente toda la noche) debía ser dedicada para irse a algún lugar con Manuel, a beber y “olvidar rencores” por el partido en el que Chile les había vencido. Itzel no replicó, estaba cansada y el clima helado de Buenos Aires hacía que le dieran ganas de darse un baño de espuma, pedir servicio a la habitación y después recostarse en la cama a ver la tele, por si encontraba alguna de sus novelas (pues bien sabía que Martín las adoraba).

Sin embargo, contrario a lo que le habría gustado hacer, se había preparado para salir con Martín, por insistencia de éste claro está. Aunque no había sido muy difícil convencerla de ir juntos a algún lugar en el que no tuvieran hablar necesariamente sobre la Copa América o futbol. Al parecer —y era sólo una suposición—, incluso Martín se cansaba de hablar sobre ello: ser el organizador del evento nunca resultaba tan divertido como sólo participar en él. O quizá su amigo sólo estuviera siendo cortés con ella.

Sea como fuere, aquella noche saldría a cenar con él o irían a ver una película, no estaba segura (y en realidad no le importaba mucho, era una persona accesible cuando le invitaban a salir, al menos la mayor parte del tiempo). Se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja justo antes de que las puertas del elevador se abrieran de par en par, dejándola en el vestíbulo del hotel. Buscó con la mirada a quien sería su acompañante en aquella velada y sonrió al verlo no muy lejos de donde ella se encontraba, hablando con la recepcionista.

Caminó en su dirección y él, incluso hablando con la otra mujer, notó su presencia. Martín sonrió al verla, se despidió de la recepcionista y se acercó a Itzel.

—Hola —saludó ella con jovialidad, acercándose para darle un beso en la mejilla, gesto que él respondió de la misma manera.

—Hola, hermosa —dijo él—. ¿Cómo estás?

—Bien, no me quejo. ¿Y tú?

—Antes de entrar acá, re cagado de frío —Itzel rió—. Dejame ayudarte con tu saco.

—Ay, no te molestes, iba a ponérmelo ahora mismo.

Martín se encogió de hombros y le ayudó a colocarse el abrigo. Después le ofreció el brazo a la chica, quien puso los ojos en blanco bastante divertida, aunque a pesar de ello tomó su brazo, y juntos caminaron hasta salir del hotel (Itzel se hundió en su abrigo al sentir el aire helado golpearla sin piedad), dirigiéndose hasta el auto de Argentina, un Mustang color azul.

El chico le abrió la puerta a Itzel y le ayudó a subir en el vehículo. La morena, estando dentro, puso el bolso sobre sus piernas, abrochó el cinturón de seguridad y esperó a que su acompañante también subiera al auto para ponerse en marcha. Martín se deslizó en el asiento del conductor y se colocó el cinturón, después puso en marcha el auto y al hacerlo se encendió la radio. No la apagó, aunque bajó el volumen lo suficiente para poder hablar con Itzel sin que hubiera demasiado silencio alrededor pero tampoco mucho ruido.

—¿A dónde dijiste que me llevarías a cenar? —preguntó ella, bromeando. Martín le miró y levantó una ceja. Encendió la calefacción.

—¿Yo dije que te llevaría a cenar?

—No, pero no tengo idea de lo que haremos esta noche —respondió Itzel.

—Hay muchas cosas que podemos hacer esta noche —México se rió de buena gana y pasados unos segundos, Martín reaccionó igual—. Si querés cenar, te llevo a cenar, conozco un buen lugar… aunque no sé qué tipo de comida querés. Hay restoranes de comida china, japonesa, árabe… mexicana, si es que extrañás el sabor de tu casa.

—Pensaba en algo más típico.

—Perfecto, conozco un buen lugar.

***

Aquel era un restaurante pequeño, agradable, con una excelente calefacción que de inmediato calmó el frío de Itzel. Parecía que la gente de aquel lugar conocía a Martín, pues muchos lo saludaban a lo lejos o le sonreían al pasar. La morena examinó el restaurante con la mirada, deteniéndose un poco en los músicos que, en una esquina, interpretaban sus melodías en vivo para deleite de los comensales, y en el letrero de vieja madera en el que apenas si se alcanzaba a leer el nombre del establecimiento. También observó las fotografías que adornaban las paredes del restaurante.

Argentina guió a la chica hasta una de las mesas para dos que se encontraba en una orilla, y de una forma bastante caballerosa, le acomodó el asiento a la joven antes de que él se sentara. Itzel le sonrió. Una mesera se acercó a ambos y les entregó un par de menús. México abrió el menú y leyó por encima. Carne, carne, más carne. Y todo parecía bastante delicioso (a ella le gustaba mucho la comida argentina). Culparía a Martín si al regresar a México capital tenía algunos kilos de más… aunque en aquel momento decidió no prestarle atención a ese detalle.

Miró de reojo que su compañero dejaba el menú sobre la mesa, sin verlo siquiera, e ignoró el detalle de sentirse observada mientras examinaba los platillos y decidía cuál pedir. Unos minutos después la mesera regresó y tomó su orden. Argentina pidió una botella de vino.

Mientras esperaban a que la comida llegara, con la música en vivo de fondo, hablaron sobre temas que poco o nada tenían que ver con el futbol, al menos en su totalidad. Como el frío de esa noche y que Martín aseguró no era nada comparado a otros días, o los recuerdos de ambos de una ocasión, un par de años atrás en la que Argentina visitó México en invierno y parecía verano, con el sol en todo su apogeo y la gente con ropa ligera caminando por las calles de la capital.

También mencionaron a otros países, y Martín incluso bromeó con el empate en ceros entre Luciano y María el pasado tres de julio, insinuando que Brasil se había distraído al ver las “hermosamente torneadas” piernas de Venezuela; aquel comentario hizo reír a Itzel. Y aunque ambos habrían preferido evitar el tema, incluso hablaron sobre la situación en México y la enfermedad de los gemelos[1].

—¿Cómo está tu hermano? —preguntó Martín, serio.

—Pues ahí va, pasándola —respondió Itzel—. Un poco relajado con esto del futbol, lo cual me alegra, pero lo que tiene no se cura tan fácil, pero somos optimistas: lo malo no dura por siempre.

—¿Y cómo estás vos?

—Agotada.

La comida llegó y así también lo hizo la botella de vino, con cuyo contenido Martín se apresuró a llenar las copas de ambos, para aligerar la tensión. Itzel bebió animadamente y así, entre risas y una conversación como cualquier otra, se dispusieron a cenar tranquilamente. No habían pasado más de diez minutos cuando uno de los músicos anunció que el espectáculo de baile apenas estaba por comenzar. Itzel miró a Martín, interrogante, y el rubio explicó:

—Bailarines de tango.

La chica asintió. Segundos después, una pareja de bailarines hacía acto de presencia. Él, con un traje negro, un sombrero del mismo color, los zapatos perfectamente lustrados; ella, una joven bastante guapa de cabello castaño (recogido, una flor adornando su peinado), con un vestido negro abierto en la pierna, la espalda descubierta y zapatos altos. Ambos jóvenes con un porte excepcional.

La iluminación cambió un poco, oscureciendo algunas partes del lugar y resaltando otras: aquellas por las que los bailarines harían gala de sus habilidades. La música comenzó a sonar e Itzel dejó de comer un momento para mirar el espectáculo; apenas si bebió un poco de vino mientras observaba. Martín la miró en silencio, sonriendo ligeramente para sí al leer la emoción en la mirada de la joven. Pasados unos minutos, México siguió comiendo, sin dejar de ver a ambos bailarines.

Estaba embelesada, no había otra forma de decirlo. Martín no buscó continuar con la conversación, cenó tranquilamente, esperando el momento en el que la chica retomara la charla, lo cual no tardó en suceder.

—Siempre me ha gustado verlo y escuchar la música —dijo ella sin despegar la mirada de los bailarines—. ¿Es difícil?

—¿Bailar tango?

—Ajá.

Martín frunció la boca mientras pensaba.

—No lo sé —Itzel, ante la sorpresa de Martín, sólo rió—. ¿Qué?

—Nada, sólo creo que para ti es algo sencillo porque lo tienes en la sangre.

La melodía terminó y los bailarines agradecieron los aplausos del público, retirándose momentáneamente para descansar un poco antes de retomar el baile. Itzel le dio un trago al vino.

— Bueno, te voy a enseñar a bailar tango —murmuró Martín mientras los bailarines se alejaban del centro del lugar, sentándose cerca de la cocina. Itzel le miró desconcertada—. ¿No querés? —preguntó él.

—Sí, ¿por qué no? —respondió ella—. Parece divertido.

—Es más que divertido. Para poder bailar tango, primero es necesario entender la esencia del mismo —explicó el rubio—. Tango es igual a seducción, es un baile sensual que no deja de ser elegante, y sus movimientos se basan en los que hacemos cuando caminamos. Lo que significa que para bailarlo, tenés que soltarte y moverte con la naturalidad de tus pasos al caminar —Itzel asintió. Martín se puso de pie, llamando la atención de todas las personas en el restaurante.

—¿Qué haces?

—Voy a mostrarte cuáles son los primeros pasos para bailar tango, flaca —Martín habría podido reír con ganas al observar la expresión de incredulidad que apareció en el rostro de la morena, pero no lo hizo.

—¿Qué? ¿Ahora? ¿Aquí? —Itzel se sonrojó al saber que estaban llamando la atención de los demás comensales—. ¿No podrías esperar a que estemos, no sé, en un lugar más privado?

Martín levantó una ceja y le sonrió de lado, mirándola fijamente. La mexicana bufó y puso los ojos en blanco.

—No me refiero a eso, menso.

—Nunca está de más soñar —y tras decir aquello, le guiñó un ojo. La chica sonrió—. No tiene nada de malo que te enseñe ahora, ¿o sí? Además hay un lindo ambiente.

—Lo que pasa es que te gusta la exhibición y quieres que todos te miren.

—Tal vez —Itzel sonrió un poco y Martín extendió la mano en su dirección—. Vení, no muerdo.

—No, imagino que no —respondió México de una forma que Argentina no supo si interpretar como una broma o sarcasmo. Itzel se puso de pie. Estaba sonrojada y sabía que muchos comensales aún les miraban (otros habían optado por seguir comiendo sin prestarles atención)—. Pero sólo enséñame poquito, ¿sí?

Martín no dijo nada. Se acercó a la chica, usando su brazo derecho para rodear su torso, apoyando la mano a media espalda. Con la izquierda tomó la diestra de Itzel y la flexionó en alto, quedando ésta a la altura de los hombros. Después le pidió que apoyara la mano izquierda en su hombro derecho.

Itzel así lo hizo, con nerviosismo. Sabía que en su rostro prevalecía el sonrojo, que gracias a su piel morena no debería ser tan visible, aunque no estaba segura de que lo fuera teniendo en cuenta la cercanía con Martín. El rubio sonrió al notar el cuerpo tenso de la mexicana.

—Che, sólo tenés que abrazarme y dejar que todo fluya, con tranquilidad.

—Es más fácil decirlo que hacerlo —respondió Itzel desviando la mirada, nerviosa. Escuchó que Martín reía.

—¿Por qué?

—Estás demasiado cerca.

—Así se baila el tango —dijo él por toda respuesta, explicando con esas palabras el porqué de la cercanía.

—Me gusta que se respete mi espacio personal —Martín bufó entre risas y añadió:

—¿Querés aprender o no?

—Que sí, sí quiero.

Martín le sonrió.

—¿Y ahora? —preguntó la morena, sólo por decir algo.

—Mantenete bien erguida —murmuró el rubio—, y miráme a los ojos.

—¿Qué?

—El contacto visual es importante.

—Si tú lo dices…

—Tranquila, que el que guía acá soy yo.

Martín dio un paso hacia atrás y tiró de Itzel, obligándola a seguirle. La chica desvió la mirada un momento a los pies del chico, viendo atentamente los movimientos de éste para darse una idea de lo que debía hacer (aunque tropezaba cada que Martín se movía). Primero un paso atrás con la pierna derecha y después juntar ambos pies permaneciendo en el mismo lugar, luego un paso a la izquierda y volver a juntar los pies, después la pierna derecha hacia adelante, trazando una diagonal. Finalmente, otro paso a la derecha.

—Vos hacés lo mismo que yo pero en espejo, con la pierna contraria, juntando los pies entre paso y paso —Itzel levantó la mirada y asintió—. Con una pequeña variante: cuando vos estés atrás, cruzas la pierna izquierda delante de la derecha, y descruzas para cerrar el recorrido.

—Creo… que no entendí bien.

—Necesitás practicar un poco.

—¿Un poco? Güey, necesito practicar mucho —exclamó ella sonriendo—. A ver, entonces, yo primero doy un paso hacia adelante —al mover su pie, Martín dio un paso hacia atrás—, después junto ambos pies. Ok, eso me queda claro. ¿Luego doy un paso a la…?

—Derecha.

—Bien, derecha, y junto los pies.

—Cuando das el paso hacia atrás cruzas los pies.

—¿Cuál era? ¿El derecho delante del izquierdo?

—No, el izquierdo delante del derecho —la morena asintió. Cruzó la pierna indicada y pateó, inconscientemente, a Martín. El rubio hizo una mueca de dolor.

—¡Ay, no mames! ¡Perdón!

—No te preocupes —respondió Argentina, aún con el dolor pintado en su rostro. Carraspeó un poco y se irguió una vez más—. Descruzas las piernas, llevando la izquierda a un lado y cierras.

—Yo creo que no deberíamos seguir con esto.

—Flaca, podés hacerlo. Ya sabés cómo es el orden de los pasos, sólo tenés qué practicarlos. Una vez más.

Itzel frunció los labios y a regañadientes, repitió los pasos: adelante, juntar los pies, paso a la derecha, pisar a Martín. Disculparse. Paso atrás, cruzar las piernas, no patear a Martín. Hecho. Deslizar la pierna izquierda hacia ese mismo lado, cerrar. Paso adelante, pisar a Martín otra vez, juntar los pies, paso atrás, tropezar… y fue una suerte que Argentina la estuviera sujetando con fuerza por la espalda, de lo contrario habría caído al piso y aquel habría sido un golpe muy feo.

—Por eso te digo que ya no deberíamos seguir con esto.

—Creo que ahora no tengo ninguna objeción.

Itzel le sonrió apenada y ambos regresaron a la mesa. Martín sirvió un poco de vino en las copas de ambos y le extendió una a la morena, quien la aceptó de buena gana y le dio un buen trago, no sin antes levantar la copa en dirección de su acompañante, brindando por él. Martín rió un poco y también bebió de su copa. La mesera que les había atendido hasta ese momento se acercó para preguntar si deseaban algo más, a lo que ambos respondieron negativamente.

Hablaron de todo y de nada hasta que la botella se terminó. A Itzel le gustaba hablar con Martín, le divertían sus comentarios jocosos y sus piropos, las miradas sugerentes que realmente no sugerían nada; le fascinaba que fuera tan extrovertido, quizá porque había conocido a pocos hombres como él. Un claro ejemplo de ello era su hermano, aferrado en comportarse como el macho que realmente ya no era (y que Itzel agradecía, pues al menos ahora Pedro ayudaba en las labores domésticas o cedía en su machismo con mayor frecuencia), cerrando siempre sus emociones a los demás, guardándoselas para sí.

Martín, por su parte, disfrutaba la compañía de Itzel como quizá no disfrutaba de la compañía de otras personas. Veía en ella a una mujer con carácter a quien podía decirle que sus ojos eran preciosos, que el vestido le favorecía de sobremanera o que ella en general era hermosa, sin que la chica se amedrentara. Al contrario, en ocasiones México del Sur había contestado, aunque seguramente en broma, con comentarios similares que habrían hecho sonrojar a cualquiera, mas nunca a él.

Era poco más de media noche cuando abandonaron el restaurante. Por insistencia de Martín, la cuenta corrió por su parte, aunque Itzel había prometido invitarle la cena cuando Martín visitara México capital —y aunque Argentina había sonreído y aceptado la oferta, lo cierto era que no tenía planes de aceptar que ella pagara. Tal vez Pedro, pero no Itzel—. Mientras andaban y se congelaban a una velocidad abrumadora, en opinión de la chica, Martín tomó su mano.

Itzel le miró un tanto sorprendida pero después de unos segundos le sonrió bastante divertida. Martín también le regaló una sonrisa despreocupada y así, de la mano, caminaron hasta el estacionamiento del pequeño restaurante. La morena pensó que seguramente a los ojos de los demás, se verían como una pareja y aquello le pareció bastante divertido. Subió al auto después de que Martín le abriera la puerta y esperó en silencio a que su acompañante se acomodara en el asiento del conductor.

El suave ronronear del auto fue lo único que se escuchó por unos segundos. Itzel sonrió para sí cuando, al mover la palanca de cambio, pasando del punto muerto a primera velocidad, Martín rozó su mano con los dedos, en un gesto que quería parecer casual e inconsciente, pero era completamente premeditado.

¿Martín había intentado seducirla alguna vez? Sí, lo había hecho. En varias ocasiones en realidad. ¿Había alguien a quien el rubio no hubiera intentado seducir? Tal vez sí, tal vez no, pero de las ocasiones en las que lo había intentado con Itzel, en algunas había tenido más éxito que en otras. La personalidad de Martín era así e Itzel lo comprendía y respetaba, después de todo una amistad —bastante peculiar, por cierto—, era lo mejor que podían ofrecerse mutuamente. Y no pedían más.

Itzel miró por la ventana mientras el auto avanzaba y agradeció internamente que, contrario a como había sido horas atrás, Martín permaneciera en silencio, dejándola disfrutar del calor de la calefacción y la música suave que sonaba en la radio. Ella siempre se entretenía mirando por las ventanas de los autos, le hipnotizaba la sensación de dejar atrás todo un mundo y adentrarse a uno nuevo, le prestaba especial atención al caminar de los peatones en la acera o los faros de los demás vehículos.

—Ya llegamos —le murmuró Martín después de unos minutos.

—Sí, ya vi —respondió ella.

Itzel bajó del auto (sola, antes de que Martín tuviera tiempo de ayudarle a hacerlo) y se acomodó el abrigo que se había arrugado durante el corto viaje. Escuchó que Martín cerraba la puerta y volteó a verlo.

—Pensé que sólo me dejarías e irías a tu casa —le dijo ella, mitad divertida mitad extrañada.

—¿Debería irme? —ella se encogió de hombros y se hundió en su abrigo. Realmente hacía frío.

—No sé. ¿Hay alguna razón para que te quedes?

—¿Para enseñarte a bailar, tal vez?

Itzel se rió mientras caminaba, seguida de Martín, hacia el interior del hotel.

—Chale, ¿eres masoquista o algo? Neta, te pisé muy feo hace rato y sigues insistiendo con eso de enseñarme a bailar tango. Si lastimo tus juanetes no quiero que te quejes después[2].

—Te dije que sólo necesitás practicar y ya, es todo.

—Sí, practicar a la una de la mañana…

—Cualquier hora es buena. Es temprano.

—Ya, claro. A veces olvido que aquí la gente sigue con su vida incluso de madrugada[3].

Martín percibió la melancolía en la voz de Itzel. Tomó su mano una vez más y la guió hasta la recepción del hotel. Saludó con una sonrisa a la recepcionista y se encaminó junto con la chica hasta el bar del hotel. Itzel no dijo nada, se dejó arrastrar, quizá un poco adormecida por el frío de la noche y el vino de la cena. El bar estaba más bien vacío, lo cual no era de sorprender, teniendo en cuenta que era miércoles. Martín se acercó a la barra y le susurró algo a un joven que se encontraba ahí. Después regresó con Itzel.

—¿Este es un lugar suficientemente privado? —le preguntó.

—¿De verdad quieres que aprenda a bailar tango?

Él le sonrió.

—Sólo por hoy, después, cuando vayas a México, podés no practicarlo o bailar otra cosa. ¿Cómo se llama ese baile de tu hermano? Ese en el que parece que quiere romperte todos los huesos.

—¿Quebradita?[4]

—Ese. Che, será muy espectacular, pero me pregunto cómo hacés para no terminar en el hospital después de bailar eso… si es que se le puede llamar bailar.

—Que el Pedro no te oiga o se te pone al brinco[5] —rió ella. Después de unos segundos, Martín le acompañó en su risa.

—Quiero que vos bailes un poco, para despejar la cabeza —le susurró él tomando ambas manos de la chica entre las suyas—. Debés pensar en algo que no te haga daño. Sé que allá en México no la están pasando bien precisamente, pero, flaca, vos tenés que ponerte bien, por tu gente y por tu hermano, ya sabés que ese pibe es más sensible que cristalería china, aunque quiera aparentar lo contrario.

—A veces me sorprende lo bien que lo conoces —murmuró ella con una risita, él le guiñó el ojo.

—Digamos que ha habido oportunidad de conocernos un poco más.

—¡Oh, por el amor de Dios! —exclamó ella, un tanto melodramática—, ¿no querrás decir que…?

—Yo lo decía porque la otra vez pudimos hablar un poco más que en otras ocasiones —añadió el rubio con inocencia e Itzel decidió que, por el bien de su salud mental, tomaría por cierto aquel comentario. Quién sabe, tal vez fuera verdad. Tal vez.

Suspiró. Se acercó a Martín y puso la mano izquierda en el hombro de Martín, él sonrió y la tomó por la espalda, sujetando su mano derecha en alto. La acercó a él, un quizá con más fuerza de lo que a México le habría gustado, pero la chica no hizo comentario alguno. Quiso atribuir su actitud tan cooperativa a que estaba un poco más feliz que antes por el vino en su organismo y no a que quería creer en las palabras de Argentina y olvidarse un pequeño momento de los problemas y el futbol y su hermano y de todo.

—¿Recordás todo lo que te enseñé?

—No todo… y espero que no te importe si te piso una vez más.

—Resistiré.

México estaba tan absorta intentando, primero recordar los pasos y después tratando de no pisar a Martín, que no se dio cuenta de que el joven con el que el rubio hablara minutos antes era el responsable de la música. Se concentró en los movimientos naturales de Argentina e intentó imitarlos con muy poco éxito. Y no es que fuera mala bailando, pero lo que ella estaba acostumbrada a bailar era un tanto diferente al tango.

En algún momento de la noche, quizá a las tres o cuatro de la madrugada, después de realizar los pasos interminablemente, desde su punto de vista, y cada vez con mayor éxito (no pisó a Martín ni lo pateó una sola vez, lo cual era realmente un avance), cerró los ojos, abrazándose un poco más a Martín. Era evidente que estaba cansada. Confundida por Morfeo, quien amenazaba con llamarla a sus brazos en cualquier momento, apenas si escuchó cuando Argentina sugirió terminar con la lección de baile para que ella fuera a dormir, y tampoco fue consciente de que asintió ante la sugerencia del rubio para acompañarla hasta su habitación.

Sólo supo que recibió un beso de buenas noches en la frente y que caminó, vestida como estaba, hasta la cama, donde se dejó caer apenas al quitarse las botas que había usado aquella noche y después arrastrar a un sueño tranquilo como hacía mucho no tenía uno.

***

A la mañana siguiente, Itzel despertó con dolor en el cuello, pues había dormido en una posición muy incómoda. Se incorporó en la cama y miró el reloj que había en la mesa de noche, descubriendo que eran prácticamente las once de la mañana. Necesitaba darse un baño muy caliente y quizá tomar algo para el dolor, porque la estaba matándola. Se quitó la ropa que aún llevaba puesta y caminó hasta el baño. Al mirarse en el espejo vio que el maquillaje se le había corrido y que tenía los ojos un poco hinchados.

Le dio la espalda a su reflejo y abrió el grifo de la regadera, midiendo la temperatura del agua hasta que ésta estuvo en el punto exacto como la quería. Entró en la ducha. Cerró sus ojos y dejó que el agua se deslizara por su cuerpo con suavidad, como las manos de un amante, justo así. Se rió por sus pensamientos y mientras lo hacía, recordó lo sucedido la noche anterior. En su rostro se formó una sonrisa que la acompañó durante el tiempo que duró su ducha.

Ella y Martín no solían hablar mucho o salir muy seguido, principalmente por la distancia que había entre sus casas: llegar al otro lado del continente no era sencillo, incluso para ellos. Pero estaba segura de que disfrutaba los momentos que compartía con Argentina. Sí, él tenía su carácter y a veces le desesperaba un poco, de una forma diferente a como sucedía con su hermano (Martín y Pedro eran como el agua y el aceite en muchos aspectos), y ella sabía que su personalidad explosiva a veces hacía un poco difícil la convivencia con los demás.

Terminó de ducharse y salió a la habitación. Tenía hambre así que bajaría al restaurante del hotel y después buscaría a su hermano, esperando que no estuviera demasiado indispuesto o, peor aún, que continuara ebrio por la juerga que seguramente se había montado con Manuel la noche anterior. Aún tenían cosas que hacer, como prepararse para el partido contra Miguel, y más importante aún, no morir de frío durante los días que todavía permanecieran en aquel lugar.

Mientras secaba su cabello para poder trenzarlo, volvió a pensar en la noche anterior. Esperaba que lo sucedido horas atrás se repitiera al menos una vez más mientras ella seguía en aquel país. Quería conocer otros lugares de la ciudad o probar algo más en un restaurante diferente, también quería tomar algo de mate pues habían pasado años desde que lo había probado y no lograba recordar su sabor. Deseaba escuchar el ronronear del Mustang azul de Martín nuevamente, quizá reírse en secreto escuchando el acento de su amigo, seguirle el juego cuando éste intentara seducirla, y en especial bailar un poco más.