Work Text:
Caminas por un largo pasillo apenas iluminado por la trémula luz de un par de antorchas. Detrás de ti, escuchas los pasos de un par de personas que intentan darte alcance sin obtener muy buenos resultados. Aprietas los puños con fuerza y no dejas de hacerlo aun cuando sientes dolor en las manos. Es tu culpa, te dices una y otra vez, lo que está sucediendo es tu maldita culpa.
Entras en una habitación y sin esperar indicaciones tuyas, las pocas personas que hay dentro, salen. Te acercas a la cama y te arrodillas frente al hombre que yace en el lecho, inconsciente. Parece dormir. Tomas una de sus manos con cuidado y reprimes las ganas de llorar. No debes derramar lágrimas frente a tu tlatoani, tu rey. Él jamás toleraría verte llorar. Lo miras detenidamente. Su cabeza se nota ligeramente deforme por culpa del golpe que sufrió en el incidente…
Te culpas otra vez. No debiste dejar que la construcción se llevara a cabo: siempre supiste que algo no estaba bien. Lo sentías. Pero no podías contradecir a tu rey. Sientes un nudo en tu garganta y tragas en seco intentando deshacerlo. Sujetas firmemente la mano del rey; la sientes débil, muy débil. Muerdes tu labio inferior en un intento por ahogar el gemido de dolor que surge desde lo más profundo de tu ser. Está muriendo, el rey está muriendo.
Sientes un dolor profundo en tu pecho. Es tu culpa, te dices, es tu culpa por no detener la construcción del acueducto, por no estar en la ciudad cuando sucedió el accidente. Deseas jamás haber ido a los territorios recién anexados; deseas no haber sido tan soberbio y desear más poder, ser un imperio; deseas que tu rey jamás hubiera deseado lo mismo. Permaneces en silencio, incapaz de decirle algo, de hacer algo. Pronto morirá, lo sabes, y duele. Porque incluso cuando sabías que este día llegaría, y que debes estar preparado para ello, decirle adiós será difícil.
Entonces, sin que puedas evitarlo, lloras. Derramas lágrimas que marcan un doloroso camino desde tus ojos hasta tu barbilla. Te permites llorar porque ya no estás delante del tlatoani. Estás delante de Ahuízotl, el joven, el guerrero, el valiente. Ahuízotl, Perro de Agua, quien te volvió grande, quien te convirtió en todo un imperio. Ahuízotl, a quien amaste más allá de lo físico y terreno. Tu cuerpo tiembla y los sollozos no cesan. Sin que lo esperes, la mano que sujetas firmemente entre la tuya, se mueve. Levantas la mirada y te encuentras con sus ojos negros, profundos. No puede hablar.
Te mira con tristeza, como si deseara pedirte disculpas. Niegas en silencio, sin romper el contacto visual, y le dices sin palabras que no hay nada qué perdonar. En su rostro aparece una débil sonrisa antes de que cierre los ojos otra vez. Su mano se vuelve pesada; susurras una corta oración y te pones de pie. El rey ha muerto.
