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Hacia Impel Down

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—Deja de decir estupideces y usa tu boca para comer —Le ordenó a Zoro, tan cerca, que podían sentir el cálido aliento del otro golpear contra los labios.
—Sólo digo la verdad, cocinero —contraatacó, sin intenciones de dar el brazo a torcer y sin acatar la orden de comer.

El resto observaba la disputa diaria sin verdadero interés en ella; estaban más atentos en comer el delicioso almuerzo que en esa ocasión Sanji había preparado.

—Si centrarías tu atención en otra cosa que no sean faldas, seguramente tu diminuto cerebro podría llegar a la conclusión de que si no peleas, mueres. Así de fácil.
—No puedo creer que justo el sádico del grupo me diga algo así. —Estaba harto de seguir escuchando el reproche de quien menos podía reprocharle.

O acaso, ¿no era Zoro el kamikaze con ideas absurdas, tipo "voy a cortarme las piernas para seguir peleando"?
El muerto se ríe del degollado.

—No pretendo que alguien como tú entienda mi filosofía —remató el cocinero.

Zoro suspiró con hartazgo, sintiendo la lejanía de Sanji como un peso difícil de ignorar. El rubio había tomado distancia para servirse su plato y, gracias a Dios, sentarse a comer.

—Ni tampoco me interesa entenderla.

Ahora fue Nami la que suspiró, por un breve intervalo había tenido la ligera esperanza de que esos dos dejaran la discusión de lado.

—No te pido que la entiendas, sólo que te calles —dijo entre dientes, con ganas de saltarle encima y molerlo a patadas.
—Tú también podrías usar tu boca para otra cosa que sólo hablar —hizo la mímica con la mano—, que sólo hablas y hablas —siguió moviéndola y mofándose.

Aquella acotación descolocó al cocinero, pero ante la risita ladina de Robin, sentada a su lado, el espadachín aclaró:

—Usa tu boca para comer, en vez de usarla para alardear tanto, porque al final sólo eres eso…
—Es demasiado viniendo de un tipo que lo único que sabe hacer es esculpir su cuerpo. —Sanji se sintió satisfecho con lo dicho, como si el silencio de Zoro le diera la victoria definitiva en esa reyerta, y por eso continuó más envalentonado. —Que te la pasas todo el día levantando pesas…

Fue el turno de Robin para interceder por la paz mundial, toda, y callar a esos dos.

—Se ve que lo miras mucho, cocinero-san.

La expresión de espanto y sorpresa en Sanji era tan graciosa que Luffy soltó una risilla. El acusado apretó los puños, reconociendo que de no haber sido hecha esa acotación por su adorada Robin-chwan, ya hubiera masacrado a quien osara insinuar algo similar.

—Por supuesto, si se la pasa todo el día sin hacer nada —Roronoa alcanzó a decir eso, quizás en pos de quebrar el tenso clima instalado por la acotación de la arqueóloga, porque nadie dejaba de lado que Sanji no lo negó, ni lo admitió.
— ¡Cocino, marimo; cocino! —Corrigió— ¡Alimentar a Luffy me lleva todo el jodido día!
—Ya… ¿podríamos almorzar en paz? —Suplicó Usopp— ¿Una vez, al menos?

Zoro gruñó algo que no se entendió y colocó la mano en la empuñadura de su katana. Era fácil notar el esfuerzo sobrehumano que realizaba para evitar desenvainar e írsele al humo.

Ganas le sobraban, de cierta forma extrañaba derrochar esa energía. Sentía que se le acumulaba en el cuerpo, muy pronto a explotar.

—Zoro… —susurró Chopper, alarmado—por favor, que Sanji en su condición no puede hacer esfuerzo.
—Déjalo, Chopper —Desafió Sanji sin mirar al reno, clavando los ojos en los del espadachín—Si quiere guerra, se la daré.
—No me gusta tener ventaja —objetó Zoro, altanero. Había sido la mejor manera de respetar la orden del doctor del barco.

No pretendía matar al cocinero, como sabía, el cocinero tampoco pretendía matarlo a él. Pelear como vikingos y descargar tensiones ya era un ritual sagrado para ellos, pero siempre bajo estrictas condiciones, y una de ellas era la igualdad.

Sanji tenía una de las piernas fuertemente vendadas y, aunque caminaba con normalidad, se podía ver en su rostro una expresión de dolor cuando hacía determinados movimientos. Eso sin dejar de lado que sus manos estaban a la miseria, porque por cubrirse de los golpes del enemigo, había tenido que exponerlas… y por supuesto no dejaba de usarlas al cocinar, lo que ralentizaba la recuperación.

Así que el nuevo apodo que le tenía Zoro, era "momia", que no, sólo tenían vendas en las manos, pero le encantaba darle en donde más le molestaba.

—Cierto —recordó Franky de súbito, interrumpiendo lo que Sanji pensaba gritarle a Roronoa—, olvidé decirles que la bomba del baño quedó inutilizable.
— ¡¿Qué? —Se espantó Nami— ¿Qué quiere decir eso? —Lo preguntó, aunque lo intuía.
—No podremos bañarnos, o sí, pero con agua de los toneles.
— ¿Y no puedes arreglarlo? —investigó Robin.

Las chicas parecían ser las más afectadas por la novedad.

—Lo intenté, pero una de las balas de cañón le dio de lleno a la bomba y hasta que no lleguemos a una isla y compre las piezas que necesito, no podré hacer magia.
—Ahora noto una nueva ventaja de ser sólo huesos —dijo Brook—¡Yo no necesito bañarme!
—No se preocupen, mis ladies —La necesidad de sus muchachas logró distraerlo de la disputa con el espadachín—Les calentaré agua todos los días… con el calor de mi amor.
—Así que no podremos bañarnos hasta que lleguemos a una isla… bueno —Luffy alzó los hombros y siguió comiendo, indiferente al pormenor.
— ¡Se van a bañar igual, con los bidones; o el barco va a apestar en menos de una semana! —gritó la navegante, asqueada con la resolución de su capitán… podía tomarle meses hallar una isla.
— ¡Ey, los piratas de verdad no se bañan! —contradijo Luffy con comida en la boca.
—Por cierto, ¿dónde estamos? —Preguntó Zoro, recordando el ajetreo en la última isla visitada, de la que tuvieron que escapar con los marines pisándole los talones dando por resultado a un estúpido cocinero como herido, por su estúpida filosofía y su estúpida suerte de encontrar en el camino a un marine mujer.

Zoro lo sabía muy bien, pues le había salvado de esa por muy poco.

—No tengo idea —se lamentó Nami. —Una de las corrientes extrañas que rodeaba la isla nos sacó de ruta, pero ya lograré ponerlo en marcha.
— ¿El Log pose? —Preguntó Usopp extrañado, haciendo piruetas con el plato para mantenerlo alejado de la mano de su capitán.
—No marca la siguiente isla, supongo que es porque no estuvimos el tiempo suficiente, lo único que nos queda es volver y esperar a que cargue, pero con todos esos marines… —se lamentó la navegante.
—Ah, yo creo en ti, Nami-san —suspiró el cocinero—, seguramente en unos días daremos con la ruta.

Nami sonrió, le agradaba la confianza ciega que siempre depositaba Sanji en ella, pero en ese caso realmente estaba desorientada. Los remolinos en el agua, tan poco frecuentes, desviaban al Thousand Sunny. No se veía ninguna isla a la vista, ni tampoco referencia suficiente para saber a dónde dirigirse. Simplemente podía confiar en su instinto o bien darlo por perdido y volver al comienzo: a la isla desde donde salieron; pero aunque esa era la mejor opción, el camino de regreso no era fácil. No sólo por los marines, es que esas aguas eran muy traicioneras. Nunca creyó que sería tan difícil navegar en el Nuevo Mundo.

Una condenada semana, una semana y todo lo que se veía a lo lejos eran remolinos y más remolinos. Nami había pedido anclar en medio de la nada, para estudiar unos días las aguas y poder decidir qué hacer. En esa zona el mar estaba calmo, quizás demasiado.

Una condenada semana, y como Nami había vaticinado, el barco apestaba a macho cabrío que ni Satán lo soportaría. Esa mañana despertó a todos los hombres a los golpes, y tapándose la nariz les ordenó sin misericordia que se metieran al baño cuanto antes para ducharse con el agua fría de los bidones. Eso era problemático, no sólo por la incomodidad, sino porque en altamar tenían que cuidar el agua como si de oro puro se tratase.

Al único que no había podido agarrar fue a Zoro, porque esa mañana le tocaba su turno de vigía. Sanji lo lamentó, le encantaba la idea de compartir baño con él.

El sol comenzaba a asomar por la línea delgada del horizonte. Al cocinero le agradaba más vigilar en esa circunstancia. Una paz inexplicable lo colmaba al ver esas aguas inquietas arremolinándose a lo lejos, en alto contraste con la quietud que los rodeaba.
Era un mar tan curioso.

Apagó el cigarrillo con la idea de bajar a cubierta para despertar a Usopp y ser suplantado, tenía que ponerse a hacer el desayuno si quería tenerlo listo para dentro de una hora cuando todos sus hambrientos compañeros despertasen.

Pero mientras iba bajando la escalerilla advirtió a lo lejos al espadachín. Se vio tentado en gritarle "sucio" por haber escapado de la furia de Nami el día anterior, pero notó sin dificultades que Zoro tenía todas las intenciones de darse esa mentada ducha que había postergado.

Sanji frunció la frente. ¿Cuántas veces le había gritado que nadar desnudo en el mar no era igual que bañarse con jabón?

Roronoa se quitó la ropa, sintiéndose seguro de que a esa hora nadie estaría despierto, no porque le importase esconder su desnudez, pero le incomodan los comentarios de Robin y ya estaba harto de que Nami le reprochase tanta desvergüenza de su parte.

Así que desde hacía bastante tiempo había tomado por costumbre darse esos baños de autentico vikingo-pirata, una vez al mes y muy temprano en la mañana.

No es que Roronoa Zoro no se bañase, sí, lo hacía, pero le gustaba sentir el agua fría de mar en la piel.

Sanji terminó de bajar lo que le quedaba justo a tiempo para ver como el espadachín desaparecía por la baranda. Rechinó los dientes, imaginando lo que debía sentirse el agua helada del océano chocando contra la piel desnuda. Caminó unos pasos, hasta ponerse de pie sobre la misma baranda por la que Zoro había saltado.

Ahí estaba, nadando con maestría, como todo hombre de mar. Sus marcados músculos en la espalda se tensaban con cada brazada. Sanji se relamió cuando sus ojos se posaron en los firmes glúteos de su compañero.

Suponía que Zoro no era consciente de que en ese momento tenía un mirón, así que el cocinero se encargó de hacerse notar.

— ¡Marimo! —No lo escuchó, tuvo que gritar dos o tres veces más para conseguir su atención— ¡Si te traga un remolino no bajaré a buscarte! Ese idiota… —farfulló.

Nami ya les había aclarado que el agua, por muy tranquila que estuviera, no era segura. Dichos remolinos parecían nacer sin razón aparente en cualquier parte.

Debía haber una razón, y eso era lo que Nami se proponía averiguar.

Vio como Zoro tomaba la escalerilla para subir por ella, con toda esa desnudez tan masculina embelleciendo el paisaje. Sanji lo esperó con una sonrisa juguetona en los labios, que enseguida borró cuando el espadachín subió a cubierta:

— ¿Qué tanto balbuceas, cocinero? No te escucho desde allá abajo.
—Sí que me escuchaste —reprendió.
— ¿Tantas ganas tenías de verme desnudo? —Estiró los brazos, dándole con el gusto de que echase un buen vistazo a su anatomía.
—Tsk… ni que fuera la gran cosa —se burló, simulando no prestarle atención, pero sin dejar de echar una recatada ojeada al pene del espadachín, que colgaba graciosamente adornado por una mata de pelo verdoso.
—Tengo hambre —murmuró, como una orden implícita para que fuera a la cocina y se pusiera cuanto antes a cumplir su labor, pero Sanji fingió ignorarlo.

Atravesó la puerta de la cocina sintiendo que la calma volvía a él, inspiró el aire que colmaba su lugar y puso manos a la obra. Por la ventana, podía ver al espadachín cubriendo su cuerpo con el shihakusho que siempre llevaba encima. Se dio cuenta que caminaba hacia él, así que volvió a fijar la atención en la preparación del desayuno.

Zoro corrió una silla, y se sentó desgarbado en ella. Aprovechando que Sanji le daba la espalda, fijó la vista en su trasero devorándole con la mirada. Los segundos pasaron, incluso los minutos, sin que ninguno de los dos se atreviera a abrir la boca. Hasta que el cocinero decidió que correspondía ser él quien tocase el tema:

—Gracias. —No era tan orgulloso como para negar la verdad.
— ¿Gracias por qué? —Se hizo el olvidadizo, aunque sabía que Sanji le estaba agradeciendo su oportuna intervención— ¿Por salvar ese culito prieto que tienes?

El cocinero dio la vuelta con fuego en los ojos. Genial, lo mucho que le costaba reconocer que el espadachín tenía razón, y éste, ni por pura casualidad era capaz de hacérsela más fácil.

— ¿Puedo saber qué es lo que te molesta tanto? —le preguntó a Zoro.

El aludido soltó el aire atorado en sus pulmones en un gesto de fatiga. Se puso de pie y caminó hasta el cocinero, lo necesario como para tomarle de la corbata.

— ¿Te lo tengo que explicar con manzanas, o prefieres un dibujito? —se estudiaron por unos breves segundos, sosteniéndose la mirada.
—Pelea —sentenció el rubio, desafiante.
— ¿Eh? —Zoro se descolocó, no esperaba esa orden.
—Que pelees.

Le costó entender lo que Sanji pretendía. En pocas palabras le estaba pidiendo que dejara de lado su delicado estado para entablar una de esas necesarias batallas diarias que solían tener entre ellos; porque por mucho que Sanji quisiera guerrear, si uno no quería, dos no podían.

— ¿Qué, tienes diez años que me dices "pelea" como un crío?
—Pelea conmigo, marimo… o voy a morir. —La expresión en sus ojos fue desoladora.

Zoro entendía muy bien el sentir de su compañero, a él también le estaba costando bregar con esa tensión acumulada. Necesitaba descargarla, y cuanto antes.

—Apenas Chopper te de el alta… te romperé el culo —combinó el espadachín, soltándolo; pero Sanji lo agarró de los brazos evitando que tomara distancia.
—Por favor, Zoro… no aguanto más —Odiaba verse en esa situación, suplicándole a su mejor enemigo.
—Yo tampoco, pero es tu culpa… si no tendrías esa estúpida filosofía, ahora yo estaría blandiendo felizmente mis katana, y tú, tus ridículas piernas peludas.
—Ahí vamos otra vez con eso —suspiró entornando los ojos.

Ya estaba harto del sermón, ¿es que el marimo no tenía otro repertorio? Siempre lo mismo. O al menos era siempre lo mismo desde que habían salido de esa isla, ¿y por qué, de repente, al espadachín le molestaba su filosofía? No recordaba que antes le hubiera reprochado con tanto tesón el mantenerse ajeno a una batalla cuando era una mujer la involucrada. O quizás sí, pero no de manera tan directa.

—Pudiste haber muerto, idiota.
—Pero no morí —retrucó, y la frase que le seguía surcó su cabeza como un cometa: "porque tú estabas ahí".

Roronoa pareció leer su mente ya que una sonrisa ladina, de medio lado, se esbozó en sus labios.

—No voy a rogártelo más, Zoro —La mirada de Sanji era firme, atrás de él quedaba en segundo plano las verduras que había cortado y toda la preparación del desayuno.

Roronoa tardó en caer en la cuenta; lo que intentaba Sanji era doblegarlo para llevarlo al punto de luchar como las dos bestias que eran, pero no le daría con el gusto.

— ¡Maldición! ¡¿Desde cuando te importan la gravedad de mis heridas? —se le fue al humo, tumbándolo al suelo y de paso, la silla en la que minutos antes el espadachín estaba sentado.
— ¡Ya te dije que no quiero tener ventajas! —comenzó a forcejar con él, tirando puños a lo loco desde el piso sin que diera en ningún lugar en concreto.
— ¡Mientes! ¡Porque tus golpes fueron peores que los de esa mujer! ¡Además no te lo voy a perdonar, cretino, casi más la lastimas!
— ¡No la lastimé, sólo la dejé inconsciente! ¡Y si te pegué era porque te lo merecías por idiota!

Una trompada logó debilitar el agarre del cocinero, de esa forma Zoro tuvo todas las de ganar, pero olvidaba que las piernas de Sanji eran armas letales, y acabó siendo enredado e inutilizado por ellas.

Con las piernas abiertas, sentía el peso de las rodillas de Sanji sobre la cara interna de los muslos, al punto del dolor.

—Eres un idiota, marimo… —Sanji sonrió, pero la sonrisa en esa ocasión fue distinta.

Zoro la notó cálida y contagiosa.

Finalmente no le quedaban más opciones que admitir que a veces Sanji solía salir victorioso. Podían empatar en las batallas corporales, pero en las del corazón, parecía ganar siempre el cocinero.

El rubio percibía lo que ocurría, y acabó por confirmarlo al fijar la vista en el único ojo que tenía Roronoa.

—No va a pasarme nada malo, nunca.
— ¡No estoy preocupado! —vociferó fuera de sí, incluso sabiendo que estaba mintiendo.
—No va a pasarme nada malo, si tengo a un vikingo, masa de músculo sin cerebro que está todo el día entrenando, como nakama.
—No abuses, tampoco… que mis servicios no son gratis.
—Ey —se quejó, liberando las piernas del otro— ¿A todos les cobras con una mamada? Que no me entere.

Eso sonó tan endiabladamente bien, que Zoro tuvo que utilizar toda su entereza para reprimir la sonrisa. ¿Quién lo hubiera dicho? Después de todo el cocinero pervertido podía ponerse celoso.

— ¿Qué pasa? —Notó el cambio brusco de emociones cuando el rubio tomó distancia.
—Nada, es que… —en cuclillas, comenzó a hacer espirales con el dedo sobre la madera—Me estoy quedando sin tabaco, Chopper no me da el alta, no puedo pelear contigo… Mi vida apesta.

Eso sin quitar, claro, que las chicas estaban muy lindas y como siempre no se dejaban tocar.

—Ah, la vida es injusta —satirizó el espadachín con tono extremadamente parco.
—Mucha presión —sollozó.

La puerta de la cocina se abrió, dejando ver a Nami siendo seguida por Chopper. El reno, al ver las sillas tiradas y a los otros dos en el suelo, no tardó en reclamar:

— ¡Chicos, les pedí que no pelearan! ¡Sanji, tus heridas van a abrirse! —miró a uno y luego al otro, pero ninguno de los dos dijo nada al respecto.
—Sanji, el desayuno por favor —pidió una radiante Nami.
— ¡SÍ! ¡Nami-san! —Se puso de pie de un salto ignorando el dolor que movimiento tan brusco le provocó—Enseguida, toma asiento —ofreció con una exagerada genuflexión.
—Encontré la forma de volver a la isla y quiero ponerme cuanto antes a trazar el camino.

Poco a poco la cocina fue llenándose de piratas, la navegante esperó a que estuvieran todos para explicar lo que debían hacer. Había podido descifrar el enigma de esas corrientes y encontrar una ruta, dentro de todo segura, para poder regresar y esperar a que el Log Pose estuviera listo.

Unos pocos días después, habían podido estar de regreso en la última isla visitada. Conociendo las aguas, era mucho más rápida la navegación, así que Nami no estaba sorprendida por la velocidad, al contrario, lo había supuesto.

Al anclar, pidió que no se alejaran demasiado pues al Log Pose no le faltaba mucho para imantarse, pero demasiado tarde: Luffy había salido del barco al grito de "aventura" antes de que ella terminase de dar el consejo.

La navegante se llevó una palma a la frente, resignándose con el capitán que había elegido.

—Zoro, ¿podrías seguirlo? Va a meterse en problemas antes de que podamos zarpar de nuevo.
—Yo bajaré a buscar lo que necesito para arreglar la bomba del baño —Avisó Franky, tomando a Usopp del tirador para llevárselo.
— ¿Y yo por qué? —se quejó el mentado.
—Necesito burro de carga.
— ¡Ey! —la queja de Usopp se perdió a la lejanía.

Por la puerta de la cocina el rubio se asomó después de terminar de acomodar todo.

— ¿Adónde vas, Sanji? —Preguntó Nami al ver como se escapaba por la escalerilla.

Pero el cocinero parecía muy ensimismado en sí mismo:

—Tabaco, mujeres, tabaco, mujeres… —Y murmurando también se alejó del Sunny.
—El resto no se mueva —Dijo, pero refiriéndose a Brook solamente, pues ya había puesto un pie fuera del barco tomando la escalerilla.

El esqueleto tiritó de miedo, y volvió a subir esa pierna.

—Yo me quedo, Nami, no te preocupes —tranquilizó Chopper.
—Si empezamos a irnos, tardaremos más en partir —y ciertamente quería irse cuanto antes de allí. Demasiados problemas ya habían tenido en esa isla.
— ¿Crees que los marines sigan aquí? —Le preguntó Robin.
—Supongo que ya nos enteraremos en cuanto los chicos aparezcan corriendo, con ellos pisándole los talones —se dejó caer, desahuciada, en su reposera.

Parecía mentira, pero es cierto eso de que el humano es el único animal que no aprende de sus errores.

De nuevo la misma situación: Luffy armando jaleo porque un pirata había osado vociferar que sería el nuevo rey de los piratas, Sanji persiguiendo chicas con la nefasta suerte de que una de esas fuera un marine, y Zoro perdiéndose para acabar en el mismo punto de partida.

Los tres eran los más fuertes, pero los más idiotas de la tripulación. Parecía ser un requisito indispensable.

—Hina ofendida —le vociferó la dama al muchacho rubio que había intentado cortejarla—Hina indignada. —Que un pirata le invitase tan descaradamente a beber una taza de té, era un ultraje para ella.

A esas alturas, los Mugiwara eran tan reconocibles, que Sanji acababa por ser uno de los blancos más fáciles. Las cejas lo delataban enseguida, más allá de que él insistía en que su cartel no se le parecía en nada.

— ¿Será mi destino morir en manos de una hermosa mujer? —Se preguntó, filosófico—Como sea, moriré feliz.

Se puso de pie con dificultad. Las viejas heridas en las piernas volvieron a abrirse, sumándose a las nuevas que Hina le había hecho; podía sentir la humedad de la sangre empapándole el pantalón. A lo lejos vio una polvareda y antes de que pudiera llevarse un cigarrillo a la boca escuchó la voz del espadachín.

— ¡¿Otra vez, cocinero?

Ya habían tenido que escapar la vez anterior por su culpa… y por la de Luffy.

Zoro pasó a su costado, al vuelo, y lo tomó de la corbata para arrastrarlo con él rumbo al camino natural cubierto de vegetación. Sanji se preguntó de qué o porqué corría Roronoa, pero enseguida encontró la respuesta cuando una chica de gafas frenó su carrera junto a la belleza que le había dado una paliza segundo antes de que Zoro lo sacase de allí.

Lo último que vio de las hermosas damas en cuestión fue que hablaban entre ellas, para en apariencia ponerse de acuerdo e ir tras ellos.

— ¡Vengan a mi, preciosas! —Sanji estiró los brazos.
— ¡Cállate, imbécil, o nos van a encontrar!

Y eso era lo que quería Sanji precisamente. Roronoa frenó su alocada y torpe huída para tumbarlo al suelo y ponerse a horcajadas sobre él. Le tapó la boca con una mano, evitando que siguiese gritando incoherencias.

—Mierda —murmuró el espadachín viendo entre la tupida maleza. —Esta situación es una mierda —volvió a rezongar.

No podían tener peores enemigos. Una, era la loca que siempre lo perseguía a él para quitarle su preciada katana, y la otra, era un usuario de una akuma no mi de lo más curiosa. Y ambas eran mujeres.

A Sanji ya podía darlo por muerto debido a ese detalle, y él no dejaba de lado que a Tashigi no podía enfrentarla. El parecido con Kuina todavía seguía erizándole los pelos de la nuca.

—Mierda —volvió a quejarse por postrera vez. Las podía ver demasiado cerca. Si daban unos pasos más sin dudas terminarían por toparse con ellos.

Pero Zoro dejaba de lado un importantísimo detalle: que su ropa y sobre todo su pelo, cuya cabeza era lo único que sobresalía, lograba camuflarlo entre la vegetación.

Estaba atento a cada movimiento de las damas en cuestión, quienes en pocos segundos se vieron escoltadas por más marines. El panorama no era bueno, no daba lugar a pensar en otra cosa que no fuera en escapar o enfrentar dicha situación, sin embargo Zoro no pudo evitar distarse con el cuerpo que estaba tendido bajo él.

—Ey, pervertido —le dijo a Sanji, viendo en el único ojo visible del mentado la lujuria incontrolable.

Por la posición, podía sentir la entrepierna del cocinero endurecida, golpeando entre sus nalgas como si quisiera entrar con ropa y todo.

—No es momento —se quejó el espadachín sin dejar de taparle la boca para evitar que gritase algún desatino que los delatase.

¿Qué pretendía el melón idiota?: La situación de tenerlo sobre él, sintiendo esa poderosa mano que blandía katana's y que emana ese olor a metal tan característico, subyugándolo así, era mucho más de lo que Sanji podía tolerar.

Antes de que Zoro pudiera pegarle por depravado, las mujeres —siendo seguidas por la tropa de marines— dio la vuelta caminando hacia un claro, en clara dirección opuesta a la que estaban ellos. Sin embargo Roronoa sabía que no podía bajar la guardia.
Notó que Sanji le estaba rogando que le dejase respirar cuando sintió los manotazos de él y lo soltó.

— ¿Ya se fueron?
—Eso creo, pero quédate quieto. —Debían ser cautos y evitar confiarse.
—Vamos, marimo… admite que te gusta estar así —movió las caderas, para rozarle de manera indecente.
—Maldito cocinero pervertido, que no es momento, ¿no te das cuenta? —farfulló furibundo entre dientes, sin dejar de mirar al frente, como un felino acechando a su presa.

Lo siguiente que hizo Sanji, descolocó al espadachín. Sintió la lengua húmeda y caliente recorriéndole la nuez de Adán. Todo el autocontrol del que se jactaba Roronoa en el campo de batalla se fue al demonio en ese preciso momento, pero en cuanto sintió que su pene comenzaba a reaccionar, se separó del cuerpo del cocinero sin elevarse lo suficiente.

Las voces de los marines que rastrillaban esa parte de la selva, lograba poner todos sus sentidos en alerta, sin embargo no por eso iba a dejar de lado lo que estaba pasando allí.

Sin prever la reacción del espadachín, Sanji sintió un golpe en la mejilla.

— ¡Siempre es igual contigo! —Trató de gritar lo más bajo que pudo.
—Si no ha pasado nada… todavía —naturalizó Sanji, buscando deshacer el obi del shihakusho que llevaba puesto su compañero.
—Deja tus manos quietas, cocinero —exigió con un aire glacial que hubiera congelado a cualquiera en su sitio, pero Sanji sabía derretir con su fuego ese fingido hielo.
—Oblígame.

Decir eso fue una invitación para que Zoro lo cachetease de nuevo.

—Ok, marimo… —espetó malhumorado—ya me tienes harto.

Logró desatar el obi, pero todo detalle lujurioso perdió sentido cuando la furia lo colmó. Había muchas cosas del espadachín que no entendía, y que quizás nunca iba a entender.

Una tonta y poco prudente pelea dio inicio. No, no había patadas, ni sablazos, sólo golpes de puño que iban y venían; ambos trataban de darle escarmiento a su contrincante siendo conscientes de que debían llamar la atención lo menos posible.

El que terminó sentado sobre el otro, fue Sanji, sólo porque Roronoa se distrajo al darse cuenta de que su traje se había abierto. ¿En qué momento el cocinero degenerado le había desatado el obi?

Pero no, no era suficiente con darse algunos golpes; necesitaban más para poder descargar esa tensión que venían acumulando desde hacía un mes. Necesitaban hacer uso de sus mayores habilidades para sentirse satisfechos en verdad.

— ¿Qué pasa, marimo? —se burló el cocinero al notar que había volcado la situación a su favor. Se acomodó lo mejor que pudo para poder inutilizar el cuerpo del espadachín.
—A ti qué te pasa… —Agitado, trató de calmarse, pero le duró un segundo, enseguida trató de dar vuelta la pequeña disputa.

Logró liberar sus propios brazos de las manos del cocinero, para tomarlo del cuello de la camisa y halarlo.

Se la desgarró, inevitablemente. Los botones saltaron como proyectiles y uno de los hombros del cocinero se pudo apreciar, blanco y seductor.

— ¡¿Qué haces, infeliz? ¡Esta es mi camisa favorita!

Gritó tan alto, que Zoro se vio en la obligación de callarlo. En un arranque temperamental, logró liberar las piernas de las del cocinero y se sentó, tapándole la boca. La corbata le colgaba graciosamente del cuello.

—Me importa tres carajo la puta camisa, cállate, nos van a encontrar —miró hacia un lado y hacia el otro, para después recostarse lentamente en el follaje de espaldas y arrastrando consigo al cocinero.

El pene, en los pantalones de Sanji, iba a explotar. Otra vez, sentirse así de subyugado por el espadachín entonaba sus sentidos, encima ahora tenía una perfecta vista del pecho lampiño de Zoro. Advirtió incluso que el hakama, entre tanto ajetreo, se le había desacomodado un poco dejando entrever parte de su anatomía más secreta.

Se le fue al humo de vuelta, bajándole con dificultad dicha prenda. Ahora quería verlo todo, por completo.

Zoro se dejó hacer, en parte porque él también se moría de ganas y en parte porque comprendía que si se resistía sería peor: acabarían por encontrarlos.

Su pene, que finalmente se había endurecido tanto como el de Sanji, daba cuenta de lo poco que le importaba el peligro circundante. Peligro que todavía persistía, ya que el grito del cocinero pareció haberles revelado a las mujeres que ellos seguían allí, no muy lejos de ellas.

— ¿Qué pasó que estás tan cariñoso? —Zoro le tomó de los brazos, tratando de hacérsela difícil— ¿Estuviste tomando?

La sonrisa en sus labios era irónica y ofensiva. Sanji lo miró de malos modos y no le respondió, prefirió usar el enojo para imprimir más violencia en su trato.

Entendía lo que Zoro insinuaba: estaba sobrio como para hacer esas cosas que sólo se atrevía estando borracho. Le molestó, de sobremanera. Ahora le demostraría que estando abstemio era capaz de mucho más que de tan sólo mamársela.

—Ya vas a ver…
—Ey, espera —reclamó el espadachín, pero Sanji se las ingenió para forcejar con él y poder bajarle lo suficiente el hakama.

Zoro se mostró confundido, por un lado quería, era evidente pues su cuerpo no parecía reaccionar en contra —todo lo contrario, el pene se erguía como el asta del Sunny—, pero por el otro lado no podía obviar la delicada situación.

—Quédate quieto —imperó el cocinero en el oído de su amante.

Le extrañaba tanta sumisión por parte de éste, sin embargo esa turbación en Zoro duró un segundo.

Roronoa comenzó a agitarse como una fiera, logrando que las hojas se sacudieran de forma escandalosa. Hasta que Sanji quedó de costado, sobre la espalda del espadachín, inutilizándole el cuerpo.

— ¡Quédate quieto! —Bramó el rubio, asustado por la idea de que semejante alboroto llamase la atención de los marines.

No, no era momento… debían pensar en escapar, en buscar refugio, en volver al Sunny y alertarlos a todos, pero Zoro mansamente elevó apenas las caderas, relajando los muslos luego de permitir que su trasero quedara expuesto y al aire. Sintió la presión y la urgencia de Sanji, el gemido ronco en su oído y esas manos que sabían hacer delicias, apretándolo con poderío.

—Hijo de puta —murmuró entre dientes, experimentando un morboso placer con el dolor que le ocasionaba su compañero.

Un dolor casi similar al que obtenía cuando luchaban. Aunque las zonas del cuerpo que quedaban adoloridas no fueran las mismas.

—Cállate.
—No me calles y hazlo rápido —demandó Roronoa con ansiedad, quería que la tortura avanzase hasta ese punto enloquecedor.

Y sucedió, pudo sentir la virilidad de Sanji clavada en sus entrañas y un ronco jadeo le nació. El pene estaba atrapado contra la maleza y todo ese entorno no hacía más que encenderlo.

Sanji se compadeció de él, y por un momento le trató como trataba a sus amantes mujeres, buscando primero el placer de Zoro.
Escabulló las manos, hasta dar con el pene del espadachín y comenzó a masturbarlo con apremio, sabiendo que si no podían evitarlo, al menos tenían que terminar con eso cuanto antes.

El pene del cocinero descansaba endurecido en la intimidad del espadachín; Sanji no había querido moverse, por temor de arruinar al clima al alcanzar la cima. Se desquitó cuánto quiso: le mordió la oreja, el hombro descubierto; le clavó los dedos y le dijo obscenidades al oído que, de ser otra la situación, le hubiesen irritado.

Zoro no tardó en soltar su semilla sobre la mata de hojas bajo él, regando con su esencia la madre Tierra. Abrió la boca, tratando de recuperar el aire perdido, pero el rubio no le dio tregua; en cuanto notó que Roronoa ya había llegado, se apresuró desesperado por su turno.

Las arremetidas fueron violentas y sin consideración alguna, detalle que logró excitar aún más al espadachín pese a haberse descargado segundos antes. Sanji tuvo que morderse los labios, para evitar gritar al momento que el orgasmo lo inundó.

Luego la calma, el silencio absoluto que levemente era interrumpido por la vida diurna en esa pequeña selva. Se quedaron quietos, no por temor a que los descubriesen —todavía seguían oyendo las voces de sus perseguidores—, era como si necesitasen de un tiempo extra para volver a tierra, para acomodar las ideas.

—Haberse visto, cocinero… lo pervertido que eres… —incluso en esa situación era capaz de arrastrarlo al borde de la sodomía, sin importarle peligro alguno.

Zoro pensaba casi lo mismo que Sanji: el cocinero que se desvivía por las muchachas bonitas, había cruzado la delgada línea… no se había tratado del mero coqueteo habitual, de una simple felación para descargar tensiones.

Roronoa pareció ser el primero en reaccionar. Se removió inquieto tratando de despertarlo al otro del letargo. Sanji salió del sitio y le permitió que voltease. Una nueva pelea dio comienzo mientras trataban de acomodarse las prendas, pero fue breve, interrumpida por una voz femenina.

— ¡Capitana Hina, aquí están!

Cuando Sanji elevó la vista, vio el filo de una katana a escasos centímetros de su rostro. Siguió el recorrido visual por la empuñadura, hasta lograr ver a la chica que reconocía como la teniente de Smoker.

—Maldición —Zoro empujó a Sanji, para ponerse de pie de un salto, tratando de hacer todo al mismo tiempo: de vestirse, o al menos de ajustarse el obi para evitar que su desnudez fuera más obvia, y de buscar sus katana.

Con una mano ajustó el cinto, llegando a la rápida conclusión de que el pudor era lo de menos, pero aunque fue rápido y ya tenía a Wadō Ichimonji en la mano, el brusco movimiento de Sanji cayendo a su espalda, lo distrajo.

El cocinero ni siquiera se había molestado en mostrarse a la ofensiva frente a la mentada Capitana. Había sido tan fácil capturarlo.

— ¡Cocinero estúpido!
— ¡Suelta esa katana, Roronoa! —Demandó Tashigi en guardia, incapaz de dar el primer paso.

Pero el espadachín no pensaba ceder tan fácilmente. Miró como la mujer madura se acercaba a un resignado rubio. Sin embargo volvió enseguida la vista al sentir el filo de una katana pasándole cerca, el borde de la hoja le rozó la oreja.

Tenía las de perder, no porque no pudiese enfrentar a la teniente, de hecho podía… nada más tendría que ser rudo con ella sin llegar a matarla, pero a lo lejos los marines los habían cercado y no conocía a la perfección la habilidad de esa tal Hina. Parecía tan segura de sí misma, a escasos metros de él sin inmutarse por su presencia.

Enseguida entendió porqué. De la nada, unas gruesas varas que no reconocía como acero, se deformaron hasta unirle las muñecas, apresándolo. La katana cayó al suelo, a los pies de la teniente, a la vez que sus rodillas tocaron la tierra cuando un nuevo juego de esas varas de metal, se le anudó en los tobillos, como si fueran cepos o grilletes.

—Señorita Hina, a ese pirata —señaló a Sanji—, es recomendable inutilizarle las piernas.

Tashigi conocía muy bien las habilidades de cada uno de los sombreros de paja, estaba tan obsesionada con Zoro, que había pasado noches en vela leyendo e investigando sobre ellos.

—Pónganse de pie —demandó Hina y de inmediato los marines que los habían rodeado se acercaron a ellos para ponerles las manos encima.
— ¡SÍ, señorita! —bramó Sanji con emoción poniéndose de pie de un salto, pero la sonrisa boba de sus labios se borró cuando la mentada miró su bragueta abierta y el pantalón a punto de caerse.
—Hina no preguntará que estaban haciendo —se acercó a Sanji y le ajustó la ropa por simple decoro.

Al ver la baba rodando por la barbilla del pirata, ajustó el grillete de sus piernas consiguiendo un quejido de dolor por parte del rubio.
La patada a su entrepierna, fue la frutilla que coronó el postre. Sanji cayó de rodillas al piso.

— ¡Mierda! —Rugió Zoro al ver como Tashigi tomaba a Wadō Ichimonji del suelo. El corazón le dio un brinco.

Roronoa forcejó con esos grilletes, tratando de quitárselos a pura fuerza bruta, pero volvía a decirse que eso no era acero, parecía ser tan resistente como el diamante.

— ¡Deja esa katana!

Sanji vio el fuego en los ojos de su compañero, y no se molestó en intervenir o en decirle que no se atreviera a hacerle daño a la señorita. De todos modos Tashigi dio la vuelta ignorándolo, para acercarse a uno de los oficiales y hablar con ellos. Hina se sumó al grupo y en pocos segundos fueron hacia el claro donde los había dejado a ellos fuertemente custodiados por más de dos docenas de hombres.

— ¡Tener cuidado! —Advirtió la capitana—¡Estos son dos de los piratas más buscados de los Sombrero de paja! No se descuiden, no se confíen, a la menor oportunidad que le den, escaparán. Aunque Hina no lo permitirá.

Los oficiales de bajo rango parecían dudar de acercarse, no sólo por aspecto demoníaco que irradiaba Zoro, sino porque para esas alturas, ellos dos, junto con Luffy, eran leyenda.

—Teniendo a dos de los Mugiwara más fuerte —analizó Tashigi viendo como con dificultad arrastraban entre tres a Roronoa—, los Sombreros de Paja estarán muy vulnerables.
—Hina no subestima al resto —la mujer cerró los ojos, dando a entender que eso no significaba que igualmente sería fácil.

Comprendía que ahora tenía un buen cebo para atraparlos. Monkey D. Luffy no era la clase de capitán que abandonaba a su tripulación. En cuanto supieran que los tenían, irían tras ellos.

—Una vergüenza, marimo —rugió el cocinero, mirándolo reprobatoriamente.

No podía creer que uno de los Súper Nova fuera una presa tan fácil. Que él, siendo como era por su filosofía, fuera presa fácil de las mujeres, ya lo tenía sin cuidado.

— ¡¿Qué cosa? ¡Si nos atraparon es por tu culpa, maldito pervertido! —Estaba de muy mal humor; ni siquiera había tenido tiempo de blandir la katana y matar unos cuantos.

La habilidad de esa capitana era de temer.

— ¡Quítame las manos, idiota! —bramó el cocinero al sentir como lo conducían de malos modos por el claro, apenas podía caminar con los grilletes en las piernas.

Miró a Zoro, por un leve instante, y ambos parecieron ponerse de acuerdo de forma tácita. Sabían que atrás suyo los seguían las mujeres a escasos metros, pero los idiotas que los escoltaban eran fáciles de derribar. Roronoa le dio un fuerte cabezazo al que tenía del lado izquierdo, y con un simple codazo que fue como una bala se sacó el de la derecha.

Sanji desapareció un instante del rango visual de quienes tenía a su alrededor. Como pudo colocó ambas manos en el suelo y trató de girar para barrer con las piernas y el propio peso del grillete, a los tres que tenía alrededor. Los otros cuatro, se replegaron, asustados. Y con poca maestría, Sanji volvió a ponerse de pie.

— ¿Puedes correr? —preguntó el espadachín tratando de escapar por una hondonada.

No le dio tiempo de que le respondiese, y era evidente que con tanta seguridad en sus piernas no podía. Las mujeres corrieron tras ellos, Hina volvió a usar su fruta del diablo y una galante jaula aprisionó por completo a Roronoa.

— ¿De dónde demonios salió esta jaula? —Se quejó, mirando a Sanji, quien estaba en el suelo con la katana de Tashigi en el cuello.
—Será mejor enjaularlos —miró a sus hombres derribados, en pocos segundos habían tumbado a ocho de ellos, inclusive estando impedidos por su Ori Ori no mi.

Esa había sido una buena oportunidad para escapar, pero ahora la marine los había encerrado por separado dentro de una jaula que era transportada por diez hombres a la vez. Tuvieron que hacer varias paradas a lo largo de la selva para tomar aire.

Sanji se relajó deseando poder echarle mano a uno de sus cigarrillos; miró el semblante de Roronoa en la jaula que era transportada a la par de la de él.

Lucía calmado y meditabundo, además de malhumorado. Eso le causa cierta gracia y lanzó una risilla, pero al ver que los ojos del espadachín se dirigían hacia la teniente, decidió ahorrarse las ganas que tenía de molestarlo.

Había desesperación en los ojos de Zoro, y eso no era algo que solía verse en la mirada del antiguo cazador de piratas. Quiso gritarle algo, pero no sabía qué… consolarlo lograría cabrearlo más, así que guardó silencio y no mencionó la tan preciada arma.

Miró al frente y a lo lejos, por la cima de una pequeña loma, se veía la bandera de los marines en el mástil más alto. Suspiró, sería más difícil escapar una vez dentro, aunque no imposible.

Siempre y cuando no llegaran a Impel Down, fugarse de esos idiotas era pan comido.

De repente, Zoro giró la cabeza buscando su mirada. Notó que iba a decirle algo, pero fue interrumpido por la voz de alguien conocido.

—Vaya, vaya, vaya… Sorpresas te da la vida.

A los pies de la escalera que conducía al pequeño puerto, un hombre de pelo rosado sonreía sin poder ocultar su satisfacción. Sanji sintió esa mirada como la de una espada perforándolo el pecho. Contenía más que odio, pero eso era poco para impresionarlo. Se la sostuvo, con la misma fiereza.

—Mugiwara's —bramó el hombre al lado del sujeto de pelo rosa, en una pose muy extraña.

Zoro lo reconoció de inmediato.

— ¡Jango, Fullbody! —Hina pasó al frente y los tomó del traje— ¡Dejen de holgazanear y lleven a los presos al calabozo! —De un empujón los puso frente a las jaulas que fueron depositadas lentamente sobre el suelo.
— ¡Sí, mi señora! —bramaron los dos al unísono, observando sin descaro la figura de su superior.
—Es tan linda cuando se enoja —le murmuró Jango a su amigo.

Se acercó a la jaula de Zoro, la cual al contacto con el suelo, desapareció como por arte de magia.

Fullbody se relamió de malsano placer cuando pudo ponerle las manos encima a Sanji. Lo aferró del mechón de pelo que le cubría el lado derecho y sentenció en general:

—El rubio bonito es todo mío. —La risa fue de pura y absoluta complacencia—Un gusto volver a encontrarnos en estas circunstancias.
—No digo lo mismo —contradijo risueño y ladino—, veo que te han degradado, ¿qué pasó?

Un fuerte golpe en el estómago le quitó el aire, dado que Hina le había inutilizado las manos atándoselas por detrás de la espalda, ya no podía utilizarlas como la vez anterior, así que se contentó con darle un cabezazo apenas pudo reponerse del daño.

La nariz del marine sangró, ante su mirada furibunda.

—Ni para recluta sirves si no eres capaz de evitar que te pegue estando encadenado.

Zoro realizó una mueca con los labios de sentida aceptación hacia la postura orgullosa de su compañero. Aunque Sanji volvió a recibir un golpe en su entrepierna, y esta vez por el marine, la sonrisa socarrona de sus labios no se le borró.

Fullbody, borracho de poder, quiso seguir pegándole, pero Tashigi al darse cuenta de lo que pasaba arruinó su diversión.

— ¡Ya basta, llévenlos inmediatamente al calabozo!

Entre Jango y cuatro oficiales más, arrastraron a un poco cooperativo Roronoa, mordió a los oficiales, tan fuerte que les hizo sangrar. Hina negó con la cabeza, ¿qué tenía que hacer para detener a esos dos? Ya tenían los brazos completamente inutilizados, y las piernas lo suficiente como para sólo permitirles caminar y nada más. Aun así, luchaban con ahínco y sin temor.

Fullbody volvió a tomar a Sanji y a empujones lo subió, cayó un par de veces y al no tener punto de apoyo para evitar la caída, su rostro dio contra la madera en todas esas ocasiones. Cuando llegó a la cubierta del barco, su nariz goteaba tanta sangre como la de Fullbody.

El oficial de Hina lo miró con gozo, ahora se podía decir que estaban a mano.

Fueron conducidos a través del barco, Sanji aprovechó, entre golpe y golpe que recibía, de prestar atención a los detalles. Sería relevante conocer las inmediaciones al momento de escapar.

Para cuando llegaron a la parte más baja del navío, el aire rancio del lugar les cerraba los pulmones. Olía a letrina, a cadáver, a sangre.

La puerta pesada se abrió y ambos repararon en el detalle de que dichas aberturas eran distintas a las demás. Había juegos de celdas, y por lo visto tenían pensando ponerlos a ellos bajo la más estricta vigilancia.

—Enciérrenlos por separado —Indicó Tashigi, quien todavía seguía llevando en su cintura las katana del ex cazador de piratas.

El espadachín miró a sus preciadas niñas por última vez antes de que Jango y los oficiales lograran meterlo dentro. Un último forcejeo, un último intento por escapar en vano. Jango tuvo que pegarle con fuerza en la cabeza para desestabilizar al demonio que Roronoa llevaba dentro, y recién entonces pudo encadenarlo a la pared siendo ayudado por otros oficiales.

Sanji no recibió un trato diferente; peleó porque sabía que aunque se mostrase dócil Fullbody no se la dejaría fácil. Lo empujó con tanta fuerza contra la pared que sus huesos crujieron. Cayó al suelo, en un segundo y con torpe desesperación, los oficiales lo encadenaron a la pared.

— ¿Tanto miedo me tienes, Fullbody, que me encadenan a la pared? —Intentó sonreír y ver a través del mar rojo. Suponía que tenía una ceja cortada, pues la sangre manaba sin control y no le permitía visualizar correctamente.

El mentado oficial se acercó a él para tomarlo de la quijada y murmurarle al rostro con auténtico regodeo:

—Ponte contento, cocinero… seré tu carcelero —la sonrisa fue ancha y macabra—Así que vamos a divertirnos. —Le palmeó la mejilla—Todo vuelve en la vida, todo vuelve.

Se alejó por la puerta, riendo despreocupadamente y agradeciéndole a Dios por el revés. Ahora tenía en sus manos el destino de quien le había arruinado la vida. En su momento se había prometido nunca olvidarse de ese Mugiwara en especial.

La puerta se cerró con un chirrido escalofriante, entonces la noche se hizo en el calabozo, tan cerrada que era imposible distinguir algo en esa oscuridad.

La rodillas tocaron el suelo cuando el grillete que le había colocado Hina en las piernas desapareció; escuchó el mismo sonido de las cadenas agitándose en el calabozo de al lado.

—Zoro —Llamó— ¡Zoro!
— ¿Qué quieres? —preguntó con desgano.

Pero Sanji no respondió nada, tan sólo quería asegurarse de que el espadachín estaba ahí, a su lado, que no estaba solo. Nada más había querido oír su voz.

—Prepárate para escapar, cocinero —dijo Roronoa, quizás a modo de consuelo.

Sanji nuevamente guardó silencio. Ambos se daban cuenta de que no la tenían tan fácil como creían. Era tanto el miedo y el respeto que infundían, que las medidas tomadas para asegurarse que no escapasen rayaban lo ridículo.

Pasaron las horas, hasta que la voz de Zoro se escuchó haciendo eco.

— ¡Carcelero de mierda! —Llamó varias veces, hasta que un soldado de baja categoría se acercó a la celda, tartamudeando.
— ¡C-cállense o llamo a Jango!
— ¡Tsk, el problema que me hago! —Chistó el espadachín— ¡Tráelo aquí que me lo ceno! —el ruido de las cadenas removiéndose con violencia hizo retroceder al marine.

Sanji rió bajito desde el otro lado, suponiendo las intenciones de Roronoa para llamarlo.

—Ey, oficial… ¿es necesario tenernos esposados? —Él fue más diplomático al hablar.
—Sí; son órdenes del oficial Fullbody.
—Quiero orinar —se quejó el espadachín, y la risa de Sanji se oyó con más nitidez al darse cuenta de que había acertado.
—Lo mismo digo.

El oficial se enjugó el rostro con un pañuelo y, dubitativo, decidió acceder.

—E-esperen, iré a consultar.

Los prisioneros oyeron los pasos presurosos del hombre, y luego el silencio absoluto. Pasaron varios minutos, hasta que el espadachín quebró el mutismo.

— ¿Irá a venir ese idiota, o se perdió?
—Es buena treta para tratar de escapar —Se animó a decir Sanji, aburrido de estar en silencio, sólo y en la oscuridad. Estaba cansado de pensar en todo y en nada a la vez, sintiendo las extremidades adormecidas por estar en la misma posición durante tantas horas.
—No, de verdad me meo… —contradijo el espadachín.

Guardaron silencio al oír los pasos, en cuanto el oficial llegó, paró frente a la celda del espadachín. La puerta completamente blindada no le daba lugar a ver nada, sólo por la rejilla se colaba un poco de luz artificial.

—E-el oficial Fullbody dice que se hagan en los pantalones.
—Dile a ese idiota que más vale que venga a quitarnos estas estúpidas cadenas o le voy a orinar encima en cuanto pueda.

Nuevos pasos hicieron eco, notaron que se trataba de más de una persona, alguien de peso ligero, una mujer quizás. La voz de Tashigi se oyó baja, pero clara.

—Libérenlos de las cadenas. No escaparan de aquí, Hina los tiene asegurados.

Esa expresión y la seguridad con la que lo había dicho, llamó la atención de los prisioneros, ¿qué clase de medidas extras habían tomado? La pequeña discusión entre los marines, acaparó su atención.

—Pero señorita, el marino Fullbody…
—Me importa tres cuernos. Tengo más rango que él, además le recuerdo que este es el barco del capitán Smoker, y sus órdenes están por encima de la capitana Hina. Él ha dicho que los piratas sean liberados para poder usar la letrina como seres humanos que son.
—Pero son piratas —exclamó uno de ellos.
— ¡No importa, obedezcan!

El revuelo fue notorio, la puerta de Sanji se abrió con un crujido ensordecedor. Se acercaron a él entre varios. Lo liberaron sólo de uno de los grilletes de la pared, quizás porque de esa forma se aseguraban de que no iría muy lejos en caso de intentarlo. Ahora tenía plena movilidad, dentro de su calabozo podía ir a donde quisiera en el reducido espacio.

Del otro lado, se escucharon los gritos y los gruñidos de Roronoa. Sanji rió pese al cansancio y al dolor que sentía. La actividad física, el caminar a través de la selva, el pelear, el enfrentarse a Fullbody se le sumaba ahora el hecho significante de no haber comido, sentía las fuerzas drenadas y no tenía ánimos de morder a nadie.

— ¡Ah! ¡Suéltame! —gritó un recluta. Un golpe secó se oyó, y Zoro pareció calmarse.
—Ey, marimo, deja de morder a la gente, les contagiarás la rabia.

Vio como el cuerpo de uno de los soldados era expulsado hacia fuera, chocando contra la pared. En cuando Zoro vio un brazo liberado, no dudó en usarlo. Sanji seguía riendo, divertido al ver que tan difícil sabía ponérselas el espadachín. Era un idiota, si no hacía buena letra, sería mucho más difícil escapar.

— ¡Basta Roronoa, o serás esposado nuevamente! —Eso pareció tranquilizar la fiera interna.
— ¡Perra, devuélveme mis katana!

Sanji ahogó el pedido de que la dama fuera tratada con respeto, después de todo entendía el sentimiento del espadachín. No conocía bien la historia de la katana blanca de Zoro, pero sabía que era algo así como su tesoro.

Tashigi no se molestó en responderle, era evidente que ya nunca más se las iba a devolver. Le dio la espalda, dando nuevas indicaciones:

—El otro Mugiwara parece ser más dócil, en cuanto a Roronoa, déjenlo libre sólo un par de horas al día, el resto del día manténgalo encadenado —Lo miró por encima del hombro—, mi capitán es un hombre benevolente, Roronoa. No ve a los piratas como lo que son, pero yo sí… y sé cómo tratar a la escoria de la sociedad. Agradezcan que seamos tan atentos, ni comida deberíamos desperdiciar en ustedes.

Se notaba que la muchacha estaba altamente enojada con el espadachín. Eso del trato era cierto, los marines no solían ser indulgentes con los piratas, pero asimismo tenían leyes que obedecer. Y para ella era viable respetar los mínimos derechos que todo ser humano posee de nacimiento.

—Tú, Mugiwara… —se acercó a la celda del cocinero— ¿Necesitas un doctor?
—Muchas gracias, señorita… pero no quisiera que un marine me ponga las manos encima —dijo, solemnemente—Aunque si tienen una linda enfermera que pueda venir a curarme no me opondré al tratamiento… —Las trabas de puerta se ajustaron con violencia, antes de que pudiera terminar de hablar.

Dejaron pasar varios minutos para asegurarse que estaban solos. Sanji caminó hasta la puerta para espiar por la rejilla. Lograba ver el pasillo, y este estaba desierto, aunque suponía que al menos un oficial debía estar haciendo la guardia, si no eran más.

—Genial, marimo —susurró sin dejar de estudiar lo poco que podía ver desde su lugar—, por tu mal comportamiento, ahora estarás todo el puto día encadenado —Dejó caer el visor de la rejilla, para caminar hasta la manta sucia que le habían dejado a modo de cama— ¿Cómo se supone que te sacaré de ahí? —habló con confianza, sabiendo que los den den mushi espías no funcionaban en las bodegas, cerca de las sentinas.
—Tsk… tú no te preocupes por mí, que yo solito me valgo.

Sanji escuchó el repiqueteo del agua en un recipiente, y sonrió al imaginar a Zoro orinando.

—Me siento como un perro —murmuró Sanji elevando la muñeca y trayendo hacia así la pesada cadena.

La estudió con detenimiento. Podía romperla, quizás al igual que la puerta, de una sola patada, pero suponía que en ese preciso momento el barco estaba conmocionado por la presencia de ambos.

Lo mejor sería dejar pasar unos días, recuperar fuerzas, hacerles creer a los marines que lo tenían, y agarrarlos confiados y con las defensas bajas. Si intentaban escapar y lo arruinaban, no la volverían a tener tan fácil.

Además admitía que estaba verdaderamente agotado. Necesitaba comer algo, reponer energía y recuperarse de las heridas obtenidas en la última batalla. Suponía que Zoro también, aunque la hubiera pasado mejor que él sin tener que lidiar con un rencoroso como Fullbody.

Volvió a mirar por la mirilla, quizás debido al aburrimiento, y vio a lo lejos al marino que se la tenía jurada, hablando con un soldado de baja categoría. Por las ropas que llevaban podía hacerse a la idea de los rangos, lograba reconocerlos gracias a los años que había pasado atendiendo cientos de marines en el Baratie.

—Maldición, es ese cretino.

A ese era al que más tenía que prestarle atención, no porque fuera fuerte, a decir verdad si quería podía tumbarlo en un abrir y cerrar de ojos, pero alguien tan atento a él, como lo estaba Fullbody, sería un obstáculo imposible de eludir en la huida.

—Se puso muy contento de verte —bromeó Zoro, ahogando la risa.

Sanji no le prestó atención a su compañero, no le quitó el ojo a la conversación mantenida al final de ese largo pasillo. Otro marine, vestido de blanco que reconoció como parte de la cocina, frenó un carro. Vio las señas de Fullbody, como escupía lo dicho entre dientes, elevando las manos y agitando el dedo índice con tesón.

El chico con sombrero de cocina giró sobre sus talones y se alejó a toda marcha dando tumbos con el carrito, mientras el otro soldado, con el mosquete al hombro, le dedicaba una exagerada reverencia.

¿Qué era lo que había pasado?

—Zoro, ¿qué puedes ver desde tu calabozo?

Escuchó el ruido de la mirilla siendo abierta y de inmediato la voz del espadachín.

—Una pared.
—Genial.
—Y un ojo de buey. —En lo alto, y con mucho esfuerzo, lograba ver una claraboya cerrada—Bonitas estrellas —ironizó. — ¿Tú que ves?
—Al cretino de Fullbody hablando con otro marine.

Pero el mentado enseguida se fue, dejando atrás ese sentimiento de animadversión creciendo en el pecho de Sanji.

No le tenía miedo, ni siquiera respeto o algo similar a la furia. Lo del pasado, había quedado saldado cuando pudo desquitarse, pero por algún extraño motivo un mal pálpito comenzaba a gestarse en él.

Pasó un día hasta que tuvieron noticias de sus captores. Durantes las horas que estuvieron despiertos trataron de trazar un plan, o de ponerse de acuerdo en algunos puntos.

— ¿Cómo están tus heridas, cocinero?
—Iguales que las tuyas…

Esa no era respuesta. Zoro notó en el tono de voz lo mucho que le incordiaba que se preocupase por él.

—Idiota, me refiero a las viejas. Después de todo Chopper no te dio el alta.
—Ah… —recordó, era tanta la adrenalina que por un momento se había olvidado de que él ya estaba seriamente herido incluso antes de que los capturasen.
—Te tomará unos días recuperarte del todo.
—Que no, marimo… no podemos perder tiempo —se quejó—, al paso que va el barco, en poco más de un mes, estaremos en Impel Down, y ahí sí será mucho más difícil escapar. Tenemos que hacerlo mientras estamos aquí, camino a Ennies Lobby.

Zoro no dijo nada, era evidente que estaba de acuerdo; y aunque podía escaparse solo, no lo haría. Confiaba en la fortaleza de Sanji, pero algo dentro de él no le permitía emprender la huída sin tener al cocinero en óptimas condiciones.

—El problema son ellas dos.
—Y Smoker… no te olvides —agregó Sanji mirando por la mirilla. Era la forma que tenía para saber si era de día o de noche. — ¿Qué hora es?

Zoro levantó la suya, todavía no habían ido a encadenarlo de nuevo, quizás le tenían miedo como para volver a meterse dentro de su celda a esposarlo a la pared. Miró hacia la claraboya, adivinando la posición del sol por la intensidad de la luz y trazando un mapa celeste de las pocas estrellas que se podían ver.

—Son las siete de la tarde.
—Llevamos veinticuatro horas sin saber nada de ellos… —Se llevó una mano al vientre, dejarlos sin comida era una buena treta para debilitar sus fuerzas.
—Si tardan más de cinco horas en venir a traernos agua, me bebo la orina…
—No, idiota —reprendió el cocinero, dejando de ver hacia el pasillo vacío y silencioso—, si haces eso, te deshidratarás más rápido —recordó las palabras de Tashigi, y con seguridad acotó—, no nos dejarán sin agua. Quieren que lleguemos vivos a Impel Down. La idea es ejecutarnos, no van a privarse de esa emoción.
—Eso, o esperarán a que los chicos vengan tras nosotros.
—Si Smoker es inteligente —analizó Sanji, sentándose en el suelo sobre la pulgosa manta—, sabrá que Luffy irá adonde nos lleven, así eso implique infiltrarse otra vez en Ennies Lobby o Impel Down.

Encendió un cigarrillo. Por fortuna había sido apresado con un paquete entero, se preguntaba qué haría una vez que el tabaco se le terminase. Chistó en silencio, era de lo que menos tenía que preocuparse en ese momento.

La herida en su pierna comenzaba a molestarle, los puntos de la vieja laceración parecían haberse abierto y la notaba ligeramente hinchada. Por la escasa luz no podía ver si había infección, pero el dolor le daba la pauta de que sí, debía estar en malas condiciones.

Suspiró, a lo lejos pudo escuchar ruidos de pasos y se levantó adolorido para caminar hasta la mirilla. Un oficial caminaba con paso veloz, llevaba un barril y dos cuencos vacíos en la otra mano.

Dejó una sobre la pequeña plataforma frente a la mirilla y la llenó de agua, hizo lo mismo en la celda de Roronoa.

—Tendrán un cuenco de agua por día, aprovéchenlo —gritó el oficial, sintiéndose muy seguro teniendo la puerta como medio de prevención—, que su estadía sea grata, mugiwara.

La risa perturbó el carácter irascible del cocinero.

— ¡Idiota, en cuanto salga te voy a hacer picadillo!
—Sí, sí… —se alejó, con esa seguridad en cada paso. Sanji lo vio mejor, parecía ser un veterano y no uno de esos renacuajos que tartamudeaban y temblaban frente a ellos.

Se preguntaba cuántos marines habría en ese barco, había visto cerca de una centena mientras eran conducidos a los calabozos. Le restó importancia, después de todo era a Hina y a Smoker a quienes debían tenerlos en consideración, sin descartar a Tashigi quien si se lo proponía, podía ser un hueso duro de roer.

Para el tercer día, Sanji no parecía estar en condiciones de escapar. Desde el otro lado del calabozo lo había escuchado jadear de fiebre. Por la gruesa pared, los recovecos filtraban el sonido. El idiota lo negaba, pero necesitaba un doctor que le atendiese las heridas.

Sin embargo nadie se acercó a ellos, salvo el mismo oficial que les había llevado el agua. Estaban hambrientos, pero no rogarían por un plato de comida.

Cuando fueron a dejarles el cuenco del día, Zoro aprovechó para —a través de la mirilla— tomar de la corbata al jocoso marine que solía burlarse de ellos cada vez que les llevaba el agua; el hombre regordete desfiguró las facciones de terror al verse atrapado por la mano firme y asesina del espadachín.

—Tú…
— ¡¿Qué haces, pirata? ¡Suéltame!
—Llama a un médico, mi amigo tiene fiebre —Lo soltó, seguro de que el mensaje había sido claro y conciso.

Sanji oyó, en el calor que lo embriagaba, la delicada palabra y sonrió, murmurando tan bajo y tan débil, que Zoro no alcanzó a oírlo.

—"Amigo"…
—Idiota, si no te pones bien, no podremos escapar —musitó cuando estuvo seguro de que volvían a estar solos.

Pasaron tres cuartos de hora hasta que los pasos resonaron en el amplio pasillo. Sanji ya no tenía fuerzas para ponerse de pie y espiar a través de ella; y aunque no pudo ver de quien se trataba, ese ligero mal presentimiento que solía colmarlo, lo inundó de lleno.

— ¡Por Dios, esto apesta a zorrino! —Se quejó Fullbody—Ha llegado la hora del baño, mis queridos piratas. —Abrió la puerta de la celda de Sanji agregando—: O el médico se descompondrá apenas ponga un pie aquí.