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Hacia Impel Down

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Cerró los ojos en un gesto cansino o reflexivo; en la densidad del humo apenas se podía distinguir lo tensas que estaban sus facciones. Tener a dos de los Mugiwara más fuerte no les daba la victoria. Smoker no era un tipo al que le importase la fama o incluso el puesto, pero se había prometido atraparlos. Entenderlos escapaba de él, la ecuación era sencilla: él marine, ellos pirata. Sólo cumplía órdenes, lo que ocurriese después de cumplirlas, le importaba poco.

Tashigi todavía seguía luciendo esa mirada de impotencia cada vez que la miraba. Se había hecho fuerte, pero quizás no lo suficiente.

—Conociendo a Sombrero de paja —murmuró luego de un pronunciado silencio—irán tras nosotros, es cuestión de tiempo para que nos enfrentemos.
—Por eso Hina no entiende el plan —se quejó la capitana, Tashigi la secundó:
—No deberíamos tenerles miedo si tenemos a dos de ellos.
—No es miedo, Tashigi —suspiró—, se llama "prudencia".
—Ennies Lobby no es un lugar seguro —analizó Hina apoyando la espalda contra el buró.
—No, no lo es, como tampoco lo es el camino a Impel Down. Esa clase de gente no conoce límites…

Smoker comprendía mejor que nadie la filosofía de Luffy, lo peor de todo había sido comprobar en el cuartel de la marina la facilidad que tenía esa chico para hacer aliados. Sin dudas era el enemigo que cualquier marine preferiría evitar, claro que nadie los conocía tanto como él.

—Por eso lo mejor es salir de ruta.
—Es peligroso —reclamó Hina.
—No, es prudente —volvió a decir.

Tashigi entendió lo que su capitán estaba queriendo explicar a su manera, con desganadas palabras, como si le molestase andar rindiéndole cuentas al mundo de las decisiones que tomaba.

—Los Mugiwara creerán que los conducimos hacia Impel Down, obligatoriamente tendrían que pasar por la corte en Ennies Lobby…
—Bingo —dijo Smoker satisfecho por la rapidez mental de su teniente. Se puso de pie para servirse un trago.
—La idea entonces es… —meditó Hina—desviarnos del curso e ir directamente a Mariejoa.
—Es el mejor lugar para esta clase de gente. —Smoker lucía calmado pese a comprender que no estarían seguros de nada hasta llegar a destino—No son piratas de baja categoría, y ellos lo saben muy bien. En la menor oportunidad intentarán escapar… el problema no es que lo intenten, es que lo consigan. —Sonrió de medio lado—En caso de querer saltar al mar como última opción, el Calm Belt se encargaría de ellos.
—Pero capitán —reclamó Tashigi—, no estaríamos siguiendo el protocolo.
—Tsk… ¿y desde cuando me importa seguirlo o no?

Hina sonrió. Smoker tenía una forma muy temeraria de comportarse, pero no hacía las cosas porque sí. Confiaba en el hombre, el plan era sencillo y despistar a los sombreros de paja les daría tiempo para llegar a destino y poner a los dos prisioneros bajo la estricta vigilancia de la marina.

Días atrás, una vez en calma cuando lograron quitarse a la marina de encima, Nami ancló cerca de un archipiélago. No había tiempo que perder, extendió el mapa en la mesa, frente a sus compañeros tratando de hacerle entender a su capitán porqué debían andarse con cuidado. Franky y Usopp ya habían conversado al respecto mientras corrían de vuelta hacia el Sunny para avisar del revés.

—¡No entiendo porqué no hicieron nada para ayudarlos! —reclamó Luffy golpeando la mesa con los puños. Tenía hambre, pero Sanji no estaba.
—Ya te dijimos, Luffy —se quejó el tirador, molesto con la idea de dar una impresión errónea.

No es que Luffy les reprochase eso por creer que los habían abandonado, es que en su simplicidad no entendía por qué no habían hecho nada. Él, en ese lugar, hubiera tomado cartas en el asunto inmediatamente.

—Hicieron bien —dijo Robin, tratando de aplacar los ánimos.
—Por supuesto —bramó Franky—, me hubiera gustado ayudarles, pero eso hubiera sido peor. Nos habrían atrapado a los cuatro, ¡esa mujer tiene una habilidad muy extraña!
—Ya lo sé —murmuró Luffy desolado, dejando caer la barbilla sobre la mesa.
—Necesitamos estar todos, con Zoro y Sanji en ese barco, no podemos irrumpir frente a Smoker a pura fuerza bruta. Luffy… —lo llamó, era primordial hacerle entender eso— ¿Comprendes que en esta ocasión las cosas son distintas?

El mentado frunció los labios, molesto por entenderlo. Claro, sin Zoro no podía abrirse camino a base de pura fuerza bruta. No es que no confiase en la fortaleza de todos sus nakama, pero nadie derribaba la cantidad de hombres que podían abatir su espadachín y el cocinero. Sin dudas perderlos había sido un golpe bajo, era como tener cincuenta hombres menos en un barco pirata.

— ¿Cómo vamos a liberarlos? —preguntó Chopper, preocupado. Recordaba que Sanji ya estaba seriamente herido desde antes. —No entiendo qué es lo que debemos hacer a diferencia de otras veces.
—El destino está de nuestro lado —sonrió Nami—, Franky y Usopp nos dieron un panorama claro de cómo es la situación.

El tirador asintió. Durante las compras con Franky había notado cierto revuelo en el pueblo, la gente había comenzado a hablar sobre piratas y marines. Buscaron el epicentro del asunto y no les costó mezclarse entre la gente para comprobar que los piratas en problemas no eran otros que Sanji y Zoro.

Los siguieron de cerca, evitando que los marines los vieran; se camuflaron en la selva, prestando atención a cada detalle revelado ante sus ojos. Si Sanji y Zoro no habían podido escapar por sus propios medios, ellos no tendrían una mejor suerte.

Franky había querido actuar, pero Usopp era de pensar rápido en situaciones de extrema tensión, y enseguida logró frenarlo. Si pretendían rescatarlos debían actuar con cautela. Actuar a lo tonto, al mejor estilo Luffy, era lo que Smoker esperaba de ellos. Atraparlos entonces era un juego de niños para el tipo del humo. Se había vuelto astuto con el tiempo, conocía sus técnicas y sabía cómo atraparlos. Darles con el gusto, no estaba en los planes del tirador.
En su momento Franky se quejó y reclamó explicaciones, pero Usopp sabía que no les pasaría nada malo a esos dos. Podían arreglárselas solos.

Por suerte Nami pensaba igual que él, y había logrado aplacar los ánimos del capitán.

—Entonces —murmuró Brook con calma, él también entendía que esta ocasión debían utilizar el ingenio más que nunca— ¿cuál es el plan? ¿Si serían tan amables de explicarlo?

Usopp miró a Nami, esperando a que ella compartiese lo que había revelado por su cuenta. La muchacha señaló el punto en el mapa donde supuestamente estaban ellos, y luego movió su dedo a través de todas las islas hasta la isla Gyojin.

—Debemos volver.
— ¡Eso es obvio! —reclamó Luffy estirando los brazos—¡Hay que volver por ellos!
— ¡Escuchen! —exigió Nami en plural, pero pidiéndoselo exclusivamente a su capitán. —Ellos van a una velocidad mucho mayor.
— ¡Pero no podrán contra el Sunny! —Bramó Franky.
—Tienen el Calm Belt —su dedo recorrió esa zona—Saben que a nosotros nos costará ir por ese camino, pero no dudarán de que seremos capaces de hacerlo si la situación lo amerita.
—¡Vamos por el Calm Belt entonces! —gritó Luffy sin entender un ápice e impaciente por ponerse en marcha.
— ¡PERO ESCUCHA, MALDICIÓN! —gritó Nami fuera de sí. —Si observan el mapa, Ennies Lobby queda demasiado a tras mano para ellos.

Miró a Robin, necesitaba que alguien le ayudase a analizar fríamente la situación. Sanji solía ser el que lograba descifrar enigmas de ese estilo, pero Robin tenía inteligencia de sobra y no sabía quedarse atrás.

—No irán a Ennies Lobby.
—Pero todos los piratas pasan por la corte, es… —intentó refutar Franky.
—No irán —dijo Nami, de acuerdo con la resolución de Robin—, es demasiado riesgoso perder tiempo, además ya hemos demostrado que Ennies Lobby no es un impedimento para nosotros.
—Pero en ese entonces era distinto —caviló Usopp—, contábamos con los muchachos de Franky y los carpinteros de Galley-La.
—De todos modos, después de lo que pasó en los tres sitios —señaló tanto a Ennies Lobby como a Impel Down y el cuartel de la marina—seguramente están vulnerables. Han sufrido severos daños por culpa de Luffy y todavía están en construcción.

El mentado parecía no prestar atención a la conversación, pero cuando escuchó su nombre enseguida se incorporó.

—Van a tomar medidas más duras —meditó Brook—, quizás si antes Impel Down era una fortaleza impenetrable, ahora realmente lo sea.
—Sí, pero hay un lugar que todavía sigue inmaculado a Luffy —y el dedo de Nami se posó en Mariejoa.
—¡Estás loca, ahí están todos los del gobierno! ¡Es peor que el cuartel de la Marina! —gritó Usopp, asustado por la propuesta.
—Ya lo sé, por eso… —Nami se sentó, agotada mentalmente, no podía ordenar las ideas y bregar con el ánimo caldeado de sus amigos. Robin se tomó la libertad de hacerlo por ella.
—Viendo el mapa de Navegante-san es claro. Tienen dos caminos. Uno es ir por el Calm Belt directo a Impel Down, y el otro es ir directamente a Mariejoa.
—Pero si van a Mojoriea —El reno puso sus patitas sobre el mapa—, tendrían que desviarse del rumbo, demasiado… y se expondrían.
—Sí —admitió Robin—, los dos caminos tienen su pro y su contra. Lo único que tenemos claro es que no irán a Ennies Lobby.
—Claro, ahora el tema es adivinar qué es lo que están pensando —Brook ladeó la cabeza, algo confundido y mareado con todo—, no sólo eso, también debemos pensar bien qué es lo que vamos a hacer una vez que adivinemos.
—Es fácil intuir el camino que tomarán —Nami irguió el cuerpo con renovadas energías— Ellos no contaban con que Franky y Usopp presenciaran todo. —Miró al tirador quien se mantenía en silencio, terminando de analizar en su cabeza el plan que venía maquinando desde temprano—, Usopp, ¿qué rumbo tomaron?
—Hacia el sudeste.
—Puede que busquen despistarnos, pero al menos ya tenemos algo por dónde empezar a salir a buscar, sin hacerlo a ciegas.
—Saben que nosotros no podemos hacer más rápido que ellos —continuó la arqueóloga—, saben que obligatoriamente deberíamos pasar por la isla Gyojin. Ellos tienen el Calm Belt a su favor… —parecía hablar más consigo misma que con el resto, pero dejando de ver el mapa, miró a Nami.
—Por eso hay que apurarnos, debemos cerrarles el camino. En "Boca de diablo" —señaló el punto en el mapa—, el camino se bifurcaría para ellos. Si no llegamos a tiempo, ya no sabremos qué rumbo tomarán, y jugar al azar podría hacernos perder tiempo.

Sería lo peor, ir directamente a Impel Down y caer en la cuenta de que no habían sido trasladados ahí primeramente. O ir hasta Mariejoa, y darse cuenta de que tampoco estaban ahí. Pasar por innumerables peligros, sin dar con los chicos, era el peor panorama.

Una vez que ellos fueran puestos en Impel Down, no sería sencillo rescatarlos. A Luffy le había costado llegar a su hermano, y ahora la marina había aprendido la lección encrudeciendo las medidas de seguridad.

—Pero aún con el Sunny a toda marcha, ¿cómo lograremos alcanzarlos? —se lamentó Chopper, sin embargo la sonrisa de Nami le dio esperanzas.
—Los remolinos —se puso de pie—, la gente los evita, pero yo los estuve estudiando y puedo navegarlos.
— ¡Eso es suicidio, Nami! —se quejó Usopp.
—Si Nami dice que puede navegarlos, vamos por los remolinos —demandó Luffy con ansiedad.
—El capitán ha hablado —dijo la navegante, satisfecha. —Haremos más rápido y no contarán con que nos animemos a tomar ese camino. Ningún pirata se atreve a desafiar esas aguas.
—Si es la única manera, a poner el Sunny a toda marcha rumbo a los remolinos —bramó Luffy dispuesto a ir a cubierta, pero la mano de Nami sosteniéndole del chaleco le impidió caminar.
—Un momento, todavía queda la parte más importante —Lo sentó de golpe en una de las sillas. —Decidir cómo vamos a rescatarlos una vez que los alcancemos.
—Los chicos tienen razón, Luffy —dijo Chopper—, debemos actuar con calma.
—Con Usopp ya hemos pensando en un plan —dijo Franky, impaciente.
— ¿Y cuál es el plan? —Brook miró al tirador, aunque claro… no tenía ojos para mirar.

Usopp adoptó una pose altanera. El factor sorpresa era primordial para que todo saliera bien.

—Es sencillo, pero primero deberíamos poner a toda marcha el Sunny y no perder tiempo —intervino Franky nuevamente, interrumpiendo lo que el tirador pensaba explicar.

Nami asintió, comenzando a relajarse al darse cuenta de que todo estaba marchando sobre ruedas.

—Sí, será lo mejor… a buen ritmo estaremos en una semana sobre ellos, mientras tanto podemos pensar bien el plan.

No negaban que necesitaban de esa mentada ducha, llevaban más de cuatro días sin asearse; pero sabían que no les daría agua tibia y jabón. El cocinero abrió los ojos y en su delirio vio esa sonrisa socarrona en Fullbody que tantas ganas tenía de borrar a patadas.

El corazón le latió con rabia. Ese mal presentimiento comenzaba a ser un hecho. Quiso incorporarse, pero el cuerpo no le respondía. No importó, ya que Fullbody se encargó de levantarlo tomándole del copioso mechón de pelo para ponerlo de pie, regodeándose al ver que el cocinero no tenía fuerzas para evitar el maltrato.

—De este me encargo yo —lo miró con intensidad—, pero al otro —desvió la mirada para darle la orden a un soldado—no lo saquen de la celda.
— ¿Entonces?
—Báñenlo ahí —ordenó; después llamó a su amigo—¡Jango!
— ¿Sí?
—Tú encárgate de Roronoa. Si no coopera, ya sabes…
—Sí, sí, sí —le molestaba que le anduviera diciendo lo que tenía que hacer, no era su superior— ¿Quién nombró jefe al ñoño? —se quejó, pero Fullbody lo ignoró, más interesado en su presa.
—Señor —preguntó uno de los soldados— ¿le quito los grilletes de la pared?

Fullbody no respondió de inmediato, escudriñó primero el rostro del rubio como si tratase de ver algo que le diera la pauta de que era seguro liberarlo o, por el contario, no estaba tan débil como aparentaba.

—Sí. —Lo soltó y el cuerpo inerte del pirata cayó de rodillas al suelo. Si no podía siquiera ponerse de pie, no le daría problemas.

En cuanto Sanji fue liberado de las cadenas, Fullbody, con una seriedad escalofriante, lo tomó de la corbata y jaló de él.

—Señor, ¿quiere que lo ayudemos a…? —Al soldado le había impresionado ese trato tan brusco; aunque ellos habían sido adoctrinados para considerar a los piratas como rufianes y menos que un animal, no pudo evitar sentir algo de compasión.
—No —rechazó Fullbody, y tiró de Sanji.

En la celda de al lado Jango había entrado como el gladiador a la arena. Zoro era la fiera suelta que buscaba comerlo.

—Ey, Mugiwara, mira el péndulo…
—Tsk —uno de los labios del espadachín se encorvó en un gesto de incredulidad—¿de verdad crees que voy a caer en esas?
—Te conviene hacerlo —dijo con calma. Tras él varios soldados se colocaron en línea apuntando al pirata con sus fusiles cargados.

Roronoa miró a uno por uno, tratando de adivinar lo que pensaban hacer. No irían a disparar sólo por bañarlo, ¿verdad? Arqueó las cejas y se puso de pie, consiguiendo que el ruido de las cadenas al moverse sobresaltasen a los soldados.

—Mira el péndulo.
—No —rechazó Zoro, prestando atención a los movimientos del otro, pero una imagen tras Jango le perturbó de sobremanera.
—Yo te di la oportunidad de elegir. Disparen —Jango dio la orden.

Zoro se distrajo momentáneamente al ver como Sanji era arrastrado de espaldas por el piso, Fullbody arreaba de él de la corbata, cortándole el aliento, había podido ver las manos del cocinero tensándose para evitar desesperadamente que el nudo en su garganta le cortase la respiración, pero no tenía fuerzas ni para eso.

Algo voló hacia Roronoa, distraído y todo alcanzó a tomar en el aire lo que parecía ser un proyectil o dardo.

— ¿Esto? —miró a Jango y al comprender que volverían a disparar se les fue al humo.

Tres de esos dardos le dio en el cuerpo, pero alcanzó a tumbar uno al suelo e iba por el cuello del que tenía más cerca, cuando sintió que la energía comenzaba a drenarse rápidamente.

— ¿Qué demonios? —se quejó el espadachín.
—Eso debería decir yo —terció Jango—, la droga es suficiente para tumbar a un rey marino, ya cáete de una vez —fue como una orden, de inmediato Roronoa cayó en un sueño inquieto.

No podía mover los músculos y aunque tenía los ojos cerrado se daba cuenta de lo que sucedía a su alrededor. Entre varios le estaban quitando la ropa; escuchó el ruido de algo arrastrándose que debía ser la manguera, y eso le trajo el recuerdo del cocinero.

¿Qué iban a hacer con él? Las voces se mezclaban y lo trastornaban.

—Señor, ¿no es mejor llevarlo a otra celda?
—No.
—Pero…
—Si llega a escapar, ¿tú irás tras él? —dijo Jango—No le quiten la cadena, rocíenlo con agua tal como está. Él quiso las cosas así.
—Adonde va, no nos deje solo —reclamó uno.
— ¡Está dormido! ¡Santo Dios, no los va a comer!

Lo siguiente que hablaron fue inentendible para el espadachín, en su mente la última imagen de Sanji le perturbaba. Sabía que estaba débil, que Fullbody la tenía con él, pero se consolaba diciéndose que no sería capaz de matarlo y desafiar así las órdenes de sus superiores.

Cuando Sanji sintió que la presión en su garganta menguaba poco a poco, abrió los ojos. Vio que estaba en un cuarto distinto, los azulejos le hicieron pensar en un baño, pero la camilla le trajo la vaga impresión de una sala de tortura de la marina, en desuso, o más bien en una sala para atender pacientes. No lo sabía, ni le importaba. Por algún lado se colaba un viento glacial que le helaba hasta los huesos.

—Ponte de pie —demandó, soltando la corbata— ¡Ponte de pie! —Al no recibir respuesta física ni verbal le pateó en las costillas.

Sanji tosió y escupió sangre, a gatas intentó pararse, pero Fullbody parecía no tener paciencia para él y lo ayudó jalándole otra vez del mechón. El cocinero, a esas alturas, sentía esa zona del cuero cabelludo muy sensible.

—Quítenle la ropa —ordenó a un soldado en el que Sanji recién reparaba. —¡Los grilletes no, idiota, ¿o pretendes que te golpee?
—Sí, señor —dijo el soldado bajándole los pantalones al pirata. Sanji vio, con profundo asco, la mirada de Fullbody recorriéndolo de pies a cabeza.

Como la camisa ya la tenía rota desde antes se la quitaron con rudeza haciéndola pedazos. Lo último que quedaba, la corbata y los zapatos, desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Uno de los soldados quiso conducir a Sanji hasta el centro, pero Fullbody parecía estar muy dispuesto a encargarse solo del asunto.

Tomó a Sanji de los grilletes de las manos y le obligó a caminar. Recién entonces el cocinero se daba cuenta de lo débil que lo había dejado la fiebre, intentó dar unos pasos, pero el peso de la cadena en los pies fue suficiente para doblegarlo. Cayó de rodillas al suelo.

Buscó regularizar la respiración, apoyando la frente caliente en el azulejo frío, sintiendo un reconfortante alivio con el contraste de temperaturas.

— ¡Camina, imbécil! —Fullbody aprovechó la desnudez y la posición para patearlo en los genitales logrando que Sanji se hiciera un bollo de dolor y frustración.

Pero no iba a darle con el gusto de verlo sufrir, no iba a gritar. Mordió tan fuerte, tratando de acallar el quejido de dolor, que la encía le quedó doliendo. Otra vez su mechón de pelo volvía a ser víctima. Cooperó siguiendo el impulso que Fullbody le imponía, para evitar más daño, y dando unos torpes pasos alcanzó a apoyar la espalda en la pared.

Mantenerse de pie era todo un desafío, la cabeza parecía pesarle diez toneladas, necesitaba recostarse en el suelo, pero Fullbody había encontrado un gancho en la pared al que le estaba prestando atención, divertido se acercó al cocinero para tomarlo de la cadena que tenía entre las manos.

—Así… te voy a colgar como a un lechón —bromeó, elevando el grillete que pasó a través del gancho, trabándolo por uno de los eslabones.

Sanji entonces quedó con los brazos extendidos hacia el cielo, tan tenso que le dolía. Sus talones no tocaban el suelo del todo, y el peso de su propio cuerpo le causaba un intenso dolor en los hombros, pero tampoco podía evitarlo, estaba tan agotado físicamente que dejó que dicho peso descansara, consiguiendo que el hueso de los hombros tronase. Un soldado entrecerró los ojos, como si le hubiera dolido a él.

—Ahora sí, quítenle los grilletes de las piernas —se acercó un poco más a él y lo estudió, como quien estudia un pedazo de carne antes de comprarlo—; no irás a patearnos, ¿no?

Sanji no contestó, porque era evidente que no tenía fuerzas para hacerlo, ni siquiera un punto de apoyo sólido para lograr levantar la pierna y patear algo. Se limitó a mirarlo de una manera tan aguda que Fullbody estalló en carcajadas, deleitado al ver la furia en esos ojos, la impotencia de tener ganas de matarlo y no poder.

— ¿Qué pasa, cocinero, que no hablas? —Le molestaba que le dijera cocinero, no porque no lo fuera, que sí lo era, pero era así como lo llamaba Zoro, y ciertamente la diferencia de que se lo dijera él a que se lo dijera Fullbody le alteraba— ¿Te comieron la lengua los ratones? ¿Estás tan asustado que no puedes ni hablar?
—No gasto saliva en conversaciones con estúpidos —intentó sonreír, pero la mueca acabó por ser una que reflejaba dolor—, ¿falta mucho? Me estoy aburriendo de ver tu deformada cara.

La sonrisa en Fullbody se borró para dar paso a un rictus de repulsión, se contuvo las ganas de darle un golpe en el estómago, porque sabía que ahora le tocaba divertirse y quería tenerlo consciente. Dio la vuelta, dándole la espalda e ignorándolo.

— ¿La manguera? ¿Ya está todo? —apremió, impaciente.
—Ya estamos, señor.
—Apúrense —se acercó al que tenía la manga y se la arrebató de las manos—; dame eso, lo haré yo.

Dio unos pasos más hacia atrás; conociendo la intensidad que tenía ese tipo de manguera la sostuvo con ambas manos antes de dar la orden de que la abriesen. Podía regularla él mismo desde la boquilla, boquilla que abrió por completo con el fin de que el grueso chorro sorprendiese al cocinero.

Así fue, la intensidad del agua fue tanta que el gancho cedió a punto de salirse y Sanji trastabilló. Como pudo trató de mantenerse en pie, pero el agua tenía la fuerza suficiente para tumbarlo. Cada vez que lograba incorporarse, Fullbody menguaba la intensidad, haciéndole tambalear.

Luchó para no ahogarse, porque el muy maldito incluso le había apuntado a la cara. Sentía esos chorros como certeros golpes de una masa. Dolía, cada músculo del cuerpo se contraía con la intensidad del agua. Fullbody reía con malsana diversión, cerraba el paso para abrirlo de golpe, intuyendo que eso debía sentirse como la bala de un cañón.

Sanji no pudo hacer otra cosa más que tragar y escupir agua, además de intentar voltear para quedar contra la pared y así evitar que el chorro le golpease en los genitales; pues claramente ese resultaba ser el fin del marine.

El trasero del pirata quedó expuesto, y Fullbody se encargó de lavarlo minuciosamente.

—En fin —la voz del hombre retumbó en las paredes de la sala.

Sanji respiró aliviado, creía que la tortura había llegado a su fin. Luchar contra —simplemente— agua había acabado por derrumbarlo, ya ni siquiera sentía el frío. Pero estaba muy equivocado si creía que ahí se terminaba todo.

—Con agua solamente no se puede decir que fue un baño —carcajeó, ante la mirada de los soldados. Algunos habían corrido la vista tratando de ignorar el show, otros lo disfrutaban, mientras que otros se mostraban contrariados, como si quisieran reprochar el acto, clamar que así era suficiente, o frenarlo, pero nadie hizo nada y cada uno se mantuvo en su sitio.

Un solado, con torpes movimientos, agitó un balde con agua y jabón, dentro flotaba una esponjilla.

—Dámelo —se lo quitó, al ver que tenía todas las intenciones de encargarse él. No quería que nadie le arruinara ese momento tan glorioso.

El piso empapado mostraba una gruesa capa de agua, pero a Fullbody no le molestaba el detalle de mojarse los zapatos. Sanji seguía dándole la espalda, tratando de mantenerse en pie. Sintió la cercanía del marine y quiso patearlo, pero a duras penas podía mantener la rodilla firme contra la pared para evitar caerse y que todo el peso de su cuerpo le dislocase los hombros.

—Debería lavar esa boquita tan sucia que tienes —dijo con un tinte tan extraño en la voz que el cocinero no supo que connotación darle, abrió los ojos, viendo ese brillo en los de Fullbody y como se relamía. Volvió a girar la cabeza, para dejar de mirarlo y concentrarse en el azulejo blanco de la pared. —Pero… —murmuró cerca de su oído—voy a comenzar por lavarte ese culito en pompa.

Las piernas le temblaron cuando sintió la esponja entre las nalgas, temió lo peor, pero contrario a lo pensado, Fullbody fue dudosamente delicado en el trato; tanta parsimonia le hizo sospechar.

La esponja recorrió sus piernas y mucho después los genitales, la mano de Fullbody subió por el vientre hasta llegar al pecho. A la altura del cuello, notó como Sanji tragaba saliva.

—Abre la boca, hay que limpiarla.

Pero Sanji giró bruscamente la cabeza. Fullbody volvió a tomarlo del mechón, para tirarlo hacia atrás.

—Ábrela y traga la esponja.

Podía sentir el gusto amargo del jabón en los labios. No le daría con el gusto, sin mediar palabras, volvió a rechazarlo y sintió una mano torpe y bruta entre sus nalgas.

—Abre la boca o te la meto por el culo —los dedos se hicieron rápidamente y sin cuidado del cerrado orificio.

Entonces Sanji abrió la boca, pero escupió enseguida el jabón ante la risa sádica del marine.

—Así me gusta, obediente. —Lo nalgueó como si fuera un premio, y Sanji cerró los ojos rogándole a su Dios personal que lo dejara de una puta vez en paz, sin embargo la mano del marine parecía haber descubierto su trasero como si de algo nuevo y divertido se tratase.

El rubio abrió los ojos y trató de dedicarle la mirada de odio más intensa que jamás le hubiera dedicado a cualquiera. Ni siquiera a Zoro, porque recién en ese momento se daba cuenta de que la aversión que sentía hacia el espadachín no era tal cosa, que odio era lo que en verdad sentía en ese momento, carcomiéndole las entrañas.

Cometió el desacierto de valerse de algo que le ayudase a pasar el mal trago y la humillación. Lo único que podía hacer en esas circunstancias era hablar:

—¿Todos los marines son así de putitos, o sólo tú Fullbody? —Intentó sonar lo más áspero posible—Deja de tocarme el culo, marica.

El mentado lo hizo voltear con tal violencia que sus muñecas se rozaron gravemente entre sí y contra la cadena. Un golpe en el estomago lo contrajo del todo y comprendió que lo peor estaba por venir.

Antes de dar la orden se encargó de decir algo, tan bajo, que sólo Sanji pudo oír.

—Ahora vamos a ver quién es más putito de los dos. —Dicho eso, dio la vuelta para vociferar la orden— ¡Váyanse! —No podía tener testigos, en cuyo caso corría el riesgo de ser echado de la marina.
—Pero… —uno intentó negarse—tenemos ordenes de…
—Las ordenes, mientras la teniente no está, las doy yo —reclamó—¡fuera todo el mundo!
—Pero señor —dijo otro— ¿no es peligroso quedarse solo con…?
— ¡Fuera! —demandó impaciente—No es peligro alguno, si apenas se puede mantener en pie —murmuró mirándolo de soslayo.

Cuando todos los soldados se marcharon, Sanji miró al último como si de un salvavidas en medio de la tempestad del mar se tratase. Fullbody se mordió los labios, pensativo, sin mirar al mugiwara. Divisó la camilla. En silencio se acercó a Sanji para descolgarlo con dificultad, y una vez liberado del gancho, lo arrastró por el brazo.

El cuerpo de Sanji dio contra la camilla, las intenciones de Fullbody para que se quedase boca abajo no estaban dando sus frutos. El cuerpo desnudo y mojado del cocinero se deslizaba sin que pudiera evitarlo. Lo tomó del pelo y lo volvió a colocar encima, el vientre se pegó a la fría y resbaladiza superficie, pero al no tener con qué evitar el deslizamiento, volvía a caer.

Hasta que Fullbody logró tenerlo como quería: se colocó entre las piernas del rubio, abriéndoselas, y con las rodillas le dio el punto de apoyo que necesitaba.

Sanji ahogó el grito al entender lo que el bastardo pretendía, sintió de nuevo las manos del marine, abriéndole las nalgas y los torpes movimientos, luego algo suave y cálido que no tardó en reconocer como el pene de Fullbody.

—Hijo de puta —murmuró, pero para entonces le costaba incluso hablar. El cuerpo helado comenzaba a rendirle cuentas del maltrato sufrido, todos y cada uno de sus músculos estaban resentidos y le dolían horrores, pero no hubo comparación cuando sintió el primer desgarro.

Sanji se mordió la lengua para evitar un quejido, quejido que igualmente nació sin que pudiera evitarlo.

La emoción colmó a Fullbody al ver que por fin había logrado arrancarle un sentido gesto de sufrimiento. Pero no era suficiente, no se comparaba en nada a la humillación que sintió cuando fue ridiculizado por sus superiores y más tarde degradado a un rango mucho más bajo.

Había tenido que soportar el murmullo de sus compañeros, las burlas y ser el paria… y creía que todo ese martirio justificaba lo que hacía.

Y no era suficiente, Fullbody necesitaba de más para sentirse satisfecho.

—Ven aquí, marica —salió del interior de Sanji, difícilmente había podido meterle el glande, sin lubricación y con un orificio virgen, le dolía incluso a él. Pero esa clase de dolor en esa circunstancia, sabiendo que el que sentía Sanji era uno muy distinto y más denigrante, era miel para él.

Le hizo girar y el cuerpo de Sanji, sin fuerza, cayó ante él a sus pies. La posición y el lugar no eran los más idóneos, pero no le importaba, le urgía atender esa necesidad. Sanji vio el pene endurecido del marine a escasos metros de su rostro y pensó en morderlo, pero su cabeza dio contra el grueso apoyo de la camilla.

Fullbody se arrodilló y lo tomó de las piernas jalándolo con brusquedad para atraerlo hacia su cuerpo. Uno de los dedos se clavó en la herida abierta que Sanji tenía en su pierna hinchada y el dolor punzante se hizo sentir. Un grito le desgarró la garganta cuando el marine metió el dedo, empujando con la malsana intención de hacerle ver las estrellas.

Y de nuevo, ese sufrimiento particular entre las piernas, el de un pene desgarrándolo.

—Quiero verte la cara mientras te follo.

Sanji hizo lo único que podía hacer, le escupió con la poca saliva que le quedaba en la reseca garganta. Fullbody no tardó en responder la agresión; le golpeó tan fuerte en la cabeza que la sangre comenzó a fluir y por poco no perdió el conocimiento.

Laxo como estaba, fue dócil como una muñeca. Fullbody se escabulló entre las piernas del pirata, sin dejar de apretarle en la herida vieja, y se hundió en él sin clemencias, destrozando el poco orgullo que le quedaba hasta entonces a uno de los mugiwara más orgulloso.

Sanji, en el mareo, alcanzó a abrir los ojos para asquearse al ver la expresión en el rostro del marine, mezcla de odio, diversión y placer. Escuchó sus gemidos, muy cerca del oído, las palabras indescifrables que le dedicaba, insultos o cumplidos, le daba igual. Y luego, ese calor envolviéndole, contaminándole las entrañas.

Fullbody se agitó un par de veces más, tratando de imprimir más fuerza, buscando que su pene descansase lo más posible en el interior del cocinero, y eyaculó.

Le habría gustado verlo llorar y clamar por su dignidad, pero lo único que veía en los ojos del rubio cada vez que lograba abrirlos, era esa fortaleza interna que lo caracterizaba.

Se repetía mentalmente y como consuelo que no le daría con el gusto.

Cuando Fullbody se sintió satisfecho y logró reponer energías tras la marea orgásmica, retiró el pene con lentitud para hacérselo sentir a su víctima. Sanji frunció la frente, sin poder evitar reprimir el gesto por mucho que le hubiera gustado reprimirlo.

El semen caliente se escurría entre sus nalgas y sentía ganas de defecar, pero se contuvo; no tenía ánimos ni para respirar, permaneció en el sitio, esperando a que cargasen por él.

Las fuerzas lo abandonaron por completo, la fiebre, el dolor y la deshonra acabaron por doblegarlo, y sin luchar contra eso se desmayó.

Lo último que recordaba antes de ver todo negro era una voz, la de Fullbody apremiándolo para que se pusiera de pie. Lo que pasó después fue un enigma para él.

El marine apareció frente a los soldados con los pantalones mojados, nadie dijo nada al respecto, se limitaron a acatar la orden de tomar al pirata y llevarlo a la enfermería.

Tashigi vio a los soldados cargando con una de las mangueras y chistó en su interior. Había dado la orden de que la esperasen, no por morbo, pero intuía las intenciones de Fullbody, y aunque le importaba poco lo que le pasase a los piratas, tampoco iba a permitir ningún tipo de maltrato que manchase la reputación de la marina.

Caminó con paso rápido hasta las celdas, poco antes de llegar ya había visto el agua colándose bajo la puerta del calabozo de Roronoa. Se paró frente a la puerta y espió por la mirilla, para de inmediato abrirla.

— ¡Soldado! —llamó al que estaba de guardia. En cuanto ingresó la luz artificial le dio de lleno al espadachín, todavía se sentía algo drogado y tenía frío, mucho frío.
— ¿Sí, señorita?
— ¿No se dan cuenta de que la celda está inundada? —reclamó—Cambien a Roronoa a la de al lado y limpien como corresponde esta —miró el cuerpo desnudo tendido sobre el suelo, con el brazo colgando del grillete—y vístanlo, santo Dios, no queremos otro pirata enfermo.
—La otra celda todavía no fue limpiada.
—Háganlo entonces. —Era menester cambiar al espadachín todavía bajo el efecto del sedante. —¡Rápido!
—Enseguida. —El soldado dio la vuelta y fue a buscar a los encargados de la limpieza para apurarlos.

Cuando Tashigi se quedó sola en la celda, sin miedo, caminó hasta Zoro. Podía ver que estaba consciente aunque igualmente somnoliento.

— ¿El cocinero, qué hicieron con el cocinero? —demandó Roronoa con la voz ronca, la idea de no volver a verlo le conmocionaba y le daba las fuerzas necesarias para vencer el efecto de la droga.
—Está siendo atendido por un médico —dijo, sin revelar más—, ¿han comido?

El espadachín negó con la cabeza y Tashigi exhaló el aire.

— ¿Nada en el día de hoy o nada en general?
—Sólo agua —fue la respuesta de Zoro.

Iba a matar a esos dos, eso era lo que iba a hacer, es que acaso, ¿no entendían cómo debían ser las cosas? Con razón a Fullbody lo habían destituido, ¿quién podía quererlo en sus filas? Sin dudas tenía que estar bajo el mando de alguien como Hina.

— ¡Tú!

Jango quiso escaparse apenas vio a la teniente, pero ella lo pescó al vuelo, viéndolo marcharse silenciosamente de espaldas por el pasillo por el cual había llegado.

— ¿Sí, teniente? —concedió con tono zalamero y una sonrisa.
—Una falta más que cometan y labraré una causa en contra de ustedes dos. —Asintió al ver que Jango se señalaba el pecho con un dedo—Sí, a ti y al cretino de tu amigo.
—No entiendo.
—Dejarlos mojados y desnudos no es nada junto al hecho de dejarlos sin comida.

Jango se mostró confundido.

—Pero señorita, yo jamás di la orden de que no les dieran de comer…

Tashigi se alejó de la puerta para caminar hacia él, a la vez que varios soldados pasaban junto a ella para ponerse a limpiar las celdas y cambiar a Roronoa de lugar.

—Entonces fue Fullbody. —Después se encargaría de él. —Ve a la cocina y diles que les alcancen comida apenas traigan al otro Mugiwara de la enfermería.

Poner el Sunny a toda marcha con dos personas menos no fue tarea sencilla. Hacer la comida sin Sanji, no supuso un desafío menor. Aunque nadie estaba con ánimos para atragantarse con comida, y eso incluía a un impaciente Luffy, Nami cocinó con ayuda de Robin y Usopp.

Luego de un almuerzo sencillo para reponer fuerzas, empezaron a discutir respecto al plan que Usopp había propuesto. El tirador se frotó los ojos, agotado, poco y nada habían dormido desde que zarparon, aunque la peor parte se la llevaba Nami ya que tenía que estar muy al pendiente de las corrientes.

—A ver… la idea es acercarnos lo suficiente, pero sin que nos vean. Si nos ven, estamos perdidos. Contamos con el sol al mediodía, por eso es primordial que demos con el barco a la hora que sol da de lleno en el Sunny.

El reflejo lograría despistar al vigía de los marines y ellos a su vez tendrían una perfecta visión. Nami tomó de inmediato la palabra. Se la notaba ojerosa y cansada.

—Los archipiélagos ahora juegan a nuestro favor, la idea de Usopp de atacar durante la noche es buena.
—Debemos escabullirnos en el barco de la marina, el tema es que no tenemos ni idea de dónde los pueden tener. Una vez que estemos arriba, ir a ciegas no es lo mejor —terció Robin.
—Por eso tú irás —dijo Usopp con una sonrisa—, tu akuma no mi es ideal para espiar, ¿verdad? —recordaba haberla visto usando esos extraños y perturbadores ojos. La arqueóloga asintió, de acuerdo con la idea.
—Espero que no te moleste, Robin —dijo Nami.
—No tengo problemas —y no lo tenía en verdad, por sus nakama Robin era capaz de cruzar cielo y tierra.

Para ella meterse en un barco enemigo era mínimo en comparación a todo lo que hicieron ellos en Ennies Lobby para rescatarla.

—Franky te acompañará —intervino el tirador.
—¡Y yo! —bramó Luffy golpeando la mesa—¡Yo también quiero ir!
—No, Luffy, tu estarás con Brook en la balsa.

Miró al esqueleto, quien asintió. Ya le habían pedido, sin que Luffy escuchara, que acompañase al grupo para asegurarse de que el capitán no arruinase el plan preso de la impaciencia por rescatar a los otros dos.

—Te quedarás en la balsa con Brook —reiteró Nami—, y en caso de ser necesario, entrarán en acción, pero deberán dejar que Franky y Robin se encarguen de dar con los chicos primero, una vez que sean liberados será pan comido, Luffy, pero con la akuma no mi del tipo del humo y de la capitana que los chicos mencionaron, será muy difícil.
—Lo entiendo —se sentó en la silla, cruzándose de brazos.

Podía ser de carácter arrojadizo, pero comprendía la situación y que todos buscaban la forma de liberarlos evitando un mal mayor.

—Mientras Robin se encarga de encontrar a los chicos, Franky se encargará de dar con el cuarto de la pólvora —continuó Usopp—, y la hará volar, eso distraerá a la mayoría de los marines que irán a ver qué pasó. Cuando eso pase, será la señal para que Nami acerque el barco.
—¿Y yo? —se lamentó Chopper, sintiéndose un poco inútil al no oírse incluido en el plan.
—Nosotros tendremos que quedarnos con Nami —le contestó el tirador.
—Claro, Chopper —sonrió la navegante—necesito que me ayuden a mover el Sunny para acercarlo lo más que pueda al barco de la marina, o no podrán escapar. Saltar al mar es peligroso con los reyes marinos.

No olvidaban que estaban muy cerca del Calm Belt, y en esa zona era fácil terminar siendo comida de los reyes marinos.

—Además eres el doctor del barco—exclamó Franky convenciendo al reno—, necesitamos de las habilidades de un medico tan experto como tú para que nos cure después del enfrentamiento.
—Idiota, que digas que soy un experto no me hace feliz —gritó Chopper danzando en la silla y con una enorme sonrisa. —Pero sí, me quedaré a ayudar a Nami y a atenderlos cuando lleguen. No se lastimen mucho, chicos —pidió, al borde de las lágrimas, recordando nuevamente a Sanji y sus heridas.
—Mis habilidades funcionan mejor a distancia —dijo Usopp con orgullo—; desde el Sunny, y una vez que logremos acercarnos, prenderé fuego las velas del barco de la marina para que no nos sigan.
—Si seguimos todos los pasos como corresponde —Nami tomó la palabra mirando a Luffy—, nada puede salir mal. Tarde o temprano tendremos que enfrentarlos, eso es seguro… y cuando eso pase, Luffy, tendrás que hacer lo posible para entretener a Smoker. Él irá a por ti, así que eso no será problema, pero si se te escapa nos dará problemas a todos.
— ¿Y la capitana? —preguntó el músico recordando la habilidad de ella.
—Usopp ya pensó al respecto —dijo Nami suspirando de cansancio.
—Tengo un poco de kairôseki —terció él. —No es mucho, apenas del tamaño de una piedra, pero lo mantendremos lejos de ustedes.

Suponían que teniendo cerca dicha piedra, tanto Robin como Luffy, Chopper y Brook se verían impedidos para usar sus habilidades. Usopp no tenía ni idea de qué uso le daría a esa piedra que había conservado, pero teniendo en cuenta las habilidades del enemigo, le pareció prudente tenerla cerca en el barco al momento de enfrentarlos. Ya vería qué uso podía darle.

—Por el momento, navegante-san —interrumpió Robin—sería bueno que tomaras un descanso.
—Eso —secundó Chopper—desde hace dos noches que no duermes, Nami, vas a enfermarte.
—Estoy bien, chicos —dijo ella, pero admitía que necesitaba unas horas de sueño profundo.
—No tienes nada de qué preocuparte, el Sunny va a toda marcha —dijo Franky. —Yo me hago cargo.
—Sí, cualquier cosa que pase, te llamaremos, pero ve a dormir —Usopp se puso de pie para echarla gentilmente por la espalda.
—De verdad chicos, estoy bien y las corrientes son peligrosas, no puedo quitarles los ojos de encima.
—Nami —habló Luffy con esa seriedad que pocas veces se podía ver en él—, ve a dormir, nosotros nos encargamos. Si hace falta, te llamamos.

Las órdenes del capitán eran absolutas, Nami abrió la boca para replicar, pero la mirada de Luffy severa, aunque igualmente serena y pacífica, le hizo replantearse la queja.

La sonrisa ancha le iluminó el rostro cuando su navegante asintió, dándose por vencida.

Lo primero que sintió cuando recuperó los sentidos fue un calor reconfortante en la herida de su pierna derecha. Abrió los ojos lentamente al darse cuenta de que estaba recostado en una superficie blanda, y lo que vio fue a un hombre de mediana edad, barbudo y vestido de blanco.

Lo atendía con frialdad, sin mirarlo, como si el pirata no estuviera allí, como si sólo se tratase de un cuerpo que debía atender. Sintió un pinchazo en el brazo y escuchó una voz femenina que acaparó toda su atención.

—¿Ya está, doctor?
—Sí —respondió—, la fiebre le bajará en unos días, los huesos rotos tardarán un poco más, sobre todo los de las costillas. Tuve que coser una vieja herida, la infección era grande —negó con la cabeza, y tuvo el primer gesto humano al dirigirse al chico que lo miraba con curiosidad—La sacaste barata, muchacho… un poco más y esa infección iba a costarte la pierna, si no era la vida.
—¿Está fuera de peligro? —Tashigi caminó lo suficiente para que Sanji pudiera verla.
—Por el momento sí… los antibióticos harán su trabajo, mientras no utilice la pierna sanará paulatinamente. Esta clase de infección avanza con rapidez en el sistema, una herida abierta así y sin tratamiento, no tarda en incubar algo peor. —Le quitó manta que lo cubría mostrando las vendas en su cuerpo, ahora sí parecía una momia. —¿Lo recibieron así?
—Que yo sepa, no estaba tan herido —respondió la marine.

Sanji frunció los labios, la palabra "Fullbody" prendía de ellos, pero por estúpido orgullo prefirió tragarse todo el veneno que corría por su cuerpo. Intentó ponerse de costado, sintiendo el dolor como algo conocido y familiar, ¿cuántas veces había acabado así, o incluso mucho peor?

—Por el momento lo mejor es que descanse.
—Estará en su celda —le aclaró al doctor—, no es prudente dejarlo aquí.

El facultativo negó con la cabeza en gesto reprobatorio, pero no se negó a la orden de la teniente. Comprendía que por ser piratas lo mejor era mantenerlos bajo estricta vigilancia, sin embargo la celda era una verdadera caldera, en donde incubar enfermedades era moneda corriente. Era un sitio frío, comúnmente sucio y deprimente.

—Si el pirata se les muere antes de llegar, no me echen la culpa —quiso desligarse—, yo les aconsejo que lo dejen aquí.
—No morirá —terció Tashigi, mirándolo por un breve instante. Sanji le sonrió, conforme con esa confianza.
—¿Cómo van a alimentarlo? A duras penas se puede mover, ni siquiera puede sentarse sin ayuda.

Sanji daba fe: había querido moverse más que eso, pero tan sólo logró dar la vuelta en la camilla y no más.

—No se preocupe por eso —Tashigi no dijo más al respecto y el doctor no se hizo mala sangre.
—Haré que lo vistan para que pueda llevárselo.

El doctor hizo una seña a través de una de las aberturas de la sala y tres jóvenes se acercaron a la camilla; en un abrir y cerrar de ojos, con certeros movimientos, lo vistieron. Le colocaron el mismo pantalón negro que tenía puesto, o uno similar… le costaba reconocerlo como suyo, especialmente porque el que le estaban poniendo parecía limpio y no se lo imaginaba a los marines lavándole la ropa a los piratas.

La camisola que le pusieron era grande, pero agradable al tacto, especialmente porque era más gruesa que su camisa y eso era bueno en un lugar tan frío como el calabozo. Los zapatos eran suyos, eso sí reconocía, y se sentía a gusto con ellos. Con la misma camilla que destrabaron de ambas puntas, lo sacaron del pequeño cuarto. Tashigi les dio la orden de que ajustasen la correa hasta llegar a la celda, por mera prevención, aunque igualmente el cocinero no se sentía con ánimos de dar guerra, todavía la fiebre no le había bajado y se sentía adolorido.

En el camino aprovechó para espiar las inmediaciones, y cuando la camilla se detuvo ante una puerta, ladeó la cabeza viendo lo que parecía ser el cuarto de armas. Fue un segundo, pero vio la característica katana blanca de Zoro, esa que el espadachín tanto recelaba. La reconocía, sin dudas era la suya, la tenía muy bien vista, ¿cuántas veces Roronoa se la había blandido en la cara en sus reyertas habituales? Sonrió satisfecho con el hallazgo, aunque estaba lejos de ella y no podía hacer nada para recuperarlas, saber donde estaban era sin dudas alentador.

Seguramente que el marimo tonto se pondría contento cuando le contara que la había visto.

Uno de los enfermeros que lo trasladaba terminó de quitar las tres trabas y empujó la camilla por la abertura. Al dejar ese cuarto atrás Sanji volvió a fijar la vista al techo y cerró los ojos, deseando poder dormir un poco y descansar. Había sido tanto el hambre pasado en esos días, que creía no sentirlo, cuando en realidad se aunaba al malestar general. Era algo que lo tenía sin cuidado, después de todo cuando era apenas un crío había tenido que pasar más tiempo y en peores condiciones sin nada más que agua.

Cuando iban llegando a los calabozos volvió a quedarse dormido, o cayó inconsciente, no encontraba la diferencia en ese momento.
En su sueño febril, deliraba con sirenas que danzaban desnudas ante él, lo perturbador era la voz de Zoro, que se colaba entre medio de tan idílicas imágenes. No entendía muy bien las razones, pero sentía a Roronoa muy cerca, como si estuviera junto a él.

La teniente ignoró la sonrisa boba del pirata rubio cuando lo dejaron en el piso sobre la lona gruesa que hacía de camastro; indicó encadenarlo de una de las muñecas a la pared y vio en los ojos del espadachín la pregunta implícita.
Sentado en el suelo, completamente despierto, Roronoa no aparentaba ser una amenaza mayor.

—Está bien —le dijo a Zoro, y él cerró los ojos por un breve instante como si eso era lo que necesitaba oír para relajarse, aunque sus expresiones seguían siendo igualmente duras.
—Cocinero estúpido —dijo mirándolo, extrañaba dedicarle el insulto del día, aunque no había pasado más de uno desde la última vez que le vio, la sensación extraña que lo colmó entonces, siendo arrastrado de esa forma por Fullbody, fue angustiosa.

Como si algo le estuviera diciendo que esa sería la última vez que lo vería entero, o que algo grave iba a pasarle. En su fuero más interno le aliviaba ver que había sido sólo eso: una sensación, alejada de la realidad, puesto que ahí estaba el rubio, tendido a un lado, con la cabeza cerca de su regazo.

La teniente hizo una seña y los enfermeros dejaron la celda, los guardias tras ella esperaron a que saliera, pero antes de desaparecer por la puerta le habló al espadachín.

—Ahora traerán la comida de tu compañero. Nadie está dispuesto a arriesgarse el pellejo y meterse aquí a darle de comer, así que te encargarás de que lo haga mientras él no pueda hacerlo solo. Si no come, se muere, está en tus manos —fue dura, porque intuía que igualmente Roronoa no se negaría.
—¿Qué tiene?
—Fiebre, una fuerte infección, varias costillas rotas y algunas contusiones. Nada que lo mate, pero deberá hacer reposo —sonrió de medio lado—, de todos modos para cuando lleguemos a destino será reposo suficiente. —Sabía que la condición del cocinero le quitaría todas las ganas de planear una huida, lo que no sabía Tashigi era la capacidad de auto recuperación que tenían los mugiwara.

Parecían semi dioses a lo que nada les afectaba. En muchas ocasiones las heridas que ganaban en batalla eran suficientes para tumbar o matar a una persona común, pero ellos no eran humanos normales. O al menos no parecían serlo.

Zoro se guardó la apreciación, sabía con fe ciega que en poco tiempo, si no eran horas, Sanji estaría dándole caña, molestándolo e incitándolo para mandarse a mudar.
Cuando la puerta se cerró, la mirilla quedó abierta a la espera de la fuente que le correspondía al cocinero. La luz que se colaba por ella era suficiente para ver el rostro del cocinero, preso de un aparente sueño intranquilo.

Pareciese que de repente las sirenas se habían convertido en feroces y temidas quimeras. Elevó una mano con el fin de posarla sobre la frente de Sanji, pero dudó a último momento. Enseguida se reprendió, solamente trataba de ver si la fiebre volvía a ser lo suficientemente alta como para mandar a llamar al médico, no había nada extraño ni tabú en el gesto. Mentalizándose al respecto, la puso con cuidado sobre la frente, elevando apenas el mechón rubio de pelo.

Sanji se removió agitado, como si el tenue contacto lo hubiera alarmado de sobremanera, pero enseguida se relajó. Zoro no quitó la mano de ahí hasta que tuvo que ponerse de pie, una hora después, para ir en busca de la fuente que el marine de la cocina le había dejado sobre la pequeña plataforma de la mirilla.

Caminó hasta allí y tomó el guiso que se asemejaba a vómito de perro. Él ya había comido, y aunque no tenía el mejor aspecto sabía que era comestible; de hecho devoró su fuente como si de algún manjar creado por Sanji se tratase. Lo miró, odiándose por reconocer cuanto extrañaba su comida.

Cuando volvieran al Sunny le exigiría sus platos favoritos, para sacarse las ganas de comer algo verdaderamente decente.

Esbozó una sonrisa ante el recuerdo de un enérgico y feliz cocinero haciendo precisamente lo que más le gustaba. Sanji amaba la cocina, y él amaba esa dedicación que le ponía a las cosas que le gustaban… como las chicas, como a las peleas que sostenían por meras tonterías.

En cambio ahora esa energía se veía suplantada por esa imagen tan serena y a la vez tan inquietante, chistó en su interior. ¿Por qué siempre acababa preocupándose por todo y por todos? No, si se hacía mala sangre por puro gusto, nomás.

Se arrodilló en el suelo dejando la fuente en un costado, casi sintiendo pena de tener que molestar al rubio, pero sabiendo que debía comer y que, seguramente, estaba famélico. No supo cómo atenderlo, dudó de los pasos a dar. Al final elevó una mano y lo sacudió lentamente, pero Sanji no respondió a su llamado. Como pudo lo tomó lo más delicadamente que sus toscas manos pudieron de la cintura, y logró sentarlo.

Recién entonces Sanji pareció reaccionar, abriendo los ojos para encontrarse con la mirada tensa y contrariada de su compañero. No había sido alucinación, realmente Zoro estaba ahí, a su lado. Sonrió ante la idea.

—¿Qué haces aquí? —se lo imaginaba abriendo un boquete en la pared. Después de todo Zoro tenía fuerza de sobra para hacerlo.
—Tienes que comer —fue un imperativo con cierto tinte a ruego.

Al oír esa expresión y darse cuenta de la fuente que Zoro tenía entre sus manos, sintió ganas de llorar de la emoción. Era eso lo que necesitaba, un poco de comida, agua, descansar un par de horas y ya estaría listo para escapar.