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Mariposa infernal

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Lo sé, me sigue la Parca.

A donde quiera que vaya, la muerte se arrastra tras mí con paso sigiloso. Los demás no se dan cuenta, pero yo sí; aunque no tenga forma la puedo sentir. No es que pueda hacer o no hacer algo al respecto, ni siquiera sé por qué ocurre. Aunque comienzo a sospecharlo.

Desde que tengo uso de razón he podido ver a los muertos, tanto así como a lo que algunos llaman demonios. Crecí sintiendo que eso era algo natural, aunque me enseñaron a no hablar a la ligera sobre el tema porque no todos aceptan la existencia de estos entes.

Muchas veces el ser humano necesita ver para creer; yo soy de esos, y justamente por ese motivo creo. Los veo, como puedo ver a cualquier otro ser vivo.

Mi familia es muy particular, como supongo lo serán todas las familias. No sé si llamarla así hoy en día teniendo en cuenta que sólo tengo a mi padre; pero cuando era niño tuve la suerte de tener junto a mí, a mi abuelo. Él me ayudó a entender algunas cosas que, solo, jamás hubiera podido comprender. O tal vez sí, al fin y al cabo el ser humano es una criatura misteriosa.

Siempre fuimos muy particulares. Siempre tuvimos lo que se podría denominar como dones. Mi padre tenía sueños que solían cumplirse; eran sueños específicos que él sabía diferenciar muy bien de las clásicas quimeras producidas por la mente. Las sensaciones eran claramente distintas. Yo lo entiendo porque tuve la desgracia o suerte —dependiendo de la perspectiva— de obtener un poco de cada integrante de mi familia.

Mi abuelo decía que eso se debía a la inevitable evolución del alma humana, pues esta vuelve perfeccionada, si es que se han hecho los deberes para evolucionar, en tal caso la involución también es posible. Por ende no debería sorprenderme que el día de mañana mis hijos obtuviesen los mismos dones aun más desarrollados.

Yo no tenía sueños tan seguidos ni tan claros como los de mi padre, pero los tenía y eso siempre fue algo que me perturbó, porque nunca lograba diferenciarlos bien hasta que ocurrían. Lo perturbador era cuando se trataban de presagios funestos. Me colmaba la frustración y la cólera, porque hasta que no pasaba la tragedia, no caía en la cuenta de que había sido uno de esos sueños.

Al final terminé por anular esa capacidad. Era espantosa la sensación de saber que se pudo haber hecho algo al respecto. Soy de pensar que si, algo o alguien, nos avisa antes de que ocurra, es porque se puede evitar o para que lo podamos evitar.

Mi padre no le daba importancia. Luego de que mi abuelo falleció, comenzó a decir que ya no tenía más esos sueños, pero es el día de hoy que creo que miente. Los debe seguir teniendo, sólo que los ignora o no los comparte.

Mi abuelo… él tenía uno de los dones más extraños que pude conocer en mi corta vida. Podía comunicarse con los muertos, ir al mundo de ellos e interactuar. Eso me ponía la piel de gallina. Cuando era niño siempre temí que alguna vez no regresase. Y mi miedo no era en vano. Una vez no volvió jamás.

Mi madre tenía el don más hermoso, el de la sanación. No iba por el mundo curando personas, pero lo hacía desde su lugar, en el hospital donde conoció a mi padre. Lástima que, pese a todas las personas a las que les "salvó" la vida, no pudo salvar la suya. Qué curioso, poder tener un don y no saber usarlo por y para uno mismo. Quizás esa clase de dones se ven nulos cuando hay algún sentimiento egoísta, no lo sé; sin embargo no me resulta algo tan fuera de lo común, pues a mí me pasa algo similar: no puedo usar mi don para mí mismo, sólo en pos de los demás. No es que me moleste, aunque considero que no soy tan altruista como para tenerlo, pero me acarrea serios problemas que en el presente no he sabido resolver.

Desde que mi abuelo falleció me manejo como un barco a la deriva, sin timón. Con mi padre no hablo del tema… no hable de ningún tema a decir verdad. Así que atesoro las enseñanzas de mi sensei con ahínco y trato de seguir la senda que él me inculcó.

Mi familia siempre lo dijo: mi don es horrible, es oscuro y es peligroso, pero ¿qué puedo hacer yo? Es el que me tocó y aunque quise deshacerme de él en varias oportunidades, nunca lo logré. Por algún motivo u otro volvía a caer en sus redes.

Sí, puedo ver a los muertos y a los demonios. No sólo eso, puedo interactuar con ellos, tocarlos literalmente. Pero es importante aclarar un asunto: los demonios en verdad no son como la mayoría de las personas creen. No hay buenos o malos, la maldad y la bondad son conceptos abstractos y relativos que no se aplican a esta clase de seres. Al igual que los espíritus comunes, ellos actúan motivados por sus propias ambiciones, que pueden ser buenas o malas. Asimismo, en el mundo, hay millares de personas con habilidades distintas, cuyos dones específicos les permite utilizarlos para dañar a los demás o, en algunos casos, para fines meramente egoístas.

Algo que me enseñó mi abuelo es a no hacerles a los demás, lo que a uno no le gusta que le hagan. "Haz el bien, sin mirar a quien" era su frase de cabecera; cuando era niño no lograba entenderla muy bien, pero ya de adolescente esa frase y tantas otras, comenzaban a cobrar sentido para mí.

En la vida todo vuelve el triple, es una ley no escrita que todo ser humano con algún don desarrollado lo sabe. Y el que quiebra esa ley sufre las consecuencias. No se trata de miedo, se trata de respeto: Sólo somos un engranaje más en una enorme máquina. Somos un instrumento. Somos imperfectos, y se nos ha dado una habilidad que se debe aprender a usar con discreción.

La ambición y el ego son enemigos peligrosos de nosotros mismos. He visto miles de veces como los dones se vuelven en contra de sus portadores.

Sé que hay un ente superior. La gente puede darle el nombre que más le guste y la forma que prefiera. Al fin de cuentas no son más que uno mismo. Lo que llaman Dios cristiano, Buda, Vishnu, Alá, Jah, es una misma entidad que el hombre ha identificado a través de la historia de la humanidad con distintos nombres.

Mi abuelo dice que "Él" —Dios—, le ha dado todos los humanos todos los dones del mundo. ¿Cómo podía ser eso posible? Recuerdo con nitidez mi sorpresa al escuchar por primera vez esa afirmación.

—¿Es eso posible, abuelo? —le pregunté, dándole los broches para colgar la ropa de uno en uno—¿Por qué entonces algunas personas no creen en esos dones?

—Es que no todos les dan importancia, o los desarrollan. Todos poseemos todos los dones, Uryuu… simplemente que somos más talentosos para algunos que para otro, como tú, que tienes un don que más de un niño de tu edad no querría tener.

Me quedé perdido en esa reflexión. Quizás era verdad, tener cuatro, ocho, diez años y ver demonios no es algo agradable, pero cuando naces viéndolos te resulta hasta cierto punto natural.

—¿Es malo lo que me pasa, abuelo?

—Oh, no —negó él con énfasis tomando la cesta vacía de la ropa limpia—, en lo absoluto. ¿Qué buscan cuando se te acercan?

—Alivio —respondí ingresando tras él a la casa—Alivio y luz. Muchos están en la oscuridad y tienen miedo.

—¿Ves? Tú los ayudas…

—Pero a veces hacen daños a las personas, ¿entonces está bien que los ayude? —mi frente se frunció, tratando de entender ese complicado mundo.

—Por supuesto. Si tú los ayudas, ellos ya no harán más daño. Irán a donde tiene que ir.

—¿Y qué pasa con ellos cuando se van? ¿A dónde van?

—Vuelven a la luz. Son transmutados.

—¿Transmutados?

—Ajá… Vuelven al ciclo de la vida.

Fue una de las conversaciones que más me quedaron grabadas en la mente. Era muy pequeño, pero comenzaba a entender mejor porqué me pasaba lo que me pasaba, y, aun más importante, que se suponía que tenía que hacer con eso.

Poco antes de morir me mostró un libro, uno viejo cuyas hojas amarillentas parecían hacerse polvo con tan solo tocarlas.

—La enseñanza nunca termina, Uryuu… es un camino largo y es normal que el humano se sienta perdido o desorientado en ese trayecto —me miró con una enorme sonrisa—, pero eres un chico bueno, bueno de corazón y alma; por eso estoy tranquilo, porque sé que nunca harás daño, sé que te preocupan las personas. ¿Sabes lo que es la empatía, Uryuu? —Negué con mi cabeza y él me regaló otra sonrisa—Es esa capacidad que tú posees para sentir el dolor ajeno. Una habilidad innata en ti que te permite ponerte en los zapatos de otra persona. Siempre y cuando cuides de no perder tu empatía, sé que serás una buena persona. No te asustes nunca de tu don oscuro, no lo será siempre y cuando lo uses con empatía —asentí, pudiendo entender con facilidad lo que trataba de decirme. Quizás porque era más grande, tal vez porque de cierta forma lo sentía en mi corazón. Me dolía ver como los demonios atacaban a las personas y que nadie pudiera hacer nada al respecto.

—¿Qué es eso, abuelo? —la tapa mostraba una cruz de cinco puntas, un pentagrama. —Tiene la misma forma que tu cruz.

—Este es un libro que quiero que leas y cuides, que cuides tanto como la cruz que vas a heredar de mi cuando yo me vaya de este plano—me dijo con tranquilidad, siempre hablaba sobre la muerte con serenidad—¿Recuerdas que una vez, hace mucho tiempo te hablé de unos seres que eran humanos con habilidades específicas? —asentí, acomodándome los redondeados anteojos. —No es que sean mejores o peores, ningún humano lo es por encima de otro, no se trata de eso. Tan sólo que le han dado importancia a éste tema y han trabajado al respecto.

—Los Quincy's, ¿verdad?

—Exactamente —correspondió con emoción, como el maestro que está orgulloso de su aplicado alumno, y yo pude hacer otra cosa que sonreír emocionado.

—¿Yo soy un Quincy?

—Al igual que yo, sí. Si tu quieres sí… si no quieres, como tu padre, puedes no serlo. La puerta nunca está cerrada —un ligero catarro lo atacó y, cuando pudo componerse, continuó—La Hermandad Blanca… es sólo una parte de ese gran mundo místico en el que muchos no creen —explicó. —Buscamos el equilibrio del mundo, en este y en todos los planos que existen, tan infinitos como mundos habitados.

"Todo en este universo tiene vida y evoluciona. Es un proceso natural, como nacer y morir. Los dones son innatos en todos los seres, pero está en ellos trabajarlos y hacerlos crecer"

De grande llegué a preguntarme el porqué tuve la funesta suerte de tener el mío, mi sensei me había dicho en su momento que Dios me había otorgado la empatía para hacer un justo equilibrio. Pero pese a lo bonito que pueda llegar a sonar, ser empático es una de las más indeseables de las capacidades humanas, porque nunca sabes cuándo termina tu dolor y empieza el del otro; sin embargo justamente eso impedía que yo traspase el umbral hacia lo desconocido, hacia la tan temida oscuridad. Mi alma estaba en contacto con ella y si no aprendía cómo resolver los conflictos, podría llegar a acarrearme serios problemas, como en el presente.

Cuando él murió me sentí perdido y a la vez seguro de poder confiar en esa empatía y en todas las enseñanzas que me había legado. Pero es el día de hoy que todavía no aprendí correctamente a transmutar esa oscuridad. Así que, literalmente, se me pega.

Mi padre más de una vez me forzó a dejarlo de lado, me decía que era estúpido de mi parte, que podía llegar a morir. Sin embargo esa dichosa y mentada empatía me impedía hacer la cara a un lado.

Lo intenté, juro que en más de una ocasión traté de darle la espalda, pero nunca podía cuando se trataban de seres muy cercanos a mí. No me considero un Mahatma Gandhi, no soy tan altruista como muchos pensarían; soy humano, cometo errores y tengo miedos naturales.

Puedo echarle la culpa a ese don de tener una personalidad tan retorcida; pero echarle la culpa a algo o a los demás no es otra cosa que una manera de tapar el problema subyacente. Tuve una vida relativamente normal, fui a la escuela como cualquier otro chico de mi edad e hice las mismas cosas que cualquier joven de mi edad. Pero siempre me costó hacer amigos, siempre me costó contar lo que me ocurría, en todos los niveles, no sólo en cuanto a este don.

La oscuridad parecía querer comerme cada tanto, y yo luchaba por no caer, aferrado a las enseñanzas de mi sensei. Será por eso que al entrar a la adolescencia mi personalidad mutó a lo que es hoy en día.

No me considero anormal, tengo actividades, me gusta coser y cocinar, disfruto de leer y mirar una buena película. Estudio incansablemente y me gustaría ser artesano, aunque sé que haré la carrera de medicina una vez que termine el secundario porque no pretendo morirme de hambre.

No me considero depresivo, pero a veces me he sentido muy cansado de la vida que llevaba —y que llevo—, a tal punto que a veces pienso que no tengo la edad que mi cuerpo profesa. Siento que ya he vivido demasiado, pese a los pocos años de vida.

Luego de mi último intento de suicidio, mi padre me dijo que todo eso se debía a ese estúpido don al que me aferraba con tanto orgullo. Me sorprendí, no sólo de su preocupación, sino de que hablase del tema conmigo. Descubrí que él también había sido alumno de mi abuelo, pero nunca entendí qué pasó con él para que rechazase todo es mundo. Ojalá fuera tan fácil para mí, pero maldita sea la empatía. Mi eterna enemiga.

—Deja de comportarte así, Uryuu —me rogó en su momento.

Vi el dolor en sus ojos y supe que yo estaba siendo egoísta. Comprendí que no podía deshacerme de mi don, resignarme y morir sólo porque ya no quería bregar más con el asunto, sin tener a mi abuelo como mentor.

¿Cuántas veces él me había hablado sobre lo malo que era el ego? Bueno, había sido egoísta, había velado por mi propio interés, por mi propio dolor, sin reparar en el daño que le estaba haciendo a la única persona que tenía en el mundo y que me tenía a mí.

Lo vi frágil, lo vi triste e indefenso. Si yo me iba, él se quedaría irremediablemente solo. Desde entonces me prometí que hasta que mi padre no se marchara de este mundo, no volvería a pensar en ese tema. No lo cumplí, o sea: dejé de intentarlo, pero no de pensarlo.

La empatía volvió con todas sus energía esa noche; podía tocar el dolor de mi padre como si el sentimiento tuviera una forma tangible. Fue espantoso. Lloré por él y por mí.

—Sabes que no puedo morir —le susurré esa noche en el hospital, arrepentido profundamente.

Ambos lo sabíamos. Desde que nací estuve al borde de la muerte demasiadas veces, primero por una de esas travesuras típicas de niños. El médico le dijo en su momento que el cobre ingerido había contaminado todo los órganos internos, que un bebé de un año y medio no sobreviviría a una intervención quirúrgica de ese estilo. Le aconsejó a mi familia despedirse antes de ingresarme al quirófano, porque había altas probabilidades de que no volviese. Pero aquí estoy.

Luego me caí de un tercer piso, más tarde fui atropellado y estuve en coma sin buen pronóstico… visité los hospitales gran parte de mi vida. Como si la Parca estuviera rondándome.

De adolescente conversaba virtualmente con ella. ¿Por qué? ¿Por qué cuando yo había decido morir por mis propios medios, no había querido acunarme en sus brazos? No lo entendía. Tenía más vidas que un gato, tuve que haber muerto al menos nueve veces en tan sólo diecisiete años. La mitad de esas veces las forcé yo. En una casi más lo logro… y fue esa última.

Literalmente tenía que estar muerto, y aunque suene gracioso decirlo, tenía una nefasta suerte con el asunto. Podía decidir con ímpetu quitarme la vida de una manera en la que me asegurase de no fallar, pero siempre pasaba algo irónico a último momento que frustraba mis planes, como la cancelación del servicio de trenes. Luego la idea abandonaba mi mente por un largo tiempo, hasta que volvía a acosarme, con resultados similares: la completa frustración de mis planes.

¿Qué era lo que querían de mí? No soy más que un insignificante humano. ¿Por qué no morí cuando tuve que haber muerto? No lo sé, sólo sé que la parca me sigue a todos lados, lo curioso es que no va por mí. Ya lo dije: no me quiere, no me acepta, me rechaza.

Empezó a ocurrir — o lo empecé a notar mejor dicho— desde que entré a la secundaria baja, hace ya dos años. Al principio atribuí los infortunios a la mera suerte, aunque nunca creía en ella ni en la casualidad. Como un ser humano pensante y racional, llegaba a la conclusión de que no se trataban más que de accidentes.

La primera vez yo iba hacia la escuela en mi primer día de clases. Estaba nervioso, nunca fui un chico sociable y comenzar el primer año con compañeros nuevos, me tenía a mal traer. Toda la vida fui quisquilloso y ordenado, así que la noche anterior me encargué de preparar todo lo que necesitaría en la escuela al otro día, pero saqué a último momento la lapicera para relatar un sueño que había tenido durante la siesta —actividad que acostumbraba a hacer mi abuelo—. La mañana me sorprendió; me había quedado dormido con las hojas sobre mí pecho. Desayuné a las apuradas y tomé todas mis cosas, olvidando la dichosa lapicera sobre la mesa de luz. Salí a la calle y apenas puse un pie en la vereda frené al recordar donde la había dejado.

Podía volver a buscarla y llegar tarde a la escuela, o dejarla ahí y utilizar la de tinta negra o comprarme otra en el camino.

Por esas cosas del destino di la vuelta en busca de la insignificante lapicera y, en ese instante, que no fue más de un segundo, un auto pasó a toda velocidad rozándome el uniforme. Sentí la presión del aire y el ligero toque, había agarrado la curva tan rápido que no me iba a dar tiempo de verlo venir, ni el conductor de verme a mí.

De inmediato el auto se estrelló de una manera brusca y violenta contra un autobús escolar. Partes del coche volaron por el aire, quedando desperdigados en el suelo a gran distancia. Tardé unos segundos en reaccionar, pero cuando pude entrar en sí corrí hacia esa esquina para ver el estado del conductor.

Alma de médico como decía mi abuelo, algo heredado en los Ishida.

Aunque yo era un crío de quince años y no tenía conocimientos médicos, sólo lo mínimo que se puede tener al estar en una familia de médicos, me acerqué al coche al mismo tiempo que el conductor del autobús trataba de tranquilizar a los niños que no paraban de gritar.

El sujeto del auto se encontraba cubierto de sangre, sus ojos me observaban con terror y parecía querer hablar.

—No hable, está herido. Enseguida llegará la ambulancia —lo mejor era que no intentase articular palabra, ni tampoco podía moverlo. La puerta del acompañante se abrió y entonces mi atención se centró en la mujer embarazada que bajaba en estado de shock.

Los curiosos no tardaron en aparecer, así como la ambulancia y la policía. Yo me fui más tranquilo al saber que se encargarían de ellos, otra cosa no podía hacer. Ese día, el primero de clase, llegué más que tarde… y de todos modos olvidé la lapicera.

Tiempo después supe que el hombre había fallecido debido a la importancia de las heridas. ¿Por qué cuento esto que puede pecar de irrelevante?, porque es importante comprender que la muerte parece no quererme, pero si seguirme a todos lados, cobrándose víctimas.

¿Qué tiene que ver esto con mi don? Lo desconozco. Hay muchas preguntas en éste mundo y pocas respuestas.

Merlo Sur, Buenos Aires, Argentina.