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Cuando muere una lengua

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Un ruido proveniente de algún lugar en la casa despertó a Pedro aquél domingo en la mañana. El muchacho abrió los ojos lentamente y frunció el ceño al darse cuenta, gracias a la escasa luz que se colaba por la ventana de su habitación, que no debían pasar de las ocho de la mañana.

El ruido continuó y él se cubrió los ojos con el antebrazo derecho; sabía que ahora sería difícil que volviera a conciliar el sueño con tanto ruido proveniente de afuera. Maldijo por lo bajo. ¿Qué chingados estaría haciendo Itzel para ocasionar tal escándalo? No, se dijo mentalmente, más bien, la pregunta era: ¿tenía que ser precisamente en domingo cuando ella decidiera hacer tanto escándalo con lo-que-fuera que estuviera haciendo? El domingo era sagrado, era el día de descanso… Ese era el día en que podía levantarse hasta después del medio día antes de hacer su lista de actividades domingueras (la cual incluía una echarse una cascarita con alguno de sus amigos y después chelear un poco).

El sonido de algún objeto pesado cayendo y el de algo romperse lo sacó de sus pensamientos. Sin poder evitarlo, y sintiéndose preocupado por su hermana, se levantó de la cama, se calzó las pantuflas y salió de su habitación, buscando el origen del sonido. No le fue difícil dar con el lugar, pues su hermana continuaba haciendo igual o más ruido que antes, por lo que el sonido lo condujo hasta la sala.

—¿Y ‘ora?— le preguntó Pedro a Itzel mientras observaba el desastre que había a su alrededor—. Pensé que todo esto de la limpieza la haríamos hasta Semana Santa.

Todo el asunto del Bicentenario y el Centenario los traía de un lado al otro desde hacía unos años. Las reparaciones, remodelaciones y demás preparativos eran cosa de todos los días, y en la zona que ellos habitaban dentro de Los Pinos [1], él y su hermana habían decidido hacer una limpieza profunda de ciertas habitaciones en las que tenían acumulados objetos personales que no habían querido entregar al INAH [2]. Querían hacer un mini museo personal, para evitar deshacerse de todos esos recuerdos; pues, buenos o malos, formaban parte de ellos.

—Es mejor desde ahora— respondió Itzel mirando a su alrededor—, después tendremos menos tiempo de hacer las cosas y será peor.

—Supongo que tienes razón.

—No lo supongas, la tengo. No te quedes ahí, menso, y ayúdame con todo esto. Saquemos todo lo que hay en el cuarto y después lo organizas por fechas mientras yo voy limpiando dentro.

—¿Organizarlo por fechas? ¿Todo? ¿Yo solo? No chingues. Estás mal, mujer.

—No seas marica— le reprendió su hermana—, deja de chillar y ayúdame de una vez. Aún tengo que sacar unas cuantas cajas. Ah, sí, Felipe [3] llamó a quien hará las vitrinas— añadió tomando una escoba que estaba recargada contra la pared detrás de Pedro—, vendrá esta tarde, después de las cuatro, así que échale los kilos, chavo, para que todo sea más rápido.

No esperó respuesta de su hermano y entró al susodicho cuarto. Pedro la siguió y sacó un par de cajas que había dentro; eran bastante pesadas, así que se ocupó sólo de ello, como buen macho que era, no permitiría que su débil hermana se encargara de tal trabajo. Una vez la habitación quedó vacía, Itzel comenzó a asearla mientras él sacaba uno a uno los objetos dentro de las cajas y los organizaba. Sabía que no lo haría solo, su hermana haría la limpieza rápidamente y después se sentaría a su lado para recordar los viejos tiempos.

Sería un arduo trabajo.

Pasadas las horas, había sacado bastantes objetos diferentes, y cada uno correspondía prácticamente a un periodo diferente de su vida: una pintura que se hizo de él y su hermana después de la Independencia; un vestido que, por petición de Don Porfirio Díaz [4] durante su mandato, Francis había diseñado para Itzel; una carabina y un rifle de 7mm que su hermana y él habían usado durante la Revolución [5]; unos recortes de periódico sobre muchas fechas tristes, pero importantes; entre muchas cosas más. Todo lo que había encontrado databa de la época de Independencia a la fecha, ¿en dónde estaban los objetos que pertenecieron al periodo antes de su Guerra de Independencia?

Buscó dentro de tres cajas más hasta dar con los objetos provenientes de México Prehispánico. Sonrió con nostalgia al apreciar unos ornamentos de oro y piedras preciosas que él y su hermana pudieron rescatar de las arcas que fueron llevadas a España. También encontró una vieja pelota de hule, para el antiguo y sagrado Juego de Pelota que tanto le gustaba ver de niño y al cual habría aspirado a ser jugador de no ser por todo lo que sucedió entre 1518 y 1521 [6]. Algo debajo de la pelota llamó su atención.

Lo sacó de la caja y descubrió que era un códice de cuatro páginas. Pedro observó con detenimiento el trozo de papel amate [7] que tenía frente a él y sonrió con nostalgia al recordar esa época de su infancia. Se veía tan lejana. Vislumbró los dibujos hechos a mano tantos siglos atrás, ahora borrosos por el pasar de los años, disfrutando como nunca de poder ver semejante obra de arte. De haber sabido antes que lo tenía consigo, lo habría enviado a enmarcar para colocarlo en la pared de su casa. Él y su hermana ya habían obsequiado muchos a los museos, así que no estaba mal quedarse con ese.

¿Qué decía el códice? Con la mirada, siguió el camino de las ilustraciones, pero no comprendió del todo. Frunció el ceño. Leer códices nunca le había parecido complicado, al contrario, había sido uno de sus pasatiempos favoritos antes de que Antonio llegase a sus tierras. Su abuelo le había enseñado cómo dibujarlos y cómo leerlos; él había sido mejor tlacuilo [8] que su hermana. Interpretar códices era todo un arte del cual siempre se había vanagloriado dominar. Volvió a recorrer el trozo de papel con la mirada, esperando comprenderlo mejor en esa ocasión; si bien pudo entenderle un poco, no lo había hecho a la perfección.

—¿Tline [9]?— se preguntó. El sonido de su voz le pareció extraño. La pronunciación había sido mala, era un sonido... agringado.

Susurró unas palabras más en náhuatl, pero sólo logro armar una oración incompleta porque no pudo recordar cómo debían decirse un par de palabras. Tomó asiento en el piso, conmocionado por lo que sucedía. ¿Desde cuándo su náhuatl se escuchaba tan… horrible? ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que lo habló como era debido? Itzel solía hablar en náhuatl o en algún otro dialecto cuando estaba a su lado; era él quien respondía en español o, incluso, en inglés. ¿Tanto había cambiado? Miró el códice otra vez, forzándose a comprenderlo así como lo habría hecho siglos atrás. Falló por tercera ocasión.

En todos esos años no se había puesto a pensar en lo que sucedía. Una de sus lenguas de la infancia, la más importante para él, comenzaba a olvidársele. Sintió una opresión en el pecho, ¿es que había olvidado sus raíces? A su mente llegó la imagen del abuelo Imperio Azteca, aquel hombre que les había educado, un hombre que, en su momento, le pareció invencible; un hombre a quien, tras su derrota, él y su hermana prometieron no permitir que su legado se perdiera.

—¿Tline tichoka [10]?— preguntó una voz detrás de él. Era Itzel.

—No estoy llorando— respondió con seriedad, pero sin voltear a verle.

—Hay lágrimas que no salen de los ojos. Tu corazón es el que llora.

La afirmación de su hermana lo dejó mudo. Permaneció con la mirada fija en el piso, sin saber qué decir.

—¿Qué te sucede, Pedro?— preguntó ella, acercándose a él y sentándose a su lado. Vislumbró el trozo de papel amate que su hermano tenía sobre las rodillas, y lo tomó. Lo recorrió con la mirada rápidamente y miró a su hermano una vez más—. Es una historia.

—¿Qué dice?

Itzel miró con tristeza a su hermano. Sus sospechas eran ciertas: él no podía leerlo ahora. Tomó la mano de Pedro y la apretó con fuerza, pero él no respondió al gesto. Ella lo soltó y volvió la vista al papel. Era un códice que narraba su nacimiento, el de ella y su hermano, muchos años atrás. Explicó eso a su hermano, y él le miró sorprendido, posando la visa en el papel amate, intentando comprender. Había un par de niños representados en el papel, un niño y una niña, y había un guerrero; pero no era un guerrero cualquiera, porque su indumentaria era demasiado elegante para no ser alguien importante. Miró a su hermano una vez más.

—El abuelo— susurró Pedro. Itzel asintió afirmativamente—. Tiene el símbolo de palabra. El abuelo está diciendo algo a los niños: nosotros.

—Los está bendiciendo.

Pedro asintió.

—¿Por qué no puedo entenderlo, Itzel?

Ella guardó silencio. Se mordió el labio inferior al escuchar la desesperación (genuina desesperación) surgir de los labios de su hermano. No quería culparlo, pero sabía que la culpa la tenía él por permitirse olvidar, deliberadamente, sus raíces.

—¿Recuerdas un poema que escribió Miguel León Portilla?— preguntó Itzel—. Ihcuac tlahtolli ye miqui.

—Cuando muere una lengua— susurró Pedro, comprendiendo lo que su hermana decía. Al menos, pensó con amargura, aún podía entender el náhuatl cuando lo escuchaba—. Sí, creo que sí lo recuerdo.

—Él lo escribió, hace un tiempo, en náhuatl y en español. Nunca te lo dijo, pero a mí me confió que ese poema lo escribió pensando en ti.

Pedro asintió en silencio, nuevamente sin saber cómo responder. El tono de voz que su hermana había usado con él era diferente a lo usual, sonaba triste y molesta al mismo tiempo. No la culpaba, después de todo, era ella quien se afanaba en preservar los cimientos de su cultura, ella se encargaba de velar por pequeñas agrupaciones indígenas, vestigios de lo que alguna vez fuera alguna gran cultura. En cambio él, con sus ciudades industrializadas y su profunda admiración por el vecino del norte, se había olvidado de ello.

Pero jamás pensó hasta qué punto lo había hecho.

—Fuiste tú quien lo decidió así, Pedro— dijo Itzel. Al escucharla, él se sintió obligado a encararla, con la mirada fija en ella—, tú cambiaste el náhuatl por el inglés. Tú fuiste quien se volvió diferente y decidió olvidar el legado que el abuelo nos dejó.

Ella tomó el códice y dobló sus cuatro páginas nuevamente. Lo guardaría una vez más, pero ahora en algún lugar de su habitación; o tal vez podría entregarlo a un museo, compartirlo con el pueblo… Ya vería qué hacer. Miró a su hermano y sintió mucha tristeza, no sólo por cómo se estaba comportando con él, sino por haber confirmado lo que, por una u otra razón, no le había podido preguntar.

—Prepararé la comida, tú sigue seleccionando.

—Sí

—Falta mucho, así que después vendré a ayudarte.

—Sí.

—Y, Pedro…

Él levantó el rostro una vez más, mirando a los ojos de su hermana, reconociendo la fiera mirada de sus antepasados en ella, y sintió algo dentro de él romperse en miles de pedazos cuando le escuchó añadir:

—Netzatzililiztli icehuallo, cemihcac necahualoh: totlacayo motolinia [11].