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What we call the beginning is often the end.

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Brienne había decidido ponerse un vestido para la cena. Una de las doncellas la ayudó a buscar entre las viejas prendas que habían pertenecido a su madre, guardadas en un enorme baúl de pálida madera de arciano.

Encontró uno color malva, con mangas amplias y ligeras que terminaban en las muñecas con algo de encaje de Myr. Tenía un bonito bordado en el cuello y el pecho, con hilo de seda blanca. La falda plisada en el centro, no llegaba a cubrirle los tobillos por lo que la doncella debió agregarle una enagua gruesa de un color parecido, para improvisar una sobrefalda. Le quedaba algo ajustado en los hombros, y un tanto flojo en las caderas, pero serviría por una noche.

 Por aquella época tenía el cabello lo suficientemente largo como para recogerlo con una redecilla de plata, y junto con un anillo de oro blanco, con una perla engarzada entre pequeños zafiros azules, completaba todo el ornamento que correspondía a una dama noble de su condición.

Cuando bajó al comedor su padre y los invitados ya estaban sentados a la mesa. El sol moría en el horizonte mientras las velas iluminaban el salón con mortecino brillo. Por un momento se preguntó si las sombras que bañaban el mármol de las paredes en un trémulo vaivén la favorecerían, o simplemente harían más aterradora la cicatriz de su mejilla.

El primero en levantarse ante su presencia fue Lord Jon Connington, haciendo una leve inclinación hacia ella:

-Mi señora.

Las canas poblaban su melena otrora roja como el fuego. Tenía el rostro adusto, marcado por las arrugas, y oscuras ojeras bajo los ojos. Su compañero también la saludó, un hombre bajo y regordete, sentado junto a él. La cabellera castaña le llegaba hasta los hombros, pero su barba cuidadosamente recortada era pelirroja, como se esperaba de cualquiera que tuviera al grifo como estandarte. Ambos la hacían sentir inquieta.

-Es un placer teneros aquí.-murmuró Brienne tímidamente, correspondiéndoles con una inclinación de cabeza antes de sentarse junto a su padre, que le había señalado su puesto en la mesa con un gesto silencioso.

La silla crujió suavemente, raspando el piso de mármol negro, veteado con venas pateadas.

-Temíamos que no fuerais a  acompañarnos.- Jaime Lannister estaba sentando frente a ella, en la mano buena tenía una copa de vino dorado, a medio terminar.

-No entiendo vuestra preocupación. No he tardado demasiado.

 Los sirvientes comenzaron a servir. Una cabecera estaba ocupada por el Lucero de la Tarde y la otra por Lord Connington.

-Ser Jaime exagera.- replicó éste con sequedad, apurando también su copa de vino.

Un año de primavera había derretido la nieve hasta la Tierra de los Ríos y los campesinos habían vuelto a sembrar. Incluso en Tarth, donde la pesca era más valorada, un buen número de familias había comenzado a arar los campos. En unos días sería el Festival de la Cosecha, y los invitados de su padre permanecerían para ver los bailes y las ofrendas a los siete. Allí aun eran devotos a la Fe, aunque cada día más personas se unían a las huestes del dios Rojo. Los sacerdotes llegaban de tierras extranjeras como cuervos a un campo inundado de cadaveres. Cada vez eran más poderosos, y todos venían tras la profecía del salvador, aunque La Larga Noche había sido una mentira en parte, y el Héroe proclamado por Melissandre de Asshai había muerto como cualquier gentil, pasado por la espada. Pero ellos venían tras Daenerys y sus dragones. Decían que aun el fin de todo lo viviente estaba cerca y que había que estar preparados, pues el invierno traería de vuelta al mal. La última guerra solo había sido una pequeña antesala.

Brienne apenas había sobrevivido al horror, no podía soportar la idea de que no había acabado aun. Se sintió feliz de que Pod ya no pudiera ver en lo que se había convertido el mundo.

La cena transcurrió entre cuentos de la corte, anécdotas de batallas y estrategias de guerra. Su padre y Lord Connington eran viejos conocidos de juventud. Aegon era un rey sin corona, a la espera. Era extraño pensar en que Daenerys había desaparecido de pronto, a lomos de uno de sus dragones, dejando incierto el futuro de aquellos que doblaron la rodilla ante ella. Aunque Brienne fue la única que se había arrodillado de los presentes en el salón. Su padre nunca se había pronunciado, pero era de esperar que su lealtad estuviera con su viejo amigo, cuyas tropas habían ocupado la isla desde el inicio sin perturbar su paz.

Y Jaime… Jaime tenía una historia diferente. Él había unido sus tropas a las de Stannis (incluso en desacato a la corona), para combatir a Aegon. Y cuando Daenerys llegó también había hecho fuerza común para detener su avance. Su hermana y sus sobrinos murieron, y el gnomo había exigido su cabeza cuando cayó prisionero del nuevo ejército realista. Pero entonces los muertos caminaron sobre el muro, y todo fue caos. Lo obligaron a tomar el negro. Contrario a los deseos de su hermano menor, la Reina lo había sentenciado a morir por otro voto, sin obligarlo a hincar la rodilla o confesar sus crímenes ante nadie, despojado de todo menos el apellido.

Aun así, estaba allí, frente a ella. Vivo, después de todo…

 


 

 

Fue más natural de lo pensaba.

Volver a su hogar. Encontrarse con su padre, vivo y saludable, caminar por los pasillos del castillo y perderse horas en el bosque, buscando sus escondites infantiles, entre grutas y nacientes de agua cristalina. Todo era verde de nuevo. Húmedo y fragante. Tan exacto a sus recuerdos que temió estar sumida en un delirio de fiebre.

Comenzó a visitar el septo con frecuencia. No había quien lo atendiera, y ninguno tenía intenciones de llamar a alguien en un futuro próximo, así que Brienne se había encargado de que los sirvientes pudieran mantenerlo cuando menos limpio. Dejaba una vela en cada altar. Dos para el Guerrero, y un cirio perfumado para la Doncella.

Eran figuras hermosas, de alabastro esmaltado para resistir el paso de los años. Cada altar estaba ornamentado con amatistas incrustadas en granito. Había algunos huecos ante cada dios. El azar y la codicia no eran difíciles de comprender.

Pasada la medianoche, cuando la luna llena estaba en su apogeo, apareció Jaime. Se había quitado el jubón, pero aun conservaba la camisa nueva de lino, cayendo sobre la cadera de sus pantalones gruesos. Brienne le había regalado mas prendas para vestirlas frente a los invitados, pero Jaime solo había tomado la camisa. La luz de la luna lo hacía ver pálido, casi blanco, como una figura recortada sobre lienzo, y el cabello le caía en una cascada hasta los hombros. Se había recortado la barba, pero no mucho, solo lo suficiente para que Lord Selwyn no le dijera que parecía un mendigo.

-Un caballero errante puede darse ciertos lujos.- había bromeado Jaime para disgusto de su padre.

-Estáis bajo mi servicio y os conviene hacerlo con cierta dignidad.

-Mi espada está bajo las ordenes de Lady Brienne, no  a vuestro servicio.-lo corrigió con petulancia.

Brienne debió intervenir, antes de que la pequeña disputa pasara a mayores. Convenció a su padre de que Jaime se comportaría adecuadamente y a Jaime de fingir cuando menos interés de continuar en Tarth.

La cena no se había desarrollado con demasiado éxito, al menos para él. Jaime no estaba interesado en estrategias políticas. Eso Brienne lo sabía de antemano. Lo que la alarmaba era su falta de interés en los pormenores de la guerra. No mas batallas, le había dicho una mañana mientras veían entrenar a jóvenes escuderos, pero ella no estaba tan segura. El Trono de Hierro seguía allí, invitando a los hombres ambicionando el poder. Volvería a pasar. Más pronto de lo que pensaban.

“Yo soy la única heredera de mi padre. Tendré que estar de algún lado, tendré que hincar la rodilla. No puedo esconderme.”

La vieja cicatriz del hombro comenzó a dolerle.

-Pasas tanto tiempo aquí, que empiezo a sospechar que intentas convertirte en septa. Los siete nos amparen. No creo que esas prendas te sienten muy bien, y menos con una espada colgando de la cadera. Aunque sería divertido de ver.

-Solo necesitaba tiempo para pensar ¿No puedes dormir?

-Hace calor. Ya no estoy acostumbrado.

Brienne terminó de encender las velas.

-Voy a decirle al maestre que te prepare un té.

De reojo pudo verlo sonreír.

-¿Cuál es el que bebes tú para dormir?

-Yo no tengo…

-No. Solo vagas por las noches para pensar.

-Mi padre está enojado.

Jaime entornó los ojos, apoyando la mano izquierda en la cadera.

-Tu señor padre siempre está enojado conmigo.

-Si le profesaras obediencia y lealtad…

-Suficiente tiene contigo. Lo haces por ambos.

-Trato de cumplir con mi deber.

-Sí, lo veo.-Tomó el dobladillo de la sobrefalda y la asió hacia él.

-¿Vas a burlarte? Hazlo.

Jaime le rodeó la cintura con el muñón y la atrajo más cerca.

-Parece que hubieras salido de  la época de Aegon el Conquistador. Aunque podría ser peor. Lo admito. Podrías decidir vestirte como las doncellas de Daenerys. Provocarías un escándalo interesante sin embargo.

-Haz perdido el ingenio.- trató de zafarse.

-No me gusta Connington.

-Es mejor que enfrentarnos a la Reina del Norte. O a La Mano.

-El está aquí por ti. A nadie le interesa un caballero manco sin herencia.

“Cuando Daenerys vuelva a lomos de su dragón sí que les importarás.”

-Este lugar necesita un septon.-murmuró de pronto Jaime, sus ojos verdes brillantes, buscándola.

Brienne negó con la cabeza. Sentía el olor a vino en su aliento, y el sudor en su piel.

Antes de darse cuenta él había capturado su boca. Su sabor era dulce y caliente, mientras la instaba a abrir los labios para recibirlo. Brienne debió negarse, pero estaba tan cansada de permanecer en guardia, que había decidido despertar en la mañana como una tonta, antes que dar más vueltas en la cama, perseguida por demonios cuyos rostros nunca iban a cambiar.

“El está cansado y solo, al igual que yo”. Quiso consolarse, pero el calor que ardía en sus entrañas nada tenía que ver con esas excusas. Ella lo quería desde hacía tanto tiempo, que pasaba días recordando lo que había ocurrido en aquel bosque, cuando la Hermandad los había arrodillado ante Thoros de Myr.

“Fue una crueldad.”

Pero aquello lo atesoraba como su mayor gloria y su mayor desgracia.

Jaime deslizó la mano entre las faldas, recorriendo sus muslos.

Contra una de las paredes se extendía un largo bloque de granito, sobre el que los fieles dejaban sus pertenencias, o se les permitía descansar cuando eran o demasiado débiles o ancianos para tolerar de pie las ceremonias. Había mantas y viejas fuentes de bronce descansando allí. Todo cayó con estruendo cuando Jaime la empujó sobre la superficie. Se arrodilló rápidamente, como si el tiempo fuera precioso, como si todo fuera a desvanecerse en un instante.

Se hundió en sus muslos. Brienne sintió los dientes dejando dulces mordiscos y la lengua abriéndose paso hacia arriba.  La besó en el centro, allí donde Brienne sentía que sus toques podrían enloquecerla. Ella ayudó a acomodarse las faldas sobre la cintura, mientras la única mano de Jaime descansaba sobre su vientre.

Se escuchó gemir. Sus manos pecosas y duras estaban hundidas en el cabello dorado, instándolo a seguir, a que su lengua la acariciara más profundo.

“Quiéreme, por favor, quiéreme”.

Era tan dulce, tan desesperante. El oleaje de placer comenzó a recorrer su cuerpo, y todo lo que ella podía hacer era gemir su nombre, suplicarle que no se detuviera una y otra vez… hasta que él hizo exactamente eso, se aparto sin aliento, dejándola vacía de pronto.

Descansó la barbilla sobre una de las rodillas de Brienne, y permaneció un instante observándola en silencio.

Se irguió por encima de ella. Sus ojos eran más oscuros y una fina capa de sudor le cubría la frente.

Brienne se sintió estúpida. Y no por primera vez.

“Solo son los delirios del vino, no es a mí a quien ve.”

El rubor se extendió por su piel como fuego valyrio e intentó escapar. Era la sensatez quien la había abofeteado. O el miedo. En la mañana él la odiaría y ella solo sentiría vergüenza.

“Siempre hago una tonta de mí misma.”

Jaime la besó de nuevo. Y esta vez su lengua se enterró profunda en su boca, mientras sus dedos hurgaron con presteza en su interior, para reanudar el placer. Brienne lo rodeó con sus brazos. Quería aferrarse a él, mientras las lágrimas caían sin control sobre sus mejillas.

Se apretó contra su mano buena, aprendiendo a mecerse contra sus dedos. Jaime le mordió los labios y luego el mentón suavemente. Su brazo derecho le rodeaba la cintura, manteniéndola pegada a su cuerpo.

-Brienne… Brienne…- murmuraba contra la piel de su cuello y ella sabía que no podría cubrir las marcas al día siguiente.

Y entonces llegó. Un largo quejido inundó el septo. El hormigueo se extendió por cada fibra, hasta que el mundo se volvió blanco bajo sus párpados, y sintió que algo había estallado en su vientre. Su mayor gloria… era su mayor gloria… por un instante.

Todo terminó cuando se sintió consciente del sudor pegoteando el vestido contra su piel, y el sabor amargo en la boca, con un resabio triste de vino. Ambos tenían la respiración entrecortada, fatigados, aunque Jaime seguía con la mirada febril.

Quiso besarlo pero él se negó, limitándose a secar, casi con gentileza, las lagrimas que habían caído sobre la cicatriz de su mejilla.

 


 

 

El Festival de la Cosecha llegó, y las primeras luces de la mañana trajeron consigo el bullicio en las arenas junto al castillo.

Habría comida y bebida. Un grupo de doncellas preparaba un acto de marionetas y otro un par de danzas para agasajar a sus señores. También habría cantantes, venidos de Bastión de Tormentas.

Brienne buscó en vano el anillo que había llevado en la cena, solo unas noches atrás. Lo había perdido, y la aflicción que esto le provocó le quitó el apetito aquella mañana. Bajó al patio de armas sin desayunar, deseando entrenar un poco con los niños. Antes de llegar la encontró Lord Connington. No era lo que ella esperaba, pero no queriendo ser descortés, aceptó su invitación para caminar un rato.

Ella presentía las preguntas que le haría.

Dragones. Todo siempre era sobre dragones.