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Todo el que ama hace la guerra: KERBEROS.

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Brienne ya no era tan inocente como para no entender qué estaba ocurriendo a su alrededor.

Sabía que su padre no era el hombre simple, de mirada sonriente que la despertaba todas las mañanas de domingo para ir a pescar al norte de la isla. Antes creía que las pocas cosas que le importaban estaban en el ático de la casa y en los acantilados rodeados de agua tan pura y clara, que uno podía ver boquillas doradas y diablitos de jade nadando cerca de uno, estelas verdes y amarillas, refulgentes como tesoros dentro de un arca.

Pero ninguna persona es tan simple.Lo aprendió con el tiempo.

Renly, con su sonrisa boba, la perseguía siempre. Ella corría, corría fuerte, pero la alcanzaba, en todas partes, se filtraba en sus sueños. Cada vez parecía arrancarle un pedacito, dejándole un vacío en el pecho, más patente día con día. Vive, le había suplicado Cat. Vive. Pero no sabía cómo. Quería volver a la isla, pedirle a su padre consuelo. Quería dormir en un banco de arena y desatarse, como los vendavales arrasan costas.

Quería secarse por dentro.

“Cuando esto termine… visitaré su tumba, visitaré todas las tumbas, les dejaré flores”, se acomodó en el asiento y buscó el cinturón de seguridad, abrochándoselo. “Llevaré flores de otoño. No es tarde aun. Y después… después…”

Golpetearon una de las ventanillas del auto y ella desbloqueó la puerta para que pudieran meterlo. No sería un viaje largo, solo hasta las afueras de la ciudad, le prometieron. Cat se lo prometió. Por las niñas. Un hombretón de ceño fruncido lo acomodó en el asiento trasero, también lo aseguró con el cinturón, y luego lo esposó al pasamanos del techo.

No le dijo nada. Cerró de un portazo y caminó hasta la joven vestida con el abrigo de piel oscura. Parecía una osa, imponiéndose sobre toda su altura. Se habían visto tantas veces antes. Ahora, todo parecía lejano, parte de un mundo lleno de candelabros y arañas de cristal.

Brienne pudo entender que ambos intercambiaron palabras poco amables, pero antes de que pudiera encender el auto, la joven se acercó, con un sobre en la mano.

-Buena suerte-murmuró, deslizándolo por la ventanilla entreabierta. Desapareció con rapidez, hacia una Van blindada, cubriéndose la cabeza con las manos para protegerse de la llovizna repentina.

“Una rosa invernal”, Brienne vio el sello intacto al revisar el sobre. “Una rosa, ellas no son buen presagio para mí”.

Miró por el retrovisor. La capucha negra le cubría la cara. Le habían puesto ropa vieja, igual de negra, y demasiado grande para él. Parecía un prisionero de guerra. “Es un prisionero”, se corrigió.

-Vamos a movernos.- le informó tan neutral como pudo.

Podía ver la acción mecánica de sus labios contra la tela, respirando más fuerte.Lanzó una carcajada. Ronca y amarga.

-Silencio. –le ordenó, picada en lo más vivo. No debería haberse ofendido. Pero un malestar familiar le tiñó las mejillas de un rojo furioso.

-Eres una mujer.- la voz sonaba extraña, deformada.

“Sí, soy una mujer, y también hice promesas.”- volvió a mirar el sello en forma de rosa y lo rompió.