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¿Amante?

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portada

 

On the first page of our story

the future seemed so bright,

then this thing turned out so evil.

I don’t know why I’m still surprised.

Love the way you lie - Rihanna (piano version)

 

1

LA HISTORIA QUE NADIE CONTÓ

 

Harry despertó ese sábado sintiendo su cuerpo pesado. Las sábanas de seda parecían no querer dejarle ir, así que se acurrucó de nuevo entre ellas mientras hechizaba el despertador para retrasar la alarma otros diez minutos.

Giró sobre su costado un puñado de veces más antes de concluir que el cansancio realmente le había abandonado.

Se levantó y desperezó. Se duchó, vistió y apuró su desayuno. La misma rutina de los últimos meses, sin cambios, sin alteraciones; sin eventualidades. La rutina a veces llega a ser reconfortante cuando intentas llenar un vacío del tamaño de una parte de tu vida.

Ese sábado, como cada sábado, a Harry le tocaban rondas matutinas en el Cuartel, rellenando papeleo, recibiendo memos y básicamente dejando el tiempo pasar para hacer su fin de semana un poco más llevadero. Sentarse tras su escritorio, pluma en mano, a describir los avances y reportes de los casos semanales resultaba extrañamente tranquilizador.

Sin embargo, y muy a su pesar, algunos sábados le era imposible quedarse en su oficina todo el día. En lugar de eso, Harry tenía a asistir a la Academia de Aurores para impartir la cátedra de Hechizos de Protección Nivel Avanzado, de la cual era el profesor titular. Ser el niño-que-vivió-y-venció y, entre otras cosas, haber aprendido a conjurar un patronus corpóreo a la edad de trece años hacían de Harry el candidato ideal, y el chico lo habría hecho de buena gana, de no ser porque en la Academia había un alumno en especial al que Harry no era capaz de ver sin sentirse repentinamente enfermo del estómago:

Seamus Finnigan. Su ex.

La relación entre ambos comenzó cuando Harry y sus amigos decidieron regresar a Hogwarts para estudiar el séptimo curso. Seamus, a pesar de haber cursado el séptimo durante la dirección del profesor Snape, decidió que lo mejor era volver al Colegio y recibir la educación que durante la Segunda Guerra no se le dio. Así como él, muchos otros decidieron repetir sus años escolares con la esperanza de recuperar parte de lo que les había sido arrebatado.

Seamus y Harry se hicieron muy cercanos de la noche a la mañana, y luego de un breve periodo de reconocimiento y posterior aceptación, decidieron comenzar a salir. Si algo les había dejado la Guerra eran ganas de vivir al máximo, y al cabo de poco tiempo terminaron siendo una de las parejas más aceptadas, reconocidas, y felices de todo el mundo mágico.

Sin embargo, no siempre lo que parece es lo que realmente es.

Después de los primeros meses, la pareja comenzó a tener fuertes discusiones que terminaban en reconciliaciones tormentosas de las cuales solamente ellos y sus amigos más cercanos tenían conocimiento. Para el ojo público eran la pareja perfecta, pero internamente la luna de miel jamás regresó. A pesar de eso, un profundo amor por Seamus se arraigó dentro Harry desde el primer beso, y de allí en adelante su corazón en pleno lo dejó en manos de quien él pensó sería su primer, único, y verdadero compañero de vida.

Terminó el colegio y a Harry le fue ofrecida una plaza en la Academia de Aurores, oportunidad que aceptó de inmediato. Seamus, en cambio, había decidido ser Sanador, por lo que comenzó con sus aplicaciones en la Facultad de Sanadores de Londres. Su relación seguía igual de disfuncional que en el colegio, pero el profundo sentimiento que les unía les hacía aferrarse el uno al otro, convencidos de que al final el amor les ayudaría a superar todos los obstáculos.

Harry se mudó a Grimmauld Place mientras Seamus seguía viviendo en casa de sus padres, hasta que una noche, luego de una fuerte pelea con su autoritaria madre, Seamus se trasladó a casa de su pareja por no tener a donde ir. A partir de allí comenzaron a vivir juntos. Tenían dos años de relación.

Harry mejoraba cada vez más en la Academia, adelantando a casi todos sus compañeros hasta convertirse en el auror más joven de los últimos cincuenta años. Seamus, en cambio, iba en declive. Las calificaciones de su primer año en la Facultad resultaron ser demasiado bajas, impidiéndole avanzar y obligándole a trabajar como mesero en el Caldero Chorreante mientras decidía qué otra meta quería perseguir. El chico contó con el apoyo incondicional de Harry, pero los problemas no se hicieron esperar.

Peleas, rompimientos, reconciliaciones, y más peleas. Así era la vida en Grimmauld Place, del cual el inquilino más reciente iba y venía prácticamente cada par de meses, pues los rompimientos venían acompañados por mudanzas aparatosas a través de la red flu.

Así pasaron casi dos años más, durante los cuales Harry descubrió que su Seamus no le era del todo fiel.

Los pequeños deslices de Seamus eran cada vez más evidentes, y Harry, quien lo amaba con todo el corazón, decidió hacer como que nada pasaba. Todo para conservar el poco de felicidad que le proporcionaban las caricias intermitentes de su amado. Todo para conservarle.

Con ayuda de Harry, Seamus logró ingresar en la Academia, pues había una vacante y, siendo el recomendado de Harry Potter, todas las puertas estaban abiertas. Esto no hizo más que alejarlos el uno del otro, pues el Harry que no estaba constantemente preocupado por ataques de magos oscuros resultó ser muy buen estudiante, y Seamus se sentía levemente opacado por la sombra de su pareja. Esto, sumado a los cada vez más constantes desplantes y deslices de Seamus, hicieron mella en la relación.

Una fatídica noche, luego de más de cinco años de relación y al final de una gran pelea por el descubrimiento de un nuevo affaire de Seamus, este decidió irse de nuevo de Grimmauld Place, y Harry decidió que no le buscaría. Le dolía el alma de tantos engaños y quería ser por una vez el que decidiera que lo mejor era dejar las cosas tal y como habían quedado.

Mantenerse alejado, eso era lo que le funcionaba. Mantener ocupada su mente para evitar darle vueltas innecesarias al asunto. Libros, casos, papeleo, salidas con amigos; todo le ayudaba a Harry a superar poco a poco su ruptura con el que alguna vez pensó era el amor de su vida.

El único fallo en el plan de Harry resultaban ser sus viajes obligatorios a la Academia, donde constantemente se topaba con Seamus lo quisiera o no lo quisiera.

Cuando esto ocurría, sus sentimientos le jugaban malas pasadas y hacían que el hoyo en su pecho escociera de manera escasamente soportable. Apenas tres meses habían pasado desde su separación, y su corazón no estaba para nada recuperado.

Esa tarde de sábado era tarde de clases.

Harry recogió sus cosas del escritorio y partió rumbo a la Academia, ubicada a un par de calles del Ministerio, en un edificio mágico camuflado. Como cada día de clases, Harry rogaba a todas las deidades que le impidieran toparse con Seamus, pues sabía de primera mano que las consecuencias de esos encuentros siempre le dejaban, por lo mínimo, un mal sabor de boca.

De alguna manera, el muchacho logró llegar a su salón del segundo piso sin percances.

—Buenas tardes, chicos —saludó, dirigiéndose al grupo de alumnos frente a él—. Saquen su guía de estudio y ábranla en la página 394.

Y dio comienzo a la clase. Una clase teórica, seguida de pequeñas prácticas. Nada fuera de lo ordinario.

—Crowley, cuida tu derecha. Singer, levanta más la varita. Necesitan ponerle emoción, chicos. La energía lo es todo cuando tratas de defenderte de un ataque frontal. Si no aprenden con esta práctica, tendré que hacerles una prueba escrita para la próxima semana.

Un murmullo generalizado se escuchó en el salón, seguido de un aumento palpable en el desempeño de los estudiantes. A nadie le gustaban los exámenes teóricos de Harry. Ni siquiera al mismo Harry.

Minutos más tarde alguien abrió la puerta del salón de prácticas, haciendo que Harry se girara.

—Con permis- Harry-

Una cabeza color arena asomó a través de la puerta. Seamus Finnigan le observaba desde el lugar con cara de no saber qué hacer, mientras Harry hacía todo lo posible por controlar su respiración y modular el tono de voz.

— ¿Se te ofrece algo? —Una pregunta rápida y seca, para obtener una rápida respuesta.

—Disculpa… ¿De casualidad sabrás dónde está Weasley? Llevo un rato buscándole y pues-

—No lo sé —cortó Harry—. La última vez que lo vi estaba por las aulas de planta baja. Si quieres búscale por allí.

—Está bien... Gracias —y se fue.

¿A qué demonios vino?, pensó Harry, sin poder darle más vueltas al asunto porque su clase aguardaba.

 

***

 

El resto de la clase transcurrió con tranquilidad, sin ningún herido y ciertamente sin necesidad de hacer alguna prueba teórica. Sin embargo, el hoyo en el pecho de Harry había comenzado a quemar, amenazando con tumbar la fachada de calma que el chico intentaba proyectar.

Al terminar, Harry bajó hasta el vestíbulo. Necesitaba alejarse de ese lugar lo antes posible, poner distancia entre él y el objeto de sus pesadillas. Al salir del ascensor se encontró frente a frente con Ron, que estaba esperándole para ir a cenar en La Madriguera.

— ¿Qué tal, compañero?

—Todo bien, ya sabes —mintió.

Ron le sonrió, comenzando a caminar junto a él. Harry sonrió de vuelta, librando una batalla contra su innata - y a veces impertinente - curiosidad. Un par de pasos fuera de las puertas dobles, y su curiosidad ganó la batalla.

Se pateó mentalmente. Sabía que ese tipo de preguntas jamás traían nada bueno para él.

— ¿Dónde estabas hace una hora? —Preguntó, tratando de sonar casual para no levantar sospechas.

—Pues esperándote en el vestíbulo ¿Por qué?

Una punzada de advertencia cruzó el pecho de Harry. Decidió ignorarla.

—Seamus interrumpió mi clase para preguntar por ti —comentó con fingida indiferencia—. Tal vez ahora aparte de mal estudiante, es ciego. Si pasó por el vestíbulo, debió haberte visto.

El rostro de Ron adoptó una expresión de profundo desagrado, y Harry casi deseó no haber comentado nada.

—Ese imbécil…—masculló, por lo bajo— ¡Si lo vi pasar hacia las escaleras! Y estoy casi seguro de que él también me vio ¿Es idiota o qué? —Harry se encogió de hombros y Ron continuó— ¿Qué demonios tiene que buscar contigo? ¿Fastidiarte la tarde? Ya está con alguien más, ¿qué acaso no es suficiente?

La frase de Ron resonó en la mente de Harry como una campanada. Haciendo eco, repitiéndose en cada manera posible. Lejana, extraña, irrefutable.

Ya está con alguien más, ¿qué acaso no es suficiente?

El hoyo en su pecho dio una punzada especialmente aguda, un nudo se apretó en su garganta haciéndole toser un par de veces. Su apetito se había esfumado por completo, al igual que los últimos rastros de su ánimo.

Caminaron hasta alejarse lo suficiente de la barrera mágica que rodeaba la Academia, viraron en un callejón solitario y se aparecieron dentro de los terrenos de La Madriguera. Hermione los recibió con un abrazo tan pronto entraron en la cocina y la señora Weasley conjuró dos asientos al final de la gran mesa dónde todos los demás ya se encontraban esperándoles.

Luego de una suculenta cena, de la cual Harry apenas probó bocado, el chico se excusó alegando estar exhausto por haber trabajado todo el día. Caminó hasta el jardín y se apareció en su casa de Grimmauld Place, agradeciendo internamente por tener un lugar donde poder estar solo.

 

***

 

Ya está con alguien más… Ya está con alguien más…

La frase le atormentaba desde el fondo de su mente, impidiéndole pensar en nada más desde que llegara a su casa. No era tan tonto como para pensar que su ex le estaría esperando, mucho menos creía que Seamus hubiese guardado alguna clase de duelo por su pasada relación. Pero nunca se planteó seriamente qué sentir el día que se enterara de que su antiguo novio, al cual aún no olvidaba por completo, ya había rehecho su vida.

¿Será cierto? ¿Me habrá olvidado ya?, pensaba, recostado boca arriba sobre su cama. Nunca lo sabrás si no te arriesgas, respondía una vocecilla en su cerebro.

Se le había metido en la cabeza la estúpida idea de que preguntárselo personalmente sería lo mejor, para salir de dudas y acabar con cualquier esperanza que quedara en su corazón, o en cualquier otra parte de su sistema. Varias veces se levantó de la cama para tomar su móvil y marcar el número que conocía de memoria aún sin tenerlo en la lista de contactos, pero luego cambiaba de parecer, dejaba el teléfono a un lado y sumergía la despeinada cabeza entre sus almohadas de plumas. Así estuvo por varias horas, hasta que por fin se quedó dormido.

 

***

 

Así pasaron varios días, escribiendo mensajes de texto que luego borraba, auto convenciéndose de que lo único que le había devuelto un poco las ganas de vivir era hacer como que su ex no existía. Y todo estaba resultando bien, excepto por un terrible malestar general que a la final le hizo caer en cama.

Cuando por fin decidió que morirse por causas desconocidas no estaba en sus planes, solicitó vía lechuza un sanador de San Mungo a domicilio.

Dejó abierta la red flu, indicándole a Biny, su elfo doméstico, que en cuanto el sanador llegara le hiciera pasar hasta su habitación, y luego de media hora una aterciopelada voz llamó a la puerta de su dormitorio.

—Señor Potter, ¿puedo pasar?

Aquella voz se le hacía realmente familiar a Harry, quien estaba completamente seguro de haberla escuchado muchas veces en el pasado. Pero en su estado actual, forzar sus neuronas cerebrales hasta dar con el recuerdo correcto era lo que menos quería hacer.

—Sí, sí. Pase, por favor.

La puerta se abrió y la voz adquirió un rostro, un rostro cuyo portador resultó ser un rubio platinado inmaculadamente vestido de blanco. Sus ojos color acero recorrieron por completo la habitación hasta posarse en la cama, donde Harry yacía en pijamas y con una pinta de los mil demonios. Era Draco Malfoy, por supuesto.

De todos los sanadores, me mandan al único que puede hacerme sentir peor, pensó Harry irremediablemente, mientras veía a Draco acercarse con una sonrisilla en los labios. Harry se incorporó en la cama y alisó un poco la sábana, en un intento por salvar la dignidad que le quedaba.

—Buen día, señor Potter —saludó Draco, mientras tomaba asiento al lado de la cama y colocaba un maletín negro sobre la mesita de noche—. Si que tiene mala pinta hoy.

—Escucha, Malfoy. Si viniste sólo para burlarte te advierto que…—pero Harry no pudo terminar la frase, pues tan débil estaba que todo comenzó a darle vueltas y casi se va de bruces contra sus propias rodillas.

Casi de inmediato, unos fuertes brazos le retuvieron y le ayudaron a recostarse suavemente.

Shhhh, Potter, no te alteres. Recuéstate y deja de ser tan Gryffindor por un instante, ¿quieres? No vine a burlarme de ti. Soy sanador ahora y mi deber es ayudarte, por más que seas mi archirrival de cuando éramos niños. Y si no quieres que te lance un imperio será mejor que colabores y me dejes hacer mi trabajo —sentenció, sentándose de nuevo y acercándose más a la cama.

Acercó su mano al rostro de Harry y le tocó la frente, mientras observaba con atención un artefacto extraño, parecido a un reloj de bolsillo, que colgaba de su túnica de sanador.

—Aparentemente no tienes fiebre de dragón. Veamos qué es lo que sí tienes.

Durante la siguiente media hora, Malfoy utilizó todos y cada uno de los chismes mágicos acomodados limpiamente dentro de su maletín, para dar con la causa de la enfermedad de Harry. Uno tras otro, los males mágicos eran descartados por el sanador, quien lo anotaba todo en una pequeña libreta. Harry, por su parte, notó que en ningún momento había recibido comentarios mordaces ni burlas de ninguna especie. Al parecer Malfoy estaba haciendo su trabajo como debía ser.

—Bueno Potter, creo que ya sé lo que tienes —declaró al fin, con gesto serio.

—Te escucho.

—Pues tienes un serio caso de estrés, y una ligera baja en las defensas. Los muggles lo llaman anemia. No morirás hoy, Potter, no en mi guardia —dijo, con una pequeña sonrisa. Luego continuó— ¿Has vivido últimamente alguna experiencia que te causara estrés?

Harry inmediatamente pensó en el episodio con Seamus y en el comentario de Ron, pero no dijo nada.

—Muy bien, entiendo que no quieras decírmelo justamente a mí, pero soy tu sanador ahora y tengo que entregar un reporte ¿Algo que sí quieras decirme?

Harry se lo pensó un momento, hasta decidir que lo mejor era decir algo, cualquier cosa, pues estaba seguro de que no se libraría de Malfoy en todo el día si elegía permanecer callado.

—Ehm… Sí. Sí estuve un poco presionado últimamente, la verdad. Y tampoco he estado comiendo ni durmiendo muy bien.

—Pues allí está. Misterio resuelto —señaló Malfoy, juntando las manos—. No voy a pretender que no me gustaría verte caer muerto de repente, Potter, pero si vas a morir que sea dignamente. No por una simple anemia. Te recetaré pociones vitamínicas y mucho descanso. También necesitas una adecuada alimentación, pero asumo que la dieta debo dejársela a tu elfo doméstico —continuó mientras escribía algo en un pergamino con el sello de San Mungo—. Aquí tienes, una toma al día durante una semana. Te dejaré las pociones aquí en la mesita, y confiaré en que te las tomes como niño bueno. A menos que quieras que venga de nuevo a tu casa, y te lance un crucio por ser mal paciente.

—Gracias, sanador Malfoy —alcanzó a decir Harry, al tiempo que el otro hombre se encaminaba hacia la puerta.

—No hay de qué, Potter. Cuídate —y salió de la habitación cerrando la puerta.

 

***

 

Un par de días después, Harry se sentía mucho mejor. El tratamiento de pociones vitamínicas, dieta sana y descanso del sanador Malfoy había resultado ser justo lo que su cuerpo necesitaba. Aún así, en su cabeza seguía rondando la misma idea: Saber es mejor que no saber.

Una tarde, justo una semana después de la visita de Malfoy, Harry decidió que no sería más un cobarde, y que así como había enfrentado cosas inimaginables en el pasado, en el presente también podría afrontar cualquier cosa. Tal vez así su herida terminaría de sanar, y estaría listo para pasar la página. Tal vez, saber que su ex novio ya lo había superado sería el escalón final de su nefasta relación amorosa.

Tomó su móvil y tecleó un mensaje, escribió el número de remitente y lo leyó por un par de minutos, meditando cada palabra y lo que esto significaría.

“¿Puedo hacerte una pregunta?”

Su corazón latía a mil por hora, y sus manos estaban heladas de puro terror, pero respiró profundamente, cerró los ojos y oprimió enviar.