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Una noche en el Sodoma

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Capítulo 6

Noel dejó que su mirada se perdiera en las ascendentes y doradas burbujas que iban a morir en la superficie de la copa de champán que sostenía en la mano. Era un buen champán, amargo y dulce a la vez, con un toque afrutado, y volvió a saborearlo con calma, en un intento de obviar la impaciencia hecha carne que sabía que tenía de detrás de sí. Kato no era amigo de hacer observaciones obvias, y no había expresado su disconformidad con la impuntualidad del periodista al que esperaban ni una sola vez, pero Noel lo conocía demasiado bien para saber lo mucho que le molestaría la situación.
No necesitaba mirar hacia atrás para saber lo que vería: a Kato de pie, con el costado derecho levemente apoyando en los ventanales y mirando con ojos entrecerrados y expresión insondable lo que ocurría bajo sus pies, en la planta baja del Sodoma. Su cuerpo estaría tenso, su espalda rígida, y consultaría su reloj cada pocos minutos. No era sólo que Kato despreciase la descortesía, y que había pocas descortesías más desagradables y fácilmente evitables que hacer esperar a los demás, sino que para más inri, para Kato cada minuto en aquel lugar parecía ser una tortura, lo que convertía una simple falta de educación en un insulto difícilmente reparable.
Sin embargo, Noel no compartía la impaciencia de su asistente, y estaba dispuesto a no dejar que se le contagiase. El champán era bueno, la música animada, y suficientemente amortiguada en aquel reservado como para dejarle a uno pensar, y la butaca en la que descansaba se le antojaba la más cómoda que había probado en bastante tiempo. Desde donde estaba podía ver, a través de los grandes ventanales de la estancia, la pista de baile, que se encontraba justo bajo ellos. Con cierta nostalgia, dejó que sus ojos se perdieran en aquella masa humana, y deseó ser parte de ella, poder sudar y gritar allí abajo como un joven sin una sola preocupación en el mundo, pero sabía que por muy pronto que acabase la entrevista no podría perderse allá abajo. O en todo caso, sin Karel no tenía ninguna diversión hacerlo.
“Un extraño sentimiento este del amor”, pensó Noel. Muy poco tiempo antes no habría tenido reparos en mezclarse con la multitud de una discoteca estando a solas, y no sólo por la perspectiva de encontrar compañía, sino también por la simple diversión que le depararía, pero ahora esa diversión parecía estar ensombrecida si Karel no estaba con él. No era, por supuesto, que hubiera perdido la capacidad de pasarlo bien sin su pareja, pero la verdad era que no importaba el lugar, la situación o la compañía, sin Karel a su lado todo parecía menos apetecible. Ese sentimiento se acentuaba con respecto a esa noche a causa de las fantasías que había tenido respecto a lo que podía pasar. Aún con la vista puesta en el piso inferior, se fijó en un hombre de melena dorada que bailaba con un joven con el cabello del color de la miel, de una manera que atraía la atención de quienes estaban a su alrededor. Durante un instante se visualizó a sí mismo y a Karel en el lugar de aquellos dos hombres, bailando muy juntos y dejando que la lujuria fuese haciéndoles presa, haciendo caso omiso de las miradas que pudiera haber sobre ellos, y la certeza de que tal cosa no ocurriría le apesadumbraba más de lo que era capaz de admitir.
—¿Quién me mandaría a mí enamorarme tanto? —susurró para sí con una sonrisa de burla ante la estupidez de su pregunta, mientras revolvía el contenido de su copa. Las burbujas, agitadas, aceleraron súbitamente su camino ascendente y captaron de nuevo la mirada del modelo.
Oyó a Kato agitarse detrás de sí, y pensó que iba a decir algo, cuando vio que por fin la puerta del reservado se abría y entraban dos hombres por ella.
Ambos eran jóvenes y atractivos, pensó Noel. El primero delgado, de rostro hermoso y ensortijado cabello rubio, exhibía una rotunda seguridad en sí mismo. El segundo, fornido y moreno, llevaba una cámara colgada al cuello y parecía sentirse fuera de lugar.
—Señor Lean —dijo el rubio, extendiendo su mano hacia el modelo—, es un placer conocerle.
Noel se puso de pie y saludó al periodista, que se presentó como Luigi Scarletti, y luego a Jean Claude Labadie, el fotógrafo.
—¿Y usted es…? —preguntó Luigi, dirigiéndose a Kato como si no esperara la presencia de nadie más allí dentro.
Noel oyó al japonés avanzar hacia ellos.
—Mi nombre es Kyosuke Kato, pueden llamarme Kato-san. Soy el asistente del señor Lean. Estaré presente durante la entrevista.
Noel no pudo evitar que una levísima sonrisa asomara a sus labios al ver la expresión de los periodistas ante su asistente. Las inflexibles maneras de Kato podían bajarle los humos a cualquiera, e incluso Luigi Scarletti parecía de repente más humilde. Había veces que le molestaba lo mucho que Kato, sin proponérselo, cohibía a los demás, pero aquel no era uno de esos momentos. Sabía qué clase de publicación era “Homo”, y lo último que necesitaba era a un periodista que se las diera de listo.
—Confiaba en tener una conversación tranquila con usted, señor Lean —dijo el periodista—. Deseaba que el tono de la entrevista fuera más bien… intimista.
Noel no pudo menos que admitir que al menos el joven periodista tenía valor, pero no contestó, dejando que Kato lo hiciera por él.
—No tiene nada de que preocuparse, Scarletti-san. No constituiré una molestia.
En ese momento, la puerta volvió a abrirse y entraron unos camareros, portando una cesta de fruta, cortesía del dueño del local, y ofreciendo bebidas a los periodistas, que ambos rehusaron. Noel tampoco aceptó una segunda copa, deseoso de estar lúcido durante la entrevista.
Mientras el fotógrafo sacaba su cámara y tomaba un par de instantáneas de la estancia, Luigi se sentó frente a Noel.
—¿Había estado alguna vez en el Sodoma?
Noel le miró antes de contestar. Llevaba demasiado tiempo en el negocio para desconocer que muchos periodistas gustaban de empezar sus entrevistas como una charla informal, para hacer sentir más cómodo al entrevistado, pero también en ocasiones para conseguir declaraciones más jugosas, al hacer creer implícitamente a su interlocutor que aquella introducción informal sería off the record. Noel esbozó la mejor de sus sonrisas en cuanto sintió que el objetivo de Jean Claude se volvía hacia él y contestó:
—Pues no, la verdad es que no.

*

En cuanto la entrevista empezó, Kato se retiró hacia su lugar junto a la ventana, lo suficientemente cerca como para escuchar la conversación y lo suficientemente lejos como para no obstaculizar su progreso. El periodista hizo un largo recorrido por zonas comunes: primero enredó a Noel en una conversación sobre iconos y cultura gay, en un claro intento por congraciarse con sus lectores, luego le hizo preguntas acerca de su trabajo como maniquí y el mundo de la moda, para finalmente pasar al tema del físico, rutinas de ejercicios y preferencias dietéticas y culinarias.
Noel contestaba con esa mezcla de simpatía y naturalidad tan propia de él, pero Kato sabía que en realidad sus respuestas estaban más meditadas de lo que parecía. Al comprobar que todo iba sobre ruedas y que Noel parecía sobradamente capaz de controlar la situación, Kato se permitió el lujo de mirar para otro lado.
A aquella hora de la incipiente madrugada el local estaba en su apogeo. Kato dejó que su mirada vagara por las miles de personas que se arremolinaban bajo sus pies. Vio a un grupo de hombres, que abrazados por los hombros y con los torsos al descubierto, saltaban al unísono al ritmo de la música. Otro grupo, aún más numeroso y distribuido en círculo, jaleaba al hombre que se mantenía de pie en el centro y bebía directamente de una botella como si le fuera la vida en ello. Más arriba, en una de las tarimas que daban acceso al piso superior, uno de los gogós bailaba embutido en un ceñidísimo traje de neopreno blanco, que dejaba ver la espléndida musculatura que había debajo, y los ojos de Kato se demoraron, con involuntaria lentitud, en el ondulante movimiento de sus caderas hasta que un brusco movimiento, captado por el rabillo del ojo, le hizo elevar la mirada. Para su sorpresa, su ojos se encontraron con una silueta desnuda. Era un joven que se encontraba en el reservado VIP que estaba justo enfrente del suyo, y al que alguien, presumiblemente el hombre que estaba de pie tras él, estaba presionando contra el cristal. Kato apenas podía vislumbrar a ese otro hombre, pero intuía lo suficiente de las formas difusas que se movían en aquella estancia como para adivinar que en aquel reservado, del que apenas veía lo reflejado en las cristaleras de la ventana, se celebraba algún tipo de orgía.
Sus ojos volvieron a fijarse, sin que él pudiera evitarlo, sobre la figura que estaba en primer plano. El joven tenía un cuerpo atlético, cuya piel lucía rojiza y sudorosa. Tenía el rostro congestionado y los labios abiertos, y su erección se presionaba contra el cristal con tanta fuerza, que a pesar de la distancia y la relativa oscuridad, Kato pudo apreciar que lucía un piercing en el glande. Al saberse observado, el joven clavó sus ojos en los del japonés y sacó la lengua para lamer el cristal con procacidad. Con las mejillas encendidas por primera vez en mucho tiempo, Kato apartó bruscamente la mirada.
—Sin embargo, estoy seguro de que mi asistente acordó con ustedes qué temas no se podrían tratar en esta entrevista. —De repente, la voz de Noel irrumpió en sus oídos, y Kato se percató de que no había escuchado absolutamente nada de lo ocurrido durante los últimos minutos—. Y este es precisamente uno de ellos.
La voz cortante de Noel le puso en guardia inmediatamente, y se reprobó en silencio a sí mismo el haber sido tan negligente.
—Bueno, señor Lean —contestó Luigi en tono ligero, pero con una sonrisa algo tensa—, sólo quiero saber si los acontecimientos ocurridos en la última gala de los AME awards…
Kato no necesitó escuchar nada más para saber por qué Noel parecía tan tenso, y se puso junto a él en dos largas zancadas.
—Me parece recordar, Scarletti-san, que dejé meridianamente claro que el señor Lean no toleraría ninguna incursión en su intimidad o en su vida personal, y sólo con dicha condición accedimos a realizar esta entrevista, que le recuerdo que aún estamos a tiempo de cancelar.
Ante la mera mención de cancelar la entrevista, Luigi Scarletti se quedó lívido, pero intentó disimularlo blandiendo una despreocupada expresión.
—Estoy seguro, Kato-san, de que podremos llegar a algún tipo de entendimiento antes de tomar medidas tan drásticas.
—En eso estoy de acuerdo con usted —dijo Kato, en tono inflexible—. Tiene cinco minutos para terminar su entrevista. No toque los temas que sabe que no debe tocar, y no tomaremos ninguna medida drástica.
La expresión de Luigi se endureció, y entrecerró los ojos para mirar al japonés con cierta inquina, pero no dijo nada. Se volvió hacia Noel y terminó la entrevista con preguntas amables, pero sin conseguir diluir del todo la tensión que se había creado en los últimos minutos. Al terminar, Noel aceptó a posar para otro par de instantáneas antes de que el periodista y su fotógrafo se despidieran y salieran de la estancia.
—¿Qué te ha parecido eso? —Noel hizo girar su butaca para mirar en dirección a Kato.
El japonés tardó unos instantes más de los necesarios en contestar.
—Ya sabíamos que algo así podía pasar con una publicación de corte tan sensacionalista.
—Bueno, al final no he salido tan mal parado, ¿no te parece? —Noel le miró y sonrió—. Gracias.
—No tienes por qué darlas.
El modelo se puso de pie y se acercó a su asistente.
—Será mejor que nos vayamos, antes de que te de un patatús.
Kato estuvo a punto de sonreír a causa de la broma, pero el gesto se le congeló antes de materializarse. Sus ojos se quedaron fijos en un punto muy concreto de la masa humana que se arremolinaba en el piso inferior. Noel debió notar que algo ocurría y siguió su mirada. Sin embargo, su expresión al encontrar lo que el japonés miraba fue de una absoluta alegría.
—¡Karel ha venido! —exclamó contento mientras se apresuraba a salir de la zona VIP.
Pero no era a Karel a quien miraba el japonés, sino al hombre de la inconfundible cabeza oscura y trenzada que caminaba delante de él.
—Sí. —La expresión de Kato era terrible al fijar sus ojos en esa persona—. Y Morgan-kun también.