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Una noche en el Sodoma

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Prólogo:
Llevaban meses planeando esa noche. Desde que comenzaron a vivir juntos se habían sumido inconscientemente en una cómoda e inflexible rutina. El poco tiempo del que disponían para estar en compañía del otro lo aprovechaban para empaparse de esa felicidad insaciable, más propia de aquellas parejas perfectas que irradian amor y devoción por todos los recovecos de su vínculo afectivo, que de dos personas como ellos, que habían tenido que sortear tantos baches a lo largo de su intermitente noviazgo. Pero por fin la dicha había llegado a sus vidas para quedarse, y tenían toda la intención de aferrarse a ella como a un clavo ardiendo.
Era una noche cálida de finales de septiembre, y los jóvenes invadían las calles celebrado el fin de los exámenes. Pese a su innato rechazo hacia todo tipo de aglomeraciones, Samuel tuvo que confesar, al menos ante sí mismo, que se sentía feliz, en armonía con todo aquel que le dedicaba una sonrisa o una mirada suspicaz, aunque quizás su leve estado de embriaguez tenía mucho que ver en ello. Miró un segundo a Marc, que caminaba con parsimonia a su lado. Su enorme mano aprisionando su nalga izquierda por debajo del bolsillo del pantalón vaquero. Se le veía radiante y animado ante la noche que tenían por delante. Le devolvió la mirada, esbozando a la vez una sonrisa libidinosa que nubló su sentido común, y Samuel dejó volar la imaginación. Marc se inclinó para darle un beso húmedo en el cuello, que le hizo estremecer.
—¿Estás cansado? —susurró acariciando el lóbulo de su oreja.
—Uhm, ¿importa? —ronroneó Samuel ante su contacto—. ¿Volveríamos a casa si te dijera que estoy muerto de cansancio?
—No —confesó con una sonrisa ladina—. Hemos venido a divertirnos, y todavía nos queda el mejor local de todos.
Habían hecho una especie de ruta por los locales de ambiente gay de una pequeña lista elaborada por un buen amigo suyo, que se escandalizaba cuando le contaban que apenas salían de casa en los últimos meses. Siempre había sido un veleta, para él la noche era sagrada y disfrutar de ella su máxima religión. Se suponía que debían terminar en el que él consideraba “el mejor”, pero conociendo los gustos del chico en cuestión, Samuel sentía cierta inquietud al imaginar el lugar. Estaba convencido de que sería un antro de mala muerte apto para que personas como su amigo pudieran desfogarse a gusto sin ningún tipo de reparo. Y no se alejaba mucho de la realidad.
—Eso lo dirás tú, a mí ese Sodoma me da muy mala espina —refunfuñó, intentando aparentar un desdén que no sentía. Llegados a ese punto estaba dispuesto a ir a cualquier parte de la mano de Marc.
—Oh, venga, pisha, no seas aguafiestas. —Le pasó una mano por debajo de la camiseta y le estrujó aun más contra su cuerpo—. Un ratito más y luego volvemos a casa y hacemos todas las cochinadas que te apetezca, ¿vale?
Samuel se ruborizó incontroladamente y miró de un lado a otro para comprobar que nadie lo hubiese escuchado.
—¿No tuviste suficiente con los tres polvos de antes? Eres un salido.
Su novio soltó una sonora carcajada y volvió a besar su cuello con melosidad. Habían llegado a la pequeña cola que se encontraba ante la entrada del local y esperaban pacientemente a que los gorilas de la puerta les dieran su visto bueno.
—Mira quién habla, el que me pidió que lo atara a la cama y le metiera el huevo vibrador por el…
—¡Cierra la boca! —Le plantó un sonoro beso en los labios para evitar su verborrea. Su tono de voz había aumentado considerablemente, y una chica morena que estaba delante de ellos los miraba con curiosidad y fascinación. Era guapísima, pero su impertinente mirada le resultaba de lo más incómoda—. Por favor, baja la voz, me estás avergonzando.
—Samuelín, no seas tan puritano... —Metió con descaro una mano por debajo de sus pantalones, acariciando con el pulgar la abertura de sus nalgas—. Aunque me pone palote cuando te las das de estrecho para luego emerger entre los fuegos de la pasión más arrebatadora.
Su teatralidad le robó una enorme sonrisa. A aquellas alturas, Marc ya había comenzado a meterle mano abiertamente. Los gays conglomerados a su alrededor les miraban con lascivia, y a la morena solo le faltaba sacar palomitas para disfrutar mejor del espectáculo.
—Dios, estás borracho —Samuel apartó su mano de un empujón para luego cruzarse de brazos con indignación.
Justo cuando estaban a punto de entrar, escuchó que la morena le preguntaba a sus amigos con toda la tranquilidad del mundo: “¿Qué es un huevo vibrador?”. Sintió su rostro arder y se alegró de no haber escuchado la respuesta, solo un murmullo sordo cargado de risas que se fue ahogando a medida que la puerta se cerraba. Los porteros les echaron un leve vistazo y asintieron, abriendo de nuevo la puerta para dejarlos pasar.
—¡Por fin! —canturreó Marc cogiéndole del brazo mientras se movía al ritmo de la música.
No sabía lo que esperaba del Sodoma, pero desde luego nada de lo que encontró al dar los primeros pasos hacia el interior del recinto. Un olor intenso a sudor, sexo y perversión inundó sus sentidos. Se paró en seco, parpadeó un par de veces y examinó con atención cada recoveco de aquel local tan sensual y depravado, acostumbrando su visión a las luces hábilmente atenuadas y provocadoras. El local estaba a rebosar de cuerpos rozándose, explorándose e insinuándose en una danza propia de un cortejo casi animal. Se besaban, tocaban y balanceaban al ritmo de una melodía insinuantemente erótica, como si ese fuera el escenario más idóneo para expresar abiertamente sus necesidades carnales más primitivas. Apartó la vista, un poco cohibido, a sabiendas de que algunas figuras le miraban con atención.
—¿Te gusta lo que ves? —le preguntó Marc, divertido ante su reacción.
—Ya he visto suficiente. Nos vamos. —Lo agarró por un brazo y se dispuso a salir por patas de aquel lugar.
—De eso nada, cariño... Deja tu lado santurrón por un ratito y disfrutemos de la noche.
—¿Estás loco? —casi gritó, notando como sus mejillas ardían de frustración. Por una parte sentía una morbosa curiosidad, pero por otra le ponía nervioso el hecho de sentirse tan fuera de lugar en un sitio como ese. Supuso que todavía no estaba acostumbrado a la espontaneidad que reinaba en los locales de ambiente después de toda una vida de apariencias y pusilanimidad. Desde luego, el Sodoma superaba todas sus fantasías más sucias—. ¡Esto parece una peli porno!
Marc se echó a reír y le abrazó por detrás, mordiéndole el lóbulo de la oreja con delicadeza e incitación.
—No seas tonto, sé que quieres quedarte tanto como yo. Disfrutemos de lo poco que queda de la noche juntos, ¿vale? —Sus manos comenzaron un recorrido ascendente por debajo de la camiseta de Samuel, mientras podía sentir su erección acomodándose entre sus nalgas. “Me estoy poniendo cachondo aquí mismo, en medio de la entrada”, pensó, y lo menos que le apetecía era formar parte del espectáculo.
Suspiró y asintió, encogiéndose de hombros.
—Está bien, solo un ratito.
—¿Quieres bailar? —Marc comenzó a mover las caderas, frotándose contra los glúteos de su novio, y Samuel sintió cómo su pene crecía salvajemente ante el contacto.
—No, ya he bailado suficiente por hoy. Necesito una copa. —Se desasió de su abrazo y tomó varias bocanadas de ese aire viciado para serenarse.
Era cierto que necesitaba una copa urgentemente. Su mente no dejaba de divagar ante las imágenes que se imprimían en su retina. No supo cuánto tiempo pasó, pero de repente se descubrió a sí mismo embobado mirando a una pareja que parecía estar montándoselo en una mesa del fondo. Abrió los ojos desmesuradamente. ¿Lo estarían haciendo de verdad? ¿Allí, delante de todo el mundo?
—Voy a por uno de esos sillones —anunció Marc ajeno a sus pensamientos—, ¿vas tú a por las bebidas?
—Sí.
Recobró el control de su mente y se adentró en el corazón del Sodoma, sorteando cuerpos enloquecidos y proposiciones escandalosas. A cada paso que daba más se sorprendía. ¿Estaba excitado? Vaya que si lo estaba, se dijo para sus adentros, evaluando la magnitud de su erección. En ese momento pensó que la noche iba a ser más corta de lo que imaginaba. Follarse a Marc entraba dentro de sus prioridades más inmediatas.
Avanzó hasta llegar a la barra, se sentó en una butaca y esperó pacientemente a que le atendiera el camarero. Fue entonces cuando se fijó en el chico que estaba a su lado. Era muy guapo. Su pelo rubio le llegaba casi hasta la nuca y lo lucía ligeramente alborotado. Tenía la frente perlada de sudor. Era la imagen más angelical y provocadora que había visto en su vida. Llevaba una camiseta negra muy ajustada con letras magentas que rezaban “Soy versátil en todos los aspectos”, y que marcaban sus pezones regios y orgullosos. El rubio, que se había percatado del exhaustivo examen, enarcó una ceja, le examinó minuciosamente y sonrió con descaro. Se percató entonces de que ese chico bien podría pasar por un ángel sumiso y entregado, pero también actuar como un diablillo experimentado dispuesto a llevarte hacia las puertas del infierno.
—Hola —saludó, examinándole esta vez con más interés.
—Hola. —Samuel se ajustó las gafas y buscó a Marc con la mirada.
—¿Tienes plan?
—¿Perdón?
Le sorprendió que fuera al grano, aunque ya había supuesto que era ese tipo de tíos que no se cortan a la hora de conseguir sus propósitos —en este caso, sexuales—, siempre que se hallaran en terreno conocido.
—Pues claro que tiene plan. Es mi chico y yo soy su plan. Y ahora, pírate. —Marc había llegado hasta su lado y le envolvía entre sus brazos subyugadores. Samuel se sonrojó y notó como el chico se ruborizaba a su vez.
—No le hagas caso, es demasiado celoso —le dio un codazo a Marc animándolo a que se disculpara, pero él continuaba inspeccionando al desconocido con irritación.
—Lo siento, no quería molestar —se excusó el chico, guiñándole un ojo—. Es una pena, ya pensaba que me iba a llevar a la cama a un chico tan guapo esta noche.
Marc lo miró con desagrado y el rubio comenzó a reírse con insolencia, lo que aumentó el mal humor de Marc. Seguro que ya no estaba tan contento de haberse quedado, pensó Samuel con malicia.
—Era una broma, no te pongas así. Cualquiera te lo quita —intentaba suavizar la situación y lo consiguió en parte, pues Marc, que había mantenido una postura tensa hasta el momento, se relajó de forma automática—. Soy Noah —se presentó tendiéndoles la mano.
—Samuel —contestó estrechándosela—. Y este hombre de las cavernas es Marc, mi novio.
—Encantado. —Le estrechó la mano a Marc, ganándose poco a poco su confianza, y luego volvió su mirada hacia Samuel—. Tengo un amigo que se llama como tú —confesó, sometiéndole a otro examen de reconocimiento—, aunque si tengo que ser sincero, eres mucho más guapo que él. Y, definitivamente, vistes mejor —puntualizó.
El camarero se les acercó al fin y los tres pidieron sus respectivas bebidas. Noah cogió sus copas haciendo ademán de marcharse, pero pareció pensárselo mejor y se dirigió de nuevo a ellos:
—¿Os apetece hacer un trío? —Estaba claro que quería aparentar atrevimiento, pero en cambio se ruborizó como una colegiala.
La pregunta hizo que Samuel soltara una risita histérica y que Marc se quedara estupefacto.
—¡Era una broma! —El rostro de Noah se tornó pensativo y melancólico de repente—. ¿Sabes? —preguntó, dirigiéndose de nuevo a Samuel—. Se nota que te quiere de verdad —señaló hacia Marc—. Cuídalo, ¿eh? Un amor así no se encuentra todos los días, y es más fácil perderlo que volver a cruzarse en su camino.
Cogió sus bebidas, y se dio la vuelta ante la contrariada pareja. Pero pareció pensárselo de nuevo, porque antes de marcharse les dedicó una sonrisa vivaracha, como para quitarle hierro al asunto, y gritó en voz alta:
—¡Disfrutad de vuestra primera noche en el Sodoma!
—¿Cómo sabes que es nuestra primera vez? —Preguntó el moreno alzando la voz, pero Noah se limitó a encogerse de hombros sin darse la vuelta y en seguida lo perdieron de vista.
—Por un momento parecía triste, ¿verdad? —Samuel volvió la vista hacia su chico, que se mostraba muy pensativo de repente.
—Le han roto el corazón.
—¿Eso crees?
—Sí. Me recuerda a mí mismo en otros tiempos —suspiró y le besó—. He dejado nuestros abrigos en uno de los sillones. ¿Vamos?
Ambos caminaron de la mano hasta un amplio sillón situado en uno de los laterales, que dejaba una buena perspectiva de la pista de baile.
—¿Te gusta ese chico?
—¿Qué?
—Oh, venga, es una pregunta mu sencilla. —El rostro de Marc hervía de furia, aunque intentaba disimularla a base de carantoñas.
—No seas tonto. Estamos disfrutando de la noche, ¿no? Quedamos en que tenías que controlar tus absurdos celos.
Suspiró y Samuel notó cómo se relajaba un tanto. Luego le abrazó y entrelazó sus piernas con las de su novio.
—No voy a escaparme a ninguna parte. —Intentó sonar irritado, pero se le escapó una sonrisa ante la actitud posesiva de su chico y lo estrechó entre los brazos—. Admito que está bueno, hay que estar ciego para no verlo. Pero yo solo te quiero a ti, ¿lo entiendes? Solo quiero estar contigo, follar contigo y compartir mi vida contigo, ¿te queda claro? —Mientras decía eso iba repartiendo un reguero de besos por todo su rostro, bajando hasta su cuello, lamiendo su nuez y mordiendo su barbilla.
—Sí.
—¿De verdad lo entiendes? —volvió a preguntar, acariciando su incipiente erección contra las caderas de Marc, para dejarle claro a quién guardaba fidelidad su cuerpo. Sus leves gemidos fueron toda su respuesta.
Entonces se apartó un poco de él, cogió su bebida y dio un par de tragos. Necesitaba bajar su libido como fuera.
—¿Volvemos a casa? —Marc jugueteaba con su ombligo mientras le susurraba al oído todo lo que le haría en cuanto entraran por la puerta de casa.
—No. Vamos a disfrutar de la noche, ¿recuerdas? Y relájate un poco, que no me dejas pensar.
Soltó un bufido, cogió su bebida y se limitaron a examinar el ambiente durante varios minutos, hasta que algo atrajo su atención: Noah se encontraba en mitad de la pista bailando —si es que a aquello se lo podía llamar baile— con un chico moreno bastante apuesto, aunque un tanto estrafalario. El rubio se encontraba de espaldas a él, los ojos cerrados, entregándose a la pasión del momento, moviendo sus caderas al ritmo de la música. El chico, a su espalda, agitaba a su vez sus caderas con belicosidad, fusionando su cuerpo con el de Noah mientras sus manos recorrían pausadamente el cuerpo de su acompañante, desde su pelo, ahora empapado de sudor, hasta su ingle. Desde fuera parecía que hacían el amor con desenfreno, entregándose con afán a una antigua pasión hasta ahora prohibida. Era hermoso verlos juntos, aunque la expresión sonara un tanto ridícula.
—Vaya, vaya —silbó Marc—, nuestro amiguito no pierde el tiempo. Ya encontró a una buena pieza a la que llevarse a la cama.
—No seas tonto, se nota que son grandes amigos y que no comparten ese tipo de relación.
Marc le miró como su fuese estúpido.
—¿Insinúas que no se acuestan? ¿Acaso no has visto cómo bailan?
—No insinúo nada, no los conozco. Pero dado su comportamiento creo que son buenos amigos y que no estropearían su amistad por sexo.
—Chorradas —bufó el otro mientras se terminaba la copa de un trago, con la vista fija todavía en Noah y su acompañante—. Pues creo que es un calientapollas.
Samuel casi se atragantó con el comentario y rio de buena gana, observando la cara contrariada de Marc.
—Pues a mí me parece que el otro lo está disfrutando.
—Lo que tú digas…
—Lo que pasa es que no te cae bien el tal Noah, ¿sigues celoso?
—Por supuesto que no —refunfuñó—. Además, no está tan bueno. Me gusta más el moreno.
—¿La locuela esa? ¡Anda ya! —Se indignó ante el comentario, con su propia punzada de celos.
—Pues sí. Ya sabes que me van los morenazos. —Entonces se volvió hacia él para deleitarse de nuevo con su cuello—. Uhm, hueles tan bien…
Samuel intentaba enfriarse y definitivamente Marc no era de mucha ayuda, así que continuó recorriendo el local con la mirada. Fue entonces cuando se fijó en un hombre situado en la otra punta del local. Era muy atractivo. Tendría poco más de 30 años y todo en él irradiaba seguridad, arrogancia y un infinito dominio de sí mismo. Varios hombres a su alrededor lo miraban con anhelo y vanas esperanzas, pero ninguno se atrevía a acercarse. Y era muy normal, dada la expresión de su rostro y el rechazo que emanaba desde lo más profundo de su ser. Su cuerpo en tensión observaba el baile de Noah con semblante peligroso, cargado de una furia posesiva y visceral. Que estaba celoso era evidente, y se preguntó qué tipo de relación existiría entre ellos dos.
Marc había seguido su mirada y analizaba la escena con detenimiento.
—Vaya, parece ser que tenemos un lobezno dispuesto a saltar hacia su presa de un momento a otro —rio con acritud.
—Esos dos sí que son amantes. —Samuel abrió los ojos ampliamente y observó con atención. De repente se dio cuenta de que estaban actuando como la chica de la entrada, y que solo les faltaban las palomitas para disfrutar del espectáculo más interesante que habían observado en mucho tiempo—. Viejos amantes seguramente, de ahí que se resista a separarlos y partirle la cara a su acompañante, que es lo que seguramente lleva queriendo hacer desde que comenzó la canción.
—¿Y tú qué sabrás? Ni que fueras psicólogo —le espetó Marc, para luego quitarle la copa de las manos y darle un largo trago—. Para mí que se lo quiere follar y el otro le está estropeado el plan. Seguro que espera a que se despiste para acercársele.
—Te digo que no. Que se conocen es un hecho —enfatizó, recuperando su copa.
—¿Por qué estás tan seguro?
Lo pensó un momento, aunque la respuesta estaba más que clara.
—Porque le mira como tú me miras a mí.
Ese comentario hizo que su chico le mirara atentamente y evaluara su respuesta con curiosidad.
—Espero que eso sea un cumplido.
—Lo es, créeme.
Entonces Marc volvió a ponerse juguetón y Samuel se volvió a poner cachondo. “No tenemos remedio”, pensó. Cerró los ojos y se dejó llevar por sus caricias, pero pronto se quedó inmóvil y abrió los ojos, molesto por la repentina falta de atención que sufría, para descubrir qué estaba ocurriendo.
—Le ha visto —anunció Marc agitándose de repente—. Parece que tenías razón.
—¿Con qué? —preguntó, escéptico.
—Mira, killo. —Tomó su barbilla y dirigió su vista en dirección a Noah—. Parece que nuestro amiguito sí que conoce al lobezno. Y dada su expresión me sé de uno que se va a quedar plantao. Ya te decía que era un calientapollas.
Era cierto, Noah se había percatado de la presencia del lobezno y fueron testigos de cómo el rostro de este último cambiaba radicalmente conforme el rubio caminaba hacia él a grandes zancadas. Su cuerpo se había relajado instantáneamente e intentaba aparentar una indiferencia que Samuel sabía que no sentía. Su mirada, antes furibunda, ahora irradiaba una mezcla entre calidez, sabiduría y concupiscencia, dotando todo su ser de un aire tan tentador como inalcanzable.
Charlaban con naturalidad, flirteando de vez en cuando en una caza que tenía como objetivo picar el mismo anzuelo. Si bien el lobezno atraía la atención de su presa con su innata apariencia de inaccesibilidad, petulancia y sensualidad, lo que podía percibir de Noah era todo lo contrario. Sus ojos delataban unos sentimientos que intentaba —sin mucho éxito— encerrar en una caja acorazada, pretendiendo mostrar jovialidad, indiferencia y un deseo sexual bastante evidente. Lo quería, de eso no había duda, y estaba dispuesto a irse con él aunque al día siguiente le tocara llorar su abandono. Samuel se sintió muy triste por el joven y apartó la vista, abandonándose un momento a sus pensamientos.
—Y se va con él, así, sin más, dejando al otro ahí plantao.
Marc hiperventilaba, y observar su indignación le resultó de lo más gracioso a su novio. “Menudos cotillas estamos hechos”.
—No me extraña na que esté hecho una furia —continuó—. ¡Yo le partiría la cara!
Samuel se fijó un momento en el chico que bailaba minutos antes con Noah y su expresión herida delataba que no estaba nada conforme con la marcha de su amigo. Noah le dedicó una mirada suplicante, pero este se limitó a alejarse con aspavientos, tras lo cual, cogido de la mano de su acompañante, salió del local sin mirar atrás.
—Ya te dije que se conocían —replicó amargamente. La escena que acababa de presenciar le estaba agriando la noche, y eso era algo que no estaba dispuesto a permitir—. ¿Sabes? Creo que ya va siendo hora de que nos marchemos. Me apetece mucho volver a probar ese huevo vibrador.
—Uhm, ¿me vas a dejar que vuelva a atarte a la cama?
—Otro día. Esta noche me apetece ser yo quien tome el control. —Lo besó poniendo todos los sentidos en ello, provocándolo como solo él sabía hacer. Marc le cogió entre sus brazos para levantarle y arrastrarle hacia la salida—. ¿Eso es un sí?
—Ya lo creo que sí. —Su sonrisa sagaz le hizo comprender que la noche sería muy larga. Su cuerpo entero se estremeció de anticipación.
Salieron del local y sus pulmones agradecieron el aire fresco de la noche. Avanzaron hacia la parada de taxis, situada justo frente al Sodoma, y esperaron con resignación a que pasara un taxi por allí. Acurrucado entre los brazos de su chico, Samuel se dio cuenta de que Noah y el lobezno estaban manteniendo una conversación acalorada muy cerca de la entrada del local.
—¿Están discutiendo? —dijo. Marc dirigió su mirada con descaro hacia la pareja—. Podrías disimular un poquitín —señaló, propinándole un fuerte codazo.
—Sí que parece que estén discutiendo por algo. —Asintió encogiéndose de hombros y abrazándole con más firmeza—. ¿Qué más da? Que arreglen sus problemas como puedan.
—Lo dices como si fuera a meterme...
—Es lo que parece. Estás muy pendiente de esos dos. Al final acabaré por ponerme celoso de verdad.
—Es que… No sé, me siento un poco mal por Noah. Sé lo que es sufrir por amor. —Acarició la cara de Marc con dulzura, empapándose de ese rostro delicioso, único y solo suyo que tanto adoraba.
—No te pongas triste, sugusito. —Le besó en la nariz y luego sacó algo de su bolsillo—. Sugus para mi Sugu favorito. —Le tendió un puñado de sugus y Samuel los aceptó con alegría, abriendo un par y metiéndoselos ambos en la boca.
—Te quiero —susurró con regocijo, deleitándose con el sabor de los caramelos.
—Solo me quieres para que te dé caramelos —gruñó Marc.
—Bobo, sabes que no.
Marc lo abrazó, y entonces se apartó un poco de él, como si de repente se le hubiese ocurrido una gran idea.
—Espera aquí, vuelvo enseguida.
—¿Pero qué…?
No le dejó terminar la frase. Corrió hacia donde estaba Noah, y Samuel observó cómo se presentaba de nuevo, mantenía una pequeña conversación con este último y apuntaba algo en su teléfono móvil. Advirtió que Noah mantenía una actitud entre asombrada y divertida, mientras que la cara del lobezno era todo un poema digno de admiración. Luego se despidió con una inclinación de cabeza y volvió hasta Samuel, sonriente.
—¿Qué ha pasado ahí? —preguntó, incrédulo.
—Sube al coche. —Un taxista les hacía señas para que subieran.
Obedeció, se acomodó en el asiento de atrás y Marc se sentó a su lado, aún sonriente. Le dio indicaciones al taxista y luego se volvió hacia él.
—Te he conseguido su número de teléfono. —Parecía un niño pequeño ante su primera travesura.
—¿Para qué?
—Estabas preocupado, ¿no? Mañana lo llamas y le preguntas cómo está.
—¿Estás de coña?
—Claro que no, y seguro que terminas agradeciéndomelo.
—¿Pero cómo se te ocurre? ¡Qué vergüenza! —Solo podía pensar en Noah, y en la de cosas que se le habrían pasado por la cabeza cuando vio aparecer a Marc y este le pidió, nada más y nada menos, su número de teléfono. ¡Pero si no se conocían de nada!
—No me gusta ese tipo —dijo Marc.
—¿De quién hablas ahora?
—Del lobezno, por supuesto. ¿No viste cómo lo miraba? Como si fuera una presa fresca a la que seducir y corromper, una y otra vez. No me gusta na, ni un pelo.
—¿Y eso qué tiene que ver con nosotros?
—Nada, simple curiosidad. Te cae bien ese chico, y a mí me gustaría conocer a ese morenazo.
—¿Al lobezno? —El rostro de Samuel había pasado del desconcierto al enojo en un solo instante.
—¡Por supuesto que no! No tengo tan mal gusto. Hablaba del otro moreno.
—Lo que tienes es un ego que te lo pisas. Seguramente en eso os pareceréis. —Estaba cada vez más cabreado. “¿Pero a qué está jugando este tío?”—. ¿Te referías al estrafalario?
—A ese mismo, sí.
Estaba tan sereno que Samuel sintió deseos de zarandearlo.
—¿Me estás vacilando?
—¿Tú qué crees? —Conocía esa mirada traviesa y se percató de que llevaba rato aguantándose la risa. Prorrumpió en carcajadas y continuó tronchándose durante varios minutos. Cada vez que conseguía serenarse y miraba a su novio, volvía a estallar, una y otra vez. Hasta el chófer, que no tenía ni idea de nada, terminó uniéndose a su risa. Y por supuesto, el semblante imperturbable de Samuel acabó por romperse en pedacitos y se unió a las risas hasta que su estómago protestó de dolor.
—Creo que esta noche te voy a hacer sufrir. —Se secó las lágrimas y su mente comenzó a divagar, pensando en la cantidad de jueguecitos que tenía reservados para él.
—Estaré encantado de cumplir mi castigo. —Le abrazó y apoyó su cabeza en su hombro—. ¿Llamarás a Noah? —preguntó, esta vez muy serio—. Así te quedarás tranquilo y, además, creo que podríais ser buenos amigos.
Lo pensó un momento y luego asintió.
—Gracias.
—Siempre al servicio de mi Sugu.

 

Para Nayra y Laura, con todo el cariño de una divagadora.