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La razón de vivir

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Sangre. Sangre, mucha sangre. Sus manos estaban tintadas de escarlata, y podía sentir como el desdichado líquido se escurría y deslizaba por sus falanges.

No es como si no estuviera acostumbrado a esa sensación, de hecho, la reconocía tan bien que incluso le daba asco. El caso es que jamás había sucedido en ese contexto.

La sangre no era lo único que se le escapaba de las manos. También podía sentir la vida de Eren marchitándose y escabullendo de él, sin remedio alguno. Sentía su propio llanto, pero no lograba reconocerlo, incluso la humedad que recorría a lo largo de sus pómulos le parecía ajena. Sus sentidos se encontraban aturdidos, como todo su ser.

Podría haberse visto a sí mismo sosteniendo el cuerpo inerte del soldado, de rodillas en el suelo fangoso, después de la estruendosa lluvia que parecía por fin amainar, podría haberse visto a sí mismo llorando de forma desconsolada mientras la respiración se le atropellaba en el pecho y a galopadas salía disparada por su garganta, incrementando el nudo que yacía inamovible en ella. Podría, pero era la primera vez que se encontraba totalmente fuera de sus cabales.

El nombre del que pereció se repetía reiteradamente en su mente hasta llegar a articularlo con un hilo de voz. No supo de dónde salió la maldita fuerza para emitir sonido alguno. Tampoco importaba.

Ya nada importaba.


 

Sakai. Prefectura de Osaka, Japón. Un barrio relativamente tranquilo por localizarse en una ciudad bastante concurrida y con una densidad de población alta.

- Petra, será mejor que espabiles si quieres que tengamos el pedido listo antes de las doce.

La reconocida tienda de tés estaba abarrotada, pues no debía únicamente su prestigio a la venta de las infusiones sino a la misma preparación de éstas.

Petra se movía ágil en la parte de la cafetería, chica menuda, pero de muchos recursos y habilidades.

- Bueno, Oruo, no me agobies, yo intento ir lo más deprisa que puedo. Podrías mover tu culo hasta aquí y ayudarme, así acabaríamos antes y podríamos tener listos los encargos para pasárselos a Eld, ¿sabes?

Otra mañana de martes más. Otra inútil e innecesaria discusión entre la pareja que se encontraba al pie del cañón del negocio cara al público. Mientras, Eld y Gunther se hallaban organizando la trastienda, revisando las ventas y repasando todo el merchandising propio de la cadena Ikigai, así como el dirigente había nombrado la primera de sus tiendas. El escuadrón de Levi, los llamaban.

Eran el Starbucks japonés, básicamente, con la diferencia de que ellos estaban especializados en tés. Y esa tienda en concreto, había sido el inicio de todo, donde el gran magnate Erwin Smith había puesto su ojo para iniciar unos negocios relacionados con su propia franquicia de hoteles junto con la famosa industria proveedora de alimentos del poderoso dúo formado por Nanaba y Mike Zacharius y la gran cadena distribuidora de Hanji Zoe.

Levi había sido un hombre con suerte. O al menos, eso pensaba la gente. No solía dejarse ver por la tienda, a diferencia de hacía unos años, cuando apenas empezaba como autónomo, como si de un sueño de niño se tratara.

Él solo quería abrir su pequeña tienda de infusiones en un barrio tranquilo, vendiendo uno de sus productos favoritos y ganando lo suficiente como para poder subsistir. Lo que vino luego, fue muy aparte. Levi no había pedido nada de eso. De hecho, Erwin le caía sumamente mal al comienzo, con aquellos dotes de liderazgo y ese carácter tan de aquí mando yo y mis normas. Pero con el tiempo pudo ir viendo que era un organizador nato. Y esos mismos dotes, que al principio odiaba, fueron los que expandieron su pequeño negocio y multiplicaron las ganancias por cinco mil.

Igual sucedía con Hanji. Se había acabado acostumbrando a esa extravagancia y esos deseos locos de hacer lo que le diese la santa gana, de querer comerse el mundo.

Nanaba y Mike eran un caso aparte, siempre habían parecido los más decentes de ese cuarteto compuesto por los veteranos mercantilistas de Japón. Y ahora, Levi, se veía subido al carro.

Pero tampoco es que le disgustara. Bueno, el hecho es que pocas cosas, por no decir que prácticamente nada, le motivaban en esta vida, pues la única meta que se había propuesto ya estaba más que rebasada.

Muchos se preguntaban por qué el señor Ackerman había bautizado su tienda con ese nombre. Era irónico que una persona que aparentemente se encontraba muerta en vida, que no mostraba pasión alguna en sus ojos, jugara con los kanjis de "vida" y "deseo".

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- Eren, oye, Eren. – Ymir sacudió el brazo del chico con un poco de fiereza, intentándolo despertar sin que el profesor tuviera que llamarles la atención por enésima vez aquella semana.

- Mnhhg… - Eren emitió algo parecido a un gemido ahogado. Pero lo suficiente sonoro como para que alguno de sus compañeros se diera la vuelta. Y también Keith Shadis, el catedrático con más mala fama de toda su facultad. Risas jocosas se pudieron percibir por lo más bajo.

Mierda. Sí, Ymir se estaba cagando en él. Por enésima vez aquella semana.

- Señorita Fritz, Señor Jaeger. – Golpe de libro en la mesa. Estaba cabreado. – Si tan aburrida les parece la clase de Bioquímica del ejercicio físico, pueden salir por esa maravillosa puerta e irse a la cafetería del campus, pero luego no vengan llorando cuando suspendan por tercera vez y no se puedan sacar la carrera. Tengo sus caras más que vistas, son una hartura.

Eren se frotaba los ojos con algo de desdén, sin siquiera detenerse a escuchar el sermón del profesor. Ymir reaccionó rápido.

- Oh, no, no, doctor Shadis, su clase es súper interesante, y por supuesto que este año la aprobaremos. – No se creía ni ella lo que estaba diciendo. Propinó un codazo a Eren, para que se acabara de despejar, de golpe, a poder ser. - ¿verdad? – Lo miró por el rabillo del ojo y murmuró entre dientes: – Despierta de una maldita vez, capullo, no me metas en más apuros. – Casi de carrerilla.

El profesor Keith estuvo a punto de reprochar, pero ya eran demasiados meses con aquel par de chicos molestos, a su parecer. Un caso perdido, pensó, mientras negaba con la cabeza y volvía a girarse para anotar más fórmulas en la pizarra.


El timbre de hora punta sonó. Cambio de clase.

- Me largo a casa. – Comentó, bostezando. – Ayer hice horas extra en el trabajo y estoy muy cansado.

- ¿Es en serio? – Ymir enarcó una ceja trigueña. – Vamos, nos toca la clase de primeros auxilios, no es como si fuera importante, lo llevamos bien. Podemos hacer campana e irnos a tomar una cerveza.

- No me apetece. – Eren se llevó ambos brazos detrás de la cabeza, estirándose y desperezándose. – Me piro a casa, voy a dormir antes de irme de nuevo al curro. Estoy muy cansado. – Se reiteró.

- Deberías invitarme a una birra por todos los percales en los que me metes cuando te duermes en clase del viejo cascarrabias.

- Oh, vamos, no me jodas, Ymir. Tengo su teoría más que masticada y odio esa asignatura.

- Si, bueno, yo también, pero sabes que estamos en tercera convocatoria y como suspendamos de nuevo, adiós carrera.

Eren se encogió de hombros, desinteresado. Lo cierto es que el grado en Actividad física y Deporte no era, lo que se dice, que le entusiasmara demasiado. Pero era lo único que había encontrado que le gustara mínimamente.

Nunca se le habían dado bien los estudios, por mucho que se esforzara en ello y aquella asignatura lo llevaba por el camino de la amargura de la de contenidos teóricos que abarcaba. Aunque gracias a ello, había podido conocer a Ymir, y ahora eran muy amigos, después de repetir la misma por dos años consecutivos.

- Vale, vamos. Pero solo una. Luego me voy a casa; Hanji me dijo que como volviera a llegar cinco minutos tarde me empezaría a descontar los minutos del sueldo, y no puedo permitirme eso.


No fueron una, no. Fueron cuatro, o cinco. O quizás seis. Habían perdido la cuenta, pues una vez en la cafetería de su campus, se habían encontrado allí con Historia y Armin, lo cual fue una total sorpresa.

Pero claro, como Ymir estaba súper coladita por aquella chica de cabellos dorados, cuando Eren estaba a punto de marcharse, le puso ojitos, queriendo decir que ni se te ocurra dejarme sola con ellos. Eren podría haberse ido perfectamente, pero no le apetecía nada escuchar las réplicas de la castaña al día siguiente. Porque cuando se trataba de Historia, Ymir sacaba su genio de mil demonios y no había nada que la hiciese callar. Lo había podido comprobar anteriormente, pues él compartía piso con Armin y como cursaba la carrera de Diseño junto con Historia, muchas veces, aquella chica, había pasado tardes enteras en su casa, por cuestiones de trabajos en pareja.

- Es un trabajo de la asignatura de Propiedades y usos de nuevos materiales. Hemos pensado en diseñar un nuevo traje para las chicas de natación sincronizada. – A Historia le brillaban los ojos, claros como el mismo cielo despejado de ese martes. Solo de pensar en las lentejuelas y los brillantes, se emocionaba. – Hemos venido porque tuvimos que hacerles una entrevista a los profesores especializados en deportes acuáticos.

- La cuestión es que tenemos en mente una idea que consiste en un bañador inteligente, con tejido hidrocrómico, es decir, que cambie de color una vez las chicas se metan en el agua. – Armin no dejaba de teclear con efusividad en su Mac. – La lycra debería manipularse químicamente, pero sería original y práctico.

- ¿Historia hará de modelo para probar los bañadores? – inquirió Ymir, ya con un par de cervezas de más.

- ¡N-no! – Podía distinguirse como un ligero carmesí tintó rápidamente las pálidas mejillas de la rubia. – T-tenemos maniquíes para ello…

Entre risas y otros comentarios fuera de lugar, la situación llevó a que tanto Historia como Armin recogieran los apuntes, el portátil y todo el arsenal de herramientas con las que estaban trabajando. Total, el tiempo de concentración se había acabado en cuanto llegaron aquellos dos, así que mejor dejar el trabajo para otro día.

Dadas las cuatro de la tarde, Eren se percató de que, una vez más, llegaba tarde a trabajar. Así que, aún con el alcohol un poco en la cabeza y marchándose por patas, se dirigió rápidamente a la central distribuidora. Seguramente, Hanji ya lo estaba esperando para pegarle la bronca.

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- Cielos, Eren, eres un desastre. Y… - Hanji hizo una breve pausa, colocándose bien las gafas con el dedo índice, en un claro gesto de indignación. - ¿qué es esa peste a cerveza? ¡Oh! ¡Ésta me la pagas! Ya te vale.

Eren no sabía si tenía suerte por ser uno de los favoritos de Hanji y que se las dejara pasar tan olímpicamente o si bien era un completo desgraciado por no haber encontrado una faena a medio tiempo mejor que eso.

Repartir los pedidos de cantidades exageradas de té, cajas llenas de las absurdas tazas de la marca Ikigai, y sus termos, cantimploras y cualquier estúpido recipiente a juego, donde verter lo que a aquellos millennials hípsters se les antojara, chavales a los que no les importaba pagar la desorbitada cantidad de quinientos ochenta yenes por un poco de agua con sabor a frutas del bosque o a vainilla, pues no es que fuera demasiado de su agrado. Le había llegado a coger incluso tirria al maldito logo, aquel escudo verde caqui con unas alas heterocromas, cobalto y nívea correspondientemente. Y mira que antes le agradaba, incluso había llegado a concurrir con Mikasa y Armin algún establecimiento de aquellos, justo en el corazón de Dotonbori.

- Eren, ¡oye, Eren! ¡¿Me estás escuchando?! – Hanji chasqueó los dedos delante de sus narices, despertándolo de sus frustrados pensamientos.

- Ah, eh… ¿lo siento? – Arqueó una ceja, no sabía ni qué le estaba recriminando.

- Si no fuera por lo duro que trabajas una vez te pones las pilas y las horas extra que cumples, ya te hubiera puesto de patas a la calle…

La mujer se cruzó de brazos, ladeando la cabeza. Sin embargo, su enfurruñamiento no duró demasiado. Sabía que Eren no tenía padres y necesitaba la faena y el dinero. Quizás era el motivo de mayor peso por el cual le había cogido más cariño.

Como si una bombilla imaginaria se le hubiera iluminado dentro de la cabeza, dio un pequeño golpecito con su puño cerrado en la palma de la mano contraria.

- Ya sé, compensarás este despiste acompañándome a Sakai.

- ¿Qué? Eso queda totalmente fuera de mi rango d-…. – no pudo ni acabar la frase, se vio abruptamente interrumpido.

- ¿Prefieres que te lo descuente del sueldo? Me acompañarás a Sakai. Sé que no entra en tu rango de reparto, pero vendrás conmigo, tengo asuntos que arreglar en la tienda principal y ahora que se acerca el verano y con él, los festivales y demás, están con nuevos proyectos de recetas. ¡El pedido que me hicieron esta mañana fue enorme! – Parecía una completa perturbada cuando se ponía en ese plan efusivo, queriendo experimentar con los nuevos gustos. Y contra mayores fueran las demandas, más se excitaba.

A Eren le daban un poco de grima esos arranques. Así que prefirió no comentar, agachar levemente la cabeza, sin dejar de mirarla de soslayo. Al fin y al cabo, él era un mero repartidor y Hanji no era ni su superior. Es que era la directora de la empresa.


Se colocó las gafas, dejándolas colgando en el cuello de su camisa. Si hubiera que describirlo con una sola palabra esa sería impecable.

Empujó la puerta, paso firme, mirada afilada, del color del plomo, aunque a veces esos irises oscuros parecieran de un gris azulado.

- ¡S-Señor! – Petra se irguió de golpe, cabeceando a modo de respeto y saludo. Cuando Oruo la escuchó, casi se le cae la coctelera de hielo al suelo. Intentó dejar sus nervios.

- ¡Señor Levi! – Copió la acción de su pareja, intentando dejar al lado los nervios.

Se conocían desde hacía años, pero la menuda figura del director de Ikigai seguía intimidando como el primer día. No dijo nada, simplemente se limitó a hacer un ligero ademán con la mano, conforme podían reincorporarse de nuevo y que continuaran su usual trabajo.

- Vengo de visita sorpresa porque tengo cosas que hablar con Erwin, Hanji, Mike y Nanaba. Acordamos que éste sería el punto de reunión, debido a la tranquilidad que presenta los martes por la tarde. Estaremos en el piso de arriba. – Entonces dedicó una última mirada a Petra. Básicamente porque de Oruo no se fiaba tanto. – Trae lo de siempre.

Sin más demora, se dirigió hacia el piso de arriba, a la espera del resto de los ya nombrados.

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Eren estaba sudando la gota gorda. Cielos, él era un mero repartidor de encargos, encargos que normalmente eran pequeños. A veces, alguno mediano caía. Pero ¿por qué tenía que pasar por todo aquello? En su vida había descargado un camión y no es como si le entusiasmara la idea. Ya poco le gustaba ese trabajo como para que le estipularan tareas más fatigosas.

- Venga chico, los he visto de más rápidos, ¿en serio llevas trabajando meses aquí? No lo parece. – Espetó Gunther, mientras colocaba los brazos en jarra, esperando a que aquel joven acabara de apilar los paquetes pertinentes en el palé para llevarlos con la transpaleta hasta el almacén de la tienda.

El chico chasqueó la lengua, aquel maldito hombre podría estar ayudándole. Pero no. Se mantenía a la espera de que él hiciera todo el sucio y pesado trabajo manual. Vale que tenía que recuperar el tiempo que le debía a Hanji. Pero es que ella lo había dejado allí como quien no quiere la cosa y venga, apáñatelas y no te preocupes, Eld y Gunther son buenos tipos. Y una mierda.

- Eren, nos van a dar las nueve de la noche y no habremos acabado de descargar. – Entonó con una sonrisa burlona enmarcándole la cara. Cabrón.

- ¡Gunther! ¡Podrías echarle una mano en vez de presionarlo como si fuera un burro de carga! – Petra se acercó al borde de la caja del vehículo, con botella de agua fría en mano. Amablemente, se la alcanzó al joven que parecía ya bastante cansado.

- Gracias… - Eren forzó la vista, releyendo la plaqueta donde se exponía el nombre de la camarera. - … Petra.

- De nada, cariño. – Le dedicó una afable sonrisa, cerrando los ojos a causa del gesto. – Luego pásate por la barra, te serviré un té frío en compensación. A Oruo se le dan de maravilla, te gustará.

Hebras castañas se despeinaron cuando el chico paseó sus dedos por el propio cabello, retirando algún mechón, húmedo por el sudor, hacia atrás. Y ese atosigante mono no ayudaba para nada, además de que a la vista estaba la llegada del verano, pues el calor ya comenzaba a hacer mella en la vegetación de Japón. También en los habitantes.


Levi dejó su americana reposando en el peinazo de la butaca. Cruzóse de piernas, mientras se desabrochaba los puños de la camisa y procedía a remangarla. La noche avecindaba más calurosa de lo normal y él odiaba sudar. Eran tiempos de apartar los ropajes gruesos y sacar lo más ligero de su armario. Pensó que cuando llegara a casa, se pondría a ordenar la ropa.

- Levi, ¡hey! ¿me escuchas? - Segunda vez en un mismo día que se sentía ignorada.

- No. Ya has repetido la misma jodida historia tres veces. – Masculló, sin levantar la vista de sus mangas, concentrado en doblarlas a lo largo de su antebrazo de una forma totalmente pulcra. – Estaba pensando en cosas más importantes.

Hanji dejó escapar un suspiro exasperado. Ese hombre no iba a cambiar nunca. Y lo más curioso, es que, si bien era cierto que ella y Levi se conocían de hacía unos pocos años, parecía como si llevaran toda la vida trabajando juntos. Erwin miró a ambos con un brillo divertido en sus turquesas.

- Bueno, entonces decidido, ¿no? Pondremos en marcha el proyecto de prácticas junto con la expansión de bares en el mismo gimnasio del hotel. A ver si las bebidas energéticas causan un buen impacto en los muchachos.

- Además de que será sin aditivos. De esta forma ayudamos al plan de mejora para la salud, el bienestar y el consumo de alimentos naturales. – Añadió Nanaba, gesticulando con su diestra de una forma dulzona.

- Bien, si no hay más que añadir. – Levi se levantó, con suma parsimonia, tomando su americana y alisándose los pantalones de pinza. – Yo me retiro, tengo otras cosas que hacer. Nos vemos el día de la inauguración. – Llevaban dos horas hablando y el asunto ya lo estaba agobiando. Solo quería marcharse, llegar a casa y tomarse una ducha.

Hanji entornó los ojos. De los labios de Nanaba se escapó una meliflua risa. Mike se mostró impasible y Erwin despidió a su compañero con un leve ademán, mostrando acuerdo. Se conocían, mucho. Incluso a veces tanto como para que sobraran las palabras.


Eren esperaba a su jefa, descansando los músculos, que tirantes reclamaban un respiro desde hacía rato. Sentado en la barra, sus labios se mojaron una vez más con el casi inverosímil sabor de ese té helado, vainilla caramel. Debía admitir que era una de las más deliciosas infusiones que había tomado en toda su vida. Por algo, aquella tetería Ikigai en cuestión, tenía tantísima fama. Aunque a esas tardanas horas ya no quedara nadie.

- ¿Te apetecen unos mochis para acompañar? – La voz de Petra lo sacó de sus pensamientos.

- Oh… no, gracias, en cuanto baje Hanji nos volveremos a Osaka y me iré a cenar. – Le devolvió la sonrisa, aunque con rasgos de evidente cansancio.

A Petra no le dio tiempo de contestar, cuando el crujido de la madera captó la atención de ambos. Parecía como si Hanji lo hubiera escuchado y ya estuviera bajando las escaleras. Pero, para la desgracia de Eren, no era ella. Unos pantalones negros junto con unos zapatos de vestir, asomaron al alcance de su vista, dando a entender que era otra persona.

Desvió sus ojos de nuevo, centrando sus enormes esmeraldas en el líquido cobrizo. Iba a dar otro sorbo, cuando la voz masculina lo dejó a medias.

- Oruo, Petra. Siento que cerréis tan tarde por nuestra reunión. Lo tendré en cuenta en las nóminas de este mes. Buenas noches.

Fue un instante, exactamente siete malditos segundos los que tardó en articular esa oración tan trivial.

Los suficientes para que el joven repartidor perdiera cualquier ápice de fuerza. Y no fue una flojera originada por el cansancio, no. Repentino, su cuerpo reaccionó ante el registro de la familiar voz.

El estruendoso ruido de la cerámica rompiéndose contra el suelo hizo eco en el cubículo. El té frío se esparció por los azulejos de la tienda. Pero había algo aún más helado que dicho líquido recorriendo las formas del borde de las baldosas. Todo el cuerpo de Eren se hallaba literalmente absorto e inmóvil.

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Se estaba viendo a sí mismo tumbado encima de una capa de rastrojo. Parecía que se encontraba dentro de un pequeño bohío. Una especie de henil, quizás. Sus ojos parpadearon un par de veces para acostumbrarse a la poca luz, producto de una lámpara de aceite que, adornada por una débil llama, yacía encima de una de las cajas, de madera medio carcomida por la aparente humedad.

No le dio tiempo de analizar el extraño contexto en el que se encontraba, pues un inminente placer lo sacó de sus pensamientos. Agudo fue el gemido que se escapó de sus labios, incluso haciéndole arquear la espalda.

Sus esmeraldas volvieron a abrirse, buscando un origen, un porqué. Cuando de repente, vio que estaba… manteniendo relaciones. Sexuales. Con un hombre.

En qué puto momento.

Hostias, si le hubieran dicho que el té que se tomó llevaba droga, se lo hubiera creído. Porque ningún tipo de lógica podía explicar aquella situación tan surrealista.

Él estaba en la cama de su habitación y de repente se encontraba allí. ¿Era una laguna mental lo que había tenido? ¿Cuándo? ¿POR QUÉ? No podía ser. Imposible.

Se hubiera levantado con fuerza, enervado completamente y, apartándose de ese desconocido, hubiera soltado mil y un juramentos, incluso antes de dar pie a una posible explicación por la parte impropia. Lo hubiera hecho. Si hubiera podido. Pero su cuerpo no le contestaba, no reaccionaba. Es más: se movía por sí solo.

Porque sus manos recorrieron con afán el marcado dorso que se exponía, vertical, delante de sus narices. Porque una de ellas acabó posándose en la cadera de aquel chico que lo cabalgaba, acompañando cada envite; y la otra, agarró con algo de fuerza las azabaches hebras que lacias se despeinaban, empuje tras otro.

Era un mero espectador, como si enajenado de su propio cuerpo estuviera. Como quien tiene una parálisis del sueño y ve todo aquello que pasa a su alrededor, pero no puede actuar.

Incesantes jadeos sucumbieron en el diminuto cuchitril. Jamás había sentido nada igual, cada y uno de esos eróticos sonidos hacían mella en su bajo vientre y sentía que podía correrse en cualquier momento. Mierda. Estaba follando con un extraño, su cuerpo no respondía a las órdenes propias y lo peor es que… le estaba gustando.

Me he vuelto loco. Me he vuelto jodida y completamente loco.

Su tronco hizo fuerza, levantándose. Sentía algo de picor en la espalda, culpa de restos de tamo que quedaron pegados en ella. Un poco por el sudor, un poco por llevar tanto rato en la anterior posición. Su pecho se adherió al lomo de aquel hombre, nívea piel cubierta por una ligera capa de transpiración. Sus labios surcaron la zona del omoplato izquierdo. Roces cariñosos y algún que otro suspiro. La forma en que lo estaba tratando le daba a entender que no era la primera vez. Aquello se sentía tan próximo, tan conocido.

- Ah… estoy a punto… - Su garganta vibró. Eren no reconocía su propia voz.

NO. Él definitivamente no había dicho eso. Maldita sea. Se estaba muriendo de la puñetera vergüenza. ¡Por el amor a todo! ¡Siquiera sabía lo que era el sexo antes de que estuviera pasando todo esto! A sus veinte años solo era un maldito adolescente que se la cascaba viendo alguna que otra porno. Todo aquello estaba totalmente fuera del alcance de su lógica. De su experiencia. De todo.

No le dio tiempo a pensar más. El aparato fonador de su cuerpo hizo ademán de hablar de nuevo, sin consentimiento alguno. Al menos no de él. – Mhn… voy a correrme dentro de usted… capitán… - Pudo notar perfectamente como una sonrisa se esbozaba en su cara, cuan más amplia.

- Hah… joder… jodido mocoso… precoz…

Su diestra ascendió hasta enredar los dedos entre los mechones negros como el carbón y de este modo forzar un poco la cabeza del hombre, para que así lo mirara. Pero fue fugaz. No le dio tiempo de ver tan siquiera el color de los ojos ajenos. Sus labios acabaron fundiéndose en un beso. Los abdominales se le contrajeron en un negligente acto involuntario.

Y sintió morir por dentro, dominado por aquel estallido descomunal de mil y una partículas de emociones nuevas.

 


 

Casi se cae de la cama. Sobresaltado, con la respiración más agitada que nunca. Las sábanas empapadas en sudor y también de un poco de indecencia. Hostia puta. Era el primer sueño erótico que tenía, pero es que se había sentido tan real, tan verídico.

Eren se levantó de la cama, a por un vaso de agua y también a por una ducha. Ambas cosas bien frías. Porque madre mía la que he liado y cómo de perdida he dejado la cama, pero sobretodo como de perdido estoy yo.

Su mente iba a tres mil quinientas revoluciones por minuto y creía que ni para semestrales se había estrujado tanto el cerebro. Mocoso. Mocoso. Mocoso. Retumbaba en sus pensamientos, rebobinando una y otra vez aquel mísero insulto pero que lamentablemente le transmitía una sensación de nostalgia.

¿Por qué?

Es que, por no saber, no sabía ni que le gustaban los hombres. Es decir, poco le habían interesado los vínculos amorosos, pero jamás se había parado a pensar en su orientación sexual o algo así como replantearse si era gay o bisexual.

En segundo lugar. ¿Qué narices? O sea, ¿cómo que capitán?

¿Capitán?

¡¿CAPITÁN?!

Vamos, no me jodas. Ni que estuvieran en el ejército.

No tenía ni puñetera idea de lo que le quería decir su subconsciente con ese sueño. Pero lo estaba aturdiendo, y mucho. Sobre todo, porque la primera persona que se le vino en mente al despertar fue ese tío, tan borde y arrogante, con pintas de ejecutivo. El mismo que, esbozando una mueca de absoluto asco, le dijo que fregara el té derramado y que tienes suerte de que no te quite del sueldo el valor de la taza que has roto, mocoso.

El mismo que lo paralizó con su timbre de voz.

Un registro cuan más parecido al que acababa de escuchar en sueños.

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- ¿Y cuándo empiezas las prácticas? – Ymir preguntó, con algo de pasotismo en sus palabras. Aunque si cuestionaba, era porque realmente le interesaba saber sobre cómo le había ido a su amigo en la sesión de tutoría.

Eren ya estaba acostumbrado a esa entonación, mas sabía que su compañera se alegraba por él.

- Pues he de acabar de consensuar el convenio con el instructor y se pondrá de acuerdo con ese tal… Erwin Smith… que es el que firma el contrato en última instancia, porque es el director del centro. Así que supongo que en un par de semanas. – El chico esbozó una media sonrisa, aún sin entender muy bien en qué consistía todo ese papeleo de prácticas universitarias.

- Tío, eso es genial. – Ymir pasó su brazo por detrás del cuello de Eren, en un gesto de cariño. - ¡Ese señor es importante aquí en Japón! Y tiene mucha pasta. Si luego te acaban cogiendo a largo plazo va a ser una pasada, ¿sabes? Ganarías el triple de lo que ganas siendo repartidor.

- Bueno, al fin y al cabo, se ve que la empresa de Hanji está afiliada a la suya. Por eso he tenido la ventaja de acceder a este programa. Ha tenido su punto bueno conocer a esa loca. - Hizo una breve pausa, reconsiderando toda la información que le habían dado. Seguro que se olvidaba de algo. – De todos modos, aún no sé a cuál gimnasio me asignarán, ni qué labor ejerceré en él. ¿Tú, qué tal?

- No te preocupes por ello. Lo importante es que estarás haciendo las prácticas en uno de los gimnasios de la línea de hoteles Smith y… - La chica estiró los brazos hacia el frente, abriendo las manos y haciendo un gesto exagerado, como si expusiera algo. - ¡Chan, chan! ¡Lo podrás poner en tu currículum! Y todos te llamarán, de todos lados. – Le guiñó un ojo, cómplice. Luego, metió las manos en los bolsillos, mientras continuaban caminando. – Yo estoy muy contenta la verdad, me han cogido en la escuela moderna de artes marciales, estaré como practicante de profesora de jiu-jitsu brasileño. La instructora es la caña.

- Qué bien, además de que es poco conocido, aún se encuentran menos mujeres como instructoras de este deporte. Es una lástima. Así que, a tope, Ymir, enséñales de lo que eres capaz.

- Eso siempre. – Sonrió, mostrando al completo su blanca dentadura. La chica también estaba emocionada.

- Oye. – Eren vaciló momentáneamente, como si dudara de lo que fuera a decir. – Este finde es la fiesta de inauguración por lo del programa de prácticas. Habrá como una especie de entremés, un tostón de discurso y creo que algo de barra libre. Los estudiantes seleccionados estamos convocados, pero no quiero ir solo… - una indirecta muy directa, sumándole la mirada de petición a la de cabellera castaña. –

Hubo un silencio tenso durante varios segundos, ojos miel fijados en los de profundo verde claro.

- Vale. – Se limitó. Y a Eren le sorprendió de forma grata que Ymir accediera a ir a un evento que aparentemente parecía tan aburrido. Pronto se arrepintió de haberse ilusionado con la sencilla (y rara) aceptación porque de ésta le siguió un "Pero…"

Oh. Lo sabía. Sabía que era demasiado bonito para ser verdad.

Y también sabía que ese 'pero' era un prerrequisito. Un iré pero si consigues que vaya ella.


- Eren, vamos a llegar tarde. – Mikasa pululaba por el piso. Hacía rato que ella ya estaba completamente preparada. Y reluciente.

La muchacha ya era guapa por sí sola, con esos rasgos orientales refinados. Pero aquel jumpsuit de color negro, más los stilettos de charol a juego con el bolso de sobre, acentuaban su figura. Mikasa era de ideas claras, además de ser una persona eficaz y eficiente, mientras que Eren… Eren era un desastre. El chico yacía aún en calzoncillos frente a la cama, observando las diferentes opciones, como si su vida dependiera de ello. Pero es que jamás había tenido un evento tan importante. Y estaba nervioso.

Miró algo desesperado a la morena.

- ¿Qué me pongo? No sé si será tan formal como para llevar americana o simplemente lleve un jersey y unos tejanos. ¿Qué hago, Mikasa?

- Ponte lo que sea, pero vámonos ya. – Suspiró la azabache.

Armin se apoyó en el marco de la puerta, acabándose de ajustar la camisa. El rubio había optado por una camisa de color celeste, incluso más clara que sus ojos, y unos pantalones negros. Algún mechón dorado se escapaba de la coleta estilo surfera, le daba un toque interesante. Sus dos compañeros de piso iban sencillos y en cualquier caso eran tan humildes que creían que así pasarían desapercibidos. Pero no es como si fueran personas discretas, a ojos del resto de la gente, indistintamente del género. Si Mikasa parecía una musa oriental, Armin era el mismísimo icono metrosexual del momento. Miradas de todos y todas atraían.

- Es tan sencillo como ponerte esto y esto. – Dijo, señalando una camisa blanca y unos vaqueros oscuros. Era el metódico del grupo, rápido en contrastar pros y contras. De cualquier cosa. – No vas informal pero tampoco de boda. Suficiente. Venga, espabila, que Historia ya está esperando abajo y seguro que Ymir se está poniendo pesada con ella.

Hacía unos pocos días, Eren temía ir a la fiesta de inauguración solo, y una cosa por la otra, se acabaron apuntando todos sus amigos. Quizás y con un poco de suerte, aún terminaría siendo un evento animado.


- Qué narices pinta éste aquí. – Casi se atraganta con la copa de vino cuando vio al tipo que le echó la bronca por la taza de té, subiendo a la tarima.

- Es Levi Ackerman. – Informó Armin, la enciclopedia andante.

- Sus teterías se encuentran en algunos de los hoteles Smith. Tienen una corporación juntos, también con los otros tres grandes de la economía japonesa. – Añadió Historia, fiel a su compañero de trabajos. – Le dan un toque coqueto a esos establecimientos hoteleros de lujo.

- Además, fue una gran inversión. Desde que unieron sus cadenas y franquicias, las ganancias de los cinco se duplicaron. Ojalá lleguemos algún día a formar un equipo tan competente como ellos.

Eren quedó un tanto boquiabierto. Parecía ser el único que estaba en la parra, desinformado de todas esas cosas.

- La diferencia de altura con el señor Smith es brutalmente ridícula. Es un jodido enano y el otro un titán. – Ymir rompió los formalismos informativos de sus amigos para burlarse. Eren rio. Al fin, un comentario que le hacía relajar mínimamente.

Aunque el momento de distensión no duró mucho. Los irises grisáceos del hombre de poco más de metro y medio de altura, que ahora se predisponía a hablar, se cruzaron con los diáfanos del joven universitario. Impoluto sobre aquella plataforma, se arreglaba la corbata añil, encuadrada en un esmerado traje que tenía pinta de ser de todo menos barato. Lo estaba mirando. A él. De entre ciento treinta estudiantes. Y aquellos ojos podrían haber dejado helada hasta el alma más candente.