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La razón de vivir

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Sangre. Sangre, mucha sangre. Sus manos estaban tintadas de escarlata, y podía sentir como el desdichado líquido se escurría y deslizaba por sus falanges.

No es como si no estuviera acostumbrado a esa sensación, de hecho, la reconocía tan bien que incluso le daba asco. El caso es que jamás había sucedido en ese contexto.

La sangre no era lo único que se le escapaba de las manos. También podía sentir la vida de Eren marchitándose y escabullendo de él, sin remedio alguno. Sentía su propio llanto, pero no lograba reconocerlo, incluso la humedad que recorría a lo largo de sus pómulos le parecía ajena. Sus sentidos se encontraban aturdidos, como todo su ser.

Podría haberse visto a sí mismo sosteniendo el cuerpo inerte del soldado, de rodillas en el suelo fangoso, después de la estruendosa lluvia que parecía por fin amainar, podría haberse visto a sí mismo llorando de forma desconsolada mientras la respiración se le atropellaba en el pecho y a galopadas salía disparada por su garganta, incrementando el nudo que yacía inamovible en ella. Podría, pero era la primera vez que se encontraba totalmente fuera de sus cabales.

El nombre del que pereció se repetía reiteradamente en su mente hasta llegar a articularlo con un hilo de voz. No supo de dónde salió la maldita fuerza para emitir sonido alguno. Tampoco importaba.

Ya nada importaba.


 

Sakai. Prefectura de Osaka, Japón. Un barrio relativamente tranquilo por localizarse en una ciudad bastante concurrida y con una densidad de población alta.

- Petra, será mejor que espabiles si quieres que tengamos el pedido listo antes de las doce.

La reconocida tienda de tés estaba abarrotada, pues no debía únicamente su prestigio a la venta de las infusiones sino a la misma preparación de éstas.

Petra se movía ágil en la parte de la cafetería, chica menuda, pero de muchos recursos y habilidades.

- Bueno, Oruo, no me agobies, yo intento ir lo más deprisa que puedo. Podrías mover tu culo hasta aquí y ayudarme, así acabaríamos antes y podríamos tener listos los encargos para pasárselos a Eld, ¿sabes?

Otra mañana de martes más. Otra inútil e innecesaria discusión entre la pareja que se encontraba al pie del cañón del negocio cara al público. Mientras, Eld y Gunther se hallaban organizando la trastienda, revisando las ventas y repasando todo el merchandising propio de la cadena Ikigai, así como el dirigente había nombrado la primera de sus tiendas. El escuadrón de Levi, los llamaban.

Eran el Starbucks japonés, básicamente, con la diferencia de que ellos estaban especializados en tés. Y esa tienda en concreto, había sido el inicio de todo, donde el gran magnate Erwin Smith había puesto su ojo para iniciar unos negocios relacionados con su propia franquicia de hoteles junto con la famosa industria proveedora de alimentos del poderoso dúo formado por Nanaba y Mike Zacharius y la gran cadena distribuidora de Hanji Zoe.

Levi había sido un hombre con suerte. O al menos, eso pensaba la gente. No solía dejarse ver por la tienda, a diferencia de hacía unos años, cuando apenas empezaba como autónomo, como si de un sueño de niño se tratara.

Él solo quería abrir su pequeña tienda de infusiones en un barrio tranquilo, vendiendo uno de sus productos favoritos y ganando lo suficiente como para poder subsistir. Lo que vino luego, fue muy aparte. Levi no había pedido nada de eso. De hecho, Erwin le caía sumamente mal al comienzo, con aquellos dotes de liderazgo y ese carácter tan de aquí mando yo y mis normas. Pero con el tiempo pudo ir viendo que era un organizador nato. Y esos mismos dotes, que al principio odiaba, fueron los que expandieron su pequeño negocio y multiplicaron las ganancias por cinco mil.

Igual sucedía con Hanji. Se había acabado acostumbrando a esa extravagancia y esos deseos locos de hacer lo que le diese la santa gana, de querer comerse el mundo.

Nanaba y Mike eran un caso aparte, siempre habían parecido los más decentes de ese cuarteto compuesto por los veteranos mercantilistas de Japón. Y ahora, Levi, se veía subido al carro.

Pero tampoco es que le disgustara. Bueno, el hecho es que pocas cosas, por no decir que prácticamente nada, le motivaban en esta vida, pues la única meta que se había propuesto ya estaba más que rebasada.

Muchos se preguntaban por qué el señor Ackerman había bautizado su tienda con ese nombre. Era irónico que una persona que aparentemente se encontraba muerta en vida, que no mostraba pasión alguna en sus ojos, jugara con los kanjis de "vida" y "deseo".