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Unión

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Unión
por Janendra

email: janendra@hotmail.com

Capítulo I: Bereshit.

Una densa bruma lo cubría todo. El único sonido eran las pisadas del adolescente ataviado con el uniforme de Hogwarts. Corría frenético a través de la niebla, buscaba la puerta que lo llevará a su mundo. Por encima de la respiración agitada del adolescente, se escuchó una voz donde fluía la fuerza del agua.

—Ir... —dijo la voz y el bosque repitió la palabra en un eco que duró mucho tiempo.

Harry se dejó caer exhausto. Se tocó el pecho que subía y bajaba con el doloroso ritmo de su respiración. Apoyó las manos en la tierra. Un gesto de sufrimiento cruzó su rostro, no podía frenar su errático resuello. Llovía.

El agua formó un círculo de plata donde Harry contempló la luna en cuarto creciente sobre su cabeza. Levantó el rostro; ya no llovía. La niebla se dispersaba despacio. Estaba en un bosque, rodeado por árboles de enormes troncos, sus ramas inmensas parecían sostener el cielo. Niebla, noche, luna y árboles eran el universo de su pesadilla.

Sintió que la humedad plateada le entibiaba las manos; al retirarlas pequeñas ondas enturbiaron el agua. El líquido tomó la solidez de un espejo. Harry observó en la plateada superficie las ramas del árbol, un búho en una de ellas, la luna con su blanco resplandor. Harry se asomó al agua y su imagen lo horrorizó. Donde deberían estar sus ojos verdes, había dos irises negras, sus pupilas estaban dilatadas y lo hacían ver como un demonio. Se apartó del espejo. Respiró profundo. El mal que lo habitaba no se podía disimular. Evitó pensar en los muertos que dejó a su paso. A los dieciséis años Harry Potter era un asesino; la locura caminaba detrás de él.

Cuando pudo serenarse, el espejo seguía allí. Cauto, volvió a mirarse. Tenía piel blanca, pálida. Los rasgos de su rostro eran los mismos. Cara dulce, inteligente y franca. Ojos de un verde claro. Pestañas largas, rizadas. Nariz recta. Labios rosados. Sus orejas estaban libres del hechizo abscondere, que usaba cada día. Eran pequeñas y terminaban en una suave punta. Por primera vez no le desagradaron. Las tocó con sus dedos. Entre muggles sus orejas le granjearon muchas burlas. Se dejó crecer el cabello y el desorden natural fue suficiente para mantener oculto su defecto y su cicatriz. Cuando Hermione le enseñó un hechizo simple para cubrir su cicatriz, Harry lo usó en sus orejas.

Observó su cabello, sobre el brillante tono negro se distinguía un color azulado. Sus ojos eran de nuevo verdes. Sintió que algo se desplegaba a su espalda y se apartó del espejo. No quería ver más.

Caminó alrededor de los árboles. A lo lejos distinguió muchas hogueras. Se puso en marcha. El amanecer empezaba a extender sus dedos. Harry llegó a la primera fogata. El lugar estaba desierto, buscó a los que encendieron el fuego.

—E... elth... eg... —escuchó proveniente de entre los árboles.

El presentimiento le llegó con la claridad de la mañana, estaba en peligro. Miró asustado al hombre que salía de la obscuridad. Los ojos de Harry recorrieron la piel dorada, la guirnalda de flores y hojas verdes que adornaban el cuello. Harry se tapó la boca con las manos, ¡el hombre tenía cabeza de ciervo! Dos largos cuernos coronaban su cabeza.

Mi Señor —se escuchó una voz femenina.

La respiración de Harry se descontroló. Miró la niebla de donde vino la voz. El cuerpo de una mujer tomó forma. La impresión se reflejó en el rostro de Harry. Si bien la mujer era normal, su piel era de color plata. En la frente tenía una luna creciente. La mujer le tendió la mano al hombre. La pareja dio unos pasos hacia Harry, mismos que el adolescente retrocedió.

No tengas miedo, pequeño travieso —escuchó la voz de la mujer en su cabeza.

El hombre ciervo mantuvo la mirada en Harry. Un brazo dorado se levantó en el aire y señaló las hogueras.

Tú naciste en el amanecer de un día mágico, el día de una gran batalla entre dos reyes antiguos, —la voz del hombre resonó en su mente.

Harry oyó el gruñido de las espadas al chocarse. Vislumbró una corona negra y una dorada. Vio el brillo ardiente en los rostros vigorosos.

El rey luminoso venció ese día. El rey oscuro perdió la batalla, y ganó poder. Contigo creció la obscuridad.

Las palabras dejaron a Harry sin aliento. Corrió a través del bosque. No deseaba estar cerca de esos seres extraños. ¡Él no era malo! No quería serlo... El llanto corrió por sus mejillas. La voz del hombre seguía en su mente. Pese a lo que dijera, sabía que era diferente a sus compañeros. Era consciente de que en su interior habitaba una magia inusual, profunda y poderosa, que arrasaría con aquellos que le importaban. Harry estaba ligado al mal, un día le haría a sus amigos lo que le hizo a Hedwig, y aunque se arrepintiera, eso no cambiaría lo sucedido.

Tropezó con la raíz de un árbol. Se quedó arrodillado en la tierra, ansioso por despertar.

Eres gente buena —escuchó la voz de la mujer.

Harry la buscó entre los árboles. ¿Por qué no despertaba?

No estás solo —consoló la voz.

Entre los árboles algo se movió. La enorme cabeza de un dragón azul, como el agua del mar, se levantó. El dragón rugió y Harry se cayó de la cama.

Desde el suelo contemplo la borrosa realidad. Buscó sus lentes a tientas. Se sentó en la cama y miró alrededor. Las camas mal hechas de sus compañeros le dijeron que era tarde. Recordó que era sábado y tenían salida a Hogsmeade. Harry pensó en el frío que hacía afuera. Por la noche nevó. Faltaba una semana para las vacaciones de navidad. Le costó un rato serenarse. Abrió la boca, ningún sonido salió de ella. Harry se tocó la garganta. No retiró el hechizo de silencio. Tocó su cuello con los dedos. Cerró los ojos al sentir que la magia se desvanecía. Aún no le contaba a nadie sobre su capacidad para hacer magia sin varita.

—Dobby —llamó.

La criatura apareció con un pop. Los enormes ojos escrutaron a Harry. Dobby se sentó en la cama y su mirada se llenó de comprensión.

—¿Al Amo bonito lo asustan los sueños?

Harry asintió. A solas Dobby lo llamaba amo bonito; en presencia de otras personas el título era Amo Señor Harry Potter. Harry miró al elfo, a él le parecía una criatura tierna, alguien en quien podía confiar. Encontró a Dobby luego del ataque de Voldemort a Hogsmeade. La criatura yacía medio muerta en la calle. Harry no estaba mejor, los mortífagos le dieron una sesión de maldiciones. Un corte en el muslo hacía correr su sangre. Las baldosas olían a una tarde soleada. La compasión de Harry descontroló su energía, curó al elfo con el primer arranque de magia sin varita. Dobby permaneció con Harry hasta que la orden los encontró; se convirtió en su guardián. Dumbledore le dio empleo en Hogwarts, aunque su principal ocupación era cuidar de Harry.

—Dobby cree que el Amo bonito se confunde —dijo en voz baja—. Los sueños quieren ayudarle. Si tuvimos miedo a la noche, nos parece que todas las noches son malas.

El uniforme de Harry apareció en la cama. Los zapatos lo hicieron en el suelo.

—Amo bonito, —continuó—, la obscuridad es parte de la luz, de la misma forma que la vida es parte de la muerte. No hay porque temer.

Con un plop la cama estaba hecha. Harry tenía una bandeja en las piernas con el desayuno.

—Además el Amo bonito no está solo.

Harry tomó el vaso con jugo y se lo llevó a los labios. Le ofreció galletas a Dobby.

—Eso dijo la voz en mi sueño —musitó Harry.

—Yo también lo oí. El mensaje cruza una gran distancia y el Amo bonito lleva mucho tiempo lejos de casa. Es por eso que a veces no entiende bien.

Harry frunció el ceño. ¿A qué casa se refería Dobby? ¿La de sus tíos? ¿La de sus padres adoptivos? Sonrió. Sus conversaciones con el elfo eran interesantes.

—¿Tú escuchas los mensajes?

Dobby asintió. Lo miraba con los ojos plenos de regocijo.

—El Amo bonito escuchará bien cuando sea el momento. Dobby tiene permiso para decirle que si tiene miedo o está en riesgo, llame a su dragón.

Harry frunció el ceño. Si era el dragón de sus sueños, no era buena idea. Repitió en su mente las palabras del elfo.

—Dobby ¿de quién tienes permiso? —inquirió.

—De la gente buena —sonrió la criatura—. ¿El Amo bonito desea otra cosa?

Harry negó. La soledad era una constante en su vida y los sueños no lo defenderían de Voldemort.

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—Ey, aquí.

El mago se apresuró a seguir a su compañero William. Estaban en un callejón cercano al Ministerio de magia. La nieve cubría las calles con su manto impoluto. El mago que habló debía tener unos cuarenta y cinco años, el cabello castaño empezaba a cubrirse de blanco. Por las tardes, al salir del trabajo, se dedicaba a leer libros de huertos en compañía de su gato Henry. El otro hombre, Max, era joven, no pasaba de los treinta años, soltero, recién llegado a la ciudad. William sacó su varita y recitó un occultare. Quedaron escondidos de cualquier mirada curiosa, como si no estuvieran allí.

—¿La trajiste? —inquirió William. Al hablar su aliento formaba una tenue neblina.

Max estaba nervioso. Miró en derredor antes de levantarse las capas de ropa, sacó un pergamino antiquísimo encerrado en una esfera mágica.

—Tenemos que hacer algo, —dijo Max—. Riddle me pidió que le enseñe cada profecía que se declara auténtica.

William frunció el ceño. Su departamento se encargaba de controlar las profecías bajo consigna, algunas tenían miles de años. Observó apesadumbrado el viejo pergamino, estaba en inglés antiguo.

—¿Tienes la traducción?

Max asintió. Sacó otro pergamino y se lo mostró. Tras la primera lectura William enarcó ambas cejas. La sorpresa se reflejaba en su cara.

—Es sobre Harry Potter, —musitó lívido.

William llevaba veinte años trabajando para el Ministerio, y en ese tiempo ningún ministro le pidió que le mostrara las profecías; no tenían derecho. Si una profecía se declaraba cierta, era responsabilidad del departamento descubrir a los involucrados. Una vez encontrados se les mostraba la profecía. Si las cosas que se decían de Riddle eran ciertas, la profecía no saldría del Ministerio. Él no permitiría que Harry tuviera ese poder al alcance de la mano.

—La misma profecía dice que ocultará sus secretos para encontrar a los destinatarios, —suspiró Max.

—Haremos esto, —comenzó William—, es fácil reconocer al rey involucrado. Si decimos que no podemos identificar al adolescente, la profecía saldrá a la luz, será difundida y espero que la suerte se ponga de nuestro lado.

—Roguemos a la Diosa y al Dios que así sea.

William y Max volvieron al Departamento de Verificación y Autentificación de Profecías, en el tercer piso. Max contempló desde su ventana la nieve que caía como pétalos de rosa. La profecía volvió a su esfera. Nadie, ni siquiera ellos, sabrían que fue alterada. Ambos magos se concentraron en el recuerdo del callejón, en las palabras de la profecía que vinculaban al gobernante de una nación mágica y a Harry Potter. Con las varitas en ristre ambos se hechizaron.

—Oblitare —pronunciaron al mismo tiempo y el recuerdo se perdió de sus mentes...

La onda luminosa se mecía en cada rincón. Tocaba cada archivero, cada esfera que se equilibraba en los rincones inverosímiles. Max y William controlaban el proceso con sus magias. El hechizo recorría el departamento, sondeaba las profecías. Buscaba indicios entre lo que describían y el momento que se vivía en la actualidad. Una de las esferas cambió de color. Max la convocó. Ambos hombres miraron el contenido en inglés antiguo, Max era el traductor, sonrió complacido. Leyó en inglés antiguó, murmuró.

—Dos generaciones de niños huérfanos con dobles padres vivos —tradujo la línea donde la magia indicaba el tiempo actual.

El asombró se reflejó en las caras de los dos hombres.

—El gran castillo donde los niños juegan con magia, será una escuela donde los niños serán tratados como adultos.

—Eso podría ser Hogwarts, —dijo William—. ¿No acaba de aprobarse el decreto para hacer los cambios en el plan educativo?

Max asintió. Se ajustó la bufanda alrededor del rostro. Eran dos referencias importantes de la época actual.

—Es una profecía que vincula compañeros de vida —la sonrisa apareció en el rostro de Max—. Tengo una buen idea de quien es uno de ellos, del otro no creo que lo lleguemos a descubrir.

—Habrá que avisar a los periódicos y hacer el papeleo habitual.

—La traduciré —dijo Max. Ambos hombres se pusieron a trabajar.

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Al terminar el desayuno, Harry se recostó en la cama y cerró los ojos. Su rostro reflejaba serenidad. Tras ducharse y ponerse el uniforme, Harry se observó a sí mismo en el espejo del baño. Cerró los ojos y evocó el último recuerdo que le quedaba del matrimonio Malfoy-Black.

—Mi nombre es Narcisa Black —la voz era dulce, delicada, como un arrullo que serenaba a un bebé.

—Hola Harry —dijo él—, yo soy Terrence Malfoy, —la voz grave, masculina, venía de muy alto, él era enorme.

Ella era rubia, de ojos azules. Era una mujer hermosa, dulce. Él era alto, cabellos castaños, ojos verdes, como los suyos. Harry tuvo que echar la cabeza hacía atrás para verlo bien. Era un hombre serio, bien parecido, que le sonrió como si lo conociera desde que era un niño.

Harry recordó lo impresionado que se sintió ante sus padres adoptivos. Rememoró el atisbo de miedo, de inquietud, el temor de no ser lo que ellos esperaban. La manos de ella envolvieron su mano derecha y las de él hicieron lo mismo con su mano izquierda. La calidez del toque hizo latir a prisa el corazón de Harry. Sonrió nervioso. A los catorce años, Harry era aprensivo y su confianza la ganaban pocos.

—Yo soy Harry Potter.

—Deseaba conocerte —dijo él—. Nuestra familia estaba incompleta sin ti.

Harry respiró despacio. Tenía el corazón apretado, una vez hecho el conjuro, no recordaría hasta que la guerra terminara. Ya no recordaba como murieron sus padres adoptivos. Ni lo que sucedió después con él. Sabía que muy malo lo que hizo, en el comedor, o en los pasillos, los alumnos murmuraban a sus espaldas, algunos lo consideraban el siguiente señor oscuro. Harry no sabía por qué. Sabía sí, que dejó ir sus recuerdos para poder derrotar a Voldemort. Tenía una oportunidad entre mil y la furia nublaba su juicio. Harry tocó su cabeza con ambas manos. Evocó el recuerdo y sintió que le dolía el pecho. Pronunció el hechizo.

—Oblitare.

Sintió una ligera desesperanza. Las palabras, las sensaciones, el calor de las manos de sus padres, abandonaron sus memorias. Harry abrió los ojos y se miró al espejo. La energía mágica brillaba alrededor de su cabeza y su pecho con un sutil resplandor. Bajó la mano derecha, extendió los dedos. Le habló a la energía del hechizo.

—No me permitas recordar hasta que Voldemort esté muerto.

Con el olvido la furia y el dolor se marcharon. Harry ya no recordaba los dos años al lado de sus padres adoptivos.

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Hermione Longbottom supo, desde su primer año en Hogwarts, cuando enfrentaron al basilisco, que la guerra exigía sacrificios. En su segundo año, durante el Torneo de los tres magos, en el que Harry se vio envuelto, Hermione pensó que los sacrificios se hacían enormes. Durante cuatro años fue Harry quien sacrificó su integridad, su cordura y lo que le quedaba de infancia por ellos. Cuando le tocó a ella perder a causa de la guerra, odió a Harry. ¿Qué clase de salvador mágico dejaba que Voldemort se convirtiera en Ministro de Magia? ¿Por qué perdió ella lo que amaba? Era una niña de catorce años.

Hermione apoyó la mejilla en la palma izquierda. A su lado Neville charlaba con Ron. Afuera la nieve caía en copos diminutos. Cuando Fudge renunció, Hermione tenía trece años. Entre los candidatos apareció un postulante poco conocido: Un hombre de unos cuarenta años, atractivo y elegante, cabello castaño, ojos azules. Era descendiente de Salazar Slytherin. Su familia eran magos sangre pura conservadores. Su nombre Tom Riddle. Sus discursos fueron incendiarios. Decía lo que muchos sangre pura pensaban. Iba directo a los problemas de la sociedad mágica y no temía proponer soluciones duras. Decía que el mundo mágico estaba en riesgo, que los magos nacidos de muggles, cuyas familias conocían el secreto, vulneraban la seguridad del mundo mágico. Nuestra realidad es tan secreta, decía, como la receta para hacer espagueti.

Riddle quería mantener un secreto real, palpable, sobre el mundo mágico. Sus promesas de campaña eran simples: Los magos nacidos de muggles serían dados en adopción a las familias sangre pura, esto renovaría la sangre de las antiguas familias y no habría diferencias entre los niños por su origen. Los muggles que sabían del mundo mágico perderían sus memorias. Los muggles que vivían entre los magos serían deportados a su propia realidad. Riddle no se preocupó por la oposición de Dumbledore. Voldemort y Tom Riddle eran, ante la sociedad, dos personas diferentes. Tom Riddle era un mago respetable. Voldemort un mago oscuro muerto desde hacía mucho tiempo. La noticia de que Voldemort volvió era un mero rumor y lo decía un chiquillo de trece años ansioso por tener fama, perdido desde hacía tres meses. Dumbledore, y la Orden del Fénix, eran los únicos que conocían la verdadera identidad del mago oscuro.

Riddle estaba preparado para el desprestigió que intentaría Dumbledore, ante cada imprecación mostró una verdad distinta. Riddle estudió en Hogwarts, decía el viejo mago, Riddle tenía pruebas de que estudió en Durmstrang. Dumbledore se opuso, instó a no creerle a Riddle, les dijo quién era, y no lo escucharon. Sin Harry Potter para sustentarlo, y aún con él, era poco probable que le creyeran. Dumbledore era amante de los muggles, la sociedad lo sabía. Su escuela era un ejemplo de conocimientos mestizos. Riddle atacó el plan de estudios de Dumbledore, estudios muggles, maestros de adivinación de dudosa calaña, vacaciones de navidad, ausencia de los ritos de solsticios y equinoccios. ¿Dónde estaban la Diosa y el Dios en Hogwarts? Riddle decía que Hogwarts era más muggle qué mágica. ¿Por qué la mejor escuela de Inglaterra renegaba la espiritualidad de la comunidad mágica? ¿Por qué no le enseñaba a los magos nacidos entre muggles lo que era la sociedad mágica? ¿Se avergonzaba Dumbledore de su cultura?

La victoria de Riddle fue abrumadora. Durante su primer año se dedicó a cambiar las leyes con la aprobación del Wizengamot. Fue así que a los catorce años Hermione Granger perdió a sus padres y se convirtió en Hermione Longbottom. Se prohibió, so pena de muerte, el contacto entre muggles y magos. Dumbledore fue astuto, sabía que no podía ir en contra de las nuevas leyes, lo que sí hizo fue controlar a donde iban sus alumnos de origen muggle. Riddle también cambió las leyes de vestimenta; la influencia muggle se descartó por completo. La Inglaterra mágica se revistió de dignidad y orgullo a los ojos de las Naciones Mágicas.

La batalla emocional que Hermione libraba carecía de importancia. Los Longbottom la trataban bien. Era una hija adorada por sus padres mágicos. El matrimonio Longbottom quiso tener más hijos. Cuando Dumbledore les propuso recibir a Hermione, aceptaron de inmediato. Al lado de una de las familias sangre pura acaudaladas de la sociedad, Hermione se convirtió en una dama. Aprendió los modales de su madre, entendió la sociedad mágica a través de los ojos de su padre. Recibió y dio el cariño que los hijos únicos, como ella y Neville, tenían guardado en el pecho. ¿Por qué entonces se sentía triste? No pudo despedirse de sus padres. Algunas noches no podía dormir y las lágrimas la traicionaban. Pensaba en ellos, sus verdaderos padres que debieron prohibirle ir a Hogwarts.

Al iniciar su quinto año en la escuela, Hermione pidió que el sombrero seleccionador la recolocará, un derecho que ejercieron la mayoría de los nacidos entre muggles. Hermione terminó en Slytherin, donde estaba su hermano. Si bien Neville no tenía nada contra Potter, fue por ella que ambos le hicieron la vida imposible.

Harry apareció tarde y Dumbledore no pudo controlar a la familia que lo adoptó. A Hermione no le importó; lo odiaba. Provocar a Harry, insultarlo, arruinar sus pociones, borrar sus trabajos, era la única forma en que el dolor de la pérdida escapaba como rabia furiosa. Que Harry resistiera sus ataques con gesto serio, sin devolverlos, la enfurecía. El ataque que Harry recibió en quinto año a manos de su “enemigo imaginario”, alegró a Hermione. La muerte de Harry la haría feliz por el resto de su vida.

¿Por qué le causó pesar que murieran los padres de Harry? Al igual que los otros nacidos entre muggles, Harry pasaba las noches y los fines de semana con su nueva familia. Durante los dos años que pasaron desde que fueron adoptados, Harry se veía feliz, contento. En septiembre, los mortífagos atacaron a la familia adoptiva de Harry. Sus padres lo defendieron con sus vidas. El dolor que embargó a Harry fue inmenso, ella lo sabía con verle los ojos secos, de los que no salió una lágrima, Harry no lloró en el funeral, ni en el entierro. Ella suponía que no lloró en ningún momento.

—Es una pena lo que pasó, —dijo el padre de Hermione—. Los Malfoy Black querían un hijo y Harry parecía contento con ellos.

Fue esa frase la que sacó a Hermione de su batalla de odio. Sabía que a Harry lo criaron sus tíos. En sus primeros años en la escuela ella extrañaba a sus padres, hablaba de ellos. Harry no hablaba de su familia. Sus narraciones de las vacaciones eran vagas, apenas una frase o dos en toda una conversación. Al ser adoptados Harry cambió. Fue una transformación gradual que ella notó en la sinceridad de su sonrisa, en las conversaciones que tenían Harry y Ron durante las clases. A ella no debería importarle lo que le pasaba a Harry. El chico tenía la misma edad que ella. ¿Por qué un adolescente debía rescatar al mundo mágico? ¿No era Dumbledore un mago poderoso? ¿No estaba la Orden del Fénix integrada por magos adultos que conocían de sobra sus capacidades? ¿Por qué Harry tenía que enfrentar a Voldemort? ¿Por qué perdió dos veces a sus padres? ¿Era un plan de Voldemort? Dejó que Harry conociera el amor de una familia y se lo arrebató.

Hermione sabía lo que fue la vida de Harry antes de ser adoptado. La desesperación de buscar hechizos defensivos en los libros de la biblioteca. El miedo que Harry no expresaba de morir en manos de Voldemort. Las sonrisas cálidas que Harry tenía a mano en cada momento, su buen humor, las bromas que ocultaban su dolor de ojos ajenos. Hermione aprendió a conocerlo bien, podía decir cuando él estaba asustado o sentía que no tenía a nadie. Ella lo abrazaba hasta que Harry se relajaba.

Hermione Granger Longbottom abandonó a Harry Potter a su suerte. Lo culpó de su propio dolor sin ver que él estaba en la misma situación, y, tras la muerte de sus padres, en una peor. Ella tenía una familia que la amaba, aunque no fueran sus padres muggles. Harry estaba de nuevo solo y a ella le dolía el corazón por él. Harry no le reprochó ni una vez su abandono. Hermione lo conocía lo suficiente para saber que él se culparía por el sufrimiento de ella y por la muerte de sus padres.

Hermione volvió la mirada al interior. Hacía un frío terrible. Ron y ella no eran novios. Sus padres le pidieron que se tomara las cosas con calma. Era joven para el amor.

—Ron, ¿cómo está Harry?

Sus palabras acallaron la conversación. Ron frunció el ceño. Al dejar Mione en claro sus nuevos sentimientos por Harry, ellos no volvieron a hablar de ella. Ron comprendió que a Harry le dolía demasiado. Hermione fue muy lejos con su batalla, llegó a contar los secretos que Harry no les dijo, los miedos que a veces dejaba entrever sin afirmar nada. Cuando Slytherin coreaba: Harry tiene miedo a morir, o el niño que vivió sueña con Voldemort, Ron quería matarla.

—¿Qué planeas ahora? —la voz de Ron sonaba colérica—. ¡No fue su culpa! ¡Tenía catorce años! Y se pasó la mayor parte de ese año en el cuarto piso de San Mungo. ¿Por qué no puedes dejarlo en paz? ¡Acaba de perder a sus padres! ¡Dale un maldito respiro, Hermione!

Ron se levantó furioso. Aunque amaba a Hermione, él era el único amigo de Harry.

—¿Qué pasa Mione?

La voz de Neville la hizo llorar. Estuvo tan dolida que no se dio cuenta de lo que hacía. Se alejó de Harry, lo hirió, lo traicionó y eso no le devolvió a sus padres. Se abrazó a su hermano. Neville le murmuró palabras de consuelo mientras le acariciaba el cabello.

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El ave negra portaba orgullosa la carta atada a su pata. Max levantó el brazo. La lechuza extendió las alas y las plegó de nuevo. Max le dio impulso con su brazo y el ave voló, hizo un círculo alrededor de la azotea nevada del Ministerio de magia. El portal brilló en lo alto del cielo, era un círculo de luz donde el ave se introdujo y ambos desaparecieron.

—Un trabajo bien hecho, —William palmeó la espalda de Max.

Las enormes alas de la lechuza negra creaban sombra en los campos por los que volaba. El día era cálido, luminoso. Sobrevoló las cercanías del palacio. Rodeó las altas murallas que servían de defensa. Pasó por el patio donde entrenaba un nutrido grupo de adolescentes, se ejercitaban desnudos como era la costumbre. Los ojos luminosos estaban llenos de emoción. Las pieles blancas lucían bronceadas por el ejercicio al aire libre. Los cabellos, rubios en su mayoría, formaban una interesante mezcla. El ave abrió el pico y anunció su presencia.

—¡Es la lechuza del rey! —dijo uno de los muchachos.

Los adolescentes corrieron bajo la sombra de la lechuza hasta que agitó las alas y se dirigió al interior del palacio. Cruzó las estancias de piedra, su sombra rozó los rombos y las imágenes en los suelos creados con guijas de rio. Voló entre las altas columnas que sostenían los techos. Su sombra acarició los murales en los suelos, pasó por encima de los triclinios y se dirigió a las habitaciones del rey. Había que ser un ave para ubicarse con tanta certeza en el enorme palacio.

La lechuza se detuvo en la percha que estaba en las habitaciones reales. El hombre sentado en el escritorio del rey levantó los ojos. Era un hombre apuesto, de unos treinta y cinco años, ojos negros, cabello obscuro que le llegaba a los hombros. Masculino y arrogante en cada fibra de su cuerpo. Llevaba el torso descubierto, en la cintura una falda de lino blanca con figuras geométricas en hilos rojos y sandalias ligeras. Era un hombre orgulloso de su cuna y de su valor. Fiel al rey con la misma decisión con que la sangre corría por sus venas.

—Carta del ministerio inglés, —dijo.

Desde que el Ministerio de magia inglés los contactara, hacía una semana, su rey estaba inmerso en planes y disposiciones para viajar. Dos de sus cuatro generales lo acompañarían a Inglaterra.

—Severus, léeme la carta.

La voz del rey se escuchó lejana. Los acompañantes lo ayudaban a calzarse la armadura en otra habitación.

Severus miró la carta en la pata de la lechuza, la desató y desenrolló el pergamino.

—Su majestad podrá consultar la profecía en el Departamento de Verificación y Autentificación de Profecías.

La carta explicaba el protocolo, solo los involucrados tendrían acceso a la profecía. Como el compañero no fue descubierto, él tendría que decidir que parte de la profecía se utilizaría para encontrarlo y cual permanecería oculta, para descartar a los candidatos que se presentaran. Hogwarts sería el lugar donde podría convivir con los adolescentes, durante las vacaciones de invierno.

—Tú casado con un adolescente, —bufó Severus—. ¿Quién lo diría?

La risa del rey le llegó desde la otra habitación. Por los ruidos que se escuchaban, los acompañantes tenían problemas con la armadura. Eran nuevos, recién integrados al servicio de su majestad. Les costaría un rato aprender a hacer las cosas al gusto del rey.

—Dile a Sirius —dijo el rey—, que se haga cargo de los boletos de avión. Viajaremos al estilo muggle.

Severus le dio a la lechuza una golosina. El ave agitó las alas y comió con una elegancia digna de su amo. Severus hizo un gesto de aprobación.

—¿Te parece seguro? —preguntó Severus.

—Quiero viajar de incognito, si voy Inglaterra es por la profecía. La situación no es buena, quiero que nos informemos antes de aparecer en el ministerio. Inglaterra prohibió el contacto entre muggles y magos, quiero saber cuántos colmillos tiene el lobo antes de meterme en su hocico.

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Albus Dumbledore contemplaba los copos de nieve en su viaje por el aire. Tenía en la boca un caramelo de limón con un toque de licor, perfecto para los directores ocupados. Pasaba el caramelo de un lado de la boca al otro. En otros tiempos contempló a Hogwarts como su mayor logro en la vida. Albus soñó con un paraíso neutral donde los magos sangre pura dejaran atrás las exigencias de su sangre. Donde los nacidos entre muggles se adentraran sin presiones en el complicado mundo mágico. Un lugar sin religión, sin prejuicios, sin padres ni familias, donde los alumnos pudieran ser ellos mismos.

Siendo hijo primogénito de su familia, Albus conocía la presión que la sociedad mágica ponía sobre los herederos sangre pura. La corrección, los altos estándares en magia, comportamiento y espiritualidad. Para conseguir semejantes logros se les educaba desde pequeños con tutores particulares. No era extraño que antes de los diez años la mayor parte de sus rutinas fueran estudios y responsabilidades, era, en cierta forma, como crecer sin infancia. Cuando Albus fue elegido como Director de Hogwarts decidió que no habría niños adultos en su escuela. Los magos sangre pura, y los magos nacidos entre muggles, tendrían en Hogwarts un refugio para ser felices por seis años. El lugar ideal para convertirse en niños si no lo eran o para disfrutar con renovados bríos los últimos años de su infancia.

Por el camino le agregó a su sueño algunos cachivaches. Estudios muggles era una tontería para que los sangre pura pudieran trastear con cosas muggles. Dumbledore sabía que no tendrían esa oportunidad en otro momento. Estudios de la sociedad mágica fue desde un principio demasiado compleja y prefirió eliminarla. No había forma sencilla de explicarles a los pequeños cómo era el mundo mágico, así que eligió dejarlos en la ignorancia. Los magos no alcanzaban la mayoría de edad hasta los veintidós años, para esa edad tendrían, por experiencia, conocimientos de la sociedad donde vivían. Adivinación tenía a la peor profesora de la historia, la intuición requería una madurez emocional que los alumnos no tenían. Runas exigía un mayor compromiso que adivinación, una madurez que no se alcanzaba antes de los treinta, y algunas veces hasta los cincuenta, así que decidió omitir el significado mágico y concentrarse en su uso como alfabeto. Lo que Hogwarts le daba a sus alumnos era el primer control de su magia. Tendrían que trabajar mucho para ser magos poderosos y responsables. No había razón para tomarse en serio cosas espirituales a una edad temprana. Lo que Hogwarts si tenía para ofrecerle a sus alumnos era la diversidad, la amistad y la solidaridad. Aderezado el conjunto con uniformes coloridos y una sana dosis de competencia.

No pensó que su campo de juegos le sería arrebatado por Voldemort. Desde que se postuló para Ministro de Magia, vio venir la tormenta. La política era un juego complejo, la mentira y la desfachatez, eran las mejores armas de los jugadores. Voldemort tenía cualidades de sobra para ser político. Dumbledore se equivocó con él. No previó que las ambiciones del hombre lo llevaran a encumbrarse como Ministro de magia. Tras dos años en el poder, era obvio que buscaba otra cosa. No era fácil predecir qué haría, a dónde lo llevaría la ambición y los contactos. Dumbledore sabía que Voldemort quería poder, un control absoluto sobre Inglaterra.

Dumbledore tomó el pergamino que dejó en el escritorio. Era un edicto firmado por el Wizengamot al completo. Indicaba las modificaciones a Hogwarts que debían hacerse para el nuevo ciclo escolar. Algunos profesores serían sustituidos el próximo mes. Los solsticios y equinoccios deberían celebrarse desde enero. Albus tomó asiento frente a la ventana. Su Hogwarts se le derrumbaba en las manos.

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Anaïs Granger dejó el bolso en la mesa de la cocina. Se soltó el cabello rojizo. Se quitó los aretes y los mantuvo en la mano derecha mientras subía las escaleras. Observó, desde el espejo de su tocador, la tarde nevada que se colaba por las cortinas abiertas. Se paró de puntitas y abrió una ventana. La tarde olía a nieve y viento. Cerró la ventana. Se puso un pantalón cálido y una bufanda larga. Miró de soslayo un porta retratos donde, en otra época, hubo una foto de Hermione. La fotografía era de su boda.

Sonrió satisfecha y contenta. Bajó a la cocina, se calentó un cuenco de estofado y comió de pie. Dejó la mesa puesta, para cuando Jack volviera del trabajo. Preparó té. Su cara no reflejaba ningún sentimiento. Se sirvió una taza de té. La sorprendió el sabor intenso del limón y la dulzura del azúcar. Se sintió mejor con ella misma; eran las pequeñas cosas, los detalles, sus favoritos para darse valor.

Se puso los lentes anti reflejantes y se sentó ante la computadora. Abrió el explorador y escribió el nombre del foro. Era una página discreta, el nombre de Hogwarts estaba en la dirección web. La página se abrió, la cabecera decía lo siguiente:

Si crees que tenías un hijo que era mago o bruja, que estudiaba en lugar distante. Si era algo parecido a Hogwarts. Si tienes un hijo y sientes que ese no es tu hijo, quizá tengas razón.

Uno de los mensajes, que se reflotaba una y otra vez, lo abrió ella misma. Decía:

Mensaje urgente de Hermione
Hermione, mi hija de catorce años, me envió esta tarde un correo electrónico. Riddle, el ministro de magia, el mismísimo Voldemort, conseguirá mañana la aprobación del Wizengamot (el consejo de magos) para arrebatarnos a nuestros hijos. Es momento de poner nuestros planes en acción.

Anaïs se alisó el pantalón. Pensar en su hija le despertaba un dolor intenso. Su inteligente Hermione previó que Voldemort ganaría las elecciones y así fue. Anaïs recordaba un correo electrónico donde Hermione le escribió: Él le dice a los magos lo que quieren escuchar, mamá. Estoy segura que conseguirá lo que se propone.

Las leyes para arrebatarles a sus hijos se aprobaron en noviembre, dos años atrás. Veinticuatro meses en que Anaïs no veía a su niña, no sabía de ella. Los aurores encargados de borrar sus memorias ni siquiera comprobaron que fueran muggles. Como Hermione lo previó, la poción no les hizo efecto. Anaïs y su marido eran squibs. Pasó lo mismo con otros padres.

Los Granger esperaron ansiosos a que se pasara el mes en que no se comunicarían a través del foro. Hermione conocía bien a los magos y su cultura. Alguien como Voldemort, y la mayoría de los magos, no conocían los adelantos muggles. La computadora y el internet serían sus armas.

Los aurores se llevaron las fotos de Hermione, transformaron las cosas de su habitación en una sala de estar. Borraron a su hija con la eficacia de una aspiradora. Al marcharse los aurores, Jack y Anaïs fingieron ser un matrimonio sin hijos. Para algunos padres fue peor, se despertaron con un niño muggle que ocupaba el lugar de su hijo o hija. Transcurrido el primer mes Anaïs se rencontró con seis padres de casi treinta. No importaba cuan poderoso fuera el hechizo, el amor por sus hijos era el antídoto. En días, semanas o meses, durante el primer año, cada padre recordó a su hijo.

Desde el último correo de Hermione, no hubo comunicación. Anaïs sabía que Voldemort intentaría aprobar leyes que castigaran con la muerte el contacto entre muggles y magos. Suponía que su hija fue dada en adopción a una familia de magos.

Un mensaje brillaba solitario bajo la cabecera del foro: Los padres no olvidamos.

Antes de ser hechizados, Anaïs contactó a cada padre muggle de un niño en Hogwarts. Los puso sobre aviso y convirtieron el foro en su trinchera. Lo peor vino en septiembre del año pasado: los aurores se llevaron a los niños magos de once años. Anaïs suponía que fue Dumbledore quien le hizo llegar los nombres y direcciones de los niños substraídos. Esos padres recordaron. Poco a poco el foro se llenaba de dolor, de lágrimas. ¿Cómo podían creer los magos que ellos olvidarían a sus hijos?

Fue ese año, por junio, cuando la resistencia entre los magos los encontró. Saber que entre los magos había quien repudiaba esa crueldad, les dio esperanza. Su contacto en el mundo mágico, Mago-indignado, se comunicaba una vez al mes. Les decía con qué familias fueron los nacidos entre muggles, les ponía fotografías, una por chico, tomadas de infraganti. Mago-indignado les hablaba de las leyes aprobadas; por el momento no podían devolverles a sus hijos. Después de las primeras fotografías Anaïs accedió a reunirse con los padres del foro. El llanto, el sufrimiento enraizado entre el corazón y el alma, fue imposible de contener. Algún día, se juró, aquello no pasaría. Un día ella recuperaría a Hermione.

Anaïs miraba la pantalla. Sus pensamientos la llevaron lejos. Abrió los mensajes nuevos. Con manos temblorosas clicó el último mensaje de Mago-indignado:

Hermione Longbottom. Harry James Malfoy-Black. Generaciones de sexto año Hogwarts.

“Como un recuerdo de su último año en Hogwarts, Henry Ayrton, reconocido fotógrafo, visitó a principios del año escolar la famosa escuela de magia y hechicería. Algunas familias prominentes de la sociedad aprovecharon la estancia del fotógrafo para hacerse retratos de familia”.

Dos de estas familias adoptaron a niños nacidos entre muggles. Los Malfoy-Black adoptaron a Harry James Potter. Los Longbottom a Hermione Granger. Se sabe que ambos chicos son bien tratados por sus familias adoptivas y reconocidos como si fueran hijos naturales. En el caso de Harry, sus padres adoptivos murieron dos meses después de tomar estas fotografías. Harry James Malfoy-Black es el heredero de ambas familias. Ejerció su derecho para escoger un tutor. Se encuentra bajo el cuidado de Albus Dumbledore. Se cree que los Malfoy-Black murieron en un ataque de mortífagos. Harry, que estaba con sus padres adoptivos en el momento del ataque, no sufrió daños físicos. Los Malfoy-Black lo defendieron con su vida.

A Hermione Longbottom se le ve con frecuencia en fiestas y reuniones de la alta sociedad, acompañada por sus padres adoptivos y su hermano Neville. Por la vida pública que llevan ambos menores, (en el caso de Harry antes de la muerte de sus padres), es que adjuntamos varias fotografías. Las fotografías son del diario El profeta.

Las fotografías escolares del sexto año en Hogwarts fueron tomadas de la edición vespertina del Profeta, viernes 25 de septimbre.

Anaïs se cubrió la boca con una mano. Algo a medio camino entre el llanto y la risa escapó de sus labios. Con cuidado bajó el cursor. Las primeras fotografías eran de Harry, el amigo de Hermione. Anaïs contactó a sus tíos y lo que le dijeron no merecía ser recordado. En honor de Harry miró sus fotografías. Eran tres imágenes. La mujer era de una belleza extraordinaria, alta y rubia. El hombre era más alto que ella, de cabello castaño, su porte era elegante y formal, un hombre atractivo que debería tener su edad. En la primera fotografía Harry estaba sentado en medio de sus padres adoptivos. Harry aún era delgado y un poco bajo para su edad. Las sonrisas de los tres eran reservadas, enigmáticas. Había en los adultos una natural presunción, la seguridad de quien nació para mandar, de quien sabe cuál es su lugar en el mundo. En Harry se notaba la timidez, su sonrisa era afectuosa, cálida. Cissa Black, decía la fotografía, heredera única de la antiquísima Dinastía Black. Terrence Malfoy, cabeza de una de las familias antiguas y respetables de nuestra sociedad. Harry James Malfoy-Black, hijo único. En la segunda fotografía Harry y Cissa estaban sentados en una banca de piedra, la mano de Cissa sobre la de Harry. Sus rostros eran serios, sus miradas hablaban de afecto. En una tercera, Harry estaba de pie, frente a Terrence que mantenía una mano en el hombro de su hijo. Terrence miraba a Harry con orgullo.

Anaïs sintió que se le humedecía el rostro antes de ver las fotografías de Hermione. Harry se veía como un atractivo joven y no como el chiquillo que conoció a través de Hermione. ¿Así se vería Hermione? Las fotografías de su hija aparecieron. La primera fotografía era de la familia Longbottom. Sentados en sillas rojas un hombre y una mujer que debían estar en los cuarenta años. Elegantes, sobrios y altivos. Atrás Hermione y un chico de su edad miraban serios a la cámara. En el espacio que quedaba entre las sillas se veían las manos enlazadas de los chicos. ¡Hermione estaba enorme! Era una jovencita hermosa. Anaïs sollozó dolida. ¡Su hija, su adorada Hermione!

La segunda fotografía era de Hermione y su hermano, vestidos con el uniforme de Slytherin. Así que la seleccionaron de nuevo. Cuando vivía con ellos terminó en Gryffindor, ahora, con los Longbottom, era una Slytherin. En la última fotografía Hermione sostenía un libro, miraba la cámara y sonreía. Había otras cuatro fotografías. Una por cada casa de Hogwarts. Ron y Harry en Gryffindor, Hermione y su hermano en Slytherin. Debajo de cada foto estaban los nombres de los magos nacidos entre muggles. Anaïs llamó a su marido, tenía que compartirlo con él.

—Hay fotos de Hermione en el foro —sollozó al teléfono.

Ambos padres miraron una y otra vez las fotos de su niña, de su Hermione. Se abrazaron con los corazones rotos y lloraron por la hija que el mundo mágico les arrebató.

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El auditorio estaba hechizado. Desde fuera parecía un lugar pequeño, por dentro rebosaba de magos, vestían el uniforme de las tropas aliadas. Guerrera verde con cuatro bolsillos al frente. Cuellos, puños, botones y las solapas de los bolsillos en tono negro. Pantalones negros con cintillas verdes y botas de cuero completaban el uniforme. Llevaban la varita en el antebrazo, en un estuche especial para tenerla disponible a brevedad. El arma de las tropas a pie era la espada, alabardas para la caballeriza y arqueros para los carros. Todavía se apreciaba el ardor de la batalla en las tropas. Esa tarde sacudieron al mundo. Se sentían como los hombres que les enseñan lecciones a sus tontos hermanos menores.

El estrado, un largo corredor de madera, permanecía vacío. Esperaban a Voldemort. El éxito del primer ataque le correspondía a su líder, querían verlo, escuchar sus palabras, sentir el orgullo de hacer algo por su mundo.

Voldemort quería ver a sus tropas. Sentir el fuego que emanaba de ellos, ver el brillo iracundo que bautizaba sus ojos. Los magos bajo su mando cambiaban el mundo. Se necesitaba mucho valor para desafiar a tu propia sociedad y ellos lo poseían. Voldemort tenía cuarenta años. Usaba el cabello corto. Sus ojos de un azul mar tenían una fiereza profunda. Era un hombre bien parecido, el orgullo y la fuerza se leían en sus rasgos. Su apostura era la de un guerrero que sabía ciertas sus palabras y justas sus causas. Se aplicó un hechizo de altavoz en la garganta, y uno de traducción simultánea. Cada soldado lo escucharía hablar en su propio idioma. Voldemort caminó por el estrado. Las tropas rugieron su emoción. Esperó hasta que el silencio se impuso.

—Desde el inició de este mundo los muggles son un problema, —las tropas estuvieron de acuerdo—. Los magos no sabíamos qué hacer con ellos. Intentamos convivir, compartir la casa que la Madre creó para ambos. Los magos pensábamos en el bienestar común. Los muggles en cambio empezaron a demostrar de qué estaban hechos. Pronto fue claro que no podíamos vivir en armonía. Ellos envidiaban nuestros dones, nuestra posición, mas no querían la responsabilidad. La solución de los magos antiguos fue dividir nuestra realidad: Una realidad para los muggles y una realidad mágica para nosotros. Lo antiguos creían que magos y muggles se unirían al estar listos.

Nuestra realidad está escindida, sin embargo este mundo es uno. Basta mirar ambas realidades para saber quiénes son los verdaderos hijos de la Madre y quiénes sus enemigos. Las Naciones Mágicas siguen intactas. Allí está Babilonia con sus jardines colgantes. Allí está la Rusia imperial. Tenochtitlan sigue en un lago de aguas cristalinas.

Ahora pensemos en la realidad muggle. ¡En apenas cientos de años ellos arruinaron la belleza de la tierra, la ensuciaron, la destruyeron! ¡Devastaron sus bosques, aniquilaron a los animales, contaminaron las ciudades que crearon! Se explotan los unos a los otros, venden como mercancías a sus mujeres, a sus niñas y niños, mientras fingen una moralidad escandalosa de lo falsa que es. Los muggles consumen los recursos de la tierra ¡y no les bastan! Se encaminan hacia la destrucción ¡y no les importa! Su única preocupación es consumir cosas que no necesitan. Ahora juegan a ser dioses, modifican genéticamente sus alimentos, envenenan sus cultivos porque la diversidad de la Madre les molesta, les cuesta dinero. No les interesan las consecuencias, ni les importa que se matarán por propia mano. ¡El desastre los cerca cada día y no cambian!

A mí me han tachado de ser un hombre cruel, al lado de los muggles soy un inocente cordero. Ellos inventan nuevas formas de brutalidad cada día. Violencia hacía el mundo que los creo, hacía los animales, hacia ellos mismos. Muchos me dicen que esperemos, que ellos mismos se destruirán. ¡Yo digo que ya tuvimos suficiente de los muggles! ¡El día que ellos mueran la Madre no podrá recuperarse! ¡Es momento de actuar! Los magos que se hacen llamar Hijos de la Tierra dicen que no podemos vivir sin los muggles. Yo tengo una idea distinta: ¡no podemos vivir con los muggles!

Las tropas repitieron la frase en su propio idioma, atronadoras, como los rayos de una tormenta, se alzaron las voces.

—¡No podemos vivir con los muggles!

—Si mañana intentamos unir las dos realidades, —continúo Voldemort—, ¿saben lo que pasará? Nuestra realidad se contaminará, se verá afectada por los desastres de los muggles. Podemos sanar esa realidad, pero no lo haré por ellos. ¡No se lo merecen! ¡Es momento de que los muggles mueran! ¡Ese es el castigo justo a sus crimines contra la Madre!

—¡Muerte a los muggles! —se escuchó el clamor entre los soldados—.¡Muerte a los muggles!

Voldemort pidió silencio.

—Atacamos Estados Unidos por una razón. ¡Allí se encuentran los peores criminales contra la Madre! ¡Hoy están en nuestras manos! ¡Traigan a los prisioneros!

Hombre y mujeres fueron llevados por los magos. Estaban atados de manos y tobillos con cuerdas. Algunos lloraban, habían escuchado el mensaje de Voldemort y aunque no entendieran la palabra muggle, les quedó claro quiénes eran ellos y quienes los otros en el discurso del militar.

—¡Estos bastardos se enorgullecen de lo que hicieron! ¡Y por ello morirán hoy! ¡Este es el comienzo de nuestra guerra! ¡Liberaremos a la Madre de la escoria muggle!

Los prisioneros fueron obligados a arrodillarse con la frente en el piso. Soldados con espadas se acercaron a cada prisionero. Con un movimiento de la mano, Voldemort indicó el momento. Las cabezas rodaron por el estrado.

—¡Muerte a los muggles! ¡Muerte a los muggles! ¡Muerte a los muggles!

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Alda cerró tras de sí la puerta de la cabaña. Su largo cabello negro estaba sujeto por la cofia y libre sobre su espalda. Encima del pesado vestido de lana, llevaba un delantal blanco. Saludó a su vecino que volvía con el rebaño de ovejas. El hombre hizo un gesto tocándose el sombrero. En los marcos de las ventanas y en las entradas de las casas había velas que se encenderían al caer la noche. Las manzanas esperaban en las calles, en los pórticos y los caminos, para los espíritus que no tenían quien los echara de menos. Faltaba poco para el ocaso. Esa noche se celebraba Samhain, el solsticio de invierno. Era una noche mágica, el velo entre los mundos desaparecía; el mismo tiempo se difuminaba en la segunda noche mágica del año.

Una vez fuera del pueblo, Alda se dirigió al bosque. Durante la noche de Samhain el portal al mundo de los muertos se abría. Los muertos volvían a visitar a sus familiares, se ponían sillas de más alrededor de las mesas y se preparaba abundante comida. Los vivos podían cruzar entre los mundos. Se decía que las hadas tomaban maridos humanos en la víspera de Samhain. Sus grutas estaban abiertas para los mortales osados que quisieran conocer el Otro mundo. Eran pocos los que se atrevían a adentrarse en el territorio de las hadas. Decían que sus palacios eran hermosos y sus riquezas inmensas. Del mismo tamaño que el terror y el respeto que inspiraban.

Era una buena noche para la adivinación, la comunicación con los fallecidos, los hechizos de protección y prosperidad. Alda quería echar un vistazo a su futuro; quería saber si aquel pastor de ojos azules, o quizá el campesino de sonrisa abierta, le pedirían matrimonio. Distraída con sus pensamientos, notó la tela de araña que cubría el camino hasta que se dio de bruces contra ella. Alda luchó para salir de la red rompiéndola con su cuerpo.

—Por la Diosa, ¿cuántas arañas de necesitan para tejer una red de ese tamaño?

Alda siguió su camino sin darse cuenta que acababa de atravesar el velo entre los mundos. Se sentó frente al lago, sacó la vela de su delantal. Puso la vela en la tierra, sopló para encenderla. Cerró los ojos y se concentró. Un chapoteo en el agua la hizo abrir los ojos. Miró alrededor y se sintió atemorizada. Por encima del lago había un hombre.

Alda se puso en pie asombrada. No podía distinguir el rostro de la visión, ni el color de su cabello. El cuerpo del hombre era un resplandor, en su cara no había rasgo alguno. Observó en la cabeza del hombre una corona y en su mano derecha una espada. El hombre movió el brazo izquierdo y ante él aparecieron cinco dragones. Las bestias tenían los colores de los cinco elementos: agua, tierra, viento, fuego y espíritu. Bebían agua y se quedaban dormidos. Los dragones estaban dentro de una tumba, fueron cubiertos con tierra aunque sus pechos subían y bajaban. Sobre la tumba de los dragones se construyó una ciudad.

El hombre soltó la espada. Alda siguió el recorrido del aceró. Otra mano tomó la espada. El hombre tenía el cabello largo hasta los hombros, alborotado y rubio. Su ojo derecho era gris y el izquierdo marrón. Vestía una armadura carmesí. Los enemigos vinieron tras él. Les respondió con magia y espada. De cada batalla el hombre salió invicto.

Aún con la armadura carmesí, el hombre continuó en su guerra. Hubo un gran cambio, ya no atacaba con magia. Peleaba con la espada, como un muggle. Su ejército entero dejó la magia atrás, y de nuevo no perdió ninguna batalla.

El rey invicto se alzó sobre el lago y se unió a la figura luminosa de su descendiente. El hombre sostenía de nuevo la espada. Debajo de él aparecieron otras figuras en tonos grises, cada uno estaba coronado. Sobre ellos mandaba el hombre de luz.

Otra figura apareció sobre el agua, en el extremo contrario. La figura de un muchachito vestido de rojo y dorado. Su cuerpo estaba hecho de oscuridad. El muchacho junto las palmas y al abrirlas dos reyes de madera aparecieron sobre el lago y comenzaron una batalla. Uno era oscuro y el otro luminoso. Detrás de ellos se encendieron hogueras. Con el triunfo del rey de luz se inició un nuevo amanecer. En la cabeza del muchacho brilló una tiara de sol y agua. Sobre el lago aparecieron un rey y una reina. Sus orejas eran puntiagudas, el tono de sus cabellos y sus ojos tenían un brillo irreal. En sus espaldas se adivinaban alas. Los reyes cargaban un bebé. Un hombre dorado con cabeza de ciervo y una mujer plateada, con la luna en cuarto creciente en la frente, cargaban al bebé, reían con él. Alda reconoció a los dioses del verano, la Dama del maíz y el Señor de la cosecha. El bebé volvía con sus padres. La pareja observaba a otra a través de una ventana. Aquellas gentes eran diferentes, sus ropas, sus cabellos, lo que se veía de la habitación. Alda tuvo el insistente presentimiento de que veía una escena de un futuro lejano. La otra pareja tenía un niño que se parecía al suyo. Cuando el bebé dormía los reyes cambiaban un niño por otro.

La oscuridad se cernió sobre el niño y su nueva familia. Un ser hecho de la negra noche se alzó inmisericorde. En la mano derecha sostenía una vara pequeña. Un rayo verde salía de la vara y mataba a la madre, luego al padre. El corazón de Alda se apretó al saber que el bebé era el siguiente. El rayo lo golpeó y se devolvió al ser obscuro que se diluyó en agonía. El bebé lloró, en su frente brilló la figura de un rayo. El muchacho pasó una mano por su frente, levantó el cabello y la figura del rayo brilló en su piel.

Alda observó la batalla entre los dos reyes de madera repetirse dieciséis veces. Bajo el adolescente aparecieron otras figuras. Niños tomados de las manos de los padres. Manos oscuras separaban a los niños de sus padres y se los entregaban a nuevas parejas. Detrás de las nuevas familias, los padres del pasado se abrazaban inconsolables. Vio un castillo donde jugaban los niños, corrían como chiquillos con sus diversiones de luz hasta que una figura obscura robaba su felicidad y los convertía en adultos pequeños.

El ser obscuro volvía del pasado y atacaba al muchacho. Seres hechos de noche lo atacaban y él se defendía con magia. Alda observó con el corazón apretujado la lucha del jovencito. Él estaba solo y los oscuros eran tantos. Cuando parecía que no había esperanza, un dragón cruzó el cielo y defendió al muchacho. Un Dios de mar velaba por el chico sin que él lo supiera.

El rey luminoso y el príncipe oscuro atravesaron el lago. El rey atrapó entre sus brazos al muchacho. Por la forma en que el chico escondió su rostro en el pecho del rey, Alda supo que se necesitaban. Observó los hilos del destino que se unían entre ellos. El rey le mostró las manos enlazadas. Un matrimonio, se dijo ella.

La oscuridad los rodeó a ambos, el rey protegió al chico con su cuerpo. La espada estaba de nuevo en sus manos. La obscuridad salió del interior del chico, cuerpos formados de sombras lo atrapaban, tiraban de él y el muchacho se cubría la cara. No podía escapar. El rey mantuvo al adolescente contra su pecho, empapado en la luz de su propio corazón.

Las imágenes se desvanecieron. Alda miró alrededor. El amanecer extendía sus labios en un nuevo día. Hacía rato que su vela se consumió. Inició el camino de regreso, donde estaba la tela de araña ahora se extendía una barrera luminosa. Alda se preguntó dónde estaba. Detrás de ella apareció una mujer hermosa. Sin dejarse engañar, Alda supo que la mujer no era humana. Su cabello y sus ojos brillaban luminosos bajo los primeros rayos de sol. Su vestido tenía el color del atardecer.

—Alda, —la llamó la mujer—, lo que viste esta noche es sobre un hijo de nuestro pueblo. Él nacerá dentro de miles de años, su nombre será Harry Potter. Escribe lo que viste, Alda. Nuestro hijo y su pareja deben encontrarse y será por tu profecía que esto pasará.

Alda bajó la mirada, inquieta por el miedo ancestral que fluía en su sangre. Era hija de su pueblo, no podía ser de otra manera.

—La oscuridad será grande en esos tiempos y tu profecía será tan clara que la mitad de sus palabras serán escondidas. ¿Lo escribirás, Alda?

El tono de las palabras tuvo el efecto deseado. Alda se dio cuenta de que la mujer le hacía una petición. Cruzó el velo entre los mundos sin darse cuenta, al volver a su mundo se llevaría una verdad que llegaría al futuro y cambiaría los destinos de dos hombres. Su palabra era lo único que deseaba la mujer.

—Lo haré, —prometió.

La mujer sonrió. Una puerta luminosa se dibujó en el velo y se abrió. Alda cruzó agradecida por volver a su mundo.

—En respuesta a tu pregunta, —escuchó la voz de la mujer—, será el que acompañe a tu padre.

Alda corrió de vuelta al pueblo. Su padre, que la buscó la noche entera, la encontró en medio del bosque.

—¡Hija! ¿Dónde estabas? Por la Diosa, temí que los espíritus te llevarán a su mundo.

Se refugió en los brazos de su padre. El pastor la miraba con ojos rojos por la noche en vela. Estaba contento por encontrarla; sintió que la perdía. Alda cerró los ojos y supo que escribiría lo que vio.