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—¡Feliz cumpleaños, papá!
Harry despertó al sentir que un par de personitas brincaban en su cama, una muy cerca de su mano izquierda y la otra cerca de sus rodillas. Se sentó en la cama, recargando su espalda contra el respaldo de la misma e intentó enfocar la vista, pero sólo logró ver dos siluetas tenuemente definidas con cabelleras rojas.
—Toma— dijo una voz junto a él. Harry miró a su derecha, donde vio otra silueta, pero ésta tenía el pelo oscuro—, tus gafas.
—Gracias, campeón— respondió Harry tomando las gafas que Albus le tendía y colocándoselas sobre el puente de la nariz. Miró a sus tres niños y les sonrió—. Buenos días, pequeños monstruos. ¿Qué hacen despiertos tan temprano?
—Ay, papá— canturreó Lily—, hoy es tu cumpleaños. ¡Siempre nos despertamos temprano en tu cumpleaños!
—Sí, y deberían despertarse temprano y ayudarme con el desayuno todos los días, ¿saben?— dijo una voz más desde la puerta de la habitación.
Los cuatro Potter que se encontraban en la cama voltearon para ver a Ginny, quien en ese momento entraba en la habitación con varios platos llenos de comida, algunos vasos y un par de jarras flotando a su alrededor. Harry le sonrió a su esposa y sin pronunciar palabra alguna, formuló con sus labios las palabras: "esto no es necesario", pero ella sólo le sonrió. Los platos flotaron hasta quedar sobre la cama y Ginny caminó hasta ésta también, sentándose del lado opuesto al de Harry.
—Felicidades, cariño.
—Gracias.
—¡Es hora de los regalos!— exclamó James.
—Primero el desayuno— dijo Ginny con firmeza. James hizo un puchero y emitió sus quejas, diciendo que en ese momento, abrir los regalos era más importante que el desayuno.
—¿Por qué no te damos tus obsequios mientras desayunamos?— sugirió Lily.
—Esa idea me gusta— respondió Harry. Albus y James asintieron, y a Ginny no le quedó más que resignarse—. Bien, entonces...
—¡Primero abre el mío!— dijo Lily extendiéndole un pequeño paquete.
—¡No, el mío!— chilló James agitando una caja de zapatos decorada con un enorme lazo rojo encima—. Te va a gustar más el mío, yo lo sé.
—Tranquilos, niños. Papá abrirá todos los regalos, así que no peleen. James, primero las damas, así que Lily entregará su regalo primero.
Harry rió cuando James murmuró un "no es justo" e inflaba las mejillas de una forma que le pareció bastante cómica, aunque por su propia seguridad no diría eso en voz alta. James se enfadaría si lo hacía y lo que menos quería era ver a su hijo mayor enfadado por una tontería ese día.
—Después de que abras los suyos te doy el mío, papá— dijo Albus estrujando un trozo de pergamino con sus manos.
Harry sonrió. Le enternecía mucho ver a sus niños tan emocionados por su cumpleaños; era como si la fecha les causara más alegría a ellos que a él mismo. No es como si para él su cumpleaños significara demasiado después de todo, pero le alegraba que a sus hijos sí. Ellos se habían encargado de hacerle sentir como si toda la emoción que no pudo sentir durante su infancia se acumulara en los pocos años que sus pequeños se habían encargado de alegrar en su vida.
Tomó una tostada, la untó con un poco de jalea de frambuesa y le dio una mordida; entonces abrió sus regalos. Lily había hecho un león con arcilla mágica, lo cual le permitía moverse un poco. Al principio Harry pensó que era una especie de perro, pero su hija le había hecho ver, muy educadamente, que ella sí sabía modelar la arcilla y que eran sus gafas las que necesitaban una revisión porque eso era un león, no un perro.
La caja que James le entregó estaba llena con dulces, del mundo muggle y mágico, que, como el pequeño dijo con orgullo, había ido adquiriendo poco a poco durante los paseos que hicieron en los últimos meses, con ellos, con sus abuelos o con sus tíos. Harry sabía que quienes terminarían comiendo todos esos dulces serían sus hijos; él y Ginny no comían tantos dulces después de todo. Pero el regalo se aceptaba.
Albus, por su parte, escribió en un pergamino de casi 40 centímetros de largo una carta en la que lo felicitaba por su cumpleaños y le deseaba muchas cosas buenas para toda su vida, junto con un agradecimiento general por el simple hecho de ser su padre. A Harry se le hizo un nudo en la garganta con eso último. Abrazó a su hijo y después extendió los brazos un poco más para que Lily y James se unieran al abrazo. Ginny sonrió conmovida y Harry le miró, diciéndole con la mirada que también se uniera al abrazo. Ella lo hizo.
—Gracias— murmuró Harry.
—Papá— dijo James—. ¿Podemos dejar de abrazarnos? Es un poco vergonzoso después de casi un minuto.
Todos rieron —Albus le daba la razón en eso a su hermano—, y finalmente se separaron. Ginny le regaló a Harry un poco de ropa, alegando que sus "tácticas de ataque" durante sus misiones, siempre resultaban con su ropa quemada o hecha jirones. Harry tenía que darle razón en eso a su esposa, así que aceptó el regalo de buena gana.
—Ron, Hermione y los niños vendrán a comer— dijo su esposa—. Los demás seguro que se comunican vía flú o por carta.
—De acuerdo. Pero terminemos de desayunar— añadió Harry mirando a los niños—, no todos los días su madre nos deja comer en la cama. ¡Tenemos que aprovechar!
Todos continuaron comiendo entre bromas, risas y uno que otro regaño por parte de Ginny cuando James comenzaba a saltar en la cama y los otros dos niños demostraban tener ganas de imitarle. Después de casi veinte minutos, Albus volvió a hablar:
—Papá, la sala está llena de regalos otra vez.
—¡Sí, sí!— exclamó James levantando los brazos—. ¡Hay montones de regalos y cartas y flores! Pero creo que hay menos que el año pasado— murmuró llevándose la mano derecha al mentón.
—Bien, eso es perfecto— dijo Harry antes de beber un poco más de su zumo de calabaza.
—¿Por qué es perfecto?— preguntó Lily con curiosidad—. ¿No te gusta recibir regalos? ¿Por qué no te gusta? A todos nos gusta recibir regalos. A mí me gusta.
Ginny le sonrió a su hija y la sentó en sus piernas, le besó sonoramente la mejilla, haciéndola reír. Albus y James miraron la escena con curiosidad; a ellos también les intrigaba la reacción que su padre tenía año con año cuando recibía todos esos obsequios y, más aún, cuando llegaba la hora de seleccionarlos y abrir unos cuantos.
—No es que a papá no le guste, cielo— le dijo Ginny a Lily mientras peinaba su cabello con las manos—, pero muchos los envían personas que no conocemos.
—A mí me gustaría recibir tantos regalos como papá en mi cumpleaños— opinó James. Lily y Albus asintieron como si dijeran que a ellos también les gustaría recibir semejante cantidad de obsequios.
Harry volvió a sonreír. A todos los niños les ilusionaría recibir tantos regalos como él, eso era un hecho; a él le habría gustado recibir al menos uno cuando era pequeño. Pero a esas alturas de su vida ya no le interesaban todos esos paquetes que llegaban a su casa tres veces al año. Revolvió el cabello de sus dos hijos varones, haciendo que el de Albus pareciera como si le acabara de explotar un caldero en la cabeza, y después bebió un poco más de zumo.
—¿Por qué te dan tantos regalos?— preguntó Albus mirándole fijamente. Una escena bastante cómica comando en cuenta su cabello revuelto.
—Por lo que pasó hace muchos años, hijo.
Él y Ginny habían hablado sobre la guerra y Voldemort con sus hijos. Lo suficiente como para saciar su curiosidad y para que no se sintieran ignorantes al respecto, pues era algo que todos en el mundo mágico sabían, chicos y grandes sin excepción. Los pequeños Potter —así como los Weasley— conocían la historia. Sin muchos detalles y lo más objetivamente posible para no hacer ver a Harry como una especie de mago con súper poderes y casi inmortal. Como era de esperar, los tres niños se sentían orgullosos de su familia y el papel que habían desarrollado durante la guerra.
—La gente suele tomarlo con mucha emoción— añadió Ginny—, y enviando regalos es como agradecen a su padre.
—No deberían hacerlo, no es tan importante.
—¡Pero es algo importante!— exclamó James mirando a su padre con el ceño fruncido—. Eres impotante, papá, lo que hiciste es genial, increíble. Es como si tus aventuras fueran uno de los cuentos que tía Hermione nos lee cuando nos quedamos en su casa.
—Tal vez lo que hizo papá suena más espectacular y sorprendente de lo que realmente es— dijo Albus mirando a su padre con suspicacia.
Harry asintió. —Eso es lo que sucede. Pero no hablemos de esto— añadió, desviando el tema sin mucho tacto—. Ahora que terminamos de desayunar, ¿quién será el primero en bañarse?
—¡Yo no!— exclamaron los tres al mismo tiempo.
Antes de que Harry o Ginny pudieran decir algo más, los niños pusieron de pie sobre la cama y bajaron de ella de un salto. Corrieron hacia la puerta y dos de ellos salieron primero. Albus miró a su padre y le sonró con esa sonrisita tan de él con la que parecía decirle a Harry: "no te preocupes, yo me encargo de que no hagan más preguntas", antes de salir por la puerta siguiendo a sus hermanos. Seguramente se esconderían en sus habitaciones antes de que mamá o papá, como los ogros que eran, les obligaran a tomar una ducha.
—A veces me pregunto qué es lo que pasa por la cabecita de Albus— dijo Ginny abrazando a Harry. Él pasó el brazo sobre el hombro de su esposa, atrayéndola hacia él.
—Yo también— respondió—, pero...
—¿Pero?
—No estoy muy seguro de querer saberlo.

