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Para elegir un guía

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Jim levantó la vista desde su escritorio, directo a los ojos brillantes del ‘cigarro mascante’ Capitán Simon Banks, que estaba acercándose a él.

“¿Necesita algo, Capitán?” preguntó Jim, con cautela. Simon sacó el cigarro sin encender de su boca. Inhalando, Jim pudo oler el húmedo, masticado tabaco en el extremo del cigarro. Su estómago dio un pequeño tumbo. Luchó para controlarlo. Sus sentidos tenían una mente propia últimamente, sus hiper sentidos se estaban volviendo rápidamente más una maldición que un don.

“¿Estás planeando ir al encuentro de guías el sábado?” El engañosamente casual tono de voz de Banks era completamente contradicho por el feroz brillo en sus ojos. Aún teniendo problemas con sus sentidos, Jim Ellison no se perdió el mensaje en la mirada. Las opciones no estaban siendo discutidas. Esta era una orden y había sólo una respuesta correcta. Obstinadamente, el Detective James Ellison se rehusó a dar esa respuesta.

“No,” dijo Jim, intentando redirigir la conversación. Sabía que tenía poca oportunidad de distraer a su oficial superior. Aún así, nada arriesgado, nada ganado. Realmente no quería ir a otro encuentro por el resto de su vida. Había conocido a su ahora ex-esposa y ex-guía Carolyn Plummer en un encuentro. Y eso no había salido tan bien.

“Estaba planeando ver si podía encontrar una pista en este caso cerrado en que que estoy trabajando. La familia merece un cierre. Han pasado seis meses desde que surgió algo nuevo.” Simon entrecerró los ojos y Jim supo que la táctica había fallado. Ah, diablos. Jim se preparó para el sermón que ya había soportado más de una vez.

“Olvida el caso cerrado, Jim. Conoces la ley. Todos los Centinelas que trabajan para las fuerzas del orden deben tener un guía. Te he dado toda la libertad de acción que he podido en esto. Los poderes superiores nos dieron dos meses para resolverlo. Te he dado eso más dos extensiones. O tienes un guía para el lunes de mañana o serás confinado a trabajo de escritorio hasta que lo tengas. El estado está buscando soluciones con respecto a centinelas sin guía desde aquel incidente en Seattle. Murió gente, Jim. Una centinela murió, y se llevó con ella su equipo de SWAT entero. Hasta el maldito perro murió.” Sonaba raramente gracioso puesto así, pero tristemente era verdad. La mascota del equipo había estado entre las bajas.

“Lo sé, Simon. Leí sobre eso. Lo ví en las noticias más veces de las que soporto recordar. Pero trabajo solo y no necesito un socio o un guía. Mantenerme en el campo no pone a nadie más en riesgo.”

“¿Qué pasa con el público?” Simon se rehusaba a ceder. “¿No tienen el derecho a un oficial en pleno funcionamiento cuando estás trabajando para ellos? Servir y Proteger. Ese es el lema. ¿Y qué pasa cuando necesitas apoyo? No estás solo entonces. No hay nada que puedas decir para que yo cambie de idea. No pondré un oficial en las calles a menos de un 100% funcional. No es como dirijo mi departamento y francamente aún si a ti no te importa ponerte en peligro, a mí sí. Consigue un guía, Ellison. O vas a sentarte justo aquí en este escritorio hasta que te retires. O yo lo haga.”

Jim dirigió una mirada penetrante a su amigo. “No soy un riesgo para el público.” Gruñó. Vió a los dos detectives con los escritorios más cercanos al suyo, pararse y callada pero rápidamente dejar la oficina, teniendo cuidado de no hacer contacto visual con él o con Simon. Estaban tan apurados por irse que Rafe dejó su chaqueta de 800 dólares colgada en la espalda de su silla. Megan, la única mujer en el departamento, no se movió para irse. Su postura antinaturalmente quieta dejó que Jim supiera que estaba escuchando con cada célula hambrienta por el chisme en su largo, delgado cuerpo.

Simon se inclinó, bajando la voz. “Piensa acerca de lo que me dijiste no hace 60 segundos. ‘Mantenerme en el campo no pone a nadie más en riesgo.’ Aunque eso fuera cierto, te pone en riesgo a ti. No que yo esté de acuerdo con tu apreciación. Sheila Fargo en Seattle pensó que no era un riesgo para otros. Estaba dedicada a su equipo, los respetaba. Tenía doce años de experiencia, cuatro años en el SWAT. Debería haber sido la última persona en poner a alguien en riesgo. Conocía su trabajo. Pero… no resultó bien para los implicados cuando entro en una zona.” Simon se enderezó en toda su estatura de casi dos metros. “He leído su archivo entero. Es lectura obligatoria para todos los capitanes con centinelas en sus equipos. Hubiera estado orgulloso de tenerla trabajando en mi departamento. Pero mira lo que pasó cuando se rehusó a tomar un nuevo guía. Ocho oficiales murieron. No va a pasarte a ti mientras yo pueda decir algo al respecto. No lo dejaré pasar y hacer nada. El Jefe no dejará que suceda tampoco. Tuve la última palabra. “Consíguele un guía a Ellison. Ahora’.” Su gran dedo se apoyó en el escritorio para enfatizar cuan serio era. Los papeles crujieron, deslizándose.

Jim suspiró. “Vamos, Capitán,” Jim dijo, sin gustarle cuan cercano a un quejido salió su voz de su boca. “No es que no haya buscado. La mayoría de los guías disponibles son mujeres y no quiero una socia, otra vez; y los otros… realmente no huelen bien. Todos huelen como la leche el día antes de que se ponga agria. No puedo vivir con eso por el resto de mi vida, diablos, no puedo vivir con eso por diez minutos.”

“Lo siento, Jim,” dijo Banks, “Mis manos están atadas con respecto a esto. Sabes que no quiero perder a mi mejor detective, por eso vé a ese encuentro y elije un guía, o haz trabajo de escritorio hasta que encuentres uno. Tu elijes.” Se quedó en silencio por un momento. El oído de Jim rechinó inestablemente mientras esperaba por la siguiente parte.

“Tú sabes que puede resultar, resulta para la mayoría de los centinelas. Carolyn no era la guía correcta, pero puedes tenerlo, si dejas de de arrastrar tus malditos pies y te consigues un buen guía de campo.”

“Un buen guía de campo”, Jim soltó una risita sarcástica, “Carolyn pensaba que era justo eso y luego cambió de idea y decidió que no quería trabajar en campo. Quería ser una científica. Esperaba que yo la siguiera como un buen Centinela Beta. Sólo que soy un Centinela Alfa. No estoy preparado para estar encerrado en un laboratorio, haciendo trabajo CSI al lado de mi guía; necesito trabajar en campo. Por eso me dejó, se divorció de mí. No quiero pasar por eso otra vez. Debí quedarme en el ejército.” Aún sabiendo que había sido traicionado por un oficial superior, Jim se sentía así. El ejército le habría encontrado un guía, asignándoselo. No tendría que buscar por sí solo, y terminar eligiendo otro guía equivocado. Habría sido su trabajo y el de su guía el trabajar juntos y llevarse bien.

Simon aspiró una gran bocanada de aire. Él sabía todo esto. Lo sentía por Jim. Plummer había traicionado su centinela al seguir su propia carrera. Simon no estaba seguro de culparla. No había sido una guía de campo, y ella lo sabía. Había soportado a Ellison por más tiempo del que él esperaba. Había estado sorprendido que no hubiera sido asesinada. Ellison la había cuidado, la había protegido, y se había enlentencido para mantener el paso de ella. No podía haber durado. Carolyn había hecho lo correcto para ella, para su propia vida. Pero no lo había hecho fácil para Jim. Jim fue dejado sin guía. Agregado a eso, Carolyn había sido amarga sobre la falla de su sociedad y matrimonio. No vengativa exactamente, pero había hablado con amigos en el departamento acerca de sus decepciones. Algunas de las cuales eran personales. Algunas que ponían en cuestión a Jim como hombre y amante. Carolyn había estado desilusionada en su matrimonio. Jim, después de algunos tragos, le había confiado a Simon que Carolyn necesitaba estar a cargo en el dormitorio. Jim no había sido capáz de complacer esa necesidad de ella y satisfacer sus propias necesidades. Su piel hervía cuando estaba en una posición de vulnerabilidad. El fallado intento de usar esposas para condimentar su vida sexual había sido un absoluto desastre. Carolyn había estado decepcionada. Mirando desde fuera, Simon sólo había visto que eran una espectacularmente pobre combinación sexual tanto como emocionalmente.

“Jim, esta vez podrías encontrar el guía correcto. No tiene porque ir como con Carolyn. No esta vez.” Era un débil intento de alentar al centinela y falló totalmente. La expresión de Jim era severa. Simon aclaró su garganta cuando su voz se enronqueció. Su espalda se puso rígida. “No hay chance, detective. Tienes tus órdenes. Ve al encuentro. Consíguete un guía, o siéntate detrás de una escritorio hasta que lo hagas.”

Simon se alejó, con un sospechoso bulto en su garganta, difícil de tragar. Jim frotó duramente sus ojos con las palmas de sus manos. Escuchó el creciente gemido de la computadora en frente de él. Ser un centinela apestaba.


 

Blair no era un feliz guía potencial. Le habían dicho en la escuela para guías que tenía muy poca posibilidad de ser elegido. Los guías masculinos eran una caprichosa casualidad del ADN. Por siglos se había pensado que un verdadero guía necesitaba dos cromosomas X. Se pensaba que los guías masculinos no existían. Hasta que las pruebas de sangre llegaron e hicieron un gran agujero en esa suposición. El mismo Blair había sido parte de esa investigación y desarrollo cuando tenía sólo 17 años. Había estado tan sorprendido como los otros.

Él, en su ilusionada ingenuidad, había creído que todo un nuevo mundo se abriría. Tenía una apuesta personal en ello cuando resultó que había resultado positivo para los marcadores guía. Las cosas no habían resultado de esa manera. Todavía estaba envuelto en investigación, la mayoría de ella innovadora. Y sus libros eran ampliamente aceptados como la mejor fuente de percepción de la vida centinela y su comportamiento. Pero nadie quería que diera conferencias. Su nombre, Blair, podía ser confundido como un nombre de mujer, pero cuando era visto parado frente al estrado, nadie podía confundirlo por femenino. Era usualmente un feo shock para los desinformados que asistían a sus pocos seminarios. Tanto centinelas como guías no estaban felices de que un guía masculino fuera visto como un experto en ellos.Y teniendo el pobre gusto de pasar su género frente a sus caras. Ofendía sus sensibilidades. Blair se permitió a sí mismo una poco entusiasta sonrisa ante su patética broma.

Los centinelas querían guías femeninas. Blair no era una. Nadie lo quería.

Los Centinelas Beta preferían fuertemente guías femeninas y los Centinelas Alfa preferían guías femeninas, pero podían aceptar a regañadientes un guía masculino si iban a zonas de combate y tenían una carrera militar u otro trabajo de alto riesgo. Blair nunca se había interesado en pelear una guerra o matar gente para ganarse la vida. Ni estaba cómodo con un Centinela Alfa posesivo y autoritario que quisiera dominarlo, constantemente empujándolo de aquí para allá; Blair estaba dispuesto a establecerse como compañeros iguales, pero era lo suficientemente verdadero para saber que le gustaba dirigir su propia vida sin interferencia. Tenía un coeficiente intelectual superior, había sido un niño prodigio. Entonces por qué tendría que someterse a alguna bolsa caminante de sobrecarga sensorial; después de todo no estaba un guía supuesto a dar una guía? Blair suspiró, su ferozmente desafiante estado de ánimo desinflándose. Aparentemente, no.


 

Blair caminó hacia la mesa de registro en el vestíbulo del hotel cuando finalmente llegó al final de la fila y dio su nombre. “Sandburg, Blair,” dijo, alcanzando su tarjeta de citación. Los centinelas recibían una invitación. Los guías recibían una citación. La visita de hoy era obligatoria para todos los guías aquí. Un llamado de ganado. O mercado de carne sería un mejor término. Los centinelas son sexy. Les gusta el sexo. Los guías con mejor apariencia tenían una mejor chance de ser seleccionados. Y las mujeres. No muchos centinelas querían desperdiciar esperma en un guía masculino que no podría nunca concebir y tener sus hijos. Los centinelas querían hijos. Muchos hijos. Tenía que ver con el impulso de apareamiento, el pasar sus genes, asegurar su territorio, agregar a la Manada. Blair nunca iba a embarazarse sin importar cuan duro lo intentara.

El guardia de seguridad tomó la tarjeta y miró la lista. “Blair Sandburg”, dijo, frunciendo sus labios un poco, haciendo una muy pulcra marca azul al lado del nombre de Blair. Su nariz arrugada le decía a Blair que el hombre era un centinela. Sólo el pensar en un guía masculino era demasiado para que el sujeto lo manejara y mantenerse cortés. Con dos dedos el Guardia sacó un cartel con grandes y brillantes letras rojas que decía: ‘Cuidado, inapropiado como guía para un Centinela Alfa’, y le alcanzó la tarjeta a Blair. “Por ley tienes que tener esto a plena vista en tu mesa por la duración del encuentro; de lo contrario podría resultar en una multa o cárcel.”

“Sí, sí,” dijo Blair, mientras tomaba el cartel que le daba el guardia. “Conozco el procedimiento.” Él sabía todo acerca de eso, y resentía el requerimiento. Se alejó pisando fuerte a una mesa tan lejana de la entrada como se pudiera, lo cual no era muy lejos. Las mesas estaban en círculo para que los centinelas pudieran caminar alrededor de la habitación libremente, mientras se movían de mesa en mesa para entrevistar a los potenciales guías. Entrevistar era otro eufemismo para ‘oler, gustar, mirar lascivamente, girar y mutilar’. Él había sido testigo de centinelas desvistiendo guías en los que estaban interesados. No muy seguido, pero había pasado antes que los supervisores podían empujar a un centinela manejado por sus sentidos y el objeto de su interés a uno de las habitaciones de entrevistas privadas. Por supuesto, no había estado cerca de pasarle eso a Blair.

Blair sabía por experiencia que no sería entrevistado éxitosamente. Los Alfa verían la advertencia y lo pasarían de largo con apenas una mirada, a menos que fuera una desagradable, y los Beta sólo estaban interesados en guías femeninas. Por lo tanto sería otro sábado desperdiciado, sentado en una habitación cuando podría estar haciendo otras cosas, cosas interesantes. La pérdida de tiempo sólo lo hacía más enojado. Cuidadosa y prominentemente apoyó el cartel con su rojo y violento mensaje y se puso a leer.


 

Jim llegó al encuentro y comenzó a mirar alrededor. La mayoría de los ‘potenciales’ eran mujeres y las eliminó como posibilidades directamente. Carolyn había probado cuán inapropiadas eran las guías femeninas para una hombre como él, un centinela que era un oficial de campo y que quería permanecer de esa manera. No estaba muy interesado en ser puesto sobre su espalda otra vez por una mujer. Barrió su mirada alrededor. Pero este encuentro, a diferencia de otros, tenía una buena selección de potenciales masculinos. Por lo menos cinco. Seis, si la criatura de pelo largo en la esquina más alejada era hombre y no realmente una mujer machona.

Jim caminó sobre el área donde los guías masculinos estaban sentados juntos en un rudo intento de solidaridad, y fue inmediatamente asaltado por el olor de la ira.

Santa mierda. El olor era lo suficientemente fuerte para hacerlo tambalear, lo que trajo a cinco de los hombres en su ayuda. Sus manos lo alcanzaron. Jim se forzó a sí mismo para no encogerse. Los guías eran demasiado toquetones. Los dejó agarrarlo, tolerando lo pequeñas caricias que robaron. Sintió sus hambres. Siendo guías masculinos, Jim pensó, probablemente no habían podido poner sus manos en un centinela desde la escuela para guías. Lo rodearon. Forzadamente reprimió un estremecimiento. Luego otro. Se apoyaron contra él como si no pudieran evitarlo. Todos, menos el enojado pequeño hombre en la silla que justo dio vuelta otra página del enorme tomo que estaba leyendo, sin mirar hacia arriba nunca.

Eso molestó a Jim Ellison. Y lo intrigó. Él era un buen prospecto como centinela, un Alfa. Si quisiera podría tener cualquiera de las guías femeninas aquí. Pero este pequeña insignificancia de guía –masculino- ni siquiera lo miraba. Estando tan cerca estaba seguro que el guía era un hombre, tenía una sombra de barba que era demasiado gruesa para cualquier mujer. Suavemente, Jim se soltó del apretado abrazo grupal que los otros guías masculinos tenían sobre él. Se acercó al hombre en la silla que estaba tratando de leer. Plantó sus piés en frente de la silla y esperó. Nada. El hombre no levantó la mirada o siquiera reconoció su presencia. Ellison se quedó parado allí. Cruzó sus brazos sobre su ancho pecho y miró con el ceño fruncido al inconciente hombre. El hippy dio vuelta otra página, empujando sus lentes sobre su naríz cuando se deslizaron hacia abajo.

Seis minutos. Jim Ellison escuchó cada segundo de ese tiempo hacer tictac mientras el furioso guía lo ignoraba, simulando leer. Finalmente, el pequeño hombre puso el libro a un lado con un suspiro y Jim pensó que al fin iba a tener algún tipo de reconocimiento. En vez de eso, el guía puso el libro en una enorme, andrajosa excusa por mochila a sus piés y se asentó en la gran silla, cruzando sus piernas en una posición de loto, inhaló un enorme respiro, lo dejó salir, y cerró sus ojos.

Confundido, Jim se dio cuenta que el hombre no iba a darle ni siquiera la más rudimentaria atención, el cortés esfuerzo de mirarlo o hablarle. Estaba asombrado. Una vez que el mostraba interés en cualquier guía, ellos estaban rápidamente sobre él, ansiosos de satisfacer. Nunca había sido ignorado. Descubrió que no le gustaba la experiencia ni un poco.

Se quedó donde estaba, pensando duro. Su primer impulso de gritar al hombre probablemente no tendría un buen resultado. Ni tampoco dar vuelta de lado la bien tapizada silla. Su frustración aumentando, Jim se dio cuenta del esquivo olor creciendo en el aire. No podía determinarlo con precisión. Olió, se movió sobre sus piés, se chocó contra alguien parado demasiado cerca a su izquierda. Se dio vuelta, vio otro centinela, también alto, muscular, que tenía una placa en su cinturón. Jim le gruñó. El Centinela le gruñó a su vez, pero su gruñido sonaba una poco sorprendido y definitivamente menos una amenaza verdadera que el gruñido de Jim. Sosteniendo la mirada del hombre, Ellison retrocedió de la esquina de los guías masculinos. El otro centinela fue, de mala gana. Jim mostró su brillantes, fuertes dientes blancos como empuje final extra para sacarlo de su territorio temporal.

Jim regresó a su posición en frente del guía que lo estaba ignorando. Sólo para encontrar su camino cortado por dos centinelas más, uno de ellos era una mujer con hermosas y largas piernas y cabello rubio. Ella lo miró seductoramente, empujando sus pechos hacia adelante para distraerlo. Eran lindos pechos. Llenos y altos, y el podía ver las puntas de sus pezones empujando contra su blusa, una mirada abajo le mostró que tenía buenas, anchas caderas. Se lamió los labios convulsivamente. Casi caminó hacia ella, hasta que notó que el otro centinela con ella estaba a punto de poner manos sobre el guía… SU guía.

Ellison no había pasado seis años en las fuerzas especiales sin aprender unas pocas maneras de mover a una persona fuera de su camino. Eligió una de las menos letales ahora. El intruso centinela terminó desparramado sobre su espalda, bloqueando el acceso de la mujer al guía peludo. Ellison caminó y tomó su lugar en frente de la silla. Vio que uno de los ojos del guía se abrió apenas. El iris era de un oscuro, profundo, brillante azul. Jim descubrió que el seductor olor venía del guía frente al cual estaba parado. Ya no estaba cubierto por el olor de la ira y la frustración. Estaba aumentando un olor que transmitía… sorpresa.

Hubo un forcejeo detrás de Ellison antes de que pudiera dar el último paso hacia adelante y reclamar su guía. Unas manos lo agarraron. Lo hicieron girar. Él gruñó una advertencia, brazos volando, rompiendo el agarre sobre su chaqueta. El centinela desafiante cayó y Jim gruñó su desprecio. Desentrenado. Un agarre más fuerte se fijó sobre su muñeca, y tiró. Ellison dejó a la mano ponerlo en posición antes de golpear. Dos golpes y el hombre cayó, gimiendo. Jim sintió la adrenalina que siempre corría a través de él cuando peleaba. Se tiró hacia adelante, otro centinela estaba viniendo. El regocijo fluyó por sus venas como champagne. La emoción de la lucha.

Venció a éste con la misma eficiencia que con los otros. Sin apenas necesitar un esfuerzo para hacerlo. Eras débiles, estos centinelas. Centinelas de ciudad. Ninguno de ellos había pasado por el ejército, apostaría un ojo. Excepto… aquel, el de la placa que estaba observándolo, justo afuera del imaginario círculo que, si caminaba dentro, significaría que Jim estaba siendo desafiado. Los ojos del hombre se movieron hacia donde el guía estaba sentado, solo, al haber abandonado el área todos los otros hombres. El guía que ahora estaba sentado con los ojos y la boca abiertos.

El otro policía sonrió débilmente. Tocó su frente con su mano en un pequeño saludo. Haciéndolo, renunciaba el guía a su oponente, admitiendo que Ellison había llegado allí primero, había puesto su reclamo y que ningún desafío iba a venir de él. Entonces, el extraño centinela se dio vuelta y se fue del encuentro, pero no antes de que Jim Ellison viera el nombre en su solapa y la insignia en su placa. Stabler. NYPD. Qué lástima. Jim tenía la idea de que una pelea con él hubiera sido divertida. Que quizás el hombre hubiera hecho a Jim trabajar por su victoria.

Jim se dio vuelta para mirar al guía que había ganado. Sólo para ver que el pequeño hombre estaba empujando sus cosas en su mochila y poniéndose su abrigo, con el ceño fruncido. Dos guardias de seguridad centinelas estaban parados cerca de él, serios, con sus porras en la mano.

“Pensamos que traerías problemas. Sal de aquí. Y no te molestes en volver. Ningún centinela en su justa razón te tomaría,” dijo el mayor de los dos que estaban parados cerca del resignado guía.

“Me hace tener escalofríos,” dijo el más joven, temblando como para probar su punto.

Jim sintió una oleada de pura ira. Estaban interactuando con su guía, forzándolo a irse. Sin Jim.

El guía gritó cuando Jim lo agarró por la parte de atrás de su abultada chaqueta, empujándolo entre los dos sorprendidos centinelas Beta. Sabiendo que no estaba realmente herido, sólo sorprendido, Jim Ellison no fue más despacio hasta que tuvo al más pequeño, peludo hombre, fuera de la sala de encuentros y por el pasillo, a través de una puerta de incendios, luego otra, y luego estaban en el sótano del edificio. Solos.

Jim presionó al guía contra la pared de ladrillos, alzándose sobre él, mostrando su dominio. Esperando ser admirado. Que el guía se rindiera, se sometiera. Manoseó el abrigo del guía, tratando de llegar a la piel, para desplegar sus dedos sobre la olivácea extensión de suave carne que él sabía que estaba allí.

El agudo dolor en su empeine lo tomó absolutamente por sorpresa. Al igual que el codo en su vientre. Y apenas pudo voltear su cadera a tiempo para guardarse de la rápida rodilla que estaba muy precisamente dirigida a su entrepierna. Envolvió sus manos en más tela, empujó, levantando el por lejos más liviano cuerpo y sujetando al guía a la pared. Entonces, mostró sus dientes y arremetió. Empujó su nariz en los densos rizos marrones cobre, buscando hasta que encontró el punto justo, rico con el olor detrás de la oreja del guía. Olisqueó, suspiró, olisqueó otra vez. Lamió. Mmmmmmm.

La cabeza de Blair estaba dando vueltas. Estaba luchando contra el gran tipo soldado de asalto que lo había agarrado y literalmente arrastrado fuera del encuentro sin decir una palabra. Sólo gruñidos. Había estado demasiado aturdido observando la serie de muy cortas peleas que habían surgido en frente de él, para correr cuando tuvo la oportunidad. Se quedó, miró, con la boca abierta, como si no supiera exactamente qué estaba pasando. Como si no hubiera sido llamado la principal autoridad en comportamiento centinela en los Estados Unidos. Como si no tuviera idea. El chico dorado de la investigación centinela, el hombre que los sabía todo, sólo se quedó sentado allí hasta que los guardias de seguridad lo sacaron de su shock.

El comportamiento primitivo nunca era bueno. Peleando por un guía, sólo porque era él por el que estaban peleando, no se había dado cuenta. Estúpido, estúpido, estúpido. Ahora aquí estaba con esta gruñiente bolsa de hormonas centinela quien, a no ser que estuviera muy equivocado, iba a reclamarlo sin una sola palabra. Violarlo, si no tenía suerte. Blair tomó la única acción que podía salir adelante. Plantó su bota encima de los zapatos de trabajo pesado del centinela. Consiguió un gruñido por eso, nada más, entonces usó su codo, duro contra el vientre. Pero el vientre estaba hecho de la cosa más próxima al acero y el centinela apenas pareció notarlo, arrancando la ropa de Blair, para nada disuadido. Eso sólo dejaba… lanzó su rodilla tan fuerte como pudo. No iba a permitir que lo violaran. Pero el centinela sólo giró sus caderas negligentemente y la rodilla falló. Entonces Blar fue levantado, empujado contra la pared, apretado allí y olido.

La primera inhalación hizo que sus vellos se pararan en todo su cuerpo. La segunda inhalación hizo que su cuerpo hormigueara, sus brazos y piernas se pusieron pesados, sus manos, escarbando para arañar la apuesta cara, se relajaron, tomaron en vez de arañar. Oh, mierda. Luego la lamida. Agudos dientes apenas sobre la vulnerable piel de su garganta. Mordiendo, nunca quebrando la piel, fue dado vuelta, todavía apretado contra la pared, sus pies colgando a centímetros del suelo. Trató de moverse, empujar lejos de la pared, volver al suelo… entonces podría correr.

¿Podría? No estaba seguro. ¿Por qué debía correr? No podía recordarlo. Había una razón, seguramente. Se esforzó por recordar.

Dientes. Dientes. Contra su cuello, él gimió. Pequeños mordiscos. Buscando… luego se fijaron en la nuca. Blair quedó fláccido.

Diez años. Buscando. Deseando. Imaginando. Renunciando. Desesperación. Lucha.

Y entonces… esto. Blair. Jim.

Un Centinela. Un Guía.

Finalmente, Centinela y Guía.

Continuará...